martes, 7 de febrero de 2012

Lenguas sabias, o la visión ilustrada del mundo clásico

La nueva historia de los estudios clásicos en el mundo moderno requiere de planteamientos que todavía hoy son novedosos. Entre ellos, hay que prestar especial atención a los nuevos conceptos que se van articulando a partir de los siglos XVIII y XIX. Esta dimensión, a menudo invisible para casi todos, nos permite ver mejor cómo las nuevas categorías de la modernidad han ido reinterpretando el mundo antiguo a la luz de las modernas ideas. El pensamiento ilustrado francés trajo una nueva denominación para las lenguas de la Antigüedad: la de "lenguas sabias". (en la fotografía, detalle de la sala dedicada a la Ilustración en el Museo Británico) POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
El siglo XVIII supone, entre otras cosas, el comienzo del pensamiento historicista. El recurso a la historia como argumento tendrá consecuencias importantes para la propia consideración de las lenguas antiguas, en especial el latín, que deja de entenderse en términos de lengua de comunicación para pasar a considerarse como una lengua que abre el conocimiento de un tiempo pasado. Son los albores de la moderna filología. Para apreciar cabalmente cómo evoluciona la consideración de las lenguas antiguas, es oportuno que consideremos algunas denominaciones dadas al latín en el siglo XVIII y XIX: “lengua sabia” y “lengua clásica”. Ambas intentan sustituir la peyorativa denominación de “lengua muerta”, fruto de una disputa quinientista que, a partir del tópico de la vida y la muerte de las lenguas, trataba de caracterizar al latín frente a las emergentes lenguas modernas, llamadas también “vivas”, “maternas”, “vulgares” y, ya tiempo después, “vernáculas” (de verna, “esclavo”). “Lengua sabia”, por tanto, resulta ser una acuñación ilustrada y sustitutiva de “lengua muerta”, debido al carácter peyorativo de esta última , que pugnará en el siglo siguiente con la denominación de “lengua clásica”, afincada en el mito del clasicismo y lo clásico, hasta que ésta última termine triunfando. Es oportuno revisar una y otra con más detalle.
Muy propia de la cultura ilustrada es la denominación de “lenguas sabias”. Conviene observar, asimismo, que la denominación “lenguas sabias” se diferencia de todas las demás (“muertas” o “clásicas”) por tener una interesante expresión alternativa para las lenguas modernas de carácter diferente a las anteriores. Así pues, mientras la denominación de “lenguas muertas” se opone a la de “lenguas vivas” y la de “clásicas” a “modernas”, la de “lenguas sabias”, a tenor de lo que vamos a ver en dos ejemplos más adelante, encuentra su expresión alternativa en la formulación de “lenguas europeas” o “propias”. De esta forma, la denominación de “lenguas sabias” tendría que ver con una formulación no peyorativa frente a las nuevas lenguas de cultura, como el francés, el inglés o el alemán. En español, parece que la denominación de “lenguas sabias” es un galicismo léxico proveniente de la juntura “langues savantes”. La primera ocurrencia que encontramos de ella en castellano, en oposición a las lenguas “europeas” modernas (entiéndase, sobre todo, la lengua francesa), es en la famosa “novela rousseauniana” de Pedro Montengón titulada Eusebio (1786):

Acrecentaba mucho más a su concepto la fama que cundía de la cultura de su ingenio, de sus letras, de su erudición, del conocimiento de las lenguas sabias y de las europeas que poseía; sus muchas luces adquiridas en los viajes y que daban tan grande realce a su virtud y piedad, que le granjeaban la universal estimación. (Pedro Montengón, Eusebio, Madrid, Cátedra, 1998, p. 805 apud CORDE)

Asimismo, Menéndez Pelayo opone “lengua sabia” a “lengua propia” en un comentario sobre el abate Marchena:

