sábado, 28 de mayo de 2011

ALFREDO ADOLFO CAMÚS EN EL DICCIONARIO BIOGRÁFICO ESPAÑOL



Una gota en el océano, pero una gota al fin y al cabo. Esto es lo que pensé ayer cuando vi en una fotografía los primeros veinticinco tomos, la primera mitad, del Diccionario Biográfico Español, publicado por la Academia de la Historia. Esa gota a la que me refiero es la biografía de mi querido Alfredo Adolfo Camús y Cardero, quien tiene entre sus mayores méritos haber enseñado litetatura latina a personas como Benito Pérez Galdós o Leopoldo Alas Clarín. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Ya he referido la anécdota en otro lugar. Cuando supe de que el proyecto del Diccionario Biográfico era ya una realidad, no pude resistir la tentación de telefonear a la Real Academia de la Historia para saber si se había previsto incluir esta biografía. Me constestaron que sí, pero que desgraciadamente estaba ya encargada a una persona. Hacía ya un tiempo había publicado mi pequeña monografía sobre Camús, en Ediciones Clásicas, e imaginé entonces, como en un ataque de celos intelectuales, a alguien despojando mi pequeño libro para hacer la biografía de mi amado profesor. Por ello, tampoco pude resistir la tentación de preguntar a mi interlocutora de la Academia que a quién se le había asignado la biografía. La respuesta no pudo ser más admirable y conmovedora: era yo mismo el elegido y, además, se me ofrecía, en calidad de director del Grupo de Investigación "Historiografía de la literatura grecolatina en España", proponer nuevas biografías para que las elaborara el equipo.

No por haber escrito un libro sobre Camús dejé de volver a las fuentes documentales. Las normas para la redacción de la ficha eran claras y concretas. Debía atenerme a datos propios de la biografía externa del autor, es decir, esos datos que llamamos objetivos, como fechas y lugares. Volví con María José Barrios al Archivo Histórico Nacional (en la fotografía), donde revisamos, dentro de la sección de Universidades, la hoja de servicios de Camús. Entre otras cosas, encontramos el texto de su lección de cátedra sobre Aristóteles, que luego María José integró en su relato sobre Camús helenista. Aunque los datos externos parecen sencillos, me vi obligado a repensar la fecha de nacimiento de Camús. Algunas fuentes dicen que nació en 1797, y que su padre fue un "convencional" francés. Otras fuentes, en particular los datos de su hoja de servicios, dan una fecha mucho más tardía, precisamente 1815. Asimismo, para la primera fecha se nos da la ciudad de Baena como lugar de nacimiento, mientras que para la segunda es París. Intuyo una historia algo más ardua en este baile de fechas, y aún hoy no me decanto ciegamente ni por una ni por otra. A resultas de este trabajo de investigación, fui redactando con calma, y con todo el esmero tipográfico que se me requería, la ficha correspondiente a Camús, que terminaría rematada por la bibliografía acerca de su obra y de los estudios concernientes a su figura. Hoy día he ampliado esa bibliografía, pues mi estudio biográfico y bibliográfico sobre Camús sigue estando vivo. En algún lugar oí que hacer una biografía es tan difícil, acaso, como vivirla. De momento, ha sido posible hacer entrar a un personaje secundario, pero básico para entender algunas cuestiones educativas y estéticas, en la galería biográfica española. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 26 de mayo de 2011

OVIDIO Y RAMÓN PÉREZ DE AYALA: TRISTISSIMA IMAGO

Van terminando las clases de Pervivencia de la literatura latina, y recorremos estos días las lecturas del poeta Ovidio entre los modernos. Joyce, Pérez de Ayala y Alberti recuerdan su paso por colegios jesuíticos, y curiosamente los tres tienen en común la presencia más o menos velada del poeta Ovidio. Versos aprendidos de memoria, años de formación que quedaron para siempre en sus conciencias. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE


Ramón Pérez de Ayala traza en su novela autobiográfica A.M.D.G., publicada en 1910, un terrible retrato de la enseñanza de los jesuitas. Aunque en este caso aparece un profesor circunstancial de lengua latina, el peculiar uso del latín en los títulos de cada capítulo, así como la sorprendente contextualización de un texto de Ovidio que veremos al final del pasaje citado:

"El padre Mur perseguía la oportunidad de satisfacer su venganza en Bertuco, el cual en cierta ocasión, había repelido coléricamente las asiduidades cariciosas y pegajosas del jesuita.
(...) Entre las muchas artimañas y máculas ladinas con que Mur cazaba a los enredadores, una de ellas consistía en volverles la espalda, con lo cual ellos, juzgándose libres por el momento, verificaban sin disimulo su travesura; mas, siendo luenga la nariz de Mur, y descansando las gafas en lo más avanzado del apéndice nasal, bastábale subir, como al desgaire, la mano hasta el rostro, poniéndola detrás de los vidrios para tener un espejo en donde se retrataba todo lo que detrás de él acontecía. (...) Mur, en aquel punto, hacía espejo de sus gafas; pero no supo interpretar los movimientos del niño en derecho sentido, sino que dio por averiguado que le hacía burla y muecas de odio con todo desembarazo y desvergüenza. (...)
-¡Lame la tierra! -rugió Mur, con voz estrangulada de ira y torpe fruición.
El paso continuo de centenares de pies había desgastado el ladrillo, formando un polvo terroso y sucio. De otra parte, las fauces de Bertuco estaban resecas. Así que por las tres veces que puso la lengua sobre el suelo convirtiósele en un objeto extraño y asqueroso, como petrificado, que le ocasionaba fuertes torturas y le impedía hablar.
-¡No puedo más...! -articuló con esfuerzo.
Mur le puso el tosco zapato sobre la nuca. El niño, en una convulsión, quedóse rígido, yacente, bañado el rostro en sangre.
-Marchaos ahora mismo de aquí. Y como digáis algo a alguien os hago lo mismo a vosotros.
Los niños huyeron, aterrorizados. Y en estando a solas, el jesuita arrastró el cuerpo de Bertuco hasta un grifo que hay contiguo a los lugares excusados, y chapuzándole la cabeza le devolvió el sentido.
-Lávate bien esas narices. Cuidado con que nadie entienda nada de esto, porque te arranco el alma negra que tienes, canalla. Hoy no te confiesas, porque eres un sacrílego, ni cenas. Te pondrás en el centro del refectorio, en donde todos vean tu cara maldita de criminal, y no probarás bocado hasta que me repitas de memoria la elegía triste de Ovidio. Por la noche, no cerrarás la puerta de la camarilla; te pones de rodillas en el umbral hasta que yo vaya. ¡Ea! Ya estás listo. Al estudio.
A la hora de la cena, convergiendo a él las miradas de todos los alumnos que le aborchornaban, procuró desentenderse de todo y aprender cuanto antes la elegía. Su cabeza estaba débil y dolorida; las mallas de la memoria, tan sueltas que dejaban escapar los versos a ella confiados. Al final de la cena sabía tan sólo una pequeña parte:

Cum subit illius tristissima noctis imago,
qua mihi supremum tempus in urbe fuit,
cum repeto noctem, qua tot mihi cara reliqui,
labitur ex oculis nunc quoque gutta meis

Nada más." (Ramón Pérez de Ayala, A.M.D.G. La vida en los colegios de jesuitas. Edición de Andrés Amorós, Madrid, Cátedra, 1995 quinta edición, pp.335-338)

Este testimonio aparece dominado por la amargura. Estamos ante un profesor ficticio, aunque de profundo transfondo real, de carácter religioso, en concreto un jesuita, dotado de “luenga nariz” (Quevedo) y gran cólera, a quien el autor se refiere bien como "el padre Mur" o simplemente "Mur". Está claro, al igual que veíamos en el retrato que hacía Unamuno de su profesor, que las convenciones del retrato del licenciado Cabra siguen realmente vivas, mezclándose con lo meramente autobiográfico. La impresión general es de rabia y profunda pena , como nos muestra la violencia extraordinaria del pasaje, así como el posterior encierro del muchacho; esta impresión adquiere unos acusados tintes dramáticos. Las alusiones al sistema educativo y a la pedagogía de los jesuitas están expuestas a lo largo de toda la novela, en especial en el capítulo titulado "Pedagogía del padre Mur". En el texto en cuestión que estamos comentando se puede ver de pasada el recurso al estudio memorístico utilizado como castigo.


Por último, en lo que a la referencia a los autores latinos respecta, resulta sorprendente la colocación de un emotivo pasaje ovidiano, citado precisamente en latín ("Cuando acude a mi recuerdo la imagen tristísima de aquella noche / en que pasé los momentos finales en la ciudad, / cuando vuelvo a recordar aquella noche en la que tantas cosas queridas tuve que dejar, / aún ahora una lágrima se desliza de mis ojos"), y que pone un contrapunto lírico a una escena repleta de dolor y violencia. Ciertamente, al igual que Ovidio recuerda su última noche en Roma, antes de partir al exilio, ésta será también la última noche de Bertuco en el colegio de los jesuitas. FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 24 de mayo de 2011

SÉNECA Y LOS TOROS, SEGÚN RAMÓN PÉREZ DE AYALA

La literatura grecolatina tiene la ambigua ventaja de ser universal o, al menos, de no quedar remitida a una nación actual concreta. Este carácter universal no la convierte en una literatura nacional al uso, como ocurre con literaturas formadas en tiempos más recientes, como la española, la inglesa o la francesa. Sin embargo, se da la interesante circunstancia de que algunos autores grecolatinos se han considerado como parte de la historia literaria de una nación moderna. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Este es el caso de la cuestión de la literatura hispanorromana, considerada en otros tiempos sobre todo como parte de la española. Según este criterio, un autor como Séneca vendría a ser, en definitiva, un autor español. Es, justamente, dentro de este planteamiento donde nos encontramos este heterodoxo retrato que Ramón Pérez de Ayala traza del autor en el ensayo titulado “Nuestro Séneca”:
“La primera vez que vi, en el Prado, la cabeza de Séneca, sin saber todavía quién podría ser, me pareció la catadura de un gitano viejo. En esta impresión falaz cooperaba no sólo la disposición capilar del peinado y las patillas, muy a lo flamenco, mas también la gran finura aguileña de los rasgos faciales.
Esta similitud es desconcertante, por cuanto los gitanos no sobrevienen en Europa y España sino unos catorce siglos después de nacer Séneca. Si no de un gitano, dicha cabeza bien pudiera haber pertenecido a un torero retirado. Del famoso «Lagartijo» solía afirmarse que hablaba como un Séneca. Y Nietzche denominó a Séneca «el toreador de la virtud», por razones, no poco irrazonables, de que más adelante haremos mención.
Huelga señalar que el arte de los toros no se practicó en España hasta los siglos medios. Pero, si no toros bravos, Séneca hubo de lidiar enemigos más peligrosos, a lo largo de su vida, poniendo a juego a veces su magistral habilidad; en ocasiones su noble coraje; y en algún mal trance su instinto de conservación. Esto, en la jerga taurina, se llama volver la cara, salir por pies, tomar el olivo y saltar la barrera.” (Ramón Pérez de Ayala, “Nuestro Séneca”, en Nuestro Séneca y otros ensayos, Barcelona/Buenos Aires, Edhasa, 1966, p. 25)

Este retrato de Ramón Pérez de Ayala que convierte a Séneca nada menos que en un anacrónico torero arrugaría el entrecejo a más de un serio estudioso del autor latino. Es, precisamente, el tono relajado de ese largo ensayo en que revisa la figura y la obra (incluso traduciendo un fragmento del Thyestes), el que le permite hacer una aproximación tan original no exenta de buen humor. Pero lo que más significativo nos resulta es el fuerte contenido intencional del propio título del ensayo[1], que subraya el anacrónico carácter español de Séneca, dentro de una consideración de las naciones como algo inmanente, y no como un producto del devenir de la historia[2]. La afirmación de la españolidad de Séneca la toma Pérez de Ayala del regeneracionista Ángel Ganivet, quien en su Idearium español (Granada, 1897, p. 46) afirma que “Séneca no es un español, hijo de España por azar: es español por esencia”[3]. Esta circunstancia tan marcada de la españolidad de Séneca contrasta con la ausencia de cualquier referencia al respecto en otros textos que ya no se circunscriben al ámbito estricto de la cultura española. Salvando las distancias geográficas y temporales, observamos cómo el escritor chileno Jorge Edwards deja entrever, sin declararlo explícitamente, el carácter cosmopolita de Séneca, no aludiendo en momento alguno a su lugar de nacimiento y dejando adivinar por ello que Séneca podría haber venido al mundo en cualquier lugar civilizado del Imperio Romano:

“Parece que en sus años de adolescente siguió con gran pasión las enseñanzas de un filósofo, Sotión, seguidor de Pitágoras y que prescribía, debido a su creencia en la reencarnación de las almas, una dieta vegetariana. Dado que Séneca nació un año antes de Cristo, su juventud correspondió a tiempos de repliegue cultural, de dictadura, de profunda desconfianza frente a las ideologías y a las sectas exóticas. Los primeros cristianos iban a conocer esta atmósfera represiva, este mundo de la sospecha y de la delación, un poco más tarde. El padre del joven Séneca creyó, probablemente con buenas razones, que el hecho de adherirse a una doctrina filosófica y de no comer carne podía comprometer su futura carrera. Primero lo convenció de que debía renunciar a singularizarse. Después decidió mandarlo a Egipto, donde Galerio, el nuevo prefecto, era pariente suyo. Fueron seis años de tranquila concentración, de lectura, de conocimiento del mundo. A la vez, fueron años de postergación de su ingreso obligado en el mundo de la administración y de la política. Más tarde, en años de madurez y a consecuencia de luchas internas de poder, el emperador Claudio, sin llegar a desterrarlo, le asignó residencia en la isla de Córcega.” (Jorge Edwards, “El buen uso de Séneca”, en El País, 22 de marzo de 1997)

En este caso, tenemos a un Séneca ante todo viajero, y abierto a las influencias del exterior. Esta distinta perspectiva va a marcar diferentes actitudes ante la literatura clásica que diferenciará las letras de España con las del continente americano. Por ello, es aún más llamativo, si cabe, observar cómo María Zambrano ha sabido entender perfectamente esta singular tensión entre lo local y lo universal que podemos ver en la figura de Séneca:

