jueves, 11 de junio de 2009

EL PROFESOR DE LATÍN EN LA LITERATURA ESPAÑOLA III


Y llegamos hoy al siglo donde todo cambia, pues las humanidades se ven sacudidas por lo nuevos vientos políticos y novedosos paradigmas, como el de la historia de la literatura griega y latina. Es el siglo donde nace el mito del anticlericalismo, y esto también va a afectar a la imagen de los profesores de latín, a pesar de los ejemplos notables de profesores románticos y liberales.


d) El siglo XIX se debate entre esta triste herencia y los afanes de renovación, tiñendo ahora todo ello de nuevos matices políticos, bien liberales, bien conservadores. De esta forma, el anticlericalismo liberal, que dará lugar en la literatura de la época al desarrollo de la figura literaria del cura, vendrá a añadir otro nuevo matiz negativo, si cabe, a nuestro retrato del profesor de latín cuando éste sea religioso, opuesto ahora al catedrático laico. Así lo vemos en las deliciosas e interesantes memorias que sobre sus maestros y su educación dejó escritas el doctor Federico Rubio y Gallí, quien nos describe a su preceptor de latín como un “dómine laico, casado y liberal”.

"En primeros de octubre abrió su aula don Santiago Castellanos, dómine de latín muy contra el uso de lo que cualquiera pueda figurarse.
Fama de latino la tenía, y muy grande. ¡Con decir que se le reconocía desde el siglo anterior, a pesar de ser laico, casado y liberal, está dicho todo!" (Federico Rubio y Galí, Mis maestros y mi educación. Prólogo de Pedro Laín Entralgo, Madrid, Tebas, 1977, pp.182-183)

Se trata, irónicamente, de un “dómine”, pero de un dómine “liberal”, adjetivo este último que nos ofrece una nueva dimensión histórica, pues si bien hemos visto aplicar el término de dómine a laicos, como el dómine Lucas, el término “liberal” nos acerca a un aspecto ya propio del siglo XIX, que es cuando podemos encontrar los orígenes del pensamiento anticlerical tal y como hoy lo entendemos. Es, precisamente, en este momento, cuando el latín comienza a considerarse como “cosa de curas” en sentido global (ya no se trata de una disputa entre órdenes, como los jesuitas o escolapios), y por ello resulta en cierto sentido una antítesis que este dómine, además de no ser cura y estar casado, sea liberal. Este tópico del profesor de latín considerado tradicionalmente como conservador en política y afín al clero pervivirá hasta nuestros días. El profesor es anciano, está medio ciego, y es todo él una reliquia del siglo anterior, frente al romántico profesor que podemos ver en Armando Palacio Valdés, dentro de su obra titulada La novela de un novelista. Escenas de infancia y adolescencia:

“Nuestro profesor infundía regocijo en el alma así que abría la boca, y lo mismo cuando la tenía cerrada. Era hombre ya entrado en años, de baja estatura, y gastaba, a la usanza de los tiempos juveniles, unas patillas negras que partían de la base de la nariz y llegaban hasta las orejas (...)
Mi catedrático tenía la cabeza clásica y el corazón romántico. Por su profesión y por su estudio de la antigüedad pagana admiraba a los héroes griegos y romanos, y estimaba a sus poetas, en especial a Tibulo y Virgilio (...)
Nos leía con entusiasmo la descripción que Virgilio hace de Venus en la Eneida y el Carmen Saeculare, de Horacio; pero sólo le he visto llorar con el Poema a María, de Zorrilla (...)" (Armando Palacio Valdés, La novela de un novelista. Escenas de infancia y adolescencia, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1949 cuarta edición, pp.213-215)


Muy interesante es el calificativo de "romántico", lo que resulta muy propio de los amantes de las letras clásicas de aquella época, escindidos entre su amor por el clasicismo y su pasión por las letras modernas.

martes, 9 de junio de 2009

EL PROFESOR DE LATÍN EN LA LITERATURA ESPAÑOLA II


Seguimos hoy con nuestro recorrido por la figura del profesor de latín en la literatura española. Hoy llegamos al siglo XVIII, dominado por dómines y jesuitas (hasta su expulsión en 1767). Un siglo triste, pero de gran rendimiento literario, como vamos a ver en el cervantino dómine don Supino del Padre Isla o el figurón llamado dómine Lucas de José de Cañizares. Por cierto, Goya ilustró de maravilla este último personaje en uno de sus grabados, el titulado "Los Chinchillas", del que aquí ofrecemos un dibujo preparatorio.

c) El llamado Siglo de las Luces, tan peculiar en el caso español, nos ofrece un triple frente entre maestrillos, jesuitas e ilustrados, y difunde la figura grotesca del dómine pedante, herencia carnavalesca tanto del licenciado Cabra quevedesco como del propio drama barroco. Precisamente, en una de las más famosas comedias posbarrocas, de herencia calderoniana, la titulada El dómine Lucas, de Diego de Cañizares, nos encontramos con un dómine que encarna al hidalgo y al figurón. Aunque llamado dómine, no se trata de un maestro, sino de un mal estudiante de gramática. Las tres características que pueden hacer que denominemos a una persona como “dómine”, a saber, que sea maestro, que sepa gramática latina y que sea clérigo, no son siempre necesarias, de forma que tan sólo una de ellas puede bastar (a veces, incluso, ninguna). Don Lucas es definido como un mal estudiante de Salamanca, cuyo propósito es ser abogado, pero que no ha llegado ni a completar la Gramática. De origen noble, pues pertenece al linaje hidalgo de los Chinchillas, se le califica como “necio” y “vano”. Su rudeza puede verse tanto en su conducta extravagante (por ejemplo, regalarle dos gallinas a su amada Melchora), como en su mal conocimiento de “las letras”. Es singular la impronta iconográfica que de este sujeto ha dejado Francisco de Goya en un conocido grabado, precisamente el que lleva el número 50 de la serie de los Caprichos, titulado “Los Chinchillas”, nombre alusivo tanto a Don Pedro de Chinchilla como a su sobrino Don Lucas. En él, podemos ver cómo alguien alimenta con un cucharón a ambos personajes, incapaces de hacer nada por sí mismos, ya que están atados a sus blasones y sus cabezas se encuentran cerradas por sendos candados. En el siguiente fragmento se produce un ingenioso diálogo entre Cartapacio, el criado del dómine Lucas, y el propio Lucas. Cartapacio se dirige a su amo en un estilo culto, que llega a su punto culminante cuando el criado le responde a su amo en latín:

“Cartapacio. Allí vuelven los dos hombres.
Lucas. ¿Los de la pasada gresca?
Cartapacio. Ellos mismos.
Lucas. Pues querido,
aquí de tus habilencias.
¿No soy tu Dómine?
Cartapacio Ad natum.
Lucas. ¿No eres mi fámulo?
Cartapacio. Etiam.
Lucas. ¿Te toca mi honor?
Cartapacio. Ad intra.
Lucas. ¿Te tañe mi enojo?
Cartapacio. Ad extra.
Lucas. Pues dame esa daga.
Cartapacio. Ad quid?
Lucas. Ad quid? A lograr que mueran
los que mi amor despachurran.”

(Diego de Cañizaes, El dómine Lucas, en Jerry L. Jonson (ed.), Teatro español del siglo XVIII. Antología, Barcelona, Bruguera, 1972, p. 181)

La compleja y caleidoscópica novela titulada Fray Gerundio de Campazas, del Padre Isla, nos ofrece al carnavalesco dómine Zancas-Largas. Su retrato está perfectamente enclavado en la tradición literaria, pues presenta rasgos comunes no sólo con Quevedo (hombre largo, barba, ojos hundidos, gran nariz, paño pardo, que resulta una evolución de la sotana de Cabra), sino también con Espinel (barba, pedantería y citas latinas de gramáticos). Hay otro rasgo en apariencia insignificante que debe ser destacado, como es su condición de “furioso tabaquista”:

“Era éste un hombre alto, derecho, seco cejijunto y populoso; de ojos hundidos, nariz adunca y prolongada, barba negra, voz sonora, grave, pausada y ponderativa; furioso tabaquista, y perpetuamente aforrado en un tabardo talar de paño pardo, con uno entre becoquín y casquete de cuero rayado, que en su primitiva fundación, había sido negro, pero ya era del mismo color que el tabardo. Su conversación era taraceada de latín y romance, citando a cada paso dichos, sentencias, hemistiquios y versos enteros de poetas, oradores, historiadores y gramáticos latinos antiguos y modernos, para apoyar cualquier friolera.” (Francisco José de Isla, Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas alias Zotes. Edición de Enrique Rodríguez Cepeda, Madrid, Cátedra, 1995, p. 283)

Aunque está claro que el modelo de partida es el de Quevedo, Isla introduce dos nuevos aspectos que no habían sido mencionados en el Buscón, como son las referencias a la voz y a la pedantería del dómine. De hecho, la pedantería, que podemos encontrar en sus continuas citas de textos latinos y, de manera explícita, en la calificación del dómine como “pedantísimo”, es lo que más va a caracterizar al maestro. Hay que tener en cuenta que la figura ridícula del pedante alcanza gran difusión a partir del siglo XVIII, no ajena a las influencias francesas en la cultura española de la Ilustración. Recordemos la divertida obra que con el título de La derrota de los pedantes escribiera Leandro Fernández de Moratín para ridiculizar a estos personajillos. Así lo vemos cuando se burla del poco conocimiento de latín que tiene uno de ellos: “¡Oh pobreza! Pauperiem pati, que dixo el Anónimo: esto es, pauperiem, la pobreza pati, sea para ti, que yo no la quiero. Tan odiosa es la pobreza, que aun de los varones más doctos es abominada! (Leandro Fernández de Moratín, La derrota de los pedantes, Madrid, Librería de los bibliófilos españoles, 1922, p.26).
Francisco García Jurado
H.L.G.E.

domingo, 7 de junio de 2009

EL PROFESOR DE LATÍN EN LA LITERATURA ESPAÑOLA

Tras mucho tiempo de paciente trabajo, y luego de esperas, al final nos hemos dedicido Javier Espino y yo mismo a publicar en forma de libro electrónico nuestra obra titulada "El profesor de latín en la literatura española". Es un libro que, honestamente, creo que deberían leer al menos todos los profesores de latín que en este país aún quedan y, por supuesto, toda persona interesada por las relaciones entre educación, historia cultural y literatura. Todavía hoy pervive en nuestro imaginario colectivo una imagen peculiar de los profesores de latín, llamados en otros tiempos dómines o gramáticos. Nuestro libro pasea por testimonio diversos y ricos, desde el humanista Luis Vives hasta el cercano Antonio Muñoz Molina. Me es muy difícil poder entresacar de entre tantos testimonios analizados algunos retratos, pero es mi intención en este blog y los de la semana entrante ofrecer ya como primicia un pequeño aperitivo de lo que va a ser el libro (se publicará como libro electrónico en el Portal Liceus). Dejo, por tanto, hoy, algunos datos esenciales, ilustrados con textos que no dejan indiferentes:

No deja de ser singular que fuera la biblioteca del catedrático de latín Jesús Muruais la que diera a conocer a Valle-Inclán, allá por 1893, los autores franceses decadentistas que iban a configurar en buena medida su personalidad literaria. Esta circunstancia de que un autor como Valle pudiera conocer la moderna literatura europea gracias a un profesor de latín no dejará de sorprender a algunos, dado que hay toda una suerte de tópicos fuertemente arraigados que han venido configurando la tradicional imagen de la figura del profesor de latín, al ligarle irracionalmente al pasado y enfrentarle a toda forma de modernidad. Parejo a los tópicos, es innegable que el profesor de latín ha sido una figura fundamental en nuestra historia educativa, dado que durante siglos el latín ha constituido prácticamente la única materia que se cursaba en el periodo que hoy conocemos como enseñanza secundaria. Este carácter tan central del maestro de latinidad ha dado lugar a que podamos encontrar en las letras españolas un copioso número de testimonios literarios, bien reales o ficticios, que tienen como asunto el retrato tanto físico como de carácter de tales preceptores. Tras tres años de estudio y selección de textos, hemos conseguido reunir una pequeña antología que nos permite configurar el retrato de este docente a lo largo de cinco siglos de literatura española, concretamente desde Luis Vives hasta nuestros recientes Antonio Muñoz Molina y Juan Manuel de Prada. En esta mesa redonda vamos a referir algunos rasgos significativos que puedan dar una idea básica de cómo se ha configurado el retrato literario del profesor de latín desde el humanismo hasta el presente. Cada época analizada, como veremos, nos reporta una visión complementaria del profesor, de lo que nos dan idea, a su vez, las diferentes denominaciones que ha ido teniendo, tales como la de gramático, pedante, dómine y profesor:

a) El Humanismo nos ofrece un retrato que raya con lo utópico, como es la figura del gramático erasmista, verdadero contrapunto del “bárbaro” que tanto nos recuerda a algunos pasajes de la carnavalesca obra de Rabelais, Gargantúa y Pantagruel. De entre los posibles ejemplos que nos ofrecen los autores hispanos, vamos a entresacar uno tomado de Los Diálogos, de Luis Vives. Aunque en esta obra pueden encontrarse diferentes maestros reales e imaginarios, es, a nuestro juicio, Philópono, el más representativo de todos. Filópono, cuyo nombre quiere decir “amigo del trabajo”, encarna un tipo de gramático honrado y sabio que recibe los más encendidos elogios en el diálogo III: diligentissimus et vir probissimus Philoponus, nec eruditionis aspernandae. En el diálogo siguiente hay, no obstante, una mínima descripción física que no deja de ser un pequeño contrapunto a tanto idealismo, pues se nos dice que Philoponus est ludimagister ille senex, procerus, lusciosus, es decir, un hombre anciano, alto y corto de vista. A esta caracterización cabe añadir otra en el diálogo XXI, donde unos muchachos que se disponen a jugar alegremente a las cartas aconsejan dejar toda la gravedad para Philopono tetrico, es decir, para el maestro “tétrico” u “oscuro”, opuesto, por tanto, a la felicidad y el desenfado. Estas características, aunque no sean más que meras pinceladas insignificantes, parecen entrar en contradicción con el retrato idealizado de gramático humanista. Probablemente no sean más que meros reflejos de la imagen popular del maestro, puestas en boca de personas del pueblo y de niños.

b) El Barroco nos trae, básicamente, la imagen picaresca del maestro de latín, reflejo del antihumanismo triunfante. Vicente Espinel y Francisco de Quevedo nos ofrecen retratos muy representativos al respecto. El primero de ellos retrata en su Vida del escudero Marcos de Obregón un carnavalesco “bárbaro pedante” dotado de barbas largas y sotana:

“(...) y en el entretenimiento se halle presente el maestro, alentándole y mostrándole el modo con que se ha de haber el pasatiempo, no haciendo lo que yo vi hacer a un pedante, maestro de un gran caballero, niño de muy gallardo entendimiento, hijo de un gran príncipe que, habiendo concertado con otros sus iguales en edad y calidad un juego de gallos, día de Carnestolendas, salió también el bárbaro pedante con su capisayo o armas de guadamecí sobre la sotana, con más barbas que Esculapio, diciendo a los niños: "Destrorsum heus sinistrorsum", y desenvainando su alfanje de oro de cedazo, descolorido todo el rostro, iba con tanta furia contra el gallo como si fuera contra Morato Arraez diciendo a grandes voces:"Non te peto, piscem peto, cur me fugis, galle? De la cual pedantería él quedó muy ufano y contento, y los que lo oyeron llenos de risa y burla. Yo me llegué, y le dije: "Mire, señor Licenciado, que por tener poca memoria los gallos, se les olvida el latín". Él respondió muy de presto: "Nunquam didicerunt, nisi roncantes excitare". Éste, con mil impertinentes bachillerías llenas de ignorancias gramaticales, dejó al caballero estragado su buen natural. (...)” (Vicente Espinel, Vida del escudero Marcos de Obregón. Edición, prólogo y notas de Mª Soledad Carrasco Urgoiti, Madrid, Castalia, 1980, pp. 153-155)

Muy significativa es la denominación que se le da de “pedante maestro”, que tendrá una gran fortuna, sobre todo en la literatura del siglo XVIII. Asimismo, el aspecto carnavalesco del juego de gallos nos lleva directamente a la tradición popular. Julio Caro Baroja ha estudiado en su libro sobre el carnaval este singular juego de gallos que se practicaba en el ámbito estudiantil y que puede rastrearse en testimonios muy posteriores (por ejemplo en las memorias de infancia de Santiago Ramón y Cajal). Pero va a ser, sin duda, El Buscón, de Francisco de Quevedo, la obra que configure el más negro prototipo de preceptor de latín, además de avaro. El hiperbólico retrato físico del licenciado Cabra hunde sus raíces en la literatura clásica (Plauto, Séneca) y humanista (Erasmo), aunque también, creemos, debe de haber claros rasgos populares (recordemos lo que decíamos a propósito de Vives). Cabra es largo de talle y de piernas, ojos hundidos, gran nariz, barbas descoloridas, y sotana raída:

“Él era un clérigo cervatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, pelo bermejo (no hay más que decir para quien sabe el refrán), los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros, que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida, que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad, los brazos secos, las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo, parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas. Su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro. La habla ética; la barba grande, que nunca se la cortaba por no gastar, y él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese; cortábale los cabellos un muchacho de nosotros.” (Francisco de Quevedo, La vida del Buscón llamado Don Pablos. Edición de Domingo Ynduráin. Texto fijado por Fernando Lázaro Carreter, Madrid, Cátedra, 1996, pp. 115-117)

En la próxima entrega, seguiremos con el llamado Siglo de las Luces y nos iremos adentrando en la confusa moderniad.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

viernes, 5 de junio de 2009

EL ESTUDIO Y LA CALMA

Madame de Staël intenta publicar un atípico libro en la Francia imperial de 1810. Me refiero a su obra De l'Allemagne, llena de admiración hacia una cultura (que no un país unificado todavía) que no mantenía buenas relaciones con el invasor galo. Napoleón, como no podía ser menos, prohibió el libro, que sí pudo ser publicado en Inglaterra ya en el año 1813. Tras la primera gran derrota de Napoleón, en 1914, el libro se difundió con gran éxito en la misma Francia. En enero de 1815 firma F. Schoell su Historie Abrégée de la Litérature Romaine, precisamente antes de que Napoleón vuelva al poder por unos meses y termine de ser derrotado en Waterloo. El libro de Madame de Staël era un libro famosísimo entonces, y suponía una elección dedicida por el Romanticismo que todavía en aquel entonces tenía una adscripción nacional alemana. No tardé en comprobar, nada más adentrarme en las páginas de esta historia de la literatura romana de Schoell, que los ecos de la lectura de la obra de Madame de Staël eran más que evidentes. Schoell declara su admiración y preferencia por los estudiosos alemanes y lamenta las desgracias sufridas por Francia poco antes. Poder establecer esta relación supone un tiempo de tranquilidad, una mañana de estudio donde la cabeza todavía no se haya llenado de problemas. Estos son los momentos que más aprecio de mi trabajo, junto con las clases, y reclamo algo que parece que se está olvidando. Constantemente se nos reclama la necesidad de dedicarnos a actividades "útiles", necesarias para la ¿buena? administración de nuestras instituciones universitarias. Ya he dicho en otro momento cómo se nos está lastrando con demasiada actividad burocrática, con mucha legislación pasajera, y cómo cada vez queda menos tiempo para la tranquilidad del trabajo. Es posible que pueda ser capaz de establecer esta relación entre Staël y Schoell tras una mañana de agobios y rutinas fatuas, pero ya no es lo mismo. Nos estamos equivocando, al menos en España (y no sólo), complicando en exceso las cosas y haciendo de lo que no dejan de ser meros trámites verdaderos fines.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

jueves, 4 de junio de 2009

Breve introducción a la historiografía literaria


Los esfuerzos de síntesis son siempre loables, pues la falta de tiempo nos obliga a aprender a menudo todo lo que podamos en el menor espacio posible. El campo de la historiografia literaria es de una complejidad tal que se presta constantemente a la digresión y al comentario detallado. Pero me atrevo a exponer en estas líneas que subsiguen algunos datos esenciales para poder tener en poco tiempo un ligera idea, si bien cabal, acerca de algo tan complejo. He aquí el resultado. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO


Para comprender qué es la historiografía literaria, o la cómo se escriben las historias de la literatura, hay que partir del hecho de que en el contexto del pensamiento ilustrado, la nueva mentalidad burguesa dio lugar a una actitud determinada ante la literatura del pasado de distanciamiento intelectual con respecto al autor y la obra, lo que conllevaba un esfuerzo de situar las obras en su contexto histórico. Esta nueva postura ilustrada frente a las manifestaciones artísticas y literarias conlleva una conciencia de la "historicidad" que va mucho más allá de la mera sucesión cronológica. Vamos a intentar resumir cómo se desarrolla el concepto de historiografía literaria entre los siglos XVIII y la primera mitad del siglo XIX, donde se va abriendo paso la tendencia histórica frente a la concepción de la literatura eminentemente retórica. Desde el punto de vista de su nacimiento, la historiografía literaria es el fruto del pensamiento ilustrado y de la reacción romántica subsiguiente. Su gradual articulación como disciplina viene a ser la última consecuencia de la "Batalla de los antiguos y los modernos", que termina resolviéndose en la necesaria contextualización histórica de cada autor (Jauss 2000: 65-99). A ello hay que añadir la reflexión sobre el Siglo de Oro y las causas de la Decadencia en las diferentes literaturas nacionales, donde confluye, junto con el novedoso planteamiento historicista, la crítica estética. Este nuevo panorama historiográfico para el estudio de la literatura gozará a lo largo del siglo XIX del favor institucional, al instaurarse en las universidades cátedras de historia literaria, con la consiguiente necesidad de profesores y proliferación de manuales. La literatura latina es pionera en este aspecto, gracias a la Geschichte der römischen Litteratur de Friedrich August Wolf (Halle, 1787), que aporta una división fundamental de la literatura en “Historia externa” e “Historia interna”[1], lo que permite superar la historia literaria como mera cronología de autores. Los manuales de literatura latina del siglo XIX son muy variados, y algunos de ellos llegaron a circular profusamente tanto por los estrictos círculos académicos como por los intelectuales en general. En España, si bien la situación de la historiografía de la literatura latina no puede compararse con las influyentes historiografías alemana, francesa o italiana, los manuales ofrecen más interés del que podría esperarse en un principio. Para empezar, la historiografía literaria hispana tanto en lo que concierne a la literatura latina como a la española presenta unas características históricas propias, pues está marcada por la profunda ruptura sufrida entre la herencia ilustrada de autores como Juan Andrés[2] y los nuevos manuales publicados a partir de las disposiciones educativas desde 1845, del que cabe destacar el compilado por Gil de Zárate de literatura española. Las fechas básicas en las que tenemos que encuadrar la que podemos denominar primera etapa de los manuales de literatura son el año 1845, con el Plan Pidal, al que seguirá en 1857 la Ley Moyano de educación, y el año de 1858, cuando se programa la asignatura de "Literatura clásica griega y latina", que pervivirá como tal hasta 1895. FRANCISCO GARCÍA JURADO

[1] La "historia interna" comprende la historia de la lengua y de las instituciones, a la manera de una historia del espíritu de la romanidad (definición de Gottfried Bernhardy que tomamos de Gianotti 1988: 59). La "historia externa", por su parte, es la de las obras y los autores, si bien procurando superar la mera relación cronológica.
[2] La publicación en español, entre 1784 y 1806, de los diez tomos del Origen, progresos y estado actual de toda la literatura, de Juan Andrés, supone un hito, si bien no continuado, para la historiografía de la literatura en España, como tampoco tuvo continuidad la cátedra de Historia Literaria del Colegio Imperial, cuya razón de ser y contenidos no quedaron claros durante la corta y azarosa duración que tuvo entre 1786 y 1802 (Simón Díaz 1992: 361-372).

martes, 2 de junio de 2009

APUNTES DE CLASE DE PÉREZ GALDÓS Y CANALEJAS


Por lo que parece, los alumnos del futuro van a dejar de tomar apuntes en esas clases magistrales que a veces son fascinantes y otras aburridas. Los apuntes de clase son un género, y a veces han salvado del olvido absoluto obras singulares, como el Curso de Lingüística de Saussure. Aún conservo apuntes de clase, y no sé qué hacer con ellos. El contenedor de papel me parece un triste destino para esta parte de mis recuerdos. Pero algunas veces los apuntes cobran nuevo valor cuando aquellos alumnos bisoños se terminaron convirtiendo en personalidades literarias o políticas. Es el caso de los apuntes de literatura latina tomados por Pérez Galdós y José Canalejas. Son apuntes tomados de las clases de un gran profesor, Alfredo Adolfo Camús. De Pérez Galdós se conserva en su casa-museo de Las Palmas el cuaderno de apuntes de literatura latina correspondientes al curso 1862-1863. El manuscrito se titula Apuntes de Literatura latina según las esplicaciones del Dor. Dn. Alfredo Adolfo Camús, catedrático de esta asignatura en la Universidad Central. La valoración acerca de la importancia de estos apuntes depende mucho del estudioso que los considere, pues presentan el tono lacónico esperable en este tipo de manuscritos. Los apuntes en cuestión no pasan del extracto de las lecciones de literatura latina, ocupando un total de 62 páginas, de las que la mayor parte están dedicadas a la lengua, quedando tan sólo dieciocho folios para la literatura. Santiago Mollfulleda no se explica la discordancia de contenido habida entre los apuntes y el relato literario del curso de Camús, al que volveremos más adelante.
Menos conocidos que los de Pérez Galdós son los apuntes conservados en la Biblioteca de Filología Clásica de la Facultad de Filología de la UCM, que son una copia de los que tomara José Canalejas y Méndez en el curso 1869-1870. El título del manuscrito reza como sigue: Apuntes de las explicaciones de Literatura Clásica Latina del catedrático de esta asignatura en la Universidad Central Dr. D. Alfredo Adolfo Camus pertenecientes a Francisco Mayone (sic) y del Mazo. En el reverso de la portada se dice: "Nota: Son copia de los tomados por D. José Canalejas y Méndez en el curso de 1869 a 1870", quien, precisamente, publicaría poco después sus Apuntes para un Curso de Literatura Latina (1874-1876). Los apuntes manuscritos llegan hasta Virgilio, completándose a partir de la página 285 con un extracto de la Literatura Latina de Alejo Pierron. Algunos de los pasajes del manuscrito bien pudieran captar algo de la gracia que Camús pudo tener en sus explicaciones, como en este párrafo de la página 55, donde se nos habla del lenguaje de Plauto:

“Se ha tachado de libre en la frase a Plauto; y es porque no ofreciendo en el texto el arca (?) santa de la familia, ni la casta doncella que vive bajo la mirada de su madre, guardando estas hermosas flores y no sacándolas del santuario de la familia, no figuran por otra parte en sus obras más que esclavos o esos seres que no son hombres y que repugnan a la santidad de la mujer y que reciben en latín el nombre neutro de scortum, no tiene nada de extraño que Plauto, como Cervantes, Tirso, Lope y otros clásicos, emplee frases de un tinte verde y de un color subido.”

Es posible advertir el desenfado de la explicación del catedrático, no por ello incompatible con el rigor filológico, así como el afán comparatista tan en boga en aquella época, que lo lleva rápidamente a citar a los autores españoles del Siglo de Oro.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

domingo, 31 de mayo de 2009

EL LATÍN EPIGRÁFICO Y CARLOS III. UN APUNTE DE CAMPO


Tras un fin de semana "renacenista" en las ciudades de Úbeda y Baeza hemos emprendido esta mañana de domingo nuestro obligado viaje de vuelta a Madrid. Pero hemos parado antes en La Carolina, el pueblo que fundó, dándole su nombre, el rey Carlos III en 1767, precisamente el mismo año que firmó el decreto de expulsión de los jesuitas. El paseo por La Carolina ha sido fascinante. Me he sentido en una ciudad colonial, y he recordado, por ejemplo, la cubana Cienfuegos, con el mismo tipo de calles rectas y tiradas a cordel. Pero ha habido algo que me ha llamado mucho la atención, y ha sido la inscripción latina que puede verse en la fachada de la cárcel, aneja al ayuntamiento. Hace ya un tiempo comenté en este mismo blog la inscripción de tiempos de Carlos III que aparece en la Puerta de San Vicente, en Madrid, llena de armonía y buen latín. Entre otras cosas, las palabras COMMODITATI AC ORNAMENTO recuerdan aspectos esenciales de la propia preceptiva clásica, la horaciana, cuando dice nuestro poeta que tendrá éxito aquel que una lo dulce con lo útil. Ahora me voy a remitir a la inscripción que hemos visto en la Carolina, relativa precisamente a la justicia y con una cita explícita nada menos que al Nuevo Testamento. La inscripción en concreto es la siguiente (aquí no puedo reproducir los superíndices, tal y como se pueden ver en la fotografía):

D.O.M.
CAROLO. iii. REGNANTE
HARUM. COLONm. FUNDATORE
Ad Ostensionem Justitiae Ejus. Paus. ad Roms. CiiiV.xxvi
An. Do. MDCCLXXIX

La traducción de urgencia es la siguiente:

A DIOS ÓPTIMO MÁXIMO
REINANDO CARLOS iii,
FUNDADOR DE ESTA(S) COLONIA(S),
“para manifestación de su justicia” (Pablo a los Romanos, 3,5,26)
En el año del Señor de 1779

Hay que reconstruir en nuestra imaginacón lo que aparece elidido, algo así como "erigió esta casa", para que la frase tenga sentido completo. Asimismo, la traducción española no puede reproducir con claridad el valor del genitivo "eius", referido a Dios (otra cosa hubiera sido "suae", que también aparece en la versión latina de la carta de San Pablo, y que hubiera implicado que la justicia era la del rey. La fórmula pagana D.O.M. ya aparece normalmente cristianizada incluso entre los propios jesuitas, y llama la atención el uso de la letra minúscula a partir del cuarto renglón, que es precisamente el que se corresponde con la cita de la carta de San Pablo a los Romanos. El interés por la historiografía literaria en el siglo XVIII hay que ampliarlo también a este tipo de documentos epigráficos, realizados a partir de los moldes clásicos. Se produce todo un fenóneno de legitimación de unos materiales que pasan del gabinete de curiosidades al catálogo y el estudio literario. En 1794, unos años después de la muerte de Carlos III, Casto González Emeritense traducirá del "toscano" un importante tratado sobre Instituciones Antiquario-Lapidarias que comienza así: "Las Instituciones Antiquario-Lapidarias que os presento traducidas del Toscano, Jóvenes Ilustres, son tan singulares en su clase, que no hay otras en todo el Orbe Literario. Italia ha sido la primera y única Nacion, que ha tenido la gloria de formar y publicar para instruccion de su Juventud un Tratado elemental de las Inscripciones Latinas Antiguas, ipreso en Roma por Juan Zempel el año de 1770."
Insisto, una vez más, en la estrecha relación que guarda el estudio de la historiografía literaria con el de las circunstancias históricas que lo envuelven.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.