Así él, como su contemporáneo Sánchez Barbero, eran mucho más poetas usando la lengua sabia que la lengua propia. (Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles V, Madrid, CSIC, 1946-1948, p. 448 apud CORDE)

Si bien la denominación de “lengua sabia” tiene un sabor claramente ilustrado, observamos que puede utilizarse de manera retrospectiva para referirse al latín humanista . El uso es a todas luces anacrónico, ya que en el siglo XVI no se contaba con una expresión semejante para referirse, por antonomasia, a una lengua como el latín. Podemos verlo en este texto de Moratín referente al humanista Pérez de Oliva:

Su extensa erudicion en las lenguas sabias, sus profundos conocimientos en las ciencias morales y exactas, su aplicacion á las buenas letras, juntamente con las prendas estimables de su caracter, despues de haberle merecido el favor de los Pontífices Leon X, Adriano VI y Clemente VII determinaron á Carlos V á elegirle por maestro del príncipe, su hijo, empleo que no llegó á servir, habiendo muerto en el año de 1533 antes de cumplir los cuarenta de su edad. (Leandro Fernández de Moratín, Orígenes del teatro español, Madrid, Real Academia de la Historia, 1830, pp. 165-166 apud CORDE)





Hoy día ya no hablamos de lenguas sabias, pero, sin saberlo, hemos heredado el moderno sentido enciclopédico para clasificar nuestras disciplinas a partir de la idea del "arbor scientiarum", o de las ramas del saber. Superar el viejo concepto circular o cíclico de la enciclopedia antigua para pasar al de la ramificación supuso un profundo paso hacia la modernidad. FRANCISCO GARCÍA JURADO

viernes, 3 de febrero de 2012

La literatura y sus mitos

Seguimos con estas notas acerca de una historia no académica de la literatura. Ahora corresponde hablar acerca de los mitos que la propia literatura crea acerca de ella misma. El autor, el texto, la crítica y el lector pueden servirnos perfectamente como elementos para esta reflexión. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Queremos llevar a cabo un viaje real e imaginario por algunas de las intensas lecturas que los escritores modernos han hecho de los autores grecolatinos, desubicándolos y confiriéndoles una nueva vida en contextos y circunstancias completamente nuevos. Hay que fijar un criterio para este recorrido, de manera que no se convierta en una mera enumeración de datos o una simple miscelánea, por agradable e imprevista que ésta pudiera resultar. Recurriremos, no obstante, a lo que, en nuestra opinión, son los cuatro grandes mitos[1] sobre la literatura y sus circunstancias, a saber:

-El mito del autor y su obra (“mito biográfico”)
-El mito del texto (“mito filológico”)
-El mito de la crítica (“mito de lo clásico”)
-El mito del lector y la relectura (“mito de Pierre Menard”)

