viernes, 2 de octubre de 2009

VÍRGENES SUICIDAS (PERO NO ES PARA TANTO)


La Antigüedad nos ha transmitido un enigmático relato, el de las vírgenes milesias, que divaga desde la curiosidad innata de alguno de sus transmisores, como Plutarco y Aulo Gelio, hasta el relato visionario de Schwob. Se trata de una sorprendente historia acerca de unas jóvenes que daban incomprensiblemente en suicicarse. Gelio la relata con el tono de una curiosidad de cierto alcance moral: pudo más el pudor que el miedo a la muerte:

“En el primero de los libros que Plutarco tituló Sobre el alma, al disertar acerca de las enfermedades que afectan al ánimo de las personas, dice que las vírgenes de la nación milesia, casi todas las que había en aquella población, de repente y sin causa evidente tomaron la decisión de darse muerte, y que muchas perdieron después la vida ahorcándose. Al darse esto cada día con más frecuencia, y como no era posible encontrar un remedio que impidiera a éstas continuar en su empeño de quitarse la vida, decretaron los milesios, respecto a aquellas vírgenes cuyos cuerpos fueran encontrados colgados, que con el mismo lazo con el que se hubieran ahorcado todas estas se llevasen a enterrar desnudas. Después de este decreto, las vírgenes no se suicidaron ya, temerosas únicamente de la vergüenza de un entierro tan deshonroso.” (Aulo Gelio, Noches Áticas 15, 10)
Resulta una verdadera joya para el estudio de su tradición literaria que, a finales del siglo XIX, Marcel Schwob recreara esta historia en un cuento dotado de todos los ingredientes de la moderna estética finisecular: muerte, sueño, misterio, belleza... El cuento se titula “Las milesias”, y se encuentra dentro de su libro El rey de la máscara de oro1. En el cuento se narra cómo las vírgenes milesias dan en ahorcarse sin razón aparente, al tiempo que se decide expulsar de la ciudad a las prostitutas, los vendedores de drogas y los filósofos. También se decreta, y éste es el pasaje más cercano a Gelio, que las suicidas sean enterradas desnudas:
“Entonces, los arcontes de la colonia promulgaron un decreto por el cual se ordenaba sepultar a las jóvenes ahorcadas de una manera nueva. Debían ser expuestas al populacho, desnudas, con la soga al cuello, y llevadas así al sepulcro. Se esperaba que, de ese modo, el pudor vencería a la muerte voluntaria (...)” (El rey de la máscara de oro, p. 85).
No obstante, el misterio se terminará desvelando cuando presenciemos la espectral escena donde las vírgenes, desnudas, se enfrentan a un espejo que les anuncia la ruina física que les sobrevendrá con el tiempo.
“La imagen no tenía cabello y bajo la piel de la cabeza corrían venas azules opacas. Sus manos tensas parecían de hueso y las uñas del color del plomo. Así, el espejo presentaba a la virgen milesia el espectáculo de lo que le reservaba la vida. Y en los rasgos de la imagen ella encontraba todos los indicios de semejanza, el movimiento de la frente y la línea, de la nariz y el arco de la boca y la separación de los pechos y sobre todo el color de los ojos, que da el sentido del pensamiento profundo. Aterrorizada por su cuerpo, vergonzosa del porvenir, antes de conocer a Afrodita se colgó de las vigas del gineceo.” (El rey de la máscara de oro, pp. 87-88)
Francisco García Jurado
H.L.G.E.

domingo, 27 de septiembre de 2009

LÁMPARAS ESTUDIOSAS: PREPARACIÓN DE UNA NUEVA MONOGRAFÍA


Como otras tantas veces, dedico este texto a mis colegas del grupo de Historiografía de la Literatura Grecolatina en España (H.L.G.E.)

"A izquierda y a derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores, a la luz de las lámparas estudiosas, como en la hipálage de Milton."

Creo que fue la atenta y reiterada lectura de este texto de Borges, el titulado "A Leopoldo Lugones", lo que me hizo fijarme más en cierto detalle de las bibliotecas: sus "lámparas estudiosas". El argentino utiliza una atribución quizá impropia del adjetivo a su objeto: estudiosos son, en todo caso los lectores, cuyos rostros, sin embargo, son "momentáneos", de manera que una circunstancia se convierte en atributo. La vida de los libros, tras la muerte de sus autores, neutraliza los tiempos. Las lámparas de la Biblioteca Pública de Nueva York parecen, en su perfecta disposición, responder perfectamente a la figura borgiana, que a su vez la tomó de Milton. Estas lámparas en hilera bien podrían estar iluminando, una mañana cualquiera de otoño, un libro muy querido: "La Historia de la Literatura grecolatina en el siglo XIX español: espacio social y literario" (Málaga, Analecta Malacitana, 2005). Esta posibilidad es completamente real, pues el libro está disponible en el catálgo de la gloriosa y monumental biblioteca.
Ahora estamos preparando la segunda entrega, que titularemos "La Historia de la Literatura grecolatina durante la Edad de Plata de la Cultura española (1868-1936)". Técnicamente, en nuestras claves internas, es el "HLGE2", y la obra va emergiendo lentamente, capítulo a capítulo, para conformar un volumen que en muchos aspectos plantea cuestiones inéditas. Cómo se refleja la Historia de España en los estudios clásicos es una tarea fascinante aún por descubrir. Una perspectiva concreta que refleja, al mismo tiempo, un microcosmos complejo y rico de matices. El estudio de los manuales escolares decidados a la Historia de las literaturas antigas y sus gramáticas revela cómo el positivismo y el idealismo se encuentran y desencuentran a cada instante en las particulares lecturas que los españoles hacen de estas corrientes de pensamiento. Después pasamos al análisis del mundo editorial y de las traducciones de clásicos, donde observamos cómo las modernas estéticas, como la modernista, recrean los viejos textos: el viejo Homero se vuelve parnasiano. Incluso algún autor, como Plauto, termina siendo inesperadamente una estrella entre los clásicos al calor de nuevos parámetros morales que, ahora sí, admiten abiertamente sus chanzas. No podíamos olvidar qué ocurió con nuestra tímida realidad filológica y científica, de manera que podemos asistir a pequeños-grandes milagros, como la colección de clásicos de la Bernat Metge o el nacimento de la primera revista científica dedicada a la Filología clásica en España: la benemérita revista "Emérita". La creación literaria del momento también se imbuyó de ciertas lecturas antiguas y hasta creó su particular canon: bucolismos virgilianos, en consonancia con la nueva sensibilidad ante el paisaje, o decadencias petronianas, sin olvidar que todavía siguen vigentes las censuras sobre los clásicos. Finalmente, todo una sección dedicada a estudiar la relación de lós clásicos con los emergentes nacionalismos y regionalismos en un contexto donde Séneca es "más español" que nunca: el Noucentisme Catalán, el Rexurdimento gallego, las traducciones al vasco, o el regionalismo asturiano componen esta paricular visión de unas antiguas literaturas universales.
Escribo sobre un libro que todavía no existe como tal, pero que vivirá más allá de quienes lo estamos componiendo. Sé que es peligroso vivir pensando en tiempos que no veremos, porque nos podemos perder el nuestro, pero me gusta imaginar cómo una soledada mañana, en la mitica biblioteca de la Quinta Avenida, un lector de rostro momentáneo leerá al calor de un lámpara estudiosa nuestra nueva monografía, entonces ya vieja, y acaso perciba algo del esfuerzo y la pasión que estamos poniendo en ella.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

viernes, 25 de septiembre de 2009

LAS NUEVAS NACIONES: ANTONIO JULIANO Y SÉNECA

Envié hace un par de días a mi consdiscípulo y amigo, el profesor José Torres Guerra, mi contribución para la reunión científica (ahora las llaman "workshops") que se va a celebrar en la Universidad de Navarra para el 9 de octubre de 2009. Todo esto se realiza dentro de las actividades de su dinámico grupo de investigación denominado GRAECIA CAPTA, y centrado en el estudio de los influjos romanos en la cultura griega, frente a lo más esperable y conocido, es decir, el influjo griego sobre Roma, que se formula lacónicamente con el conocido ROMA CAPTA horaciano. La Historia Antigua y la Filología Clásica andan ahora muy implicadas en todo esto que venimos en llamar multiculturalidad. Hoy día se estudian abundantemente (y así lo he visto también en Harvard) las llamadas "estrategias retóricas" de los autores antiguos que nos permitan encontrar este tipo de aspectos que sólo en nuestros tiempos han alcanzado las bases conceptuales necesarias para su existencia oficial. Todavía recuerdo cómo una guapa guía turística nos mostraba en el Palacio Real de Palermo la inscripción trilingüe que aparece en la imagen como símbolo de convivencia y de "tolerancia" de los normandos dominadores hacia otras culturas. El mito de la convivencia es un mito historiográfico que exige una compleja elaboración y en todo caso no debe caer en los anacronismos o la banalazación de las "Alianzas de Civilizaciones". Bueno, esto es el signo de los tiempos. En todo caso, las personas inteligentes, como mi colega José Torres, son capaces de recoger los nuevos enfoques para hacer que la Filología avance sin que ésta pierda la pulcritud ("acribía") que siempre la ha caracterizado. La reunión trata sobre asuntos propios del bilingüismo grecolatino. Yo quise, como audaz hipótesis de trabajo, volver a los textos de Aulo Gelio para intentar dilucidar cuál es su visión de lo que nosotros entendemos hoy como Literatura griega y latina. Muchas paradojas han surgido en este estudio (que no puedo relatar en un mero blog) acerca de ideas que a nosotros nos parecen "naturales", como, por ejemplo, la relación entre una literatura y una lengua. Aulo Gelio retrata en sus Noches áticas a personajes que han adoptado una lengua diferente a la de su nacimiento. Este es el caso del filósofo Favorino, nacido en la Galia, pero grecoparlante por decision propia. Asimismo, unos griegos pretenden reírse de un Hispano, Antonio Juliano, por su peculiar acento al hablar latín. Es como si un inglés de Oxford criticara a un americano de Texas. Favorino es legalmente ciudadano romano, pero habla sin ambages de "sus paisanos" los galos, y se siente griego en Roma. Antonio Juliano es romano de Hispania, y se siente romano. Junto a la adscripción legal está el sentimiento de pertenencia a una nación, aspectos que pueden ser complementarios o antagónicos, pero en todo caso distintos. Curiosamente, Antonio Juliano pasará después a la historia de los autores hispano-latinos, que hasta cierto momento constituyeron la base de lo que luego sería llamada la Literatura española. Asimismo, Séneca también pasará luego, por estos avatares de la Historia, a ser considerado "español" (Ganivet convierte esta españolidad en un argumento), con consecuencias curiosas e imprevistas. El valenciano Luis Vives criticó duramente a Aulo Gelio porque éste había criticado, a su vez, a Séneca. Un español no podía consentir que se criticara a un gran español, natural de Córdoba. El filólogo francés Henricus Stephanus, o Henri Etienne, cargó después contra Vives por haber criticado a Gelio. Imagino que Etienne sentiría que el galo Favorino, tan admirado por Gelio, era un motivo suficiente como para atraer a Gelio hacia el bando francés. No en vano, Favorino y Gelio inspiraron con el tiempo la creación de una de las grandes obras de la literatura francesa: los Ensayos de Montaigne. En fin, de todas estas cosas, naturalmente, Gelio no tendría ni idea. No sé qué hubiera pensado del laberinto nacional que se avecinaba tras la caída del Imperio Romano.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

martes, 22 de septiembre de 2009

DESDE REYKJAVIK. EL LATÍN EN ISLANDIA

Cuando Paco se enteró de que me iba de estancia docente a la remota Islandia, me pidió que pensara en una entrada para el blog sobre el latín en aquellos lares. Tras asustarme a priori la oferta, como discípulo obediente, aquí estoy escribiéndolo en el tren de vuelta a Cáceres, después de unos cuantos días participando de la vida académica islandesa y conociendo un país con una naturaleza fascinante (más grande de lo que uno pensaba). Con un tiempo adverso (con temperaturas en la costa entre los 5 y 12 grados), aunque acorde a esta época del año, uno pudo percibir la fuerza de la Madre Tierra bajo diversas apariencias (glaciares, geiser, ríos, cataratas, lagunas calientes, volcanes, piedras y montañas retorcidas, llanuras de lava, musgos, insólitos paisajes…) como en su momento la percibió algún viajero de la Antigüedad. Posiblemente alcanzó las costas islandesas el griego Pytheas, que describe un contradictorio territorio “a seis días de singladura hacia el norte desde Bretaña”, la última Thule, en el mar Hiperbóreo u Oceanus Innavigabilis. Si un griego del s. IV a. C. fue capaz de llegar hasta el litoral islandés, fue porque marineros anglosajones y celtas conocían el territorio. Sin embargo, la ocupación humana en Islandia fue bastante posterior. Se han encontrado en “la tierra de hielo” monedas romanas acuñadas en el s. IV d. C. pero su origen tiene diferentes hipótesis. Con la expansión del cristianismo, uno de los primeros monjes que arribó a tierras islandesas fue el irlandés San Brendan (s. VI) y sus experiencias se plasmaron en un relato trescientos años posterior, que conocí precisamente este año cuando me encargué de la tradición clásica en Cabeza de Vaca (una de sus fuentes en Los Naufragios) para el Coloquio de la Uned organizado por López Férez: Navigatio Sancti Brendani Abbatis. Con el cristianismo, llega el latín a la isla y una buena muestra son las inscripciones cristianas en latín que se pueden ver en el Museo Nacional de Islandia, en el campus universitario. Sin embargo la lengua islandesa parece ser más fuerte que la latina, como lo demuestra el hecho de que los manuscritos medievales que contienen las eddas y las sagas islandesas se encuentran precisamente en islandés (unos pocos son traducción de latinos hoy perdidos), a pesar de que se comienzan a documentar con la llegada de la cultura cristiana (se plasma por escrito una rica cultura oral). Estas joyas literarias, reivindicadas por los islandeses cuando se independizaron de los daneses, son un orgullo nacional y uno de los vestigios más antiguos del pueblo islandés. Tuve la fortuna de visitar una exposición sobre estos manuscritos en la casa de la cultura (Þjóðenningarhúsið) de Reykjavik, acompañado por el profesor Sigurdur Pétursson, alma y defensor del estudio de las lenguas clásicas en la Universidad de Islandia y, por extensión, en todo el país (en estos difíciles momentos económicos que atraviesan). Como curiosidad, terminaré señalando que paseando por los jardines al lado del Tjörn, el céntrico lago de Reykjavik, me encontré con una estatua de Pomona, que demuestra que mi querido Ovidio no es un desconocido en la remota Thule.

Ramiro González Delgado
(HLGE)

viernes, 18 de septiembre de 2009

SOLACES BIBLIOGRÁFICOS EN SEPTIEMBRE


Diversas razones, unas irremediables, otras pasajeras, están haciendo que este mes de septiembre no tenga la luz de otros momentos de la vida, ya no digo de otros momentos del año como tal. Espero la vuelta de las clases, este curso entre la Complutense y la Autónoma de Madrid, y me siento cada año un poco más escéptico, ante una universidad cada vez más "pedagógica", que en cierto sentido quiere decir más "infantil". Son circunstancias, es cierto, que hacen que el ánimo no esté en todo su apogeo, pero, como digo, son circunstancias, por lo que hay que pensar en todo aquello que escapa al tiempo y lo transciende. En este sentido, cuando el tiempo es gris, me gusta sentir la emoción de un "nuevo" libro antiguo, libro que sé que ha vivido desde hace más tiempo que yo y que sin duda seguirá existiendo por generaciones. Los estudios sobre la Historiografía de la literatura grecolatina durante la Edad de Plata de la cultura española me han llevado a un libro publicado por Menéndez Pelayo en 1902. Me refiero al primer y único tomo que publicó en vida sobre la Bibliografía Hispano-Latina, publicado en Madrid por la Biblioteca de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. Para la mayor parte de los que estudian asuntos relativos a la Tradición Clásica, la obra de Menéndez Pelayo adquiere las dimensiones gigantescas de la llamada "Edición Nacional", llevada a cabo ya entre los años cuarenta y cincuenta del siglo XX por la editorial Aldus y el Consejor Superior de Investigaciones Científicas. Pero merece de verdad la pena navegar y disfrutar de los viejos libros que Menéndez Pelayo publicó en vida, en sus diferentes formatos. En particular, este tomo es una delicia ya desde que se abre, pues nos espera un frontispicio que reproduce la portada de la edición del Asno de Oro publicada en Medina del Campo en 1543. Aquí es donde el observador comienza a darse cuenta de que este libro no está sólo concebido para los especialistas en literatura, sino también para los bibliófilos, y que unos y otros no deberían estar tan escindidos en sus intereses. El historiador de la literatura que no se siente interesado por el libro antiguo se pierde buena parte de la intrahistoria de sus estudios, y el bibliófilo que sólo se dedica a la cinegética o a la tauromaquia se le escapa la propia historia de sus letras. El libro de Menéndez Pelayo nos regala, además, con una definición precisa de lo que es la Tradición Clásica tal y como se concibió desde finales del siglo XIX: "la historia de cada uno de los clásicos en España". La Tradición Clásica es también "Historia literaria", no lo olvidemos, de una literatura, la grecolatina, en otras, las modernas. De entre toda la erudición que se despliega en este tomo quiero destacar dos textos preciosos, debidos al gran maestro de la literatura griega y latina que fue Alfredo Adolfo Camús. En un caso, se trata del sabroso texto de la traducción de un fragmento del poeta Afranio, al que dedicaré otro día mi atención. En el otro, estamos ante un precioso testimonio de bibliófilo que ha rescatado de la desidia un manuscrito dieciochesco que contiene una traducción de Cicerón. Me permito reproducir aquí la ficha de Menéndez Pelayo y el comienzo del texto de Camús:

"Los que como Vd. somos aficionados a librajos y papeles viejos, solemos experimentar de vez en cuando algo de esa alegría y emoción inefables que sintieron nuestros esforzados navegantes al descubrir por vez primera las playas del Nuevo Mundo. ¿No es verdad, amigo mío, que cuando por acaso, en medio de un montón de inepcias condenadas al nacer a rodar por baratillos, a ser pasto de ratones o a envolver cominos, tropezamos con una ALDO MANUCIO, un GRYPHIO, un PLANTINO apud Moretum, un CAXTON, un FROBEN, un ESTEBAN (Roberto o Enrique), o con alguno de esos incomparables y codiciados ELZEVIRIOS, nobilísima familia, que nace en Leyden con Buenaventura y Abraham y termina en Amsterdam con Daniel, el último pero también el más correcto, delicado y artista de tan gloriosos progenitores, gozamos de una felicidad suprema, que comparada con esas grandes pasiones destinadas a satisfacer algunas raras veces y por breve momento el corazón humano, excede de todo un cielo a los goces del amor, de la ambición y de la avaricia? -Cierto es que para el verdadero bibliófilo (que no se confunde nunca con el falso, el pseudo-bibliófilo, el coleccionador que sólo busca y colecciona por el gusto de atesorar, que en medio de su espléndida biblioteca se parece al eunuco entre las odaliscas de un harén: el mercachifle literario que adquiere para revender y lucrar; el tonto, pues de todo hay, que tiene libros por aparecer discreto); para el bibliófilo auténtico, para el amateur pur-sang, como dicen los franceses, el hallazgo de un libro raro o de un manuscrito curioso es superior a cuantos juguetes y brillantes señuelos se han inventado para entretener y atraer y fascinar las miradas de esa caterva de niños grandes que se agita y afana en este pícaro mundo, el que, dicho sea de paso, sería una trastienda del infierno, si no hubiera libros. (...)"

En fin, esto es un solaz bibliográfico, como diría el propio Menéndez Pelayo, y siento el orgullo de poder disfrutar de este solaz al margen de las circunstancias.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

"AUCTORITAS" EN UN ARTÍCULO DE RAFAEL DOMINGO

Ya no soy tan aficionado a leer la prensa como lo era en otros tiempos y creo sinceramente que esto no es culpa mía, sino de la propia prensa, que cada vez me aporta menos cosas de interés. No era así hace años, cuando recortaba incesantemente artículos, sobre todo de opinión, escritos por personas que tenían realmente algo que decir. Uno de mis alumnos de la Complutense, de aquellos que cursaron una mítica asignatura titulada "La Etimología: de Platón a Borges", tras oírme hablar acerca de cómo algunas palabras pueden cambiar nuestra visión del mundo, vino a mí con un recorte de prensa exquisito que había recogido del diario El País. Se trataba de un artículo del Dr. Rafael Domingo Osle, catedrático de Derecho Romano de la Universidad de Navarra, que había escrito brillantemente acerca del concepto romano de Auctoritas. Estos días se está hablando mucho sobre el concepto en cuestión, sobre todo en lo relativo a "devolver" esa autoridad, al menos en su vertiente legal o pública, a los maestros y profesores. En todo caso, no creo posible que pueda haber un profesor sin autoridad, es decir, sin la autoridad moral que ha de ejercer sobre sus alumnos y discípulos. Eso es lo que yo mismo creo haber ejercido durante los dieciséis años que llevo impartiendo clases e intentando hacer un poco mejores al menos a quienes me escuchan. Sé que algunos de mis lectores han sido alumnos míos, y esto para mí es un gran orgullo. Os dejo, más bien, os regalo, el magnífico artículo sobre la Auctoritas que escribió el Dr. Domingo Osle. Cuando lo leáis, comprenderéis mejor por qué ya no leo con tanta atención los diarios de ahora, sino que recorro las hemerotecas virtuales en busca de aquellos textos que me ayudaron a ser hoy día quien soy:

TRIBUNA: RAFAEL DOMINGO
'Auctoritas'
RAFAEL DOMINGO 07/01/1999

Una noche de finales de octubre de 1927, acompañado de varios amigos, entre los que se encontraba por supuesto Cipriano Rivas Cherif, acudió al teatro Fontalba de Madrid ese hombre "pegado a una barba" de palabra mágica y prodigiosa originalidad, que fuera Ramón María de Valle-Inclán, con el fin de asistir al estreno de la comedia El hijo del diablo, del poeta catalán de segunda fila Joaquín Montaner. Antes de que finalizara el segundo acto, el ínclito don Ramón comenzó a vociferar de forma tan desmesurada que hubo de interrumpirse el estreno. No tardó el público en reconocer en esos gritos de "¡Muy mal, muy mal!" la voz de don Ramón, lo que aumentó el revuelo. Los agentes de vigilancia se acercaron a la butaca que ocupaba el ilustre literato para llevárselo a comisaría (un escándalo parecido había provocado en el estreno de Gata de Angora, de Benavente y en esa misma comisaría acabó), y se presentaron diciendo: -Somos la autoridad, a lo que don Ramón replicó: "Aquí, en el teatro, yo soy la única autoridad, pues soy crítico". Naturalmente, los agentes de la "potestad" se llevaron al portador de la autoridad, pues la fuerza se impone momentáneamente a la razón, pero la crítica literaria no tardó en ensalzar la actuación de don Ramón, que con sus gritos logró sepultar la obra de Montaner. He querido comenzar estas reflexiones refiriendo esta anécdota, por lo demás conocida, de Valle-Inclán porque me parece que refleja con bastante exactitud la vieja contraposición romana entre auctoritas y potestas, de la que quizá nuestro literato tuvo conocimiento en su época de estudiante de Derecho en la centenaria Universidad de Santiago de Compostela, y que desgraciadamente hoy ha caído en desuso, por considerar la autoridad, como los agentes que detuvieron a don Ramón, una especie de poder, en vez de una instancia de naturaleza del todo distinta.

La crisis del Estado moderno, basado en los principios de soberanía y territorialidad, el callejón sin salida al que nos ha conducido el positivismo jurídico o la excesiva politización de la vida social no son, en mi opinión, sino consecuencias derivadas de la pérdida actual de la contraposición romana entre autoridad y potestad. Tan genuinamente romana era la auctoritas que ya el historiador Dion Casio advirtió que no tenía equivalente en griego, y prefirió transcribirla a esta lengua clásica sin traducir. Algo similar a lo que dicen los alemanes que sucede con su adjetivo "gemütlich" (¿entrañable?), o los portugueses con su sustantivo "saudade" (¿añoranza?), pero en un plano no afectivo, sino racional. Y por supuesto con muy distinto calado.

Encontramos la contraposición autoridad-potestad en la esencia misma de la constitución republicana, donde la potestad de los magistrados, que no era sino una concreción de la majestad popular, era limitada por la autoridad senatorial, como ha quedado inmortalizada en la conocida expresión SPQR (Senatus Populusque Romanus), que invade todavía hoy las calles de la Urbe. Revestidos de autoridad estaban también los juristas, que con su saber prudencial asesoraban a los magistrados, jueces y particulares; y los augures, que, mediante la observación de ciertos signos celestes, interpretaban la voluntad de los dioses en orden a la realización por parte del magistrado de determinados actos de especial relevancia pública; y los jueces, cuya opinión de autoridad se imponía a cualquier otra; e incluso a los oradores. Un rétor de nuestra tierra como fue Quintiliano se refiere en sus Instituciones, por ejemplo, a la autoridad que destellaba el cuerpo humano, en concreto la frente, del orador Tracalo.

El binomio autoridad-potestad lo volvemos a encontrar en la bipartición del proceso romano clásico, con sus fases de jurisdicción y judicación, en la institución tutelar, e incluso en la propia mancipación, en la que el mancipio dans responde por auctoritas frente al accipiente cuando éste es vencido por el verdadero propietario. Este reparto de funciones entre la auctoritas de los juristas, jueces, augures y senadores y la potestas de los magistrados, o del pater familias en el ámbito doméstico, sirvió para establecer un sabio equilibrio compatible con un principio que para los romanos era piedra angular: que el poder era por naturaleza indivisible, por lo que debía ejercerse solidariamente. Esta nota de indivisibilidad era complementada con su esencial delegabilidad. A su vez la delegabilidad, junto con su carácter territorial, marcaban con nitidez la diferencia entre la potestas y la auctoritas, de suyo indelegable y no-territorial. Con el inicio del Principado, este orden fundado en el binomio autoridad-potestad fue sustancialmente alterado. En efecto, la decisión de Augusto de gobernar las instituciones republicanas con su personal autoridad (auctoritas Principis) fue el primer eslabón de la cadena que acabaría, un siglo después, identificando la autoridad y la potestad en la persona del Emperador.

Para explicar esta contraposición entre autoridad -que con tino Álvaro d"Ors define como saber socialmente reconocido- y potestad, o poder socialmente reconocido, este maestro de juristas acudió en cierta ocasión al simbolismo de la mano (manus, en latín, significa poder): el puño cerrado evidencia la fuerza, el poder, y es símbolo de la revolución. El puño abierto mostrando la palma es el símbolo del poder ya reconocido, es decir, de la potestad; es, por eso, el que utilizó Hitler en la época nacionalsocialista. Un dedo levantado simboliza el saber; el niño que sabe dar respuesta a la pregunta que ha formulado el maestro de escuela levanta un dedo -absolutamente inofensivo-, porque carece de poder. Dos dedos levantados -el índice y el corazón- simbolizan el saber reconocido, es decir, la autoridad. Así, en las miniaturas medievales, es frecuente representar a las personas que hablan -que están ejerciendo, por tanto, su autoridad- con estos dos dedos levantados.

El problema surge cuando el que tiene dos dedos levantados quiere levantar los tres restantes, es decir, cuando la autoridad pretende llegar a ser potestad (gobierno platónico de los sabios) o, lo que es peor, cuando el gobernante que tiene la palma de la mano extendida, como tiene los cinco dedos levantados, piensa que está revestido, no sólo de potestas, sino también de auctoritas. Si al atento lector le viene a la mente la idea de que la grave situación de la Justicia en España, Tribunal Constitucional inclusive, puede deberse a que el poder político ha conseguido "capturar" la autoridad de los jueces, cuya personal valía e independencia no cabe cuestionar, está pensando lo mismo que el que escribe estas líneas.

En mi opinión, en este momento crucial de la Historia europea, una sociedad avanzada necesita más que nunca instancias de autoridad, en el sentido romano del término, que, alejadas de todo poder, limiten esta tendencia omnicomprensiva de la potestad, que, aunque constitucionalmente dividida, se halla realmente concentrada. ¡Todo un reto para el siglo venidero!


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Francisco García Jurado
H.L.G.E.

viernes, 4 de septiembre de 2009

LA NUEVA VISIÓN POS-ILUSTRADA DE LO RELIGIOSO


Para Ana María Aldama, pues ahora eres nuestro recuerdo

Cuando este verano de 2009 bajábamos a media mañana desde el ático de Real Colegio Complutense, en Harvard, hasta el ameno jardín, a fin de tomar el café, era tiempo de conversaciones interesantes, de reflexiones que hacíamos públicas tras unas horas de encierro e intenso trabajo intelectual. Era el tiempo de hablar sobre cuestiones livianas que a menudo se tornaban en asuntos profundos y complejos. El uso que de lo religioso hace la cultura europea tras la Ilustración es probablemente uno de esos temas arduos e interesantes de los que gusta hablar. El caso es que había llevado hasta los Estados Unidos el empeño de descubrir cuándo y cómo se acuñó la juntura de "Literatura latino-cristiana", como alternativa laica y filológica a las formulaciones dogmáticas de Patrística y Patrología. Mientras estas últimas nacieron en el contexto de la Teología protestante del siglo XVII, la otra formulación se configura al calor de la moderna Historiografía de la Literatura Romana del siglo XIX, hacia el año 1836, primero como "Literatura romano-cristiana" y ya después, en los años '70 del mismo siglo, como "Literatura latino-cristiana". Primero se integró en el marco de la Literatura romana (una literatura nacional), a manera de apéndice, después pasó a ser el prolegómeno de la inmensa Literatura latina medieval (entendida como literatura europea), y ya finalmente, a comienzos del siglo XX, se convirtió en una materia autónoma. En estas conversaciones del jardín del Real Colegio mi amigo y maestro Enrique Otón me comentó muchas cosas interesantes relativas a la propia historia de nuestra Filología. Entre otras cosas, observamos las razones por las que en nuestro departamento hubo primero una asignatura titulada "Patrística" que después pasó a ser la de "Autores latinos cristianos". Es interesante observar que hay una intrahistoria tras las dos denominaciones. A aquellos que nos conocen y conviven día a día con nosotros en el departamento de Filología Latina de la Complutense imagino que no les resultará difícil pensar que en nuestra conversación apareció el nombre de la profesora y amiga que impartió esta última asignatura durante muchos cursos: Ana María, a quien esperaba contarle todos estos resultados relativos a la acuñación conceptual de su querida materia una vez se recuperara de sus dolencias. Una vez más, como he referido ante repentinas ausencias también recientes, tengo la terrible sensación de que los acontecimientos se han adelantado, dejando así un vacío lleno de impotencia. Que algo cotidiano, como besar a un padre, sentir el cariño de un amigo, o dar un simple paseo, se vuelva un empeño imposible, un camino sin retorno, nos da, al menos, la justa medida de dónde están las cosas importantes, que a menudo no podemos ver por el hecho de haber estado tan cerca, pero que el dolor nos devuelve, como una forma de enseñanza vital. En esta era cibernética vuelvo a sentir, asimismo, el escalofrío de ver aún en el buzón de mis correos electrónicos algunos de aquellos envíos que ella sólo hacia a unas pocas personas y que nos alegraban la vida. Sólo me queda pensar que aquellos antiguos autores cristianos que ella enseñó, independientemente de ser estudiados desde un contexto religioso o ya puramente laico, no dejarán de hablarnos sobre la esperanza.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.