jueves, 23 de febrero de 2012

El incencio de Roma del año 64 (primera parte)

Pocas imágenes de la historia de Roma continúan estando hoy tan vivas como la de Nerón cantando con su lira ante el pavoroso incendio que asoló una gran parte de la Ciudad Eterna el verano del año 64. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. Grupo UCM de investigación "Historiografía de la literatura latina"

En el año 64 de nuestra era se declaró un terrible incendio por los barrios más populosos de Roma. Fue tan devastador que duró varios días. No sabemos si fue Nerón quien provocó esta catástrofe. En todo caso, el emperador aprovechó la circunstancia para emprender la reconstrucción de Roma y levantar un palacio colosal: la Domus Aurea o Casa Dorada. Como casi siempre en estas circunstancias, los grandes perdedores fueron las capas populares de Roma. En particular, hubo una “secta” que fue acusada de haber provocado aquel incendio: los cristianos. Las interpretaciones sobre los hechos de este incendio continúan siendo hasta hoy controvertidas.
EL INCENDIO DE ROMA DEL VERANO DEL 64

El incendio de Roma del año 64 descrito por Suetonio en la Vida de Nerón y por Tácito en el libro 15 de los Anales sigue hoy día constituyendo uno de los episodios más conocidos de la agitada historia de la Roma imperial. Gracias, primero, a la obra de los historiadores antiguos y, después, a los modernos relatos históricos, en especial la novela Quo vadis?, escrita por el polaco Sienckiewicz, podemos imaginar al emperador Nerón cantando con su lira un poema sobre la caída de Troya mientras contempla extasiado el pavoroso incendio. Sea verdad o fabulación, Nerón ha pasado a la Historia como uno de los mayores pirómanos jamás conocidos.

De lo que no cabe duda es de que el desastre llegó a asolar una gran parte de Roma, como si se hubiera producido una invasión enemiga. La zona más afectada fue la que luego acabaría correspondiendo a los alrededores del Coliseo. El incendio se declaró una noche de julio, en la parte del Circo que está más cerca de los montes Palatino y Celio. Las llamas se propagaron de manera virulenta, pues esa parte de Roma estaba constituida por un entramado de callejuelas y casas hacinadas. Tácito describe con tonos vivos cómo aquel lugar se convirtió en una trampa mortal para sus habitantes, ante la rapidez con la que se extendía el fuego. En poco tiempo, gracias al viento, alcanzó las proporciones del Circo y se extendió por las zonas llanas para luego subir por las irregulares manzanas. Las capas sociales más desfavorecidas se llevaron la peor parte, ya que sintieron primero el miedo a la muerte y, en caso de sobrevivir, la desolación de haberlo perdido todo. Las calles estaban atascadas por el tumulto de personas, pues mientras unas corrían para salvarse y otras no podían huir tan rápido de una muerte cierta. Como suele ocurrir en las desgracias colectivas, entre tanta desesperación y pavor hubo quien aprovechó para hacer rapiña e incluso seguir quemando otros lugares con la ayuda de teas. Algunos piensan que estos incendiarios seguían órdenes concretas, quizá del mismo emperador.

Tras seis días interminables de devastación sin tregua se había logrado habilitar cerca de las Esquilias una zona abierta para servir de cortafuegos. Es entonces cuando, según Tácito, volvió a declararse un segundo incendio, ya en zonas más abiertas de la ciudad. El foco de este nuevo incendio estaba en el barrio Emiliano, en una finca de Ofonio Tigelino. Tigelino era un siniestro personaje y la mano derecha de Nerón, que incluso participaba en las orgías privadas de éste. El nuevo incendio, si bien no provocó tantas víctimas como el primero, arrasó numerosos templos y lugares de recreo, de manera que contribuyó aún más a la sensación de ruina colectiva. La magnitud del desastre, ahora más monumental que propiamente humano, hizo concebir la sospecha de que Nerón pretendía fundar una nueva ciudad sobre las ruinas de Roma. Ciertamente había motivos reales para creerlo, pues de las catorce regiones en que se dividía la urbe sólo cuatro habían quedado completamente ajenas al desastre. Quizá ahora el capricho de Nerón había llegado muy lejos.

