sábado, 29 de octubre de 2011

ENTRE FANTASMAS LATINOS

Nos encantan las historias de fantasmas, pero a menudo se nos escapan las mejores. Sin duda, la historia de fantasmas que más juego ha dado en la literatura es la que Plinio el Joven dejó escrita en el VII libro de sus cartas, concretamente la vigésimo séptima. Esta carta trata, precisamente, sobre la cuestión de la existencia de los fantasmas y responde a la curiosidad que el propio Plinio tiene por saber cuál es la naturaleza de estos seres sobrenaturales, es decir, si existen realmente o no son más que figuraciones creadas por nuestro propio miedo. El texto guarda muchos parecidos con otro de Luciano, pero también presenta diferencias significativas. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Plinio comienza su carta de esta manera:

"La falta de ocupaciones a mí me brinda la oportunidad de aprender y a ti la de enseñarme. De esta forma, me gustaría muchísimo saber si crees que los fantasmas existen y tienen forma propia, así como algún tipo de voluntad, o, al contrario, son sombras vacías e irreales que toman imagen por efecto de nuestro propio miedo (...)"

(Plinio. 7, 27, 1 trad. de García Jurado)

Al relatar la historia del fantasma, la carta adopta la estructura de un cuento, con el consiguiente reparto entre tiempos que representan el estado de cosas en el que se plantea la historia (“érase una vez...”) y la consiguiente irrupción de un héroe en escena (“entonces llegó...”). Leamos el principio de la historia:

"Había en Atenas una casa espaciosa y grande, pero tristemente célebre e insalubre. En el silencio de la noche se oía un ruido y, si prestabas atención, primero se escuchaba el estrépito de unas cadenas a lo lejos, y luego ya muy cerca: a continuación aparecía una imagen, un anciano consumido por la flacura y la podredumbre, de larga barba y cabello erizado; grilletes en los pies y cadenas en las manos que agitaba y sacudía. A consecuencia de esto, los que habitaban la casa pasaban en vela tristes y terribles noches a causa del temor; la enfermedad sobrevenía al insomnio y, al aumentar el miedo, la muerte, pues, aun en el espacio que separaba una noche de otra, si bien la imagen desaparecía, quedaba su memoria impresa en los ojos, de manera que el temor se prolongaba aún mas allá de aquello que lo causaba. Así pues, la casa quedó desierta y condenada a la soledad, dejada completamente a merced de aquel monstruo; no obstante se había puesto en venta, por si alguien, no enterado de tamaña calamidad, quisiera comprarla o tomarla en alquiler."

(Plinio. 7, 27, 5-6 trad. de García Jurado)

Así pues, una vez presentado con tanto dramatismo el planteamiento, se entra en el nudo y el desenlace del pequeño drama con la llegada de un filósofo que encarna la luz de la inteligencia:

"Llega a Atenas el filósofo Atenodoro, lee el cartel y una vez enterado del precio, como su baratura era sospechosa, le dan razón de todo lo que pregunta, y esto, lejos de disuadirle, le anima aún más a alquilar la casa. Una vez comienza a anochecer, ordena que se le extienda el lecho en la parte delantera, pide tablillas para escribir, un estilo y una luz; a todos los suyos les aleja enviándoles a la parte interior, y él mismo dispone su ánimo, ojos y mano al ejercicio de la escritura, para que no estuviera su mente desocupada y el miedo diera lugar a ruidos aparentes e irreales. Al principio, como en cualquier parte, tan sólo se percibe el silencio de la noche, pero después la sacudida de un hierro y el movimiento de unas cadenas: el filósofo no levanta los ojos, ni tampoco deja su estilo, sino que pone resueltamente su voluntad por delante de sus oídos. Después se incrementa el ruido, se va aproximando y ya se percibe en la puerta, ya dentro de la habitación. Vuelve la vista y reconoce al espectro que le habían descrito. Éste estaba allí de pie y hacía con el dedo una señal como llamándole. El filósofo, por su parte, le indica con su mano que espere un poco, y de nuevo se pone a trabajar con sus tablillas y estilo, pero el espectro hacía sonar sus cadenas para atraer su atención. Éste vuelve de nuevo la cabeza y ve que hace la misma seña, así que ya sin hacerle esperar coge el candil y le sigue. Iba el espectro con paso lento, como si le pesaran mucho las cadenas; después bajó al patio de la casa, y de repente, desvaneciéndose, abandona a su acompañante. El filósofo recoge hojas y hierbas y las coloca en el lugar donde ha sido abandonado a manera de señal. Al día siguiente acude a los magistrados y les aconseja que ordenen cavar en aquel sitio. Se encuentran huesos insertos en cadenas y enredados, que el cuerpo, putrefacto por efecto del tiempo y de la tierra, había dejado desnudos y descarnados junto a sus grilletes. Reunidos los huesos se entierran a costa del erario público. Después de esto la casa quedó al fin liberada del fantasma, una vez fueron enterrados sus restos convenientemente."
(Plinio. 7, 27, 7-11 trad. de García Jurado)

Como vemos, se trata del texto que da lugar al gran argumento de las historias de fantasmas: la incomunicación entre vivos y muertos. Son muchas la películas y series televisivas que hacen uso de un protagonista que rompe con esta barrera para, al fin, poder comprender qué quiere el difunto. En el caso del texto de Plinio ese héroe es un filósofo, siglos más tarde el personaje irá variando (estudiante, psiquiatra o simple médium). Las magníficas características narrativas del relato de Plinio harán que éste conozca una intensa relectura con el desarrollo de la literatura fantástica moderna, primeramente en la modalidad que conocemos como “gothic tale”, que nace en la Inglaterra de finales del siglo XVIII a causa de una serie de condiciones sociales e históricas determinadas y que después tendrá una decisiva impronta en la literatura romántica. Así las cosas, desde 1764, año en el que Horace Walpole publica el que se considera que es el primer relato gótico, El castillo de Otranto hasta 1820, cuando Charles Maturin ponga broche final al género como tal con su Melmoth el errabundo, la carta de Plinio se convierte en una pieza literaria que sirve de texto clave para construir los nuevos relatos de fantasmas. De la mano de estos autores, la carta de Plinio el Joven sobre los fantasmas se convierte, anacrónicamente, en el primer relato gótico de la historia literaria.

FRANCISCO GARCÍA JURADO
UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

viernes, 28 de octubre de 2011

Entre la Ilustración y el Liberalismo. Los manuales de literatura griega y latina en España

Entre los días 23 a 25 de noviembre de 2011 se celebrarán en la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla de la Universidad Complutense de Madrid (Noviciado, 3 28015. Madrid) las JORNADAS DE INVESTIGACIÓN "HUMANIDADES CLÁSICAS E HISTORIA CULTURAL:
DE LA ILUSTRACIÓN AL LIBERALISMO", organizadas por el Grupo de Investigación UCM "Historiografía de la literatura grecolatina en España". Será una ocasión para poner en común los diferentes trabajos que terminará configurando la nueva historiografía de la literatura grecolatina en España que preparamos (prevista para 2013), y que se unirá a las ya publicadas sobre el siglo XIX y la Edad de Plata de la Cultura Española. Este es el resumen del trabajo que voy a presentar en ellas. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE.

"Entre la Ilustración y el Liberalismo. Los manuales de literatura griega y latina en España"

Francisco García Jurado (UCM-HLGE)