“Séneca nació, como es sabido, en un rincón provincial de la España romana, en la silenciosa, encalada Córdoba. Salió de ella sin que a ella jamás retornara. Y sin embargo, es de los pocos hijos de España que le han devuelto acuñado en moneda indeleble, la vida que de ella sacaran. No es este el lugar de mirar a Séneca en lo que significa para la tradición de la cultura popular española. Al contrario, hay que seguir el rastro de su universalidad; de ver el motivo de su renacimiento.
Ser figura de la Historia universal, más allá del país, del terruño que le diera a luz, sólo puede acontecer a los que han encarnado una de las maneras más fundamentales de ser hombres. Porque el hombre es una criatura que admite, y aun requiere, varias versiones. Y cada una de estas versiones ya realizadas es precisamente una experiencia histórica, una figura trascendente. Una figura, un camino; una manera de aceptar la vida y la muerte.” (María Zambrano, El pensamiento vivo de Séneca, Madrid, Cátedra, 1992, pp.14-15)

Ciertamente, Séneca no fue español, pero algunos españoles se han sentido hijos de Séneca y ese es el privilegio de tener antepasados. En cierto sentido, habría que considerar si no estamos en este caso ante la búsqueda consciente de un precursor, ya que algunos clásicos como Séneca son esa constante que mantiene la continuidad de una cultura[4]. La cuestión de la literatura hispanorromana sigue teniendo vigencia tanto desde la perspectiva de la literatura no académica como de la historia del pensamiento hispano. FRANCISCO GARCÍA JURADO

[1] Matías López López señala, hablando de las innumerables citas que de Séneca hace Menéndez Pelayo, cómo éste seguía el uso propio de los autores cristianos primitivos de calificarlo como noster (Séneca, Diálogos. Introducciones, traducción y notas de Matías López López, Lleida, Universitat, 2000, p. 45).
[2] La cuestión de la “literatura hispanorromana” en los tiempos antiguos, que fue abiertamente aceptada por los más eminentes intelectuales españoles, hoy día resulta relevante únicamente para la historia de la cultura española moderna. Dice a este respecto José Luis Moralejo (“Literatura hispano-latina (siglos V-XVI)”, en José María Díez Borque (coord..), Historia de las literaturas hispánicas no castellanas, Madrid, Taurus, 1980, p. 15): “Es ésta una práctica que responde, en última instancia, a las mismas raíces que el tan traído y llevado «senequismo hispano» o «hispanismo de Séneca», que tuvo en Ganivet su más conocido formulador. Nosotros consideramos que no debe mantenerse tal actitud, por amplio que sea el aliento de los manuales de conjunto. El lector ya se habrá percatado de que estamos incidiendo en una cuestión todo menos banal. En efecto, con ella nos vemos implicados en la histórica lid entre A. Castro y Sánchez Albornoz en torno al origen y ser de lo hispánico (...)”.
[3] Así habla el mismo Pérez de Ayala acerca de Ganivet una páginas antes: “Ganivet, en su conciso y denso Idearium español, trata de asentar que el carácter (y la historia de España) es ni más ni menos que senequismo por los cuatro costados. Yo no me arriesgo a semejante afirmación; ni tampoco a denegarla en absoluto. Pero que, cuando menos, algunos costados (y acaso los más nobles, no sé si los más serios o los más frágiles) son permanentemente senequistas, aun en los españoles de temperamento más epicúreo, y aun inmoral; esto, para mí, es obvio. Por lo cual califico a Séneca como nuestro Séneca.
En el friso frontal de la gran literatura latina descuellan, par a par de las figuras más eminentes, cinco españoles. Cada uno de ellos es manantial de una corriente literaria, que, con las demás, confluyen en el gran río caudal de la literatura española autónoma.
Estos escritores hispanolatinos, y la respectiva corriente que emanan, son: Séneca, el estoicismo y el conceptismo; Lucano, el culteranismo; Marcial, el realismo satírico en carne viva; Quintiliano, el clasicista académico, y Prudencio, el clasicismo en la poesía cristiana” (Ramón Pérez de Ayala, “Nuestro Séneca”, o.c., p.19)
[4] Actualmente, dentro del marco del llamado Estado de la Autonomías, la cuestión de la “españolidad” de Séneca ha vuelto a resurgir con algunas complicaciones añadidas en lo que se refiere a los libros escolares de latín. Reproducimos un texto tomado del diario La Razón del domingo dos de junio de 2000: “El presidente de Anele, Mauricio Santos, recuerda haber realizado varias versiones del libro de Latín por culpa de Séneca. En Andalucía, el filósofo romano nacido en Córdoba era, evidentemente, cordobés. Pero en Cataluña, no: se trataba de un autor de la Hispania romana. Es, en fin, la poco conocida vertiente regionalista del latín”.

lunes, 23 de mayo de 2011

PATADAS AL LATÍN

Me parece muy bien que mucha gente no quiera saber nada de la lengua latina y que prefiera vivir en la felicidad de su ignorancia. Lo que no tolero es que se utilice de manera estrafalaria esta lengua sabia para crear marcas comerciales de manera aberrante. Si no les gusta el latín déjenlo, pero no lo maltraten gratuitamente. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Paseaba con parte de mi familia cerca de la Puerta de Toledo, en Madrid. Ya tengo acostumbrados a los míos a esas explicaciones de cosas que la "gente normal" no suele hacer, como, por ejemplo, dar cuenta del error que hay en la inscripción latina de dicha puerta, donde aparece REDUO en lugar de REDUCI. Allá iba yo a darles una intempestiva clase de moderno latín epigráfico cuando me quedé atónico ante el reparto de unos folletos publicitarios donde pude leer, asombrado, MARE VOSTRUM. De verdad que me quedé a cuadros ante un reclamo publicitario de la región de Calabria donde, en lugar del esperable MARE NOSTRUM, la muy soberbia denominación romana para el Mar Mediterráneo, pude leer algo que, de puro ingenioso, suena bastante mal a un latinista. Los publicistas quisieron darle un giro a la denominación esperable, "Mar Nuestro", escribiendo "Mar vuestro", imagino que de los futuros turistas, y creando así en ellos una sensación de hospitalidad. Pero el problema está en que el latín es puñetero, y el adjetivo posesivo de segunda persona plural no es VOSTRUM (cuando menos, en latín clásico), sino VESTRUM, con lo que la buena denominación hubiera sido MARE VESTRUM, que quizá por ser más correcto es, probablemente, menos reconocible para un no iniciado en los misterios del latín. El horror gramatical me trajo a la memoria el rótulo de una cadena de restaurantes "mediterráneos" que se llama NOSTRUS (así tal cual, y yo también dije "¡joder!" cuando lo leí por primera vez). NOSTER, el correcto uso del adjetivo posesivo de primera persona del plural, no recuerda ya, imagino, al MARE NOSTRUM que ellos querían evocar, por lo que yo hubiera optado sencillamente por denominar a la cadena de restaurantes, sencillamente, NOSTRUM. En fin, no sigo más, que luego un señor desconocido, o que firma como "ANÓNIMO", me llama impropiamente patán, en especial cuando cargo contra la prosodia del SEAT EXEO, que en lugar de ser pronunciado correctamente como ÉXEO se llama EXÉO. Las cosas no están para bromas, pero se me ocurrió la posibilidad de vengarme yendo a un concesionario de la SEAT y decirle a uno de los comerciales que estaba interesado en comprar el modelo de coche citado, pero que mi decisión dependía básicamente de la correcta pronunciación que el vendedor hiciera de la palabra latina. "Para que vea Vd. si sirve el latín: se está jugando hacer una compra de 15.000 euros que sólo depende de dónde ponga el dichoso acento". En fin, todas estas son cosas que me enfadan moderadamente y que me divierten bastante. Ya sé que si un director de banco ve lo que yo gano y lo compara con lo que ganan los directivos del MARE VOSTRUM, del NOSTRUS y del EXÉO me dirán que ellos son mucho más listos que yo, y con diferencia. A todo esto, yo le diría lo que dijo un chulillo en tiempos de Moratín: PAUPERIEM PA...TÍ. Es decir, PAUPERIEM, la pobreza, PATÍ, "para ti", que yo no la quiero. FRANCISCO GARCÍA JURADO

sábado, 21 de mayo de 2011

TODAVÍA VIRGILIO

A menudo, las razones por las que un autor moderno recurre a hablar de otro antiguo son didáctivas y evocadoras. Esto ocurre especialmente cuando un viejo texto se ha perdido ya en el limbo de la incomprensión para los no especialistas. El esfuerzo por hacer ver el porqué de una obra como las "Geórgicas", tan importante como poco comprendida por parte del lector moderno nos lleva a esta breve y bella semblanza que tanto de las "Geórgicas" como de las "Bucólicas" lleva a cabo el poeta y narrador leonés Andrés Trapiello (1953), que en unas cuantas líneas resume la tradición literaria y el significado de tales obras. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.



El texto apareció en el diario EL PAÍS hace ya mucho tiempo (22-IX-1991) con el título "Todavía Virgilio":

"Como es conocido de todos, el de la Blanca Luna le arrancó a don Quijote, cuando le derribó en Barcelona, esta dura promesa: la de amontonar sus armas durante un año. Así se hizo, y don Quijote volvió a casa. Sólo que camino de casa, de su cordura y de la muerte, pensó también don Quijote tirarse al monte por entretener aquellos meses de penitencia. Vivirían vida virgiliana, pastoril y de égloga, conforme al modelo de las Bucólicas. Incluso encontró para él y para su escudero nombres de guerra, es decir, nombres de paz: el pastor Quijotiz y el pastor Pancino.

No me parece a mí que hoy nadie haga alabanza de aldea y menosprecio de la corte. La gente dice amar el campo, pero eso es mentira. De ser así la gente se iría a pasar un mes a un lugar apartado y no se engolfaría en playas abominables. Lo dice el propio Virgilio: «No a todos gustan los vergeles y los tamarindos humildes». El campo a la gente le produce urticaria. La soledad, lo mismo.

Antes no era así y las Bucólicas y las Geórgicas fueron libros leídos, releídos, admirados en toda la cristiandad. Se veía en ellos el símbolo de la vida beata, de la vida feliz, no porque estuviese excluida de ella el dolor, como porque hasta el dolor allí producía alegría. «Alegría el lloro», dice exactamente don Quijote.

Fray Luis de León vertió las Bucólicas y parte de las Geórgicas a un castellano admirable, fuente de toda nuestra poesía lírica. Escribe en alguna parte de sus Complementarios Antonio Machado que admira a Virgilio sobre todo por haber incluido entre sus versos los de otros autores, sin tomarse la molestia de citarlos. Lo mismo cabría afirmar de la traducción de Fray Luis. A veces Fray Luis no se ha tomado siquiera la molestia de mirar el original. Dice de pronto: «La grulla luego alzando el vuelo / como el vapor del valle se levanta». Si acudiéramos al latín en busca de tan inigualable vuelo, quedaríamos todos defraudados, incluido Virgilio.

Saber a medias.

Las Bucólicas y las Geórgicas tienen su historia, sus fechas y sus nombres, sus mecenas y fuentes. Dioses, ninfas, leyendas que hoy nos pillan lejos. No hace mucho, paseando entre las ruinas idílicas de Villa Adriana, en Tívoli, vino el pintor Ramón Gaya a sacarnos de dudas sobre una complicada genealogía mitológica: «Esas cosas hay que saberlas a medias».

Lo mismo aquí. No importa que aparezcan en las Bucólicas, mezclados hombres y dioses, verdad y fábula. No importa siquiera que en las Geórgicas se hable de «esas potrancas que sin coito alguno, quedan preñadas por el viento». Dice a continuación Virgilio: «Causa maravilla decirlo» . Y maravilla nos causa a nosotros oírselo. La erudición, como la ciencia, siempre mejor a medias. Los detalles exactos no le interesaban ni a Stendhal. Bástenos saber que fueron escritos hace 2.000 años, que uno significa pastorales y que el otro, que Josep Pla sabía de memoria, es un tratado de agricultura, casi uno de aquellos mínimos calendarios zaragozanos de color pimentón que aún se venden en nuestras ferias.

¿Qué quedaría si a estos libros se les quitara la erudición, la ciencia? La poesía. Nos queda la poesía irreductible, grande como el primer día en que fue escrita. Tiene uno siempre al leerlos, al releerlos, la impresión de mirar una de esas pinturas inagotables de Brueghel, portento y miniatura de caminos y gentes, de mieses y segadores, de animales y frutos, pinturas en las que se oyen «enjambres que suenan y adormecen», panoramas en cuyas ramas se posan las músicas y las aves.

Los dioses lo son porque pusieron nombres a las cosas. Los clásicos les pusieron adjetivos. ¡Qué invariables adjetivos los de Virgilio, cuánto poder para nombrar el mundo, cuánta poesía!: «los árboles veleros»; «los aires voladores»; «hierba más blanda que el sueño»; «las semillas del fuego». «Las fatigas de la luna» nos dice el poeta para hablarnos de sus fases o «llenar los cubos nevados del ordeño», al mirar la espuma de la herrada.

«Afortunado», insiste Virgilio, «el que ha podido conocer las causas de los fenómenos y los dioses del campo, pues no conoce las leyes del hierro, la locura del foro ni los archivos públicos» .

Son, es cierto, libros destartalados, sin orden ni concierto. Los dos son ingenuos y sencillos. Los dos, un pozo pequeño y de venero limpio. Es decir, libros fuera del mundo. Por eso siguen teniendo unos cuantos lectores. No muchos. Sí lo bastante quijotescos como para saber que Virgilio tenía razón al decir: «Alaba las fincas grandes; cultiva la pequeña». Con un consejo así nadie se hace rico ni moderno. Feliz, como pensó serlo el pastor Quijotiz, quizá, aunque para desbaratar ese sueño siempre tenemos a mano la cordura y la muerte."

Tras leer semejante texto, ¿no nos sentimos acaso invitados a sumergirnos en los versos de Virgilio? La literatura y la erudición antigua, convertida en una curiosa forma de poesía, se dan la mano en estas líneas. Resulta sugestiva, por lo demás, la alusión a los bucólicos paisajes de Brueghel, que enriquece la serie de sugerencias pictóricas que a menudo suscita la propia literatura latina a la luz de los autores modernos. La lectura de las "Bucólicas" y, en especial, de las "Geórgicas" se convierte, más que en un ejercicio intelectual, en una actitud vital. Francisco García Jurado

miércoles, 18 de mayo de 2011

RAYUELA DE CORTÁZAR Y NOCHES ÁTICAS DE GELIO

Cuando leemos antiguos libros que presentan etimologías aparece una preocupación común, el orden de las palabras, en paralelo con el orden de las cosas. La preocupación por presentar globalmente las etimologías de acuerdo con criterios conceptuales o alfabéticos es, de hecho, uno de los aspectos que más interesan al nuevo lector. Tales problemas no atañen, sin embargo, a aquellos que como el erudito del siglo II Aulo Gelio nos presentan un conjunto heterogéneo de escritos acerca de asuntos diversos, tales como cuestiones literarias, anécdotas y reflexiones filosóficas, lo que responde a una tendencia a relajar las formas literarias. Entre tales cuestiones no faltan las reflexiones etimológicas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO


Por otra parte, frente a los títulos relativos al contenido de la obra (De Lingua Latina o De Verborum Significatu) nos sorprende ahora un título de motivación bien distinta, Noctes Atticae no se refiere al contenido, sino a las circunstancias de la composición. Se trata del estudio a la luz del candil, la lucerna, lo que supone una erudición dispuesta en orden fortuito, gozando de una libertad que preludia ya el propio ensayo moderno. Es muy interesante observar cómo Gelio reflexiona en más de una ocasión acerca de las etimologías de otros autores, como es el caso de Varrón (Gel.1,18), de Publio Nigidio (Gel. 10,4), o este excepcional pasaje sobre la etimología de persona en Gavio Baso (Gel. 5,7). Hoy día sabemos que el término latino persona proviene en realidad de la lengua etrusca , por lo que la ratio que tradicionalmente ha explicado el término mediante el falso corte per-sonat, dando a entender que la persona se llama así porque personat, es decir, "resuena", está definitivamente descartada. Sin embargo, la etimología tradicional sigue viva en la historia de la cultura. En otro lugar , hemos estudiado el singular hecho de que el novelista argentino Julio Cortázar reproduzca en su novela Rayuela, concretamente en el capítulo 178 (uno de los "Capítulos prescindibles"), la traducción al castellano de este pasaje de las Noctes Atticae en versión de Francisco Navarro y Calvo :

"De la etimología que da Gabio Basso de la palabra persona.

Sabia e ingeniosa explicación, a fe mía, la de Gabio Basso, en su tratado Del origen de los vocablos, de la palabras persona, máscara. Cree que este vocablo toma origen del verbo personare, retener. He aquí cómo explica su opinión: «No teniendo la máscara que cubre por completo el rostro más que una abertura en el sitio de la boca, la voz, en vez de derramarse en todas direcciones, se estrecha para escapar por una sola salida, y adquiere por ello sonido más penetrante y fuerte. Así pues, porque la máscara hace la voz humana más sonora y vibrante, se le ha dado el nombre de persona, y por consecuencia de la forma de esta palabra, es larga la letra o en ella.» AULIO (sic) GELIO, Noches Áticas".

Esta cita, que ha pasado desapercibida en el heterogéneo conjunto de referencias que hay en Rayuela, no nos parece fortuita, pues su contenido debe ponerse en relación con uno de los leit-motif de la obra de Cortázar: el problema del lenguaje como vehículo de comunicación . La cita del texto de Aulo Gelio constituye el capítulo 148 de Rayuela. Como es sabido, esta novela no se lee necesariamente de manera lineal, sino que puede optarse por un Tablero de Dirección que, de la misma forma que el juego de niños que da título a la obra, nos permite saltar de una parte a otra. Pues bien, el capítulo que nos ocupa está situado, según el Tablero de Dirección, entre los capítulos 41 (precisamente el primero que redactó Cortázar) y el 42. No hemos encontrado relación evidente entre el capítulo 148 con su precedente, pero sí parece que la hay con el capítulo 42, y, más precisamente, con este pasaje:

"(...) Le había dado esa mañana por pensar en frases egipcias, en Toth, significativamente dios de la magia e inventor del lenguaje. Discutieron un rato si no sería una falacia estar discutiendo un rato, dado que el lenguaje, por más lunfardo que lo hablaran, participaba quizá de una estructura mántica nada tranquilizadora. Concluyeron que el doble ministerio de Toth era al fin y al cabo una manifiesta garantía de coherencia en la realidad o la irrealidad; los alegró dejar bastante resuelto el siempre desagradable problema del correlato objetivo. Magia o mundo tangible, había un dios egipcio que armonizaba verbalmente los sujetos y los objetos. Todo iba realmente muy bien" (Rayuela cap. 42)

En Cortázar volvemos a encontrarnos con un viejo anhelo humano: la búsqueda de la armonía entre las palabras y las cosas. Así pues, la etimología latina de persona representa ese afán de correspondencia entre los sujetos y los objetos de la que, por lo demás, es garante el dios egipcio Toth, famoso inventor de la escritura, según el mito platónico (Fedro 274b-275e y Filebo 18b-d) , y al que los griegos acabarían llamando Hermes Trimegisto. FRANCISCO GARCÍA JURADO

viernes, 29 de abril de 2011

Viajes literarios: Pessoa, Lisboa y la nostalgia

Algo de sano fetichismo y, sobre todo, la curiosidad motivan nuestros viajes literarios. De entre esos viajes recuerdo con felicidad el que hicimos a Petersburgo para conocer los lugares donde habitó Ossip Mandeltam, o el viaje a París para recorrer el Marais de Marcel Schwob. Esta vez le ha tocado el turno a Lisboa, donde no hemos querido perder la ocasión de volver a recorrer la poética de Fernando Pessoa y sus heterónimos. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE


Al cabo de 23 años he regresado a Lisboa, ahora con María José. La otra vez tenía justamente la mitad de los años que tengo ahora, y acababa de terminar mis estudios universitarios. Fui con mi hermano Alberto, que entonces era casi un niño. He regresado, pues, a los lugares y a la memoria. El Chiado, en el Barrio Alto, ya no es el mismo, pues un mes después de visitarlo, en el año 1988, fue pasto de las llamas. Veo que se ha reconstruido de manera ejemplar, si bien la antesala de la Rua Garret es ahora un moderno centro comercial con ascensores interiores, aunque menos vistosos que el famoso ascensor de Santa Justa. Me volvió a emocionar recorrer la Rua Garret, entrar de nuevo en la antigua Librería Bertrand (aunque no viéramos nada de especial interés en ella), y encontrarnos, junto a tantos y tantos turistas, con la estatua de Pessoa en el café A Brasileira. Hacerse una foto junto a Pessoa es fácil, es un acto cándido, y me pregunto cuántos de esos turistas que se sientan junto a ese "raro señor con sombrero" (la estatua no está tomada del natural, sino de un retrato pictórico moderno) saben cabalmente quién es este poeta y qué significa para la cultura portuguesa. Acaso esto no importe demasiado, pero un indicio de esta transcendencia podía encontrarse estos días en la misma FNAC que hay en el Chiado, dentro de los nuevos almacenes de los que antes he hablado. Precisamente, la editorial BABEL (que yo confundo constantemente con BIBLOS) ha publicado el facsímil del manuscrito del libro MENSAGEM, donde pueden encontarse algunos de los poemas más herméticos de Pessoa en relación a la Historia de Portugal y el visionario sueño del Quinto Imperio, el imperio cultural sobre el que volverá a reinar el rey don Sebastián una vez regrese de su falsa muerte en tierras africanas. El facsímil es un icono para las letras portuguesas, pues contiene las correcciones que el propio Pessoa hizo para la publicación de este libro, prácticamente el único que publicó en vida. Me pareció, sin embargo, algo caro, pues no contaba con un estudio anejo, que hubiera sido deseable. He aprovechado este regreso a Lisboa y a mi pasado para releer una edición muy concreta de la poesía de Pessoa. El irrepetible Ángel Crespo, comparatista no académico que aúna las raras condiciones de saber pensar y escribir, preparó para Espasa Calpe una selección de los poemas de Pessoa y sus heterónimos, precedida por un estudio de esos que marcan un antes y un después en la lectura de cualquier persona. Allí puede encontrarse la clave hermética y pagana de los heterónimos de Pessoa, en especial Alberto Caeiro, el filósofo que quería filosofar sin pensar, Álvaro de Campos, el poeta vanguardista y contradictorio, y mi preferido, Ricardo Reis, autor de las últimas odas horacianas. También acudimos a la casa de Pessoa, ubicada en uno de los lugares donde vivió el poeta al final de su rara existencia. El ensayo de Ángel Crespo ha supuesto un paréntesis singular en mi vida, algo parecido a lo que María Zambrano calificaría como un claro del bosque. He pensado en la fascinación que podía sentir yo mismo al leer textos semejantes cuando tenía veintitantos años y todo estaba por hacer. Ahora disfruto, sobre todo, con la relectura, ahora el latín también es nostalgia para mí, como para Machado, ahora soy más yo, acaso, pero también todos los otros que he ido dejando por el camino. FRANCISCO GARCÍA JURADO