jueves, 20 de mayo de 2010

BORGES, O EL PALIMPSESTO DE LA ENEIDA


Dentro de unos días, concretamente el 28 de mayo, tendré la oportunidad de dar la conferencia que cierra el congreso sobre palimpsestos que se va a celebrar en Bahía Blanca (República Argentina) -dirección electrónica http://palimpsestos2010.blogspot.com/ -. Será una charla mediante vídeo-conferencia desde la distancia física, que no humana, pues allí estarán algunos grandes amigos que he tenido la suerte de conocer hace ya años. En este congreso se hablará de palimpsestos reales, es decir, de viejos textos enterrados literalmente bajo uno más reciente dentro de un pergamino, pero también de palimpsestos metafóricos, o de textos que subyacen bajo nuevas escrituras modernas. Mi propósito, al hablar de uno de los temas fundamentales de mi trabajo como comparatista, el de la Eneida de Borges, es dar un nuevo giro a la ya añeja metáfora. Quiero hablar sobre el texto que resucita. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

Entre el sentido literal de la idea de palimspesto, propia de los estudiosos de los pergaminos, y la idea metáforica, propia de ciertos teóricos de la literatura, cabe ensayar, de la mano del poeta Leopardi, lo que quizá sea una idea sustancialmente distinta. En 1820, el poeta Leopardi escribió un poema dedicado a su entonces amigo el cardenal Angelo Mai, pues éste había dado con el texto del De República de Cicerón oculto tras la nueva escritura en un pergamino. La imagen del texto literalmente enterrado que vuelve a la vida sirvió a Leopardi para desarrollar una vigorosa metáfora romántica: el texto que resucita. Es conveniente en este punto reproducir el comienzo del irrepetible poema:

Italo audaz, ¿es que jamás te cansas
de arrancar de las tumbas
a nuestros padres, obligando a que hablen
en este siglo muerto, en el que pesa
tanta niebla de tedio? ¿Y cómo llegas
tan fuerte y tan frecuente a nuestro oído,
voz de nuestros abuelos,
tan largo tiempo muda? ¿Por qué tanta
resurrección? Fecundos se han tornado
los pergaminos; a la edad presente
los claustros polvorientos
reservaban las obras generosas
de nuestros padres. (...)

Me ha parecido muy interesante esta nueva forma de ver el palimpsesto, pues no se considera tanto la situación "subterránea" del viejo texto, sino su condición dinámica de volver a la luz, a la vida que le confieren las nuevas lecturas. Rápidamente pensé en un verso de Borges, precisamente dedicado a un poeta sajón: "Hoy no eres otra cosa que mi voz", y pienso, sobrecogido, en esas voces que cesaron en algún momento de la Historia y que nosostros volvemos a hacer que vivan espléndidas. Nosotros pasamos a formar parte de la voz de quienes nos precedieron. Que un texto no sólo tenga una condición subterránea, sino que resucite, debería implicar ciertas cosas inquietantes. Entre otras, cabe preguntarse sobre la identidad de ese texto que regresa a la vida. ¿Será el mismo texto que fue? Las condiciones de vivir un nuevo tiempo le pueden conferir sentidos acaso insospechados por el autor primigenio. La Eneida que revive en la obra de Borges se sustenta, fundamentalmente, sobre la estética de la expresión de Benedetto Croce. Palabras como "noche" o "luna" se vuelven creaciones estéticas en sí mismas, y las tradicionales figuras retóricas, como la famosa hipálage del "iban oscuros por entre la noche solitaria" (y no el acaso esperable "iban solitarios por entre la noche oscura") se convierte en una imagen literal que supera cualquier artificio. Es la Eneida que ha leído Beda el Venerable, Dante, Milton, Edward Gibbon, o T.S. Eliot, plagada de momentos e imágenes irrepetibles. Conscientes errores a la hora de citar o de traducir ciertos versos convierten a la Eneida de Borges en una obra sutilmente diferente de la de Virgilio, en una constatación implícita de que nada es ya lo mismo. Uno de los momentos más memorables de esta resurrección es cuando asistimos a la traducción tácita del verso acaso más difícil de toda la Eneida: "sunt lacrymae rerum". Estas "lagrimas de las cosas" se convierten, de la mano poética de Borges, en "todas las cosas que merecen lágrimas", a lo que después, en una soberbia enumeración, subsiguen las cosas mismas, como si fuera posible resumir el universo de la vida en unos cuantos versos. Entre otras cosas que merecen lágrimas está la hermosura de Helena, la mano de Jesús en el madero, o el propio Virgilio. Borges traduce y amplifica, haciendo de su lectura un acto vital y creador. Todas estas cosas, en definitiva, son las que nos hacen vivir también a nosotros. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

