viernes, 2 de abril de 2010

JUAN ANDRÉS EN NÁPOLES


Los viajes pueden aliarse con lecturas caprichosas, aquellas que la propia casualidad nos depara mientras recorremos librerías y curioseamos ociosos. Precisamente, el otro día, en la tienda del museo de Capodimonte, di con una curiosa edición de las cartas que Juan Andrés escribió sobre su paso por Nápoles. El recuerdo de un jesuita expulsado y del rey que decretó tal expulsión de reunieron en un lugar y una lectura. Por Francisco García Jurado. HLGE
Tras la visita a la imponente colección de pintura que alberga el museo y palacio de Capodimonte, sobre una de las colinas de Nápoles, pudimos encontrar un pequeño y precioso libro que llevaba el título de "Gl'incanti di Partenope". El autor era Juan Andrés, pero este jesuita, conocido por su magna obra sobre el progreso de toda la literatura, jamás escribió un libro con título semejante. Luego se observa que no es más que la traducción al italiano de una parte de sus Cartas familiares, que describen su periplo por Italia, y que se trata concretamente de las cartas que dan cuenta de su corto periplo por nápoles, apenas tres días más que nosotros. El libro cuenta con una introducción a cargo de la misma persona que ha traducido el texto del español al italiano, Vincenzo Trombetta, y en él se hace un resumen del contenido. La lectura de estas cartas nos da a conocer uno de los textos fundamentales de los viajes realizados por Italia durante el siglo XVIII. No se trata, en este caso, de un viaje de formación propio del Grand Tour, sino, más bien, de una peregrinación intelectual. Lo primero de todo, me sorpenden los elogios que este jesuita expulso, como todos los de su orden, dedica al rey Carlos III con motivo de la indeleble huella que ha dejado en Nápoles. La descripción de la calle Toledo es absolutamente actual, pues creo que en poco ha variado la vitalidad napolitana. Asimismo, el otro día intenté imaginar en Herculano cómo descendió nuestro jesuita por la galerías subterráneas, cuando aún no había sido excavado a cielo abierto, provisto de una antorcha. Me ha gustado mucho acompañarme de la lectura de Juan Andrés a la hora de visitar muchos de los lugares de Nápoles, en particular, la iglesia del Gesú Nuovo (en la fotografía), iglesia jesuita magnifica ya desde su fachada. Alguien diría que no estoy viendo Nápoles con mis ojos, pero yo declaro que lo estoy viendo con más de dos. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

martes, 30 de marzo de 2010

LA LUZ DEL GRAND TOUR

Solemos decir que el arte imita a la naturaleza -ARTIS NATURA MAGISTRA-, pero es tentador ver ciertos paisajes desde la perspectiva del arte. Un ocaso de Gaspar Friedrich o de Claudio Lorena y un cielo "velazqueño" son ya formas de ver que nuestra sensibilidad ha heredado. La luz dorada de los cuadros de Canaletto pasó a formar parte de la estética del Grand Tour, cuyos grabados y pinturas recrean un mundo acogedor que en realidad no lo era tanto. La luz dorada de ese Grand Tour, en el siglo XVIII, probablemente no es más que una forma de ensoñar los viajes una vez han pasado ya a nuestro recuerdo. Son una forma de sublimar las imposiciones de nuestra pobre condición física. Sin embargo, esta tarde, en la terraza que hay frente a la Cartuja de San Martino, que es un espléndido mirador de Nápoles, he sentido esa luz idílica. Por Francisco García Jurado. HLGE.
Las cosas reales suelen diferir de los ideales. Imagino que el encanto de los grabados de aquellos viajes por la Antigüedad en el siglo XVIII apenas dan cuenta de las dificultades que conllevaba un viaje semejante. El factor humano y el físico van creando las condiciones de nuestros itinerarios, y los nombres míticos se van desaciendo en un sinfín de vivencias a menudo desagradables. Nápoles deja de ser la ciudad de Vico para convertirse en un lugar atestado de motos y de humo. El tiempo acompaña, pero a pesar de que apenas hemos comenzado la primavera, el sol me ha enrojecido la cara, anunciando ya lo que será el infernal verano. Hoy en la sulfatara, mientras me dolían los pies y mis pómulos ardían, he pensado en el cansancio y el desánimo que el primero lleva emparejado, y en qué fácil es perder los ideales que nos llevan a los viajes cuando las condiciones físicas nos atenazan. Gracias a un descanso, luego ya en Nápoles, me ha sido posible ver las cosas de otra manera, pues he logrado tomar del natural una vista deliciosa, al caer la tarde y cuando el sol no es ya más que una luz tenue. La cámara fotográfica no logra captar la luz en toda su plenitud, ni tan siquiera la belleza del palacio de Capodimonte, a lo lejos, pero al menos quedará como testimonio feliz de un día agridulce. Francisco García Jurado. HLGE.