Casi recién inaugurado el reinado de Carlos IV en España, el 9 de febrero de 1789 apareció en el Espíritu de los mejores diarios literarios que se publican en Europa un artículo anónimo titulado “De la literatura romana”, procedente de un diario de Dublín. Este discreto artículo constituye, probablemente, la primera historia de la literatura romana -concebida ya según la nueva categoría establecida por Wolf en Alemania (1787)- que se publica en España, y no se trata en ningún sentido un trabajo inocente. Afín a los ideales propios del despotismo ilustrado que inspiran esta publicación periódica española, es muy interesante observar cómo, al hablar de la “decadencia” de la literatura, se dice que “esta decadencia no puede atribuirse á la mutación del gobierno o al establecimiento del poder monárquico”. Como es sabido, pocos meses más tarde, el 14 de julio de ese mismo año de 1789, se produce la toma de la Bastilla en París, hecho que da comienzo a un cambio sin retorno en la Historia de Europa. En España, Carlos IV prosigue en parte los empeños reformistas de su predecesor, si bien ahora los modelos ideológicos van a decantarse más bien hacia autores italianos como L.A. Muratori. En este contexto, Fray Vicente Navas publica en 1792 bajo el pseudónimo de Casto González Emeritense su Compendiaria in Graeciam via y su Compendiaria in Latium via. Se trata de obras inspiradas en el paradigma de la bibliografía ilustrada y de la Historia critica Latinae linguae de G. Walchius, destinadas a una exquisita juventud de nobles ilustrados. Podemos decir que tales libros constituyen, “avant la lettre”, los primeros manuales de literatura griega y latina publicados en España, si dejamos de lado las obras publicadas en Italia por algunos jesuitas expulsos, como M. Aymerich. El cambio de siglo traerá consigo las guerras napoleónicas y la emergencia de un nuevo contexto para los estudios humanísticos, que abandonan su carácter universal para dar primacía a los gustos nacionales, especialmente alemanes e ingleses. No será hasta la muerte de Fernando VII, con la regencia de María Cristina y su obligado entendimiento con los liberarles moderados, cuando surjan en España las primeras formulaciones de historias nacionales de la literatura, en particular la española y la latina. A. Gil de Zárate publica en 1844 la compilación en cuatro pequeños tomos de su Manual de literatura española, y será su amigo A.M. Terradillos quien publique en 1846 el Manual histórico-crítico de la literatura latina. Semejantes libros ya no están escritos en latín ni destinados a los nobles ilustrados, sino a la formación de los nuevos ciudadanos. La inspiración de tales manuales, por lo demás, debe buscarse en el nuevo pensamiento romántico de F. Schlegel, y no en la erudición ilustrada del siglo anterior. Por todo ello, resulta, cuando menos, paradójico, que Alfredo Adolfo Camús compusiera en 1852 unas Litterarum Latinarum institutiones que merecieron el elogio de su colega Amador de los Ríos. Esta obra, que hemos tenido la suerte de redescubrir, regresa a los esquemas dieciochescos de la Historia critica Latinae linguae de G. Walchius y a la propia lengua latina como metalenguaje. Se trata de un curioso anacronismo académico e histórico. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 24 de octubre de 2011

La fíbula de Preneste y los grados de verdad y falsedad

Hace unos días comenté que estaba trabajando en unas notas sobre la fíbula de Preneste para un volumen colectivo que se publicará en Oviedo acerca de los falsos y los falsarios. Mi intención, más bien humilde, no es otra que hacer una lectura historiográfica de los documentos que convirtieron la fíbula en un “hito” para la entonces incipiente disciplina que hoy conocemos como “Historia de la lengua latina”. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Tras varias semanas de lectura, una de las cosas que más me ha llamado la atención al repasar libros, reseñas y artículos sobre la fíbula es la obsesión por demostrar que es verdadera o falsa de una manera unívoca. A ello acuden argumentos de muy diverso tipo, tanto internos (lingüísticos, epigráficos…) como externos (propios de las ciencias experimentales), en incluso detectivescos, propios de la ciencia positiva del siglo XIX, como los de A. Ernest Gordon en su delicioso libro titulado The inscribed fibula Praenestina, University of California Press, 1975.
A mí no me interesa tanto el QUÉ como el CÓMO, es decir, la presentación científica de la fíbula en el contexto académico. Así pues, y en la línea historiográfica que he emprendido hace ya unos años, tengo el privilegio de leer estos días una de las primeras presentaciones escritas de la fíbula, precisamente la publicada por su “descubridor”, W. Helbig en una nota titulada “Sopra una fibula d’oro trovata presso Palestrina” (Mittheilungen des kaiserlich Deutschen archaeologisches Instituts. Roemische Abtheilung. Band II, 1887, pp. 37-39), a la que sigue otra nota del epigrafista F. Dümmler titulada “Iscrizione della fibula prenestina” (Mittheilungen des kaiserlich Deutschen archaeologisches Instituts. Roemische Abtheilung. Band II, 1887, pp. 40-43). Me llama especialmente la atención la segunda nota, donde Dümmler se propone demostrar que la inscripción de la fíbula es mucho más arcaica que la inscripción latina más antigua hasta entonces conocida, y que no es otra que la del vaso de Duenos, hallada en 1880. Asimismo, me llama la atención la cita que se hace de dos monografías: la muy conocida de A. Kirchhoff titulada Studien zur Geschichte des griechischen Alphabets, libro publicado inicialmente en 1863 y que en 1887 veía de nuevo la luz en su cuarta edición, y la monografía de H. Jordan titulada Beiträge zur Geschichte der Lateinischen Sprache (1879). Todo esto me ha confirmado, de momento, mi presupuesto de la clara conciencia que los autores tenían del nuevo marco histórico que dominaba la ciencia de aquel momento, y en el cual se apoyan decididamente para presentar la fíbula de Preneste como un documento excepcional. Por su parte, Helbig se encarga en su nota correspondiente de relacionar la fíbula con el tesoro Bernardini para asegurar su antigüedad.
Independientemente de que la fíbula sea o no verdadera, ambos autores orquestaron una fabulosa presentación académica para legitimar la pieza, tanto en lo que respecta a la antigüedad material de la fíbula como en lo relativo al carácter excepcional de su inscripción. Asimismo, incluyeron una reproducción que es la que luego pasó al propio CIL. De esa manera lo puramente facticio, es decir, la pieza en sí, considerada materialmente, como lo interpretativo, es decir, el carácter antiguo de la pieza y lo excepcional de la inscripción, quedan extraordinariamente representados en esta primera presentación escrita. Esto, vuelvo a repetir, era un requisito necesario para que la inscripción pasara a los anales de la historia de la lengua latina, al margen de la veracidad o falsedad del documento. FRANCISCO GARCÍA JURADO