miércoles, 12 de mayo de 2010

LATÍN, ILUSTRACIÓN Y LIBERALISMO: UNA REVISIÓN DE LAS HUMANIDADES (III)


Terminamos hoy esta pequeña serie dedicada al estudio del latín durante la transición del siglo XVIII al XIX con el excepcional testimonio de un preceptista de latinidad, Luis de Mata i Araujo. Quedará pendiente para una futura entrega un comentario más detenido de la Real Cédula sobre la creación de las escuelas de latinidad de Calomarde. Por Francisco García Jurado. HLGE.
En este contexto, la obra del preceptista de latinidad Luis de Mata i Araujo es un buen ejemplo de la situación cambiante, pues él vivió la transición desde los tiempos absolutistas a los tiempos liberales, y desde el clasicismo supuestamente retrógrado al romanticismo supuestamente progresivo. El autor fue miembro de la Real Academia Greco-Latina Matritense, además de catedrático de Retórica en el Instituto de San Isidro (en la imagen). Sus obras sobre gramática latina tienen una relevancia significativa entre los años 30 y 40 del siglo XIX.

Tengamos en cuenta los cambios que se han producido en la política española desde el año de 1829 hasta 1839, en especial la muerte de Fernando VII el 29 de septiembre de 1833. Mata i Araujo es permeable, si bien sólo en parte, al nuevo ideario romántico en su faceta más conservadora. Su libro titulado Lecciones elementales de literatura aplicadas especialmente á la castellana (Madrid, 1839) combina, junto a la esperable poética, un esbozo de historia de la literatura y establece el siglo de oro de la literatura española entre los siglos XV y XVI, al contrario de lo que va a hacer poco más tarde el liberal Gil de Zárate, que lo atrasa hasta el XVII, en especial con el teatro, por influencia de la nueva estética alemana. Mata i Araujo, que ni tan siquiera habla del teatro de Lope o Calderón, defiende al final de su libro un ideario literario-político que mire, ante todo, a los mejores autores españoles del siglo XVIII, pero donde quede expulsado todo resto de afrancesamiento, en aras de una literatura plenamente nacional:

«Debemos sobre todo descartar el filosofismo del siglo XVIII, imitando la sensatez i cordura de nuestros padres que supieron acoger sí las buenas ideas, pero también despreciar los errores i teorías halagüeñas que tantos desastres causaron á la Francia en su delirante republicanismo, i cuyas consecuencias estamos nosotros sufriendo ahora en una guerra civil desastrosa.»

Y añade además:

«Déjense por fin otros de creerse superiores á todos los demas, hablándonos en un lenguaje mas alambicado que el Gongorismo: las obras siguientes en que pueden formarse nuestros jóvenes para escribir con un lenguage nacional digno en todo género de literatura, son ademas de las de los clásicos antiguos, las de los escritores desde el tiempo de Cárlos III (...)» (Lecciones…, pp. 407-408)

Como vemos, las paradojas son muchas. En Mata i Araujo lo que ahora es ideología conservadora se confunde con las otrora líneas maestras de una parte del pensamiento español del siglo XVIII, el que trató precisamente de encontrar en lo propiamente hispano el germen de la restauración del buen gusto –es el caso singular de Gregorio Mayáns o de Sempere y Guarinos–: precisamente en la literatura de los siglos XV y XVI. Los nuevos aires estéticos venidos de Alemania cambian de rumbo esta configuración, poniendo el mayor énfasis en la antigua épica, el romancero y el teatro español del XVII.

