lunes, 2 de abril de 2012

El doble y mal: Dostoyevski

En 1846, Fiodor Dostoyevski publica una novela fundamental sobre el viejo tema del doble. La obra, cuyo protagonista es un gris funcionario llamado Yakov Petrovich Goliadkin, se titula, de manera simple y concisa, El doble (Dvoinik), e incide especialmente en un aspecto clave del tema de la duplicidad, la dimensión moral de aquellos que ejercen una doble vida mediante engaños:
“El hombre bueno trata de vivir honradamente y no de cualquier modo y, además, nunca tiene un doble.”
[1] POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Es precisamente, el engaño y el afán de simular ser lo que no se es lo que ha llevado a la desgracia al protagonista de esta novela, pues su duplicidad ha terminado dando lugar a un auténtico alter ego que intenta suplantarlo, a manera de ejemplar castigo. Precisamente, a la hora de recordar la historia de Goliadkin acuden a nuestra memoria otras historias reales que ilustran bien esta relación entre el doble y la dudosa moralidad de quienes se duplican. El primer ejemplo paradigmático es el de un famoso periodista español que, por lo que parece, dijo a su esposa que partía en viaje de trabajo, aunque en realidad iba a visitar Moscú en compañía de su amante. Por una de esas casualidades de la vida, la esposa acudió también a Moscú con unas amigas y fue allí, en plena Plaza Roja, donde se dio de bruces con su marido. Lo más extraordinario de esta historia es que el esposo hizo como que era otra persona, es decir, una suerte de gemelo generado precisamente por la iniquidad y la mentira, mediante la que intentaba desvincularse de la persona real que su esposa había reconocido. Pero mucho más impactante es la historia de las fotografías que aparecieron hace dos años en la prensa, donde se mostraba la nueva imagen que había adoptado Radovan Karadzic, el sanguinario presidente de la República Serbia entre los años 1992 y 1996. Su rostro estaba cubierto por una poblada barba blanca que lo hacía difícilmente reconocible, y lo que resultaba especialmente inquietante era su nuevo aspecto de santón. El criminal de guerra había adoptado una identidad falsa y, acorde con ella, se dedicaba a la medicina alternativa, como si jamás hubiera cometido crimen alguno. La realidad supera la ficción literaria constantemente, y estas historias de camuflaje no son nuevas. Sabido es que, tras los genocidios, los verdugos adoptan nuevas identidades y procuran ser otras personas para sobrevivir. De igual manera que el déspota serbio, tras la Segunda Guerra Mundial, el criminal de guerra nazi Adolf Eichmann huyó de Austria y marchó a la República Argentina, donde vivió bajo el nombre de Ricardo Klement. No fue desenmascarado hasta 1960, cuando agentes del servicio de seguridad hebreo lo capturaron y trasladaron a Jerusalén para su posterior enjuiciamiento y ejecución. La anécdota del periodista español en la Plaza Roja de Moscú palidece, naturalmente, ante las escalofriantes historias de Karadzic o Eichmann, pues del mero engaño pasamos a una de las dimensiones más escalofriantes de lo que venimos en llamar el tema del doble: la relación de la duplicidad con el mal en estado puro. Insistimos en que, como diría Fiodor Dostoyevski, sólo son dúplices los malvados, no las buenas personas.
[1] F.M. Dostoyevski, El doble. Poema de Petersburgo. Versión directa del ruso y nota preliminar de Juan López Morillas, Madrid, Alianza, 2002, p. 131.

sábado, 31 de marzo de 2012

Los límites sutiles de lo falsario: Mimos de Herodas y de Schwob

Decía Aulo Gelio que había una diferencia clara entre "decir mentira" y "mentir". La diferencia está en la intención del que habla. Podemos mentir sin querer, o mentir a sabiendas. Los Mimos que compone el escritor francés Marcel Schwob a finales del siglo XIX pretenden completar los propios Mimos del poeta Herodas. Sus textos acababan de aparecer bajo las arenas del desierto. Frente a los mimos reales, los de Schwob jugaron con la ambigüedad del que miente un poco, pero no del todo (en la fotografia, una sala del Museo Gustave Moureau de París). POR FRANCISCO GARCÍA JURADO, de la Universidad Complutense.
Marcel Schwob recreó a un poeta admirador de Teócrito, Herodas ("Herondas" para él), poco después de que se hubieran descubierto y editado sus Mimos: “El poeta Herondas, que vivía en la isla de Cos bajo el buen rey Ptolomeo, envió hacia mí una delicada sombra infernal a la que había amado en este mundo. Y mi habitación se llenó de mirra, y un ligero soplo heló mi pecho. (...) Entonces envié al poeta Herondas unos mimos nuevos perfumados con el perfume de las mujeres de Cos y con el perfume de las pálidas flores del infierno y con el perfume de las hierbas suaves y salvajes de la tierra. Así lo quiso aquella delicada sombra infernal.” (Mimos, traducción de Elena del Amo, Madrid, Siruela, 1997, págs. 103-104) Los mimos que aparecen a continuación son composiciones ficticias cuya verosimilitud viene avalada por los subtítulos griegos. En este caso, se han señalado afinidades con Pierre Louÿs, que había urdido libros apócrifos de tema griego como Poesías de Meleagro y Las canciones de Bilitis, publicadas el mismo año que los Mimos. En total, se trata de veinte mimos, con títulos como “El cocinero”, “La falsa vendedora”, “La golondrina de madera”, etc. Junto a los mimos más cercanos a su modelo griego, Schwob no puede evitar desarrollar sus habituales ejercicios de sincretismo de fuentes y de conferir a algunas de las piezas un sesgo dramático:
“Mimo XIII LAS TRES CARRERAS Las higueras han dejado caer sus higos y los olivos sus aceitunas, porque algo extraño ha ocurrido en la isla de Escira. Una muchacha huía, perseguida por un muchacho. Se había levantado el bajo de la túnica y se veía el borde de sus pantalones de gasa. Mientras corría dejó caer un espejito de plata. El muchacho recogió el espejo y se miró en él. Contempló sus ojos llenos de sabiduría, amó el juicio de éstos, cesó su persecución y se sentó en la arena. Y la muchacha comenzó de nuevo a huir, perseguida por un hombre en la fuerza de la edad. Había levantado el bajo de su túnica y sus muslos eran semejantes a la carne de un fruto. En su carrera, una manzana de oro rodó de su regazo. Y el que la perseguía cogió la manzana de oro, la escondió bajo la túnica, la adoró, cesó su persecución y se sentó en la arena. Y la muchacha siguió huyendo, pero sus pasos eran menos rápidos. Porque era perseguida por un vacilante anciano. Se había bajado la túnica, y sus tobillos estaban envueltos en un tejido de muchos colores. Pero mientras corría, ocurrió ese algo extraño, porque uno después de otro se desprendieron sus senos, y cayeron al suelo como nísperos maduros. El anciano olió los dos, y la muchacha, antes de lanzarse al río que atraviesa la isla de Escira, lanzó dos gritos de horror y de pesar.” (Mimos págs. 116-117)
El mimo combina de manera genial y sutil el mito de Atalanta e Hipomenes con el mito de las tres edades del hombre, frecuentado en la pintura por autores tan esenciales como Velázquez o, ya más cercano en el tiempo a Schwob, el romántico Gaspar Friedrich. Francisco García Jurado

jueves, 29 de marzo de 2012

Carpe diem en Nápoles

La Oda de Horacio donde se aconseja a la ingenua e irreal Leucónoe a que goce del presente es, quizá, junto al Epodo famoso del beatus ille, una de las composiciones que todo buen estudiante de literatura, fuera ésta la que fuera, debería conocer al dedillo. La tradición clásica a menudo transciende el mero ejercicio erudito y pasa a habitar con nosotros, en nuestro quehacer diario. Epicúreo y estoico, amante de la vida y resignado, así es nuestro carácter y así ha quedado reflejado desde hace siglos en la mejor poesía de Quinto Horacio Flaco (65-8 a.C.). La literatura posterior no ha hecho más que repetirlo y evocarlo con una insistencia cándida. Este es el caso, sin lugar a dudas, del escritor francés Anatole France (1844-1924), en cuya novela titulada Le crime de Silvestre Bonnard aparece, aprovechando una estancia en Nápoles, este pasaje alusivo al carpe diem Horaciano. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

El pequeño libro de Anatole France, dedicado a contarnos una emotiva historia de bibliófilo que salva a una madre y su hijo de la extrema pobreza, nos sorprende en cierto momento con una vitalista evocación de un poema napolitano:

“Viven (sc. los napolitanos) a un tiempo con todos los sentidos, y, filósofos por naturaleza, comprenden sus deseos y la brevedad de la vida. Me acerco a una taberna muy bien alumbrada, y leo en la puerta este cuarteto en dialecto napolitano:

Amice, alliegre magnammo, e bevimmo;
Nfin che n'ce stace noglio a la lucerna:
Chi sa s'a l'autro munno n'ce vedimmo?
Chi sa s'a l'autro munno, n'ce taverna?

(Comed, bebed, alegres, sin medida;
con el aceite brilla la linterna.
¿Nos veremos acaso en la otra vida?
En la otra vida, ¿habrá alguna taberna?)

Horacio les daba consejos semejantes a sus amigos. Tú los recibiste, Póstumo; tú los escuchaste, Leucónoe, hermosa insurrecta que deseabas conocer los secretos de lo porvenir. Aquel futuro es para nosotros el pasado, y lo conocemos. En realidad, hiciste mal en atormentarte por tan poco, y tu amigo demostró ser un hombre de buen sentido cuando te aconsejaba que fueras prudente y filtrases los vinos griegos. Sapias, uina liques . De este modo, una tierra hermosa y un cielo puro aconsejan las tranquilas voluptuosidades; pero hay almas atormentadas por un sublime descontento: son las más nobles. Tú fuiste una de ellas, Leucónoe; yo saludo respetuoso tu sombra melancólica aparecida en el ocaso de mi vida y en una ciudad donde resplandeció tu belleza. Las almas semejantes a la tuya que aparecieron en la cristiandad fueron almas de santas, y sus milagros llenan La leyenda dorada . Tu amigo Horacio ha dejado una posteridad menos generosa, y reconozco a uno de sus descendientes en la persona del tabernero poeta que en este momento llena de vino los vasos a la sombra de su muestra epicúrea.” (El crimen de un académico, trad.de Luis Ruiz Contreras, Barcelona, Orbis, 1986, pp.33-34)

A mí sólo se me ocurre decir ahora cuánta felicidad me reportan estas llamadas a la litetura clásica en los textos modernos. Durante nuestro viaje a Nápoles recordé este pasaje, entre otros, y el viaje se convirtió también, inevitablemente, en literario. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 26 de marzo de 2012

Antonio Tabucchi, o el sueño de la vida imaginaria

Apenas puedo creer que haya muerto Antonio Tabucchi. No me ocurre como a su personaje Pereida, quien en la redacción de su diario lisboeta fue escribiendo las necrologías de los autores antes de que ocurriera el fatal desenlace. No voy a escribir una necrología de Tabucchi. Sólo es mi deseo situarlo ahora entre dos autores que, salvando las distancias del amadísimo Pessoa, a él le fascinaban: Borges y Marcel Schwob. Los tres, Tabucchi, Borges y Schwob, coinciden en el cultivo de un microgénero llamado "vida imaginaria" (ahora Cristian Crusat dedida en Ámsterdam sus esfuerzos para trazar la historia subterránea de un género que es, ante todo, una forma de escribir y de sentir). Ahora evoco a Tabucchi imaginándolo en Lisboa (evocada en la fotografía), soñando igualmente con una de las posibles vidas imaginarias de Pessoa. El tiempo es impío con los sueños. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO


En alguna ocasión hemos ensayado estas tres formas esenciales de escribir, en primera, segunda o tercera persona. La gramática y la literatura se confunden, aquí. Frente a la voz poética de la primera persona y el diálogo de la segunda, la tercera persona, menos marcada que las anteriores, aleja de nosotros al autor antiguo[1]. Aparecen así los relatos biográficos, a menudo ficticios, donde generalmente el antiguo escritor y quienes le rodean se convierten en personajes de la propia ficción literaria creada por el primero, de manera que ya se vuelve imposible distinguir qué es biografía y qué es invención. Son, en este sentido, paradigmáticas las vidas imaginarias de Empédocles, Eróstrato, Crates, Séptima, Lucrecio, Clodia y Petronio que recrea el escritor francés Marcel Schwob a finales del XIX. A Schwob debemos la discreta paternidad de una singular forma de narración biográfica y ficticia que ha tenido ilustres seguidores, como Jorge Luis Borges cuando escribe su Historia universal de la infamia, o Antonio Tabucchi en su obra titulada Sueños de sueños (1992). De ambos podemos recordar, asimismo, algunas notables recreaciones biográficas de autores antiguos, como la de Homero, en el caso de Borges, o la de Ovidio, que nos ofrece Tabucchi a la manera de un sueño visionario[2]. Borges juega con la etimología de la palabra “poeta”, que en griego tiene que ver con el verbo “hacer”, para dar título a una de sus prosas inmortales, la titulada “El hacedor”, que abre el libro que lleva el mismo título (1960) y que esta vez nos lleva hasta el mismo Buenos Aires. Vamos a leer simplemente el final del relato:

Con grave asombro comprendió. En esta noche de sus ojos mortales, a la hora que descendía, lo aguardaban también el amor y el riesgo. Ares y Afrodita, porque ya adivinaba (porque ya lo cercaba) un rumor de gloria y de hexámetros, un rumor de hombres que defienden un templo que los dioses no salvarán y de bajeles negros que buscan por el mar una isla querida, el rumor de las Odiseas e Ilíadas que era su destino cantar y dejar resonando cóncavamente en la memoria humana. Sabemos estas cosas, pero no las que sintió al descender a la última sombra.[3]

El poeta-hacedor, Homero, asiste a la revelación de su obra, de manera parecida a como Lucrecio, en la ficción de Schwob, comprendía las razones últimas de la naturaleza (la esencia de su poema De rerum natura) poco antes de morir envenenado por una hechicera africana:

Por esto fue que habiendo vuelto a la alta y sombría casa de los ancestros, se acercó a la bella africana, quien cocía un brebaje en un recipiente de metal en un brasero. Porque ella también había pensado, por su parte, y sus pensamientos se habían remontado a la fuente miste­riosa de su sonrisa. Lucrecio miró el brebaje todavía hirviente. Éste se aclaró poco a poco y se volvió pareci­do a un cielo turbio y verde. Y la bella africana sacudió la frente y levantó un dedo. Entonces Lucrecio bebió el filtro. E inmediatamente después su razón desapareció, y olvidó todas las palabras griegas del rollo de papiro. Y por primera vez, al volverse loco, conoció el amor; y a la noche, por haber sido envenenado, conoció la muerte.[4]

Precisamente, esa misma atmósfera visionaria evocada por Schwob en un París finisecular es la que el italiano Tabucchi recrea a partir de la imagen de un Ovidio exiliado que sueña con haberse convertido en gigantesca mariposa, hecho que conlleva una extraordinaria fuerza poética y metaliteraria. En este sueño afloran las propias metamorfosis cantadas por el poeta latino, que ahora, sin embargo, ya no podemos entender sin pensar en la moderna Metamorfosis de Kafka. Asimismo, la visión de un Ovidio convertido en mariposa y con las alas cortadas nos hace pensar también en la melancólica imagen poética del poema “Albatros” de Baudelaire, donde un enorme pájaro mutilado, alegoría del poeta caído en desgracia, cojea torpe y humillado sobre la proa de un barco. Este es el final del sueño de Ovidio, escrito por un escritor que enseña literatura en la Universidad de Siena, en la misma tierra italiana a la que el poeta romano jamás pudo volver:

Soldados, dijo el César, cortadle las alas. Los pretorianos desenvai­naron la espada y con pericia, como si podaran un árbol, cortaron las alas de Ovidio. Las alas cayeron al suelo como si fueran suaves plumas y Ovidio comprendió que su vida finalizaba en aquel momen­to. Movido por una fuerza que sentía era su destino, tomó impulso y balanceándose sobre sus atroces patas salió de nuevo a la balconada del palacio. A sus pies había una multitud enfurecida que reclamaba sus restos, una multi­tud ávida que lo aguardaba con las manos furiosas.
Y entonces Ovidio, tambaleándose, bajó la escalera de palacio.[5]

Algunas de las vidas imaginarias relativas a autores antiguos (Homero, Lucrecio, Ovidio…) plantean esta inquietante relación entre la inspiración artística y la muerte. Ahora Tabucchi pasa a esta incierta gloria de los autores imaginarios.



FRANCISCO GARCÍA JURADO




[1] Resulta imposible, al referirse a estos pormenores, no acordarse de un gran ensayo de Émile Benveniste titulado “Estructura de las relaciones de persona en el verbo” (Problemas de lingüística general I, México, Siglo XXI, 1986, pp. 161-171).
[2] Hoy día es Roberto Bolaño quien ofrece la representación más difundida de este curioso tipo de relato metaliterario en obras como la Historia de la literatura nazi en América. Véase a este respecto Cristian Crusat, “La tradición de la vida imaginaria. Marcel Schwob y Roberto Bolaño”, Revista de Occidente 332, 2009, pp. 87-114.
[3] Jorge Luis Borges, “El hacedor”, en El hacedor, dentro de Obras completas II, Barcelona, Emecé, 1989, p. 160.
[4] Marcel Schwob, “Lucrecio”, en Vidas imaginarias. Trad. de Julio Pérez Millán, Barcelona, Orbis, 1987, pp. 45-49.
[5] Antonio Tabucchi, Sueños de sueños, seguido de Los tres últimos días de Fernando Pessoa. Trad. de Carlos Gumpert Melgosa y Xavier González Rovira, Barcelona, Anagrama, 1996, pp. 19-21.

lunes, 19 de marzo de 2012

La Marsella donde murió Federico Augusto Wolf. Viaje interior

¿Para qué viajamos? Hay quien viaja como quien colecciona cromos, y cuyo afán consiste, básicamente, en completar el álbum imaginario de sus viajes por la faz de la tierra. Sigo pensando que no todos los lugares son iguales. Algunos nos conmueven, otros nos dejan indiferentes. Intento, no obstante, implicarme emocionalmente con todos los lugares ajenos mediante alguna clave particular ligada a mis lecturas o estudios De las ciudades y lugares que visitamos busco a menudo un detalle mínimo, apenas perceptible para el resto de turistas o viajeros. Esto ha sido lo que he intentado hacer antes de nuestra visita a la antigua ciudad de Marsella, en la Provenza. Traté de encontrar el lugar donde estaba enterrado Friedrich August Wolf, pero ha sido en vano. Sin embargo, tras el regreso de un viaje de fin de semana a Marsella y Avignon vuelvo con la sensación de, al menos, no haber pasado por allí sin mayor afán que el de coleccionar un nuevo cromo. Esta es la pequeña nota a pie de página inspirada por tales reflexiones y la búsqueda infructuosa de la tumba de Wolf. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Casi todas las referencias biográficas que he encontrado sobre el filólogo Friedrich August Wolf dan la noticia de su muerte en Marsella, en agosto de 1824, a los 65 años. Tras su forzosa salida de Halle, invadida por las tropas napoleónicas, luego fue invitado por Guillermo de Humbolt a formar parte del claustro de profesores que iban a configurar la mítica Universidad de Berlín a comienzos del siglo XIX. Humboldt escribió de esta forma una nueva página de la Historia de las universidades, y cuando Wolf llegó hasta aquella nueva Atenas germana ya había puesto los cimientos de la moderna filología clásica, en su entrañable Universidad de Halle. Sin embargo, esta nueva etapa berlinesa no iba a ser precisamente lo mejor de su vida, y poco a poco fue sintiendo cómo el nuevo mundo posnapoleónico que emergía ya no era el suyo. Enfermo, unos años más tarde partió para Marsella, donde es probable que esperara encontrar curación a sus males gracias al sol y el clima benigno de la Provenza y la Costa Azul francesa. Aprovechando un viaje de fin de semana a Marsella y Avignon, quise buscar la tumba de Wolf en esta ciudad, pero me ha resultado imposible ya incluso semanas antes de emprender el viaje. Para empezar, partí de algunas biografías que especifican algo más que el mero dato de la muerte y nos dicen que Wolf fue enterrado en el cementerio protestante. En este caso, mis búsquedas fueron infructuosas, por lo que aproveché un estudio acerca de los protestantes suizos en Marsella para suponer que, en realidad, el cementerio protestante no era otro que el llamado Cementerio suizo. Esta circunstancia me llevó a una búsqueda de su antiguo emplazamiento, no lejos del recinto que conocemos como “Vieille Charité”, aunque luego supe que este cementerio había sido trasladado, y no sé si se desvaneció definitivamente tras las reformas posrevolucionarias. En una ciudad arrasada durante la II Guerra Mundial parece, asimismo, poco probable que un establecimiento funerario de este tipo hubiera pervivido salvo por obra de la casualidad. En todo caso, se trataba de un cementerio bien distinto al de Saint-Pierre, que se construyó en el sigo XIX, uno de los más grandes de Francia, donde ya había lugar para todas las confesiones religiosas. Por todo ello, mi deseo de visitar la tumba de Wolf, de igual manera que podemos hacer con la de otros eruditos, como Egger en el cementerio parisino de Montparnasse, ha resultado imposible. Los restos mortales de Wolf parecen haberse perdido en una ciudad que, casualidades de la Historia, fue fundada por aquellos griegos que tanto amó el filólogo. Sí encontramos, a este respecto, algunas esculturas conmemorativas a este pasado milenario, como la de Homero en la Rue D’Aubagne, sita hoy en un lugar que parece más una calle tunecina o argelina que una calle propiamente francesa. Como reza en la placa que está en la base del monumento, los descendientes de los foceos erigieron este monumento al inmortal poeta griego, precisamente el que Wolf convirtió en la voz de la Grecia arcaica en sus Prolegomena ad Homerum. Los foceos partieron ya en tiempos legendarios desde el golfo de Esmirna, en Asia Menor, para fundar la ciudad griega que con el tiempo se convirtió en Marsella. Wolf emprendió un viaje menos largo que probablemente tenía mucho de viaje interior, de huida del mundo circundante. Encontrar la tumba de Wolf no era para mí, como alguien podría pensar, una cuestión baladí. Con Wolf muere un mundo y nace la nueva filología, y quería encontrar una suerte de testigo físico, una suerte de lugar, enre real y simbólico, donde tuvo lugar este tránsito sin retorno. No hubo suerte. Si bien no ha sido posible dar con la tumba de Wolf, al menos me ha sido dado recordarlo gracias a este monumento erigido al poeta de Grecia. FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 13 de marzo de 2012

El paisaje como una forma de tiempo

Razones varias, dado que leo, doy clase de literatura e investigo sobre ella, me han llevado más de una vez durante estos últimos meses a dos versos finales de la primera bucólica de Virgilio, aquellos donde un pastor describe cómo "ya están humeando las altas chimeneas a lo lejos" y cómo "las sobras de las altas montañas son cada vez más grandes". Quería mostraros hoy dos visiones distantes y disparejas de este final de la bucólica en lengua española: la muy conocida de Fray Luis de León y la insospechada de Juan García Hortelano. En particular, me gustaría invitaros a sentir estos versos (en la imagen "Picos de Europa", de Carlos de Haes) POR FRANCISCO GARCÍA JURADO


Pedro Laín Entralgo (La generación del 98, Madrid, Espasa Calpe, 1997, p. 32) evoca emocionado ese acto sublime en que una versona descubre el paisaje que quizá haya tenido durante mucho tiempo delante de sus ojos, pero que sólo consigue ver a partir de una ocasión determinada:


“Llega una ocasión en que, por una razón o por otra, tal hombre atiende con más ahínco a la tierra en torno y logra ordenar con la palabra la huella impresa en su espíritu por esa atenta expectación; cuando esto ocurre, un nuevo paisaje nace a la vida histórica. Es, por ejemplo, el momento en que Virgilio pone en dos sobrios, desnudos versos, la emoción de ver oscurecerse la tierra itálica:
Et iam summa procul villarum culmina fumant
Maioresque cadunt altis de montibus umbrae (Églogas 1, 83-84)”



Estos versos de Virgilio, que cierran la primera Bucólica, me llamaron mucho la atención cuando los encontré citados en este nuevo contexto. He de confesar que traduje la bucólica ya durante mi segundo curso de universidad, y que no me fijé especialmente en ellos, quizá porque aquel curso tampoco fue propicio para ello. El tiempo me ha enseñado, al igual que nos ocurre con el paisaje, a mirar aquellos versos, en especial estos dos finales, de otra manera. Se trata de un final perfecto para la composición, pues de repente el tiempo y los problemas se detienen, y vienen a decirnos eso tan sabio de que "mañana será otro día". Intentad ver las pequeñas casas de la montaña con su chimeneas humeantes, al tiempo que las imponentes sombras descienden con la noche a cuestas. Borges recreó estos versos especialmente en su obra poética inicial, como he tenido ocasión de mostraros hace un tiempo, aunque creo que, más bien, recreó las sensaciones de belleza, placidez y felicidad que inspiran. Estos versos son un paréntesis para nuestras cuitas. Fray Luis de León dio con una traducción castellana que, en su reelaboración, es prodigiosa:



"Y ya las sombras caen de las montañas


más largas y convidan al sosiego;


y ya de las aldeas y cabañas


despide por los techos humo el fuego."


Fray Luis invierte el orden de los versos virgilianos y, además, inventa verbos que no están en el original, como "convidan", o añade sustantivos, como "aldeas" y "fuego". Sin embargo, los versos contienen toda la belleza que Virgilio quiso darles y, ante todo, nos tranmiten la misma idea de paz. Juan García Hortelano, ya en el siglo XX, escribe una curiosa y enigmática novela titulada "Los vaqueros en el pozo". En ella, sin que en principio lo esperemos, hay una clara inspiración mitológica (personajes como Dionisia lo confirman, en contraposición a Prudencia, otro personaje) e incluso específicamente virgiliana, como el canto a la juventud que supone el personaje de Niso, el joven que, junto a su compañero Eurialo, muere joven en la Eneida, al entrar por la noche en el campamento enemigo. En la novela, Niso va acompañado de una joven llamada Teresa, y que en este caso le sobrevive, o algo parecido. No es ahora momento de explicar por qué se encuentran estas reminiscencias de la épica virgiliana en un autor como García Hortelano, aunque sí cabe decir que se trata de un fenómeno común, e incluso esperable, en la novelística de esa época, como puede verse en obras como "Las geórgicas" de Claude Simon y unas cuantas obras más. Pues bien, el último párrafo de la novela, donde Teresa, sin Niso, se reencuentra con Prudencia, reza así:



"Prudencia presintió que unos instantes después los ojos se le llenarían de lágrimas. Pero Dionisia estaba encendiendo la chimenea de la biblioteca y olía ya a humo de leña."


Está claro que la conexión con los versos de Viriglio aquí no es evidente. Sin embargo, como si me hubiera convertido en un sagaz lector, a la manera de Borges, este final de la novela se quedó grabado en mi memoria. Al cabo del tiempo, esa idea del tiempo grato marcado por el adverbio "ya", y la misma sensación del olor de la leña al atardecer, la misma que podemos sentir y oler en algunos lugares donde se utilizan chimeneas de leña, me llevó a pensar en los versos de Virgilio. En este caso, no hay paisaje exterior, lo sé, pero quizá esta escena de la novela no sea otra cosa que aquello que ocurre dentro de una de las casas de Virgilio, o de las "aldeas y cabañas" de Fray Luis, y que el tiempo, al detenerse con el "iam", haya eliminado la posible distancia de los siglos. Os dejo aquí esta íntima impresión de lector, y si alguien ha tenido la paciencia de llegar hasta estas líneas finales bien podría exponer su punto de vista. FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 7 de marzo de 2012

La ciudad universitaria: espacio simbólico

El próximo lunes 12 de marzo de 2012, a las 19.30, impartiré en el Colegio Mayor Guadalupe (Avda. de Séneca, Ciudad Universitaria, junto al rectorado de la Complutense) una charla titulada "Grandes curiosidades y pequeños secretos de la Ciudad Universitaria: el pasado presente". Este es el resumen de lo que será un recorrido por el tiempo y el espacio. Es realmente difícil reconocer hoy día este paisaje idílico del Guadarrama desde la finca de Moncloa, tal como nos lo muestra el pintor Aureliano Beruete, pero el mito sigue palpitante bajo nuestra palabra. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Esta charla pretende, ante todo, sugerir un paseo imaginario por la Ciudad Universitaria y, en especial, una de las universidades que en ella se alojan, la Complutense. Nuestro recorrido trata de unir una serie de puntos prácticamente invisibles para la mayoría de los que se relacionan cotidianamente con el Campus de Moncloa. El recinto de la Ciudad Universitaria se diseñó para dotar de un lugar simbólico a una centenaria institución en cuyo escudo aparece representado un bello cisne. Este cisne nos reporta directamente a la época de los humanistas, dado que hace referencia al gran promotor de la Universidad Complutense, inicialmente situada en lo que otrora fue la ciudad romana de Complutum. Pero la modernidad del campus de Moncloa también esconde una antigüedad presente. Para empezar, cabe preguntarse acerca de lo que es un “campus”, algo que nos remontará a las universidades de Nueva Inglaterra, que reconvirtieron los claustros medievales de Cambridge y Oxford, venerables cuadrángulos, en nuevos espacios abiertos al futuro. Precisamente, y no por casualidad, nuestra Ciudad Universitaria cuenta con varios de ellos, de entre los que sobresale el de la Facultad de Medicina, cuya estatua del portador de la antorcha simboliza como pocas el sentido de la tradición cultural y científica. También cabe señalar el que hubiera sido el cuadrángulo más espectacular de todos, el del paraninfo, proyectado inicialmente como una catedral gótica que nunca se llevó a cabo. La catedral gótica simbolizaba el origen medieval de las universidades, como las de Bolonia o París. Pero, antes de proseguir, cabe preguntarse qué es un “paraninfo” y por qué se llama de esta forma, lo que nos llevará hasta el viejo edificio la Calle de San Bernardo, levantado donde en otro tiempo estuvo el Noviciado de los jesuitas. Una inscripción latina, dedicada a la reina Isabel II, nos sorprende al entrar en aquel venerable recinto, y esto traza ahora una nueva ruta por las inscripciones latinas, que nos lleva al así llamado “Arco de la victoria” de Moncloa, donde anacrónicos ecos imperiales y virgilianos han enmudecido ante el ruido de los miles de vehículos que pasan a diario. Este inscripción habla de las armas vencedoras, y meditaremos sobre la inscripción invisible que nos habla sobre las armas vencidas. Otra inscripción, aun menos visible, en la Facultad de Filología, nos vuelve a recordar aquellos tiempos bélicos en que este edificio se convirtió en terrible campo de batalla. Mucho más luminosa, la vidriera de las humanidades vuelve a brillar en el vestíbulo racionalista y art decó del edificio, y ya de vuelta a la plaza, o al cuadrángulo, otra inscripción, ahora escrita en lengua española, nos trae viejos resabios latinos: “Para el éxito sobra el talento, para la felicidad ni basta”. Camilo José Cela expresa así, casi como un nuevo Quevedo, sus reflexiones vitales para los jóvenes que vienen a “llevarse la vida por delante”, como nos recuerda el poeta Francisco Brines en la estación de metro de Ciudad Universitaria. Estos lugares, que fueron míticos, tienen por sí mismos una larga historia. El recinto de la Ciudad Universitaria alberga aún una vieja senda que partía desde Madrid para unirse, ya en Fuencarral, al camino de Santiago. Se trata de la llamada Senda Real, donde hoy día podemos admirar aún la inteligente ingeniería de las estaciones tranviarias que otrora trajeron desde Madrid a estudiantes y curiosos. Y curiosos paseantes es lo que pretendo, en definitiva, que seamos con este paseo sutil y misceláneo. El tiempo propicio de la tarde nos hará evocar, finalmente, la sombra de las grandes montañas, a lo lejos, las del Guadarrama, y acaso pensaremos que este lugar nunca existió. Es lo que ocurre con los espacios simbólicos. FRANCISCO GARCÍA JURADO