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domingo, 30 de diciembre de 2012

Orientalismos y construcción de imaginarios: Esquilo y Kadaré


Llevo pensando desde hace años en la confección de un libro dedicado a la literatura comparada que tuviera como punto de partida "natural" la relación entre los autores antiguos y los modernos. En este libro, que ahora estoy esbozando, cabrían planteamientos tan novedosos como los llamados estudios poscoloniales y, en particular, la peculiar visión que nuestro mundo construye a partir de lo que entendemos como Antigüedad. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

El auge de los planteamientos multiculturales y de los diversos movimientos poscoloniales ha dado lugar a la crisis del sistema de ideas y creencias que conocemos, genéricamente, en términos de cultura europea. La cultura europea, entendida como una manera legitimada de interpretar el mundo, tanto el propio como el ajeno, mediante unos criterios propiamente occidentales, no sería otra cosa que un elaborado “discurso del poder”, en términos de Foucault, perfectamente establecido a lo largo de varios siglos de historia de Europa y articulado, entre otras cosas, gracias al desarrollo de sus ciencias y artes. Mediante este discurso se ha interpretado el resto de realidades culturales que no eran europeas, como es el caso de Oriente, donde no sería exagerado decir que fue literalmente inventado por los occidentales gracias a la creación de un complejo marbete de disciplinas científicas (históricas, arqueológicas, lingüísticas y literarias) que aseguraban su dominio merced a un supuesto conocimiento exhaustivo. De esta forma lo expone Edward Said en un libro ya clásico sobre el tema:

"Para definir el orientalismo me parece útil emplear la noción de discurso que Michel Foucault describe en L’Archéologie du savoir y en Surveiller et punir. Creo que si no se examina el orientalismo como un discurso, posiblemente no se comprenda esta disciplina tan sistemática a través de la cual la cultura europea ha sido capaz de manipular e incluso dirigir Oriente desde un punto de vista político, sociológico, militar, ideológico, científico e imaginario a partir del periodo posterior a la Ilustración." (Said 2003, 21-22)

De igual manera que “la acepción de orientalismo más admitida es la académica” (Said 2003: 20), ocurre algo muy parecido con nuestro propio concepto de “mundo clásico”. No en vano, es una construcción propia de la Europa moderna, a caballo entre la Ilustración y el Romanticismo, y coincidente con el propio nacimiento de lo que conocemos como Filología Clásica, o Ciencias de la Antigüedad. Asimismo, partimos de otra idea de Said sobre Oriente: “De hecho, mi tesis consiste en que el orientalismo es -y no solo representa- una dimensión considerable de la cultura, política e intelectual moderna, y, como tal, tiene menos que ver con Oriente que con «nuestro» mundo.” (Said 2003: 35). La construcción moderna del mundo clásico, que en otro lugar he llamado “La reinvención literaria de la Antigüedad”, tiene, en efecto, mucho más que ver con nuestra propia realidad cultural que con lo que pasara realmente hace miles de años, incluso a pesar de que la ciencia historicista haya depurado sus métodos de tal manera que podamos tener la ilusión de pensar que sabemos lo que ocurrió realmente. Una tercera idea pertinente de Said es que “el argumento del especialista puede bloquear con bastante eficacia la perspectiva intelectual, que, en mi opinión, es más extensa y seria” (Said 2003: 36). Ya hemos planteado en otros lugares la posibilidad de trazar una historia no académica de la literatura antigua. Vamos a centrarnos en el caso de uno de los autores más importantes de la literatura griega, Esquilo, tanto en calidad de sujeto que escribe como de objeto de estudio para los modernos especialistas. Para Said, el primer orientalista conocido, y uno de los más avezados, fue el propio tragediógrafo griego Esquilo con su obra Los persas. Conviene leer lo que nos cuenta al respecto:

“Espero haber dejado claro que mi preocupación por la autoridad no presupone un análisis de lo que subyace en el texto orientalista, sino, por el contrario, un análisis de su superficie, de la exterioridad con relación a lo que describe. Creo que nunca se insistirá demasiado en esta idea. El orientalismo se fundamenta en la exterioridad, es decir en el hecho de que el orientalista, poeta o erudito, hace hablar a Oriente, lo describe, y ofrece abiertamente sus misterios a Occidente, porque Oriente solo le preocupa en tanto que causa primera de lo que expone. Lo que dice o escribe, en virtud de que está dicho o escrito, pretende indicar que el orientalista está fuera de Oriente tanto desde un punto de vista existencial como moral. El producto principal de esta exterioridad es, por supuesto, la representación: ya en la obra de Esquilo Los persas, Oriente deja de tener la categoría de un Otro lejano y a veces amenazante, para encarnarse en figuras relativamente familiares (en el caso de Esquilo, las mujeres asiáticas oprimidas). La inmediatez dramática de la representación en Los persas encubre el hecho de que el público observa una representación muy artificiosa de lo que un no oriental ha convertido en símbolo de todo Oriente. Mi análisis del texto orientalista, por tanto, hace hincapié en la evidencia –que de ningún modo es invisible- de que estas representaciones son representaciones, y no retratos «naturales» de Oriente.” (Said 2003: 44-45)

El escrito albanés Ismael Kadaré ha escrito un interesante ensayo sobre Esquilo desde una perspectiva balcánica que desafía claramente la visión construida del autor griego durante siglos de ciencia filológica occidental. Su propuesta de unos orígenes balcánicos de la tragedia antigua, es decir, de una comunidad cultural geográfica que engloba lugares como Albania y Grecia, se propone desde el propio emplazamiento, no desde un despacho universitario de una universidad alemana o francesa. Este olvido de Occidente llevó, en su opinión, a crear un imaginario de la literatura griega del que quedó excluido uno de los núcleos adyacentes. Estas son sus palabras:

“Son varias las circunstancias que han contribuido a fomentar esta concepción un tanto desvinculada de su propio territorio a propósito del más extraordinario tesoro espiritual de nuestro continente.
Entre los motivos principales figura sin lugar a dudas el puente latino-romano a través del cual se transmitió la literatura griega a la herencia europea. Fueron los romanos quienes, después de entusiasmarse, de dejarse conquistar por ella (lo que indudablemente constituye un mérito suyo), la editaron, la reeditaron, la tradujeron y exploraron ampliamente.
Es precisamente ahí donde se produjo la primera de las mutilaciones sufridas por esa literatura. A pesar de la benignidad romana para con el arte griego, no se debe perder de vista ni un solo instante que los romanos eran invasores, y además de los más groseros y contumaces que haya conocido la historia. En su condición de tales, jamás se encontraron en disposición de concebir los hondos pozos de donde emergían los preceptos y mensajes de un pueblo, los que establecen y programan su arte. Arrogantes y desdeñosos ante los pueblos sometidos, menos aún podían comprender los romanos las influencias recíprocas entre los distintos pueblos balcánicos y muy en especial el intercambio de sus tesoros espirituales.
Desgraciadamente, los condicionamientos, las investigaciones y las tesis latinas sobre la literatura griega antigua adquirieron cierto estatuto de oficialidad en el mundo europeo. Las mencionadas tesis de mantuvieron tras la caída de Roma y bastantes de ellas sobreviven todavía, con independencia de sus refinamientos formales…
El desarrollo, por una parte, de los países europeos occidentales y el atraso, por otra, de los países balcánicos, que cayeron bajo sucesivos y oscuros dominios, acrecentaron todavía más el menosprecio de las metrópolis hacia el territorio que había engendrado una vez fascinantes obras maestras. El desprecio romano sería sustituido por el desprecio común de los grandes Estados occidentales, los cuales, pese a los reiterados llamamientos de Byron o Séller, Goethe o Hörderlin, bien pronto olvidaron a quién le debían sus raíces culturales.” (Kadaré 2003: 165-167).

El texto de Kadaré puede explicarse sin violencia desde los presupuestos de Said, si bien el primero no habla de Oriente, sino de una región de Europa durante la Antigüedad. Estos fenómenos de “representación” y de “exterioridad” aducidos por Said no son privativos para el llamado Orientalismo.

Ismaíl Kadaré, Esquilo, el gran perdedor, traducción del albanés de Ramón Sánchez Lizarralde y aría Roces, Madrid, Biblioteca de Ensayo Siruela, 2006

Eward Said, Orientalismo, Barcelona, Debolsillo, 2003


Francisco García Jurado H.L.G.E.