sábado, 3 de julio de 2010

MI VIDA, ENTRE JULIO CORTÁZAR Y AULO GELIO


Hace ya unos años, un joven paseaba por Alcobendas (Madrid) llevando en su mano una edición de Rayuela, de Julio Cortázar. Había comprado aquel libro por indicación de un amigo, y quedó fascinado ante el intrépido mecanismo que le permitía saltar de un capítulo a otro con relativa libertad. Rayuela era un juego literario, y hubo algo que le dejó especialmente confuso: una larga cita de un autor latino dentro de los llamados "capítulos prescindibles". El autor latino era Aulo Gelio, autor de las Noches áticas. El hecho de que ambos libros, Rayuela y las Noches áticas, pudieran leerse en libertad, que una y otra obra fueran collage y miscelánea, respectivamente, planteó una seria pregunta a aquel joven: ¿esta cita de Gelio en Cortázar responde al mero azar o hay una razón oculta para explicarla? La pregunta ha pervivido durante años, y un profesor de latín de la Universidad Complutense, acaso una sombra de aquel joven, tuvo la suerte de responderla. Este el inicio del trabajo que acaba de publicarse en Argentina, en la revista Argos (32, 2008-2009, pp. 45-63), de la Asociación argentina de estudios clásicos, con el título "La peculiar fortuna de Aulo Gelio en la moderna literatura argentina". POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE




Para Holford-Strevens, por su pasión y saber acerca de Aulo Gelio




Estamos acostumbrados a estudiar la fortuna de los autores clásicos hasta el siglo XVIII, donde parece que terminó para siempre una forma de relación con el mundo antiguo, precisamente la que explicamos dentro de los cauces de la tradición clásica. Sin embargo, cuando nos adentramos en los dos siglos posteriores, el XIX y el XX (no hablaremos del XXI, del que apenas tenemos aún conciencia), parece que las condiciones del estudio de esta tradición se vuelven más complejas, pues los clásicos dejan de ser parte de una convención compartida para convertirse en consciente elección frente a nuevas tradiciones, la popular y la moderna[1]. En el caso particular de Aulo Gelio, discreto escritor latino del siglo II de nuestra era y autor de la obra miscelánea titulada las Noches áticas, está claro que su fortuna tuvo su cénit en el siglo XVI y que ésta fue decreciendo a lo largo del XVII, sobre todo a medida que las misceláneas también caían en desuso ante nuevas formas de escritura más propias de la modernidad, como el ensayo[2]. Sin embargo, Aulo Gelio sigue vivo en la literatura moderna gracias, sobre todo, a su relectura en calidad de conjunto de relatos y de informaciones varias sobre asuntos variados. Es notable, por ejemplo, el caso del autor siciliano Andrea Camilleri, quien recrea, en homenaje a Vázquez Montalbán, un personaje llamado Montalbano, comisario y héroe cotidiano, con un espacio literario ubicado en una particular Sicilia. Sorprendentemente, Camilleri tiene un relato titulado “Lo que contó Aulo Gelio” dentro de su libro Un mes con Montalbano. Un conocido capítulo de las Noches áticas, precisamente el dedicado al episodio singular de Androcles y el león (Gel., 5,14), ha sido releído en clave detectivesca por Camilleri, que utiliza esta historia para explicar uno de los casos policíacos que narra. Sólo referiré el momento en que se nos habla explícitamente acerca de Gelio:

“Aquella noche se le caían los ojos de sueño y pensaba apagar la luz y echar un buen sueñecito, pero le llamó la atención un artículo largo dedicado a Aulo Gelio, con ocasión de la publicación de una selección de fragmentos de sus Noches áticas. El autor, después de haber dicho que Aulo Gelio, que vivió en el s. II después de Cristo, compuso su dilatada obra para entretenerse durante las largas noches invernales en su propiedad del Ática, concluía dando su opinión: Aulo Gelio era un escritor elegante de cosas absolutamente fútiles. Sólo cabría recordarlo por una historieta que contó, la de Androcles y el león.” [3]

