jueves, 20 de febrero de 2014

Los peligros de la amistad

Roberto Tinfarano, Los (sanos) límites de la amistad, Trad. de Amado García. Madrid, Albalí editores, 2014, 206 páginas.

Hoy me permito traer ante mis lectores un libro que me ha dejado huella. Lo encontré hace unos días en la librería de la facultad, y me apetecía leerlo sólo por esa idea contestataria que propone ante un valor supuestamente universal: la amistad, especialmente cuando ésta no tiene límites. FRANCISCO GARCÍA JURADO


El profesor Tinfarano, antropólogo de los actualmente más reputados, enseña desde hace muchos años por las rectas calles que circundan la universidad de Turín. Es un hombre afable, y me lo imagino conversando amigablemente en algún remoto café al caer la tarde. Tinfarano ha escrito un libro que, en mi opinión, es digno de colocarse junto a las grandes obras dedicadas al tema, como el propio De amicitia de Cicerón. Lo que confiere personalidad a este nuevo libro es, sin embargo, el contrapunto que supone con respecto a una idea reconocida universalmente como buena. ¿Por qué cuestiona Tinfarano la amistad? La respuesta es aparentemente sencilla. Tinfarano rechaza de plano que la amistad se convierta en algunas sociedades, especialmente las meridionales, en el único medio para establecer relaciones interpersonales. Si no somos amigos de alguien, nadie nos seleccionará para nada. Si no tenemos amigos, no seremos nada. Cree Tinfarano que en los tiempos de Internet, donde es posible encontrar sin mayores dificultades a la persona más apta para cualquier cosa, por rara que ésta sea, la amistad como criterio exclusivo de selección es ya un anacronismo trágicamente cándido. La amistad es un gran sentimiento, qué duda cabe, pero llevada a los extremos del “o conmigo o contra mí” termina siendo un “arma de destrucción masiva social”, en opinión de este pensador acaso utópico. El propio Tinfarano cuenta cómo algunas personas a lo largo de su vida le ofrecieron una “amistad incondicional” que jamás resultó gratis. A cambio de esa amistad, se le requería una completa obediencia, una adscripción sin fisuras. “Así es como funcionan, ni mas ni menos, los partidos políticos”. Esta idea está muy arraigada desde los tiempos de la antigua Roma, donde el concepto de socius o de satelles está íntimamente ligado al de amicus. Por “amistad”, más de una vez, se encubre el servilismo más servil. Propone, por tanto, Tinfarano, una sociedad donde los criterios de relación humana se enriquezcan con nuevos elementos, y no exclusivamente con la amistad interpersonal que crea pequeños círculos de poder y opresión. Por ello, su propuesta no es contraria a la idea de amistad, sino que contribuye a dotar de límites éticos a la misma, de manera que no caigamos en los sempiternos comportamientos sectarios que apreciamos en nuestra vida cotidiana. Para ello, retoma una vieja oposición de términos latinos: amare en latín es “amar”, frente a diligere, que es saber elegir a las personas, aunque con un mejor grado de intensidad que amare, ya que en ésta elección concurren criterios racionales. Una sociedad “dilecta”, que realmente transcienda del clan o la tribu y configure el verdadero Estado, donde una persona con responsabilidad y poder pueda contar con alguien precisamente por su valía, y no por su servilismo, daría lugar a un nuevo tipo de amistad que dejaría de ser mera moneda de cambio. FRANCISCO GARCÍA JURADO  

lunes, 17 de febrero de 2014

El falso sarcófago etrusco del Museo Británico

A pesar de que el Museo Británico se resistió a aceptarlo durante bastante tiempo con toda su artillería académica, finalmente tuvo que reconocer que uno de sus hermosos sarcófagos etruscos era falso. No por ello, ese sarcófago, tan distinto e improbable al mismo tiempo deja de ser maravilloso. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Cuando menos, el sarcófago no era totalmente verdadero, pues a pesar de que estaba compuesto en buena medida por piezas realmente antiguas y etruscas, la suma resultante sólo era una falsificación. Supe de esta historia por primera en un artículo de el diario El País, y creo recordar que lo había escrito el inolvidable antropólogo y erudito Julio Caro Baroja. Ahora que he adquirido por librería de viejo su conocido libro sobre las falsificaciones de la Historia recupero fresca aquella noticia que quedó grabada en la memoria durante tantos años:

"Hay algunas falsificaciones de momumentos etruscos muy famosas. En 1873 ingresó en el Museo Británico un hermoso sarcófago. El propietario anterior había sido Alessandro Castellani, que lo había comprado a Pietro Perecelli, hermano de un escayolista del Louvre. Salomon Reinach sabía que, en su juventud, y estando al servicio del marqués Pietro Campana, este gran artífice había llevado a cabo restauraciones de fragmentos antiguos, que vendía a los turistas deseosos de llevarse algún recuerdo material de Italia. En última instancia también hizo falsificaciones completas. Por él supo Reinach que, con su hermano, había labrado el sarcófago de Cerveteri, que enterraron y luego descubrieron "como por casualidad". El director del Museo Británico interrogó a Perecelli, que primero confesó que era verdad lo de la falsificación, desmintiéndolo después. Pero las pruebas del hecho parecían evidentes. La inscripción estaba copiada de la de una fíbula que existía en París. La pareja representada no estaba en un kliné, como las de monumentos conversados en el Louvre o la Villa Giulia, sino en una caja rectangular, hábilmente compuesta de fragmentos de relieves, algunos de los cuales eran auténticos. Por otra parte, la indumentaria de la mujer y la desnudez y postura del hombre eran impropios de un banquete funerario. La resistencia a retirar la obra duró varias décadas, pero al fin fue retirada de exposición pública." (Julio Caro Baroja, Las falsificaciones de la Histoira (en relación con la de España), Barcelona, Seix Barral, 1992, pp. 21-22)

Pues bien, las cronologías son a menudo juguetonas con los propios hechos. Un año antes de la publicación de este libro, en 1991, tuve la suerte de adquirir en un puestecillo de libros viejos alojado dentro del claustro de la facultad de Derecho de la Universidad de Ámsterdam una vieja postal del Museo Británico con la siguiente leyenda: "Etruscan Terra Cotta Sarcophagus. Sixth Century B.C. From Cervetri (Room of Terra Cottas). British Museum. Printed at the Oxford University Press". Se trata de la preciosa reproducción que aparece al comienzo de este blog. En algún momento leí el texto de Caro Baroja, más o menos como he reproducido más arriba, pero lo recuerdo en el formato de una página de diario. Desde entonces siempre tuve la razonable sospecha de que aquella postal antigua no reproducía otra cosa que una falsificación, pues se trata de un conjunto escultórico demasiado brillante y diferente como para ser real. No soy capaz de rescatar aquel texto periodístico de Caro Baroja (puede que se tratara de un avance o resumen del libro que estaba a punto de publicar) y, lo que es todavía peor, no encuentro en internet imagen alguna de este supuesto sarcófago (si bien luego, una amable persona me proporcionó datos al respecto). Me pregunto si aquella preciosa mentira quedó oficialmente borrada, una vez se descubrió que era mentira, y hoy sólo aparece en las amarillentas fotografías de comienzos de siglo XX. Os invito a consultar, no obstante, el precioso catálogo de M. Jones titulado Fake?: the art of deception (University of Carolina Press, 1990) (http://books.google.com/books/about/Fake.html?id=LaUnOztbkP4C), con información interesantísima sobre el sarcófago.

En todo caso, la moraleja de esta historia es que, por paradójico que nos parezca, LA MENTIRA SE VUELVE PARTE DE NUESTRA HISTORIA y, a su manera, su recuerdo es también una forma de verdad. En todo caso, mi principal propósito en este blog era que vierais unidos el texto de Caro Baroja y la antigua postal, que como tal postal es indudablemente una joya. Esto demuestra otra de mis inquietudes, que LA BELLEZA ES AJENA A CIRCUNSTANCIAS TAN SUTILES COMO LO QUE ES VERDAD O MENTIRA.
Francisco García Jurado H.L.G.E.

