miércoles, 5 de agosto de 2009

Gilbert Highet y Edward Said: Tradición Clásica y Orientalismo


La Universidad de Columbia me ha traído a la memoria dos grandes académicos a los que me siento especialmente unido: uno de ellos es Gilbert Highet, autor del libro titulado The Classical Tradition, que se publicó en 1949. El otro autor es Edward Said, que en 1978 dio a la luz otro libro relevante: Orientalism. Ambos profesores tienen en común su adscripción a Columbia, pero hay otro lazo de unión más sutil: me refiero al juicio que sobre la propia cultura occidental expresó cada uno de ellos desde un punto de vista bien diferente. Cuando Highet publica su obra en 1949 el mundo acaba de salir de una terrible guerra mundial. La primacía de Europa y su cultura toca a su fin, y los imperios coloniales comienzan su agónica fase de derrumbe. Es en ese momento cuando Highet da a la luz en la Oxford University Press un libro panorámico sobre la Tradición Clásica en Occidente. Esta publicación no obedece a la casualidad. Nuevas culturas comienzan a reinvindicar su lugar en el mundo, y aquello que Goethe y Thomas Mann denominaron "Cultura burguesa" comienza a tocar a su fin. La Cultura Clásica y Occidente han ido secularmente unidas. Cuestionar una supone cuestionar la otra. Precisamente, tras varias décadas de cuestionamiento y emergencia de nuevas relidades, el profesor Edward Said, de origen palestino, formuló la interesante hipótesis de que esa cultura occidental había sido, precisamene, la que se consideró a sí misma legitimada para interpretar el resto de culturas desde su particular punto de vista. De esa forma surgió el orientalismo como un conglomerado de disciplinas encaminadas a la "invención" de Oriente. En este sentido, Oriente no dejaba de ser lo que los occidentales querían ver en él.

En ambos casos, el de Highet y el de Said, tenemos dos puntos de vista distintos sobre un mismo tema. Dos épocas y dos circunstancias marcan la gran diferencia. Es probable que a nadie se le haya ocurrido relacionar a ambos profesores, pues pertenencen a ámbitos académicos distintos, el de la Filología Clásica y el de la Literatrura Comparada, respectivamente. Aquí queda la idea, que es mía, pero que comparto (esto lo digo precisamente el día en que Ana González-Rivas Fernández me comunica que nos han plagiado en Ucrania nuestro artículo sobre Poe y Berenice). Ideas son las que le faltan al mundo, esta es mi impresión. Lo siento por quienes no las tienen.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

