viernes, 18 de septiembre de 2009

SOLACES BIBLIOGRÁFICOS EN SEPTIEMBRE


Diversas razones, unas irremediables, otras pasajeras, están haciendo que este mes de septiembre no tenga la luz de otros momentos de la vida, ya no digo de otros momentos del año como tal. Espero la vuelta de las clases, este curso entre la Complutense y la Autónoma de Madrid, y me siento cada año un poco más escéptico, ante una universidad cada vez más "pedagógica", que en cierto sentido quiere decir más "infantil". Son circunstancias, es cierto, que hacen que el ánimo no esté en todo su apogeo, pero, como digo, son circunstancias, por lo que hay que pensar en todo aquello que escapa al tiempo y lo transciende. En este sentido, cuando el tiempo es gris, me gusta sentir la emoción de un "nuevo" libro antiguo, libro que sé que ha vivido desde hace más tiempo que yo y que sin duda seguirá existiendo por generaciones. Los estudios sobre la Historiografía de la literatura grecolatina durante la Edad de Plata de la cultura española me han llevado a un libro publicado por Menéndez Pelayo en 1902. Me refiero al primer y único tomo que publicó en vida sobre la Bibliografía Hispano-Latina, publicado en Madrid por la Biblioteca de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. Para la mayor parte de los que estudian asuntos relativos a la Tradición Clásica, la obra de Menéndez Pelayo adquiere las dimensiones gigantescas de la llamada "Edición Nacional", llevada a cabo ya entre los años cuarenta y cincuenta del siglo XX por la editorial Aldus y el Consejor Superior de Investigaciones Científicas. Pero merece de verdad la pena navegar y disfrutar de los viejos libros que Menéndez Pelayo publicó en vida, en sus diferentes formatos. En particular, este tomo es una delicia ya desde que se abre, pues nos espera un frontispicio que reproduce la portada de la edición del Asno de Oro publicada en Medina del Campo en 1543. Aquí es donde el observador comienza a darse cuenta de que este libro no está sólo concebido para los especialistas en literatura, sino también para los bibliófilos, y que unos y otros no deberían estar tan escindidos en sus intereses. El historiador de la literatura que no se siente interesado por el libro antiguo se pierde buena parte de la intrahistoria de sus estudios, y el bibliófilo que sólo se dedica a la cinegética o a la tauromaquia se le escapa la propia historia de sus letras. El libro de Menéndez Pelayo nos regala, además, con una definición precisa de lo que es la Tradición Clásica tal y como se concibió desde finales del siglo XIX: "la historia de cada uno de los clásicos en España". La Tradición Clásica es también "Historia literaria", no lo olvidemos, de una literatura, la grecolatina, en otras, las modernas. De entre toda la erudición que se despliega en este tomo quiero destacar dos textos preciosos, debidos al gran maestro de la literatura griega y latina que fue Alfredo Adolfo Camús. En un caso, se trata del sabroso texto de la traducción de un fragmento del poeta Afranio, al que dedicaré otro día mi atención. En el otro, estamos ante un precioso testimonio de bibliófilo que ha rescatado de la desidia un manuscrito dieciochesco que contiene una traducción de Cicerón. Me permito reproducir aquí la ficha de Menéndez Pelayo y el comienzo del texto de Camús:

"Los que como Vd. somos aficionados a librajos y papeles viejos, solemos experimentar de vez en cuando algo de esa alegría y emoción inefables que sintieron nuestros esforzados navegantes al descubrir por vez primera las playas del Nuevo Mundo. ¿No es verdad, amigo mío, que cuando por acaso, en medio de un montón de inepcias condenadas al nacer a rodar por baratillos, a ser pasto de ratones o a envolver cominos, tropezamos con una ALDO MANUCIO, un GRYPHIO, un PLANTINO apud Moretum, un CAXTON, un FROBEN, un ESTEBAN (Roberto o Enrique), o con alguno de esos incomparables y codiciados ELZEVIRIOS, nobilísima familia, que nace en Leyden con Buenaventura y Abraham y termina en Amsterdam con Daniel, el último pero también el más correcto, delicado y artista de tan gloriosos progenitores, gozamos de una felicidad suprema, que comparada con esas grandes pasiones destinadas a satisfacer algunas raras veces y por breve momento el corazón humano, excede de todo un cielo a los goces del amor, de la ambición y de la avaricia? -Cierto es que para el verdadero bibliófilo (que no se confunde nunca con el falso, el pseudo-bibliófilo, el coleccionador que sólo busca y colecciona por el gusto de atesorar, que en medio de su espléndida biblioteca se parece al eunuco entre las odaliscas de un harén: el mercachifle literario que adquiere para revender y lucrar; el tonto, pues de todo hay, que tiene libros por aparecer discreto); para el bibliófilo auténtico, para el amateur pur-sang, como dicen los franceses, el hallazgo de un libro raro o de un manuscrito curioso es superior a cuantos juguetes y brillantes señuelos se han inventado para entretener y atraer y fascinar las miradas de esa caterva de niños grandes que se agita y afana en este pícaro mundo, el que, dicho sea de paso, sería una trastienda del infierno, si no hubiera libros. (...)"

En fin, esto es un solaz bibliográfico, como diría el propio Menéndez Pelayo, y siento el orgullo de poder disfrutar de este solaz al margen de las circunstancias.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

"AUCTORITAS" EN UN ARTÍCULO DE RAFAEL DOMINGO

Ya no soy tan aficionado a leer la prensa como lo era en otros tiempos y creo sinceramente que esto no es culpa mía, sino de la propia prensa, que cada vez me aporta menos cosas de interés. No era así hace años, cuando recortaba incesantemente artículos, sobre todo de opinión, escritos por personas que tenían realmente algo que decir. Uno de mis alumnos de la Complutense, de aquellos que cursaron una mítica asignatura titulada "La Etimología: de Platón a Borges", tras oírme hablar acerca de cómo algunas palabras pueden cambiar nuestra visión del mundo, vino a mí con un recorte de prensa exquisito que había recogido del diario El País. Se trataba de un artículo del Dr. Rafael Domingo Osle, catedrático de Derecho Romano de la Universidad de Navarra, que había escrito brillantemente acerca del concepto romano de Auctoritas. Estos días se está hablando mucho sobre el concepto en cuestión, sobre todo en lo relativo a "devolver" esa autoridad, al menos en su vertiente legal o pública, a los maestros y profesores. En todo caso, no creo posible que pueda haber un profesor sin autoridad, es decir, sin la autoridad moral que ha de ejercer sobre sus alumnos y discípulos. Eso es lo que yo mismo creo haber ejercido durante los dieciséis años que llevo impartiendo clases e intentando hacer un poco mejores al menos a quienes me escuchan. Sé que algunos de mis lectores han sido alumnos míos, y esto para mí es un gran orgullo. Os dejo, más bien, os regalo, el magnífico artículo sobre la Auctoritas que escribió el Dr. Domingo Osle. Cuando lo leáis, comprenderéis mejor por qué ya no leo con tanta atención los diarios de ahora, sino que recorro las hemerotecas virtuales en busca de aquellos textos que me ayudaron a ser hoy día quien soy:

TRIBUNA: RAFAEL DOMINGO
'Auctoritas'
RAFAEL DOMINGO 07/01/1999

Una noche de finales de octubre de 1927, acompañado de varios amigos, entre los que se encontraba por supuesto Cipriano Rivas Cherif, acudió al teatro Fontalba de Madrid ese hombre "pegado a una barba" de palabra mágica y prodigiosa originalidad, que fuera Ramón María de Valle-Inclán, con el fin de asistir al estreno de la comedia El hijo del diablo, del poeta catalán de segunda fila Joaquín Montaner. Antes de que finalizara el segundo acto, el ínclito don Ramón comenzó a vociferar de forma tan desmesurada que hubo de interrumpirse el estreno. No tardó el público en reconocer en esos gritos de "¡Muy mal, muy mal!" la voz de don Ramón, lo que aumentó el revuelo. Los agentes de vigilancia se acercaron a la butaca que ocupaba el ilustre literato para llevárselo a comisaría (un escándalo parecido había provocado en el estreno de Gata de Angora, de Benavente y en esa misma comisaría acabó), y se presentaron diciendo: -Somos la autoridad, a lo que don Ramón replicó: "Aquí, en el teatro, yo soy la única autoridad, pues soy crítico". Naturalmente, los agentes de la "potestad" se llevaron al portador de la autoridad, pues la fuerza se impone momentáneamente a la razón, pero la crítica literaria no tardó en ensalzar la actuación de don Ramón, que con sus gritos logró sepultar la obra de Montaner. He querido comenzar estas reflexiones refiriendo esta anécdota, por lo demás conocida, de Valle-Inclán porque me parece que refleja con bastante exactitud la vieja contraposición romana entre auctoritas y potestas, de la que quizá nuestro literato tuvo conocimiento en su época de estudiante de Derecho en la centenaria Universidad de Santiago de Compostela, y que desgraciadamente hoy ha caído en desuso, por considerar la autoridad, como los agentes que detuvieron a don Ramón, una especie de poder, en vez de una instancia de naturaleza del todo distinta.

La crisis del Estado moderno, basado en los principios de soberanía y territorialidad, el callejón sin salida al que nos ha conducido el positivismo jurídico o la excesiva politización de la vida social no son, en mi opinión, sino consecuencias derivadas de la pérdida actual de la contraposición romana entre autoridad y potestad. Tan genuinamente romana era la auctoritas que ya el historiador Dion Casio advirtió que no tenía equivalente en griego, y prefirió transcribirla a esta lengua clásica sin traducir. Algo similar a lo que dicen los alemanes que sucede con su adjetivo "gemütlich" (¿entrañable?), o los portugueses con su sustantivo "saudade" (¿añoranza?), pero en un plano no afectivo, sino racional. Y por supuesto con muy distinto calado.

Encontramos la contraposición autoridad-potestad en la esencia misma de la constitución republicana, donde la potestad de los magistrados, que no era sino una concreción de la majestad popular, era limitada por la autoridad senatorial, como ha quedado inmortalizada en la conocida expresión SPQR (Senatus Populusque Romanus), que invade todavía hoy las calles de la Urbe. Revestidos de autoridad estaban también los juristas, que con su saber prudencial asesoraban a los magistrados, jueces y particulares; y los augures, que, mediante la observación de ciertos signos celestes, interpretaban la voluntad de los dioses en orden a la realización por parte del magistrado de determinados actos de especial relevancia pública; y los jueces, cuya opinión de autoridad se imponía a cualquier otra; e incluso a los oradores. Un rétor de nuestra tierra como fue Quintiliano se refiere en sus Instituciones, por ejemplo, a la autoridad que destellaba el cuerpo humano, en concreto la frente, del orador Tracalo.

El binomio autoridad-potestad lo volvemos a encontrar en la bipartición del proceso romano clásico, con sus fases de jurisdicción y judicación, en la institución tutelar, e incluso en la propia mancipación, en la que el mancipio dans responde por auctoritas frente al accipiente cuando éste es vencido por el verdadero propietario. Este reparto de funciones entre la auctoritas de los juristas, jueces, augures y senadores y la potestas de los magistrados, o del pater familias en el ámbito doméstico, sirvió para establecer un sabio equilibrio compatible con un principio que para los romanos era piedra angular: que el poder era por naturaleza indivisible, por lo que debía ejercerse solidariamente. Esta nota de indivisibilidad era complementada con su esencial delegabilidad. A su vez la delegabilidad, junto con su carácter territorial, marcaban con nitidez la diferencia entre la potestas y la auctoritas, de suyo indelegable y no-territorial. Con el inicio del Principado, este orden fundado en el binomio autoridad-potestad fue sustancialmente alterado. En efecto, la decisión de Augusto de gobernar las instituciones republicanas con su personal autoridad (auctoritas Principis) fue el primer eslabón de la cadena que acabaría, un siglo después, identificando la autoridad y la potestad en la persona del Emperador.

Para explicar esta contraposición entre autoridad -que con tino Álvaro d"Ors define como saber socialmente reconocido- y potestad, o poder socialmente reconocido, este maestro de juristas acudió en cierta ocasión al simbolismo de la mano (manus, en latín, significa poder): el puño cerrado evidencia la fuerza, el poder, y es símbolo de la revolución. El puño abierto mostrando la palma es el símbolo del poder ya reconocido, es decir, de la potestad; es, por eso, el que utilizó Hitler en la época nacionalsocialista. Un dedo levantado simboliza el saber; el niño que sabe dar respuesta a la pregunta que ha formulado el maestro de escuela levanta un dedo -absolutamente inofensivo-, porque carece de poder. Dos dedos levantados -el índice y el corazón- simbolizan el saber reconocido, es decir, la autoridad. Así, en las miniaturas medievales, es frecuente representar a las personas que hablan -que están ejerciendo, por tanto, su autoridad- con estos dos dedos levantados.

El problema surge cuando el que tiene dos dedos levantados quiere levantar los tres restantes, es decir, cuando la autoridad pretende llegar a ser potestad (gobierno platónico de los sabios) o, lo que es peor, cuando el gobernante que tiene la palma de la mano extendida, como tiene los cinco dedos levantados, piensa que está revestido, no sólo de potestas, sino también de auctoritas. Si al atento lector le viene a la mente la idea de que la grave situación de la Justicia en España, Tribunal Constitucional inclusive, puede deberse a que el poder político ha conseguido "capturar" la autoridad de los jueces, cuya personal valía e independencia no cabe cuestionar, está pensando lo mismo que el que escribe estas líneas.

En mi opinión, en este momento crucial de la Historia europea, una sociedad avanzada necesita más que nunca instancias de autoridad, en el sentido romano del término, que, alejadas de todo poder, limiten esta tendencia omnicomprensiva de la potestad, que, aunque constitucionalmente dividida, se halla realmente concentrada. ¡Todo un reto para el siglo venidero!


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Francisco García Jurado
H.L.G.E.

viernes, 4 de septiembre de 2009

LA NUEVA VISIÓN POS-ILUSTRADA DE LO RELIGIOSO


Para Ana María Aldama, pues ahora eres nuestro recuerdo

Cuando este verano de 2009 bajábamos a media mañana desde el ático de Real Colegio Complutense, en Harvard, hasta el ameno jardín, a fin de tomar el café, era tiempo de conversaciones interesantes, de reflexiones que hacíamos públicas tras unas horas de encierro e intenso trabajo intelectual. Era el tiempo de hablar sobre cuestiones livianas que a menudo se tornaban en asuntos profundos y complejos. El uso que de lo religioso hace la cultura europea tras la Ilustración es probablemente uno de esos temas arduos e interesantes de los que gusta hablar. El caso es que había llevado hasta los Estados Unidos el empeño de descubrir cuándo y cómo se acuñó la juntura de "Literatura latino-cristiana", como alternativa laica y filológica a las formulaciones dogmáticas de Patrística y Patrología. Mientras estas últimas nacieron en el contexto de la Teología protestante del siglo XVII, la otra formulación se configura al calor de la moderna Historiografía de la Literatura Romana del siglo XIX, hacia el año 1836, primero como "Literatura romano-cristiana" y ya después, en los años '70 del mismo siglo, como "Literatura latino-cristiana". Primero se integró en el marco de la Literatura romana (una literatura nacional), a manera de apéndice, después pasó a ser el prolegómeno de la inmensa Literatura latina medieval (entendida como literatura europea), y ya finalmente, a comienzos del siglo XX, se convirtió en una materia autónoma. En estas conversaciones del jardín del Real Colegio mi amigo y maestro Enrique Otón me comentó muchas cosas interesantes relativas a la propia historia de nuestra Filología. Entre otras cosas, observamos las razones por las que en nuestro departamento hubo primero una asignatura titulada "Patrística" que después pasó a ser la de "Autores latinos cristianos". Es interesante observar que hay una intrahistoria tras las dos denominaciones. A aquellos que nos conocen y conviven día a día con nosotros en el departamento de Filología Latina de la Complutense imagino que no les resultará difícil pensar que en nuestra conversación apareció el nombre de la profesora y amiga que impartió esta última asignatura durante muchos cursos: Ana María, a quien esperaba contarle todos estos resultados relativos a la acuñación conceptual de su querida materia una vez se recuperara de sus dolencias. Una vez más, como he referido ante repentinas ausencias también recientes, tengo la terrible sensación de que los acontecimientos se han adelantado, dejando así un vacío lleno de impotencia. Que algo cotidiano, como besar a un padre, sentir el cariño de un amigo, o dar un simple paseo, se vuelva un empeño imposible, un camino sin retorno, nos da, al menos, la justa medida de dónde están las cosas importantes, que a menudo no podemos ver por el hecho de haber estado tan cerca, pero que el dolor nos devuelve, como una forma de enseñanza vital. En esta era cibernética vuelvo a sentir, asimismo, el escalofrío de ver aún en el buzón de mis correos electrónicos algunos de aquellos envíos que ella sólo hacia a unas pocas personas y que nos alegraban la vida. Sólo me queda pensar que aquellos antiguos autores cristianos que ella enseñó, independientemente de ser estudiados desde un contexto religioso o ya puramente laico, no dejarán de hablarnos sobre la esperanza.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

jueves, 3 de septiembre de 2009

UN HUMANISTA CONTRA NAPOLEÓN: O VERSOS CANCRINI



El mes de junio pasado, Pablo Asencio organizó un interesante encuentro en Versalles acerca de las visiones de la Antigüedad y la Revolución Francesa. Tuve el privilegio de participar en este encuentro con un trabajo acerca de la nueva visión de las literaturas nacionales, en especial la latina, tras la caída de Napoleón en 1815. Las reacciones nacionalistas de los pueblos invadidos por Napoleón favorecieron el reconocimiento de los gustos particulares de cada pueblo, frente a los viejos ideales ilustrados de universalidad. El libro que Madame de Stäel escribe sobre Alemania es un ejemplo notable de esta nueva sensibilidad. De esta manera, la vieja Poética se vio sustituida paulatinamente por las novedosas historias nacionales de la literatura, más acordes con el reconocimiento de los gustos concretos, de lo diferente frente a lo común. La Biblioteca Municipal de Versalles y, concretamente su sala central, presidida por un retrato de Luis XVI, sirvió, paradójicamente, de marco nostálgico para desarrollar aquella reflexión sobre las nuevas ideas que iban a dar paso al mundo definitivamente moderno, a nuestro mundo, marcado por las fronteras de los particularismos.
El humanista Federico Agusto Wolf es un hombre que sufre en el desarrollo de su propia vida todos aquellos avatares políticos e históricos. Acomete una pequeña revolución al plantear la literatura romana en términos de literatura nacional, pues para ello está asumiendo las nuevas corrientes historiográficas y estéticas que apuntan hacia la configuración de los ideales románticos. El hecho de que elija, además, la lengua alemana para redactar su historia no es baladí, pues esto implica un moderno reparto de funciones entre las lenguas antiguas y las modernas: las antiguas se convierten en llaves para comprender el pasado, mientras las modernas van a ser los nuevos vehículos de difusión del pensamiento y la ciencia. Es el comienzo de la moderna filología. Las circunstancias históricas van a propiciar el éxito de estos nuevos planteamientos, si bien, desde el punto de vista personal, Wolf, a pesar de estar en el cénit de su carrera académica, ya no volvería a ser el mismo cuando tenga que abandonar Prusia en 1806 ante la invasión napoleónica. Es reseñable el epigrama (compuesto por tres dísticos elegíacos y escrito en versus cancrini, pues leídos hacia atrás tienen el sentido contrario) que dedicó a Napoleón[1]:

Vaticinor tibi quod navalis laurea cinget
Tempora nec magnas spes mare destituet.
Deiciet tua gens cunctas nec Gallia victrix
Denique frangetur litus ad Albionum.
Sors bona, non mala sors concludet proelia; quare
Saecula te dicent: Pars Bona, non Mala Pars!

(traducción)
Te vaticino que la victoria naval ceñirá
tus sienes y que el mar no frustrará tus grandes esperanzas.
Tu pueblo derrotará a todos los demás y la Galia vencedora
No se romperá finalmente contra las costas inglesas.
Buena suerte, no mala suerte dará fin a la guerra; porque
Los siglos te llamarán: ¡Buena Parte, no Mala Parte!

(traducción al revés)
Mala Parte, no Buena Parte, los siglos te llamarán.
¿Por qué? A la guerra dará fin la mala suerte, no la buena suerte.
Contra las costas inglesas se romperá finalmente
La vencedora Galia y no derrotará tu pueblo a todos los demás.
Frustrará el mar tus grandes esperanzas y tus sienes
no ceñirá la victoria naval, te vaticino.

Ya en 1807, una vez instalado en la nueva Universidad de Berlín, gracias a su amigo Wilhelm von Humboldt, Wolf iniciará su personal decadencia. La historia pasó por encima de él, pero él se adelantó a ésta en sus planteamientos.

Francisco García Jurado

H.L.G.E.

[1] He conocido el epitafio gracias al muy interesante repertorio de poesía latina sobre Napoleón compilada por R. Manchón Gómez (“Napoleonis magni laudes: repertorio provisional de poesía latina (1800-1815) sobre Napoleón Bonaparte”, en Humanitas. Revista de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de Jaén 3, 2003, pp. 15-31), quien lo toma, a su vez, de J. Ijsewijn, Companion to Neo-latin studies. Part I, Lovaina, 1990, p. 185.

martes, 1 de septiembre de 2009

LA MITOLOGÍA EN LA PINTURA Y ESCULTURA DEL SIGLO XIX DE LA COLECCIÓN DEL MUSEO DEL PRADO

Como colofón a un fantático curso que realicé en el museo del Prado durante el mes de febrero se me ocurrió para trabajo final un estudio sobre la mitología en la pintura y escultura del siglo XIX en dicho museo. Dado que estamos en un proyecto de historiografía literaria, me parecía muy curioso e interesante observar cómo los artistas tenían conciencia de una historia del arte y la utilización de motivos mitológicos no era casual, sino que servían a un propósito muy concreto.

Mari jo

viernes, 28 de agosto de 2009

Sobre un fragmento ficticio de Safo en Ezra Pound

Resulta curioso cómo a veces se combinan diferentes hechos y situaciones para que se genere la idea de un artículo. Siempre se acude a la casualidad para explicar determinados descubrimientos, pero no es cierto, o por lo menos no siempre. Si se descubre algo es porque se tiene cierta conciencia de lo que se está buscando aunque no se sepa qué es exactamente lo que se busca.
Cada año, por las vacaciones de navidad, acudo a Sevilla a visitar a mi familia y es costumbre que salgamos a dar un paseo por la calle Sierpes hasta la catedral para ver las luces navideñas. Hace unos tres años, en uno de esos paseos, Paco y yo nos encontramos con una exposición al aire libre en la Plaza Nueva. Se trataba de un conjunto de enormes esculturas realizadas por el artista germanopolaco Igor Mitoraj y en las que podíamos ver héroes que habían perdido sus alas, semidioses con vendas o criaturas fantásticas. Lo curioso era el estado fragmentario en el que aparecían. Esto nos llevó a comentar el concepto del fragmento como idea y propio de la postmodernidad, algo impensable para nuestros antepasados. Pues bien, la conversación derivó en la lectura que recientemente había hecho del libro de Pound Personae y del curioso poema titulado Papyrus donde también podemos observar la estética de lo fragmentario.

Algunos meses más tarde, ya en Madrid, en uno de nuestros paseos entramos en el Vips de Fuencarral y mientras ojeaba un libro de la editorial Phaidon sobre el pintor victoriano Alma-Tadema me encontré con el cuadro titulado Sapho y allí aparecía escrito en griego arcaico el nombre de Gongula, una de las tuteladas de Safo, citada por Pound en su poema y por Safo. Ya en casa, acudí al fantástico libro de Highet, The Classical Tradition, y allí aparecía citado el poema de Pound.

Sin embargo, no fue hasta nuestra estancia en China cuando me percaté de la gran belleza del poema Papyrus de Ezra Pound, tan breve y a la vez tan complejo. Mientras veía las pinturas y las diferentes caligrafías en el museo de Shanghai me di cuenta de la cercanía de estas manifestaciones artísticas a la poesía china y, aunque no soy experta, de su parecido al haiku japonés: una imagen, el tiempo, la brevedad,.. y de nuevo, estaba allí en mi mente, Pound y su poema y sabía que era posible esa conexión dada la admiración del poeta hacia la cultura oriental.
Pues bien el resultado de todas esas posibles “casualidades” lo podéis ver desarrollado en este enlace, espero que lo disfruten.
http://www.ucm.es/BUCM/revistas/fll/11319070/articulos/CFCG0909110233A.PDF

Mª José Barrios

miércoles, 26 de agosto de 2009

POR QUÉ ME SACAN DE QUICIO ALGUNOS LECTORES


Acabo de enviar a la profesora Loreto Busquets, de la Università del Sacro Cuore de Milán, un trabajo que he titulado "Todas las cosas que merecen lágrimas. Borges, traductor de Virgilio". Es un trabajo en el que vengo trabajando y pensando desde hace tiempo, por la complejidad y la fascinación que me supone leer al poeta romano desde la mirada borgesiana. Ya lo intuí en mi libro "Borges, autor de la Eneida" y ahora, por fín, me he animado a cerrar el círculo. Pienso en Borges, o en Virgilio, como retazos fundamentales de mi propia existencia. Son parte de mis recuerdos y vivencias más intensas. Recuerdo haber leído hace muchos años, en la piscina municipal de Alcobendas, el libro inmenso que Agustín Garcia Calvo dedicó al poeta de Mantua. Este recuerdo, en la más perfecta vena proustiana, está unido a mi madre. También recuerdo otro paseo por Alcobendas, precisamente por la Avenida de España, yendo a buscar a una antigua novia, donde iba pensando precisamente en la obra de Plinio el Viejo que acababa de entrever en el cuento "Funes el Memorioso". Una vida de lecturas que nunca terminan, a las que vuelvo obsesivamente, y de lecturas que he compartido con personas queridas en uno u otro tiempo. En cierto sentido, unir la vida a ciertas lecturas es algo semejante a lo que ocurre cuando algunos recuerdos quedan sujetos a sabores o músicas. Esos momentos reviven en la conciencia todavía con más intensidad que cuando acontecieron como una primera sensación. La obra de Borges no supone por tanto, para mí, una mera lectura. Ahora, al entregar el original a la profesora Busquets, he vuelto a recordar la lluvia y los bosques de Nueva Inglaterra, y un inolvidable viaje en autobús, con María José, en el que, entre sueño y sueño, fui corrigiendo una versión impresa de este trabajo. Debo declarar a todos aquellos lectores a los que "no les gusta Borges" que me ponen gratamente nervioso. Esa vaguedad de su juicio me enoja. No se trata de que no pueda tolerar que a alguien no le guste Borges, ni mucho menos. Lo que quiero decir es que me enoja la simplificación, la falsa expectativa que han creído no encontrar en el autor argentino. Este autor es mucho autor, señoras y señores, y con él, probablemente, toca a su fin una gran literatura que comenzó con Homero. La lectura de Borges es de una gran exigencia, y requiere de un tipo de lector que acepte naufragar por un océano de letras y de símbolos. Borges es la metonimia inacabable de la literatura universal, y un reto difícil de asumir. Borges no es un autor más, y esto mismo les ocurre a Homero o a Virgilio.

En definitiva, animo a no tachar simplemente de "aburrido" aquello que sencillamente no se entiende. Una persona que conozco se dedica a valorar originales llegados a una editorial, y es precisamente de esas personas que no pueden leer a Borges (y donde digo "Borges" me refiero a toda la estirpe de grandes autores que son sus precursores). Los juicios de valor hechos con urgencia terminan siendo muy nocivos. No sé si nos hemos dado cuenta de que, prácticamente, a día de hoy, ya nos hemos cargado la literatura.


Francisco García Jurado

H.L.G.E.