viernes, 25 de diciembre de 2009

PROPALADIA, O LA DIVULGACIÓN DE LO OCULTO

Ayer adquirí en una librería sevillana (Maymen, dedicada sobre todo a restos editoriales), una edición facsímil, con el sello de la Real Academia de la Lengua, de la obra titulada "Propalaria", de Bartolomé Torres Naharro. La obra (cuyo título juega con el verbo de origen latino "propalar", es decir, "divulgar algo oculto"), es muy conocida por los especialistas en literatura española del siglo XVI y por aquellos que estudian la antigua literatura dramática en general, y resulta admirable tanto por su contenido literario en sí como por la preciosa tipografía de la primera mitad del siglo XVI, en particular una edición elaborada en Nápoles en 1517 que puede consultarse ahora en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?portal=41&Ref=9476). Lo anecdótico del asunto, que no lo menos importante, está en el hecho de que esta edición facsímil, encuadernada en símil-piel, a la manera de una pasta española con bellos dorados, sólo me costó cinco euros. El único esfuerzo que supuso fue encontrarla, enterrada literalmente entre los miles de libros (a menudo pura basura) variopintos, caracterizados por sus portadas de colorines. Libros, por lo general, que fueron o pretendiron ser éxitos editoriales, ya caducos, cuya existencia supone una cruel paradoja, pues vuelven a los estantes tras no haber sido vendidos como se esperaba. Entre tanto fracaso editorial, los facsímiles de la Real Academia afloran de vez en cuando como pequeños islotes. El facsímil de Torres Naharro no se concibió para ser un éxito editorial que diera mucho dinero, sino como un servicio para los investigadores. Como luego podréis leer en el texto que a continuación reproduzco, este autor dramático no fue fácilmente accesible, en parte por la escasez de ediciones, que terminaban pasando a formar parte del coto cerrado y exclusivo de los bibliófilos, que no historiadores de la literatura. Emilio Cotarelo, que escribe una interesante reseña a comienzos del siglo XX a propósito de la edición de Torres Naharro preparada por Menéndez Pelayo, denuncia, asimismo, que sólo se hayan impreso ciento cincuenta ejemplares que, sin duda, irán a parar a unas pocas manos. Hoy día, esa misma edición moderna ya es considerada como libro antiguo. No sé qué pensaría don Emilio si hubiera estado ayer en esta librería de dos pisos y hubiera encontrado los tres ejemplares facsímiles de este libro, en su opinión, tan codiciado. Acaso el deseo no es más que una cuestión de tiempo. Os dejo con el texto prometido:

Notas Bibliográficas

Emilio Cotarelo

Bartolomé de Torres Naharro y su "Propaladia," estudio crítico por DON M. MENÉNDEZ y PELAYO, Presidente de la Sociedad de Bibliófilos españoles: Madrid, Imp. de Fe, 1900.-8º, CLIII páginas.

El estudio de los orígenes de nuestro gran teatro nacional es de los que más lenta y penosamente han ido elaborándose en el siglo que ahora termina; no, en verdad, por dificultades inherentes á su contenido histórico, sino por circunstancias meramente externas, relacionadas con la dificultad de reunir las materiales indispensables para tal obra.
No hablemos de dramas litúrgicos, misterios ni moralidades de que aún seguimos en casi total carencia, ni tampoco de farsas góticas, escritas en la primera mitad del siglo XVI, pues aunque hoy, se cuentan algunas docenas, son tan raras y alcanzan tan enorme precio y tal estimación (léase ocultación) éntre los bibliófilos, que excepto algunas pocas, modernamente reimpresas las demás son desconocidas de la generalidad de los aficionados. Y digo que no debemos hablar de tales piezas de teatro, porque aun de los autores más importantes de este período apenas si se sabía otra cosa que lo que D. Leandro Fernández de Moratín dejó consignado en su estimable, y en su tiempo preciosa obra, de los Orígenes del teatro español.
Hasta que en 1893 la Academia Española publicó el teatro completo, ó casi completo, de Juan del Encina, no era posible juzgar con seguro criterio la obra de este patriarca de la escena castellana. La misma Academia había reimpreso antes la rarísima colección de Farsas y églogas de Lucas Fernández, contemporáneo de Encina y de su misma escuela. En 1874 los Bibliófilos Andaluces estamparon por vez primera el Cancionero de Horozco con sus cinco obras dramáticas, de las que, algunos años antes, había impreso tres el Sr. Asensio. Dos mil duros dio el Estado porque el único ejemplar conocido de la Recopilación de Diego Sánchez de Badajoz no fuese á parar al extranjero y así pudieron salvarse para nosotros las 28 piezas dramáticas que contiene, y que luego reimprimió D. Vicente Barrantes. Cuatro años solamente hace que, gracias al inolvidable bibliófilo señor Marqués de la Fuensanta, se vieron reunidas todas las obras que se conocían de Lope de Rueda, y por último, quedan todavía sumidos en el misterio de las primeras ediciones Gil Vicente (1), Yanguas, Timoneda, Alonso de la Vega, Juan de la Cueva, Virués y otros, salvo tal cual obra de alguno de ellos que figura en ciertas colecciones de poco valor científico.
Con semejante penuria de textos comprendese que Cañete no pudiese dar cima ni casi empezar seriamente su Historia, del teatro anterior á Lope de Vega, ofrecida durante más de treinta años. Hoy, aunque la cosa se ha simplificado y facilitado notablemente, todavía, á nuestro juicio, no ha llegado á sazón, debiendo preceder algunas monografías ó estudios parciales de cada uno de los autores como los ya indicados.
Sobre uno de ellos, y el más importante bajo ciertos aspectos, versa el notable trabajo histórico y crítico con que el Sr. Menéndez y Pelayo, practicando aquel consejo del sabio que mandaba interpolar, con el principal, trabajos de índole diversa, á fin de que el uno fuera descanso del otro, acaba de enriquecer la historia de nuestra primitiva escena.
También Bartolomé de Torres Naharro era autor casi inédito hasta hace algunas años, pues aunque sus comedias fueron varias veces impresas durante el siglo XVI, habían llegado á un punto tal de rareza, que, al menos en ediciones completas y no expurgadas, era sumamente difícil poder leerle.

Moratín primero y Bóhl de Faber luego, imprimieron (con supresiones) cuatro de las obras cómicas de Naharro; todavía quedaban, sin contar el Auto del Nacimiento, otras cuatro comedias que no fueron impresas hasta 1880, en que D. Manuel Cañete empezó la edición esmerada á que pone hoy fin y sello nuestro siempre grande é incomparable maestro Menéndez y Pelayo.
Cañete, que publicó, como va dicho, el tomo primero de los dos que en esta edición habían de tener las obras de Naharro, ofreció para el segundo el estudio biográfico y crítico del poeta; pero, sin duda á causa de las dificultades de la empresa, fue abandonándola poco á poco, hasta que once años después le sobrecogió la muerte sin llevarla á cabo.
Hoy la realiza el Sr. Menéndez y Pelayo, y de modo, tal, que juzgo que si la parte biográfica puede recibir, y recibirá probablemente, nuevas adiciones el día menos pensado, porque los archivos parece que en estos últimos años han dado en manifestarse pródigos de sus tesoros, compensando con usura su antigua esquivez (quizá porque hasta ahora no fueron debidamente solicitados), especialmente en lo relativo al teatro del siglo XVI, en cuanto á la apreciación estética de las obras de Naharro y al puesto histórico que al, autor señala Menéndez y Pelayo, creemos que puede considerarse definitivo, al menos mientras el gusto en materias de arte no cambie radicalmente.
Sólo una cosa censurable hallamos en esta publicación (censura que no reza en modo alguno con el autor del Estudio sobre Naharro) , y es la escasa tirada que se ha hecho de tan excelente obra. Menéndez y Pela yo, que fue de los primeros (también el ínclito Marqués de Valmar) que lograron hacer amenos y atractivos los estudios de erudición, no debe estar condenado á que sus libros sean raros desde el principio: lo que debe procurarse es que sean baratos, para que lleguen á todas partes, y con 350 ejemplares, repartidos en el acto entre los devotos del Maestro, no se va muy lejos. Hay muchos bibliófilos que lo son al revés ó por antífrasis. Parece natural que las sociedades que se crean con igual dictado no lo sean para hacer más raros los libros; sino, al contrario, para reimprimir los libros raros y buenos á fin de que dejen de serio. Todo esto sin que de cuando en cuando no deba reimprimirse alguna obra de poco valor intrínseco, aunque singular por otras razones. Pero de una colección de Torres Naharro y con estudio preliminar de Menéndez y Pelayo, ¿por qué no han de tirarse miles de ejemplares? ¿Es que en España no se estudia literatura española en varias Facultades, ó se estudia sólo para no volver á hablar de ella en lo sucesivo?
Pero dejando estas consideraciones, debemos ya dar una idea del trabajo del insigne Director de la Biblioteca Nacional. Va dividido en dos partes principales, estudiándose en la primera la persona del autor en relación con la época gloriosa para España en que tuvo la suerte de vivir. Menéndez y Pelayo traza vigorosas semblanzas de algunos personajes amigos y protectores de Naharro, tales como el Cardenal D. Bernardino Carvajal, su paisano; el primer Duque de Nájera, D. Pedro Manrique de Lara; el General pontificio Fabricio Colonna, y su yerno el invicto D. Fernando Dávalos, Marques de Pescara.
Descríbese también la solemne ocasión en que hubo de representarse en la Corte papal y ante León X una de las obras de Naharro, la Comedia Trofea, cuando la suntuosa embajada de Tristán de Acuña en nombre del Rey D. Manuel de Portugal á fin de entregar al Pontífice las primicias de los frutos traídos de la India oriental.
Estúdianse igualmente en esta parte las poesías líricas de Naharro, que no descolló mucho en este género de composiciones, si se exceptúa la singular importancia que tiene como satírico, y termina con algunas disquisiciones erudita y críticas acerca de la prohibición parcial que á mediados del siglo XVI, es decir, cuando ya iban hechas seis ediciones, sufrió la Propaladia, á fin de que en adelante no pueda ya decirse que la tal prohibición fue causa de que Naharro no fuese más popular entre nosotros.
Más interesante y curiosa es aún la segunda parte del estudio del Sr. Menéndez y Pelayo, destinada al examen analítico y de conjunto de las ocho comedias que se conservan del famoso autor extremeño. Empezando por las doctrinas de estética y preceptiva dramáticas contenidas en el proemio de la Propaladia, en que son de notar algunas cosas, como la división que Naharro hace de la comedia en idealista y realista (que él llama comedias a fantasía y comedias á noticia), entra el Sr. Menéndez y Pelayo de lleno en el juicio de las obras de teatro, fijando desde luego la parte que en ellas pueda haber de imitación italiana.
Del estudio comparativo resulta Naharro mucho más original que otros dramáticos nuestros de época posterior (Rueda, por ejemplo), Pudo tomar tipos ó caracteres, como el de fraile hipócrita, en muy reducido número, porque la mayor parte de sus personajes son de los que él veía diariamente en las plazas de Roma ó en las antesalas y tinelos de los Obispos y Cardenales. Con tales figuras y otras que son de seguro creación de su mente, teje Naharro la urdimbre de sus comedias, derramando las sales cómicas, no siempre del mejor gusto, en un estilo y poesía muy adecuados al asunto.
Entre todas las comedias del extremeño sobresale una, la Himenea, que, á no constar de un modo positivo su autenticidad, pudiera ,creérsela escrita setenta ó más años después. Es la comedia de capa y espada tal como la entendió y desarrolló Lope de Vega y nadie más hasta él. El Sr. Menéndez y Pelayo consagra á esta linda obra ,párrafos de gran sustancia y belleza, así como los finales que dedica al resumen crítico y á la influencia, por desgracia no tan inmediata y eficaz como merecía, que ejerció la escuela de Torres Naharro en el curso de nuestra escena.
Si el insigne Académico, para descansar de ,sus grandes trabajos de ilustrador de Lope de Vega y ordenador de la ya célebre Antología de nuestra lírica, se decide á reimprimir algún otro dramático de los Orígenes (Timoneda, por ejemplo), satisfará otro de los grandes deseos de los aficionados á esta clase de estudios.

EMILIO COTARELO.


Madrid 1.° dé Julio de 1900.

(1) De Gil Vicente se hicieran en el presente siglo dos ediciones; pero por circunstancias especiales, una de ellas al menos no circuló en el comercio, de modo que las abras de aquel insigne poeta san muy raras aun en el mismo Portugal.

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FICHA: Bartolomé de Torres Naharro y su Propaladia, estudio crítico por Don M. Menéndez y Pelayo...Madrid, Imp. de Fe, 1900 : notas bibliográficas / Emilio Cotarelo. - P. 559-562 ; 24 cm
En : Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. - Madrid : Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. -Tercera época.. - T. IV (1900), p. 559-562


FRANCISCO GARCÍA JURADO
H.L.G.E.

sábado, 19 de diciembre de 2009

DON GABRIEL DE BORBÓN Y SAJONIA, HUMANISMO REGIO

Si tuviera que quedarme con algún personaje de la monarquía española, sin duda lo haría con el infante Don Gabriel, que me remonta a la segunda mitad del siglo XVIII y a uno de los episodios más granados de la Ilustración española. Cuando comencé a interesarme por los libros antiguos supe que uno de los más avezados traductores de Salustio al castellano había sido precisamente este infante, y el hecho me llenó de asombro y curiosidad. Ciertamente, no resulta normal que una persona de esta condición se hubiera dedicado a una actividad intelectual de semejante calado. También supe que este Salustio, traducido bajo la atenta mirada y corrección de su preceptor, Pérez Bayer, fue publicado por Joaquín Ibarra en 1772, en lo que ya es lugar común considerar como la mejor edición jamás salida de una prensa hispana. Era y es un libro regio, confeccionado por un infante y pensado para reyes que hoy, gracias a la técnica y las bibliotecas, está al alcance de aquellos que podemos apreciarlo. Nacido en 1752, el infante, hijo de Carlos III, pasó sus primeros años en Nápoles, donde pudo vivir de primera mano los apasionantes descubrimientos de Pompeya, que cambiaron para siempre la visión de la Antigüedad. En 1760 inicia un nuevo periodo de su vida, ya en Madrid, donde seguirá con su formación en artes y ciencias. El cuadro de Rafael Mengs que ilustra este blog, conservado en el Museo del Prado, fue pintado entre 1765 y 1767 y representa a nuestro personaje todavía jovencísimo, pero lleno de carácter. Si hubiera que poner música a la biografía del infante habría que recurrir al clavecín del padre Soler, el Scarlatti español (aunque yo personalmente prefiero a Soler). El padre Soler, tan ligado al monasterio de El Escorial, gozó del culto mecenazgo y admiración del infante. Es posible que ya sólo por este mecenezgo de una música inmortal Don Gabriel se hubiera ganado un lugar en la Historia, pero la traducción del Salustio es posiblemente su obra más notable. Cabe pensar con cierto fundamento que la traducción fue obra conjunta tanto del Infante como del humanista ilustrado Pérez Bayer. Este último, de hecho, incluyó su estudio sobre los caracteres fenicios como uno de los muchos ornatos con que cuenta la edición. Hoy he vuelto a ver el egregio libro en la Calcografía Nacional, y en alguna ocasión lo he tenido en mis manos, porque la Biblioteca Marqués de Valdecilla conserva dos ejemplares. El historiador Salustio dejó dos grandes obras históricas: la Conjuración de Catilina y La guerra de Yugurta. Es un autor que se caracterizó por escribir historias cercanas a su propio tiempo, el siglo I antes de Cristo, con un gran contenido moral. Conviene leer cuando menos un párrafo inicial de su relato sobre Catilina, el conspirador romano que le merece tanto la admiración como el reproche:

“Lucio Catilina fue de linaje ilustre y dotado de grandes fuerzas y talento, pero de inclinación mala y depravada. Desde mancebo fue amigo de pendencias, muertes, robos y discordias civiles, y en esto pasó su juventud. Sufría cuanto no es creíble el hambre, la falta de sueño, el frío y demás incomodidades del cuerpo; en cuanto al ánimo era osado, engañoso, vario, capaz de fingir y de disimular cualquiera cosa, codicioso de lo ajeno, pródigo de lo suyo, vehemente en sus pasiones, harto afluente en el decir, pero poco cuerdo.”

Esta es, precisamente, la versión del infante. Que un miembro de la realeza se interesara por traducir a Salustio no es un hecho ajeno a los nuevos planes educativos del gran erudito Gregorio Mayáns, preocupado por la regeneración del buen gusto literario a partir de las mejores traducciones de los clásicos. Su Vida de Virgilio, publicada en 1778, es un excelente ejemplo de lo que decimos. Murió don Gabriel en 1788, el mismo año que su padre, y ninguno de los dos tuvo que conocer cómo un mundo caduco terminaba y otro, más incierto, daba comienzo con la Revolución francesa.
Habrá quien piense, desde presupuestos modernos, que esta historia sobre un infante que traduce a un clásico no tiene mayor importancia. Pero creo que peor sería la historia de un infante que no hubiera hecho nada, circunstancia mucho más común, por desgracia. Él tuvo los medios para hacerlo y lo hizo.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

jueves, 17 de diciembre de 2009

LA ESTANCIA DE HOMERO EN ESPAÑA, O LA PERVIVENCIA DE LOS FALSOS CRONICONES


El impar Julio Caro Baroja refiere en su libro titulado "Las falsificaciones de la Historia" (Barcelona, Seix Barral, 1992, pp. 101-102) a la curiosa cita que un autor de cronicones hace sobre la estancia del poeta Homero en España. Se refiere al llamado Cronicón de Auberto, "un supuesto mozárabe de Sevilla, de origen alemán, porque sus abuelos llegaron a la ciudad en tiempo de Carlomagno". La autoría de esta obra falsa se debe a un tal don Antonio de Nobis, "clérigo en Ibiza, más conocido por los nombres de don Antonio Lupián de Zapata o Lupián de Zapata". Tales cronicones eran ya sospechosos incluso durante el siglo XVII, pero un benedictino, fray Gregorio Argaiz, lo terminó publicando con glosas abundantes en 1667. En cierto momento, hablando éste acerca de un antiguo duque llamado Nathando, que ejercio un despótico gobierno en las tierras septentrionales de Castilla, comenta que hubo después una fase de gobierno republicano que duró 175 años:

"En ellos aprendieron los españoles, y conocieron la diferencia que tiene el gobierno monárquico del aristocrático, que es el de pocos y buenos; el de la oligarquía, que es el de pocos; y el de la democracia, que es el popular (si acaso lo probaron, que lo dudo)"

Y comenta, a su vez, Caro Baroja, que "esto se halla apoyado en el texto de Hauberto sobre la estancia en España de Homero, a quien el cronicón hace español de madre". El paso de Homero por España es un asunto bastante pintoresco que me he encontrado sorprendentemente en el no menos pintoresco "Epítome de literatura griega y latina" de Pedro Bartolomé Casal, publicado en Santiago de Compostela en la tardía fecha de 1881. El autor es profesor en la Universidad de Santiago, y se caracteriza por sus pintorescos juicios sobre literatura, en una época donde autores como Martínez Losada, o González Garbín escriben manuales imbuidos por la nueva ciencia positiva de Mommsem y Niebuhr. En particular, destaco lo que comenta acerca de Homero (p. 14):

"¿Habrá sido Homero de origen español por parte de padre? Criteis, su madre, le dió á luz por efecto de secretas relaciones. Muere Criteis, y Mentes, capitán de un barco procedente de las cosas occidentales de Europa, recoje al jovencito Homero, le educa con paternal cariño, le hace viajar, le asiste en todo y le lleva á las playas del Atlántico. Que Homero visitó nuestra España no admite duda. Sus descripciones, sus alusiones á las costumbres españolas, sus imágenes, grandes y bellos cuadros lo están declarando. Por otra parte no es tan despreciable, como la crítica superficial supone, la biografía de Homero que se atribuye a Herodoto. Graves críticos la admiten, y en ella aparecen los datos para sostener la procedencia española, que también casi consta por Estrabón, quien en el libro III, que es un tesoro para España, dice que Homero estuvo en la Turdetania y recorrió las márgenes del Tarteso y del Betis."
Las afirmaciones tajantes como la de "no admite duda" son muy propias de historiografías fabulosas. Como bien comenta Caro Baroja, cuanto más falso es un aserto, más contundente. Curiosamente, aquí se le atribuye a Homero un padre español, frente al croninón, para quien la española es la madre. El autor de este manual, Casal, es un hombre contrario a la ciencia moderna, a la que tacha de "superficial". De hecho, desprecia a quienes no creen en la existencia de Homero como persona, ligando este desmonte de la persona de Homero a lo que otros pretenden hacer con las historias bíblicas. Este es un caso evidente de falsedades, en especial porque tales asertos, propios de un cronicón del siglo XVII, ya se han vuelto anacrónicas. Sin embargo, hay que pensar que Casal daba clase en un universidad a finales del siglo XIX, y que muchos alumnos no recibirían más instrucción en literatura clásica que la suya. Imagino que ya aquellos desmanes poco importan.
Francisco García Jurado
H.L.G.E.

martes, 15 de diciembre de 2009

ILUSTRACIÓN E HISTORIAS LITERARIAS


La exposición titulada "La Imprenta Real. Fuentes de la tipografía española", que se celebra desde finales de diciembre de 2009 a enero de 2010 en la Calcografía Nacional, dentro de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, me ha devuelto a una de mis aficiones más queridas: los libros del siglo XVIII. Todavía recuerdo vivamente la exposición que se dedicó al gran editor Antonio de Sancha en este mismo lugar. Es probablemente este gusto por la bibliografía española del XVIII el que más satisfacciones científicas y estéticas me ha proporcionado. Trabajar con estos libros, en mis caso los dedicados a autores grecolatinos, me ha hecho ver la huella de las ideas, en particular de la idea de Historia, en estos bellos documentos. Hoy quería aprovechar la circunstancia de esta exposición para mostraros un discreto ejemplar de la Imprenta Real, llamada también "Typographia Regia, vulgo de la Gaceta", pues era la que publicaba aquellos delgados ejemplares que con el tiempo llegarían a ser el Boletín Oficial del Estado. El ejemplar que quiero mostraros es el que aparece en la fotografía, y se trata de una discreta rareza bibliográfica. Es una bibliografía escolar de autores latinos publicada en tiempos de Carlos IV. Pertenece al género erudito de las Historias Literarias, pero aún no es una Historia de la Literatura.



El siglo XVIII supone el nacimiento de las historias literarias, concebidas entonces como obras básicamente bibliográficas y eruditas. Al margen de las obras de los hermanos Mohedano y otras aproximaciones a la Historiografía Literaria, es en Gregorio Mayáns donde cabe buscar unos fundamentos críticos más consistentes para el enfoque correcto del estudio de la Literatura Latina dentro de España. En lo que a los autores latinos respecta, en el mundo literario de la España del XVIII hay una cuestión capital, como es la de los autores españoles e hispanolatinos, plasmada en la superioridad del “español” Lucano frente a Virgilio. Así las cosas, en la discusión terciaron nombres tan conocidos como el Padre Feijoo en su Teatro Crítico, concretamente en sus “Grandezas de España”, y al cabo del tiempo se creó una peculiar polémica frente a los ataques de algunos eruditos italianos, como Tiraboschi y Belletti, que afirmaban que la literatura española de todos los tiempos era la que había corrompido el gusto. En España (y luego incluso entre algunos de los jesuitas expulsos, como Llampillas) se hacía una defensa ciega de lo español. El asunto puede ilustrarse perfectamente con la primera alocución que celebró a mitad del siglo XVIII la llamada Academia Latina Matritense en la madrileña iglesia de San Ginés, una de cuyas conclusiones iba a destinada a demostrar que Noster Hispanus Poeta Lucanus dignitate canendi, pura Latinitate Virgilium superavit. Este es el contexto, en buena medida tópico, del principal problema que atañe a lo que podemos considerar la incipiente Historiografía Literaria de la época. Debe tenerse en cuenta, además, que la consideración de autores como Séneca y Lucano como españoles es un hecho que pervivirá, disfrazado con diferentes ropajes, hasta comienzos del siglo XX. A esta cuestión de la superioridad de Lucano, unida al tópico de la corrupción hispana de la literatura, que sostienen los eruditos italianos aludidos, se añade el problema de cuál ha sido la aportación hispana al conocimiento, que promueve Nicolás Masson, y que después dará lugar a la polémica decimonónica sobre la ciencia en España. Mayáns da un nuevo giro a la cuestión en su Vida de Virgilio, donde establece los fundamentos de una Historiografía Literaria ligada a una incipiente conciencia de Tradición Clásica, más allá de los tópicos relativos a la corrupción hispana de la literatura o a la supuesta superioridad del «español» Lucano sobre Virgilio. A partir de unos nuevos presupuestos historiográficos cuyos fundamentos se encuentran en las tradicionales Poética y Retórica, de un lado, y en la Bibliografía, de otro, va a relacionar a Virgilio con la literatura española a partir del estudio razonado de sus traducciones al castellano. Precisamente, los traductores seleccionados son los que prefiguran claramente la idea de un Siglo de Oro de la literatura española, como Fray Luis de León. La Vida de Virgilio escrita por Mayáns está concebida en el marco de un ambicioso proyecto de edición de las mejores traducciones del Virgilio al castellano y con un claro propósito de fomentar el buen gusto literario nacional mediante la imitación de los mejores modelos por parte de la juventud. No en vano, la obra de Mayáns es contemporánea al Ensayo de una biblioteca de traductores españoles de Juan Antonio Pellicer (1778), que es el precursor de la Bibliografía Hispano-Latina clásica de Menéndez Pelayo.
El vacío dejado en el mundo de la enseñanza tras la expulsión de los jesuitas en 1767 obligó a suplir por diferentes medios las nuevas demandas docentes: la orden de los Escolapios llenó una parte considerable de ese vacío y también el mundo de los propios ilustrados, como en el caso de Iriarte o Mayáns, autores de gramáticas latinas. En este contexto, y ligado al círculo de Campomanes, Casto González Emeritense escribe su Compendiaria in Latium Via (1792). Se trata de un libro destinado al conocimiento fácil y rápido de los autores latinos mediante una cuidada bibliografía de los estudios sobre Historia Latinae Linguae, aspectos concretos de ésta y una exposición cronológica, desde los orígenes hasta el siglo XIV, de los autores que han escrito en latín (la herencia del antiguo género de la biografía, si bien ahora muy sucinta, sigue viva). La obra, destinada a la juventud, tiene sus antecedentes en las grandes obras bibliográficas del siglo XVIII, en particular la Bibliotheca Latina de Johannes Albertus Fabricius (1728), y la obra de Johannes Nikolaus Funck (Funccius) (1720-1750), que concibe la Lengua Latina como un organismo viviente en su De origine et pueritia, de adolescentia, de virili aetate, de inminente senectute, de vegeta senectute, de inerte ac decrepita senectute linguae Latinae. De hecho, ambos autores aparecen citados en la bibliografía de Casto González dentro del primer apartado. La obra está, por tanto, más ligada a los antiguos estudios bibliográficos que a los emergentes trabajos de Historiografía Literaria, de orientación filosófica, que es donde se sitúa Wolf. Aunque en 1787 se publica en Halle el programa de curso de Wolf destinado a la Historia de la Literatura Latina, no hay rastro de este autor en Casto González. No obstante, ambos autores comparten el criterio cronológico, si bien Wolf es mucho más cuidadoso, pues plantea una división en Historia Interna e Historia Externa sobre la que articula su nueva concepción historiográfica. Llama, asimismo, la atención que en Casto González no encontremos la formulación de la juntura “Historia de la Literatura Latina”, que está en buena medida subsumida por la aludida formulación de Historia Latinae Linguae. El relato cronológico, a partir de períodos, nace precisamente de los estudios sobre la Historia de la Lengua, frente al criterio de los géneros, que es más afín a los presupuestos de la propia Poética. Junto a la obra de Casto González, que podemos considerar, avant la lettre, el primer manual de Literatura Latina, debe recordarse el que será, dentro de lo que es una visión general de la literatura, el primer manual utilizado en España para una cátedra de Historia Literaria. Se trata de la obra de Juan Andrés, uno de los jesuitas llegados a Italia tras la expulsión de España en 1767. Juan Andrés compone en Italia una monumental obra titulada Origen, progresos y estado actual de toda la literatura. La traducción que hizo luego su hermano de casi toda la obra entre 1784 y 1806 dio lugar a su uso docente a comienzos del siglo XIX (Juretschke 1951: 228-230). En este libro se contempla una parte, muy breve, dedicada a la “Literatura de los romanos” (obsérvese la formulación) seguida de un cotejo de esta literatura con la de los griegos (Caerols 1996). La división que hace Andrés es la siguiente: “Origen de la literatura romana”, “Poesía”, “Elocuencia”, “Historia”, “Filología”, “Ciencias” y “Jurisprudencia”. De igual manera, los diferentes tomos de su historia están dedicados a los distintos géneros. Estos primeros escarceos de una Historiografía de la Literatura van a verse interrumpidos en este punto.


FRANCISCO GARCÍA JURADO
H.L.G.E.

viernes, 11 de diciembre de 2009

PATRIMONIO DE LA EDUCACIÓN Y LAS IDEAS


Me permito enviaros el texto de una carta que he hecho llegar para su posible publicación a Tribuna Complutense, el órgano de información quincenal de la UCM. Viene motivada esta carta por la reciente concesión a nuestro campus del título de "Campus de Excelencia", donde se va a prestar una especial atención al "patrimonio":


PATRIMONIO EDUCATIVO DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE: CARTA ABIERTA AL RECTOR

Como miembro de la comunidad universitaria a la que pertenezco, no se me escapa la trascendencia que tiene el hecho de que el Campus de Moncloa sea ya oficialmente Campus de Excelencia Internacional. Tras leer con mucha atención toda la información que ha llegado a mis manos acerca de este hecho, incluidos los documentos oficiales, me gustaría que esta empresa para la que se van a destinar tantos esfuerzos en los años venideros fuera realmente una labor real y que en ella quedara implicada toda la comunidad universitaria. De entre las cinco grandes áreas de actuación me preocupa particularmente una, la de patrimonio, por el sentido restrictivo que en mi opinión se le está dando a este concepto: patrimonio “material”, no ligado necesariamente a otro aspecto que también se contempla en el plan de actuación desde una perspectiva más general: nuestra propia historia y significado como campus universitario moderno procedente de una universidad centenaria. Quienes nos hemos dedicado con pasión y entrega a la reconstrucción de las historias de nuestros estudios y facultades (pienso en este momento en los actos conmemorativos de la Facultad de Filosofía y Letras durante los años treinta, o los relativos a la creación de la Facultad de Ciencias a partir de la Ley Moyano del siglo XIX), sentimos la preocupación de que no se vayan a tener en cuenta las aportaciones de los que hemos estudiado precisamente ese patrimonio educativo no sólo a partir de la materialidad de sus libros y edificios, sino también y básicamente a la luz de las ideas que dieron lugar a tales aspectos. Creo, en definitiva, que la idea de “patrimonio” que se maneja es esencialmente restrictiva, muy técnica, y que va a desaprovechar la verdadera “interdisciplinariedad” que podrían aportarle (bien a título individual, como miembros de grupos de investigación consolidados o de otras facultades, además de las mencionadas en el documento), quienes vienen estudiando la historia de este campus que fue pionero y cuya historia quedó interrumpida por culpa de una guerra.
Alguien debería tener la suficiente lucidez como para evitar que ese nuevo y prometedor proyecto quede reducido a la mera retórica de palabras grandilocuentes.

Francisco García Jurado, Grupo de investigación UCM “Historiografía de la literatura grecolatina en España”.

martes, 8 de diciembre de 2009

APUNTES PARA UNA HISTORIA NO ACADÉMICA DE LA LITERATURA

La idea de escribir una historia no académica de la literatura grecolatina en las letras modernas me lleva rondando, más bien obsesionando, desde hace años. Y el tiempo no pasa en vano, pues he ido acostumbrándome a su diferente naturaleza, tan diferente de las historias oficiales de la literatura, y poco a poco va adquiriendo forma. Sus tensiones, su articulación en torno a las ideas del autor/libro, los textos/citas, los comentarios/críticas o las relecturas modernas de los antiguos géneros. Todo ello crea al fin el mapa general de un sinfín de relaciones literarias que desafían al tiempo. Me apetece esta noche ensayar tan sólo una de las modalidades que he encontrado en la indagación incansable de lecturas distintas. Me refiero en concreto a la idea del AUTOR SIN OBRA. En un reciente trabajo que hemos publicado María José Barrios y yo acerca de la estética del cuento latino en Marcel Schwob y Leopoldo Alas Clarín, observamos fascinados cómo ambos autores desarrollaban aspectos distintos de esta singular idea. En principio, que un autor no tenga obra es una circunstancia que se nos antoja extrema. Caben diferentes posibilidades: que el autor todavía no la haya escrito (o no pretenda, ni tan siquiera, escribirla, como Sócrates), o que su obra se haya perdido para siempre. El poeta Lucrecio, según la vida imaginaria que de él traza Schwob, es un autor sin obra en la ficción, ya que llega a concebir su poema sobre la Naturaleza de las cosas precisamente antes de morir y comprender las causas últimas del amor y la muerte. El poeta Vario, según nos lo presenta Clarín, es un poeta que ve cómo su obra terminará perdiéndonse, devorada por las castástrofes y el tiempo. El autor sin obra es una suerte de desafío, incluso más poderoso que el de la obra sin autor. Las obras anóminas son también terribles, pues nos impiden imaginar, tras un nombre que a veces no es más que una máscara, la figura de quién las compuso, pues este ejercicio imaginativo es algo que a los lectores nos encanta hacer. Borges habló en cierta ocasión de la posibilidad de una literatura sin autores. Esto daría lugar a una literatura ciega, pero también a una dimensión claramente democrática de la literatura, donde no habría propiedades intelectuales ni tampoco préstamos indebidos, pues todo sería de todos. Estos planteamientos son, entre otros, los que nos ofrece la inacabable historia no académica de la literatura. La representación de los autores, de sus biografías y sus voces, también es una forma de lectura, sobre todo de representación de esa lectura. Lucrecio murió, de forma significativa, tras leer los textos de Epicuro. Para la ficción de Schwob, Lucrecio fue, ante todo, lector, en particular lector de Epicuro. Leer es una forma significativa de imaginar al autor, a veces de dialogar con él, incluso de suplantarlo.



Francisco García Jurado
H.L.G.E.