Buena parte del pensamiento liberal de la época abandona los viejos ideales de los ilustrados españoles del siglo anterior para abrazar la nueva ideología romántica. De la idea de patriotismo ilustrado –personas libres con voluntad de crear una patria común– se pasa a la de nacionalismo romántico –la pertenencia a un pueblo predeterminado por mera razón de nacimiento–. No debemos dejar que se pase por alto en el texto citado una interesante referencia a la primera guerra carlista, la que tuvo lugar, con la muerte de Fernando VII, entre 1833 y 1840, cien años antes de otra guerra civil que los historiadores han terminado llamando, por antonomasia, la Guerra Civil.

Por regla general, las cuestiones educativas dependen tristemente del oportunismo y la necesidad de subirse cuanto antes al carro de las ideas dominantes, que en los tiempos de Fernando VII suponía la reacción contra el mundo ilustrado, confundido ya con las tropelías de Napoleón. Ciertos liberales moderados intentaron después la restauración de parte de aquellos ideales ilustrados, confundidos ahora con los nuevos vientos románticos. En esos vaivenes, la enseñanza del latín y de su historia literaria se fue dirigiendo erráticamente hacia derroteros insospechados.
FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

sábado, 8 de mayo de 2010

LATÍN, ILUSTRACIÓN Y LIBERALISMO: UNA REVISIÓN DE LAS HUMANIDADES (II)


Dentro de la serie que hemos iniciado sobre la enseñanza del latín durante la transición que va del siglo XVIII al XIX hoy vamos a centrarnos en los tiempos posteriores a las invasiones napoleónicas. Puede haber aún personas a las que les resulte extraño que la enseñanza de una asignatura como ésta, aparentemente inmutable, dependa tanto del acontecer histórico. Pero así es y así lo vamos a seguir contando. Hoy entramos en el mundo del liberalismo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
En la Europa resultante tras la derrota final de Napoleón Bonaparte se dan cita dos formas de estética: la residual del propio siglo XVIII, que pasará a llamarse de manera despectiva “clasicista”, y la ideología emergente de aquellos que con el tiempo llamaremos “románticos”. España ocupa un nuevo papel en el contexto de esta nueva estética, ya como objeto de estudio en sí de los modernos ideales románticos (la épica, el teatro de Calderón...), ya como incierta receptora de las nuevas ideas. Esta nueva estética, que era el vehículo de un incipiente nacionalismo español (después lo será también de otros nacionalismos), no supo ser aprovechada por los ideólogos de Fernando VII1. El error de no aceptar estas “nuevas ideas” y de aferrarse a unos ideales estéticos “clasicistas” supone una de esas paradojas que nos encontramos constantemente en la Historia, sobre todo cuando en la estética penetra arbitrariamente la carga de la ideología política. Después, los liberales moderados supieron sacarle partido a todo este nuevo ideario estético y político basado en la equivalencia de una lengua, una literatura y una nación. En lo que a la enseñanza de la lengua y la literatura latina respecta, ya se había desarrollado en España una enseñanza acorde con la propia Historia crítica, de carácter ilustrado, en autores como Mayáns o el propio Sempere. Tales propósitos quedan suspendidos ante una vuelta a la enseñanza tradicional del latín asumida a partir de 1823 por los responsables de la educación durante la época de Fernando VII, que marginan tales contenidos históricos, en particular la incipiente Historia literaria, que termina identificándose con el pensamiento liberal. Tal planteamiento no volverá al panorama educativo, consiguientemente, hasta el regreso de los liberales al poder, aunque no de la misma manera en lo pudieron concebir los pensadores ilustrados, pues la nueva asignatura tendrá ya claramente unos presupuestos románticos. De esta forma, mientras la enseñanza del latín continúa desarrollándose desde una perspectiva dominada aún por la estética del clasicismo, la nueva asignatura de orientación histórica se inspirará en las nuevas ideas que sobre todo vienen de Alemania (en particular de Friedrich Schlegel, cuya Historia de la literatura antigua y moderna se traduce al castellano en 1843). Este reparto no implica, naturalmente, una identificación simplista de la enseñanza del latín con el absolutismo, aunque cabe ver tal tendencia si comparamos la mera enseñanza preceptiva del latín legislada por Calomarde (1824) durante la llamada década ominosa de Fernando VII con el planteamiento que de la enseñanza de la literatura latina hace Gil de Zárate (1855) ya en los primeros años del reinado de Isabel II. El primero opta por una estricta enseñanza de la Poética y la Retórica, mientras el segundo incorpora las novedosas enseñanzas de contenidos literarios, ausentes desde los tiempos de la Ilustración:

“Hase visto en la sección tercera cómo quedó organizada en los Institutos la enseñanza del latín, y los principios que guiaron en la organización de esta parte principal de los estudios clásicos. Aunque se creyó que aquello era bastante para saber la lengua de los romanos, tal cual hoy se necesita, esto es, no para hablarla y escribirla, cosa desusada en el día y que lo será más en adelante, sino para la cabal inteligencia de los autores más difíciles; todavía se tuvo por insuficiente semejante estudio para aquellos que en sus respectivas carreras necesitan mayores conocimientos, o desean profundizar más en tan interesante materia. Con este objeto, se estableció en todas las facultades de filosofía un curso especial de Literatura latina, asignatura que jamás había existido en nuestras escuelas. Destinado este curso a conocer todos los escritores que han ilustrado la lengua del Lacio, desde el origen de la república romana hasta la edad media, como igualmente a perfeccionarse en su traducción, forma el complemento de una serie de estudios bien graduados desde los rudimentos hasta lo más arduo; resultando de todo una instrucción muy superior a la que en todos tiempos se había podido adquirir entre nosotros, y preferible a la que comprenden los que sólo buscan el arte de chapurrear una jerga bárbara, y sin aplicación alguna en las costumbres literarias de estos tiempos.” (Antonio Gil de Zárate, De la instrucción publica en España, Oviedo, 1995, p. 117, publicado originalmente en 1855).

En realidad, entre Sempere y Gil de Zárate había ocurrido un hecho singular que va a condicionar la transición entre los tiempos ilustrados y los liberales: al igual que ocurre con la propia enseñanza de la literatura española, se va creando paulatinamente un nuevo paradigma, el de la Historia de la literatura latina frente al de la mera enseñanza de su lengua y los mejores autores, es decir, la Retórica y la Poética. De esta forma, si durante la época de Fernando VII las Escuelas de Latinidad de Calomarde optan por el modelo de estudio tradicional, el nuevo paradigma histórico no aparecerá en el panorama educativo español hasta el decenio de los años 40 del siglo XIX.

FRACISCO GARCÍA JURADO HLGE

martes, 4 de mayo de 2010

LATÍN, ILUSTRACIÓN Y LIBERALISMO: UNA REVISIÓN DE LAS HUMANIDADES (I)


Iniciamos hoy una pequeña serie de textos sobre un capítulo concreto de la historia de la enseñanza del latín. La educación es un fiel reflejo de lo que ocurre en la Historia, tanto de la de ayer como la de hoy. Es así como los grandes hechos históricos y políticos han dejado su huella en el casi invisible mundo de las humanidades. El profundo cambio que experimenta la enseñanza del latín desde finales del siglo XVIII hasta el cuarto decenio del XIX nos servirá para ilustrar esta huella de la Historia en la enseñanza. De hecho, el latín dejó entonces de ser una lengua de comunicación para convertirse tan sólo en una lengua clásica, en una llave para conocer el pasado. Se daba así un paso decisivo para la transmisión del conocimiento por medio de las lenguas modernas. Dos figuras representativas, el erudito ilustrado Juan Sempere y Guarinos (1754-1830) y el político liberal Antonio Gil de Zárate (1796-1861), nos servirán de hilo conductor a través de este complejo cambio. Asimismo, el testimonio de un latinista, Luis de Mata i Araujo (hacia 1785-1846), será fiel reflejo de la profunda transición. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE


Cuando Sempere y Guarinos tradujo libremente las Reflexiones sobre el buen gusto en las ciencias y en las artes de Ludovio Antonio Muratori (Madrid, 1782), aprovechó la oportunidad para añadir su propio Discurso sobre el gusto actual de los españoles en la literatura. Allí expuso una interesante reflexión acerca de la necesaria reforma de los planes de estudio en España, con sorprendentes reflexiones sobre las lenguas antiguas y las modernas. Tales reflexiones parten de la conocida preferencia de Benito Feijoo (en la imagen) por la lengua francesa, como vemos en el texto del propio Guarinos:

«Esto mismo dio motivo para que se fuera extendiendo el estudio de la lengua francesa, y con ella el conocimiento de los buenos libros con que aquella sabia nación ha adelantado la literatura. Aunque al principio muchos la despreciaban, o por el desafecto a los franceses, o por la falsa persuasión en que estaban nuestros nacionales de que no había más que descubrir en las ciencias que lo que se sabía en nuestro país. Ella fue gustando poco a poco, hasta que llegó a hacerse moda, y a componer una parte de la educación de la nobleza. El padre Feijoo tenía formado un concepto tan elevado de su utilidad, que no dudó en anteponer su estudio al de la griega y demás orientales. Este honor han merecido siempre las lenguas sabias y en las que se publican obras dignas de la inmortalidad.» (Discurso..., pp. 208-212).

Sempere aprueba la opinión de Feijoo favorable al avance de la lengua francesa, pero también es consciente de que las palabras de éste pertenecen a los albores de la Ilustración española[1]. Si bien es verdad que la enseñanza del francés estaba pugnando en la práctica con la del latín, sin embargo, los asertos de Feijoo no parecen entrar en contradicción con la propia consideración positiva que tiene Sempere de las lenguas clásicas. Nuestro autor desea, ante todo, que se libere al latín de una enseñanza viciada, «estéril y fastidiosa». Es ahí donde hay que apreciar la importancia tanto de los propios contenidos –la necesidad del estudio de la Mitología, la Historia, la Elocuencia y la Poesía– como del uso de una lengua moderna para el aprendizaje de la gramática:

«A esta se añadía el mal método con que se enseñaba. Precisados los niños a aprender los preceptos en latín, se disgustaban luego de un estudio tan estéril, y fastidioso, y esta desazón debilitaba el ardor, y el deseo de saber que en ellos es tan natural. Reducida la enseñanza a sólo el estudio seco de las reglas y a la versión literal y servil de tal o cual autor, no de los mejores, carecían de la utilidad de la Mitología, del conocimiento del oculto artificio en que consiste la belleza, y la elegancia de la lengua Latina, de la noticia de los mejores autores de Historia, de Elocuencia, y de Poesía: todo lo cual es indecible cuánta fuerza tiene para civilizar los hombres, siendo éste el motivo porque entre nosotros se llama con mucha propiedad estudio de las Humanidades.» (Discurso..., pp. 238-239).

Prueba de que ya estamos en otro momento de la Ilustración, lejano a los primeros tiempos de Feijoo, es el hecho de que a esta recuperación pedagógica hayan contribuido, en opinión de Sempere, las obras gramaticales de dos grandes ilustrados, Gregorio Mayáns e Juan de Iriarte, así como de los Padres escolapios[2]. Lo cierto es que las obras gramaticales de Mayáns y de Iriarte fueron fruto notable de los intentos de renovación educativa de la lengua latina en la España del siglo XVIII, tras la expulsión de los jesuitas en 1767. Pero lo que supone una verdadera revolución en la consideración del latín por parte del pensamiento ilustrado es su abandono definitivo como lengua de comunicación y para la creación literaria:

«Es verdad que no son ahora tan frecuentes las obras de buena latinidad como en el siglo XVI. Mas esto no es ya por falta de buenos principios, y de ilustración, sino porque la nación va conociendo, como todas las demás de Europa, que la lengua, de que debe hacerse más caso para las obras, que se consagran a la utilidad pública, es la nativa, o la del país donde se habita.» (Discurso..., p. 241).

Es ahí donde las palabras de Feijoo alcanzan todo su sentido. El texto de Sempere sobre el latín es, pues, el resultado de un sutil equilibrio entre las corrientes afrancesadas del pensamiento ilustrado español y las propiamente hispanas. Por tanto, no podemos hablar de una actitud contraria al latín en la cultura hispana de la Ilustración, sino simplemente, de un cambio de actitud que se integra dentro de los deseos de reforma educativa. El Discurso de Sempere es un documento singular, dado que constituye un buen resumen de los ideales educativos de la etapa culminante de la Ilustración española. Por lo demás, las ideas que en él se exponen con respecto a la enseñanza de la lengua latina constituyen una excepcional síntesis de la evolución de los diversos juicios que fueron esgrimiéndose a lo largo del siglo XVIII. El punto de vista de Feijoo y la herencia del humanismo español aparecen ahora singularmente asociados en la consideración de un latín que no debe ya hablarse, pero sí estudiarse como lengua histórica y que, como tal, debe aportar en su enseñanza mucho más que los meros datos gramaticales.

FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE


[1] Como hace notar Luis Gil en su Panorama social del humanismo español (Madrid, 1997, pp. 151-152), el desinterés que Feijoo sentía por las lenguas clásicas está relacionado, curiosamente, con un complejo de inferioridad con respecto a lo español, y es propio del panorama cultural de los primeros decenios del siglo XVIII, ya que hacia la cuarta década se produce un cambio sustancial en las actitudes hacia la renovación de la cultura.
[2] Estos ocuparon una posición clave para la enseñanza del latín tras la expulsión de los jesuitas en 1767, tal y como ha estudiado Javier Espino en su trabajo titulado “Política y enseñanza del latín: liberales y conservadores en la gramática latina durante el reinado de Fernando VII”, Estudios clásicos 123, 2003, pp. 45-65.

miércoles, 21 de abril de 2010

LA MEJOR OBRA DE LOS MAESTROS. EL CASO DE ALFREDO ADOLFO CAMUS


Quienes profesan sus enseñanzas día a día en clase encuentran cierta transcendencia de ese saber en la voz de sus alumnos. Casi nunca sabremos cuál ha sido el fruto de nuestros esfuerzos. pero queda la sospecha grata de que, a pesar de todo, algo de nuestra palabra quedará en quienes ahora se sientan ante nosotros para después continuar haciendo posible la vida. El caso de Alfredo Adolfo Camús, el gran profesor de literatura grecolatina de la Universidad de Madrid durante buena parte del siglo XIX es probablemente un caso ejemplar. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
La asignatura impartida por Camús, la Literatura griega y latina, se dividía en dos cursos, uno primero dedicado a la Literatura latina, al que acudían tanto los pocos estudiantes que cursaban la carrera de Filosofía y Letras como los numerosos de Derecho. El curso de Literatura griega, ya en segundo, sólo contaba con la presencia de los estudiantes de letras. Leopoldo Alas Clarín asistió a los dos cursos, mientras que Pérez Galdós sólo al primero. Precisamente, a Camús se refiere en términos muy elogiosos este último al comienzo de la novela Fortunata y Jacinta:

«Las noticias más remotas que tengo de la persona que lleva este nombre (sc. Juan Santa Cruz) me las ha dado Jacinto María Villalonga, y alcanzan al tiempo en que este amigo mío y el otro y el de más allá, Zalamero, Joaquinito Pez, Alejandro Miquis iban a las aulas de la Universidad. No cursaban todos el mismo año, y aunque se reunían en la cátedra de Camús, separábanse en la de Derecho Romano (...)» (Pérez Galdós 1983, pp. 97-98)

Camús, además, impartió unas interesantes conferencias sobre el Renacimiento en el Ateneo de Madrid. En ellas, creemos, puede adivinarse la impronta del historiador Michelet a la hora de concebir el Renacimiento como el período precursor de la Ilustración. Los testimonios escritos de aquellas clases son escasos, pero aún es posible leer al menos un par de cuadernos de apuntes. Uno de ellos corresponde a José Canalejas, que fue alumno de Camús y de quien conservamos los curiosos e interesantes apuntes de clase tomados por él mismo, si bien son más conocidos los de Pérez Galdós que hoy se conservan en su casa-museo de Las Palmas. Se trata del cuaderno de apuntes de Literatura Latina correspondientes al curso 1862-1863. Al tratarse de notas tomadas en clase, la opinión acerca de su importancia específica depende mucho del estudioso que las considere, dado el tono sintético que presenta este tipo de manuscritos. Los apuntes de Canalejas, por su parte, se conservan en la Biblioteca de Filología de la Universidad Complutense, y se tomaron durante el curso 1869-1870, según consta en el reverso de la portada. Los apuntes manuscritos llegan hasta Virgilio, completándose a partir de la página 285 con un extracto de la Literatura Latina del francés Alexis Pierron. El manual de Pierron fue uno de los más populares y divulgados, si bien no se tradujo del francés hasta comienzos del siglo XX, a diferencia de lo que ocurrió con su manual de literatura griega. Es curioso, como ya he apuntado en otro lugar, que puedan encontrarse huellas de la lectura de este manual francés nada menos que en el cuento “Vario”, de Clarín. Aunque el tono general de estos apuntes es muy lacónico, cabe entresacar, entre líneas, un poco de la chispa de las explicaciones de Camús. Son destacables las páginas dedicadas al comediógrafo Plauto, donde puede entresacarse el siguiente párrafo:

«Se ha tachado de libre en la frase a Plauto; y es porque no ofreciendo en el texto el arca (?) santa de la familia, ni la casta doncella que vive bajo la mirada de su madre, guardando estas hermosas flores y no sacándolas del santuario de la familia, no figuran por otra parte en sus obras más que esclavos o esos seres que no son hombres y que repugnan a la santidad de la mujer y que reciben en latín el nombre neutro de scortum, no tiene nada de extraño que Plauto, como Cervantes, Tirso, Lope y otros clásicos, emplee frases de un tinte verde y de un color subido.» (Apuntes tomadas por Canalejas y Méndez 1869-1870, p. 55)

Las clases de Camús suscitaban una gran expectación debido a los comentarios jocosos, a menudo un tanto subidos de tono, que el profesor utilizaba para presentar la literatura latina como una disciplina viva. Se conservan varias anécdotas al respecto de las aglomeraciones de público que se producían a la entrada de su cátedra. No menos interesantes fueron, además, sus conferencias en el Ateneo de Madrid, donde, entre otras cosas, defendió la memoria de Lucrecia Borgia. Así se cuenta en una de las necrológicas que hemos encontrado en la prensa de la época:

«La Universidad de Madrid ha perdido uno de sus profesores más simpáticos é ilustres: el Excmo. Sr. Alfredo Adolfo Camús, catedrático de la facultad de Filosofía y Letras, orador, escritor y maestro de literatura griega y latina por espacio de cuarenta años. Pocos profesores han tenido la suerte de captarse, como el Sr. Camús, el respeto y á la vez el cariño de sus discípulos, y como éstos han sido innumerables en su largo profesorado, la muerte del Sr. Camús, ocurrida en su casa de Leganés, tiene algo de duelo familiar y popular. Era su explicación amena é interesante, y tenía el don de agradar á su juvenil auditorio y aficionarle á sus lecciones. Y no sólo ejercía en el aula esa agradable influencia: en la cátedra del Ateneo dio célebres conferencias, en las que se agolpaban los oyentes, siendo uno de los temas que desarrolló con más lucimiento en varias conferencias la defensa de la célebre Lucrecia Borgia, tan calumniada en la novela y el teatro, como cortésmente protegida por el Sr. Camús en sus benévolas lecciones que no consiguieron rehabilitarla por completo. Pocos años hace que le vimos salir á la escena en el teatro Español. No como autor, sino como director de escena, á la conclusión de una comedia clásica latina, que ejecutaron en este idioma los estudiantes de la Universidad, dirigidos por el entusiasta profesor, espectáculo notable y desconocido en Madrid á la actual generación.» (La ilustración española y americana 7, 1889, p. 106).

Cabe hacer aún hoy en Madrid un paseo vital por el mundo de Alfredo Adolfo Camús que va desde la Universidad Central y continúa luego, a lo largo de la Calle del Pez, hasta el emplazamiento donde estuvo todavía a comienzos del siglo XX la Academia de la Lengua, en la que jamás pudo ingresar Camús. El paseo continúa hasta la Calle Montera, donde tuvo el Ateneo Científico y Literario su antigua sede. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

lunes, 19 de abril de 2010

VOLCANES ANTIGUOS Y MODERNOS


Ya sé que la actualidad no está para bromas. Un volcán islandés está bloqueando (al menos, eso nos cuentan) el tránsito aéreo de medio mundo. Sin embargo, en estos tiempos de cenizas, por qué no recordar el volcán más famoso de la Antigüedad. Me refiero al Vesubio y a la magnífica descripción que de él hace Plinio el Joven en la carta 6,16. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Plinio el Joven escribe, por un ruego de su amigo Tácito, el famoso historiador romano, acerca de la muerte de su tío, el naturalista Plinio el Viejo. Todo ocurrió en el año 79 de nuestra era, cuando el Vesubio entró en imponente erupción. Con cierto tono épico, se nos narra la valentía de este hombre que murió al día siguiente de haber intentado salvar a quienes quedaron sin escapatoria entre el volcán y el mar embravecido. De la carta, voy a recordar precisamente la descripción del volcán:

"Surgía una nube (no era posible saber a quienes la observaban en la lejanía desde qué monte, luego se supo que se trataba del Vesubio) cuya similud y forma no hubiera podido representarla mejor que un pino. En efecto, elevada hacia arriba como si de un larguísimo tronco se tratara, se hendía luego en varias ramas, pues, en mi opinión, una vez lanzada por un soplo vigoroso, después se difuminaba a lo ancho, al debilitarse por falta de este impulso o incluso vencida por su propio peso, blanca a veces, a veces negra y manchada a causa de la tierra y ceniza que había levantado."

El otro día recogimos un par de pequeñas piedras volcánicas del Vesubio. Cuando subimos María José y yo el volcán estaba cubierto de nubes y no se podía ver apenas más allá de unos metros. Es verdad que el tiempo nos privó de unas vistas espectaculares, pero al menos estuvimos allí, como hicieran los viajeros del Grand Tour. FRANCISCO GARCÍA JURADO

sábado, 17 de abril de 2010

LA HISTORIA Y SUS MATICES: EL CATÁLOGO DE MANUALES


El desarrollo de las obras científicas de larga duración ofrece, entre las muchas horas que requieren, la satisfación de una visión de conjunto. Poco a poco, va surgiendo, tras varios años de recopilación, el catálogo de manuales de literatura griega y latina publicados en España. Interesantes problemas, teóricos y prácticos, van articulando este proyecto bibliográfico y documental que arrojará datos significativos para la pequeña-gran historia del aprendizaje de las literaturas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.

Desde fuera, todos los manuales pueden parecer iguales. Los detalles se aprecian cuando vamos entrando y aprehendiendo las claves que han constituido el relato de las literaturas griega y latina. Es algo parecido a la labor de un entomólogo. Sin embargo, vamos apreciendo cómo de las "bibliotecas dieciochescas" se va pasando a los relatos históricos, del devenir, que tratan de explicar las razones del esplendor y la decadencia. El manejo de los viejos manuales no es tampoco cuestión baladí. Una de las cosas más significativas que hemos descubierto es el papel de las encuadernaciones. En muchas ocasiones, los libros se adquieren en "rama", con un mero papel como envoltorio, con el fin de que los padres lleven al encuadernación los volúmenes que sus hijos llevarán durante el curso. Cuánto me recuerda la labor de nuestras madres forrando con plástico los libros recién comprados. En las encuadernaciones, cuando ya vienen incorporadas, destaca la bella y, a la vez, discreta pasta española. Por lo demás, el estudio de los autores que elaboraron tales libros nos da ciertas pautas acerca de su lugar social. Es verdad que la mayor parte han sido catedráticos, pero algunos, destacan por su condición de intelectual, como Salvatore Costanzo, de autores literarios famosos, como Pons y Gallarza o Carles Riba, y hasta presidentes de gobierno, que sería el caso notable de José Canalejas y Méndez. Frente a lo que pudiera esperarse, algunos de los libros que catalogamos presentan aspectos muy definidores de la cultura intelectual hispana de la época, como la preocupación bibliográfica o la crítica a los presupuestos positivistas que llegan a partir de los años 70 del siglo XIX. La historia política tampoco es ajena al desarrollo de estos pequeños libros, y ésta puede encontrarse tanto en la condición de exiliados que tienen algunos de los autores que consideramos, ya sea a finales del siglo XVIII o en los años cuarenta del siglo XX, como en los planteamientos liberarles o conservadores desde los que se tratan autores tan delicados como Lucrecio. El asunto historiográfico como tal no se ha tratado, y mucho menos desde un punto de vista sistemático y global como el que estamos desarrollando aquí. Sin embargo, muchos de los autores han sido estudiados desde el punto de vista particular, circunstancia que nos ha llevado a tratar de compilar toda la bibliografía existente. La obra dará cuenta de un particular espacio cultural y educativo, lleno de matices y reacio a las generalizaciones a las que tan acostumbrados nos tienen.


FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE