sábado, 26 de noviembre de 2011

Fotos de noviembre

No sé si alguna vez habréis tenido la misma extraña sensación al ver, durante el verano, las fotos que nos hicimos en el frío y lejano mes de noviembre. Sentir que nuestras imágenes, diluidas en la tenue luz del invierno, abrigadas con tonos oscuros y un tanto contraídas, son parte de una historia triste y pasada, lejana a la plenitud que nos da el sol y los días estivales. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Esta sensación la llevo teniendo desde hace tiempo, precisamente cuando veo las fotografías que nos hacemos cuando celebrarmos la actividad de la Semana de la Ciencia en Madrid. Las personas que nos acompañan en las excursiones ponen un interés y un calor humano que no tiene precio. Pero no dejo de sentir cierto frío cuando veo desde cierta distancia todas estas imágenes. Noviembre, desde que soy niño, me resulta un mes profundamente antipático. Noviembre era el monótono colegio, las melancólicas tardes de domingo, donde el fútbol en la televisión era parte de un paisaje oscuro, premonitorio de un lunes que acaso trajera una mala semana. Este mes de noviembre está resultando acaso más frío aún que los otros. Los problemas parecen haberse quedado a habitar con nosotros para siempre, quizá de la misma manera que las bonanzas parecieron ya eternas, aunque no tardaron en mostrar su triste cara efímera. Noviembre, este año, parece que nunca va a terminar, que la primavera acaso no llegue nunca, y que nuestras caras pálidas de frío, nuestros abrigos pardos, de colores apagados, nos van a convertir a todos en personajes de una posguerra imaginaria. El otro día, en la sacramental de San Justo, había una luz difusa, y aunque luego, al seguir nuestro paseo, pudimos disfrutar del sol del invierno, apenas tenía nada que ver con la luz avasalladora de las tardes veraniegas. Pero imagino, o al menos eso quiero creer, que nos vestiremos otra vez de primavera, como las mujeres que pinta Anglada Camarasa, y que podremos volver a mirar nuestras fotos de noviembre como lo que fueron, sueños de una vida mejor, de una luz radiante, y de una vida plena. FRANCISCO GARCIA JURADO

martes, 22 de noviembre de 2011

Humanidades clásicas e Historia cultural. Jornadas

Mañana miércoles comienzan las JORNADAS DE INVESTIGACIÓN "HUMANIDADES CLÁSICAS E HISTORIA CULTURAL: DE LA ILUSTRACIÓN AL LIBERALISMO" en la Biblioteca Histórica "Marqués de Valdecilla" (C/ Noviciado, 3). La Historia Cultural de las humanidades durante ese período convulso, donde se atisba una España que pudo ser y no fue, es una asignatura pendiente, no sólo remitida al pasado, sino volcada a nuestro futuro. Por supuesto, estáis invitados a asistir a las jornadas, cuyo programa os adjunto a continuación. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

23 a 25 de noviembre de 2011
Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla
Universidad Complutense de Madrid
Noviciado, 3
28015. Madrid

GRUPO DE INVESTIGACIÓN UCM
“HISTORIOGRAFÍA DE LA LITERATURA GRECOLATINA EN ESPAÑA”

Coordinador de las Jornadas

Prof. Dr. Francisco García Jurado (UCM)

Secretaria académica

Profª Drª Ana González-Rivas Fernández (HLGE)

Comité organizador

Profª Drª María José Barrios Castro (HLGE)
Prof. Dr. David Castro de Castro (UCM)
Prof. Dr. Javier Espino Martín (HLGE)
Profª Drª Cristina Martín Puente (UCM)

Comité científico

Prof. Dr. Joaquín Álvarez Barrientos (CSIC)
Prof. Dr. Antonio Barnés (Univ. San Pablo-CEU)
Prof. Dr. Jorge Fernández López (UR)
Prof. Dr. Eduardo Fernández (Centro Universitario Villanueva)
Profª Drª. Marta González González (UMA)
Prof. Dr. Ramiro González Delgado (UEX)
Profª Drª Pilar Hualde Pascual (UAM)
Prof. Dr. Bernd Marizzi (UCM)
Profª Drª Isabel Velázquez Soriano (UCM)

En la ilustración se reproduce un grabado de William Hogarth titulado “Time smoking a picture” (1761).PROGRAMA DE LAS JORNADAS

23 de noviembre de 2011 (miércoles)

-Sesión inaugural: panorama de la historia literaria a finales del siglo XVIII (Presidencia de Mesa: Marta Torres Santo Domingo. Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla)

Presentación de las jornadas (16:00)

Ponencia inaugural del Dr. Joaquín Álvarez Barrientos (CSIC) (16:15)

-Primera sesión temática (Presidencia de Mesa: Pilar Hualde Pascual)

La enseñanza y los manuales (1)

Entre la Ilustración y el Liberalismo. Los manuales de literatura griega y latina en España (Francisco García Jurado) (17:15)
Las colecciones de textos escolares (Ramiro González Delgado) (17:30)
Historiografía de la literatura latina de los jesuitas expulsos (Josep L. Teodoro) (17:45)

La enseñanza y los manuales (2)

Los manuales de retórica (Jorge Fernández y Eduardo Fernández) (18:30)
Los manuales de poética (Felipe González Alcázar) (18:45)
Las gramáticas latinas: Absolutismo y Liberalismo (Javier Espino Martín) (19:00)
Coloquio (19:15)

24 de noviembre de 2011 (jueves)

-Segunda sesión temática

El mundo editorial y la traducción (Presidencia de Mesa: Marta González)

La Ilustración en las colecciones literarias (David Castro de Castro) (16:00)
Traducciones de los clásicos grecolatinos (Ramiro González Delgado y Marta González) (16:15)
Latín y utilidad pública: el “Vitruvio” de Ortiz y Sanz (Isabel Velázquez Soriano) (16:30)
Latín y utilidad pública: Columela y la agronomía (Ignacio García Armendáriz) (16:45)
Coloquio (17:00)

-Tercera sesión temática

El mundo filológico y erudito (1) (Presidencia de Mesa: Eduardo Fernández)

La incipiente idea de Tradición clásica en España (Antonio Barnés) (17:30)
La “ciencia de los mitos” (Marta González) (17:45)
Wolf y España: transferencias culturales (Bernd Marizzi) (18:00)
Coloquio (18:15)

El mundo filológico y erudito (2)

Turismo y textos clásicos: citas grecolatinas en los relatos de viaje del siglo XVIII (María José Barrios Castro) (18:30)
La moderna epigrafía carolina y fernandina (Rosario Hernando Sobrino) (18:45)
Coloquio (19:00)

25 de noviembre de 2011 (viernes)

-Cuarta sesión temática

El espacio literario (Presidencia de Mesa: Antonio Barnés)

Entre Horacio y Pseudo-Longino. La estética de lo sublime (Ana González-Rivas) (16:00)
Literatura de género histórico (Cristina Martín Puente) (16:15)
Coloquio (16:30)

-Quinta sesión temática

El espacio social y político (Presidencia de Mesa: Ramiro González Delgado)

El mundo social de la Academia Latina Matritense: entre el sistema gremial, la Ilustración y el Liberalismo (Pilar Hualde Pascual) (17:00)
Lucano y Virgilio. Su recepción y status en la Ilustración (Xosé Antonio López Silva) (17:15)
El abate Marchena y Lucrecio: Ilustración y Liberalismo (Pablo Asencio) (17:30)
Coloquio (17:45)

-Clausura (18.00)

domingo, 20 de noviembre de 2011

PUEBLO Y LIBERTAD: UN GRAN MITO ROMÁNTICO

Ya sabéis que los que nos dedicamos a la Historiografía, es decir, a ver cómo los acontecimientos quedan reflejados y explicados mediante palabras, somos algo parecido a los cazadores de mariposas. Intentamos atrapar esa primera vez que un término llegó a acuñarse para crear una nueva realidad. Evocamos hoy a un personaje que contribuyó, acaso sin saberlo, a crear el mito romántico de los "pueblos libres" y cuyos días terminaron, un poco a regañadientes, en el Berlín de comienzos del siglo XIX (en la fotografía, la Universidad Humboldt). Recordad, ante todo, que el hecho de que un pueblo sea "libre" de otros pueblos es una idea netamente romántica, pero esto no quiere decir que los ciudadanos que lo componen también lo sean. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Friedrich August Wolf escribió la que podemos considerar, sin lugar a dudas, como la primera historia de la literatura romana y son muchas las ideas y sensaciones que se cruzan en mi mente al pensar en ello. Mi colega Bernd Marizzi y yo mismo publicamos hace un tiempo la primera versión española de esta obra. Imagino a Wolf componiendo en su partiular arcadia, la Universidad de Halle, aquellas notas académicas en un contexto de renovación cultural, de transición hacia un hipotético mundo mejor. Rodearse de personas como Goethe o los hermanos Humboldt es realmente algo estimulante. Wolf iba a contribuir, acaso sin saberlo, a la construcción de las modernas historias nacionales de las literaturas, antiguas y modernas, al considerar éstas como las legítimas andaduras de sus respectivos pueblos. Aunque Wolf había asumido y asimilado la herencia erudita del pensamiento ilustrado, con sus pretensiones de universalidad, iba a poner una de las premisas más importantes para potenciar los particularismos nacionales. Napoleón hizo el resto al invadir Europa y propiciar así la peligrosa equivalencia entre conceptos tales como "pueblo" y "libertad". Que un pueblo "sea libre" o, en otras palabras, "independiente" de otros, no quiere decir necesariamente que sus ciudadanos sean libres en calidad de tales personas o individuos. Por lo demás, Wolf vive el paso de los presupuestos ilustrados que encierra el concepto de "patriotismo" al nuevo concepto de "nacionalismo". El "patriotismo" ilustrado tiene más que ver con la razón y la condición jurídica de pertener a una nación, mientras que el "nacionalismo" arranca peligrosamente de un sentimiento y de una adscripción racial que la moderna genética ha terminado por revelar como un simple espejismo. El "patriotismo" es un fenómeno propio del siglo XVIII, patrimonio de unos cuantos ilustrados, mientras que el "nacionalismo" es un fenómeno puramente romántico que crea el mito de los pueblos, de sus expresiones "naturales", que por regla general terminaban siendo la historia de sus literaturas (hoy más bien esta expresión vendría dada por el fútbol). En el siglo XIX hay una pretensión consciente de "construir" así el ideario nacionalista de la nación española, sobre todo al calor de las ideas de los liberales moderados. Poco a poco fueron surgiendo los regionalismos, que derivaron en más de un caso hacia verdaderos nacionalismos. En nuestro libro sobre la Historia de la literatura grecolatina durante la Edad de Plata de la cultura española dedicamos cuatro capítulos de veintiuno a tales nacionalismos, desde el punto de vista de la traducción de los clásicos grecolatinos al catalán, gallego, asturiano y vasco.
Sé perfectamente que la gran trampa de estos temas está en plantearlos de manera visceral, pues su estructura laberíntica y las inmensas paradojas históricas que atesoran los nacionalismos son caldo de cultivo para las encendidas discusiones. Pero mi actitud es decididamente diferente, aun a pesar de parecer una persona enervada (entiéndase "enervado" en su acepción propia de persona sin nervios, despojada de pasión). Y vuelvo a Friedrich August Wolf, precisamente cuando tuvo que alejarse de su idílica Halle ante el empuje militar de Napoleón. Su amigo Guillermo de Humboldt, hermano del gran explorador Alejandro, se lo llevó a Berlín, donde estaba creando lo que iba a el gran motor científico de la nueva Prusia: la Universidad de Berlín (en la fotografía). En esa univesidad se consolidó una nueva disciplina como ciencia: la Lingüística. Puede parecer curioso que esa materia no hubiera existido como tal hasta entonces, pues si bien ya había gramáticas desde la Antigüedad éstas pertenecían a ámbitos más bien aplicados del estudio del lenguaje, el ámbito de las "artes" o manuales. También se estudiaba la historia de las lenguas (literarias), como la de la lengua latina o la de la lengua griega. Sin embargo, los nuevos influjos románticos pusieron el interés en los aspectos populares, que facilitaron que el estudio del lenguaje se independizase de los meros documentos "cultos" para ser analizados precisamente en sus manifestaciones populares y folclóricas. Al tiempo que nace la lingüística, nace también el interés por la épica o el cuento popular, pues todo ello tiene la característica supuesta de nacer del "pueblo". Pero ¿quién es el pueblo? Siempre me ha hecho mucha gracia oír cosas semejantes como que tal princesa (hoy fallecida) gozara de la simpatía de su pueblo. No me refiero al hecho en sí de que gozara de simpatía, sino que ese sentimiento emanara de una entidad tan abstracta y difusa como un "pueblo", es decir, la pretensión de una voluntad colectiva e invisible que impera sobre individuos que no se conocen, pero que están unidos por hilos invisibles, para convetirlos en otra cosa. Para los ilustrados, tan pocos y selectos como eran, el pueblo no dejaba de ser algo informe y lejano. Después se creó su mito, se lo llamó incluso con términos propios de la Roma arcaica, como "proletariado", y, por supusto, no se entendió que un pueblo pudiera vivir sin un gentilicio: al calor de los gentilicios clásicos, como romano o griego, nacieron nuevos gentilicios que bautizaban a los nuevos pueblos, ligándolos a supuestas patrias perdidas.
La Univeridad de Berlín, hoy la Humboldt, contribuyó a la creación "científica" del pueblo alemán, pero ya para entonces Friedrich August Wolf, afincado en este nuevo contexto y en la cumbre de su fama, había decidido que aquél no era su mundo. Francisco García Jurado
H.L.G.E.

martes, 15 de noviembre de 2011

La fíbula de Preneste y el sarcófago etrusco del British Museum: la verdad de la mentira y la mentira de la verdad

Esta semana se celebra el CONGRESO INTERNACIONAL "De FALSA et VERA HISTORIA.
Realidad y ficción en la investigación arqueológica, histórica y filológica" en el MUSEO de los ORÍGENES. Tengo una intervención el 18 de Noviembre de 2011, a la diez de la mañana, con el título "La fíbula de Preneste y el sarcófago etrusco del British Museum: la verdad de la mentira y la mentira de la verdad". Este es el resumen. Francisco García Jurado HLGE
Los documentos falsos, o supuestamente falsos, no siempre tienen porqué serlo del todo. Así, por ejemplo, y a pesar de que el Museo Británico se resistió a aceptarlo durante bastante tiempo, finalmente tuvo que reconocer que uno de sus sarcófagos etruscos más singulares, el de los esposos de Cerveteri (BM GR 1873. 8-20. 643 [Catalogue of Terracottas B630]), era falso (Andrén 1986, pp. 67-68; Jones 1990, pp. 30-31). Sin embargo, el sarcófago no era falso del todo, pues estaba compuesto en buena medida por piezas realmente antiguas y etruscas, aunque la suma resultante sí fuera una falsificación. No deja de ser curioso, por lo demás, que, en el caso del sarcófago etrusco, la inscripción que en él se encuentra sea “verdadera”, al haber sido tomada precisamente de una antigua fíbula que se conserva en París, como también son verdaderamente antiguos algunos elementos, aunque no el conjunto. Cabe establecer algunas interesantes analogías entre la fíbula de Preneste y el falso sarcófago de los esposos de Cerveteri. En primer lugar, la intermediación del otro gran anticuario romano, junto a Martinetti, A. Castellani, que en este caso no dona la pieza al British Museum, sino que la vende a buen precio. Si la fíbula de Preneste tiene como referente el Vaso de Duenos, el falso sarcófago mira al verdadero sarcófago de los esposos de Cerveteri (530-510 a.C.) que se conserva en el Museo del Louvre. También cabe señalar la ubicación en un museo y su posterior arrinconamiento en los almacenes. Este problema de mentiras a medias también ha estado presente en la discusión sobre la fíbula de Preneste, ante la posibilidad de que todo el documento fuera falso o de que sólo lo fuera la inscripción.
Desde el año 2008 venimos trabajando en el “Catálogo razonado de manuales de literatura griega y latina en España (1784-1935)”, que constituirá uno de los resultados del PROYECTO PADCAM S2007/HUM-0543. La elaboración de este catálogo dentro del marco general del presente proyecto contempla, a su vez, el estudio de las relaciones planteadas entre la historia de la literatura clásica y las fuentes epigráficas, desde el siglo XVIII, donde ambas materias se englobaban dentro de lo que conocemos como Historia lit(t)eraria, hasta la especialización de su estudio en diferentes disciplinas, entre otras, la historia de la lengua latina, independiente ya de la historia de la literatura romana, al calor del desarrollo de la gramática histórico-comparada. Precisamente, dentro de este amplio marco de estudio historiográfico, y en calidad de investigación asociada al catálogo, hemos revisado las cuestiones relativas a la fíbula desde dos puntos de vista:

a) Realizar una lectura historiográfica de los documentos que han divulgado, legitimado y cuestionado la fíbula de Preneste, tanto los antiguos de 1887 como los modernos de 2011.
b) Indagar en los primeros documentos que divulgaron el conocimiento de la fíbula en España.

La primera cuestión a) se incardina dentro de una interesante circunstancia que tiene lugar durante los decenios de los años setenta y ochenta del siglo XIX, especialmente en Alemania: el desarrollo de una nueva disciplina llamada “Historia de la lengua latina”, independiente ya de la “Historia de la literatura romana”. Se trata de un fenómeno bilateral por parte de ambas disciplinas que arranca con el manual de literatura romana de S. Teuffel (1862): éste crea una suerte de “prehistoria” de la literatura romana, desde los primeros documentos hasta Apio Claudio el Ciego, donde en la práctica margina tales reliquias a una suerte de limbo previo a lo que el autor considera que es la historia de la literatura romana propiamente dicha. El hecho está implicado con el paulatino desarrollo, especialmente a partir del decenio de los años 80 del siglo XIX, de la disciplina que conocemos como historia de la lengua. La presentación de la fíbula se aprovechó del nacimiento y desarrollo de este nuevo paradigma, sin en cual no se hubiera convertido en un objeto tan relevante. Si en 1887 era la lingüística histórica del latín el emergente paradigma científico, ahora, en 2011, será la llamada “química física de los materiales”. Siempre se busca, pues, la legitimación en un nuevo paradigma.
La segunda cuestión b) tiene un interés más parcial, pero da cuenta, ante todo, del proceso de asimilación de la fíbula de Preneste al paradigma de la historia de la lengua latina, que culmina probablemente en 1916 con el Recueil de textes latines archaïques de A. Ernout, libro que marca la divulgación escolar del documento. En España, como veremos, la fíbula aparece precisamente en un manual de historia de la lengua latina (traducido del alemán) publicado en 1922, lo cual quiere decir que entre la presentación pública del documento en 1887 y esta fecha han pasado nada menos que 35 años. FRANCISCO GARCÍA JURADO

viernes, 11 de noviembre de 2011

Encuentros complejos entre autores antiguos y modernos

La historia no académica, cuya hipótesis propongo, se sustenta sobre la multiplicidad de las relaciones literarias, en especial aquellas que se plantean entre autores antiguos y modernos. La noción de "encuentro complejo" responde a esta relación múltiple entre los autores antiguos y modernos que va más allá de los consabidos modelos de influencia o imitación, y cuyas relaciones imprevistas dan lugar a una suerte de contrahistoria de la literatura. Complejidad es un término que debo a Claudio Guillén (véase su introducción al libro titulado "Múltiples moradas"), que aparece en la fotografía, por cortesía de su viuda. La complejidad, al menos en literatura, no tiene que ver con la dificultad, sino con la diversidad frente a lo simple y lo estéril. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Fue en 1999, antes de emprender un viaje académico por Argentina, precisamente al encuentro de mis compañeros Alba Romano, Estela Assis y Rubén Florio, cuando me atreví a poner en limpio mis primeras reflexiones teóricas acerca de la naturaleza de la relación entre los autores antiguos y modernos en las que venía trabajando desde, al menos, 1993. El librito, editado por la Sociedad Española de Eslavistas, gracias al Dr. Jesús García Gabaldón, se publicó con el título de "Encuentros complejos entre las literatura latina y las modernas. Una propuesta desde el comparatismo". Ahora hace más de diez años de aquello, y desde entonces han pasado muchas cosas.
La superación del modelo científico que conocemos como positivista, aquel que entiende que los datos son independientes de cualquier interpretación, fue la piedra de toque de aquella pequeña obra. Las enseñanzas de Claudio Guillén, en especial tomadas de su libro titulado "Entre lo uno y lo diverso", me llevaron a la idea de la literatura como un complejo sistema de relaciones. Ya no se trataba de estudiar o constatar la presencia de un autor antiguo en otro moderno (el modelo llamado "A en B", al estilo de "Horacio en España"), sino la relación, no siempre lineal ni directa, entre el autor antiguo y el moderno. Poco a poco fui llegando, mediante el estudio concreto de autores esenciales, a las ricas configuraciones que, por ejemplo, ponían en relacion al poeta Ovidio con Pushkin como intermediario de Mandelstam, o a Plinio el Joven con Maupassant, que se convertía en intermediario entre el primero y el argentino Julio Cortázar.
En definitiva, configuraciones, articulaciones de una sistema, visiones parecidas a las que los biólogos nos muestran de las estructuras moleculares. La literatura, sus configuraciones históricas, no son más que un conjunto de relaciones inacabables. Precisamente, esta tarde, he terminado de leer y corregir las conclusiones de la tesis de mi discípula Ana González-Rivas Fernández acerca de la compleja configuración que establecen los modernos relatos góticos con la literatura grecolatina. Creo que este trabajo de investigación es la mejor prueba de la validez de aquellos estudios que se sugerían en aquel pequeño libro que viajó a América.
A veces los profesores universitarios nos vemos obligados a teorizar y pensar en herramientas conceptuales para desarrollar nuestras hipótesis. Sin darme cuenta, terminando precisamente el trabajo titulado "Las personas de Ovidio: Osip Mandeltam, Gonzalo Rojas y Antonio Tabucchi. Encuentros complejos entre autores antiguos y modernos" (Res Publica Litterarum. Studies in the classical tradition, 2006, p. 89) di con la definición más precisa que he encontrado para definir mi idea de "encuentros complejos", y con la que termino hoy este blog tan académico:
"La conciencia de la Tradición Clásica convive con la nueva conciencia de la Tradición Moderna, y cabe una productiva interacción entre ambas. A esta relación múltiple entre los autores antiguos y modernos que va más allá de los consabidos modelos de influencia o imitacion y cuyas relaciones imprevistas dan lugar a una suerte de contrahistoria de la literatura es a lo que denominamos "encuentros complejos"". Francisco García Jurado H.L.G.E.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Los "clásicos cotidianos", o el canon personal

Seguimos exponiendo las claves para trazar una historia no académica de la literatura antigua en los autores modernos. Hoy corresponde hablar de un concepto medular, el de "clásicos cotidianos". No se trata de autores que habitan el Olimpo de los más excelsos, sino de aquellas lecturas que nos acompañan a lo largo de la vida. El canon literario suele ser caprichoso. En este caso tan sólo es personal, como querría Italo Calvino. Eça de Queiroz, cuya estatua en Lisbola aparece en la fotografía, nos dio precisamente la idea al hablar de Virgilio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE


El libro de Huysmans con el que comenzábamos el blog anterior dio lugar a reacciones literarias diversas. Resulta muy interesante que uno de los mayores escritores portugueses de todos los tiempos, José María Eça de Queiroz, escribiera al final de su vida una emotiva novela titulada La ciudad y las sierras, encaminada, precisamente, a ir a contracorriente de la novela de Huysmans. La situación plateada con esta novela póstuma no deja de ser curiosa, y en ella han reparado críticos como Alfonso Reyes[1] cuando observa que se trata de una historia “al revés” con respecto a la propia obra de Huysmans. Podría pensarse que estamos ante una obra reaccionaria, pero no lo es en absoluto, como vamos a intentar demostrar. De manera inversa al personaje de Huysmans, que se aleja de los clásicos como Virgilio y del canto que hace a la vida en contacto con la naturaleza, Eça de Queiroz nos describe cómo su personaje, Jacinto, presa también del spleen de la vida parisina, vuelve a su tierra natal portuguesa, precisamente a su villa en el campo, y allí emprende una existencia bucólica que no por ello estará ajena a los problemas sociales de su gente. La novela, de hecho, presenta aspectos comunes con el regeneracionismo hispánico, lo que la hace todavía más interesante. Para el asunto que aquí nos ocupa, un lector perspicaz podría intuir que en algún momento de la historia habría de aparecer el poeta Virgilio, como ocurre, en efecto. De los dos pasajes de la novela en que se recrean sus versos hay uno fundamental, ya que el protagonista de la novela termina por quedarse plácidamente dormido sobre un libro del poeta:

"Sobre una de esas tablas descansaban dos espingar­das; en las otras aguardaban, diseminados, como los pri­meros doctores llegados a un concilio, algunos nobilísi­mos volúmenes, un Plutarco, un Virgilio, la Odisea, el Manual del Epicteto y las Crónicas de Froissart. Después, en ordenadas hileras, sillas de enea, muy nuevas y lus­trosas. Y en un rincón, un mueble para bastones.
Todo resplandecía de orden y limpieza. Los postigos entornados protegían contra el sol, que de aquel lado caía ardientemente escaldando los ventanales de piedra. Olían los claveles. Del suelo, lavado con agua, emanaba en la tamizada penumbra una blanda frescura. Ningún rumor turbaba los campos ni la casa. Tormes dormía bajo el esplendor de la mañana santa. Y, vencido por aquella consoladora quietud de convento rural, acabé por tenderme en un sillón de junco junto a la mesa y abrir lánguidamente un tomo de Virgilio, murmurando, sin más que apropiar ligeramente el dulce verso que leí primero:

Fortunate Jacinthe! Hic, inter arva nota
et fontis sacros, frigus captabis opacum...[2]

¡Afortunado Jacinto, en verdad! ¡Ahora, entre los campos, que son tuyos, y las fuentes que te son sagradas, encuentras finalmente sombra y paz!
Leí todavía otros versos. Y, con el cansancio de las dos horas de camino y de calor desde Guiaes, acabé por dormirme irreverentemente sobre el divino bucólico." (La ciudad y las sierras, pp.160-161)

En otro lugar[3], hemos sugerido cómo esta dulce siesta no tiene nada de inocente, sino que encierra un significado trascendente. El personaje de Eça de Queiroz no ha regresado simplemente a Virgilio como el poeta privilegiado del canon académico, sino en calidad de amigo personal y, sobre todo, de lectura vital. Se está desarrollando una actitud diferente hacia el clásico que al cabo del tiempo será común entre diferentes autores del siglo XX, y que Italo Calvino supo captar perfectamente en los ensayos que conformaron su libro titulado Por qué leer los clásicos (Barcelona, Tusquets, 1992). Esta nueva actitud hacia el clásico, que nosotros denominamos «clásico cotidiano», podría definirse, al menos, por cuatro características esenciales:

-El clásico está íntimamente ligado a la experiencia vital. Bioy Casares nos ofrece un particular testimonio de lo que decimos cuando nos habla de Aulo Gelio:

"Pocos objetos materiales han de estar tan entraña­blemente vincula­dos a nuestra vida como algunos libros. Los queremos por sus enseñanzas, porque nos dieron pla­cer, porque estimularon nuestra inteligencia, o nuestra imaginación, o nuestras ganas de vivir. Como en la rela­ción con seres humanos, el sentimiento se extiende tam­bién al aspecto físico. Mi afecto por las Noches Áticas de Aulo Gelio, dos tomitos de la vieja Biblioteca Clási­ca, abarca el formato y la encuadernación en pasta espa­ñola." (Adolfo Bioy Casares, "A propósito de El libro de Bolsillo de Alianza Editorial y sus primeros mil volúmenes", en D. Martino, ABC de Adolfo Bioy Casares, Alcalá de Henares, Ediciones de la Universidad, 1991, p. 179)

-Forma parte de una biblioteca personal de lecturas, frente al tradicional canon académico. Los clásicos se ordenan a la manera de una antología de lecturas o, en palabras de Alfonso Reyes, una “antología inminente”[4].

-Tiene una función educadora esencial, consistente en la enseñanza para la vida. Esta función no está necesariamente ligada a los años escolares, ya que si bien algunos clásicos han podido conocerse durante esta etapa (sería el caso de Virgilio) otros forman parte de lecturas de la edad adulta (así ocurre con Aulo Gelio).

-Frente a la lucha agonística por la originalidad y la superación de los modelos (la conocida tensión entre clasicismo y romanticismo) el clásico se convierte en un relajado compañero de viaje.

Esta concepción relajada de los clásicos que presenciamos en la novela postrera de Eça de Queiroz y que luego recoge Calvino es, en buena medida, precursora de una consideración abierta de los clásicos sin la cual no sería posible entender cuál es la compleja relación de los autores antiguos con la literatura moderna. FRANCISCO GARCÍA JURADO



[1] Alfonso Reyes, Obras completas XII, México, FCE, 1969, pp. 136-137.
[2] Se trata de una cita de Verg.Ecl.1,51-52, donde se ha cambiado senex por Jacinthe y flumina por arva, sin tener en cuenta la métrica del hexámetro: fortunate senex, hic inter flumina nota / et fontis sacros frigus captabis opacum.
[3] “«Clásicos cotidianos», o libros que ayudan a vivir. Entre Virgilio e Italo Calvino”, ahora en Modernos y Antiguos. Ocho estudios de literatura comparada.
[4] “Toda historia literaria presupone una antología inminente”, Alfonso Reyes, “Teoría de la antología”, en La experiencia literaria, Obras completas XIV, México, F.C.E., 1962, p. 137.

lunes, 7 de noviembre de 2011

La modernidad y sus melancolías: historia no académica

En una conocida novela de Oscar Wilde se describe un estado de ánimo concebido como una enfermedad propia de artistas: “(...) enfermo de ese tedio, de ese terrible taedium vitae, que se apodera de aquellos a quienes la vida no niega nada”. Esta enfermedad del espíritu recibe comúnmente el nombre de spleen, y también se alude a ella con las palabras latinas de taedium vitae. Esta melancolía da lugar a una genuina forma de historia no académica de la literatura, o historia al revés. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE


Nuestro término “melancolía” puede recoger, aunque sólo en parte, el concepto que nos interesa. Esta enfermedad del espíritu creador ha de remitirse a un momento histórico, las postrimerías del siglo XIX, y tiene que adscribirse a un autor determinado, el francés Joris Karl Huysmans. Huysmans crea un personaje, el decadentista Des Esseintes, que ha sido inspirador de creaciones literarias como la de Dorian Gray, personaje que es, precisamente, lector del autor francés[1], el Marqués de Bradomín de Valle Inclán, o un antagonista llamado Jacinto en la novela póstuma de José María Eça de Queiroz, de quien hablaremos más adelante. Uno de los aspectos más característicos de Des Esseintes es su reacción contra un mundo burgués, bienpensante y autosatisfecho. Asimismo, se rebela contra la naturaleza, rompiendo con uno de los más arraigados preceptos de la estética clásica acerca de la capacidad imitadora que tiene el arte con respecto a la naturaleza, por lo que decide aislarse en un mundo de artificios. Esa sociedad bienpensante que queda fuera de su residencia abarca también a la Universidad y los críticos académicos. Por ello, resulta muy interesante ver cómo se dedica un capítulo entero de la novela a invertir los cánones de la literatura latina. Si Virgilio aúna en su persona la circunstancia de ser la cumbre del canon de la literatura latina y el gran cantor de la naturaleza, hay dos motivos básicos para mostrar un radical desprecio hacia él, así como a todo el denominado periodo augusteo de esa literatura:

“Entre otros, el dulce Virgilio, al que los pedantes apodan «el cisne de Mantua», sin duda porque no nació en esta ciudad, le parecía uno de los más terribles maestros de escuela, uno de los más siniestros lateros que la antigüedad haya producido nunca. Sus pastores lavados y emperifollados, tirándose por turno a la cabeza pucheros llenos de versos sentenciosos y helados; su Orfeo, a quien compara con un ruiseñor lacrimoso; su Aristeo, que lloriquea a causa de las abejas, y su Eneas, ese personaje indeciso y alfeñicado que se pasea, cual una sombra chinesca, con gestos de madera, detrás del transparente mal sujeto y mal engrasado del poema, le exasperaban. Habría aceptado las fastidiosas faramallas que esos monigotes cambian entre sí en un rincón; habría aceptado hasta los impúdicos hurtos hechos a Homero, a Teócrito, a Enio y a Lucrecio; el simple robo que nos ha revelado Macrobio del segundo canto de la Eneida, casi copiado palabra tras palabra de un poema de Pisandro; toda la inenarrable vacuidad, en fin, de ese montón de cantos. Pero lo que le horripilaba más era la factura de esos hexámetros que sonaban a hojalata, a caldero vacío, y prolongaban sus raciones de palabras pesadas por kilos con arreglo a la inmutable receta de una prosodia presuntuosa y seca; era la contextura de esos versos rasposos y engolados en su indumento oficial y en su bajuna reverencia a la gramática, de esos versos cortados mecánicamente por una imperturbable cesura, siempre de la misma manera, por el choque de un dáctilo contra un espondeo (...) (J.K. Huysnams, Al revés. Prólogo de Vicente Blasco Ibáñez. Versión española de Germán Gómez de la Mata, Valencia, Prometeo, ca. 1919, pp. 74-75)

En este texto, al margen de la sorpresa que pueda depararnos, hay una serie de aspectos muy interesantes que conciernen a la propia historia de la literatura y de la crítica contemporánea a Huysmans. Por una parte, estamos ante un autor que tiene clara conciencia de esa disciplina tan propia del siglo XIX que es la historia de la literatura. La literatura concebida en su historicidad es fruto del romanticismo y del positivismo. Ésta divide las creaciones literarias de una nación por géneros y periodos cronológicos. Por otra parte, puede resultar inesperado que una literatura como la latina desempeñe un papel en la conformación de unos juicios estéticos que atañen directamente a uno de los movimientos artísticos que se convierten en prototipo de lo moderno, como el decadentismo. Pero a cualquier especialista en este periodo no se le escapa el conocimiento que autores como Baudelaire tenían de los clásicos. De hecho, la denominación peyorativa de “decadente” aplicada a la literatura latina que se escribe a partir del siglo II (desde Lucano, concretamente) es la que, por analogía, luego se vino a aplicar a los poetas modernos.



Habida cuenta de lo que decimos, deberíamos indagar acerca de lo que hay de verdad y de impostura en el texto de Huysmans. No nos parece que su reacción sea tanto contra Virgilio, el autor latino que se convierte en la diana de sus retorcidos dardos, como contra una visión de la literatura, oficial y académica, que establece o impone unos cánones determinados. De esta reacción contra la historia oficial de la literatura, sustentada y difundida por las cátedras universitarias así como por los manuales oficiales va a derivar un postura al margen de lo oficial, una actitud no académica, que terminará desarrollándose de maneras muy diversas a lo largo de las numerosas obras literarias que se han escrito desde finales del siglo XIX. Desde hace tiempo venimos estudiando la manera en que se manifiesta una literatura clásica como la latina en las letras modernas. Intentamos escudriñar la naturaleza de las citas o juicios críticos que nos encontramos de forma inesperada al leer una obra literaria moderna. En este afán por encontrar unas claves comunes que den cuenta de estos testimonios hemos llegado a articular una hipótesis de trabajo, como es la de suponer que estamos ante una historia no académica de la literatura. FRANCISCO GARCÍA JURADO
[1] “El héroe de la maravillosa novela que tanto influyó en su vida conocía por sí mismo aquellas curiosas fantasías. Cuenta en el capítulo VII que se sentó, coronado de laurel, como Tiberio, en un jardín de Capri, leyendo los imprudentes libros de Elefantina, mientras unos enanos y unos pavos reales se contoneaban a su alrededor, y el tocador de flauta se burlaba del turiferario y, como Calígula, estuvo de francachela en las cuadras con caballistas de camisas verdes, y cenó en un pesebre de marfil con pedrerías; y como Domiciano, se paseó por una galería recubierta de espejos de mármol, mirando a su alrededor con ojos alucinados, pensando en la daga que iba a terminar sus días, enfermo de ese tedio, de ese terrible taedium vitae, que se apodera de aquellos a quienes la vida no niega nada; y examinó, a través de una clara esmeralda, las sangrientas carnicerías del circo, y después, en una litera de perlas y de púrpura tirada por mulas herradas de plata, le transportaron por la Vía de las Granadas hasta la Casa de Oro, y oyó gritar a los hombres a su paso: «¡Nero César!», y como Heliogábalo, se pintó la cara, tejió en la rueca entre mujeres, e hizo traer la Luna desde Cartago y la dio al Sol en unos esponsales místicos” (Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray. Trad. De Julio Gómez de la Serna, Barcelona, Orbis-Origen, 1982, p. 202).