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martes, 15 de abril de 2014

La ciencia rodea al espíritu: el Divinity Hall de Harvard


Desde que conocí un poco el pensamiento transcendentalista de Ralf Waldo Emerson, posiblemente el primer filósofo norteamericano considerado como tal, siempre me resultó muy sugerente la identificación que hacía del ser humano con el universo. Era el siglo XIX, y el transcendentalismo no dejaba de ser en buena medida una forma de religión, que había importado de Europa el idealismo alemán para hacerlo propio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Para Ángel Sáez-Badillos, en grata memoria de su buen quehacer, 
y a mis antiguos compañeros del Grupo de investigación 
del Real Colegio Complutense (Harvard)

Fascinado por la aureola romántica del transcendentalismo, luego tuve noticia, ya dentro del mundo de la Tradición Clásica, de las traducciones que del griego había hecho un compañero y amigo suyo, Henry David Thoreau, que vertió al inglés dos tragedias de Esquilo, entre otras obras clásicas. El escenario natural de ambos autores es Nueva Inglaterra, y los imaginé impartiendo sus charlas en lugares como Harvard. Al fin pude ver, concretamente, uno de los escenarios de tales alocuciones, precisamente el Divinity Hall, que se encuentra, como era de esperar, en la Divinity Avenue (es memorable la alocución que Emerson impartió el 15 de julio de 1838 con el título “Acquaint Thyself at First Hand with Deity”). El edificio sigue allí, fabricado en ladrillo rojo y graciosamente simétrico, pero me llamó mucho la atención, y así se lo comenté a María José una soleada tarde, que aquel lugar se encontrara rodeado, más bien asediado, por una imponente facultad de Biología que lo cerraba por tres de sus lados. Ya más adelante, y tras pasar junto a invernaderos e instalaciones científicas varias, se llega a la Divinity School, que es un edificio más reciente construido en piedra y con evidentes aires de una Inglaterra soñada. Así pues, quedé muy sorprendido por el emplazamiento del viejo Divinity Hall, que yo imaginaba entre árboles centenarios, semejante a una de esas litografías coloreadas de la época. Esto mismo les comenté, de manera ociosa, a mis compañeros del grupo avanzado de investigación una mañana de alegre sol en que fuimos paseando desde el Real Colegio Complutense hasta la Divinity School de Harvard. Me apuntaron, entre bromas y veras, que aquello quizá tenía un significado simbólico. Pues bien, cuál habrá sido mi sorpresa cuando leo en las páginas de un libro del profesor Harry Levin, el gran comparatista de Harvard, unas reflexiones semejantes a las mías. En este caso, como ocurre en la dedicatoria de Borges a Leopoldo Lugones, no puedo ocultar cierta vanidad confundida ya con la nostalgia de un mundo que he tenido que dejar atrás. Me refiero al libro titulado “Contexts of criticism”, publicado en 1957. En el libro puede encontrarse, entre otros trabajos de gran interés, un estudio que se titula intencionadamente “New frontiers in the humanities”. “Fronteras”, pero no “barreras”, es lo que quiere precisar el profesor Levin al hablarnos sobre los límites y las relaciones entre los saberes. Así piensan los buenos comparatistas. No me resisto a reproducir el texto inicial de este trabajo, lleno de gracia y de impresiones relativas, precisamente, al Divinity Hall: “Looking toward this highly propitious occasion, looking out of my study window in the general direction of Waltham, I might have looked to a source of inspiration which has quickened many an American scholar. It so happens that my house in Cambridge is no more than a stone`s throw from Divinity Hall, where Emerson delivered his famous address on that very theme – no less a theme than man himself, the whole man, thinking and acting in a world where nature and idea are at one, and where yesterday emerges into today. But if I were to throw a proverbial stone, it would crash against the plate-glass windows of the more modern Biological Laboratories, which impede my view of the old Emersonian structure by surrounding it on three sides. On the fourth side it is confronted and, of course, overshadowed by the Peabody Museum of Archaeology and the Agassiz Museums of Natural History. I sometimes wonder what Emerson, who was so fond of parables, would make of this object-lesson in containment, which outflanks and exhibits the fragile sell of his dream for humanity – and for the humanities – as if it were a fossil preserved from some prehistoric epoch. The missing link in that scientific quadrangle, a new botanical building, is now under construction; and, as a consequence, Divinity Avenue has become a dead-end street. I refrain from pursuing the further implications of that impasse all the more willingly because, at the moment, it seems to be under public litigation.”
Este texto me ha devuelto a unos días gloriosos que ya son mi pasado, y a unas vivencias extraordinarias, tanto académicas como humanas.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.