lunes, 19 de abril de 2010

VOLCANES ANTIGUOS Y MODERNOS


Ya sé que la actualidad no está para bromas. Un volcán islandés está bloqueando (al menos, eso nos cuentan) el tránsito aéreo de medio mundo. Sin embargo, en estos tiempos de cenizas, por qué no recordar el volcán más famoso de la Antigüedad. Me refiero al Vesubio y a la magnífica descripción que de él hace Plinio el Joven en la carta 6,16. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Plinio el Joven escribe, por un ruego de su amigo Tácito, el famoso historiador romano, acerca de la muerte de su tío, el naturalista Plinio el Viejo. Todo ocurrió en el año 79 de nuestra era, cuando el Vesubio entró en imponente erupción. Con cierto tono épico, se nos narra la valentía de este hombre que murió al día siguiente de haber intentado salvar a quienes quedaron sin escapatoria entre el volcán y el mar embravecido. De la carta, voy a recordar precisamente la descripción del volcán:

"Surgía una nube (no era posible saber a quienes la observaban en la lejanía desde qué monte, luego se supo que se trataba del Vesubio) cuya similud y forma no hubiera podido representarla mejor que un pino. En efecto, elevada hacia arriba como si de un larguísimo tronco se tratara, se hendía luego en varias ramas, pues, en mi opinión, una vez lanzada por un soplo vigoroso, después se difuminaba a lo ancho, al debilitarse por falta de este impulso o incluso vencida por su propio peso, blanca a veces, a veces negra y manchada a causa de la tierra y ceniza que había levantado."

El otro día recogimos un par de pequeñas piedras volcánicas del Vesubio. Cuando subimos María José y yo el volcán estaba cubierto de nubes y no se podía ver apenas más allá de unos metros. Es verdad que el tiempo nos privó de unas vistas espectaculares, pero al menos estuvimos allí, como hicieran los viajeros del Grand Tour. FRANCISCO GARCÍA JURADO

sábado, 17 de abril de 2010

LA HISTORIA Y SUS MATICES: EL CATÁLOGO DE MANUALES


El desarrollo de las obras científicas de larga duración ofrece, entre las muchas horas que requieren, la satisfación de una visión de conjunto. Poco a poco, va surgiendo, tras varios años de recopilación, el catálogo de manuales de literatura griega y latina publicados en España. Interesantes problemas, teóricos y prácticos, van articulando este proyecto bibliográfico y documental que arrojará datos significativos para la pequeña-gran historia del aprendizaje de las literaturas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.

Desde fuera, todos los manuales pueden parecer iguales. Los detalles se aprecian cuando vamos entrando y aprehendiendo las claves que han constituido el relato de las literaturas griega y latina. Es algo parecido a la labor de un entomólogo. Sin embargo, vamos apreciendo cómo de las "bibliotecas dieciochescas" se va pasando a los relatos históricos, del devenir, que tratan de explicar las razones del esplendor y la decadencia. El manejo de los viejos manuales no es tampoco cuestión baladí. Una de las cosas más significativas que hemos descubierto es el papel de las encuadernaciones. En muchas ocasiones, los libros se adquieren en "rama", con un mero papel como envoltorio, con el fin de que los padres lleven al encuadernación los volúmenes que sus hijos llevarán durante el curso. Cuánto me recuerda la labor de nuestras madres forrando con plástico los libros recién comprados. En las encuadernaciones, cuando ya vienen incorporadas, destaca la bella y, a la vez, discreta pasta española. Por lo demás, el estudio de los autores que elaboraron tales libros nos da ciertas pautas acerca de su lugar social. Es verdad que la mayor parte han sido catedráticos, pero algunos, destacan por su condición de intelectual, como Salvatore Costanzo, de autores literarios famosos, como Pons y Gallarza o Carles Riba, y hasta presidentes de gobierno, que sería el caso notable de José Canalejas y Méndez. Frente a lo que pudiera esperarse, algunos de los libros que catalogamos presentan aspectos muy definidores de la cultura intelectual hispana de la época, como la preocupación bibliográfica o la crítica a los presupuestos positivistas que llegan a partir de los años 70 del siglo XIX. La historia política tampoco es ajena al desarrollo de estos pequeños libros, y ésta puede encontrarse tanto en la condición de exiliados que tienen algunos de los autores que consideramos, ya sea a finales del siglo XVIII o en los años cuarenta del siglo XX, como en los planteamientos liberarles o conservadores desde los que se tratan autores tan delicados como Lucrecio. El asunto historiográfico como tal no se ha tratado, y mucho menos desde un punto de vista sistemático y global como el que estamos desarrollando aquí. Sin embargo, muchos de los autores han sido estudiados desde el punto de vista particular, circunstancia que nos ha llevado a tratar de compilar toda la bibliografía existente. La obra dará cuenta de un particular espacio cultural y educativo, lleno de matices y reacio a las generalizaciones a las que tan acostumbrados nos tienen.


FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

lunes, 5 de abril de 2010

LLEGAR A BAYAS Y LEER UN VERSO DE HORACIO


Es reconfortante encontrar un verso de Horacio en la portada del tríptico que sirve de guía al parque arqueológico de Bayas. El verso, además, aparece recogido en latín, para no perder la esencia o el prestigio. Los turistas ya no ven aquellos lugares con la evocación de los antiguos poetas, pero para mí un verso valió por todo lo visto. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
La fiesta de Pascua en Nápoles se deja notar en todos los lugares. La ciudad se convierte, de manera inusitada, en un lugar "casi" tranquilo, y se puede ver a muchos napolitanos provistos de los huevos de pascua envueltos en brillantes y festivos envoltorios. Pero ese día los trenes dejan de funcionar a la una y media de la tarde, y entonces los viajeros han de apurar el tiempo. El domingo teníamos intención de llegar hasta Cumas, pero lo que parecía fácil terminó siendo más diíficil de lo esperado. Ningún transporte ferroviario llega ahora hasta allí, a pesar de que la estación figura en los planos de líneas de tren y de metro, por lo que se hace necesario tomar un autobús. Pero los autobuses se vuelven casi invisibles en días tan señalados. Tras un largo viaje desde Nápoles llegamos a la estación de Fusaro, ya en los Campi Flegrei, que quizá son uno de los lugares más cargados de nombres míticos que nos ha legado la Antigüedad. Más o menos a tres kilómetros está Cumas, pero la prudencia nos hizo desistir de llegar a pie hasta allí, pues eso conllevaba que había que volver después, posiblemente a pie. Retrocedimos, por tanto, hasta Lucrino, donde hay un famoso lago que no está lejos de otro no menos famoso, el que se conoce como el Averno. Desde Lucrino pensábamos coger un autobús para llegar hasta la mítica Bayas, que era otro de nuestros objetivos. Sin embargo, allí un amable vendedor de prensa nos dijo que el servicio estaba interrumpido por un corte en la carretera. Dos kilómetros nos separaban desde Lucrino hasta Bayas, por lo que no dudamos en emprender el camino hacia allí, con el tiempo justo de regresar para tomar el último tren. Una carretera que recorre en su primer tramo el pequeño lago Lucrino comenzó a acercarnos poco a poco hasta el precioso golfo donde se encuentra la mítica ciudad. El lugar, verdaderamente, ha perdido mucho desde los míticos tiempos en que se construyeron las grandes villas y templos. Sólo queda el encanto de un lugar que fue, pero que no es. Ascendimos en dirección a la termas para poder visitar el conjunto arqueológico. Allí, un empleado nos dice que él no puede vendernos la entrada, pues sólo es posible encontrarla en el "Castello Aragonese", lo que suponía al menos emprender un nuevo kilómetro de camino. El contratiempo no era tan malo como parecía, pues en este precioso e imponente castillo hay un completo museo arqueológico dedicado a los Campos Flegrei que merece la pena visitar. Sin embargo, como era Pascua, tan sólo había una sala abierta, y esto lo supimos una vez llegados a la fortaleza. En todo caso, las vistas del golfo desde el castillo son espectaculares, y queda en la retina el recuerdo de una paisaje insuperable que compensa al menos de tantas cosas no vistas. Pero si tuviera que quedarme con un recuerdo de esta excursión accidentada, aunque divertida, éste sería un precioso verso de Horacio, el 83 de la epístola primera: "nullus in orbe sinus Baiis praelucet amoenis". No hay golfo alguno que supere a la preciosa Bayas, comenta Horacio, aunque, más bien, habría que cambiar el tiempo verbal y ponerlo en pasado. Recuerdo que traduje esta carta primera en los tiempos de la carrera, cuando Bayas no era para mí más que un mero nombre geográfico. Ahora estábamos en ella, y el verso volvía a mi recuerdo gracias al tríptico que presenta el parque arqueológico. De las pocas ruinas que pudimos ver resultan imponentes los llamados Templo de Diana, que preside una plaza pública, y el Templo de Venus (en la fotografía), que bien podría haber inspirado a cualquier pintor romántico (al margen de la farola, que sirve de perfecto contrapunto). La fealdad moderna se salpica por todas partes y no por ser moderna, sino por mediocre. Menos mal que el color del mar y el verso latino no han perdido su frescura todavía. Qué importante es situar un antiguo verso en su lugar, por feo e insulso que éste sea ahora. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.

viernes, 2 de abril de 2010

JUAN ANDRÉS EN NÁPOLES


Los viajes pueden aliarse con lecturas caprichosas, aquellas que la propia casualidad nos depara mientras recorremos librerías y curioseamos ociosos. Precisamente, el otro día, en la tienda del museo de Capodimonte, di con una curiosa edición de las cartas que Juan Andrés escribió sobre su paso por Nápoles. El recuerdo de un jesuita expulsado y del rey que decretó tal expulsión de reunieron en un lugar y una lectura. Por Francisco García Jurado. HLGE
Tras la visita a la imponente colección de pintura que alberga el museo y palacio de Capodimonte, sobre una de las colinas de Nápoles, pudimos encontrar un pequeño y precioso libro que llevaba el título de "Gl'incanti di Partenope". El autor era Juan Andrés, pero este jesuita, conocido por su magna obra sobre el progreso de toda la literatura, jamás escribió un libro con título semejante. Luego se observa que no es más que la traducción al italiano de una parte de sus Cartas familiares, que describen su periplo por Italia, y que se trata concretamente de las cartas que dan cuenta de su corto periplo por nápoles, apenas tres días más que nosotros. El libro cuenta con una introducción a cargo de la misma persona que ha traducido el texto del español al italiano, Vincenzo Trombetta, y en él se hace un resumen del contenido. La lectura de estas cartas nos da a conocer uno de los textos fundamentales de los viajes realizados por Italia durante el siglo XVIII. No se trata, en este caso, de un viaje de formación propio del Grand Tour, sino, más bien, de una peregrinación intelectual. Lo primero de todo, me sorpenden los elogios que este jesuita expulso, como todos los de su orden, dedica al rey Carlos III con motivo de la indeleble huella que ha dejado en Nápoles. La descripción de la calle Toledo es absolutamente actual, pues creo que en poco ha variado la vitalidad napolitana. Asimismo, el otro día intenté imaginar en Herculano cómo descendió nuestro jesuita por la galerías subterráneas, cuando aún no había sido excavado a cielo abierto, provisto de una antorcha. Me ha gustado mucho acompañarme de la lectura de Juan Andrés a la hora de visitar muchos de los lugares de Nápoles, en particular, la iglesia del Gesú Nuovo (en la fotografía), iglesia jesuita magnifica ya desde su fachada. Alguien diría que no estoy viendo Nápoles con mis ojos, pero yo declaro que lo estoy viendo con más de dos. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

martes, 30 de marzo de 2010

LA LUZ DEL GRAND TOUR

Solemos decir que el arte imita a la naturaleza -ARTIS NATURA MAGISTRA-, pero es tentador ver ciertos paisajes desde la perspectiva del arte. Un ocaso de Gaspar Friedrich o de Claudio Lorena y un cielo "velazqueño" son ya formas de ver que nuestra sensibilidad ha heredado. La luz dorada de los cuadros de Canaletto pasó a formar parte de la estética del Grand Tour, cuyos grabados y pinturas recrean un mundo acogedor que en realidad no lo era tanto. La luz dorada de ese Grand Tour, en el siglo XVIII, probablemente no es más que una forma de ensoñar los viajes una vez han pasado ya a nuestro recuerdo. Son una forma de sublimar las imposiciones de nuestra pobre condición física. Sin embargo, esta tarde, en la terraza que hay frente a la Cartuja de San Martino, que es un espléndido mirador de Nápoles, he sentido esa luz idílica. Por Francisco García Jurado. HLGE.
Las cosas reales suelen diferir de los ideales. Imagino que el encanto de los grabados de aquellos viajes por la Antigüedad en el siglo XVIII apenas dan cuenta de las dificultades que conllevaba un viaje semejante. El factor humano y el físico van creando las condiciones de nuestros itinerarios, y los nombres míticos se van desaciendo en un sinfín de vivencias a menudo desagradables. Nápoles deja de ser la ciudad de Vico para convertirse en un lugar atestado de motos y de humo. El tiempo acompaña, pero a pesar de que apenas hemos comenzado la primavera, el sol me ha enrojecido la cara, anunciando ya lo que será el infernal verano. Hoy en la sulfatara, mientras me dolían los pies y mis pómulos ardían, he pensado en el cansancio y el desánimo que el primero lleva emparejado, y en qué fácil es perder los ideales que nos llevan a los viajes cuando las condiciones físicas nos atenazan. Gracias a un descanso, luego ya en Nápoles, me ha sido posible ver las cosas de otra manera, pues he logrado tomar del natural una vista deliciosa, al caer la tarde y cuando el sol no es ya más que una luz tenue. La cámara fotográfica no logra captar la luz en toda su plenitud, ni tan siquiera la belleza del palacio de Capodimonte, a lo lejos, pero al menos quedará como testimonio feliz de un día agridulce. Francisco García Jurado. HLGE.

sábado, 27 de marzo de 2010

SAN BIAGIO DEI LIBRAI: O EL DETALLE COMO ARGUMENTO


Cuando preparaba hace unas semanas los apuntes para una charla tuve que volver a echar un vistazo a la Ciencia Nueva de Giambattista Vico. La edición que tenía disponible se abría con un detalle que me había pasado desapercibido tiempo atrás: la fotografía de la placa que recordaba su lugar de nacimiento en Nápoles. Se trata de una inscripción que se encuentra en San Biagio dei Librai, antigua y céntrica calle napolitana de libreros ya desaparecidos que hoy rebosa de pequeñas tiendas y de vida. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.

Reconozco que mi manera de aproximarme a las ciudades y, en general, a las cosas, tiene poco de convencional. A menudo no me centro en lo supuestamente importante de los lugares, pues esto, supongo, ya está a salvo del olvido o el descuido. Dado que teníamos previsto un inminente viaje a Nápoles decidí, con el libro de Vico en la mano, que mi regreso a la ciudad tenía que ser mediante una cuestión de detalle, casi invisible y propia tan sólo de quienes al menos saben quién fue aquel sabio y aventurero del saber que vivió durante la primera parte del siglo XVIII. Para Vico, lo más importante era la imaginación y todo su componente creativo. La función de los datos no es más que la de la mera ilustración de la primera. La Ciencia Nueva es un libro tan delicioso como a veces delirante. El origen "divino" del Derecho lo deduce Vico de una etimología imaginaria, e imagina que el lenguaje es estética, como siglos después lo hará su admirador Benedetto Croce. A Croce, precisamente, se debe el empeño de dejar constancia con una placa del lugar donde Vico dio comienzo a su vida. Ahora que veo cómo Nápoles sigue alimentando buena parte de los tópicos que la hacen tan singular, no creo que hubiera habido otro lugar en el mundo tan apto para Vico y su desbordante imaginación. Parece mentira que en una calle tan angosta y en una casa tan humilde naciera un hombre cuya riqueza de ideas ha transcendido el tiempo y el espacio. Así pues, soñé con llegar a la calle donde Vico nació y fotografiar yo mismo la placa conmenorativa, en el número 31 de la calle. Tras un largo paseo con Nápoles, y en tanto llegábamos al Duomo, nos internamos por la estrecha San Biagio dei Librai, que hace honor a los muchos libreros que, como el mismo padre de Vico, poblaron aquel lugar en otro tiempo. Cuesta un poco encontrar la placa, pues está en un piso superior y, a pesar de tener un foco instalado, al menos el día que pasamos no funcionaba. Los venderores de la zona y los viandantes nos miraban a María José y a mí como si estuviéramos algo locos. Creo que se preguntaban qué estaríamos fotografiando bajo unos andamios en lugar de estar comprando recuerdos. Pero ni la gente, ni las motos, ni la noche nos hicieron desistir y al fin tomamos algunas fotos de aquella inscripción y de aquel lugar. Al fin habia conseguido mi pequeño sueño, y al fin había tendido el puente invisible que iba desde mi ensueño a una lejana y angosta calle.



FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

lunes, 22 de marzo de 2010

UN NARRADOR DE CUENTOS... Y MITOS


El pasado 3 de marzo del 2010 presentamos en el Hogar Vasco de Madrid la novela de Mercedes Aguirre Castro El narrador de cuentos. El acto, que tuve el honor de amadrinar, fue presentado por Ángel Jiménez, director de Éride Ediciones, donde la autora ya había publicado anteriormente su colección de relatos Nuestros mitos de cada día (2007). Como ya hizo entonces, de nuevo Mercedes Aguirre nos adentra en un mundo de mitos que se entretejen en la realidad cotidiana, demostrando que nuestras vidas no están tan lejos de las de los héroes y dioses griegos, vulnerables también ellos a las pasiones, al miedo y, en definitiva, víctimas de sus propios dramas internos. Por Ana González-Rivas Fernández. HLGE

Toda la novela gira en torno a un congreso universitario sobre mitos y cuentos celebrado en la isla griega de Ananki. A medida que los asistentes van llegando, recogen su documentación y se van uniendo a las diferentes conferencias y mesas redondas. Durante cinco días discutirán sobre mitología y literatura, y compartirán nuevas teorías sobre el estudio de historias fantásticas y leyendas ancestrales. Pero cada asistente trae también su historia personal: una desgracia familiar que todavía provoca pesadillas, un amor que nunca llega, el ansioso deseo del reconocimiento profesional, y a veces incluso algún secreto nunca confesado… Poco a poco van presentándose todos ellos, ahora unidos por el mismo interés académico: los cuentos. Todo parece ir según lo esperado, las conferencias resultan interesantes y los organizadores del congreso demuestran ser unos perfectos anfitriones. Pero algo inquietante sucede entonces: la presencia de un hombre misterioso, un narrador de cuentos que fascina y sobrecoge a quienes le escuchan. ¿Quién es este enigmático personaje? ¿Por qué esos cuentos? ¿Por qué esas personas? ¿Es una casualidad que todos estos profesores y académicos se hayan reunido en la misma isla para hablar de mitos y leyendas? ¿O es algo más que una mera coincidencia?

Durante la presentación tuvimos ocasión de comentar con la autora el proceso de creación de esta novela, basada en parte en sus propias experiencias como académica y en sus intereses personales, como su pasión por Grecia, la mitología, los cuentos de hadas y las historias fantásticas: “mis obras contienen mucho de mis vivencias y también de mis lecturas”, afirma Mercedes Aguirre; “en el caso de El narrador de cuentos mis vivencias son los congresos a los que yo he asistido y en los que –como algunos de los personajes de mi novela- yo también aprendí y encontré nuevos amigos. En ellos he encontrado inspiración para algunas de las situaciones típicas de un congreso académico: las comidas apresuradas, las discusiones, los primeros momentos de despiste, las largas horas en un aula...”. Habló igualmente de sus referencias literarias, entre las que mencionó las obras de David Lodge, al que sigue en la temática académica, aunque no en el tono humorístico, que aquí se cambia por el drama psicológico. Asimismo, Aguirre rinde homenaje a algunos célebres escritores y recopiladores de cuentos, como Andersen o los hermanos Grimm, que, como ella misma indicó, se esconden detrás de los nombres de algunos personajes.

La historia de El narrador de cuentos, además, tiene una incógnita que se mantiene hasta el final de la novela: “he querido introducir una cierta dosis de misterio, un misterio que queda abierto a la interpretación del lector”, dice la autora. Y así, entre cuentos, mitos, encuentros y desencuentros, también se hace un hueco lo fantástico, tal vez lo inexplicable, que añade intriga a la trama, llevándola más allá de una simple reunión de científicos que, congregados por una casualidad del destino, discuten sobre sus temas de estudio.

El narrador de cuentos, en definitiva, es una novela que sorprende, que agrada por su prosa, y que seguro que hará reflexionar a sus lectores sobre muchos cuentos conocidos, ahora vistos desde un nuevo prisma. ANA GONZÁLEZ RIVAS-FERNÁNDEZ HLGE