sábado, 22 de octubre de 2011

La Eneida de Borges: el éxito y la suerte

Poco a poco llegamos al final del recorrido que hemos hecho en torno a una de las obras más singulars que nos hemos encontrado en nuestra vida lectora. No sólo Virgilio creó la Eneida, también la re-crearon dos de sus más egregios lectores: Dante y Borges. Hoy corresponde hablar del valor de la palabra esencial. Ilustra nuestro texto la inquietante fotografía que tomamos junto a la tumba del poeta Leopardi, poco antes de llegar al supuesto mausolego del mismo Virgilio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Ya dispuesto para el combate final contra el caudillo Turno, Eneas tiene ocasión de hablar con su hijo Ascanio. Es en ese momento cuando pronuncia una sentencia que supone toda una visión de la propia vida: disce, puer, virtutem ex me verumque laborem, fortunam ex aliis (Aen. 12, 435). Espinosa Pólit lo traduce y amplifica:

“Hijo, aprende de mí virtud genuina,
trabajo cumplidor que no desmaya,
de otros podrás saber lo que es fortuna.”

En su contundencia, este verso supone para Borges una forma de percibir “el elemental sabor de lo heroico”:

“Hay un sabor que nuestro tiempo (hastiado, acaso, por las torpes imitaciones de los profesionales del patriotismo) no suele percibir sin algún recelo: el elemental sabor de lo heroico. Me aseguran que el Poema del Cid encierra ese sabor; yo lo he sentido, inconfundible, en versos de la Eneida («Hijo, aprende de mí, valor y verdadera firmeza; de otros, el éxito»), en la balada anglosajona de Maldon («Mi pueblo pagará el tributo con lanzas y con viejas espadas»).”

(J.L. Borges, “El furor de la historia”, en Otras inquisiciones [Obras completas II, Barcelona, 1989, p. 133])

Observamos que en esta versión virtus queda traducido por “valor” y verus labor se vierte en los términos de “la verdadera firmeza”. La fortuna es “el éxito”. Sin embargo, podemos observar cómo en una traducción posterior se hace una elección diferente de términos, de manera que la “verdadera firmeza” pasa a ser “fortaleza genuina” (“virtud genuina” traduce Pólit) y la “fortuna” se convierte en la “suerte”. Así lo vemos en el prólogo a la Eneida:

“Previsiblemente abunda lo heroico; estas palabras dichas por un guerrero: «hijo mío, aprende de mí el valor y la fortaleza genuina; de otros, la suerte».”

(J.L. Borges, “Publio Virgilio Marón. La Eneida”, en Biblioteca Personal [Obras completas IV, Barcelona, 1993, p. 522])

Este es, en definitiva, el único rasgo épico de la Eneida borgesiana, una obra elegíaca por excelencia, según la idea tan cara para Borges de que toda épica acaba siendo elegía. FRANCISCO GARCÍA JURADOo

jueves, 20 de octubre de 2011

Recuerdo del Abate Marchena en Madrid

A menudo paso por esta calle madrileña, llamada de la Concepción Jerónima. Es una calle histórica que queda detrás del Miniesterio de Asuntos Exteriores. No mucha gente repara en ella, pues se percibe, más bien, como un pasillo que lleva de un lugar a otro. Pero en aquel lugar estuvo, precisamente, el monasterio que lleva hoy el nombre de la calle, y que fue demolido cuando se construyó la parte trasera del ya citado ministerio, que había sido mucho antes Cárcel de Corte. En esta calle habitó Velázquez, según reza una placa, pero no voy a referirme a ella. Quiero hablar de otra placa que está en un edificio contiguo y que se refiere al lugar donde pasó sus últimos días un singular personaje llamado Abate Marchena. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE



Hace ya años llegó a mis manos una antigua traducción de libro de Lucrecio titulado "De la naturaleza de las cosas", y me sorprendió, precisamente, lo antiguo de la traducción, en verso, que comienza así: "Engendradora del romano pueblo, / placer de hombres y dioses, alma Venus...". Tenía ganas de saber más sobre la persona que vertió a un castellano tan jugoso los versos del "impío y materialista" Lucrecio. Parecía tratarse, precisamente, de José Marchena, un excelente latinista y un personaje verdaderamente novelesco que vivió entre el siglo XVIII y el XIX y que mereció figurar entre los heterodoxos del propio Menéndez Pelayo, que lo admiraba, a pesar de todo, y que le atribuyó la versión latina del libro de Lucrecio. Hoy día, mi amigo Pablo Asencio me cuenta que tiene otra opinión con respecto al autor de esta traducción, pero habrá que esperar a que haga públicos sus resultados. Aún así, y al margen de que sea cierto o no que Marchena tradujo a Lucrecio, mi conocimiento vino gracias a esta atribución. Marchena fue hombre de vida convulsa, absolutamente novelesca, pero no por ello carente de una gran erudicion, llegó a inventar también un fragmento latino de Petronio. Se trata de un excepcional pastiche que ha vuelto a editar recientemente el profesor Joaquín Álvarez Barrientos en un libro memorable (está en Ediciones Espuela de Plata, filial de Renacimiento, y apareció en Sevilla la navidad de 2007; tuve la suerte de comprarlo en la misma Sevilla, recién salido de imprenta). El fragmento es un prodigio filológico (imitó tan bien a Petronio que se tuvo por bueno) y tiene ese característico punto inmoral de las composiciones del siglo XVIII (todavía hoy algunas cosas contadas en el fragmento hacen daño a los oídos). Pero vuelvo al rótulo urbano. Entiendo que, como otras tantas placas que hay en la ciudad, ésta sobre el abate Marchena es "invisible". A casi nadie interesa saber a quién perteneció este nombre. El edificio es antiguo, de esos que sobrevivieron a la renovación urbana del siglo XIX y que hoy día determina nuestra visión del Madrid más castizo. Hace años, Juan Francisco Fuentes publicó en Cátedra una documentada biografía de este autor español, latinista afrancesado y liberal, que se puede leer casi como una novela. Sorprende, por ejemplo, que los propios revolucionaros franceses lo miraran de reojo por resultarles demasiado revolucionario. A menudo he comentado con Javier Espino, consumado especialista en gramáticas latinas del siglo XVIII, la extrañeza que suscita en algunas personas entregadas a los tópicos el hecho de que un latinista sea "liberal", al igual que ocurre con Sánchez Barbero, uno de los "últimos humanistas" a los que rendimos en noviembre de 2006 un sentido homenaje en la Biblioteca Marqués de Valdecilla (véase http://www.ucm.es/BUCM/foa/doc6316.pdf).

La placa que hoy comento y recuerdo, al contrario que otras anteriores, forma parte de mi paisaje cotidiano, pues paso a menudo por esta calle desde la Plaza de Jacinto Benavente para ir a coger el autobús que me lleva a casa. Al principio la encontré de pura casualidad. Luego se ha convertido en un pequeño lugar al que mirar cada vez que paso por esta calle estrecha y donde los coches suelen agolparse.

Pienso a menudo en el personaje tan vital que fue el abate Marchena y en sus últimos momentos precisamente aquí, en esta casa. Eran los tiempos del trienio liberal, de un pequeño espejismo de libertad tras el pronunciamiento de Riego. Marchena, varias veces exiliado, llegó a Madrid a comienzos de 1821. Se alojó en casa de su amigo Juan MacCrohon, y debió caer enfermo muy pronto. No por ser un liberal dejó de recibir un sepelio religioso en la cercana parroquia de Santa Cruz. Su muerte se convirtió en un acontecimiento político para el Madrid de la época. Volvieron luego los tiempos absolutistas y España continuó siendo un vaivén de guerras, exilios y discontinuidades. Pero ahí queda, en un rincón de nuestra historia, la figura y la obra del "latinista liberal" José Marchena, quizá de la misma manera que ha quedado también en este discreto rincón su recuerdo en una placa.
En un país consagrado a toreros y futbolistas estos pequeños recuerdos dan la (in)justa medida de la historia.


Francisco García Jurado H.L.G.E.

lunes, 17 de octubre de 2011

"Lento en mi sombra": el orden en la Eneida de Borges

La Eneida de Borges nos hace asistir a un delicioso espejismo, el de no saber si estamos leyendo al autor antiguo o al moderno. En el "Poema de los dones" leemos "lento en mi sombra", y aquí Borges se apropia del "lentus in umbra" virgiliano para convertirlo en un verso inmortal. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE.

El libro quinto de la Eneida termina con un gran verso, casi una sentencia: Nudus in ignota, Palinure, iacebis harena (Aen. 5, 871). El cadáver de Palinuro, el piloto de la nave de Eneas, es abandonado en un lugar extranjero donde va a quedar desnudo, es decir, insepulto. Borges, sin embargo, acude a la literalidad del pasaje, como podemos ver en su relato titulado “El inmortal”, en la narración de una pesadilla :

“No sé cuántos días y noches rodaron sobre mí. Doloroso, incapaz de recuperar el abrigo de las cavernas, desnudo en la ignorada arena, dejé que la lluvia y el sol jugaran con mi aciago destino.”

(J.L. Borges, “El inmortal”, en El Aleph [Obras completas I, Barcelona, 1989, pp. 535-536])

La propia estructura del verso, en especial la particular colocación sintáctica de los adjetivos (nudus in ignota), se ha terminado convirtiendo en una inconfundible imagen borgesiana. Es la estructura que reconocemos significativamente en el “Poema de los dones”:

“Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.”

(J.L. Borges, El hacedor [Obras completas II, Barcelona, 1989, pp. 187-188])

Debemos acudir, por tanto, a las frases que contienen el adjetivo lentus. Hace ya tiempo, Miguel d’Ors observó la recurrencia de cierta construcción virgiliana que aparecía en Borges cuyo aspecto común era la colocación de un adjetivo inmediatamente delante de la preposición “en”, como “lento en la sombra”, “lento en el alba”, o “alto en el día”. Uno de los mejores hallazgos del artículo de D’Ors tiene lugar cuando se pone en relación la construcción estudiada con el sintagma virgiliano lentus in umbra de la primera égloga (Ecl. 1, 4). El autor sostiene, además, que la frase de Borges “desnudo en la ignorada arena”, si bien tiene la impronta semántica ya señalada de Aen. 5, 871, tendría la impronta sintáctica del verso de la citada égloga primera. Estamos pues, ante lo que podíamos considerar la compleja recreación de dos textos originales, nudus in ignota harena y lentus in umbra, para crear una suerte de dicción formular, un cliché poético, como los utilizados por los antiguos poetas épicos. Por tanto, además de la Eneida, la aparición de lenta en los textos borgesianos conlleva el recuerdo inevitable de la primera de sus Églogas, quizá la lectura virgiliana más temprana de Borges. El segundo hemistiquio del tercer verso de esta égloga, “Dulcia linquimus arva”, da título a uno de los poemas del temprano libro titulado Luna de enfrente (1925). FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 12 de octubre de 2011

Política y educación: manuales liberales frente a manuales conservadores

No es nada nuevo decir que la política influye tanto en la educación que esta última se vuelve un claro reflejo de la primera. Pero recordad que lo más interesante es demostrar con hechos concretos de la propia historia de la educación este aserto general (esto es lo que diferencia a un verdadero historiador de un simple tertuliano o parlero). Precisamente, el estudio sistemático de los manuales de literatura latina y griega publicados en España a lo largo del siglo XIX muestra muy claramente las tensiones entre el pensamiento liberal y el conservador en el relato de un objeto de estudio que para quienes lo desconocen podría muy bien parecer aséptico. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.


Hay un excelente trabajo del profesor José Carlos Fernández Corte titulado "La invención de la Historia de la Literatura Latina en España (y una breve reflexión sobre Europa)", publicado en Cuadernos de Filología Clásica (Estudios Latinos) 24, 2004, 95-113 que toda persona interesada por estos temas debería leer (se encuentra en la dirección electrónica siguiente: http://revistas.ucm.es/fll/11319062/articulos/CFCL0404120095A.PDF)


El trabajo de Fernández Corte plantea, un tanto de manera programática, unos asertos que ahora estamos confirmando plenamente con el estudio sistemático y catalogación de los manuales de literatura. Entre ellos, que ya la asignatura en sí misma viene a constituir un nuevo discurso "liberal" que sustituye al de la vieja poética y retórica. Se trata de una asignatura pensada para formar ciudadanos a partir de modelo del estudio de una literatura como reflejo de la expresión colectiva de un pueblo, presupuesto alejado ya del estudio de la mera imitación de las bellas letras. En cierto sentido, y salvando las distancias, los estudios históricos en el nuevo marco educativo que viene a partir de las reformas de Gil de Zárate en los años cuarenta del siglo XIX continene una orientación política en principio comparable a la de la polémica "Educación para la ciudadanía", pues formulaciones como "Historia de la literatura" o "Ciudadano" precisan de unas claves políticas concretas para poder tener lugar de ser. Ahora bien, una cosa es el planteamiento político general que inspira una materia y otro bien distinto la realización docente que se haga de la misma. Esto lo saben bien los gobiernos cuando se cuidan de que se impartan los temarios y hasta los cuestionarios al pie de la letra. Así las cosas, la impartición de la Literatura latina encontró dos maneras de enseñarse: una que podemos denominar propiamente liberal y otra conservadora. Sería prolijo, pero interesante, definir los rasgos básicos de la enseñanza liberal de la Literatura latina. Se trata de una enseñanza que puede localizarse, sobre todo, en manuales del decenio de los años 70 del siglo XIX, particularmente en discípulos de Alfredo Adolfo Camús, como José Canalejas o Alberto Regules y Sanz del Río. Se trata de una enseñanza que se define por el gusto por autores como Plauto, por el relato más o menos desenfadado de ciertos pormenores escandalosos, y por un rechazo abierto a las tiranías, que muy bien podría encarnar la figura de César, legitimado en Francia durante la época de Napoleón III. Asimismo, hay un abierto gusto por las nuevas ciencias históricas, en particular las aportaciones de autores como Niebuhr. En otro orden de cosas, hay una destacada preferencia por el llamado siglo de Oro de la literatura latina frente a los gustos por la literatura decadente que tanto proliferarán en la propia literatura francesa de finales del siglo XIX. Por su parte, los manuales de tipo conservador, como los publicados por Jacinto Díaz o Pedro Bartolomé Casal, muestran un desprecio explícito por los nuevos progresos de las ciencias humanas, incluido el propio desarrollo de la historia de la literatura como discurso alternativo al de la poética, y muestran una preferencia por los autores latinos de la Cristiandad, hecho que lleva a una mayor carga de literatura latina de las etapas tardías e incluso ya propias de la Edad Media. De esta forma, mientras el liberal Camús es un abanderado de la Historia literaria del Renacimiento a partir de la imprenta y de Erasmo, Jacinto Díaz retrotrae éste al siglo XIII, es decir, a la Escolástica. No quiero entrar aquí en un rasgo geográfico que podría llevarnos a una encendida polémica, pero los manuales liberales se centran en la Universidad Central de Madrid, mientras los otros se publican en lugares como Barcelona o Santiago de Compostela. Como contradato, debo decir que los manuales de González Garbín, reputado profesor y personaje de ideas progresistas y republicanas, se publican en Málaga y Granada. En fin, se trata de matices que nos da la propia Historia.


Resulta, no obstante, una paradoja, que una asignatura de planteamiento liberal encuentre en el manual de Jacinto Díaz el libro más editado, desde el decenio de los años cuarenta a los años setenta del siglo XIX. Fernández Corte atribuye este hecho al notable contenido de autores cristianos que ofrece.


Como puede verse por este pequeño bosquejo, la vida de estos manuales es fiel reflejo de las discusiones políticas y religiosas de su época. La historia de la literatura latina, en buena medida dependiente desde el punto de vista académico de la historia de la literatura española, tardaría aún varios decenios en formar parte de la Filología clásica, cuya formulación oficial en España es de 1932. Atrás quedó una extensa biblioteca de manuales y programas de curso, verdadero y contradictorio patrimonio educativo, y obras no tan repetitivas como pudiera creerse a simple vista. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.