sábado, 27 de marzo de 2010

SAN BIAGIO DEI LIBRAI: O EL DETALLE COMO ARGUMENTO


Cuando preparaba hace unas semanas los apuntes para una charla tuve que volver a echar un vistazo a la Ciencia Nueva de Giambattista Vico. La edición que tenía disponible se abría con un detalle que me había pasado desapercibido tiempo atrás: la fotografía de la placa que recordaba su lugar de nacimiento en Nápoles. Se trata de una inscripción que se encuentra en San Biagio dei Librai, antigua y céntrica calle napolitana de libreros ya desaparecidos que hoy rebosa de pequeñas tiendas y de vida. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.

Reconozco que mi manera de aproximarme a las ciudades y, en general, a las cosas, tiene poco de convencional. A menudo no me centro en lo supuestamente importante de los lugares, pues esto, supongo, ya está a salvo del olvido o el descuido. Dado que teníamos previsto un inminente viaje a Nápoles decidí, con el libro de Vico en la mano, que mi regreso a la ciudad tenía que ser mediante una cuestión de detalle, casi invisible y propia tan sólo de quienes al menos saben quién fue aquel sabio y aventurero del saber que vivió durante la primera parte del siglo XVIII. Para Vico, lo más importante era la imaginación y todo su componente creativo. La función de los datos no es más que la de la mera ilustración de la primera. La Ciencia Nueva es un libro tan delicioso como a veces delirante. El origen "divino" del Derecho lo deduce Vico de una etimología imaginaria, e imagina que el lenguaje es estética, como siglos después lo hará su admirador Benedetto Croce. A Croce, precisamente, se debe el empeño de dejar constancia con una placa del lugar donde Vico dio comienzo a su vida. Ahora que veo cómo Nápoles sigue alimentando buena parte de los tópicos que la hacen tan singular, no creo que hubiera habido otro lugar en el mundo tan apto para Vico y su desbordante imaginación. Parece mentira que en una calle tan angosta y en una casa tan humilde naciera un hombre cuya riqueza de ideas ha transcendido el tiempo y el espacio. Así pues, soñé con llegar a la calle donde Vico nació y fotografiar yo mismo la placa conmenorativa, en el número 31 de la calle. Tras un largo paseo con Nápoles, y en tanto llegábamos al Duomo, nos internamos por la estrecha San Biagio dei Librai, que hace honor a los muchos libreros que, como el mismo padre de Vico, poblaron aquel lugar en otro tiempo. Cuesta un poco encontrar la placa, pues está en un piso superior y, a pesar de tener un foco instalado, al menos el día que pasamos no funcionaba. Los venderores de la zona y los viandantes nos miraban a María José y a mí como si estuviéramos algo locos. Creo que se preguntaban qué estaríamos fotografiando bajo unos andamios en lugar de estar comprando recuerdos. Pero ni la gente, ni las motos, ni la noche nos hicieron desistir y al fin tomamos algunas fotos de aquella inscripción y de aquel lugar. Al fin habia conseguido mi pequeño sueño, y al fin había tendido el puente invisible que iba desde mi ensueño a una lejana y angosta calle.



FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

lunes, 22 de marzo de 2010

UN NARRADOR DE CUENTOS... Y MITOS


El pasado 3 de marzo del 2010 presentamos en el Hogar Vasco de Madrid la novela de Mercedes Aguirre Castro El narrador de cuentos. El acto, que tuve el honor de amadrinar, fue presentado por Ángel Jiménez, director de Éride Ediciones, donde la autora ya había publicado anteriormente su colección de relatos Nuestros mitos de cada día (2007). Como ya hizo entonces, de nuevo Mercedes Aguirre nos adentra en un mundo de mitos que se entretejen en la realidad cotidiana, demostrando que nuestras vidas no están tan lejos de las de los héroes y dioses griegos, vulnerables también ellos a las pasiones, al miedo y, en definitiva, víctimas de sus propios dramas internos. Por Ana González-Rivas Fernández. HLGE

Toda la novela gira en torno a un congreso universitario sobre mitos y cuentos celebrado en la isla griega de Ananki. A medida que los asistentes van llegando, recogen su documentación y se van uniendo a las diferentes conferencias y mesas redondas. Durante cinco días discutirán sobre mitología y literatura, y compartirán nuevas teorías sobre el estudio de historias fantásticas y leyendas ancestrales. Pero cada asistente trae también su historia personal: una desgracia familiar que todavía provoca pesadillas, un amor que nunca llega, el ansioso deseo del reconocimiento profesional, y a veces incluso algún secreto nunca confesado… Poco a poco van presentándose todos ellos, ahora unidos por el mismo interés académico: los cuentos. Todo parece ir según lo esperado, las conferencias resultan interesantes y los organizadores del congreso demuestran ser unos perfectos anfitriones. Pero algo inquietante sucede entonces: la presencia de un hombre misterioso, un narrador de cuentos que fascina y sobrecoge a quienes le escuchan. ¿Quién es este enigmático personaje? ¿Por qué esos cuentos? ¿Por qué esas personas? ¿Es una casualidad que todos estos profesores y académicos se hayan reunido en la misma isla para hablar de mitos y leyendas? ¿O es algo más que una mera coincidencia?

Durante la presentación tuvimos ocasión de comentar con la autora el proceso de creación de esta novela, basada en parte en sus propias experiencias como académica y en sus intereses personales, como su pasión por Grecia, la mitología, los cuentos de hadas y las historias fantásticas: “mis obras contienen mucho de mis vivencias y también de mis lecturas”, afirma Mercedes Aguirre; “en el caso de El narrador de cuentos mis vivencias son los congresos a los que yo he asistido y en los que –como algunos de los personajes de mi novela- yo también aprendí y encontré nuevos amigos. En ellos he encontrado inspiración para algunas de las situaciones típicas de un congreso académico: las comidas apresuradas, las discusiones, los primeros momentos de despiste, las largas horas en un aula...”. Habló igualmente de sus referencias literarias, entre las que mencionó las obras de David Lodge, al que sigue en la temática académica, aunque no en el tono humorístico, que aquí se cambia por el drama psicológico. Asimismo, Aguirre rinde homenaje a algunos célebres escritores y recopiladores de cuentos, como Andersen o los hermanos Grimm, que, como ella misma indicó, se esconden detrás de los nombres de algunos personajes.

La historia de El narrador de cuentos, además, tiene una incógnita que se mantiene hasta el final de la novela: “he querido introducir una cierta dosis de misterio, un misterio que queda abierto a la interpretación del lector”, dice la autora. Y así, entre cuentos, mitos, encuentros y desencuentros, también se hace un hueco lo fantástico, tal vez lo inexplicable, que añade intriga a la trama, llevándola más allá de una simple reunión de científicos que, congregados por una casualidad del destino, discuten sobre sus temas de estudio.

El narrador de cuentos, en definitiva, es una novela que sorprende, que agrada por su prosa, y que seguro que hará reflexionar a sus lectores sobre muchos cuentos conocidos, ahora vistos desde un nuevo prisma. ANA GONZÁLEZ RIVAS-FERNÁNDEZ HLGE

viernes, 19 de marzo de 2010

DOS POETAS MODERNOS QUE LEEN A HOMERO


Me llamó la atención hace ya tiempo un aspecto común que encontré en dos impresionantes poemas del siglo XX: la lectura noctura de Homero en Ossip Mandelstam y Eugenio de Andrade. Lectura como revelación y catarsis. Por Francisco García Jurado.
Este texto está dedicado a un lector que ahora busca a Homero en Mandelstam. Él sabe bien quién es.
Algunos poemas quedan en nuestra experiencia lectora prendidos mucho más allá del momento en que los leímos. Es posible que no los recordemos tal cual eran, hasta cabe la posibilidad de que se transformen en meras impresiones, despojados incluso de sus palabras, pero perviven en nuestra conciencia y se convierten en parte de nosotros. Esto me ocurrió con los poemas donde el poeta ruso (de origen polaco) Mandelstam y el portugués Andrade narran cómo leyeron durante la noche ciertos pasajes de la Ilíada. El primero lo hace con el catálogo de las naves, y el segundo con el episodio donde Príamo va a suplicar a Aquiles que le devuelva los restos de su hijo Héctor. Ambos poemas conllevan implícita no tanto la realidad textual de la Ilíada como la impresión que ésta ha dejado en la conciencia de ambos poetas modernos. No sé si alguien ya habrá caído en la cuenta de esta coincidencia que, por lo demás, no deja de ser esperable en poetas de la talla de los que comentamos. Que grandes poetas sean lectores de Homero no debería ser una circunstancia, sino casi una condición sin la cual no se puede ser poeta. Pero vayamos a la lectura conjunta de ambos poemas. Mándeltam comienza así en la traducción de Jesús García Gabaldón:

Insomnio. Homero, Izadas velas.
Leí la lista de las naves hasta la mitad:
alargadas larvas, el vuelo de las grullas,
que un día se alzaron sobre Hélade.

Como cría de grulla en tierra extraña
se esparce la espuma divina sobre la cabeza de los zares.
¿Hacia dónde navegáis? ¿Y quién , sino Helena
a Troya os llama, guerreros aqueos?

El mar y Homero, todo lo mueve el amor.
¿A quién he de escuchar? Homero calla,
y el negro mar, elocuente, rumorea
y con grave fragor se acerca a mi cama.

Eugenio de Andrade escribe "A la sombra de Homero", que reproduzco en versión de Martín López-Vega:

Es mortal este agosto; su ardor
sube los escalones todos de la noche,
no me deja dormir.
Abro el libro siempre a mano en la súplica
de Príamo. Pero cuando
el impetuoso Aquiles ordena al viejo
rey que no le atormente más
el corazón, dejo de leer.
La mañana tardaba. ¿Cómo dormir
a la sombra atormentada
de un anciano en el umbral de la muerte?,
¿o con las lágrimas de Aquiles
en el alma, por el amigo
a quien acabo de enterrar?
¿Cómo dormir a las puertas de la vejez
con ese peso sobre el corazón?

Más allá de la lectura comùn de Homero, hay ciertas circunstancias comunes que sorprenden; una lectura que se interrumpe y que viene motivada por el insomnio. En ambos casos, los poetas son conscientes tanto de la transcendencia como de la actualidad de lo que leen. En un poema hay un negro mar que se acerca a la cama, en el otro la sombra atormentada de un anciano. Los estilos de cada poeta son bien diferentes, ácaso las circunstancias vitales e históricas en que cada uno escribe su poema concreto, pero Homero los une, y así se configura una relación entre tres poetas cuyos versos se mezclan. Lo que más me impresiona es la representación del hecho de la lectura. Podemos ver a ambos poetas leyendo durante la noche la Iliada. Yo también he leído estos poemas y he escrito este texto movido por la necesidad de contarlo y en la noche oscura.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

jueves, 18 de marzo de 2010

INTERPRETAR, IR MÁS ALLÁ DE LOS MEROS DATOS POSITIVOS


Poco a poco voy perfilando una historia no académica de la literatura basada, fundamentalmente, en cuatro mitos: el mito del autor, el mito (o superstición) del texto, el mito de la crítica y, finalmente, el mito de la lectura y la relectura. Poco a poco iré desgranando estos aspectos, dentro una irrepetible aventura vital. Por Francisco García Jurado.
Frente al criterio eminentemente positivista que domina buena parte de la historiografía literaria, especialmente la del siglo XIX, nuestra historia no académica se caracteriza por sus criterios intuitivos. No vamos a entrar en una polémica discusión acerca de la conveniencia de los diversos métodos, si bien no ponemos en duda que sin el positivismo la ciencia no tendría fundamentos empíricos. Es evidente que hay que partir de los datos, y que estos deben clasificarse de manera razonada. A resultas de este método, la historia de la literatura se divide por géneros, autores o periodos cronológicos. Nuestra reserva surge cuando nos hacen creer que la manera en que los manuales de historia de la literatura ofrecen los hechos es la única posible, y es, precisamente, en esa imposibilidad de concebir alternativas donde encontramos la mayor reserva. No en vano, la historia de la literatura que bulle en nuestras mentes no tiene forma de manual, como algunos podrían pensar (y cuánta culpa tiene esta creencia en el hecho de que algunos cursos de literatura terminen siendo un desastre) sino que presentan, más bien, la forma de una “antología inminente”, en palabras ya comentadas antes de Alfonso Reyes. Somos los portadores de unos textos que, una vez leídos y soñados, forman parte de nosotros. Si bien no somos sus dueños (como pretenden los partidarios más extremos de la estética de la recepción) sí somos sus transmisores y los que hacemos posible que estos textos vuelvan a la vida. La alquimia que los sentidos del texto van conformando en nuestra mente, ligados a nuestras experiencias vitales, es, en definitiva, la que va a conferir su significado más profundo y vital, al menos para nosotros. La historia no académica que proponemos ofrece de vez en cuando interesantes muestras de este método hermenéutico, como las de James Joyce, Herman Broch y Luis Goytisolo. Joyce desarrolla en el capítulo noveno su Ulises una sugerente interpretación que, partiendo de la semejanza fonética entre el personaje de Hamlet y el nombre del hijo de Shakespeare, Hamnet, lleva a uno de los personajes de Joyce a identificar a Shakespeare no tanto con Hamlet como con el espectro de su padre[1]. Por su parte, Hermann Broch indaga desde dentro de su propia circunstancia vital acerca de las razones por las que Virgilio quiso quemar su Eneida al margen de los criterios positivistas que han aportado tradicionalmente las Vitae Vergilianae, como ha estudiado el profesor Vidal[2]. Y no podemos pasar por alto la subjetiva indagación que sobre la cólera de Aquiles desarrolla un personaje de Luis Goytisolo:

“No quiero dejar de señalar, por otra parte, la enorme repercusión que tuvo en el desarrollo de mi autoanálisis el descubrimiento, en la figura de Aquiles, de un claro antecedente de mi propio caso, antecedente mejor que modelo, dado lo muy subjetivo que todo resulta en esta materia. Sobre todo si se tiene en cuenta que el mérito de tal descubrimiento -que, más aún que mi propia personalidad, explica la de Aquiles- es algo que, o mucho me equivoco, o me pertenece por entero. Que yo sepa, al menos, nadie hasta la fecha ha encarado el tema con suficiente agudeza. Me gustaría ver, si no, quién es la eminencia capaz de explicarme la reacción de Aquiles en dos momentos cruciales del asedio de Troya -el abandono de la lucha y su retorno a ella, similares en ambas ocasiones así el motivo como el resultado, a cual más aciago- sin remontarse hasta la primera infancia, sin rastrear el enmarañado panorama que allí se ofrece a nuestros ojos (...)” (Luis Goytisolo, La cólera de Aquiles [Antagonía 3], Madrid, Alianza Editorial, 1987, p. 236)

Se trata de una interpretación personal y muy poco filológica de la consabida cólera de Aquiles, en cuya figura se encarna uno de los personajes femeninos de su novela para tratar de ver a través de ella diferentes aspectos de su propia vida. Esta identificación lleva al personaje de Goytisolo a una apropiación de la figura de Aquiles, a quien cree comprender mucho mejor en sus reacciones psicológicas que algunas “eminencias”.
[1] José María Valverde comentaba así este peculiar capítulo en su ya mítica traducción de Joyce: “Es de notar que las teorías que Stephen dice no creer, a pesar de exponerlas brillantemente, eran tomadas bastante en serio por el propio Joyce y empiezan a serlo por algunos especialistas en Shakespeare.” (Prólogo a James Joyce, Ulises, Barcelona, Bruguera-Lumen, 1979, pp. 59-60).
[2] “Por qué Virgilio quería quemar la Eneida..., si es que quería”, publicado en HVMANITAS in honorem Antonio Fontán (Madrid, Gredos, 1992, pp. 479-484). Nos parece también muy interesante el libro Hermann Broch (1886-1951) (Madrid, Ediciones del Orto, 2001), de Berit Balzer, quien habla así del problema de dar fin a la obra: “La forma cíclica encierra en sí el peligro de desembocar en lo esotérico, y a Broch le preocupaba el problema de cómo llevar a término su novela sin caer en el misticismo. De esa disyuntiva saca la conclusión de que toda verdadera obra de arte se mueve en el precario umbral de lo mítico/místico. Virgilio, consecuente con esta idea última, quiere ver destruida su Eneida después de su muerte –como lo dispuso Kafka con algunas obra suyas-, pero el emperador Augusto quiere conservarla por el interés que ha de tener para la posteridad.” (p. 32).

FRANCISCO GARCÍA JURADO
H.L.G.E.

miércoles, 17 de marzo de 2010

FRANCISCO AYALA, BORGES Y LOS DOS PLINIOS


Conviene recordar[1] constantemente a nuestros alumnos y a nuestros amigos (a veces unos y otros terminan coincidiendo) que la literatura existe para que nuestra existencia sea algo mejor de lo que es, para que la lectura se convierta en una poderosa razón ante la vida y para que hagamos propias experiencias ajenas por medio de la alquimia que supone la narración o la evocación. Regreso así a una sensación remota, la sensación de los libros, al principio mudos, que pueblan las casas de nuestra infancia, y que terminan hablándonos, poco a poco, hasta volverse patrimonio de nuestro recuerdo, testimonio de nuestro propio paso por la tierra. Por Francisco García Jurado

Hay libros que nos acompañan fielmente en el mundo, y a menudo esto ocurre al margen de las bibliotecas. No puedo de dejar de evocar a mi abuelo, andaluz, autodidacto y anarquista, cuando leo a Francisco Ayala. Por mi abuelo, por Antonio Jurado (cordobés y infatigable lector) conocí los primeros clásicos, antiguos y modernos. Homero, Herodoto, Longo de Lesbos, Virgilio, Séneca, Horacio y, sobre todo, Lucrecio y los presocráticos. Un canon no improvisado de autores, hecho de libros que no estaban en los anaqueles vetustos, sino en los bolsillos, en las manos sabias, cinceladas a golpe de experiencia, en el amor sin fronteras por la vida y el saber. Aquella relación con los clásicos es la que vuelvo a encontrar en la prosa de Francisco Ayala. Pero esta pasión corre a veces el peligro de atenuarse. De hecho, la universidad me alejó después de ese afán vitalista y humano por tales lecturas. Allí aprendí, sobre todo, las sutiles –y no tan sutiles- formas de poder que hay en su seno. La universidad, como la política, está sobrada de una actitud que la cultura romana denominó con agudeza Potestas. Este es un viejo concepto que hoy cabría traducir con la gama léxica que va desde la palabra “poder” a la de “despotismo”. El buen ejercicio de la Potestas requeriría de una condición que cada vez es más rara en quienes la ejercen, precisamente la Auctoritas. Difícilmente puede entenderse la dimensión de este concepto si sólo lo transcribimos como “autoridad”, pues tiene que ver con nociones tan profundas como la de ofrecer garantía y confianza a los demás o servir de modelo, de inapelable ejemplo. Pues bien, en este sentido los clásicos constituyen un profundo alegato contra los usurpadores, que siempre están al acecho. En la actual república literaria, que no deja de ser una ingeniosa metáfora social y política para el mundo de los libros, sobra también mucha Potestas y falta en demasía la Autoritas. Esta es la dimensión profunda, ética, de esos clásicos que reconozco ya desde mi infancia, junto a mi abuelo, o en la prosa de Francisco Ayala. Como observa Inmaculada López, ciertas lecturas, ciertos encuentros con clásicos han recorrido la intensa vida de Ayala, sus diferentes etapas literarias, primero en España, luego en América y después, de nuevo, en el país de origen. El tiempo y mi carácter me han llevado a estudiar una forma de historia no académica en la que Inmaculada coincide conmigo o, más bien, yo coincido con ella: una relación de abierto diálogo. La relación de Ayala con ciertos clásicos es comparable a la de su admirado Jorge Luis Borges. Recuerdo ahora la lectura lúcida que Ayala hace de uno de los cuentos más logrados del autor argentino, precisamente “El Aleph”. David Viñas glosa y pondera esta lectura que Ayala hace de Borges en un impar trabajo[2]. Cabe imaginar a Ayala recorriendo las páginas de este cuento que tanto tiene de Dante, de Poe o de Schwob. Y quiero imaginar el momento irrepetible en el que Ayala llegó al descenso del narrador al paraíso-infierno del misterioso Aleph, donde cabe encontrar la razón última de todas las cosas en una enumeración caótica: “(…) vi una quinta de Androgué, un ejemplar de la primera edición inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (…)”. Como señala David Viñas, Ayala nos habla de una “erudición imaginativa” que convierte esta referencias, ciegas para los que estamos sometidos a la barbarie del presente, en imprevistos cauces de la tradición clásica y cultural. La caótica enumeración en el Aleph no me impide entresacar de ella el volumen impar de la Naturalis historia de Plinio el Viejo, el mismo que lee Funes el Memorioso cuando aprende latín en una noche y que Italo Calvino comenta con pasión en su libro titulado Por qué leer los clásicos: es el volumen VII, el que concierne a los seres humanos. Será otro Plinio, el apodado “el Joven”, quien pueble muchos de los escritos y citas de Francisco Ayala, en especial cuando nos hable sobre el ansia de fama y eternidad. No, estos clásicos no son lecturas o citas ajenas a la sustancia literaria de nuestros autores. No se lleven a engaño. Si los lectores no somos capaces ya de saber quiénes fueron tales Plinios habremos perdido una importante herramienta de comprensión, pero sobre todo habremos olvidado en el bolsillo trasero de la biblioteca una pequeña llave para saber quiénes somos en realidad. Lo mismo nos ocurrirá si no somos capaces de reconocer la importancia simbólica del laberinto minoico y su minotauro en la literatura y las artes plásticas del siglo XX. Cuando Ayala escribe su cuento “El hechizado” y lo publica en Buenos Aires en 1944 ya ha logrado convertir a Borges en su lector. Creo que todos los que escribimos hoy día bajo el mando borgesiano nos movemos en esa mezcla de vanidad y nostalgia que supone imaginar lo que el propio Borges pensaría de aquello que creamos pensando en él.
[1] Reflexiones en torno al libro de Inmaculada López Calahorro, Francisco Ayala y el mundo clásico, Granada, Ediciones Universidad de Granada, 2008.
[2] David Viñas Piquer, “Hechizado por El Aleph: Ayala, lector de Borges; Borges, lector de Ayala”, en Antonio Sánchez Trigueros y Manuel Ángel Vázquez Medel (eds.), Francisco Ayala y América, Sevilla, Alfar, 2006, pp. 39-54.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.