El primer mito parte de una realidad que todos consideramos natural (cabe pensar que quien escribe una obra literaria no es otro que un escritor), aunque no siempre se cumpla, pues el esquema del autor y su correspondiente obra a menudo se ve truncado por la ausencia de uno de los dos elementos, dando lugar a obras sin autor y, lo que es quizá más interesante, a autores sin obra. El mito del autor y su obra se podría resumir en una formulación más simple como el “mito biográfico”. El segundo mito tiene que ver, ante todo, con la realidad material de la literatura: la existencia de unos textos y las diferentes representaciones de esa textualidad, como puede ser el uso de las citas de textos ajenos en nuevos contextos. Bien podría denominarse como el “mito filológico”, por el carácter reverencial que todavía sigue mostrando el ámbito de lo escrito. Como luego veremos, Platón lo denomina el mito de Theuth. El tercer mito tiene que ver con lo que, en palabras del crítico literario Miguel García Posada, vendría a constituir el “vicio crítico”[2] de juzgar los escritos que leemos, tratando de separar lo que queremos que perdure frente a lo que nos parece meramente efímero; los cánones literarios serían consecuencia de este ejercicio crítico. De esta forma, al igual que en las religiones existen libros sagrados, en el ámbito profano contamos con libros clásicos, y cabría hablar, en este sentido, del “mito de lo clásico”[3]. El cuarto mito, finalmente, viene a ser complementario del primero y cierra el ciclo, pues tiene que ver con el destinatario natural de la propia literatura, aquel que la lee y le confiere su última razón de existir: el lector. Este mito podría denominarse perfectamente como el “mito de Pierre Menard”, en recuerdo del genial lector-autor del Quijote recreado en una impar ficción borgesiana.
Los autores griegos y latinos han sido objeto constante de estas mitologías, y no con menos intensidad en la dilatada literatura escrita a lo largo del siglo XX. Encontramos variadas recreaciones de sus personas dentro de las modernas ficciones; asimismo, sus textos aparecen citados o incluso reinventados de manera inesperada. Por lo demás, no pocos autores del siglo XX se aventuran en la crítica de los textos de la Antigüedad con mayor o menor fortuna, de manera que cabría incluso hacer una historia de tales juicios de valor, muy ligados a las propias estéticas de la modernidad. Finalmente, hay lectores modernos que hasta se han apropiado de los viejos textos con la pretensión de hacerlos también suyos, como es el caso paradigmático de Jorge Luis Borges y la Eneida de Virgilio. Vamos a ver, por tanto, cómo los viejos autores, sus libros y sus textos se recontextualizan y se desubican a medida que pasamos revista a los cuatro mitos de la literatura. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO


[1] El uso del término “mito” que hacemos en este punto se acerca al que Roland Barthes emplea en su obra Mitológicas (México, Siglo XXI, 1980, p. 8), cuando por “mito” entiende, sobre todo, la confusión creada al interpretar hechos que son producto de la historia como meras circunstancias naturales. Esta noción de mito intenta, por tanto, desvelar ciertas falsas evidencias. Entiéndase, pues, que el uso que aquí hacemos de la palabra “mito” tiene un sentido muy general, pensando en aquellas supuestas certezas que, a pesar de referirse a una realidad no siempre comprobable, son aceptadas comúnmente. Jorge Luis Borges preferiría sin lugar a dudas hablar de “supersticiones”. Sobre los mitos, su definición y su concepto puede consultarse Lluís Duch, Mito, interpretación y cultura: aproximación a la logomítica. Traducción Francesca Babí i Poca, Domingo Cía Lamana, Barcelona, Herder, 1998 y Luis Cencillo, Los mitos, sus mundos y su verdad, Madrid, Biblioteca de autores cristianos, 1998.
[2] Aludimos de esta manera al ameno libro titulado El vicio crítico, Madrid, Espasa Calpe, 2000.
[3] Hemos estudiado la historia del término “clásico”, desde su primera ocurrencia en el ámbito literario (Aulo Gelio) hasta su más moderna reformulación (Italo Calvino), en Francisco García Jurado, “La ciudad invisible de los clásicos. Entre Aulo Gelio e Italo Calvino”, Nova Tellus 28, 2010, pp. 271-300.

miércoles, 25 de enero de 2012

Viajes por un historia imaginaria de la literatura grecolatina en el siglo XX



Hoy ha llegado a mis manos el pulcro ejemplar titulado Imágenes modernas del Mundo Antiguo, editado por Emilia Fernández de Mier y Julio Cortés Martín. Cinco textos se recogen en él, procedentes de las conferencias impartidas en Caixa Forum dentro del ciclo “Imágenes modernas del mundo antiguo” organizado por la Delegación de Madrid de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, desde finales de 2010 a comienzos de 2011. Os ofrezco el comienzo de mi charla, que sugería un viaje imagiario y real por los lugares donde habían quedado desubicados los autores antiguos: Virgilio en Harvard, Esquilo en Albania, Suetonio en La Habana o Píndaro en Atlanta. Un viaje inédito por la alquimia de la lectura (en la imagen, edición de bibliófilo de la República literaria de Saavedra Fajardo, años 20). POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.

Nos sigue pareciendo un hecho mágico que unos libros, los modernos, nos puedan hablar acerca de otros libros, precisamente los antiguos. Esto convierte a la literatura en estimulante juego y en biblioteca viva, capaz de contar incluso la historia de sí misma como tal literatura, si bien de una manera bastante lejana a la de las historias de la literatura que se encuentran en los libros académicos. Nuestras lecturas, de hecho, son algo bien distinto a la linealidad que a menudo trazan tales historias literarias, parecidas más bien a grandes autopistas que atraviesan la selva[1]. Nosotros, por el contrario, somos capaces de asociar obras muy diferentes entre sí, lejanas en el espacio y el tiempo, y podemos articular una visión radicalmente nueva de la propia historia de la literatura. Así pues, frente al criterio eminentemente positivista que domina buena parte de la historiografía literaria, especialmente la de los siglos XIX y XX, la historia no académica que vamos a proponer aquí se caracteriza por sus criterios intuitivos de relación, frente a las historias oficiales, organizadas normalmente a partir del doble criterio de los géneros y los períodos literarios. Muy al contrario de lo que encontramos en los manuales, nuestra forma de organizar mentalmente las lecturas realizadas a lo largo de nuestra vida no tiene forma de manual, como algunos podrían pensar (y cuánta culpa tiene esta creencia en el hecho de que tantas clases de literatura sean recordadas al cabo de los años como algo tedioso), sino que presentan, más bien, el aspecto de una “antología inminente”, en palabras de Alfonso Reyes. Por lo tanto, nosotros como lectores y posibles autores, somos los portadores de unos textos que, una vez leídos y soñados, terminan formando parte de nuestra vida en asociaciones completamente imprevistas. Si bien no somos sus dueños (como pretenden los partidarios más extremos de la llamada “estética de la recepción”), tales textos nos pertenecen y nos convierten en sus transmisores, los que hacemos posible que aquéllos vuelvan a la vida cada vez que los recordamos o evocamos. La alquimia que los sentidos del texto van conformando en nuestra mente, ligados a nuestras experiencias vitales, es, en definitiva, la que va a conferir su significado más profundo y vital, al menos para nosotros. Hay, por tanto, una posibilidad, cada vez menos remota, de que sea la propia literatura quien cuente la historia de sí misma, de una manera mucho más imaginativa que la que se relata en las historias oficiales. Que muchos autores dejen a lo largo de sus obras testimonios diversos de sus lecturas supone una ocasión magnífica para poder rastrear, a su vez, esta forma imprevista de historia literaria a la que nos referimos. En muchos casos, esta insospechada historia de la literatura generada en la experiencia de un lector-autor ha supuesto por sí misma una avanzadilla notable con respecto a las interpretaciones académicas. Por ejemplo, el escritor austriaco Hermann Broch[2] indaga desde dentro de su propia circunstancia vital acerca de las razones por las que el poeta Virgilio quiso quemar su Eneida poco antes de morir, y lleva a cabo esta indagación al margen de los datos que han aportado tradicionalmente las llamadas Vitae Vergilianae[3]. Esta comprensión de Virgilio en términos estrictamente hermenéuticos ha llamado la posterior atención de académicos, especialmente los de la llamada “Escuela de Harvard”[4]. De esta forma, la creación literaria ha ido significativamente por delante de la propia actividad filológica. FRANCISCO GARCÍA JURADO






NOTAS
[1] Escuchamos esta metáfora a José Carlos Mainer en la presentación de uno de sus últimos libros.
[2] Hermann Broch, La muerte de Virgilio. Versión de J. M. Ripalda sobre traducción de A. Gregori, Madrid, Alianza, 1995.
[3] Véase, a este respecto, el lúcido trabajo de José Luis Vidal titulado “Por qué Virgilio quería quemar la Eneida..., si es que quería”, publicado en HVMANITAS in honorem Antonio Fontán, Madrid, Gredos, 1992, pp. 479-484.
[4] Se trata de críticos como Adam Parry. Véase, a este respecto, el capítulo titulado “Más allá de Virgilio”, en el libro de Cesáreo Bandera, El juego sagrado. Lo sagrado y el origen de la literatura moderna de ficción, Sevilla, Universidad, 1997, p. 115.

lunes, 23 de enero de 2012

¡Alejandría!

Un nombre de ciudad que evoca un mundo. Es un mundo perdido, sí, pero que vivirá para siempre en nosotros. Alejandría me trae a la memoria tres autores que leí con pasión cuando la primera cifra de mi edad no pasaba del número dos: Pierre Louys, Lawrence Durrell y Constantino Cavafis. POR FRANCISCO GARCIA JURADO


Eran los tiempos en que cierto autor catalán ganó el Premio Planeta con una novela de tema Alejandrino: "No digas que fue un sueño", y que evocaba, naturalmente, un verso del poema titulado "El dios abandona a Antonio", de Constantino Cavafis. Asimismo, un autor anglosajón llamado Lawrence Durrell era muy leído gracias a su "Cuarteto de Alejandría", novela de la que recuerdo la primera aparición del poeta de la ciudad, el poeta que representa el espíritu de una ciudad cosmopolita que murió para siempre. Cavafis me trajo tantas imágenes de Alejandría, de la antigua y la moderna, que a duras penas podía imaginarlas todas. Es, quizá, aquel poema dedicado a Marco Antonio la última noche antes de su derrota, cuando, según Plutarco, un cortejo báquico pasó cerca de él como si de una despedida se tratase, la que más evocaciones me trajo. A Pierre Louys lo conocí gracias a un microprograma de crítica literaria que emitía Radio Nacional de España. Era un programa más que curioso, que hoy se me antoja como una alucinación. Un día hablaba Luis Antonio de Villena, de quien llegué a saber gracias a un profesor de literatura, también escritor, que tuve en COU, Luis Martínez Mínguez (alias de Mingo). Luis Antonio alternaba su crítica con otro escitor mucho mayor que él, nada menos que con Ernesto Giménez Caballero, el falangista que había participado en las vanguardias de los años 30. Era alucinante escuchar, todavía en plenos años ochenta, alegatos que hacía, por ejemplo, a favor de la virginidad como salvaguardia de la raza que lanzaba Giménez Caballero con una voz metálica, propia aún de tiempos bélicos. Quizá por ello Luis Antonio comentó un día la novela "Afrodita", de Pierre Louys, donde la protagonista se nos muestra como una suerte de diosa abocada a la sensualidad y el placer. Algo parecido ocurre en la primera parte del "Cuarteto de Alejandría", de Durrell, la parte titulada "Clea", cuya protagonista es una suerte de antivirgen. Tanto vicio la lleva a una antitética forma de pureza. Mundos opuestos, imaginarios convulsos que giran en torno a representaciones exaltadas de la belleza. Las ediciones antiguas de la "Afrodita" de Pierre Louys ofrecen grabados sensuales que acaso marcan un contrapunto con respecto a las escenas de la Antigüedad pintadas por Alma Tadema, tan comedido. Todo este mundo estaba muerto ya antes de ser mínimamente evocado, pero acaso también ha muerto el de sus evocadores. Sin embargo, como bien dijo Cavafis en uno de sus poemas alejandrinos, nunca pensamos que aquellos días duraran para siempre. FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 18 de enero de 2012

La Residencia de Estudiantes y Oxford: lugares con significado

Hoy volvemos a la Residencia de Estudiantes. Regresamos con nuestros alumnos, como hemos hecho otros años. Hay algo que me gusta contarles mientras vemos los Pabellones gemelos o el llamado Trasatlántico: todos aquellos lugares tienen significado propio, no son rincones intercambiables. El lugar adquiere la calidad de lo único. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Nuestros alumnos, por lo general, jamás han estado en la Calle Pinar, donde está la Residencia. Así pues, cada vez que vuelvo por aquellos lugares con un nuevo curso tengo el placer de asistir a aquella “primera mirada”, a veces de asombro, a veces de fascinación, que constituye lo desconocido o lo meramente intuido. Los días de invierno, en el Madrid de la Residencia, hacen de esta un lugar verdaderamente evocador. Les hablo del Jardín de las Adelfas, entre los Pabellones Gemelos, o de la Colina de los Chopos, improvisada acrópolis ligada al poeta Juan Ramón Jiménez. Desde ella, el poeta adivinaba los tranvías en la distancia, y se le antojaba que Madrid era una ciudad moderna, una postal inusitada que reflejaba esas ciudades ordenadas y pulcras con las que soñamos cuando pensamos en Europa. El Banco del Duque de Alba, tan cerca de todo, nos lleva al ensueño del Guadarrama pues, no en vano la Residencia se sitúa al Noroeste de Madrid, apuntando ya hacia la Ciudad Universitaria, desde donde sí se ve la Sierra, y no por casualidad, sino por voluntad propia de un espíritu paisajista que supo reflejar perfectamente el pintor Aureliano Beruete. Ya dentro del salón, en el Pabellón Central, podemos ver el que llamamos el piano de Lorca, único bien mueble salvado del naufragio de la Historia, y no por la modernidad del nuevo mobiliario dejamos de intuir el ambiente amablemente intelectual que constituye aquel espacio luminoso y feliz. Eterna juventud, eterno gozo de saber y de emoción. Sensaciones parecidas a las que tengo en la Residencia me reporta la ciudad de Oxford, que tanto recuerda todavía a un dibujo en tinta china. El racionalismo regionalista de la Residencia se torna allí en gótico construido con la materia de la que están hechos los sueños, pero allí tenemos la misma impresión de que cada lugar tiene un significado propio. La mítica librería Blackwells (donde María José supo hallar el magnífico libro de Highet sobre autores clásicos en su paisaje), el Magdalen, el All Souls…, todo es parecido a una antigua familia que ha logrado sacralizar cada uno de sus actos y conmemoraciones. En este caso, no pesa el hábito de la Historia, sólo nos envuelve, nos confiere el sentido de vivir. FRANCISCO GARCÍA JURADO

domingo, 15 de enero de 2012

El libro electrónico y los bellos recuerdos

A María José le han traído los reyes un libro electrónico, o un “e-book”, como se dice normalmente entre los cursis. Me cuesta, lo confieso, sentir que estoy ante un libro cuando sostengo entre mis manos este pequeño artificio. Pero algo que esta mañana ha ocurrido, apenas hace unos minutos, me ha devuelto la felicidad, pues dentro del libro aparecía un bello recuerdo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
El libro electrónico no deja de ser un nuevo soporte para que las editoriales lancen sus nuevos productos. La diferencia está en que ahora pagamos por bites en lugar de por gramos de hoja impresa. Esto ya lo sentimos aquellos que todavía en los años 80 del siglo XX comprábamos los famosos LPs, en mi caso de música antigua. Aquello era un acto casi reverencial, y jamás olvidaré las portadas y las carpetillas interiores. De esta forma, a menudo la compra nos regalaba, además, bellas horas de lectura, una vez en casa. Gracias a uno de esos grandes LPs, en particular de canciones de Mahler, pude leer en su lengua original las canciones del compañero errante. Después pasamos al CD, más pequeño, y ya exponente de una nueva etapa de la vida, lejana a la adolescencia, que me hizo cambiar mi relación con la música. Finalmente, escucho música por internet, lo que me ha hecho perder la sensación festiva de poner un disco, de dedicar un tiempo específico a la magia de la música. Intuyo que con el libro electrónico va a pasar algo parecido. Esto de no poder ojear u hojear el libro, de no sentir su grosor, su olor, me desanima bastante a utilizarlo. Hace tiempo que me he acostumbrado a utilizar los pdfs de google books, sin los cuales mi obra de catalogación de manuales habría sido impensable, pero esto comporta unos intereses científicos y profesionales que se apartan bastante del placer de la mera lectura. El caso es que el libro electrónico de María José lleva grabada una “biblioteca” que viene de fábrica. Naturalmente, se trata de lo que los editores llaman los “clásicos”, es decir, esos autores que ya no precisan derechos de autor, y que pueden difundirse con mayor libertad que los vivos. Hay un verdadero popurrí de obras fundamentales, desde Platón u Homero a Chesterton o Ganivet. Intuyo que buena parte de los usuarios potenciales de este libro electrónico no tendrán mayor interés en recorrer esta antología básica, pero un tanto circunstancial, de autores que ya no se leen salvo por razones académicas. La cultura de masas está creando nuevos “clásicos” cuya pervivencia, seguramente, no durará más de un década, y esto pensando de manera optimista. Pues bien, entre los autores antiguos que aparecen en la antología hemos encontrado a Menéndez Pelayo. Tuve la curiosidad de sabe qué obra aparecía bajo este nombre: se trata de los Ensayos de crítica filosófica. Este libro se abre, lo recordaba muy bien, con una preciosa evocación al maestro Alfredo Adolfo Camús, que acababa de fallecer precisamente en 1889. Menéndez Pelayo dice cosas tan emotivas como las siguientes: “El menos anciano de estos ilustres varones fue el primero en abandonarnos. Maestro igual de literatura clásica ¿cuándo volveremos a verle en España? Los antiguos hubieran dicho que las Gracias habían hecho morada en su alma, y que la dulce Persuasión habitaba en sus labios. Espíritu genial, inundado de luz y de regocijo interior, que se transmitía a cada una de sus palabras, había convertido la enseñanza en fiesta perpetua del ingenio y de la fantasía, en evocación perenne de risueñas imágenes, que nos traían nuevas de otro mundo ideal y sereno, donde ni las mismas espinas punzaban, donde los mismos monstruos eran hermosos. ¡Cuánto tendrán que envidiarnos los que no le oyeron, porque sólo una pequeñísima parte de su ingenio ha pasado a sus escritos, y aun éstos son tan breves, tan escasos y dispersos, que la posteridad será notoriamente injusta si tan sólo por ellos pronuncia su fallo!”. De repente me he olvidado de que estaba leyendo en un libro electrónico. De repente María José ha sonreído y ha reconocido también ella a un viejo amigo, al autor al que hemos dedicado alguno de nuestros más hermosos trabajos, y en el que seguiremos trabajando, ahora gracias al hallazgo de obras nuevas que los recursos electrónicos nos han permitido encontrar. Camús, nuestro Alfredo Adolfo, que nos mira risueño y escéptico desde el cielo, ha servido de puente involuntario desde las viejas páginas del siglo XIX hasta la moderna pantalla del libro electrónico. Quizá sea este el profundo sentido de los cambios. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 9 de enero de 2012

La nostalgia de Atenas: Aulo Gelio

Lejos de la intención de su autor, Aulo Gelio, los veinte libros de las Noches áticas no constituyen una obra que se acostumbre a leer por sí misma, es decir, por mero placer y curiosidad. El interés positivista de los modernos estudios filológicos la ha convertido, ante todo, en una fuente de datos diversos. Esta circunstancia, que disemina los contenidos de las Noches áticas en noticias varias, priva a la obra de Gelio de su verdadero sentido, el que emana, precisamente, de la suma de su diversidad. La nostalgia de Atenas, de los días vividos en el ayer, puede ser un buen motivo común que confiera un sentido a la obra (en la imagen, escultura del Partenón de Atenas, conservada en el British Mueum, de F. García Jurado). POR FRANCISCO GARCÍA JURADO



Para empezar, no estamos ante la obra de un mero compilador, que es la lectura que, por descuido, se nos ha dado. Especialistas tan reputados como Franco Cavazza salen al paso de este difundido juicio en su propia edición de Gelio[1]. En Gelio aparecen, muy al contrario, interesantes juicios filosóficos, de crítica literaria, selectos comentarios sobre el lenguaje y, por enumerar sólo uno más de los aspectos posibles de su obra, logradas dramatizaciones en las que algunos de sus queridos maestros, como Tauro y Favorino, han quedado retratados mediante el hábil ejercicio de la trascripción y traducción al latín de su palabra viva. Esta lectura detenida y, sobre todo, en sí misma de las Noches áticas ofrece también la más rica fuente de datos sobre el propio autor, vitalmente implicado en su miscelánea[2]. Además de lo que los biógrafos denominan “historia externa”, a saber, aquellos datos que constituyen los aspectos más objetivos de su vida, como la estancia o estancias en Grecia y su carrera jurídica en Roma, se da la posibilidad, más arriesgada, de reconstruir algunos retazos subjetivos de la propia “historia interna” del autor, como puede ser la de sus motivaciones y sentimientos. Pongamos un ejemplo: en el cuarto capítulo del libro noveno, Gelio nos cuenta que, a su vuelta de Grecia, y nada más arribar al puerto de Brindis, vio que allí había unos volúmenes en venta. Al instante se acercó hasta ellos. Es una ocasión casi única para apreciar su pasión por los libros y su innata curiosidad, más allá de cualquier fatiga. Pongámonos en su piel: tras una larga y, por lo que él mismo nos cuenta (Gel., XIX 1), penosa travesía desde Grecia, un hombre fatigado que desciende de un barco para descansar y pasear por el famoso puerto acude presto y sin pensárselo dos veces a la llamada tentadora de unos libros griegos. Este es Gelio y quizá, de manera imprevista, estemos ante uno de sus más vivos retratos, más allá de los modelos literarios en los que pudo inspirarse[3]. Esta posibilidad de lectura, tan lejana a la que nos tienen acostumbrados, nos brinda la oportunidad de entrever en las Noches áticas la nostalgia que Gelio siente por una época de su vida pasada felizmente en la campiña ática. No le es posible a Gelio -la retórica del siglo II, entre otras cosas, se lo impide- expresar de manera explícita tal nostalgia. FRANCISCO GARCÍA JURADO


[1] El siguiente texto ilustra perfectamente sobre lo que decimos: “(...) inoltre le Notti Attiche paiono essere un’opera di mera compilazione, puro frutto delle fonti de’autore (quante e quali? Il problema è complesso e vi accenneremo), di cui Gellio è semplice trascrittore, quasi confusionario accumulatore di dati e citazioni senza vaglio critico. Ma secondo noi la cosa non è del tutto così” (Aulo Gellio, Le Notti Attiche. Introduzione, testo latino, traduzione e note di Franco Cavazza, Bologna 1985, pp. 13-14). De hecho, desde la formulación que R. Marache hizo acerca del “humanismo geliano” ha surgido una innovadora línea de estudios tendente a configurar los mundos que aparecen en las Noches Áticas. Véase a este respecto la siguiente obra de conjunto: L. Holford-Strevens y A. Vardi (eds.), The worlds of Aulus Gellius, Oxford 2004.
[2] Así lo señala G. Anderson en su ameno y documentado trabajo “Aulus Gellius: A Miscellanist and his World”, Aufstieg und Niedergang der Römischen Welt. Teil II. Principat. Band 34, Berlin-New York 1994, pp. 1836-1837.
[3] Gelio se inspiró para este capítulo en el libro VII de la Historia Natural de Plinio el Viejo. Por nuestra parte, hemos detectado, asimismo, ecos de la conocida carta de Plinio el Joven sobre los fantasmas (Plin., Epist. VII 27.7).