lunes, 3 de agosto de 2009

HISTORIA PARA EVOLUCIONAR, PERO TAMBIÉN PARA IMITAR EL PASADO


Este tiempo en los Estados Unidos me está permitiendo reflexionar bastante sobre la propia función de la Historia en las sociedades modernas. No me parece ahora que la experiencia del pasado sea la misma en países con mucha Historia que en lugares con Historias más recientes. Mucho me ha rondado en la memoria el libro de Arno Mayer del que hablé hace unos días. Me refiero al titulado "The perstistence of the ancient regime". Mientras paseamos no dejamos de ver edificios neogóticos, sueños de un pasado intexistente en esta parte del mundo. Todo ello me hace pensar en la añoranza de un mundo pasado que se vuelve, precisamente, "paradigma", que se idealiza para intentar crear, o inventar, un sistema de creencias determinadas que miran en lo retrospectivo la clave del presente y del futuro. El mundo intelectual de la Ilustración creó nuestra idea moderna de Historia. Así lo he podido ver, por ejemplo, en nuestro admirable Gregorio Mayáns. Esa Historia miraba, es verdad, al Siglo de Oro de las letras hispanas en busca de modelos válidos para la mejora del buen gusto. José Antonio Maravall consideró este fenómeno como propio de una lectura "burguesa", que lograba crear la distancia necesaria entre el moderno lector y el antiguo autor. Comprender la distancia temporal podía permitirnos aceptar y conocer ideas diferentes y propias de otros tiempos sin tener que asumirlas necesariamente. La historia adquiría de esta forma un interés histórico "puro" al tiempo que podía mostrar, asismismo, una dimensión práctica para el presente. Aceptar el cambio histórico era, para el pensamiento ilustrado, una clave esencial de los nuevos tiempos. El ascenso del llamado "Tercer Estado" al protagonismo histórico es fruto de ese mismo cambio, y es por ello por lo que esta clase emergente mira la Historia como su esencia razón de ser. Pero al siglo siguiente la Historia da un giro inverso. No mira tanto el cambio como en intento de fijar el tiempo, de volver a esquemas pasados. La reacción anti-ilustrada es poderosa. De la llamada Historia Literaria ilustrada, de carácter culto y universal, pasamos a las Historias de la literatura románticas, populares y particulares. La Edad Media se vuelve paradigma estético e ideológico de los conservadores, frente al ideario renacetista de otros pensadores más liberales. Me sorprende que un país como los Estados Unidos, donde se crea un Estado propiamente ilustrado, es decir, un Estado en el que prima el "Contrato social" de sus ciudadanos frente a la condición de súbditos, luego se llene de iglesias neogóticas como sueño de una Edad Media que nunca tuvo lugar allí. Pero quizá estas paradojas de la Historia, tan parecidas a nuestras propias paradojas personales, sean lo que hace a tal estudio tan fascinante.


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

jueves, 30 de julio de 2009

EL DOBLE EN SU LABERINTO


Algunas personas llenas de ilusión han logrado sacar a la luz el segundo número de la Revista Nostromo, que se edita en la Universidad Nacional Autónoma de México. Es una revista dedicada al apasionante tema de la política y la literatura hispanoamericana, muy cuidadosamente editada, además de interesante. Entre las personas que han hecho posible este pequeño-gran milagro editorial destacaré a Edgar Adrián Mora, de nombre tan literario como el de la propia revista Nostromo. Hace ya unos meses, los editores de Nostromo me invitaron a contribuir con un ensayo. Elegí un tema que me apasiona, el del doble. Esta vez lo he analizado desde la óptica de una singular novela, Amphytrion, escrita por un autor mexicano, Ignacio Padilla. Se le adscribe a la llamada generación del Crack. En particular, la obra de Padilla titulada Amphytrion fue publicada por España Calpe en 2000. Su relectura el verano pasado me ha abierto nuevas puertas para entender mejor el tema del doble, sobre todo tras haber publicado con María Jesús Pérez Ibáñez otro trabajo dedicado a la novela de Saramago titulada El hombre duplicado. Asimismo, durante el verano de 2008, mientras redactaba este ensayo, reapareció aquel siniestro dictador de la República Servia: Karadzic. Sin embargo, su aspecto era ahora muy distinto, y realmente parecía otro. Esto me hizo recordar, como nos cuenta un genial escritor ruso, que sólo las malas personas pueden tener este tipo de dobleces. Voy a permitirme reproducir el comienzo de mi trabajo sobre el Doble en su laberinto, publicado en el número 2 de Nostromo, como pequeño botón de muestra de lo que quiero decir:

Cuando escribo estas líneas veo en la prensa una fotografía de Radovan Karadzic, el sanguinario presidente de la República Serbia entre 1992 y 1996. Su rostro está cubierto por una poblada barba blanca que lo hace difícilmente reconocible y tiene un inquietante aspecto de santón. El criminal de guerra había adoptado una identidad falsa y se dedicaba a la medicina alternativa. La realidad supera la ficción constantemente. Tras los genocidios, los verdugos adoptan nuevas identidades y procuran ser otros para sobrevivir. De igual manera, tras la Segunda Guerra Mundial, el criminal de guerra nazi Adolf Eichmann huyó de Austria y marchó a Argentina, donde vivió bajo el nombre de Ricardo Klement. No fue desenmascarado hasta 1960, cuando agentes del servicio de seguridad hebreo lo capturaron y trasladaron a Jerusalén para su posterior enjuiciamiento y ejecución. Karadzic o Eichmann representan una de las dimensiones más escalofriantes de lo que venimos en llamar el tema del doble: la relación de la duplicidad con el mal. Como diría Fiodor Dostoyevski en su fundamental novela titulada El doble, sólo son dúplices los malvados.
El tema del doble constituye uno de esos aspectos esenciales de nuestra cultura y creación literaria desde el testimonio más antiguo, la comedia Anfitrión, del comediógrafo latino Plauto. La vieja historia de Júpiter que, ayudado por otro dios, Mercurio, suplanta al general tebano Anfitrión, ausente por la guerra, para poder pasar una larga noche con su legítima esposa, Alcmena, supone uno de los argumentos más recreados de la literatura de Occidente. Es una comedia donde todo parece duplicarse: el propio nombre del protagonista, ambiguamente llamado Anfi-trión, el género de la obra, que, no conforme con ser comedia o tragedia, se vuelve tragicomedia, o los propios suplantadores, nada menos que dos dioses, que ocupan el lugar de Anfitrión y su criado Sosia. Al final de la obra, Alcmena da a luz dos niños, concebidos de su legítimo esposo y del dios. El del dios será Hércules. La comedia plautina supone el horizonte imprescindible de cualquier nueva obra que se escriba sobre el doble. Algunos de sus elementos, como la importancia del nombre propio como dispensador de identidad, el papel que tiene el vestido como disfraz para poder ser “el otro”, el peso específico de los personajes femeninos, víctimas del engaño, la aparición de la noche como tiempo de suplantaciones y la plasmación del espacio literario, donde el suplantador queda dentro y el suplantado fuera, se van repitiendo con audaces variaciones.
Cuando un escritor moderno vuelve a plantear el tema del doble debe ser consciente de que sus lectores pueden pensar en las obras que le han precedido. Cada nueva historia es, como diría Juan José Arreola en un famoso cuento, una nueva versión del parto de los montes. El asunto ha sido tratado una y otra vez en la literatura y en el cine. No puedo ofrecer aquí una lista interminable de obras, pero sí debo recordar algunas imprescindibles, como ciertos relatos de Borges (“Borges y yo”, o “El otro”) y algunas novelas sobre el tema escritas a comienzos del siglo XX, en especial El Gólem, de Gustav Meyrink1, heredera de la tradición romántica del siglo XIX, que nos ha dejado la novelita titulada El haya de los judíos, de Annette von Droste-Hülshoff, la fundamental El doble, de Fiodor Dostoyevski, y atrevidos desarrollos del tema en autores como Oscar Wilde, Edgar Allan Poe y Robert Louis Stevenson. Antes del romanticismo, verdadero hito en la explicación del desarrollo literario del tema, están los cultivadores de la tradición más clásica, como Molière o Shakespeare, y al final de este camino inverso nos queda el Amphitruo de Plauto. Mis dos lecturas más recientes sobre este tema son El hombre duplicado (Madrid, Alfaguara, 2003), de José Saramago, y Amphitryon (Madrid, Espasa-Calpe, 2000), de Ignacio Padilla. Ninguna de las dos me ha defraudado, sobre todo al leerlas desde el prisma del texto plautino. Esta lectura tan particular no implica, en todo caso, una relación servil de estos autores modernos con respecto al texto primigenio, más bien son ellos los que hacen que ese primer texto cambie y se reafirme con la llegada de los nuevos aportes. En este punto, hace años formulé una manera algo distinta de plantear las relaciones entre los autores antiguos y modernos del siglo XX. Propuse una relación múltiple entre ambos, más allá de los consabidos modelos de influencia o imitación, cuyas relaciones imprevistas daban lugar a una suerte de contrahistoria de la literatura que denomino «encuentros complejos». Ignacio Padilla dialoga o plantea un encuentro complejo con muchas de las obras fundamentales que constituyen el tema del doble.

lunes, 27 de julio de 2009

CANALEJAS, HISTORIADOR DE LA LITERATURA LATINA


Aunque no he tenido ocasión de ver el ejemplar, sé que acaba de aparecer hace unos días el volumen 9 de la Revista de Historiografía, editada por el Instituto de Historiografía de la Carlos III. Allí he podido dar a la luz un trabajo sobre la faceta de un importante político, José de Canalejas y Méndez, como autor de un interesante manual de Literatura latina. Toda esta pequeña aventura comenzó cuando descubrí en una de las bibliotecas de la UCM unos viejos apuntes de clase de la asignatura de Litertura latina. Además de dar nombre a una céntrica plaza madrileña, José Canalejas y Méndez (1854-1912) es conocido como un importante político cuya dimensión pública ha eclipsado las otras posibles facetas de su intensa biografía. Cabe preguntarse qué hubiera ocurrido si personajes como Canalejas o, un tiempo después, Manuel Azaña, no hubieran tenido esa importante responsabilidad política de ser presidentes de gobierno, y por la que todavía hoy son recordados. En cuanto a Canalejas, hay otro hecho en especial por el que ha quedado grabado en nuestra memoria: su trágica muerte en un atentado, mientras miraba el escaparate de una librería en la Puerta del Sol. Quienes se dedican a la historia intelectual de España recuerdan, asimismo, que Canalejas compitió con Menéndez Pelayo en las oposiciones a la cátedra de Literatura Española celebradas en 1878.1 No obstante, hay otros aspectos menores que nos pueden devolver facetas muy poco conocidas del personaje. Como decía, fue hace unos años, mientras intentaba buscar un libro en los anaqueles de la Biblioteca de Filología Clásica de la Universidad Complutense, cuando aparecieron por casualidad unos apuntes manuscritos del siglo XIX. Se trataba de una copia que un tal Mayone y del Mazo hizo de los apuntes que el propio Canalejas había tomado en las clases de Literatura Latina. El profesor de la asignatura era, naturalmente, Alfredo Adolfo Camús, maestro de tantos alumnos ilustres de aquel entonces, como Pérez Galdós o Clarín. Como fruto del paso por las clases de Camús, Canalejas publicó un interesante manual de literatura latina repartido en dos tomos que ha quedado discretamente relegado, pero que ofrece un gran interés para tomar el pulso, sobre todo, al mundo académico e intelectual de los años 70 del siglo XIX, concretamente entre 1874 y 1876, fecha de publicación de los dos tomos que componen el manual.
En este trabajo que ahora aparece en la Revista de Historiografía me he ocupado, por tanto, de esa faceta casi desconocida de historiador (muy brillante, por cierto), de la literatura latina, allá por los años setenta del siglo XIX. El ideario de aquel joven liberal aparece por doquier: exaltación de la obra de Lucrecio, comparado con Darwin, o rechazo de la tiranía, no aceptable bajo ningún presupuesto, como había querido hacer ver el propio Napoleón III bajo la sombra de un antiguo dictador: Julio César.

Francisco Garcia Jurado
H.L.G.E.

jueves, 23 de julio de 2009

LA PERSISTENCIA DEL ANTIGUO RÉGIMEN


El espacio geográfico de Cambrige, frente a la ciudad de Boston, viene a estar polarizado por esas dos reputadas instituciones universitarias que conocemos como Harvard University y Massachusetts Institute of Technology. Están unidas por la línea roja de metro (red line) y el trayecto desde Harvard Square a Kendal MIT no supone más que unos cinco minutos de trayecto (dos largos túneles divididos por Central Square). Hoy día, dentro de la rivalidad esperable entre dos colosos de la investigación y la enseñanza superior como son ambas instituciones, hay acuerdos mutuos de colaboración, pero no por ello pierde cada una su identidad. Si Harvard es una universidad tricentenaria cuyo origen se remonta al siglo XVII, el MIT nace en pleno siglo XIX y adquiere su verdadero carácter en el XX, en la época marcada por las dos guerras mundiales. Harvard responde, en sus orígenes, a un modelo educativo de corte aristocrático, a la manera de la británica Universidad de Cambridge. John Harvard, gran benefactor de la nueva universidad norteamericana, aparece representado en una vidriera de la capilla del Christ's College. El MIT, sin embargo, se inspira en la nueva enseñanza profesional que estaba convirtiendo a Alemania en una potencia mundial a partir de 1870. Harvard representa la universidad de los colleges, el MIT la de las facultades (aquí, en el mundo norteamericano, estos nombres no se utilizan con estos sentidos que les conferimos en Europa, pero nos valen para entendernos). El edificio más representativo del MIT, inspirado en el Panteón de Roma, tiene una clara impronta de los politécnicos alemanes de comienzos del siglo XX. No he dejado de pensar en tales cosas, intentando recordar lo que cuenta al respecto un reputado historiador, Arno J. Mayer, en su libro titulado "The persistence of the Old Regime. Europe to the Great War", que se publicó en 1981. Fue hace mucho tiempo, en casa de mi antiguo amigo Enrique Aguado Asenjo, cuando recuerdo cómo él me leyó un largo párrafo relativo a Harvard y al MIT en el sentido que estoy esbozando aquí. Aquella lectura en voz alta sigue sonando en mí hasta hoy, aunque no sé qué habrá de invención y de realidad notarial en mi recuerdo. Arno Mayer exponía, por lo que creo recordar (o imaginar, no lo sé), cómo Harvard y el MIT encarnaban la dialéctica entre el antiguo y el nuevo régimen. Un modelo aristocrático frente a un modelo burgués. Una enseñanza no aplicada, de profundo contendio ocioso (no se confunda con "perder el tiempo", que el OTIVM de los clásicos tiene que ver, precisamente, con las personas LIBERALES, aquellas que no tienen que mancharse las manos para vivir), frente a una nueva enseñanza técnica, orientada a la industria. Que hoy el MIT parezca por sus aledaños un gigantesco polígono tecnológico es parte de aquel planteamiento.

Este texto viene a ser también un homenaje a aquellos amigos que se fueron, que pasan a ser parte del recuerdo, pero que dejan la impronta de sus vivencias y enseñanzas en nosotros. De igual manera que a veces el cariño que sentimos por los demás no es recíproco, a veces tampoco es simultáneo.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

miércoles, 22 de julio de 2009

DE NUEVO SOBRE BORGES EN HARVARD: EL MÍTICO ARTÍCULO DE JUAN MARICHAL


Rescato de la hemeroteca digital del diario El País el artículo que Juan Marichal dedicó a rememorar su experiencia con Borges cuando se le concedió el privilegio de impartir las Norton Lectures. Es un artículo que tengo recortado desde hace años y guardado como oro en paño dentro de mi archivo. Pero ahora veo con alegría que el artículo está en la red, en esto que ya es un gran tesoro al alcance de todos.


TRIBUNA: JUAN MARICHAL
Borges en Harvard
JUAN MARICHAL 02/09/1999
copyright DIARIO EL PAÍS