El juicio sobre Gelio que aquí expone un crítico anónimo no resulta algo nuevo. El poeta Arturo Capdevila vio en Gelio el prototipo de la erudición vana, por lo que nuestro autor latino ha pasado a formar parte de esa nómina de eruditos inútiles que puebla la literatura. Precisamente, el poeta argentino Arturo Capdevila inaugura la peculiar historia de la presencia viva de un viejo libro en un siglo, el XX, y un lugar, el cono sur americano, donde, en principio, sería menos esperable encontrar un diálogo con Gelio, si lo comparamos con otras épocas y lugares, como, por ejemplo, las misceláneas renacentistas en Europa. Vamos a llevar a cabo este peculiar recorrido de la lectura de Aulo Gelio por la literatura argentina del siglo XX a partir de cuatro puntos de vista diferentes: la recreación de la figura del autor como tal autor, la cita de sus textos, el comentario que merece su obra y, finalmente, las posibilidades de relectura que ofrece para la modernidad. Para ello, utilizaremos, respectivamente, los testimonios de Arturo Capdevila, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges.



[1] García Jurado, F. “¿Por qué nació la juntura “Tradición Clásica”? Razones historiográficas para un concepto moderno”, CFC (Lat.) 2007, 27/1, pp. 161-192
[2] Así lo hemos estudiado en nuestra ponencia titulada “La antología inminente. Aulo Gelio y la literatura española del siglo XVI”, presentada al XX Coloquio Internacional de Filología Griega (Universidad Nacional de Educación a Distancia, Madrid, 5 de marzo de 2009).
[3] Andrea Camillero, Un mes con Montalbano, Barcelona, 1999, pp. 199-207.




FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 29 de junio de 2010

IGUALES A LOS DIOSES MEJOR QUE A LOS BRUTOS


Durante este curso que termina he tenido la ocasión de ver varias veces el magnífico ejemplar que los entendidos llaman "el Salustio de Ibarra". La Biblioteca Marqués de Valcecilla y el Palacio Real (en la ilustración) fueron los escenarios ideales, y mis alumnos tuvieron la suerte de ser testigos privilegiados de esa contemplación. Es sin duda un gran libro, representante de una política absolutista, que llegó a las manos de los más poderosos de Europa, compuesto por personas que quisieron parecerse más a los dioses que a los brutos. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

"La conjuracion de Catilina y la Guerra de Iugurta por Cayo Salustio Crispo" fue publicada en Madrid a cargo del mitico Joachin Ibarra, Impresor de Camara del Rei Nuestro Señor, en el año de 1772. La traducción del texto latino debe ser atribuida al Infante D. Gabriel Antonio de Borbón, si bien fue revisada por Francisco Pérez Bayer. Esta obra fue considerado con toda razón como el mejor libro impreso en la España del siglo XVIII. Se trata de la traducción de las dos obras que se han conservado completas del historiador latino Salustio, La conjuración de Catilina y Guerra de Yugurta, y responde a lo que podemos considerar como una obra compuesta en equipo con un consciente fin político y propagandístico. El libro, de hecho, representa las nuevas ideas sobre la enseñanza auspiciadas por Gregorio Mayáns tras la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles en 1767. De esta forma, el infante aparece como beneficiario ejemplar de los nuevos principios educativos, en particular los relativos a la enseñanza del latín, que el propio Mayáns había plasmado en obras tales como su Idea de la gramática de la lengua latina (1767). Así las cosas, este Salustio responde a la cuidadosa creación de un personaje, el de un infante humanista que encarna lo mejor de la educación y la Ilustración carolina. Ya en el prólogo, sin firma alguna, don Gabriel escribe en primera persona acerca de sus intenciones de reforma del buen gusto literario en España para luego referirse, también de manera implícita, a su preceptor, el polígrafo Francisco Pérez Bayer, que escribió para él un tratado sobre las letras fenicias, incluido a manera de apéndice dentro de la misma obra. El deslinde entre el personaje del infante y el de la persona de carne y hueso es cuestión compleja, pues al menos tres personas han intervenido directamente en esta empresa editorial: además del propio infante don Gabriel como traductor, está su preceptor, Pérez Bayer, en calidad de supervisor del texto y autor del estudio ya referido, y el impresor Joaquín Ibarra, artífice de la magnífica edición que es gloria de la imprenta española. Tampoco es baladí la labor de los diseñadores y grabadores de las estampas que convirtieron este libro en una verdadera obra de arte difundida entre las personas más notables de Europa y hasta de América, pues llegó a las mismas manos de Benjamin Franklin. Cada página de esta obra es un pequeño prodigio tipográfico, pues presenta el texto castellano en cursiva y, debajo de él, el texto latino a dos columnas y en letra redonda. El tercer elemento lo constituyen las notas eruditas, igualmente importantes para comprobar la excepcional erudición manejada. Que la obra tipográfica más importante y bella de aquel siglo esté dedicada a un historiador latino no es un hecho casual. Precisamente, la restauración del buen gusto literario se hace con un doble punto de referencia: los clásicos grecolatinos y los mejores autores españoles del siglo XVI, que también son traductores de los primeros, como es el caso de Fray Luis de León, traductor de Horacio y Virgilio. De esta forma, el infante traduce a Salustio a la manera de aquellos autores españoles del Siglo de Oro, con el empeño decidido de pasar a la posteridad gracias a una gran obra, y atiende a las propias enseñanzas del historiador latino, en especial cuando éste nos habla de los afanes humanos al comienzo de su biografía sobre Catilina, que reproducimos aquí como colofón en la propia versión del infante:
“Justa cosa es que los hombres, que desean aventajarse a los demas vivientes, procuren con el mayor empeño no pasar la vida en silencio como las bestias, a quienes naturaleza criò inclinadas a la tierra y siervas de su vientre. Nuestro vigor y facultades consisten todas en el animo y el cuerpo: de este usamos mas para el servicio, de aquel nos valemos para el mando: en lo uno somos iguales a los Dioses, en lo otro a los brutos.”
FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

viernes, 25 de junio de 2010

MODERNOS Y ANTIGUOS


Un pequeño cambio de orden convierte un viejo título en un formulación original. Con "Modernos y antiguos. Ocho estudios de literatura comparada" (que aparecerá publicado este año en Valencia) rompo una lanza a favor de las lecturas que nos hicieron mejores, que nos formaron para la vida. Esta es mi militancia. Por Francisco García Jurado. HLGE
¿Para qué sirve la literatura? ¿Se puede hacer una historia no académica desde la imaginación de sus lectores? En Modernos y antiguos, Francisco García Jurado se adentra en esta historia a partir de las interminables lecturas que los autores del siglo XX han hecho de una antigua literatura, esencial para su formación. Ocho estudios recorren este sugerente territorio. Las reflexiones de Antonio Machado sobre Virgilio nos llevan a entender a los clásicos como compañeros de viaje. Lectores no académicos de estos clásicos, como Pérez de Ayala y Lezama Lima, recrean a partir de Séneca y Suetonio una sorprendente historia prohibida, rica en matices y originales tensiones. Cortázar, Bioy Casares y Arturo Capdevila convierten, gracias a su pasión por Aulo Gelio, la propia lectura en intensa biografía. Juan José Arreola nos lleva con su imaginación portentosa a la primigenia versión del parto de los montes de la mano del poeta Horacio. A continuación, con Thomas Mann, T.S. Eliot y Borges asistiremos al ocaso de la educación en Occidente, encarnada esta vez en Virgilio. La resurrección de la Eneida en la obra de Borges permite unir ahora la idea de lectura a la de creación. Pasamos luego al terreno del relato fantástico para recuperar una primigenia historia de fantasmas narrada por Plinio el Joven en dos cuentos fundamentales de Maupassant y Cortázar. Termina este libro con la figura de Ovidio en el exilio a la luz de Ossip Mandelstam, Gonzalo Rojas y Antonio Tabucchi; monólogo dramático, diálogo y vida imaginaria configuran, respectivamente, una inquietante visión del antiguo poeta desde las estéticas modernas. Este libro es una invitación a la gran literatura, la que nunca pasa de moda, y quiere recordarnos, ante todo, que su función debe ser deleitar y formar para la vida.
FRANCISCO GARCÑÍA JURADO. HLGE

miércoles, 16 de junio de 2010

LA PUERIL PASIÓN, SEGÚN PLINIO


C. Plinio á su amigo Augurino. Salud.
"He pasado estos últimos días leyendo y escribiendo con tranquilidad suma. "¿Cómo has podido hacerlo en Roma?", preguntarás. Era la época de los espectáculos del circo, que no me atraen en lo más mínimo, porque no encuentro en ellos nada nuevo, nada variado, nada que no baste haberlo visto una vez. Admírame por extraordinario modo que tantos millares de hombres tengan la pueril pasión de ver de tiempo en tiempo caballos que corren y aurigas guiando carros. Y si se complaciesen con la velocidad de los caballos ó destreza de los conductores, aún habría alguna razón. Pero hoy no se fijan más que en el color del traje de los que luchan; y solamente se mira, solamente apasiona este color. Si en medio de una carrera ó de un combate, se hiciese pasar á un lado el mismo color que hay en el otro, en el acto se vería que su atención y votos seguían á aquel color, y abandonaban los hombres y caballos que conocían de lejos y á los que la amaban por sus nombres. Tanta gracia, tanta influencia tiene una vil túnica, y no diré sobre el populacho, más vil todavía que la túnica, sino hasta en hombres graves. Cuando pienso que no se cansan de ver con el mismo gusto y asiduidad cosas tan vanas y frías y que con tanta frecuencia se repiten, encuentro secreto placer en no ser sensible á tales bagatelas, y con gusto dedico á las bellas letras un tiempo que los demás pierden en frívolas ocupaciones. Adiós."

Plinio el Joven, libro IX, carta VIII trad. de D. Francisco de Barreda

domingo, 13 de junio de 2010

ALEJANDRO MAGNO EN VERSIÓN ROMANA: QUINTO CURCIO


Fascinado por el inmortal personaje, Quinto Curcio narró una gran historia moral sobre Alejandro Magno. Nos contó, sobre todo, cómo sus virtudes cedieron ante el imparable éxito de las conquistas. Creo que se trata de una buena enseñanza para todos, en especial para quienes se vuelven soberbios e irreconocibles ante el éxito imparable. Publicado por FRANCISCO GARCÍA JURADO, HLGE

Estamos ante un gran enigma, pues bien poco sabemos sobre el historiador y rétor Quinto Curcio (posiblemente apodado Rufo). Lo único que sabemos a ciencia cierta es que escribió un libro singular en la literatura latina, dado su novedoso interés por un asunto histórico ajeno a Roma. No contamos con datos externos fiables sobre la persona de Curcio, y no hay tampoco acuerdo con respecto a la época en que vivió. Es más, la falta de referencias sobre su propia obra durante la Antigüedad hizo pensar a algunos que pudiera tratarse de un falso autor clásico inventado en tiempos medievales. Hoy día, las dos hipótesis más plausibles sobre su vida lo sitúan bien como autor contemporáneo del emperador Claudio, bien de Vespasiano. En todo caso, su estilo retorizante y su gusto por lo prolijo invitan a colocarlo dentro de la llamada Edad de Plata de la literatura latina, una etapa que reacciona con respecto al clasicismo de la literatura escrita durante la época de Augusto. Al igual que hiciera en otra época el historiador Pompeyo Trogo con sus Historias Filípicas, Curcio eligió un tema griego, la gran historia de las hazañas de Alejandro Magno. A su relato histórico confirió, ante todo, una finalidad moralizante que no pasó después desapercibida durante los siglos en que Curcio fue leído en las escuelas. Es verdad que hay muchos autores latinos que recurren a la figura de Alejandro para señalar aspectos variados de su persona, como su carácter excepcional, su gloria fugaz o sus vicios. Sin embargo, estos autores, como Cicerón o Tito Livio, no acuden a Alejandro más que como referencia puntual, buscando, ante todo, la comparación o el ejemplo para algún asunto dado. Todo ello contrasta claramente con el extenso tratamiento que dio Quinto Curcio al personaje. Su obra, titulada en latín De rebus gestis Alexandri Magni, es decir, “Sobre las cosas llevadas a cabo por Alejandro Magno”, se dividía en diez libros. Desgraciadamente se han perdido los dos primeros, además de otras lagunas que interrumpen el interesante relato. De esta forma, la narración conservada comienza con los hechos acaecidos en la primavera del año 333 a.C., transcurrido ya un año de campaña militar. Alejandro se encuentra en Asia Menor, donde toma la ciudad de Celenas y entra luego en Gordio, lugar del famoso episodio del nudo gordiano. Aquí, precisamente, se guardaba un legendario carro que, por lo que se contaba, había transportado a Gordio, un campesino que llegó a reinar por cumplimiento de un oráculo según el cual el primero en entrar con su carro en el templo de Júpiter sería nombrado rey. Era, además, tradición que aquel que consiguiera desatar el inmenso nudo que amarraba el yugo al carro llegaría a ser el dueño de Asia. Alejandro, temerario y atrevido, aceptó el reto. Al verse incapaz de desentrañar aquella maraña, decidió propinarle diversos cortes con su espada, pues, según él, lo importante era deshacer el nudo, y no el medio que se emplease para tal fin. He aquí la primera pintura moral del ingenio y la arrogancia de Alejandro, que ha inspirado tantas bellas obras plásticas y musicales (por ejemplo, la música incidental que lleva por título “The Gordian knot untied”, de Henry Purcell). La presencia de Darío, el rey de los persas, si bien no recibe la atención de que goza Alejandro en el relato, no deja de ser un interesante contrapunto a la figura del caudillo griego. Este personaje se convierte en la primera víctima del desgraciado destino en su constante retirada ante las tropas de Alejandro. No faltan en la narración rasgos humanos y patéticos del rey, como el momento en que se entera de que su mujer, cautiva en el campamento de Alejandro, ha muerto, quizá para evitar ser mancillada. Curcio, hábil urdidor de diálogos y discursos, recrea de la siguiente manera las palabras del desgraciado rey y nos ofrece, al mismo tiempo, su punto de vista (4, 10, 29): “¿En qué te he ofendido, Alejandro, o qué agravio he ocasionado a los tuyos para que tomes de mí tan cruel venganza? Tú me aborreces, tú me persigues sin haberte dado la menor causa para ello.” Cabe destacar, asimismo, el carácter novelesco y marcadamente retórico de la narración de Curcio. Los datos legendarios y hasta fantásticos que aparecen en su libro no son, sin embargo, obra suya, sino de las fuentes griegas que utiliza. El mismo Curcio reconoce algunas veces que cuenta lo que la tradición ha transmitido, no lo que él considera personalmente, como cuando nos refiere el estado incorrupto del cuerpo de Alejandro al cabo de seis días de haber fallecido. A pesar de que Menéndez Pelayo vio en la obra de Curcio una historia novelada, pero no una novela histórica, el libro recuerda a menudo este género de obras, o al menos hoy se podría leer perfectamente como una de ellas. Se pueden encontrar, cuanto menos, espléndidos esbozos de novela de amor y de aventura, además del componente viajero y geográfico que tanto ha interesado a lo largo de los siglos a los lectores curiosos. Las descripciones del paisaje y de las costumbres asiáticas estimulan la imaginación de cualquier buen lector. Se dice que la obra de Curcio presta más atención a lo verosímil que a lo propiamente histórico. No faltan, de hecho, en la novela aspectos maravillosos. Toda esta riqueza narrativa está encaminada a dar cuenta de la paulatina transformación moral y humana de Alejandro, que es lo que sostiene realmente el pulso narrativo de la obra. Esta narración muestra la pugna constante entre la grandeza innata del personaje y la paulatina degeneración que acarrean sus victorias asiáticas. Asia y su molicie constituyen el perfecto escenario para la degradación del personaje (recordemos, más recientemente, el retrato dinámico, entre admirativo y crítico, que ha hecho de Alejandro el cineasta Oliver Stone con el asesoramiento del historiador oxoniense Robin Lane Fox). El episodio de la disputa entre Alejandro y su compañero Clito, en el libro VIII, es un buen ejemplo para ilustrar la creciente cólera de un Alejandro cada vez más cruel. Ante las justificadas críticas de aquél, Alejandro no será capaz de contener su ira y terminará matando a quien le ha acompañado a lo largo de tantos avatares. Curcio sabe mostrar la grandeza del personaje, como cuando llora con la mujer de Darío la supuesta muerte de su esposo, pero no esconde tampoco su vileza. La fortuna de la obra de Curcio ha sido ciertamente tardía. Comienza a partir del llamado Renacimiento Carolingio, entre los siglos X y XI, que es cuando aparecen los primeros manuscritos de la obra. A finales del siglo XII su influencia se deja notar en la Alexandreis de Gualtiero de Châtillon. Hasta el Renacimiento no volverá a ser objeto de atención por parte de los eruditos, como Pier Candido Decembrio, que la traduce al italiano. Su presencia como libro escolar fue notable hasta el siglo XVIII. Hoy día, podemos decir que la obra de Curcio es una de los libros latinos cuya calidad literaria mejor puede ser entendida por la sensibilidad de un lector moderno. FRANCISCO GARCÍA JURADO. UCM

jueves, 10 de junio de 2010

HOMERO NO ES HOMER SIMPSON


Hace unos días María José y yo asistimos a la presentación de la nueva versión de la Iliada de Homero que tras muchos años de esfuerzo y buen hacer ha terminado nuestro amigo Óscar Martínez García, experto conocedor de la historia de la traducción de Homero en España. El acto de presentación fue espléndido, amenizado por la lectura de algunos pasajes de la obra. Óscar nos contó que le habían llamado el día anterior para participar en un programa de radio, donde debía hablar de su versión de Homero. Hasta aquí todo nos pareció normal, esperable. Lo más sorprendente, al menos para mí, fue que este programa estaba dedicado a lo que hoy se llama tristemente “cultura friki”. Homero estaba siendo suplantado por Homer Simpson. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE.

La sociedad moderna, en perfecta connivencia con los medios de comunicación, ha desarrollado una suerte de erudición superficial e inútil que venimos en conocer como “cultura friki”, variante en buena medida coincidente con la estética pop que se caracteriza por su empeño en suplantar aquello que durante siglos hemos llamado la “Cultura” con mayúscula. La cultura friki convierte ciertos iconos populares, especialmente televisivos, en referentes supuestamente universales. Si para la mitología griega el paradigma del maestro y tutor pudo ser el centauro Quirón, hoy lo es Yoda. Si el complejo cosmos de los dioses y héroes mitológicos de Grecia encarnaron las pasiones y sentimientos que nos permitieron comprender el mundo, hoy pretenden desempeñar esta función los personajes de la Guerra de las Galaxias o los Simpsons. Hoy día contamos con muchos “eruditos” en estos conocimientos tan vanos como populares. En todo esto pensé cuando Óscar nos contó la que para mí no deja de ser una triste anécdota. Que una persona que ha traducido la gran obra épica de Homero atraiga la atención de los frikis permite que entendamos acaso mejor por qué el creador de Homer Simpsom no lo bautizó así en vano. Al igual que pudo ser el Ulises de Joyce, el Homer que aparece en la televisión en un antihéroe, y su nombre ha logrado que en el buscador google el nombre del antiguo poeta palidezca. De la misma manera, en el lugar donde se celebraba la presentación del libro, la FNAC de Callao, los autores clásicos grecolatinos ocupan ahora tan sólo un ridículo estante a la altura de los pies, al final absoluto de la larga sección de los autores extranjeros. Eso sí, mucha basura llamada literaria se encarama sobre los estantes de novedades tan orgullosa como pasajera. Esto es otra de las características más inherentes de lo friki, a saber, la ausencia de jerarquización. De esta forma, traducir la Iliada hoy día puede parecer una actividad extravagante y parecida a tener en casa todas las maquetas de naves espaciales aparecidas en la dilatada saga intergaláctica, o atesorar todos los adminículos inimaginables de Lady Di. No voy a recurrir al manido recurso catastrofista de pensar hasta dónde hemos llegado en nuestra capacidad de degradar la idea de cultura, invadida hoy día por la idea más simple de ocio, pero no dejo de sentir vergüenza ajena por todo esto. Sigo pensando, como pude leer en un gran crítico literario hace unos años, que mientras existan Homero, Virgilio, Dante, Leopardi, Proust o Thomas Mann, por dar tan sólo algunos ejemplos, no merece la pena perder el tiempo leyendo ciertos libros de temporada. Simplemente quiero decir que Homero, el autor de la Iliada y la Odisea, no puede quedar diluido por un homónimo en la marea negra de la cultura pop. Si somos capaces de ver estas diferencias a lo mejor podemos hacer que cambien realmente nuestras vidas anodinas. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

lunes, 7 de junio de 2010

ANÓNIMOS Y DESCONOCIDOS


Decía Juan de la Encina que "todo pasa en la memoria, salvo la fama y la gloria". Pero hoy la fama se ha convertido también en algo, ante todo, vulgar, además de efímero. Convertirse en un personaje televisivo, a ser posible esperpéntico, parece ser la puerta grande para acceder al nuevo parnaso de la ignorancia y la grosería. Pero algo que me ha llamado la atención desde hace tiempo es apreciar cómo este tipo de personas, partícipes de una dudosa condición pública, se arrogan el derecho exclusivo a tener nombre, relegando a los demás mortales a la triste condición de "anónimos". POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Este blog está dedicado a Rosa, a quien tanto gusta el genio del lenguaje.
Mis sospechas se confirmaron durante una conversación. Hay un programa (que se me antoja infame) donde ciertos personajes de "renombre" comparten sus días en un lugar exótico y aparentemente paradisiaco. Por lo que parece, ahora se mezclan con personas "de la calle". Pues bien, me cuentan que al aparecer este último grupo el presentador dijo la siguiente frase genial, propia de Séneca: "Que entren los anónimos". Hace mucho tiempo que no veo este tipo de basura ni tan siquiera cinco minutos. Y esto no es una pose o un comportamiento radical: se trata simplemente de una manera de evitar, cuando menos, la mayor vulgaridad posible en una vida que, por desgracia, tiene que presenciar muchas. Aún así, soy consciente de la "perlas" que me estoy perdiendo. En realidad, al no haber visto la escena memorable, puedo imaginarme que cuando el presentador dijo aquello de "que entren los anónimos" podía haber ocurrido cualquier cosa. Imaginemos que en ese momento aparecen los cuadros no firmados del Museo del Prado, o que suenan bellos adagios barrocos como el de aquella película de los años setenta titulada "Anónimo veneciano" (en realidad, el anónimo no era tal, sino de Albinoni, pero esto da lo mismo ahora). En fin, lo que ocurrió fue que irrumpieron en aquel momento unas personas (todavía) desconocidas para el (gran) público (también "anónimo·), que en realidad tenían sus nombres y apellidos, de manera que no acudían allí para recibir el bautismo. Pero la imbecilidad reinante se ha empeñado en llamar a las personas que no salen regularmente en la televisión "personas anónimas". Vamos a ver, "anónimo", según el Diccionario de la Real Academia Española, es:

anónimo, ma.

(Del gr. ἀνώνυμος, sin nombre).

1. adj. Dicho de una obra o de un escrito: Que no lleva el nombre de su autor. U. t. c. s.
2. adj. Dicho de un autor: Cuyo nombre se desconoce. U. t. c. s. m.
3. adj. Com. Dicho de una compañía o de una sociedad: Que se forma por acciones, con responsabilidad circunscrita al capital que estas representan.
4. m. Carta o papel sin firma en que, por lo común, se dice algo ofensivo o desagradable.
5. m. Secreto del autor que oculta su nombre. Conservar el anónimo.

Como puede verse, lo más normal es que la condición de "anónimo" sea propia de las obras, y que el anonimato, cuando se refiere a personas, en particular a creadores, responda más bien a un deseo de quedar al margen de un reconocimiento público. "Anónimo", por tanto, se opone sobre todo a aquello que tiene un nombre, de manera que puede haber obras anónimas que, sin embargo, son "famosas". Pero hoy algunas mentes privilegiadas se han empeñado en convertir "anónimo" en el antónimo de "famoso". Así pues, el mundo se divide en "famosos" y en "anónimos", es decir, entre los que han triunfado en la vida y los que no. Lo curioso es que en la categoría de los segundos pueden aparecer reconocidos profesionales de cualquier gremio que han cometido el imperdonable error de dedicarse a hacer bien su trabajo (pensemos, sin ir más lejos, en un cirujano) y que cuando salen a la calle no son perseguidos por las cámaras. Desde esta nueva perspectiva, propongo que la "Tumba del soldado desconocido" sea ahora la "Tumba del soldado anónimo", y que las "Sociedades anónimas" se conviertan en "Sociedades desconocidas", que las haría aún más misteriosas, al parecerse a las sociedades secretas. La fama, a su vez, ha perdido los honorables atributos que tenía en tiempos de los antiguos. Ser famoso hoy no equivale ya a ser reconocido o simplemente afamado. La fama es un "don" que otorgan ciertas televisiones por formar parte de una comedieta vil representada por personas que ni tan siquiera pueden tener el calificativo de mediocres. En todo caso, recuerdo a todos mis lectores que llamar anónimo a quien no es supuestamente famoso supone una patada al diccionario y una suerte de banalización de la propia idea de fama. Las personas tenemos nombre, aunque sólo lo conozcan una o dos personas más, y no consiento que ningún imbécil me proclame anónimo, pues mi nombre vale tanto como el suyo. Y para que conste, lo firmo a 7 de julio de 2010. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE