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martes, 11 de octubre de 2011

Literatura de bibliófilo y autores clásicos



Durante uno de los viajes que hicimos a París, aprovechando que teníamos un hotel bastante cerca de la Plaza de la Bastilla, propuse a María José visitar, cuando menos por fuera, una biblioteca poco conocida por los turistas que no se encuentra muy lejos de allí. Me refiero a la Biblioteca del Arsenal, lugar donde pasó una parte de su vida el escritor Charles Nodier. Esta biblioteca posrevolucionaria, que nace de una de las grandes conmociones que conoció Francia, me trae buenos recuerdos de la prosa de este autor de comienzos del siglo XIX que, entre otras cosas, tiene un par de cuentos excelentes cuyo tema es la propia bibliofilia. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

Es una literatura especial, distinta, sobre la que merece la pena echar un vistazo. Al final de mi libro titulado Marcel Schwob, antiguos imaginarios (Madrid, ELR, 2008), escribo un epílogo que es una defensa de la literatura que nace de la filología. Sí, así de claro lo digo, porque esa dualidad entre los libros que nacen de la vida y aquellos que nacen de la propia literatura no me parece más que una cuestión de grado. En todo caso, de entre esos libros que nacen netamente del estudio de otros libros, me ha fascinado desde hace mucho tiempo la llamada "literatura de bibliófilo", muy vinculada, ciertamente, tanto a los relatos fantásticos como a la propia lectura de los autores grecolatinos. A este aspecto es al que quiero dedicar hoy unas líneas.
La lectura de los clásicos es un motivo que aparece repetido en la obra de notables autores contemporáneos. No deja de ser relevante esta recurrencia precisamente en un momento histórico en que los autores clásicos se miran desde una nueva perspectiva, una vez que han dejado su papel preponderante de épocas pasadas. Esta nueva visión de los clásicos es el resultado de un largo proceso de desacralización, ya iniciado en la famosa Querelle, por el cual dejan de ser el modelo indiscutible como canon estético por excelencia y se convierten en uno más de los posibles motivos de inspiración. Como bien señala Pere Gimferrer en su obra Los raros, "nuestra época se caracteriza, precisamente, por la ausencia, en términos generales, de una verdadera tradición literaria"; en este sentido, se puede afirmar que, una vez que los clásicos han dejado de verse como argumento de autoridad, su función en la obra contemporánea se diversifica y atomiza. Las últimas consecuencias de esta nueva situación se manifiestan en la literatura del siglo XX, donde el escritor, provisto de cánones alternativos, se encuentra en una continua revisión de los criterios de los que parte, sin olvidar, por otro lado, la importancia cada vez mayor del lector a la hora de hacer la interpretación de la obra.
Si bien la inspiración sobre los modelos clásicos se ha visto mermada, no ha ocurrido lo mismo en lo que respecta a la aparición y motivación de comentarios, alusiones, o citas explícitas de la literatura grecolatina en una novela, cuento, ensayo literario, o poema moderno. Tales alusiones responden, en principio, a diversas variedades de contextualización, es decir a distintas maneras de presentar convincentemente dentro de la trama un motivo que tenga que ver con los libros y la propia literatura. Entre las posibles modalidades recurrentes de contextualización, la de la ficción centrada en una biblioteca imaginaria donde se encuentran los personajes, o bien la ficción que tiene como motivo la presencia de un libro cuya existencia física puede afectar al desarrollo de los acontecimientos. En este sentido, se vuelven muy interesantes los pasajes que aluden a la lectura de los clásicos grecolatinos y donde tiene gran importancia bien la presencia de una biblioteca, bien el aspecto material de los libros, es decir, la relevancia de las ediciones y de las bellas encuadernaciones. Todo esto incita a la lectura y posterior discusión de los contenidos que encierran. Este hecho, que en principio pudiera parecer anecdótico, no es en absoluto un asunto baladí: ya un gran estudioso de la tradición clásica, Gilbert Highet, apuntaba en 1949, entre las variadas y posibles causas de la decadencia de los estudios clásicos, el carácter poco atractivo, ciertamente, de algunas ediciones modernas. El género de literatura de bibliófilo, pues, nace precisamente del deseo íntimo del escritor amante de los libros de hacer del objeto de ese amor un motivo literario y rendir de esta forma justo homenaje a sus volúmenes y a sus horas de lectura. En efecto, no se descarta el medio físico en el que nos llegan las obras clásicas. La relación de este tipo de obras es larga de por sí y hunde sus raíces en la propia Antigüedad Clásica, pasando por la Edad Media y los conocidos humanistas bibliófilos del Renacimiento. El punto de vista adoptado nos lleva necesariamente al estudio de la sutil relación entre la lectura de los clásicos grecolatinos y la literatura de carácter erudito en el siglo XX, que veremos en algunos representantes de distintas literaturas, en concreto, en obras escritas en lengua francesa, en lengua catalana y en lengua castellana.
Un lector no acostumbrado a la literatura erudita puede asombrarse al observar cómo un autor se demora en medio de una ficción en la descripción más o menos pormenorizada de un ejemplar impreso, sin entender muy bien, a simple vista, cuál es el fin de estos pasajes descriptivos. La motivación para hablar de un ejemplar hermoso nos la ofrecen, precisamente, estas palabras de Charles Nodier (1780-1844), sin lugar a dudas, el "padre de la bibliofilia moderna", que define esta modalidad narrativa, por lo general breve, que ha venido en llamarse "cuento de bibliófilo", de la siguiente manera:

"Después del placer de poseer libros, casi no existe otro placer más dulce que el de hablar de ellos, y compartir con el público esas inocentes riquezas del espíritu que se adquieren mediante el cultivo de las letras".

De la abundante producción literaria de Charles Nodier debemos destacar el cuento titulado "El bibliómano", obra de tono burlesco y autobiográfico, donde el protagonista muere del disgusto producido al enterarse de que a su primorosa edición de Virgilio le falta un tercio de línea, y debemos señalar asimismo su novela corta titulada "Franciscus Columna" que tiene como motivo literario la presencia de un libro renacentista, El Sueño de Polifilo, o la Hypnerotomachia de Fray Francisco Columna. Estas obritas han tenido una trascendencia muy significativa entre los escritores que desean presentar el asunto del bibliófilo en la trama argumental, introduciendo el elemento de la revisión de catálogos de libros antiguos, preciosos y raros y, lo que aquí nos interesa, la presencia de distintas ediciones de los clásicos griegos y latinos, como un Virgilio, un Homero, o un César. En el caso de Charles Nodier, tales referencias no pasan de ser meras alusiones a los títulos de las obras, probablemente porque la brevedad de sus relatos no permitía extenderse en divagaciones acerca del contenido de los libros. Este es el caso del protagonista de El bibliómano, que "tenía tres anaqueles de libros griegos intonsos", es decir, sin abrir. Pero los bibliófilos, como vamos a poder comprobar a lo largo de este trabajo, abren sus libros y los leen, dejándose atrapar por el contenido de los mismos. Es en ese momento cuando el bibliófilo se convierte también en erudito, pudiendo escribir una literatura que no tiene como referente la realidad, sino los propios libros leídos. Si Charles Nodier es el prototipo de bibliófilo moderno, Gustave Flaubert (1821-1880) puede presentarse como el prototipo de erudición literaria basada en otros libros, o metaliteratura. Su novela titulada La tentación de San Antonio (La tentation de Saint Antoine) es, en verdad, un clásico del género, pues, como señala Michel Foucaut, "La tentación es un monumento de riguroso saber" que abre, por lo demás, nuevas posiblidades a la literatura fantástica. Los Padres de la Iglesia y otras fuentes diversas constituyen la sustancia literaria de esta ficción onírica y teatral que, a su vez, será la fuente de inspiración posterior para otros enamorados de la erudición.
El motivo de la lectura de los autores antiguos sigue atrayendo la atención de nuevos escritores franceses eruditos y de reconocidas aficiones bibliófilas, en especial dos autores cuya vida y obra se sitúan ya en las postrimerías del siglo XIX y comienzos del siglo XX, como son Anatole France (1844-1924) y Joris-Karl Huysmans (1848-1907). Podemos preguntarnos cómo dos autores tan diversos en sus orígenes y evolución como Anatole France, representante en un principio de la movimiento parnasiano que evoluciona después a una literatura de contenido social, y Joris-Karl Huysmans, decadentista que finalmente se convierte en ferviente católico, coinciden en la presentación en su obra de elementos de carácter bibliófilo, entre los que se encuentran los ya señalados, a saber, la mención de ediciones exquisitas y la presencia de los clásicos grecolatinos y autores de la Antigüedad.





Seguiremos hablando sobre estos curiosos temas relativos a libros que hablan sobre el amor a los libros.


Francisco García Jurado H.L.G.E.

4 comentarios:

amor es libertad dijo...

Según leía me venía a la mente Borges, que constantemente incluye libros, citas y bibliotecas en sus cuentos y poemas.

Francisco García Jurado dijo...

Evidentemente, Santiago. Borges recoge toda esta tradición propia de la literatura de bibliófilo y convierte en precursores de su obra a autores como Flaubert.

paco

Mariana Coronel de Guerra en Tiempos de Paz dijo...

Exquisito y muy sugerentes textos los tuyos, ¡como siempre!, pero ¿dónde podemos encontrar tu libro de Schwob, "overseas"?
Pensé en los coleccionistas de literatura de cordel; muy famosos entre ellos algunos españoles. ¿A qué se deberá la afición por esas colecciones de ediciones tan fútiles y de mala calidad? Si aquellos son eruditos bibliófilos, ¿quiénes son los coleccionistas de cordel, en el sentido de su formación y enriquecimiento intelectual a través de la experiencia de la recopilación? ¿Serán meros bibliómanos?(Me acuerdo nuevamente del necio en el barco de Stultifera Navis).

Francisco García Jurado dijo...

Hola, Mariana. La literatura de cordel interesó, por ejemplo, a Luis Usoz, uno de los grandes bibliófilos (y protestantes) que tuvo la España del siglo XIX. Usoz se interesó por estas muestras humildes de la literatura popular, reflejo del sentir del pueblo.