Dígale al señor Borges que venimos a su conferencia sin haber comido", me rogaba el estudiante que encabezaba al grupo que en los laboratorios de química había protestado contra la guerra de Vietnam. Borges y yo estábamos a la entrada del edificio de Harvard (Memorial Hall: a la memoria de los estudiantes y profesores que dieron sus vidas en la guerra civil norteamericana, 1861-1865), donde se celebrarían las conferencias de Borges, en el curso 1967-1968.No era lo habitual para el género de conferencias sobre poesía de la serie anual "Charles Eliot Norton": que solían contar con el auditorio así llamado en el Museo Fogg, con capacidad para unas doscientas personas. Mas aquel día del otoño de 1967 aumentaba con las horas transcurridas la preocupación mía (la Universidad me había encomendado todo lo relativo a la visita de Borges) de que iba a producirse una especie de atasco (¡y hasta de motín!) en la entrada del museo por el público que iba a venir a escuchar a Borges de diversas universidades de gran parte de la Nueva Inglaterra en autobuses especiales. Llamé a la oficina a cargo de las aulas y pregunté si Memorial Hall estaría libre esa noche. Sí, lo estaba, pero me advirtieron que su auditorio tenía cabida para 1.500 oyentes. Y dispuse en el acto que allí se celebrarían todas las conferencias públicas del profesor Borges. Al empezar a llegar al acto los asistentes, se vio que sólo podían caber en Memorial Hall. De ahí que Borges y yo estuviéramos a la puerta, hasta llenarse la sala.

Y tuve tiempo para contar a Borges cómo los estudiantes que venían de la "sentada" (sit-in) contra la Dow Chemical Company (fabricantes de los herbicidas utilizados en Vietnam) no eran necesariamente de izquierdas, pero sí le habían leído y le admiraban. Ya en el estrado de Memorial Hall, los aplausos no cesaron hasta que Borges (tras una breve presentación mía) empezó su recital en un inglés de entonación escocesa que sobrecogió al público, pues Borges citaba solamente a poetas de lengua inglesa. Sus palabras eran, así, como el leve marco de los textos recitados, que, para muchos oyentes, eran revelaciones de su propia literatura. Es más, algunos de ellos acudieron a las bibliotecas universitarias de Harvard para leer, por vez primera, a autores como Kipling. Y al cabo de cuarenta y cinco minutos se había creado en Memorial Hall un clima humano sorprendente, como si un bardo antiguo estuviera allí, reencarnado en la persona y voz de Borges.

Las siguientes conferencias fueron disminuyendo en tiempo, hasta llegar a los veinte minutos de la última. Estaban presentes esa noche algunos de los overseers de Harvard (los antiguos alumnos que constituyen la comisión que ratifica, o rectifica, los nombramientos del profesorado) y entre ellos el afamado eclesiástico que los presidía, que exclamó, al concluir Borges, "nunca me he sentido tan conmovido al escuchar una conferencia", aliviando así mi preocupación. Aquel día, por la mañana temprano, había conseguido localizar a Borges, ausente de Cambridge varios días: ¡y estaba en Texas! Tuve que recordarle que a la noche tenía que hablar en Harvard y a Boston llegó, extenuado, a media tarde, gracias a la maravillosa puntualidad de las líneas aéreas norteamericanas.

Tras el susto, estuve a punto de advertir a la señora de Borges (Elsa Astete) que el profesor de la cátedra Norton no podía ausentarse de Cambridge sin permiso de la Universidad ni podía tampoco aceptar conferencias a trochomoche, pero el decano de la Facultad de Artes y Ciencias, tras elogiar mi celo administrativo, me aconsejó olvidarme del reglamento universitario en el caso de la señora Astete, dueña de Borges. De ahí también que tantas universidades (y hasta modestos colleges) fueran huéspedes de Borges en casi toda la costa este de los Estados Unidos.

Las conferencias "Charles Eliot Norton" suelen ser publicadas por la editorial de Harvad: así, por ejemplo, Jorge Guillén las dio en 1957-1958 y recogió en el libro Lengua y poesía (1961, versión española, Alianza). Las de Borges no pudieron publicarse porque el texto propiamente suyo alcanzaba unas pocas páginas. Sí estaban grabadas sus recitaciones, pero la editorial de Harvard no aceptó mi propuesta de publicarlas en forma de libro-casette. De todos modos, por haber estado en Cambridge, la capital universitaria de los Estados Unidos, Borges pudo conversar con variadas figuras de la cultura norteamericana que quedaban deslumbradas por la elegancia y profundidad de su pensamiento. En suma, Borges forma parte desde entonces de la historia intelectual de los Estados Unidos, hasta el punto que Susan Sontag lo calificó de maestro indispensable para los escritores de lengua inglesa. Sin olvidar, en cuanto a las letras hispánicas, la confesión "profesional" de García Márquez: "Aprendí a escribir con las obras de Borges, que no me gustan nada".

Borges recibió, en 1978, el doctorado honorario de Harvard, con el aplauso de las veinte mil personas allí presentes para las ceremonias de fin de curso. También fue distinguida con el mismo grado, Marguerite Yourcenar, que conversó largamente con Borges en la cena dada por el presidente Bok la noche anterior. Y viéndoles tan embebidos en su conversación, sentía que aquella extraordinaria pareja representaba el sueño literario del siglo XX. O para decirlo con palabras del mismo Borges: "Desconocemos los designios del universo pero sabemos que razonar con lucidez y obrar con justicia es ayudar a esos designios que no nos serán revelados".


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

domingo, 19 de julio de 2009

OTRA VEZ SOBRE EL MULTICULTURALISMO


Como era de esperar,mi estancia en Harvard me ha devuelto en más de una ocasión a esa nueva realidad cultural llamada "multiculturalismo", que en rasgos generales viene a ser como una aceptación, al menos oficial, de la relación no jerárquica entre distintas culturas. Sólo tenemos que ir al metro para poder apreciar cómo en los innumerables reclamos publicitarios que hacen aquí los centenares de centros universitarios aparecen "casualmente" al menos tres estudiantes pertenecientes a diferentes (vamos a decir) razas. Así lo vi ayer mismo en un cartel del Eastern Nazarene College (cuyo lema reza así: "Many differences, one faith"), o en la propia web de la universidad de Harvard (que da la impresión de ser una universidad de orientales), y ya lo hemos comentado cuando hablamos sobre el antiguo Indian College. La cuestión tiene ya unos años, y el otro día encontré en la Harvard Book Store un resto editorial del año 1996 dedicado precisamente a tratar críticamente este tema. Se trata del libro titulado Great Books, escrito por el periodista David Denby. Denby, antiguo alumno de Columbia University, volvió a las clases de su alma mater neoyorkina para cursar de nuevo, como en su juventud, una asignatura llamada precisamente Great Books. Homero, Dante, Virgilio, o Bocaccio son los "grandes libros" que se leen y estudian en tal asignatura. En teoría no hay nada malo en leerlos, al menos eso creo. El problema viene cuando ciertos grupos universitarios entienden que leer a Dead Whites European Males puede suponer una forma de Eurocentrismo dominante sobre el resto de culturas concurrentes en la nueva sociedad multicultural. No adquirí este libro cuando apareció en español. Luego me di cuenta de que era un gran libro también, no sé si como aquellos de los que habla, pero se trata de un libro útil y necesario. El autor relata cómo transcurren las clases en Columbia y su relación personal con estas lecturas esenciales. Cuando hace tiempo traté el tema de la crisis de la cultura occidental en Thomas Mann, T.S. Eliot y Jorge Luis Borges debí haber incluido este libro. Su lectura me devuelve a los tiempos en que comencé a trabajar en serio en el campo de la Literatura Comparada. Ya he dicho en otro lugar que la suerte de las humanidades clásicas ha corrido pareja a la misma suerte que viene corriendo la propia cultura occidental. Las reflexiones que hizo Borges tenían mucho de incorrección política y de afinidad con T.S. Eliot. Me gustaría recordar ahora algunos de los planteamientos que expuse en su momento. Todo comenzó con un curioso aserto borgesiano que encontré en una entrevista concedida sólo un año antes de su fallecimiento a José-Miguel Ullán. Borges volvía a hablar sobre su conocida aversión a los comunistas, precisamente en relación con las importancia de las lenguas clásicas:

“-¿Le sigue preocupando el comunismo?
-Está en la Universidad. Los comunistas han encontrado una trampa. Dicen que el estudiante puede optar por el griego, el latín, el inglés, el italiano, el ruso, el alemán... Eso quiere decir, ni más ni menos, que el estudiante puede prescindir del latín y del griego. Se trata, en consecuencia, de una opción falsa. Esa opción está hecha para matar las humanidades. Optar por quiere decir realmente prescindir de. Si el estudiante puede recibirse de doctor en Letras sin conocer las lenguas básicas, eso tiene un nombre: incitación a la pereza” (José-Miguel Ullán, “El olor de los tigres (entrevista con Jorge Luis Borges”, Culturas. Suplemento semanal de Diario 16, nº 10, 16 de junio de 1985)

Tales asertos, en apariencia improvisados e ingeniosos, que ponen en relación a los comunistas con la optatividad de las lenguas clásicas no se deben exclusivamente a Borges, sino que pueden situarse dentro de una larga y compleja tradición cultural europea. A este respecto, resulta significativa, y va mucho más allá de lo casual, la defensa, a menudo apasionada, que algunos de los grandes autores del siglo XX hacen de las humanidades clásicas como parte fundamental de la propia cultura europea. Ésta, definida en clave de cultura burguesa, o aquella que entiende aún lícitamente las categorías de su cultura como universales, tiene su comienzo propiamente dicho después de la Revolución Francesa y continúa vigente como representación cultural por antonomasia hasta bien pasada la Segunda Guerra Mundial, momento en el que se van a ir constituyendo nuevas formas alternativas de interpretación del mundo que vienen definidas por las etiquetas genéricas de poscolonialismo y estudios culturales, entre otros.
Por lo demás, el concepto de cultura europea u occidental, ligado estrechamente al de cultura burguesa, ha desarrollado una manera de entender la propia realidad europea y mundial desde una cultura post-ilustrada que se caracteriza, entre otras posibles cosas, por el historicismo o el distanciamiento intelectual de aquello que se lee o interpreta. Era esta manera de interpretar lo propio la que se consideraba como válida o legítima también para interpretar el resto de realidades. Asimismo, esta cultura burguesa ha configurado un canon literario y una manera propia de entender la literatura, cuya manifestación más representativa es la novela burguesa. Tan ligadas están la cultura y la novela burguesas que, en realidad, la definición de la primera puede aplicarse a la segunda. En un interesante trabajo acerca de los trasiegos del héroe antiguo y el héroe moderno, Rubén Florio recoge una certera observación de Carlos Fuentes sobre Thomas Mann, en la que consideraba a éste como el autor culminante de esta novela burguesa europea, por el hecho de entender aún “lícitamente” las categorías de su cultura como universales. Esta observación puede completarse con otra de Hans Mayer al respecto, que considera a Mann un “punto crítico” y ve, a su vez, las afinidades de éste con Goethe en cuanto a la conciencia que ambos tienen de su lugar en la Historia.
Goethe y Mann pueden representar, respectivamente, los comienzos de la literatura burguesa propiamente dicha y el final de su periodo dorado. Asimismo, ambos autores son exponentes de la íntima relación que esa cultura burguesa moderna tiene con la cultura clásica grecolatina. Sin embargo, no es Thomas Mann el único autor europeo del siglo XX que ilustra este peso específico que la cultura clásica ha tenido en el desarrollo de la cultura burguesa. Junto a Mann puede ponerse a otros destacados autores, como es el caso de T.S. Eliot. Para ambos, hay un poeta latino que encarna las virtudes y la tragedia de los clásicos en el mundo moderno: Virgilio. Para ambos la cultura clásica está íntimamente ligada con la cultura burguesa, frente a los peligros del “alba proletaria” (Mann) o el “radicalismo” (Eliot). Es aquí, pues, donde debemos incardinar las ideas borguesianas acerca de la educación clásica y los comunistas. El asunto es, a todas luces, extremadamente complejo y no invita, precisamente, a la parcialidad, dado que cae en los terrenos de la actual incorrección política.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.