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martes, 11 de junio de 2013

Las "marcas de guerra" de los libros escolares

Hay libros destinados al uso y hasta al abuso. Ese es el caso, sin duda, de los libros escolares, obligados compañeros de fatiga de muchachos que a menudo descargan su ira o sus interminables horas de aburrimiento en ellos. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
El manual escolar antiguo (me refiero sobre todo a que conocemos desde finales del siglo XVIII) es un tipo de libro que aparece frecuentemente repleto de "marcas de guerra". Los libreros de viejo y los gestores de los fondos antiguos en las bibliotecas universitarias lo saben muy bien. No por ello estos libros pierden su interés, sino todo lo contrario. Está claro que quienes trabajamos con viejos manuales no estamos tratando con ejemplares de alta bibliofilia, pero no por ello dejan de ser libros cargados de historia, sobre todo de pequeñas historias. Ya Menéndez Pelayo dedicó en su momento un hermoso poema dedicado a un libro viejo de Horacio ("Yo guardo con amor un libro viejo..."). Hace unos años, me hicieron mucha gracia estos románticos ripios que encontré en la página final de un manual de literatura griega, el de Raimundo González Andrés (1855):

"Después de tanto estudiar/ Después de tanta amargura/ dónde iremos a parar/ A una hedionda sepultura..."

Están inspirados, sin duda, en José de Espronceda ("¡y es la historia del hombre y su locura / una estrecha y hedionda sepultura!"). Podemos imaginar al estudiante, probablemente de la Universidad Central de Madrid, haciendo gala del tópico del VBI SUNT para justificar, en general, la vanidad de las empresas humanas y, en particular, la del tedioso estudio. Por su parte, la imagen que abre este texto pertenece a un ejemplar de la versión española de Origen, progresos y estado actual de la literatura española, de Juan Andrés, cuyo tomo V, dedicado a la Elocuencia, se publicó en Madrid en 1789. Un estudiante aburrido se dedicó a tomar, no sé si del natural, apuntes del retrato de un monje y, no contento con ello, llenó los márgenes del libro de escrituras en 
tinta. No menos creativo se mostró el muchacho que puso barba al monstruo de la litografía que abre una edición del Arte Poética de Horacio comentada por Raimundo de Miguel e impresa en Burgos en 1855. Lo cierto es que a esta mujer con crin de caballo y cola de pez no le hubiera desmerecido semejante atributo varonil. En este caso, gracias a que se utilizó el lapicero, nos fue posible restaurar en la medida de lo posible el desaguisado, pero la sombra de la barba, en la que ni el propio Horacio pensó, continúa persistiendo.
Pienso ahora en aquellos muchachos y niños, tan parecidos a los que acaban de terminar la selectividad o la están haciendo durante estos días. Es verdad que muchas cosas han cambiado, pero estoy seguro de que el aquelarre biblioclasta sigue siendo una constante. VIVAT ACADEMIA IUVENES DUM SUMUS Francisco García Jurado H.L.G.E.


2 comentarios:

Ricardo S. dijo...

Paco, ¡qué delicioso viaje a mis recuerdos pueriles (con el sentido original y latino del vocablo). ¡Ay de los libros escolares! ¿Cúantas horas no hemos pasado tras ellos? Cuán largas horas de enojo, de congoja, refunfullando a cada paso por un mundo mediocre y rancio, hediondo, que nos aherrojaba al estudio duro de los hombres que "sabii fuerunt" y que estimábamos "inutile atque futile studium". Mas, llegados al puerto de Sapientiópolis, proceloso angosto inmarcesible borrascoso escollo baldío, jamás, sino de pocos, horadado; ¿quién en su sano jucio no pensaría qu´ha valido la pena la pendencia, la travesía, Paco, el viaje, si bien imaginado, no menos real. Y lanzo una pregunta a tu nutrido público lector audaz: ¿Qué reverenda opinión hemos de cobijar hacia esos libros?
Saludos.

Felipe dijo...

Gracias por otra nueva entrada, profesor y maestro.