martes, 3 de agosto de 2010

LA CIUDAD INVISIBLE DE LOS CLÁSICOS. ENTRE AULO GELIO E ITALO CALVINO


Al fin el profesor David García, de la Universidad Nacional Autónoma de México, me escribe para informarme de que el artículo que envié hace tiempo para su evaluación aparece ya publicado en la prestigiosa revista NOVA TELLVS. Hace un tiempo corregí las pruebas (tarea que a menudo nos enfrenta a la última oportunidad de ver nuestro trabajo cuando todavía es nuestro). En todo caso, ahora, esta "Ciudad invisible de los clásicos", esta historia de un complejo concepto que se extiende desde Aulo Gelio al propio Italo Calvino, pasa al dominio público, y el autor pasa a segundo plano y queda a merced de sus lectores. Quisiera compartir con vosotros el comienzo del trabajo, a la espera de que os sea grato. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Posiblemente sea el concepto de “clásico”, junto con el de “canon”, uno de los más controvertidos a la hora de hablar acerca de literatura. La historia del término y de sus transformaciones conceptuales da cuenta, asimismo, de un proceso complejo donde han intervenido aspectos tan diversos como la gramática, la estética, la historia y hasta el propio azar. Nuestro propósito en este trabajo es llevar a cabo un estudio de las dos formulaciones de la idea de “clásico” que se sitúan a uno y otro lado de la línea del tiempo: la primera formulación que encontramos atestiguada, a partir de una curiosa metáfora, en las Noches áticas de Aulo Gelio, y la última gran formulación del concepto, la del autor italiano Italo Calvino, que viene a suponer la culminación de ese largo proceso referido. Esta reflexión servirá para apreciar cuánto ha variado el concepto a lo largo de dieciocho siglos, aunque, para nuestra sorpresa, es posible encontrar todavía algunas coincidencias significativas que demuestran de qué manera el azar, tal como vio Enrst Robert Curtius, sigue ocupando un lugar clave para comprender este término. En particular, queremos revisar la naturaleza metafórica de la formulación y su emplazamiento ideal en una ciudad imaginaria que se parece mucho a la antigua Roma, poblada idealmente de autores jerarquizados por su “solvencia” gramatical y literaria.
Así las cosas, nuestro objeto de estudio lo componen especialmente los textos de Gelio relativos a la palabra classicus en sus dos acepciones: la originaria, de carácter social, y la metafórica, que apunta a la idea de los mejores autores. Haremos después un recorrido histórico del término a partir de dos momentos estelares: el siglo XVI, que marca su resurrección y generalización, y el siglo XIX, que lo transforma profundamente. Tras estudiar algunos de los autores esenciales que revisaron el término a mediados del siglo XX, llegaremos a dos obras clave de Italo Calvino: Por qué leer los clásicos y Las ciudades invisibles.
Nuestro método de trabajo no supone tanto una mera enumeración lineal de testimonios como una ponderación adecuada de ciertos momentos esenciales que nos ilustran acerca de la visión antigua y moderna del propio concepto de clásico. Seguiremos para ello un criterio de oposición entre términos: classicus frente a proletarius o, siglos más tarde, “clásico” frente a “romántico”, que viene a ser una reformulación de la dicotomía entre “antiguos” y “modernos”. Nuestro estudio se desarrolla según el siguiente esquema: (1) el uso que Aulo Gelio hace de classicus adsiduusque frente a proletarius, (2) el uso que Luis Vives hace de classici frente a proletarii atque etiam capitecensi; (3) los “clásicos” frente a los “románticos”; (4) la crisis de mediados del siglo XX: proletarius, non classicus; (5) los clásicos cotidianos, o la biblioteca personal y (6) la ciudad invisible … de los clásicos. (...)

FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

sábado, 31 de julio de 2010

CUANDO INTENTARON SUSTITUIR LOS TOROS HACE TRES SIGLOS


Las noticias de actualidad no siempre son tan novedosas como pretenden ser. Estos días se han prohibido las corridas de toros en el Parlamento de Cataluña, pero el asunto no es, ni mucho menos, nuevo. Precisamente, me he acordado de un precioso manuscrito miniado que se conserva en la Biblioteca de Palacio, en Madrid, titulado: "Las Parejas." Elegante documento "antitaurino" elaborado en 1781, que ha quedado atenuado ante la fuerza icónica de las series taurinas de Antonio Carnicero y, en especial, de Goya. Por Francisco García Jurado HLGE

Este manuscrito del siglo XVIII, raro ejemplar miniado, a la manera de los manuscritos medievales, fue estudiado por Matilde López Serrano en un documentado libro publicado por la Editorial Patrimonio Nacional (en la imagen), dentro de una serie titulada "Colección Selecta", dedicada a la presentación de algunas joyas bibliográficas depositadas en las bibliotecas de Patrimonio. Este códice en cuestión tiene un interés primordial para la historia del "antitaurinismo", pues, en palabras de la propia López Serrano: "Se trata de las figuras de una gran Cuadrilla o Torneo, festejo hípico ya un poco pasado de moda en el siglo XVIII, pero al que la Casa de Borbón, al establecerse en España, fue ciertamente aficionada, tal vez como reacción a las tradicionales y arraigadas corridas de toros, que debieron parecer festejos atrozmente sanguinarios y crueles, tan distantes de los habituales en las Cortes europeas de la época". Esta faceta antitaurina no dejaba de ser parte del proyecto despótico e ilustrado procedente de Francia y encarnado en la persona de Felipe V, nieto de Luis XIV. Como tantas otras reformas, el intento de terminar con la "barbarie" taurina quedó frustrado por una realidad más compleja. La fiesta de los toros terminó siendo asimilada, por así decirlo, a nuestra peculiar Ilustración hispana, y hoy día las estampas de la época son joyas de coleccionista. De esta forma, es significativo que muchas de las estampas españolas del este siglo, como las de Antonio Carnicero, reproduzcan pormenorizadamente aspectos concretos de la tauromaquia, y que Goya recurra a una suerte de ejercicio histórico o retrospectivo (muy propio de la Ilustración), remontándose precisamente hasta los árabes, al comienzo de su famosa serie de aguafuertes. Goya, por tanto, parte de una suerte de historia de la tauromaquia. El siglo XIX, que en buena parte convirtió a España en mito, fue el siglo estelar de la bibliofilia, que da lugar a subgéneros como de la bibliofilia taurina, propiamente español. En su artículo "De re bibliographica", Menéndez Pelayo reprocha, precisamente, a la bibliofilia de su tiempo, el interés que le presta a temas como la cetrería o la tauromaquia frente a los autores griegos y latinos:

"No ha de negarse que hay hartos bibliófilos (si tal nombre merecen) acreedores a esta y aun a otras más acres y no menos fundadas censuras; y en verdad que se duda a veces entre la risa y la indignación al ver a ciertos acaparadores de libros estimar el mérito de los trabajos del humano ingenio por su mayor o menor escasez en el mercado, despreciando, v. gr., los clásicos griegos y latinos porque se encuentran a toda hora, en cualquier forma y en variedad de ediciones, al paso que dan suma importancia a los libros de jineta, de esgrima, de cetrería, de tauromaquia, de heráldica o de arte de cocina, por raros y difíciles de encontrar en venta. Y produce ciertamente triste impresión la lectura de muchos catálogos bibliográficos, cuyos autores para nada parecen haber tenido en cuenta el valor intrínseco de los libros, fijándose sólo en insignificantes pormenores propios más de un librero que de un erudito."

El tema, naturalmente, es inacabable, pero no está mal que también lo veamos desde una perspectiva un poco más rica. Al menos nos dará materiales para la reflexión, y no sólo para la discusión encendida y visceral. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

miércoles, 28 de julio de 2010

PASEO POR NÁPOLES ENTRE VICO Y CROCE


Ahora que nos acercamos al ecuador del verano, vivo con toda la conciencia que me es posible el último viaje a Nápoles, en la primavera. Imagino el calor que hará estos días en la Solfatara, o en la subida al volcán Vesubio. Sin embargo, las ideas de los historiadores más notables de aquella ciudad, Vico y Croce, me sirven de refrescante pasatiempo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

El Biaggio dei Librai albergaba discretamente la casa natal de Vico. Así lo recordé felizmente en un blog del pasado mes de marzo. Me gustó ver que esta calle rectilínea y estrecha terminaba fundiéndose con la que lleva el nombre del propio Benedetto Croce, e imagino que no es por casualidad. Así pues, el centro de Nápoles se convierte en escenario real que nos permiten pasear por la continuidad entre dos historiadores que ligaron la Historia a la propia hazaña de la imaginación y la libertad, respectivamente. Uno vivió a caballo del siglo XVII y XVIII, el otro entrel el siglo XIX y el XX, con casi doscientos años de diferencia entre sus nacimientos. Tanto Vico como Croce pasaron casi toda su vida en la misma Nápoles. Croce, además, intervino en la política desde joven, aunque no permitió que su actividad fundamental dejara de ser la Historia. Si Vico es el símbolo de la nueva erudición, Croce encarnó el símbolo de la Italia liberal, sobre todo durante los 20 años de fascismo. Las vidas de ambos fueron largas y creadoras, con una singular coherencia espiritual que los define como pensadores de puro cuño idealista. Para Croce, Vico fue su tema constante de meditación, y de Vico toma la visión de la Historia como una realidad inteligible, como actividad directa del espíritu humano a través de los siglos. Sin embargo, Croce no acepta el transcendentalismo de Vico, sino que se aferra a un concepto meramente humano de la Historia: hay que afirmar la realidad humana de la Historia, pero no debe aceptarse moralmente todo lo sucedido.
En su ensayo sobre Hegel, Croce afirma que la fuerza creciente de la ciencia positiva va a terminar con la superstición que ha atenazado a la realidad. Curiosamente, el gran pensador idealista ensalza la ciencia de los datos y del progreso. Son ideas claramente poderosas que, sobre todo, hoy días siguen emocionándonos. Ya sé que cada persona es como es y que, en palabras de Heráclico, el carácter es el genio del hombre. Por ello, yo no puedo dejar de pensar en estas cosas cuando paseo por Nápoles, a pesar de las motocicletas. FRANCISCO GARCÍA JURADO.

domingo, 25 de julio de 2010

REFLEXIÓN SOBRE EL GRAND TOUR

Esta es la carta de respuesta que envié el otro día a una colega y amiga. Ella me apuntaba en la corrección de un trabajo que debía aclarar lo que era el Grand Tour. No fue tanto la necesidad de hacer esta aclaración, perfectamente comprensible, sino la manera de decírmelo lo que suscitó la respuesta que a continuación reproduzco. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

"En una de tus notas dices muy airosa,que la mayoría de los mortales no sabemos qué cosa es el Grand Tour.Y a mí se me ocurre, ahora ocioso, en mi gabinete tapizado por obras eruditas del siglo dieciocho, que cómo se puede vivir sin conocer la experiencia más grande que acaso le fue dada vivir a los padres de nuestra moderna ciencia de la Antigüedad remota. Pienso ahora en la tumba de Virgilio, en el olor a azufre de la Solfatara, en el color azul del golfo de Salerno, en leer la Eneida ante el lago Averno. Y todo esto lo siento cuando a veces, sólo a veces, la vida se vuelve un absoluto."

Creo que la fotografía tomada en uno de esos lugares hermosos y míticos del Golfo de Salerno acompaña bien todo lo que aquí hemos querido expresar.

FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 21 de julio de 2010

HISTORIADORES DE ROMA EN LA OBRA DE CORTÁZAR Y RIBEYRO


La historiografía antigua ha suscitado pasión en muchos de los autores modernos y contemporáneos. Sería sorprendente comprobar cuántos sugerentes pasajes de la historiografía latina han pasado y quedado latentes en las mentes de los creadores literarios, aflorando después en bellos episodios narrativos. No sólo los antiguos historiadores, sino incluso los modernos son objeto de la ficción. Cortázar, García Márquez, Lezama Lima, Alejo Carpentier o Julio Ramón Ribeyro son sólo interesantes cabezas de este inmenso iceberg.
Publicado por Francisco García Jurado HLGE


Vamos a repasar como ejemplo algunos sugerentes textos de Julio Cortázar y Julio Ramón Ribeyro. Julio Cortázar (1914-1984) da buena cuenta de su conocimiento de los historiadores romanos al referirse explícitamente en uno de sus cuentos nada menos que a Tácito, Suetonio, la Historia Augusta y Amiano Marcelino:

"Por fin, en el presente año, estudio paralelamente una antología de moderna poesía angloamericana de Louis Untermeyer, la historia del Renacimiento en Italia de John Aldington Symonds y -absurda complacencia- la serie de los Césares romanos desde el héroe epónimo hasta el último capítulo de Amiano Marcelino. Para esta tarea me traje -con la gentil aprobación de la bibliotecaria de la Escuela- Tácito, Suetonio, los escritores de la Historia Augusta y Marcelino. En el momento de escribir este relato he llegado a conocer en detalle la vida de los emperadores hasta Probo; pegada a la pared de mi habitación hay una gran hoja de cartulina y ahí registro uno por uno los nombres de aquellos romanos y las fechas de sus reinados (...)"

Todavía resulta más curioso otro fenómeno derivado, como es ver que son, precisamente, los historiadores modernos de Roma, en concreto Theodor Mommsen y Jérôme Carcopino, los que hacen su aparición en la ficción literaria. De esta forma, y aunque los datos son imprecisos, nos da la impresión de que Julio Cortázar está aludiendo a la figura del historiador alemán Theodor Mommsen en el cuento titulado "Sabio con agujero en la memoria", compuesto precisamente mediante retazos de célebres frases latinas, a la manera de un mensaje telegráfico, y donde hace participar también en la acción nada menos que al mismísimo emperador Caracalla:

"Sabio eminente, historia romana en veintitrés tomos, candidato seguro al Premio Nobel, gran entusiasmo en su país. Súbita consternación: rata de biblioteca a full-time lanza grosero panfleto denunciando omisión Caracalla. Relativamente poco importante, de todas maneras omisión. Admiradores estupefactos consultan Pax Romana qué artista pierde el mundo Varo devuélveme mis legiones hombre de todas las mujeres y mujer de todos los hombres (cuídate de las Idus de marzo) el dinero no tiene olor con este signo vencerás. Ausencia incontrovertible de Caracalla, consternación, teléfono desconectado, sabio no puede atender al Rey Gustavo de Suecia pero ese rey ni piensa en llamarlo, más bien otro que disca y disca vanamente el número maldiciendo en una lengua muerta."

A pesar de la vaguedad intencionada, sí podemos encontrar dos referencias dentro del pequeño relato que pueden hacernos pensar en Mommsen: el historiador alemán fue, en efecto, Premio Nobel en 1902 y su Historia de Roma tan sólo abarcó el periodo de la República, hasta el punto de que Gilbert Highet dedica unas páginas encaminadas a valorar por qué no quiso terminar su obra más conocida . Por el contrario, Carcopino sí aparece explícitamente citado e involucrado como especialista de la Historia Antigua en un cuento del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro (1929) titulado "Terra Incognita". El cuento, escrito precisamente en París en 1975, tiene como protagonista a un erudito en Historia Griega, el doctor Álvaro Peñafiel, amigo y colega en la ficción del profesor Carcopino:

"El doctor Álvaro Peñaflor interrumpió la lectura del libro de Platón que tenía entre las manos y quedó contemplando por los ventanales de su biblioteca las luces de la ciudad de Lima que se extendían desde La Punta hasta el Morro Solar. Era un añochecer invernal inhabitualmente despejado. Podía distinguir avisos luminosos parpadeando en altos edificios y detrás la línea oscura del mar y el perfil de la isla de San Lorenzo.
Cuando quiso reanudar su lectura notó que estaba distraído, que desde esa galaxia extendida a sus pies una voz lo llamaba. Habituado a los análisis finos escrutó nuevamente por la ventana y se escrutó a sí mismo y terminó por descubrir que la voz no estaba fuera sino dentro de él. Y esa voz le decía: sal, conoce tu ciudad, vive. (...)
Pero la soledad tenía muchos rostros. Él había conocido únicamente la soledad literaria, aquella de la que hablaban poetas y filósofos, sobre la cual había dictado cursillos en la universidad y escrito incluso un lindo artículo que mereció la congratulación de su colega, el doctor Carcopino. Pero la soledad real era otra cosa. (...)
Cuando estuvo frente al volante quedó absolutamente absorto. Él tenía un conocimiento libresco pero perfecto de las viejas ciudades helenas, de todos los laberintos de la mitología, de las fortalezas donde perecieron tantos héroes y fueron heridos tantos dioses, pero de su ciudad natal no sabía casi nada, aparte de los caminos que siempre había seguido para ir a la universidad, a la biblioteca nacional, a la casa del doctor Carcopino, donde su madre. Por eso, al poner el carro en marcha, se dio cuenta que sus manos temblaban, que este viaje era realmente una explicación de lo desconocido, la terra incognita (...)"

Vemos, pues, cómo en un sillón de cuero de la biblioteca de Álvaro Peñaflor, Carcopino contaba a éste sus últimas lecturas de historia romana. Carcopino, cuya obra acerca de la vida cotidiana en Roma ha servido de tanta inspiración para los cultivadores de la novela histórica, y tan amigo de estudiar las relaciones entre la historia y la literatura, se ve involucrado ahora, aunque sin participar directamente en el trasunto del cuento, en esta particular ficción tan irónica con respecto a la erudición libresca.

Francisco García Jurado
Universidad Complutense

sábado, 17 de julio de 2010

LEYENDO A GONZÁLEZ GARBÍN, ENTRE LA INCOMPRENSIÓN Y EL ENTUSIASMO

Nuestro trabajo de investigación, con lo que esta actividad conlleva de especialización y trabajo metódico, a menudo ha de enfrentarse a la incomprensión de los demás. Las motivaciones profundas de nuestro trabajo metódico se vuelven a menudo meras anécdotas para los que nos rodean. Por ello, también es importante que sepamos llamar la atención sobre aquello que hacemos y que no se ve a simple vista. ¿Por qué alguien colecciona, por ejemplo, etiquetas de agua embotellada? ¿Qué hay debajo de esta actitud? Un texto de Carlos Martín Escorza, director científico del exquisito períodico que publica el madrileño Museo Nacional de Ciencias Naturales, me hizo comprender muy bien esta necesidad de explicar por qué hacemos lo que hacemos. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. GRUPO DE INVESTIGACIÓN HLGE
Ayer volví por un rato a mi querido Museo de Ciencias Naturales. A este museo le debo en gran medida que hoy día sea lo que soy, y que dedique una parte de mi actividad laboral a la investigación, si bien ésta pertenece al ámbito de las llamadas ciencias humanas. Mis visitas al museo son siempre gratas, pues me recuerdan a menudo cómo comenzó mi vocación por el conocimiento. Todavía recuerdo cuando me quedé fascinado ante lo que se llamaba "Exposición permanente de entomología", y cómo no tardé en comenzar también mi propia colección, que todavía se conserva en la casa de mi madre. Las circunstancias me hicieron derivar a otro tipo de investigación, y hoy no estudio insectos, sino documentación para ilustrar el desarrollo de la historiografía de la literatura grecolatina en España y las influencias que ésta ha recibido del exterior. Estos días soy testigo de mis pequeños descubrimientos, de los hilos ocultos que convierten el conjunto de manuales que estudio en una caja de resonancia de problemas que tienen que ver con la historia de las humanidades en el mundo contemporáneo. Pues bien, en muchos casos, quien no participa de una investigación suele quedarse con la mera anécdota y puede pensar que lo que hago es recopilar libros viejos. Volviendo a mi visita al Museo de Ciencias Naturales, no me olvidé de recoger el períodido que esta institución edita y que me reporta gratos momentos de lectura. Entre otros trabajos interesantes y notables, encontré uno de Carlos Martín Escorza donde nos cuenta las circunstancias que le llevaron a coleccionar miles de etiquetas procedentes de botellas de agua mineral. En apariencia, podría tratarse de una manía de coleccionista como la de aquellos que coleccionan, por ejemplo, billetes de metro. Sin embargo, el planteamiento es tan sencillo como fascinante: lo que le interesa al profesor Martín Escorza es la composición química que figura en tales etiquetas, no las etiquetas en sí. Esto le está permitiendo llevar a cabo un estudio sobre la diversidad de los minerales que hay en ellas. Sin embargo, la etiqueta no queda sólo en mero contenedor. Él mismo declara que muchas de las etiquetas que ahora guarda con la impagable colaboración de su mujer esconden recuerdos gratos de viajes y vivencias. Esta sensación me resulta también muy reconocible, pues la investigación no es sólo método y constancia, es también biografía. En el tiempo silencioso de los laboratorios y las bibliotecas vivimos momentos únicos, aunque no sean muchas veces evidentes como un certamen deportivo. Ahora pienso, precisamente, en el estudio que llevo haciendo durante años acerca de los manuales de literatura griega y latina en España, desde finales del siglo XVIII hasta los años treinta del siglo XX. El catálogo sistemático conlleva manejar muchos datos sobre los autores, los traductores y sus obras. Estos días he estado estudiando una importante obra debida a una profesor almeriense: Antonio González Garbín. Su liberatura latina, publicada a comienzos de los años ochenta y luego en 1896, supone la entrada de la modernidad historiográfica en el pequeño ámbito de los estudios de literatura latina. El autor ha adaptado las ideas de W. Teuffel, el profesor alemán que fue capaz de crear una literatura latina a la medida de la nueva Prusia de Bismark. Frente a lo que habían sido los manuales románticos, el libro de Teuffel desplaza el interés desde los textos arcaicos a los textos imperiales, y consigue perfilar el concepto de una literatura nacional romana que se desarrolla de una manera cíclica. Garbin hizo de impagable intermediario entre el pensamiento historiográfico alemán de la época y el humilde contexto de la Universidad de Granada casi de manera simultánea. Esta circunstancia que aquí expongo supone un pequeño pero importante argumento para poder estudiar los intentos de renovación metodológica que algunos españoles llevaron a cabo a partir de los años ochenta del siglo XIX. Es relevante que estos intentos también se llevaran a cabo dentro de los precarios estudios clásicos, donde la aportación de González Garbín resulta fundamental. Poder ver estas cosas supone tiempo y paciencia, a menudo desespera no ver el final de nuestro trabajo, pero un cierto imperativo interior nos lleva a continuar incansables. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 15 de julio de 2010

CUANDO UNA CIUDAD NOS RECUERDA A OTRA


Este juego de estar en una ciudad y recordar otra es propio, quizá, de viajeros nostálgicos o sentimentales, como diría Laurence Sterne. También es curioso buscar en las ciudades el lado menos representativo, como si se tratara de un antídoto contra los tópicos. Bolonia, cuyo canal medieval aparece en esta foto, es conocida por sus cuarenta kilómetros de soportales y sus torres de piedra. Por ello, resulta toda una sorpresa encontrar esta estampa tan veneciana, aunque excepcional, en una ciudad bien diferente. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
No sé si fue casualidad que el día que descubrí este canal boloñés me dirigía a la estación de ferrocarril para visitar Venecia. Me pareció un bonito anticipo, y me fui con este recuerdo insignificante a la ciudad de los canales. Después, he vuelto varias veces a visitar este mismo lugar. La última vez que lo he visto ha sido hace apenas un mes, cuando María José y yo visitamos Bolonia durante un fin de semana. Para ella era una visita primeriza, para mí era simplemente volver a una ciudad donde han quedado recuerdos muy diferentes de una estancia de estudiante y de un congreso internacional. Ahora, felizmente, tengo otros recuerdos renovados y felices. Entre otras cosas, volví a subir a un famoso santuario que está a las afueras de la ciudad, pero al que se accede por un soportal que se extiende desde la puerta de Zaragoza a lo largo de varios kilómetros. En el exquisito viaje por Italia que narró el Presidente de Brosses (obra traducida al castellano por Nicolás Salmerón y publicada por Calpe a comienzos de los años 20 del siglo pasado) se nos habla sobre los pórticos de Bolonia, que el autor califica de anchos y, además de estar embaldosados; asimismo, se nos dice que "han construido otro fuera, que, comenzando en una de las puertas, va subiendo hasta la cima de una montaña bastante alta, a terminar en una pequeña iglesia, muy frecuentada por la gente devota. Este dichoso pórtico no tiene menos de una legua de largo. En el sitio en que termina la llanura para subir más suavemente a la montaña han tendido una especie de puente, que sostiene un bello peristilo cubierto por una bóveda y que salva muy artísticamente la irregularidad del terreno. Sería una obra digna de romanos si en vez de los feos pilares cuadrados, acoplados, que forman este pórtico, hubieran empleado en él columnas de buen gusto (...)". La verdad es que apenas recordaba cómo era este itinerario porticado, que completé con bastante esfuerzo a causa de la pronunciada inclinación del terreno y del calor de la tarde. Curiosamente, recordaba que había hecho esta excursión también un sábado, esta vez de 1992, y que al volver a mi residencia de estudiante (el colegio Poeti, en la vía Barbería), cené, entre otras cosas, una lata de sardinas. Por muchas razones, entre ellas la de poder volver ahora con María José a la ciudad, esta tercera estancia ha sido la más feliz con diferencia. La primera vez que vi Bolonia mi futuro era incierto. Acababa de defender mi tesis doctoral y mi beca se extinguía al cabo de unos meses. Al cabo del tiempo, en 2003, volví a un congreso en circunstancias no del todo felices, y con un calor de justicia. Ahora, al fin, regresaba con cierta paz en el alma y, además, un libro excelente de Julio Caro Baroja: Las veladas de Santa Eufrosina. El libro es todo él una evocación romana. He tenido ocasión de releer esta evocación en Italia, aunque no en Roma, y así he continuado jugando al interminable pasatiempo de evocar una ciudad cuando estamos realmente en otra. FRANCISCO GARCÍA JURADO