LA FIGURA DE NERÓN

Resulta innegable que, independientemente de la participación real del emperador en los sucesos, este gran incendio de Roma no puede narrarse al margen de su persona. De hecho, al día siguiente de haberse declarado el primer incendio Nerón volvió de su villa de recreo, en Anzio, cuando las llamas tocaban ya sus propiedades palaciegas, que tampoco se libraron del fuego. Aquí es donde, según nos cuenta Tácito, corrió la voz de que Nerón no había tenido mejor ocurrencia que subirse a un escenario dispuesto en su propia casa para cantar la destrucción de Troya, como si la mítica y lejana historia contada por los grandes poetas tuviera ahora un excelente marco para su memorable recuerdo. No hay constancia cierta de que el emperador cometiera semejante excentricidad. Más bien, parece que tiene mucho de leyenda, sobre todo cuando vemos que las otras dos fuentes antiguas relevantes sobre el incendio sitúan a Nerón en lugares distintos al referido por Tácito. Suetonio nos cuenta que hizo este canto desde la llamada torre de Mecenas, sobre el monte Esquilino, y Dión Casio, por su parte, dice que fue en la zona alta de palacio. Sin entrar en la veracidad de este hecho, el emperador ya había dado muestras suficientes de su carácter estrafalario para que la leyenda de su canto ante las llamas fuera, cuando menos, creíble. Gracias a la historia, a la novela y al cine, podemos imaginar cómo al tiempo que decenas de personas morían o huían ante la desolación más absoluta, el emperador convertía la desgracia común en improvisado escenario para una de sus acostumbradas locuras. Pero el emperador no se había comportado siempre de esta manera tan esperpéntica.

Conviene recordar que Nerón había sido aclamado imperator a los diecisiete años, en el 54. Cuando se declara el incendio lleva, por tanto, diez años a la cabeza del imperio. El primer lustro había resultado un ejemplo de respeto a las tradiciones políticas romanas, gracias a la excelente educación recibida de sus maestros Séneca y Afranio Burro. Fue una época tan benigna que se la denominó el quinquennium aureum (“el quinquenio dorado”), si bien no era oro todo lo que relucía, pues ya durante este período había comenzado el emperador a derivar hacia un nuevo modelo despótico. El punto de partida lo marcó el asesinato de su propia madre, Agripina. De esta forma, Nerón se fue alejando paulatinamente del modelo inicial, basado en las viejas costumbres romanas, para convertirse en un monarca absoluto al estilo oriental, dentro de una política fuertemente marcada por el personalismo. Para ello, Nerón contaba con la simpatía de la plebe y se había ido rodeando de nuevos consejeros, como Tigelino, debilitando así la autoridad de sus viejos y honorables maestros.

De esta forma, cuando llegamos al año 64, fecha del incendio de Roma, parece que este proceso de cambio ha culminado: la vieja nobleza se siente marginada y maltratada frente al auge de personas provenientes de otras clases, como el orden ecuestre. Nerón ha logrado hacerse con un apoyo social variado y suficiente para su nuevo proyecto político, el neronismo. En estas circunstancias, si bien el incendio pudo ser una mera casualidad, acabó convirtiéndose, al mismo tiempo, en todo un síntoma de este nuevo estado de cosas. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

domingo, 19 de febrero de 2012

Paradojas en la historia de la enseñanza

Ahora que la asignatura de Educación para la ciudadanía vuelve a los titulares de prensa, con toda la carga ideológica que esto conlleva (la sempiterna historia de buenos y de malos, o la versión descafeinada de las dos España de Machado), me viene a la memoria una pequeña historia que he tenido ocasión de estudiar en mi investigación sobre la enseñanza de la literatura latina en la España del siglo XIX. ¿Os imagináis que el manual de Educación para la ciudadanía más vendido en España hubiera sido escrito por un sacerdote de ideología conservadora que, para colmo, no creyera en la legitimidad de la asignatura? Pues esto ocurrió en la España del siglo XIX con la enseñanza de la literatura latina. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Las disciplinas de carácter histórico entraron en el panorama educativo español tras la muerte de Fernando VII. Pensad que, gracias a la Historia o al cambio de un estado de cosas, el tercer estado, llamado quizá impropiamente burguesía, había logrado el protagonismo político al que venía aspirando. Es normal que las personas poderosas que se identificaban con el antiguo régimen no quisieran saber nada de la Historia, y mucho menos de su enseñanza, que marcaba ya un sesgo decididamente liberal a la educación. Por ello, no es tan inocente cuando vemos cómo durante el decenio de los años 40 del siglo XIX políticos como Gil de Zárate legitiman las enseñanzas históricas. La literatura latina, o la española, herederas de las historias literarias del siglo XVIII, más el componente romántico de convertirse en literaturas nacionales, entraron en la escena educativa como alternativa a los intemporales estudios de poética y retórica. Así pues, profesores liberales que se identificaban plenamente con el nuevo estado de cosas de la etapa isabelina tuvieron a bien crear manuales y programas de curso que ayudasen a la realización de los nuevos principios de la flamante enseñanza pública. Alfredo Adolfo Camús fue uno de los más importantes compiladores de manuales y programas. Lo más curioso de todo esto es que el presbítero Jacinto Díaz y Sicart (1809-1885), nacido en Vallfogona de Riucorb (Segarra) y personaje de un ideología marcadamente reaccionaria con respecto al nuevo estado de cosas, fue el autor de mayor éxito editorial a la hora de publicar manuales de literatura latina en España. Estudió gramática latina y retórica en la localidad de Igualada. Después, a partir de 1822, cursó filosofía y derecho en Cervera, donde logra el titulo de bachiller en leyes (1829), así como doctor en cánones tres años más tarde. En Cervera fue profesor desde 1832 a 1835. Entre 1835 y 1839 vivió en Italia como preceptor de dos nietos de su antiguo protector, Llàtzer de Dou. Después pasó a desempeñar la cátedra de retórica en el seminario de Vic. En 1847 pasó a ocupar la cátedra de literatura latina en la Universidad de Barcelona. Precisamente en esta ciudad fue nombrado miembro de la Academia de Buenas Letras en 1852. Se trasladó después a la Universidad de Sevilla, pero logra regresar a Barcelona en 1867, al conseguir la cátedra de historia de la literatura griega y latina. En 1879 sucedió al helenista Bergnes de las Casas como decano de la facultad de letras y tuvo entre sus alumnos a Marcelino Menéndez Pelayo. Se jubiló en 1885, y pasó la última etapa de su vida en el Monasterio de Montserrat como postulante. Pues este es el autor que más manuales de literatura latina publicó en la España liberal. Su primer manual apareció en 1848, y siguió publicándose, con modificaciones que en nada afectaban ni a la estructura ni a su planteamiento, hasta 1879. Este autor siempre creyó que la enseñanza de los tiempos de Fernando VII había sido mejor que la de los nuevos tiempos liberales. Recuerdo a los pacientes lectores que hayan llegado hasta aquí leyéndome que el rey absolutista había mandado promulgar un ley de educación, conocida como el Plan Calomarde, que estaba dirigido a los súbditos del reino. La nueva educación liberal ya no hablaba de súbditos, sino de ciudadanos, pero éstos, en opinión de Jacinto Díaz, eran ahora mucho más ignorantes (la consagración de los "asnos eruditos" de los que nos habla Forner en el siglo XVIII) y la literatura latina, que poco a poco fue alejándose del conocimiento de la lengua latina, no era más que una materia para parleros de diario. En fin, qué pocas cosas importantes cambian en nuestro comportamiento social y humano. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 16 de febrero de 2012

Pequeños mundos y frustraciones vitales

Un buen día tuve que componer el rótulo que ahora figura en nuestro buzón de correo postal, el que compartimos María José y yo. Aquel día, en un arranque de buen humor y también de reconocimiento, decidí colocar delante de nuestros nombres de pila el título académico que tantos años de fatigas supuso, tantos buenos ratos y sinsabores. Se trataba de esas lacónicas iniciales de "Dr." que vienen a decir que tenemos el grado de doctores. No se trata en absoluto de un acto vanidoso, en todo caso lo es de orgullo. Si otras personas lucen sus flamantes coches (que en definitiva serán chatarra al pasar unos ocho años) por qué nosotros tenemos que esconder ese título que nos sitúa en la culminación de nuestro ciclo formativo. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Cierta vez, José Saramago se quejaba con cierta ironía de que a los escritores les preguntaban siempre en qué gastarían el dinero que habían recibido por un premio, pero no a los futbolistas. Parece que las personas que se dedican a actividades intelectuales tienen, además, que llevarlo en silencio. Sé de sobra que el título de doctor no es algo que en España sirva para lucirse demasiado (sin embargo, en Italia hay mucho "dottore" que es lo que aquí era ser licenciado con una tesina), pues ni tan siquiera se sabe a menudo qué es eso. El "doctor" se confunde, sin más, con el "médico", al margen de que éste haya hecho o no la tesis doctoral. Nuestro mundo de profesores e investigadores es muy pequeño, casi invisible (como la historia cultural del latín a la que tantas horas de pasión dedico), y los años invertidos en escribir una tesis doctoral a menudo no obtienen ni la añorada recompensa de poder trabajar en la universidad o en un centro de investigación. Para poco más sirve, si exceptuamos el amor propio. Cabría pensar, desde fuera, que al menos dentro de nuestro mundo académico este título tiene su reconocimiento, si quiera moral, entre los colegas. Sin embargo, nuestro mundo, como el de los escritores o los artistas, se fundamenta sobre las jerarquías ciegas (no sobre la autoridad) y el cainismo. Entre los universitarios el doctorado no pasa de ser un largo trámite que hay que cumplir, a ser posible en una etapa inicial de la vida académica. Quien logra su título de doctor y luego pasa a trabajar, pongamos por caso, en la enseñanza media, se ve rodeado a menudo por compañeros que consideran aquello como algo lejano e innecesario y que de alguna manera tienden una frontera invisible entre ellos y el "estrafalario" doctor (estoy generalizando demasiado, lo sé y pido disculpas). Si las cosas son tal como las pinto, alguien puede preguntarme para qué se hace una tesis, al margen de quien tenga la esperanza de poder llegar a ser profesor universitario o investigador. Yo le contestaría que a menudo se hace por aquellas cosas que no pueden vivirse más que cuando se ha trabajado en una tesis. Guardo recuerdos muy gratos de las horas que pasé estudiando, recopilando bibliografía y pasando alguna que otra estancia en el extranjero. Por unos años mi tesis fue un pequeño mundo, algo irrepetible, lleno de matices y sutilezas. Recuerdo cómo fui articulando mi tema de investigación hasta lograr decir algo nuevo y original. Hoy he visto un ejemplar de mi tesis tirado en el ático de una casa que ya no habito. Está encuadernado en verde, y recuerdo todavía la emoción de ir a la encuadernación para recogerlo. Cuesta sentir ya esa emoción, pero la tesis está ahí con todos sus recuerdos de juventud. Se trata de un esfuerzo a menudo desproporcionado para el resultado que de él se obtiene, pero quizá la vida en general sea algo parecido a una gran tesis.
Este blog es hoy para todas aquellas personas que dejasteis muchos días de vuestros veintitantos años, irrepetibles y dorados, entre fotocopias de artículos en alemán y esquemas complejos. El esfuerzo que se hizo ya no se puede deshacer, al menos eso nos queda.
Francisco García Jurado H.L.G.E.

martes, 14 de febrero de 2012

Pilar Rubio y Winckelmann: la belleza como Historia

A menudo, la difícil explicación de algo encuentra su evidencia en un hecho cotidiano. Cuando intento dar razones acerca de por qué la Historia del Arte Antiguo, hija del culto a Grecia de Winckelmann, cambió esencialmente la percepción de las obras, siempre hay quien recela, pues creemos a pie juntillas que las “cosas son lo que son”, ahora y siempre. Pero mira por dónde la guapa presentadora Pilar Rubio posa involuntariamente desnuda en este gélido mes de enero del 2012. En realidad, estas fotos que ahora aparecen en la revista Interviú se hicieron para la revista Tiempo, concretamente para un reportaje sobre la censura, y la imagen de la presentadora ya no coincide con su imagen actual. Ella va a demandar a Interviú por publicar aquellas fotos ahora sin su permiso. La pregunta clave, para mí, está en el hecho de preguntarnos si realmente la foto que apareció en la revista Tiempo es la misma foto que ahora aparece en Interviú. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Ha habido muchos casos de fotografías de desnudos que, inéditas, aparecían publicadas en una revista sin el consentimiento de la persona más implicada. Este caso es distinto, pues al menos dos de las fotografías ya habían aparecido antes publicadas. El quid de la cuestión está en el hecho de que, ahora, estas fotos no muestran a una bella modelo desconocida enseñando sus encantos, sino a una mujer muy famosa. La lectura de la belleza cambia, cómo no, dependiendo de que haya o no un nombre propio. No es igual la estatua antigua de una Venus cualquiera que la de la Venus de Milo, y no es igual una estatua de un Apolo cualquiera que la del Apolo de Belvedere. Winckelmann creó la Historia del Arte Antiguo, y con ello generó a lo largo de los siglos XVIII y XIX un deseo voraz de obras de arte grecorromanas. Hizo ver, además, que el arte era también Historia, en especial el griego, cuya evolución había sido vertiginosa. La fotografía que ahora vemos de la presentadora también es histórica. Representa a una mujer diferente de la que ahora es (y no digamos de la que será, e incluso de la que dejará de ser cuando pase mucho tiempo). La fotografía viene a ser, por así decirlo, como una Koré griega, o una de esas bellas estatuas arcaicas que nos sugieren cómo era el arte antes de llegar a su estado clásico. Esta fotografía, supone, por tanto, en febrero de 2012, un conocimiento y una temporalidad que no tenía cuando se publicó por primera vez en la revista Tiempo. Ahora la modelo no adorna la fotografía, sino que cobra todo el protagonismo, dejando al margen la pretensión de ilustrar el tema de la censura. La modelo deja de ser anónima alegoría de la "verdad desnuda" para convertirse en Pilar Rubio. La interpretación de la fotografía ha cambiado radicalmente, y apenas podemos reconocer el significado originario con el significado presente. La corporeidad ahora no es sólo eso, tiene un nombre propio que convierte este cuerpo en único. De igual manera que ocurre con el Quijote borgiano de Pierre Menard, donde el mismo texto significa, en otra circunstancia y escrito supuestamente por un nuevo autor, cosas absolutamente nuevas, esta nueva publicación de una misma fotografía ya no tiene nada que ver con su primigenia motivación. Como veis, las diferencias entre la misma fotografía a uno y otro lado del tiempo hace que ésta se convierta en dos cosas esencialmente distintas. Tiene razón la presentadora en demandar a quien le parezca oportuno, no podemos bañarnos dos veces en un mismo río. FRANCISCO GARCÍA JURADO

domingo, 12 de febrero de 2012

Las altas sombras de las montañas

Un joven muchacho estudia latín en Ginebra (en la fotografía) durante los años de la Primera Guerra Mundial. Esa mañana fría de enero ha comenzado a estudiar y a memorizar la primera bucólica de Virgilio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE


Dos cosas le han llamado la atención, y ahora las va recordando al tiempo que camina de regreso a su casa, cerca de la Iglesia rusa. Ha leído un verso, "lentus in umbra", y el profesor le ha comentado que aquí el adjetivo significa "relajado". También le ha conmovido el final de la obra:





Et iam summa procul villarum culmina fumant


Maioresque cadunt altis de montibus umbrae.





Recuerda de memoria estos dos versos, al tiempo que los traduce para sí en castellano: "Y ya humean a lo lejos las chimeneas de las casas, y grandes sombras descienden desde los altos montes". Desde Ginebra, el niño puede ver esos mismos Alpes que Virgilio evoca en su égloga. Ahora comprende mejor la belleza de las tardes, con una luz dorada que a menudo le causa una rara sensación de tristeza. Qué bello final, piensa para sí, cuántas sensaciones. Al cabo de unos años, este adolescente será ya un prometedor poeta, y publica "Fervor de Buenos aires". Allí seguirá pensando que "lentus" no siempre es "lento", y no olvidará las altas sombras que caen de los montes al atardecer. En el poema “Rosas” dirá:



"Como la sombra de una montaña remota" (v. 12),




y no contento con esta mera imagen, en su poema “Jardín” hablará de:



"Los estériles cerros silenciosos


Que apresuran la noche con su sombra" (vv. 10-11)



Y el "procul" latino ahora se convierte, en su poema “Caminata”, en pura "lejanía":





"Olorosa como un mate curado


La noche acerca agrestes lejanías" (vv. 1-2)


La tarde, la lejanía y la sombra. Virgilio se convierte aquí en algo más que una mera referencia literaria. Ahora somos los lectores los que encontramos la felicidad al reconocer a Virgilio tras estas imágenes poéticas. Descubrimos también la exquisitez de la lectura atenta y vivida. Nos vamos a convertir en algo más que meros lectores. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 9 de febrero de 2012

El deber del juez, o la ambigüedad de la justicia, según Aulo Gelio

Cuando Luis Vives recrea en su Templo de las leyes la idea que de los jueces tiene el filósofo estoico Crisipo está, en realidad, recordando un capítulo de las Noches áticas de Aulo Gelio, particularmente el capítulo cuarto del libro 14. Dice así Vives: “Estos jueces, si quisiesen adoptar los principios de la justicia que los rige, cuya imagen pintó estupendamente el filósofo estoico Crisipo, se mostrarán graves, santos, incorruptibles, severos, inalcanzables para la adulación, castos, serenos, prudentes, sin dejarse influir por el favor, ni intimidar por el temor de los hombres; estarán libres de odios, amistad, ira y misericordia; no sentirán nunca codicia de dinero, ni se dejarán someter ante las huestes de la plata.” (Juan Luis Vives, El templo de las leyes, en Diálogos y otros escritos. Introducción, traducción y notas de Juan Francisco Alcina, Barcelona, Planeta, 1988, p. 172). En realidad, el capítulo que vamos a leer nos ofrece la oportunidad de percibir aspectos autobiográficos tamizados por una buena narración con tono de cuento. Aulo Gelio no podía ser un juez más, o simplemente uno de los ambiciosos jóvenes del foro. La cuestión, por lo demás, no ha perdido actualidad. Cuántas veces nos escandaliza una noticia de prensa donde leemos que un juez ha tomado una decisión discutible, o el propio carácter ambiguo que a menudo presenta la justicia, entre el sentido común y la ciega práctica legal. Más allá de los fundamentos jurídicos, al fin y al cabo el juez es una persona que tiene que dictar sentencia en unas condiciones y un momento dado. Disfrutad del texto de Aulo Gelio, traducido por mí. Recordad que leer a los clásicos nunca está de más. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE.





De qué forma disertó Favorino al preguntarle yo sobre el deber del juez (Aulo Gelio, Noches áticas 14, 2)


En aquel primer tiempo en el que había sido elegido por los pretores para ingresar en el cuerpo de los jueces, a fin de que me encargara de los procesos que se denominan privados, recogí por todas partes libros escritos en griego y latín acerca del deber del juez, a fin de que, como joven que de las fábulas de los poetas y los tratados retóricos era llamado a los pleitos, tuviera conocimiento de la materia judicial, si no de viva voz, dada la penuria de maestros vivos, al menos de los mudos, por así decirlo. Día a día, ciertamente, nos fuimos instruyendo y defendiendo en la materia gracias a los aplazamientos hasta el día siguiente (diffisiones), o los aplazamientos hasta el tercer día (comperendinationes), y otros procedimientos legítimos derivados de la misma Ley Julia, de los comentarios de Sabino Masurio y de algunos otros juristas. No obstante, en estas situaciones ambiguas que suelen darse en los procesos y en la circunstancia incierta de opiniones divergentes, en nada nos ayudaron tales libros. De esta forma, aunque los jueces deben tomar decisiones según se dan las causas en cada situación, hay enseñanzas y consejos de alcance general con los que, antes de asistir a un proceso, el juez debería armarse de antemano y prepararse para las ocasiones inciertas de futuras dificultades. Así tuve yo que vérmelas en cierta ocasión con esta compleja y ambigua situación a la hora de dictar sentencia.
Se hacía ante mí una reclamación de dinero prestado que, según se decía, había sido entregada en dinero contante y sonante; sin embargo, aquel que la reclamaba no justificaba su préstamo ni con tablillas ni testigos, y se basaba en argumentos bastante endebles. Sin embargo, me constaba que este hombre era una persona íntegra, de palabra probada y vida absolutamente irreprochable, y en verdad se mostraban sobrados e ilustres testimonios de su hombría de bien y su carácter sincero; por contra, se mostraba a todas luces que aquel a quien se reclamaba el dinero no era una persona de bien, sino de vida vergonzosa y sórdida, descubierto públicamente en sus falsedades y rebosante de deslealtades y engaños. A pesar de ello, pedía a gritos, con la ayuda de sus numerosos abogados, que demostrara ante mí mediante los procedimientos acostumbrados que el dinero había sido prestado, a saber: un registro de la suma, libros de cuentas, un recibo, la firma del registro, o la intervención de testigos. Si no podía probarse por ninguno de estos procedimientos, convenía ya que se le absolviera y que se condenase a su oponente por calumnia; y respecto a lo que se había dicho acerca de la vida y hechos de uno y otro, esto no tenía valor alguno, pues se trataba de un proceso de reclamación de dinero ante un juez privado, y no de un juicio sobre las costumbres ante los censores.
Así las cosas, mis amigos, a los que había pedido consejo, personas ejercitadas, célebres en la defensa y labores forenses, y habituados a moverse en torno a causas difíciles, me decían que este caso no merecía más atención y que sin duda debía ser absuelto el acusado, ya que no había quedado demostrado mediante prueba legal alguna que recibiera el dinero. Sin embargo, yo mismo, al considerar a ambos hombres, uno de buena fe, y el otro rebosante de oprobio y una vida absolutamente sucia e infame, de ninguna manera podía determinarme a absolver a este último. Así las cosas, ordené que se aplazara la causa por un día, y del banquillo de los acusados acudo al filósofo Favorino, a quien por aquel tiempo solía frecuentar muy a menudo. A él le cuento todo lo que se había dicho sobre la causa y los dos hombres, tal como era la situación, y le ruego que me ayude a ser una persona más prudente en lo relativo a estas cosas, tanto en lo que respecta a este escollo en el que me encontraba como en lo demás que debía ser observado en el cargo de juez.
Entonces, Favorino, habiendo aprobado lo escrupuloso de mis dudas y preocupaciones, me dijo: “Este asunto sobre el que ahora reflexionas puede parecer en apariencia baladí y de poca importancia. Sin embargo, si deseas que yo te instruya sobre todo lo que implica el oficio de juez, no es éste ni el lugar ni el momento; en efecto, una exposición de este tipo implica problemas variados y sinuosos, y requiere de una cuidadosa y total atención. Así pues, por considerar ahora una parte mínima de los aspectos capitales referentes a tales asuntos, lo primero que se pone en cuestión respecto al oficio de juez es lo siguiente: si el juez, por algún casual, sabe algo acerca del asunto sobre el que se litiga ante él, y esta información le ha llegado antes de que se inicie el proceso o se haya dictado sentencia, y si por alguna razón o circunstancia lo que le consta que es cierto o ha averiguado no se tiene en cuenta, sin embargo, en el desarrollo de la causa, ¿conviene que juzgue de acuerdo a ese conocimiento adicional, o debe remitirse únicamente a lo que se trata dentro del proceso? Y esto también,” continúa diciendo, “suele preguntarse, si es lícito o conveniente que, conocida ya la causa que se instruye por parte del juez, puede contemplarse la facultad de arreglar el pleito y, diferido un poco el papel de juez, como un amigo común y pacificador, conciliar las partes. Asimismo, sé que esto es aún materia más ambigua y dudosa, si acaso debe un juez, entre esas cosas que es necesario decir o preguntar durante la investigación del caso, decir y preguntar también lo que a él le interesa, o no. En efecto, dicen que esto es más bien ejercer de abogado, no de juez. Además de estas cosas, también hay desacuerdo sobre este aspecto, si es conforme a la costumbre y cometido de un juez expresar y consignar el asunto y la causa que investiga mediante sus propias preguntas, de manera que antes de que llegue el momento de la sentencia, a partir de estas cosas que ante él se han dicho de manera confusa y variada, según se muestre él en cada ocasión y momento, ofrezca signos e indicios de sus emociones y de su parecer. Pues,” nos dice, “los jueces que parecen activos y rápidos no estiman que sea posible de otra forma indagar y hacerse cargo de un asunto si el que juzga no muestra su propio parecer y capta el de los litigantes mediante frecuentes preguntas e interrupciones pertinentes. Frente a ello, los jueces que tienen reputación de ser más tranquilos y graves, niegan que el juez deba mostrar su parecer antes de la sentencia y mientras se desarrolla la causa, cuantas veces se sienta conmovido por algun hecho presentado. Dicen, en efecto, que lo que ocurrirá es que, como la variedad de proposiciones y argumentos obliga a contemplar opiniones contrarias, dará la impresión de que se piensa y se interpela de manera contradictoria en torno a una misma causa y a un mismo tiempo.
Mas sobre esto”, nos dice, “y sobre el resto de asuntos prácticos que conciernen al oficio de juez también yo, depués, cuando haya una ocasión propicia, intentaré contarte lo que opino, y te reseñaré los preceptos de Elio Tuberón acerca del oficio de juez que he leído hace muy poco tiempo. En cuanto al asunto del dinero prestado que me has referido, te aconsejo, por Hércules, que hagas uso del consejo de Marco Catón, varón de gran prudencia, quien, en el discurso que a favor de Lucio Turio y contra Gneo Gelio pronunció, dice que era costumbre observada y transmitida por nuestros antepasados que, si entre dos personas había un pleito y no era posible resolverlo mediante tablas o testigos, entonces, en presencia del juez, informado sobre la causa, se preguntase cuál de los dos litigantes era mejor persona y, si se trataba de personas iguales, o si eran igualmente buenos o malos, entonces se diera la razón a aquel de donde se reclama el dinero y se dictara sentencia a su favor. No obstante, en este proceso en el que tú te encuentras dudoso, la persona óptima es la que reclama, mientras que es persona deplorable aquella a la que se reclama, y la causa se ha desarrollado sin documentos que testifiquen. Así pues, ¿debes dar la razón al que reclama el dinero y condenar a quien se le reclama, dado que, como tú afirmas, no se trata de personas iguales y el que reclama es mejor persona?
Este fue, ciertamente, el consejo que me dio Favorino, digno de un filósofo. Sin embargo, consideré que era un consejo de más alcance y profundidad de lo que convenía a mi edad y mediocridad, pues iba a parecer que me había informado sobre el caso y había dictado una condena atendiendo a los aspectos morales, y no a las pruebas materiales. A pesar de ello, no logré determinarme a dar la absolución, y por ello decidí que el caso no estaba claro. De esta forma me vi liberado de dictar una sentencia.
Estas son las palabras del discurso de Marco Catón a las que se refiría Favorino: “Y yo he aprendido de nuestros antepasados que si alguno reclama algo de otro, en caso de ser personas iguales, ya de buena o mala condición, en cuanto al proceso que entablen, cuando no hay pruebas de por medio, hay que dar la razón a aquel a quien se reclama. En ese caso, si Gelio ha contraído una obligación con Turio, y no es mejor persona Gelio que Turio, nadie estaría tan loco como para juzgar que Gelio es mejor que Turio: si no es mejor Gelio que Turio, conviene dar la razón a aquel a quien se reclama.” FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 7 de febrero de 2012

Lenguas sabias, o la visión ilustrada del mundo clásico

La nueva historia de los estudios clásicos en el mundo moderno requiere de planteamientos que todavía hoy son novedosos. Entre ellos, hay que prestar especial atención a los nuevos conceptos que se van articulando a partir de los siglos XVIII y XIX. Esta dimensión, a menudo invisible para casi todos, nos permite ver mejor cómo las nuevas categorías de la modernidad han ido reinterpretando el mundo antiguo a la luz de las modernas ideas. El pensamiento ilustrado francés trajo una nueva denominación para las lenguas de la Antigüedad: la de "lenguas sabias". (en la fotografía, detalle de la sala dedicada a la Ilustración en el Museo Británico) POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
El siglo XVIII supone, entre otras cosas, el comienzo del pensamiento historicista. El recurso a la historia como argumento tendrá consecuencias importantes para la propia consideración de las lenguas antiguas, en especial el latín, que deja de entenderse en términos de lengua de comunicación para pasar a considerarse como una lengua que abre el conocimiento de un tiempo pasado. Son los albores de la moderna filología. Para apreciar cabalmente cómo evoluciona la consideración de las lenguas antiguas, es oportuno que consideremos algunas denominaciones dadas al latín en el siglo XVIII y XIX: “lengua sabia” y “lengua clásica”. Ambas intentan sustituir la peyorativa denominación de “lengua muerta”, fruto de una disputa quinientista que, a partir del tópico de la vida y la muerte de las lenguas, trataba de caracterizar al latín frente a las emergentes lenguas modernas, llamadas también “vivas”, “maternas”, “vulgares” y, ya tiempo después, “vernáculas” (de verna, “esclavo”). “Lengua sabia”, por tanto, resulta ser una acuñación ilustrada y sustitutiva de “lengua muerta”, debido al carácter peyorativo de esta última , que pugnará en el siglo siguiente con la denominación de “lengua clásica”, afincada en el mito del clasicismo y lo clásico, hasta que ésta última termine triunfando. Es oportuno revisar una y otra con más detalle.
Muy propia de la cultura ilustrada es la denominación de “lenguas sabias”. Conviene observar, asimismo, que la denominación “lenguas sabias” se diferencia de todas las demás (“muertas” o “clásicas”) por tener una interesante expresión alternativa para las lenguas modernas de carácter diferente a las anteriores. Así pues, mientras la denominación de “lenguas muertas” se opone a la de “lenguas vivas” y la de “clásicas” a “modernas”, la de “lenguas sabias”, a tenor de lo que vamos a ver en dos ejemplos más adelante, encuentra su expresión alternativa en la formulación de “lenguas europeas” o “propias”. De esta forma, la denominación de “lenguas sabias” tendría que ver con una formulación no peyorativa frente a las nuevas lenguas de cultura, como el francés, el inglés o el alemán. En español, parece que la denominación de “lenguas sabias” es un galicismo léxico proveniente de la juntura “langues savantes”. La primera ocurrencia que encontramos de ella en castellano, en oposición a las lenguas “europeas” modernas (entiéndase, sobre todo, la lengua francesa), es en la famosa “novela rousseauniana” de Pedro Montengón titulada Eusebio (1786):

Acrecentaba mucho más a su concepto la fama que cundía de la cultura de su ingenio, de sus letras, de su erudición, del conocimiento de las lenguas sabias y de las europeas que poseía; sus muchas luces adquiridas en los viajes y que daban tan grande realce a su virtud y piedad, que le granjeaban la universal estimación. (Pedro Montengón, Eusebio, Madrid, Cátedra, 1998, p. 805 apud CORDE)

Asimismo, Menéndez Pelayo opone “lengua sabia” a “lengua propia” en un comentario sobre el abate Marchena:

Así él, como su contemporáneo Sánchez Barbero, eran mucho más poetas usando la lengua sabia que la lengua propia. (Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles V, Madrid, CSIC, 1946-1948, p. 448 apud CORDE)

Si bien la denominación de “lengua sabia” tiene un sabor claramente ilustrado, observamos que puede utilizarse de manera retrospectiva para referirse al latín humanista . El uso es a todas luces anacrónico, ya que en el siglo XVI no se contaba con una expresión semejante para referirse, por antonomasia, a una lengua como el latín. Podemos verlo en este texto de Moratín referente al humanista Pérez de Oliva:

Su extensa erudicion en las lenguas sabias, sus profundos conocimientos en las ciencias morales y exactas, su aplicacion á las buenas letras, juntamente con las prendas estimables de su caracter, despues de haberle merecido el favor de los Pontífices Leon X, Adriano VI y Clemente VII determinaron á Carlos V á elegirle por maestro del príncipe, su hijo, empleo que no llegó á servir, habiendo muerto en el año de 1533 antes de cumplir los cuarenta de su edad. (Leandro Fernández de Moratín, Orígenes del teatro español, Madrid, Real Academia de la Historia, 1830, pp. 165-166 apud CORDE)





Hoy día ya no hablamos de lenguas sabias, pero, sin saberlo, hemos heredado el moderno sentido enciclopédico para clasificar nuestras disciplinas a partir de la idea del "arbor scientiarum", o de las ramas del saber. Superar el viejo concepto circular o cíclico de la enciclopedia antigua para pasar al de la ramificación supuso un profundo paso hacia la modernidad. FRANCISCO GARCÍA JURADO