viernes, 14 de febrero de 2014

¿"Parir" o "marir"? En torno a "monomarental" y la imbecilidad política

Que conste que este texto no tiene ningún afán crítico, y que cuando llamo "imbéciles" a los políticos lo hago con mi mejor afán pedagógico, pensando en el sentido que en latín tiene semejante palabra, es decir, la debilidad producida por la carencia de un buen bastón o báculo de apoyo (intelectual, en este caso). El caso es que esto que ahora voy a relatar yo tampoco me lo creía, es más, imaginé que era una noticia propia del día de los inocentes, pero fuera de fecha. Sin embargo, era cierta: en uno de los programas políticos (me da completamente igual el partido concreto) se maneja el neologismo (¿?) "monomarental" (tal como puede leerse) para sustituir al de "monoparental". Relacionar "monoparental" con "padre" es un error sólo achacable a la imbecilidad profunda que inunda las mentes de nuestros gestores y políticos..., de todos. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

Antes de seguir leyéndome, y por si aún no creéis lo que os digo, os envío directamente a la noticia, pues no me la he inventado:
http://www.europapress.es/epsocial/politica-social/noticia-psoe-dice-termino-monomarental-no-excluye-padres-solteros-divorciados-20110503195205.html
Mi amiga Rosa me hizo llegar semejante joya hace ya tiempo, precisamente cuando me encontraba pensando en una nueva entrada para este blog, de manera que no tuve que pensar mucho más en un posible tema para escribir. Como puede verse, la noticia gira en torno al problema artificial de que, una vez queda sustituido el esperable término "monoparental", aplicado a la familia compuesta solamente por una madre o un padre, el término resultante, "monomarental", parece excluir a los segundos. Está claro que quien ha acuñado semejante voz está pensando por aproximaciones fonéticas. Es oportuno que intentemos reproducir el proceso de pensamiento (por llamarlo de alguna manera) emprendido por la persona creadora de este nuevo vocablo: el término "monoparental" suena a "¿padre?, ¿pare?", y éste término evoca para la persona en cuestión la masculinidad de manera exclusiva, por lo que podemos adivinar. Seguimos intentando reproducir el argumento: si las familias monoparentales españolas están en su mayoría conformadas por una madre y sus hijos, ¿por qué no darle a éstas una denominación "más específica", precisamente, y hacer que residualmente el nuevo término también se refiera a los pocos padres que pueden estar en esta situación de estar solos, sin pareja y al frente de los hijos? No cabe entrar aquí en cuestiones políticas o, más concretamente, de corrección política, es decir, aquellas que intentan favorecer el reflejo de una nueva realidad mediante la adecuación del lenguaje a nuevos usos y costumbres. El problema está en que la premisa mayor del argumento, es decir, relacionar "monoparental" con "padre" (en sentido masculino) es un error que sólo puede achacarse a la más terrible de las imbecilidades intelectuales o estulticias... "Monoparental", compuesto del griego "mono-" (único) y "parental", referido a la madre o al padre, tiene que ver con el término PARIENTE, no con PADRE. Nuestros padres (madres) son, por tanto, nuestros parientes más cercanos, y lo más divertido es que "pariente" parece ser el participio de presente del verbo "PARIR" en latín. De esta forma, la persona a la que de manera más estricta cabe asignarle el término de "pariente" es a nuestra propia madre, es decir, la que nos ha parido. Por extensión, luego pasa a designar al padre y a los demás familiares con los que guardamos una línea cosanguínea.

Cabe pensar, no obstante, que la persona que ha dado a luz ("ha parido") esta palabra sea, más allá de las meras y ensidiosas ataduras etimológicas, una consumada lectora del Crátilo de Platón, o de la Ciencia Nueva de G. Vico, y se haya sentido demiurga del lenguaje, con lo cual se ha visto inspirada para dar ser al nuevo vocablo sólo por una cuestión de afinidad fonética o estética. Por esta razón, le ha parecido que la "P" de "monoparental" es de por sí poco dada al género femenino, por lo que ha recurrido a redecorar la palabra mediante una hábil "M". En ese caso, debe pensar que esto va a tener consecuencias inmediatas en todas aquellas palabras que tienen que ver con "pariente" y, especialmente, con la palabra "PARIR". Según esta modificación, cuando una mujer dé a luz tendrá que decir que "MARE" o que "ESTÁ MARIENDO", y no que "PARE" o "ESTÁ PARIENDO", dejando este último término para los hombres, en caso de que ellos sean capaces alguna vez de hacer algo semejante (decía un inteligente dominico que conocí muchos años atrás que si los hombres tuvieran que parir el aborto sería un sacramento). El "parentesco" y la "parentela", por su parte, deberán quedar sólo para las líneas de familiares "masculinos" (o "pasculinos", si aplicamos con precisión esta neolengua orweliana), de manera que habrá que acuñar nuevos términos como "MARENTESCO" y "MARENTELA" para todo lo relativo a lo femenino.

No hay nada más nefasto que un político metido a gramático o lingüista, pues es cuando comprobamos con meridiana claridad la imbecilidad, es decir, debilidad (intelectual) que preside su cabeza. Desde el emperador Claudio, que intentó imponer nuevos grafemas para ciertos sonidos del latín, sin éxito, hasta Stalin, que, según nos cuenta Cerni en su genial Historia de la lingüística, quiso pasar por el mayor lingüista de la Historia durante los más oscuros tiempos de la URSS, estos engendros y mostruosidades se han repetido una y otra vez. Cabría escribir, de hecho, una historia de las palabras creadas por la imbecilidad. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

viernes, 24 de enero de 2014

El emperador Augusto como escritor: una faceta poco conocida

A veces asombra comprobar cómo algunos grandes personajes de la Historia, renombrados por sus hechos, también quisieron ser recordados por sus escritos. La suerte literaria, sin embargo, no siempre ha corrido pareja a su relevancia en otros aspectos. El caso del emperador Augusto supone, a este respecto, un buen ejemplo, pues no todo el mundo sabe que el primer emperador de Roma dejó también escritos propios, y algunos de carácter personal . POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Conocido como gran personaje histórico y por haber sido el primer emperador de Roma, es fácil olvidar otra faceta menos notoria de Augusto, pero no menos importante, precisamente su condición de escritor. Augusto quiso, como su padre adoptivo, Julio César, dejar a la posteridad sus propios escritos, aunque con menor fortuna. Es evidente que Augusto está muy lejos de la genialidad literaria del primero, aunque sus textos constituyen importantes documentos históricos. Entre ellos, destaca el conocido como Res Gestae Divi Augusti, editado por Theodor Mommsen en 1883 y traducido al castellano por Guillermo Fatás. Transcribimos el párrafo final de la obra, escrito el último año de vida del emperador:

“Cuando ejercía mi decimotercer consulado, el Senado, el Orden de los Caballeros Romanos y el pueblo romano entero me designaron Padre de la Patria y decidieron que el título había de grabarse en el vestíbulo de mi casa, en la Curia y en el Foro de Augusto y en las cuadrigas que, con ocasión de un senadoconsulto, se habían erigido en mi honor. Cuando escribí estas cosas estaba en el septuagésimosexto año de mi vida.” (trad. de Guillermo Fatás)

Más allá de este tono tan formal que aleja el personaje de nosotros, también podemos leer algunos testimonios más íntimos y cercanos. A este respecto, tenemos un interesante testimonio epistolar donde vemos cómo se aúna la cuestión sucesoria y la longevidad cuando el emperador acababa de cumplir sesenta y cuatro años. Así lo vemos en una carta que el propio Augusto escribió a su nieto y también hijo (adoptivo) Gayo, y transmitida por Aulo Gelio en sus Noches Áticas (15, 7):

“Saludos, mi querido Gayo, mi asnillo gratísimo, a quien echo de menos, a fe mía, cuando estás ausente. Y, especialmente, durante días especiales como el de hoy mis ojos buscan a mi Gayo, a quien, donde quiera que hayas estado este día, confío en que feliz y sano te hayas acordado de mi sexagésimo cuarto aniversario. Pues, como puedes ver, he logrado superar los sesenta y tres años, esa edad crítica para el común de los viejos que se llama climaterio. Ruego a los dioses que a mí, en lo que me quede de vida, me sea posible vivirlo con salud en la más absoluta prosperidad del Estado, y siendo vosotros, mis sucesores, personas de bien preparadas para asumir el relevo.” (trad. de F. García Jurado)

En Roma, superar con la edad la cifra que es producto de multiplicar el número siete por nueve era señal de haber superado una edad crítica. Creo que esto encierra algo de cierto, a tenor de lo que nos ha ocurrido con algunas personas muy cercanas, fallecidas precisamente poco antes de llegar a esta edad concreta. También llama la atención el tono cariñoso de la carta, donde cabe adivinar que el sentimiento también puede vivir en la persona de un emperador. En todo caso, el tono familiar no debe impedir que veamos las claras intenciones políticas del texto, pues tan importante era que el sucesor de Augusto estuviera disponible como que se encontrara en una posición de poder semejante a la del propio emperador. J. Béranger ha visto en este texto transmitido por Aulo Gelio cómo la ideología monárquica romana se concentra en la frase que cierra la carta: la disposición del sucesor para estar en condiciones de asumir el poder. En definitiva, el tono cariñoso no esconde las intenciones concretas de esta carta. Esto es una constante histórica. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

sábado, 11 de enero de 2014

Cien años desde el nacimiento de Julio Cortázar (1914-2014)

Las fiestas del calendario me parecen a menudo una carrera de obstáculos. Bien sé que cuando podemos disfrutar de un día de asueto en medio del fragor de la batalla laboral tales fiestas caen como maná  en el árido desierto, pero no me refiero a esto. Quiero decir que a menudo el santoral y los cumpleaños se me olvidan, cuando no la posición exacta de unas vacaciones en el calendario, y todo ello me lleva a cometer errores imperdonables. Cuando hablamos de centenarios, me considero un caso perdido. Sin embargo, he recordado a tiempo que este año que ahora comienza, 2014, será el centenario de sucesos históricos fatales, como el estallido de la primera guerra mundial, pero también nos trae el nacimiento de Julio Cortázar (Ixelles, Bruselas, 26 de agosto de 1914 - París, 12 de febrero de 1984), a quien tantos debemos horas memorables de lectura. Mi particular homenaje será un trabajo que se publicará, precisamente, en París, acerca de dos autores latinos, Plinio el Joven y Aulo Gelio, que acaso contribuyeron a que Cortázar llegar a ser lo que fue. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Mi trabajo se va a titular “Dos intertextos latinos en Cortázar: Plinio el Joven y Aulo Gelio. La casa profunda y la miscelánea”, y voy a ofrecer en este blog las líneas que lo abren.

El hecho de que los textos literarios modernos mantengan una incesante relación dialógica con textos diversos de la literatura grecolatina no es incompatible con el propio carácter creador o « poético » de los primeros. La reescritura, como diálogo intertextual, no deja de ser una genuina forma de creación. Vamos a estudiar en este trabajo cómo se manifiestan, a la manera de un iceberg, dos lecturas de Cortázar referentes a la literatura latina dentro de su obra. Nos referimos a la carta sobre los fantasmas de Plinio el Joven y a las Noches áticas de Aulo Gelio. Ambas son rastreables, según la precisa terminología de Gérard Genette[1], como « intertextos », si bien cada una de ellas presenta características diferentes en cuanto a su relación con el texto del autor argentino. De esta forma, mientras el texto pliniano se presenta en calidad de « hipotexto » o de texto subyacente en el cuento « Casa tomada », las Noches áticas de Aulo Gelio se convierten en una suerte de « architexto » o texto genérico para Rayuela. Genette desarrolla esta productiva articulación del diálogo entre textos desde una perspectiva alejada de criterios esencialistas, de manera que, pongamos por caso, un « hipotexto » no puede ser considerado como una mera fuente literaria, a la manera de lo que haría una interpretación positivista del hecho. Los textos antiguos, lejos de ser entidades estáticas o inmutables, plantean un productivo diálogo desde distintos niveles de relación con la modernidad.
En lo que atañe a los dos textos latinos que vamos a estudiar, si bien ambos se manifiestan de forma diferente en lo que se refiere a su diálogo intertextual con la obra de Cortázar, ofrecen una interesante característica en común, dado que las ediciones a las que pudo acceder el autor argentino provienen de una misma colección editorial española publicada a finales del siglo XIX: la Biblioteca Clásica de Luis Navarro. En el caso de Plinio el Joven, la referencia a su texto no llega a constituir una cita como tal, a diferencia de Gelio, de quien se recoge incluso un breve capítulo dentro de los llamados « Capítulos prescindibles » en Rayuela. En cualquier caso, la alusión o la cita (« intertexto » propiamente dicho) no serían más que la parte visible de la lectura, mientras que el « hipotexto » y el « architexto » constituirían el aspecto más rico, sobre todo merced a la motivación que ha provocado esa lectura previa y creativa en la mente de un autor moderno. FRANCISCO GARCÍA JURADO



[1] G. Genette, Palimpsestes. La Littérature au second degré, Paris, Seuil, 1982. 

viernes, 3 de enero de 2014

Clarín y Marcel Schwob como contemporáneos: el cuento latino

Hasta la fecha, que sepamos, ningún crítico ha analizado los aspectos comunes que presentan Marcel Schwob y Leopoldo Alas "Clarín". Este análisis, pionero, lo hemos emprendido quienes firmamos este blog en nuestro artículo titulado “Clarín, Schwob, et l’esthétique du conte latin”, publicado en Spicilège. Cahiers Marcel Schwob 2, 2009, pp. 63-79 (ISSN 1969-8267). POR MARÍA JOSÉ BARRIOS Y FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
No fue hasta el segundo decenio del siglo XX cuando Marcel Schwob (1867-1905) comenzó a ser un autor estimado en las letras hispanas. Nombres como los de Rafael Cabrera en México y, por supuesto, Jorge Luis Borges en Argentina han quedado ya íntimamente unidos a la fortuna de Schwob en el nuevo contexto iberoamericano del siglo XX. Sin embargo, no fue hasta el año 43 con la mítica traducción de las Vidas imaginarias a cargo de Ricardo Baeza, cuando se produce la universalización del autor francés y su posterior conocimiento también en España. Schwob perteneció en su tiempo a una corriente literaria marginal, y esa marginalidad literaria fue, paradójicamente, la que provocó su encarnación como precursor de una interminable estela de grandes autores del siglo XX que tiene en la figura de Roberto Bolaño su última cabeza visible. Por su parte, en España, Leopoldo Alas “Clarín” (1852-1901) ha sido un autor que ha pasado a la historia de la literatura fundamentalmente por su obra La Regenta, una novela que los críticos suelen relacionar, por ciertas afinidades temáticas, con Madame Bovary de Flaubert, y, en segundo lugar, por sus cuentos, entre ellos el titulado “Adiós cordera”. Al igual que en el caso de Schwob, su fortuna literaria no se vio consolidada hasta bien entrado el siglo XX. Tales circunstancias confieren al estudio conjunto sobre Schwob y “Clarín”, autores que pertenecen a mundos vitales y literarios diferentes, un aire retrospectivo y en cierta manera audaz. En este sentido, partiendo de sus aproximaciones al llamado “cuento latino”, una puntual coincidencia estética entre Clarín y Schwob, es posible analizar sus posibles rasgos comunes y sus innegables diferencias. Desde el punto de vista metodológico, cabe establecer una relación sincrónica (no debe olvidarse que Clarín y Schwob son autores estrictamente contemporáneos), donde cada término de esa relación participa de un sistema común de convenciones no exclusivas de Schwob y Clarín. Entre tales convenciones estaría, sin duda, el cultivo más o menos puntual de narraciones inspiradas en la antigua literatura romana, con un marcado componente metaliterario. Así, Schwob es autor de varios cuentos de tema latino, como “Pupa” o “Las bodas del Tíber” e incluye cuatro relatos de tema latino en sus Vies imaginaires (1896), concretamente las dedicadas a Séptima, Lucrecio, Clodia y Petronio, que suponen uno de los tratamientos más originales de la modalidad literaria que estamos comentando. De tales vidas hemos entresacado, precisamente, la titulada “Lucrèce. Poète”, inspirada en el autor del poema científico titulado De rerum natura. Clarín, por su parte, incluye dentro de sus Cuentos Morales (1895) el titulado “Vario”, objeto de nuestro estudio, acerca de la figura de un conocido poeta amigo de Horacio del que no se ha conservado obra alguna: Lucio Vario Rufo. Así las cosas, nos ha parecido notable el interés que tanto Clarín como Schwob muestran por sendos poetas latinos a la hora de tejer las narraciones indicadas . Ambos textos no sólo coinciden en el hecho de tratar acerca de un poeta latino, sino, sobre todo, en la circunstancia de que mientras el poeta Vario llega a saber que en el futuro su obra quedará borrada por el tiempo, el segundo, Lucrecio, se sentirá poeta sin necesidad de haber escrito un solo verso. Estamos, pues, ante la idea literaria del autor sin texto, que no deja de ser el contrapunto de otra idea que es la del texto sin autor. MARÍA JOSÉ BARRIOS Y FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 17 de diciembre de 2013

Miscelánea como no-ensayo


Ando de nuevo con mis dos libros de cabecera, los Ensayos de Montaigne y las Noches áticas de Gelio. Creo que no se ha trabajado suficientemente en la relación compleja que existe entre ambas obras o, más bien, entre lo que representan: el moderno ensayo frente a la antigua miscelánea, respectivamente. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Es un hecho que Montaigne apenas cita tres veces al autor latino, pero esta circuntancia ha de valorarse, más bien, de una manera cualitativa. Quiero decir con esto que tres citas pueden ser muchas si consideramos a éstas como la punta de un profundo iceberg. La miscelánea de Gelio supone una forma forma de ver el mundo a partir del AZAR. Él mismo declara que ha compuesto su obra desde un ORDO FORTUITUS, en la esperanza de que ese modo imprevisto de organización de su obra termine encontrando un sentido completo en el posible lector. Es algo así como un rompecabezas que ha de aspirar al orden. Sin embargo, Montaigne parte del escepticismo con respecto a un orden válido o posible. Lo que para Gelio es un medio, para Montaigne constituye una visión del mundo que conecta perfectamente con la interpretación posmoderna del mundo: ausencia de orden y de sistema. En este sentido, y como voy a proponer en un artículo que ahora termino sobre la lectura del Gelio en el siglo XVI, la miscelánea es una forma de no-ensayo, cuando aquélla se analiza de manera retrospectiva desde esta nueva formulación ensayística. La miscelánea supone la tesis, mientras que el ensayo sería la antítesis. Desde esta formulación dialéctica, el paso al ensayo moderno supone la superación de la antigua erudición meramente acumulativa. Una idea de este tipo desarrolló Ortega en sus Meditaciones del Quijote cuando comparó a la vieja erudicion con la Alquimia, frente al ensayo convertido ya en moderna Química.

Por tanto, el hecho de que termine cristalizando una forma nueva de escritura, la ensayística, precisamente como reacción a la antigua miscelánea, la vigilia o elucubración, hace posible que Gelio se pueda leer a partir de ese nuevo marco en términos de autor de “no-ensayo”. Una primera forma de aproximarse a esta modalidad de escritura es la que se encuentra en la epístola humanística de Fray Antonio de Guevara. Según Antonio Orejudo en su edición de las Epístolas familiares de 1995, a partir del Renacimiento la carta busca sobre todo la expresión de lo personal, ocupándose de cuestiones hasta entonces inabordables. La epístola literaria funda así un nuevo espacio comunicativo que terminará desembocando en la novela y el ensayo.

Así las cosas, ¿cabría pensar en una lectura de Aulo Gelio en la nueva clave ensayística? Nuestra propuesta quedó expresa en la introducción preparada para las Noches Áticas que se publicaron en Alianza Editorial (2007, 18): “(…) la demostración más o menos feliz de la capacidad de Gelio como ensayista avant la lettre resulta estéril. Lo fundamental, en mi opinión, es tener presente que la creación moderna del ensayo ha provocado una mirada nueva sobre Gelio, en algún caso curiosa (…)”. El paso de una lectura propia de la miscelánea erudita a una lectura “ensayística” del propio Gelio, conlleva, paradójicamente, la superación del propio autor clásico, ya que el ensayo moderno comienza a rebasar la autoridad de tales autores, manteniendo con ellos una relación dialéctica. Esto explica, seguramente, la relación compleja que Montaigne mantiene con uno de sus antecesores fundamentales (junto a Plutarco y Séneca). Montaigne no puede citar a Gelio porque si bien su nueva prosa ensayística debe mucho al autor latino ésta se configura, precisamente, a partir de su consciente rechazo a la miscelánea.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.