lunes, 28 de marzo de 2011

LA MODERNIDAD Y SUS MELANCOLÍAS

Las clases que imparto esta semana sobre pervivencia de la literatura latina en la española tratan sobre la segunda mitad del siglo XIX. Para adentrarnos en el tema es necesario conocer cómo ciertos autores y artistas cayeron en un característico estado de ánimo que ya habían conocido algunos emperadores de la antigüedad: el taedium vitae, o la melancolía de vivir. Oscar Wilde nos ilustra bien sobre ello (en la fotografía, la estatua de Oscar Wilde, en segundo término, sita en la ciudad de Dublín. Fotografía de F. García Jurado). POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
En una conocida novela de Oscar Wilde se describe un estado de ánimo concebido como una enfermedad propia de artistas: “(...) enfermo de ese tedio, de ese terrible taedium vitae, que se apodera de aquellos a quienes la vida no niega nada” (Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray. Trad. De Julio Gómez de la Serna, Barcelona, Orbis-Origen, 1982, p. 202). Esta enfermedad del espíritu recibe comúnmente el nombre de slpeen (así lo vemos ya en el Tristram Shandy, de Sterne), y también se alude a ella con las palabras latinas de taedium vitae. Nuestro término “melancolía” puede recoger, aunque sólo en parte, el concepto que nos interesa. Esta enfermedad del espíritu creador ha de remitirse a un momento histórico, las postrimerías del siglo XIX, y tiene que adscribirse a un autor determinado, el francés Joris Karl Huysmans. Huysmans crea un personaje, el decadentista Des Esseintes, que ha sido inspirador de creaciones literarias como la de Dorian Gray, personaje que es, precisamente, lector del autor francés: “El héroe de la maravillosa novela que tanto influyó en su vida conocía por sí mismo aquellas curiosas fantasías. Cuenta en el capítulo VII que se sentó, coronado de laurel, como Tiberio, en un jardín de Capri, leyendo los imprudentes libros de Elefantina, mientras unos enanos y unos pavos reales se contoneaban a su alrededor, y el tocador de flauta se burlaba del turiferario y, como Calígula, estuvo de francachela en las cuadras con caballistas de camisas verdes, y cenó en un pesebre de marfil con pedrerías; y como Domiciano, se paseó por una galería recubierta de espejos de mármol, mirando a su alrededor con ojos alucinados, pensando en la daga que iba a terminar sus días, enfermo de ese tedio, de ese terrible taedium vitae, que se apodera de aquellos a quienes la vida no niega nada; y examinó, a través de una clara esmeralda, las sangrientas carnicerías del circo, y después, en una litera de perlas y de púrpura tirada por mulas herradas de plata, le transportaron por la Vía de las Granadas hasta la Casa de Oro, y oyó gritar a los hombres a su paso: «¡Nero César!», y como Heliogábalo, se pintó la cara, tejió en la rueca entre mujeres, e hizo traer la Luna desde Cartago y la dio al Sol en unos esponsales místicos” (Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray. Trad. De Julio Gómez de la Serna, Barcelona, Orbis-Origen, 1982, p. 202).

Uno de los aspectos más característicos de Des Esseintes es su reacción contra un mundo burgués, bienpensante y autosatisfecho. Asimismo, se rebela contra la naturaleza, rompiendo con uno de los más arraigados preceptos de la estética clásica acerca de la capacidad imitadora que tiene el arte con respecto a la naturaleza, por lo que decide aislarse en un mundo de artificios. Esa sociedad bienpensante que queda fuera de su residencia abarca también a la Universidad y los críticos académicos. Por ello, resulta muy interesante ver cómo se dedica un capítulo entero de la novela a invertir los cánones de la literatura latina. Si Virgilio aúna en su persona la circunstancia de ser la cumbre del canon de la literatura latina y el gran cantor de la naturaleza, hay dos motivos básicos para mostrar un radical desprecio hacia él, así como a todo el denominado periodo augusteo de esa literatura: “Entre otros, el dulce Virgilio, al que los pedantes apodan «el cisne de Mantua», sin duda porque no nació en esta ciudad, le parecía uno de los más terribles maestros de escuela, uno de los más siniestros lateros que la antigüedad haya producido nunca. Sus pastores lavados y emperifollados, tirándose por turno a la cabeza pucheros llenos de versos sentenciosos y helados; su Orfeo, a quien compara con un ruiseñor lacrimoso; su Aristeo, que lloriquea a causa de las abejas, y su Eneas, ese personaje indeciso y alfeñicado que se pasea, cual una sombra chinesca, con gestos de madera, detrás del transparente mal sujeto y mal engrasado del poema, le exasperaban. Habría aceptado las fastidiosas faramallas que esos monigotes cambian entre sí en un rincón; habría aceptado hasta los impúdicos hurtos hechos a Homero, a Teócrito, a Enio y a Lucrecio; el simple robo que nos ha revelado Macrobio del segundo canto de la Eneida, casi copiado palabra tras palabra de un poema de Pisandro; toda la inenarrable vacuidad, en fin, de ese montón de cantos. Pero lo que le horripilaba más era la factura de esos hexámetros que sonaban a hojalata, a caldero vacío, y prolongaban sus raciones de palabras pesadas por kilos con arreglo a la inmutable receta de una prosodia presuntuosa y seca; era la contextura de esos versos rasposos y engolados en su indumento oficial y en su bajuna reverencia a la gramática, de esos versos cortados mecánicamente por una imperturbable cesura, siempre de la misma manera, por el choque de un dáctilo contra un espondeo (...) (J.K. Huysnams, Al revés. Prólogo de Vicente Blasco Ibáñez. Versión española de Germán Gómez de la Mata, Valencia, Prometeo, ca. 1919, pp. 74-75)


En este texto, al margen de la sorpresa que pueda depararnos, hay una serie de aspectos muy interesantes que conciernen a la propia historia de la literatura y de la crítica contemporánea a Huysmans. Por una parte, estamos ante un autor que tiene clara conciencia de esa disciplina tan propia del siglo XIX que es la historia de la literatura. La literatura concebida en su historicidad es fruto del romanticismo y del positivismo. Ésta divide las creaciones literarias de una nación por géneros y periodos cronológicos . Por otra parte, puede resultar inesperado que una literatura como la latina desempeñe un papel en la conformación de unos juicios estéticos que atañen directamente a uno de los movimientos artísticos que se convierten en prototipo de lo moderno, como el decadentismo. Pero a cualquier especialista en este periodo no se le escapa el conocimiento que autores como Baudelaire tenían de los clásicos . De hecho, la denominación peyorativa de “decadente” aplicada a la literatura latina que se escribe a partir del siglo II (desde Lucano, concretamente) es la que, por analogía, luego se vino a aplicar a los poetas modernos. FRANCISCO GARCÍA JURADO

sábado, 26 de marzo de 2011

ANATOMÍA DE LA TRISTEZA

Ya alguien habrá intuido que bajo este título hay truco, pues cierto autor inglés apellidado Burton escribió una "Anatomía de la melancolía". Pero la tristeza es otra cosa y, como dice Tolstoy al comiento de "Ana Karenina", sus variedades son mucho más ricas que las de la felicidad. Hoy recuerdo las tristezas que nos narra Proust en su primer tomo de "A la busca del tiempo perdido": el niño que desea el beso de su madre por la noche y el desamparo de Swam ante el desamor de Odette. La iglesia parisina de la Madeleine, en la fotografía, fue testigo mudo de estos pequeños dramas. Por Francisco García Jurado HLGE
Las variedades de la tristeza son, en realidad, vivencias inevitables que vamos sintiendo a lo largo de nuestra vida desde la infancia a la vejez. El niño que Marcel Proust nos describe en el primer tomo de su magna obra siente el deseo frustrado del beso de su madre al acostarse, el beso que el padre proscribe como algo superfluo. La oscuridad se vuelve eterna, los silencios cobran entidad, y la tristeza trae una percepción diferente de las cosas, que en realidad se vuelven símbolos y dejan de ser cosas. Hace años escribí un poema triste que comenzaba diciendo "Cómo me duelen los objetos al mirarlos...", y ese dolor me ha visitado más de una vez. Cuando somos felices las cosas recobran su existencia material, el mundo se vuelve perfecto, como diría Jorge Guillén, pero la percepción disminuye al tiempo que el dolor se vuelve invisible. Swan, en buena medida alter ego de Proust, siente el dolor del desprecio que por él siente la mujer que él desea (¿ama?), y en ese desprecio acabará surgiendo una suerte de dolorosa forma de vida. La lección de Proust es clara: entre el dolor del pobre niño que se ve privado del beso de su madre al acostarse y el dolor de Swan hay una simetría trágica: ser esclavos del dolor, incapaces de trascender a su circunstancia, saber que no podemos hacer apenas nada contra los deseos, y mucho menos cuando éstos se ven frustrados. O quizá sí podamos hacer algo: leer. FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 23 de marzo de 2011

ROMANTICISMO Y LATINIDAD: ARMANDO PALACIO VALDÉS

Amigo y compañero de estudios de «Clarín», con quien precisamente partió de Oviedo a Madrid en 1870, Armando Palacio Valdés nos muestra en su novela autobiográfica titulada La novela de un novelista. Escenas de infancia y adolescencia un extenso y singular retrato de su profesor de latín. La novela, además de autobiográfica, tiene mucho de "novela de formación". Ilustramos este retrato literario con la imagen de otro profesor, Lázaro Bardón, que, entre otros, enseñó griego a Miguel de Unamuno. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Leamos el texto donde aparece el excelente retrato del catedrático:

"Hay hombres que harían bien en no morirse nunca: uno de ellos es mi catedrático de Retórica y Poética y ampliación de Latín en el tercer curso de bachillerato. Harían bien en no morirse, porque son la alegría del género humano, que tanta necesidad detiene de ella para soportar sus miserias.
Nuestro profesor infundía regocijo en el alma así que abría la boca, y lo mismo cuando la tenía cerrada. Era hombre ya entrado en años, de baja estatura, y gastaba, a la usanza de los tiempos juveniles, unas patillas negras que partían de la base de la nariz y llegaban hasta las orejas (...)
Mi catedrático tenía la cabeza clásica y el corazón romántico. Por su profesión y por su estudio de la antigüedad pagana admiraba a los héroes griegos y romanos, y estimaba a sus poetas, en especial a Tibulo y Virgilio (...)
Nos leía con entusiasmo la descripción que Virgilio hace de Venus en la Eneida y el Carmen Saeculare, de Horacio; pero sólo le he visto llorar con el Poema a María, de Zorrilla:

«Voy a contaros la divina historia
de una mujer a quien el alma mía», etc.

Entonces las lágrimas resbalaban por sus mejillas, entraban dentro de sus patillas y arrastraban algunos sedimentos.
Había sido catedrático de griego, pero ya no lo era. Un ministro desatentado lo había suprimido, poco tiempo hacía, de la segunda enseñanza. Fue el más áspero disgusto de su vida; fue una puñalada traidora a la espalda (...)
Había nacido orador, y con frecuencia usaba de esta facultad para dirigirnos vivos y largos reproches cuando confundíamos un pretérito con un supino. Eran tan largos, que a veces llenaban ellos solos la hora entera de clase. Pero en sus oraciones más patéticas no imitaba a Cicerón ni a Demóstenes; adoptaba más bien los acentos poéticos y quejumbrosos de los héroes de Chateubriand y su escuela (...)
Pero si tenía los defectos de la escuela romántica, poseía igualmente sus virtudes. Era casto como un caballero de la Tabla Redonda. A pesar de haberse relacionado toda su vida con las deidades del paganismo, que, como todo el mundo sabe, andan completamente desnudas, no se había contagiado de su impudicia. El lenguaje más o menos libertino de algunos poetas romanos le ofendía. Recuerdo que traduciendo un día la Elegía tercera de Ovidio, o sea el famoso triste, que comienza:

Cum subit illius tristissima noctis imago

me dio una inolvidable lección de honestidad. Habíamos llegado al pasaje en que el poeta describe los instantes de su partida para el destierro. Tres veces había pisado el umbral de su casa y tres veces había vuelto sobre sus pasos para abrazar y besar a su esposa:

saepe, 'vale' dicto rursus sum multa locutus,
et quasi discedens oscula summa dedi.

Yo traduje: «Varias veces, después del último adiós, volví a reanudar nuestra conversación y, como si me marchase, le di muchísimos besos».
-¡Oh, no, hijo mío!, no; se traduce así: «Me volví... y, como si me marchase, le di el ósculo de paz».
No cabe duda que mi traducción era más literal; pero la de él era más casta. Aunque según todas las leyes divinas y humanas me parece que estamos autorizados para dar los besos que queramos a nuestras esposas cuando vamos a emprender un largo viaje" (Armando Palacio Valdés, La novela de un novelista. Escenas de infancia y adolescencia, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1949 cuarta edición, pp.213-215)
FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 15 de marzo de 2011

FASCINADOS POR EL DICCIONARIO DE MARÍA MOLINER

A los que tenemos temperamento de ensayista, amantes de las metas precisas y cortas, las hazañas propias de los lexicógrafos nos dejan admirados y perplejos. Es, sencillamente, imposible que una persona sola pueda escribir un diccionario, pero esa imposibilidad se vuelve real cuando hablamos de personajes como María Moliner o Samuel Johnson. Hace años, cuando impartía una asignatura "mítica", "La etimología latina, de Varrón a Borges", daba en hablar sobre la relación de la literatura con los diccionarios. La literatura no sólo alimenta esas obras alfabéticas o ideológicas, también se inspira en ellas y las recrea. Imagino que algunos de mis antiguos alumnos, como Elena Prado, que seguro que lee estas líneas, tendrá ahora un recuerdo grato de unas remotas tardes de marzo, a las cinco de la tarde, que era la hora de aquellas clases en que lexicógrafos y escritores bailaban al mismo son. Ejemplos de grandes autores que hablan sobre diccionarios o lexicógrafos hay muchos. Hoy quiero recordar éste de Gabriel García Márquez, que nos habla sobre María Moliner:

La mujer que escribió un diccionario

GABRIEL GARCIA MARQUEZ

EL PAÍS - Opinión - 10-02-1981

Hace tres semanas, de paso por Madrid, quise visitar a María Moliner. Encontrarla no fue tan fácil como yo suponía: algunas personas que debían saberlo ignoraban quién era, y no faltó quien la confundiera con una célebre estrella de cine. Por fin logré un contacto con su hijo menor, que es ingeniero industrial en Barcelona, y él me hizo saber que no era posible visitar a su madre por sus quebrantos de salud. Pensé que era una crisis momentánea y que tal vez pudiera verla en un viaje futuro a Madrid. Pero la semana pasada, cuando ya me encontraba en Bogotá, me llamaron por teléfono para darme la mala noticia de que María Moliner había muerto. Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años.María Moliner -para decirlo del modo más corto- hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Se llama Diccionario de uso del español, tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, que pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y -a mi juicio- más de dos veces mejor. María Moliner lo escribió en las horas que le dejaba libre su empleo de bibliotecaria, y el que ella consideraba su verdadero oficio: remendar calcetines. Uno de sus hijos, a quien le preguntaron hace poco cuántos hermanos tenía, contestó: «Dos varones, una hembra y el diccionario». Hay que saber cómo fue escrita la obra para entender cuánta verdad implica esa respuesta.

María Moliner nació en Paniza, un pueblo de Aragón, en 1900. O, como ella decía con mucha propiedad: « En el año cero". De modo que al morir había cumplido los ochenta años. Estudió Filosofía y Letras en Zaragoza y obtuvo, mediante concurso, su ingreso al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios de España. Se casó con don Fernando Ramón y Ferrando, un prestigioso profesor universitario que enseñaba en Salamanca una ciencia rara: base física de la mente humana. María Moliner crió a sus hijos como toda una madre española, con mano firme y dándoles de comer demasiado, aun en los duros años de la guerra civil, en que no habla mucho que comer. El mayor se hizo médico investigador, el segundo se hizo arquitecto y la hija se hizo maestra. Sólo cuando el menor empezó la carrera de ingeniero industrial, María Moliner sintió que le sobraba demasiado tiempo después de sus cinco horas de bibliotecaria, y decidió ocuparlo escribiendo un diccionario. La idea le vino del Learner's Dictionary, con el cual aprendió el inglés. Es un diccionario de uso; es decir, que no sólo dice lo que significan las palabras, sino que indica también cómo se usan, y se incluyen otras con las que pueden reemplazarse. «Es un diccionario para escritores», dijo María Moliner una vez, hablan do del suyo, y lo dijo con mucha razón. En el diccionario de la Real Academia de la Lengua, en cambio, las palabras son admitidas cuando ya están a punto de morir, gastadas por el uso, y sus definiciones rígidas parecen colgadas de un clavo. Fue contra ese criterio de embalsamadores que María Moliner se sentó a escribir su diccionario en 1951. Calculó que lo terminaría en dos años, y cuando llevaba diez todavía andaba por la mitad. «Siempre le faltaban dos años para terminar», me dijo su hijo menor. Al principio le dedicaba dos o tres horas diarias, pero a medida que los hijos se casaban y se iban de la casa le quedaba más tiempo disponible, hasta que llegó a trabajar diez horas al día, además de las cinco de la biblioteca. En 1967 -presionada sobre todo por la Editorial Gredos, que la esperaba desde hacía cinco años- dio el diccionario por terminado. Pero siguió haciendo fichas, y en el momento de morir tenía varios metros de palabras nuevas que esperaba ver incluidas en las futuras ediciones. En realidad, lo que esa mujer de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la vida.

Su hijo Pedro me ha contado cómo trabajaba. Dice que un día se levantó a las cinco de la mañana, dividió una cuartilla en cuatro partes iguales y se puso a escribir fichas de palabras sin más preparativos. Sus únicas herramientas de trabajo eran dos atriles y una máquina de escribir portátil, que sobrevivió a la escritura del diccionario. Primero trabajó en la mesita de centro de la sala. Después, cuando se sintió naufragar entre libros y notas, se sirvió de un tablero apoyado sobre el respaldar de dos sillas. Su marido fingía una impavidez de sabio, pero a veces medía a escondidas las gavillas de fichas con una cinta métrica, y les mandaba noticias a sus hijos. En una ocasión les contó que el diccionario iba ya por la última letra, pero tres meses después les contó, con las ilusiones perdidas, que había vuelto a la primera. Era natural, porque María Moliner tenía un método infinito: pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida. «Sobre todo las que encuentro en los periódicos», dijo en una entrevista. «Porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento por necesidad». Sólo hizo una excepción: las mal llamadas malas palabras, que son muchas y tal vez las más usadas en la España de todos los tiempos. Es el defecto mayor de su diccionario, y María Moliner vivió bastante para comprenderlo, pero no lo suficiente para corregirlo.

Pasó sus últimos años en un apartamento del norte de Madrid, con una terraza grande, donde tenía muchos tiestos de flores, que regaba con tanto amor como si fueran palabras cautivas. Le complacían las noticias de que su diccionario había vendido más de 10.000 copias, en dos ediciones, que cumplía el propósito que ella se había impuesto y que algunos académicos de la lengua lo consultaban en público sin ruborizarse. A veces le llegaba un periodista desperdigado. A uno que Ie preguntó por qué no contestaba las numerosas cartas que recibía le contestó con más frescura que la de sus flores: «Porque soy muy perezosa». En 1972 fue la primera mujer cuya candidatura se presentó en la Academia de la Lengua, pero los muy señores académicos no se atrevieron a romper su venerable tradición machista. Sólo se atrevieron hace dos años, y aceptaron entonces la primera mujer, pero no fue María Moliner. Ella se alegró cuando lo supo, porque le aterrorizaba la idea de pronunciar el discurso de admisión. «¿Qué podía decir yo », dijo entonces, «si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?».

domingo, 13 de marzo de 2011

LAS EDICIONES "RETROSPECTIVAS" DE TUCÍDIDES EN LA ESPAÑA DEL XIX

Presento en este blog el comienzo de mi ponencia titulada "Tucídides y Diego Gracián en las ediciones retrospectivas de 1882 y 1889"(puede leerse en http://eprints.ucm.es/11219/), impartida en un congreso celebrado en la Universidad de Toulousse en 2008. En este caso, la oportunidad del recuerdo de mi ponencia viene dado para recordar el concepto de "edición retrospectiva", muy propio del siglo XVIII (debo la idea al profesor Juárez Medina) y muy útil para entender una particular huella que deja la propia Historia en la portada de los libros. El interés por una edición antigua requiere de una elaboración mental que sólo la historiografía hace posible. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
El profesor de literatura griega y latina más importante que tuvo España en el siglo XIX, Alfredo Adolfo Camús, de innegable origen francés, recomienda y comenta en el primer tomo de su Compendio de Historia Universal la siguiente traducción del historiador Tucídides : “LA GUERRA del Peloponeso por Thucydides (traduc. Franc. de l’Evêque [sic].) 4 tomos en 8º.- Ninguno de sus traductores han logrado trasladar á sus respectivos idiomas la enérgica diccion del original ; la francesa indicada es la mas estimada”. No se trata de una recomendación aislada dentro del contexto de los demás historiadores griegos citados en el mismo compendio (Diorodoro Sículo, Herodoto, Jenofonte, Arriano, Polibio), para quienes se ofrece también su correspondiente traducción francesa. La recomendación de Tucídides, en particular, propone una versión publicada en Francia a finales del siglo XVIII, la de Pierre-Charles Levesque . Esta edición volverá a ser editada al siglo siguiente, en 1846, dentro de la conocida colección Charpentier . Esta colección será el modelo, como veremos más adelante, de la Biblioteca Clásica, en la que también se reeditará una importante traducción humanística de Tucídides al castellano. Es notable que en este contexto educativo hispano de los años subsiguientes a la muerte de Fernando VII se haga una recomendación tan precisa - si bien motivada por un juicio negativo sobre los traductores de Tucídides en general - de un libro francés publicado a finales del siglo XVIII. Vemos que, descartada la posibilidad de que haya algún lector español que pueda acceder al texto directamente en griego, se recomienda una moderna traducción francesa, al carecer de una adecuada versión castellana. Estos datos reflejan un estado de cosas más amplio. El precario mundo de los estudios helénicos en España durante el siglo XIX mira decididamente a Francia hasta bien entrado el decenio de los años ochenta. Además de la historiografía gala del siglo XVIII, hay autores modernos de referencia, como Alexis Pierron (su manual de literatura griega se traduce al castellano en 1861) y, en caso de que se trate de un autor alemán, como el muy reputado Ficker, su lectura se hace a partir de la traducción francesa .
No obstante lo dicho, encontramos también una corriente cultural y bibliográfica que mira al propio pasado español, en especial al de las traducciones castellanas de autores griegos y latinos. Esta corriente, que tuvo en el siglo XVIII su mayor exponente en la figura de Gregorio Mayáns, encuentra en la España de la segunda mitad del siglo XIX avales intelectuales sólidos en personas como Gumersindo Laverde y Marcelino Menéndez Pelayo. Si bien otros autores de la Antigüedad han gozado de buenas traducciones, España no ha sido hasta bien entrado el siglo XX muy afortunada en lo que a Tucídides se refiere. Sin embargo, la difusión de Tucídides en el mundo hispano desde finales del siglo XIX hasta los años cincuenta del siglo XX se debió al rescate de una vieja traducción humanista, la de Diego Gracián, especialmente gracias a los empeños de Marcelino Menéndez Pelayo. El fenómeno no es, ni mucho menos, baladí, pues responde a unas claves culturales concretas sobre las que vamos a hablar precisamente en este trabajo.
Así las cosas, nuestro propósito es el estudio de las razones intelectuales por las que a finales del siglo XIX, concretamente en 1889, se vuelve a editar una vieja traducción de Tucídides dentro de la más importante colección hispana de traductores de clásicos jamás iniciada hasta entonces : la Biblioteca Clásica de Luis Navarro, que intenta tomar el testigo de las reediciones hechas por Antonio de Sancha en el siglo XVIII, pero que adopta en la práctica el modelo de la colección Charpentier. No dejaremos de lado otra circunstancia interesante, como es el hecho de que siete años antes un afamado militar y bibliófilo, el Marqués de San Román, hubiera editado también la misma traducción de Gracián en su así llamada Biblioteca Militar Económica.
Nuestro método consiste, pues, en una aproximación a Tucídides desde la propia historiografía moderna de la literatura grecolatina, concretamente desde el punto de vista de los criterios posilustrados que motivan las reediciones de clásicos de la Antigüedad traducidos por autores españoles de siglos anteriores. Este hecho, en apariencia circunstancial, se convertirá en un importante argumento para comprender el complejo fenómeno de la edición retrospectiva, bien estudiado por Juárez Medina a partir de las ideas sobre la “lectura burguesa” de José Antonio Maravall . Se trata de un tipo de lectura que pretende contextualizar la obra en el momento en que fue escrita para convertirla en testimonio histórico de una tradición cultural, susceptible de servir de ejemplo para el presente. El propósito de este tipo de lectura, que conlleva, asimismo, la reedición, es doble : el puramente cultural, o histórico puro, y el fin práctico, es decir, el de la utilidad que ese documento histórico pueda seguir aportando. Este segundo ámbito será muy pertinente para el caso de Tucídides, pues coincide con el del carácter pragmático de la materia de que trata (aspectos militares y políticos).
Es preciso que antes de entrar en la cuestión concreta de las reediciones que vamos a estudiar atendamos a sus orígenes históricos en el siglo XVI y a su forzada canonización como la traducción castellana de Tucídides a lo largo de varios siglos. Será de esta manera como podremos valorar por qué, a pesar de sus errores, termina siendo la traducción por excelencia de Tucídides hasta bien entrado el siglo XX, debido a su peso específico como valor cultural dentro de la moderna construcción de una historia de la traducción hispana de los clásicos, inserta en el contexto de la llamada “Polémica de la ciencia española”. FRANCISCO GARCÍA JURADO

sábado, 12 de marzo de 2011

CLARÍN Y MENÉNDEZ PELAYO ANTE LAS HUMANIDADES

En su necrología (1892) sobre el maestro Alfredo Adolfo Camús, «Clarín» nos refiere una anécdota que él mismo vivió el primer día que llegó a la cátedra donde suponía que impartía su clase el propio Camús. «Clarín» esperaba encontrarse con un anciano que estaría enseñando literatura latina, pero quien estaba en ese momento en la cátedra era un joven moreno que impartía metafísica. Como pudo saber luego, se había producido un cambio de hora entre la clase de Camús con la de Urbano González Serrano, entonces ayudante de la Cátedra de Metafísica de Nicolás Salmerón, de manera que cuando «Clarín» entró en la clase por vez primera, en lugar del viejo latinista encontró a un joven pensador meridional que transmitía las nuevas ideas de una filosofía venida de Alemania . POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Esta anécdota, contada por otra persona que no fuera «Clarín», quizá podría haber sido utilizada de manera demagógica como la alegoría de una juventud dedicada al nuevo pensamiento filosófico frente a un ancianidad caduca dedicada a la enseñanza del latín. Pero nada más lejos de esto. «Clarín», de hecho, ve a Camús como una persona que utiliza de manera natural la nueva pedagogía del entusiasmo, no lejana a los presupuestos educativos del krausismo. Este planteamiento, dadas las muchas lagunas que tenemos con respecto al pensamiento de Camús, nos hace pensar en la relación que este profesor pudo tener con los propios krausistas ya en la misma universidad. Sabemos que tenía buenas relaciones con Nicolás Salmerón, quien, de hecho, asistiría años después a su entierro, y su ausencia en la toma de posesión como catedrático de Menéndez Pelayo, sin entrar ahora en el trasfondo político de aquel episodio, es un indicio más que suficiente de la postura que Camús adoptó en ese delicado momento . Podemos decir que si bien Camús es hijo del pensamiento francés, su relación con el krausismo oficial y universitario no debió de ser hostil, a diferencia de lo que ocurrió con Menéndez Pelayo ya desde su época de estudiante en la misma Universidad Central. En definitiva, «Clarín» nos presenta a Camús como ejemplo de docente que ha sido capaz de salvar con creces, gracias a su entusiasmo, el esperable desinterés de los estudiantes de derecho que acuden por obligación gubernamental a su cátedra de literatura latina sin saber nada de latín. Leamos uno de los pasajes más emotivos de la necrología:

"Y Camus se entusiasmaba; (...) y era elocuente desde luego aquel amor por lo clásico, a lo griego, que se manifestaba en sus gestos, en el timbre de su voz, en el calor que le enrojecía el rostro, mientras maldecía de los pícaros romancistas y elogiaba con ditirambo perpetuo a cuantos, desde el Renacimiento acá, supieron comprender y sentir de veras el quid divinum del arte helénico. (...) Si hubiera muchos Camus, las dulces humanidades no correrían en España a la fatal ruina a que se precipitan. La famosa cuestión del latín tiene para mí estas dos diferentes soluciones condicionales. Las letras clásicas explicadas por maestros como don Alfredo Adolfo Camus, a nadie le sobran: las letras clásicas explicadas por los pedantes, por el vulgo del profesorado mecánico, no sirven para nada." (Leopoldo Alas «Clarín», “Camus”, en Ensayos y revistas 1888-1892, Madrid, Manuel Fernández y Lasanta, 1892, pp. 5-26).

La necrología sobre Camús puede considerarse, en este sentido, como un ensayo acerca de la filosofía de la educación. Camús, por lo demás, no es un profesor fanático de su disciplina, sino una persona capaz de darse cuenta de que el humanismo cerrado y caduco no conduce a ninguna parte. Llama, asimismo, la atención, el hecho de que «Clarín» culpe del declive de las humanidades clásicas a los profesores que califica de “pedantes” y de “profesorado mecánico”. Este pequeño detalle podría pasar desapercibido si no pusiéramos en contraste el testimonio de «Clarín» con el de Menéndez Pelayo, pues la pedagogía natural, de inspiración krausista, que «Clarín» atribuye a Alfredo Adolfo Camús es la que en el testimonio de Menéndez Pelayo se convierte, precisamente, en el verdugo de su educación, merced a las “dosis cada vez más homeopáticas” de conocimiento que se da a los alumnos, como podemos leer en uno de los párrafos más encendidos de la necrología:

“En 1845, fecha de la memorable transformación de nuestros estudios, faltaban manuales de muchas artes y ciencias, y Camús y otros profesores, entonces novísimos, acudieron a llenar este vacío, ajustándose a los programas que de Francia había importado Gil y Zárate. (...) Mucho más importantes y originales, aunque no bastante conocidos, son sus estudios como humanista. Además de la Synopsis de sus lecciones, impresa en 1850, puede y debe citarse la extensa y bien ordenada colección de clásicos latinos y castellanos, en cinco volúmenes, que, por encargo del Gobierno, formó en 1849, asociado con otro eminente profesor de esta Universidad y memorable historiador de nuestras letras en la Edad Media, D. José Amador de los Ríos; obra que, por la riqueza de su contenido, por lo vario y ameno de los textos, por la integridad con que se presentan, por las doctas ilustraciones que los acompañan, por el buen gusto y la amplitud de criterio con que la selección fue hecha, y por el carácter histórico-crítico que sus autores la dieron, traspasa los límites de una vulgar antología y llega a ser una pequeña biblioteca, que ojalá hubiera sido compañera inseparable de cuantos han pisado desde entonces nuestras aulas de letras humanas. Fue aquel un grande esfuerzo, y no sé si bastante agradecido, y de generaciones formadas por aquel método, algo y aun mucho hubiera podido esperarse; pero la rutina venció, como tantas otras veces, al buen celo, y sepultó en olvido, al cabo de pocos años, la colección de Camús y de Amador, por el capital e imperdonable defecto de ser demasiado buena, sustituyéndola con dosis cada vez más homeopáticas, útiles tan sólo par mantener la ignorancia y la desidia, hasta que totalmente acabe de borrarse en España todo vestigio de latinidad.” (Marcelino Menéndez Pelayo, Discurso leído en la Universidad Central en la solemne inauguración del curso académico de 1889 a 1890, sobre La vicisitudes de la Filosofía platónica en España, en Obras Completas de Menéndez Pelayo (Edición Nacional) Vol, XLIII, Ensayos de crítica filosófica, Santander, Aldus, 1948, pp. 9-115)

De esta nueva consideración acerca de la enseñanza de las humanidades se desprende, además, una visión diferente del mundo clásico, pues mientras en «Clarín» éste tiene que ponerse necesariamente en función del mundo moderno, en Menéndez Pelayo encontramos una visión absoluta y nostálgica. Asimismo, apartándose de lo que decía «Clarín», Menéndez Pelayo ve en las instituciones gubernamentales a los culpables reales de la ruina de la letras clásicas.
De esta forma, «Clarín» y Menéndez Pelayo consideran desde posturas ideológicas bien diferentes las causas de la ruina de las humanidades, y éste último pasa por alto cualquier dato, por anecdótico que sea, que ponga en relación a Camús con las corrientes liberales de su tiempo. FRANCISCO GARCÍA JURADO

domingo, 6 de marzo de 2011

FEIJOO Y VIRGILIO

¿Virgilio o Lucano? Aunque hoy parezca mentira, esta ha sido una de las cuestiones polémicas que ocuparon a algunos de nuestros más eminentes eruditos dieciochescos. Terciaron en esta polémica autores como Feijoo, a favor de Lucano, o Luzán, a favor de Virgilio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
A este respecto, destaca la obra del jesuita Joaquín Xavier Aguirre titulada "El príncipe de los poetas Virgilio, mantenido en su soberanía contra las pretensiones de Lucano, apoyadas por el Rmo. Padre fray Benito Jerónimo Feijoo" (Madrid, Imprenta y Librería de Manuel Fernández, 1744). Asimismo, es significativa la disputa que, según relata Luis Gil, tuvo lugar a mitad del siglo XVIII, en el seno de la Academia Latina Matritense: “La Academia de latinidad de la corte, en este y otros aspectos, nacía ya muerta científicamente y todos los esfuerzos de Campomanes y de algunos de sus miembros para insuflarle vida fueron infructuosos. Una idea de la altura de los actos literarios de esta institución en los primeros años de su vida la depara el título de las conclusiones que el 16 de diciembre de 1756 defendió en la iglesia parroquial de San Ginés don José Pastor, a la sazón secretario de la Academia. Era la primera: Noster Hispanus poeta Lucanus, dignitate canendi, pura Latinitate Virgilium superavit; (...) Pastor había demostrado con ayuda de un discípulo, por vía silogística, nada menos que la superioridad de Lucano sobre Virgilio (...).” Mayáns fue más allá de los tópicos y replanteó perfectamente la cuestión, como he tenido ocasión de contarlo en otro lugar, cuando establece una relación razonada entre Virgilio y los mejores autores del siglo de Oro, como Fray Luis.
Por su interés, reproduzco el texto de Feijoo, extraído del Proyecto de Fillsofía en Español:


Teatro crítico universal / Tomo cuarto


Discurso catorce
Glorias de España. Segunda parte
XV
38. {Poesía} Lo que tengo que decir de los Españoles en orden a la Poesía, dista poco de lo que he dicho en orden a la Retórica. Tiene no sé que parentesco la gravedad y celsitud del genio Español con la elevación del Numen Poético, que sin violencia nos podemos aplicar lo de Est Deus in nobis. De aquí es, que en los tiempos en que florecía la lengua Latina, todas las demás Naciones sujetas al Imperio Romano, todas, digo, juntas no dieron a Roma tantos Poetas, como España sola; y Poetas, no como quiera, sino de los más excelentes; que si no exceden, por lo menos igualan ó compiten a los mejores que nacieron en el seno de Italia. Tales fueron Silio Itálico, Lucano, Marcial, Séneca el Trágico, Columela, Latroniano, y otros.
39. Lo que es muy de notar es, que entre los expresados hay uno que no tuvo igual en lo festivo, y otro que disputa la preferencia al más eminente (según la opinión común) en lo heroíco. El primero es Marcial, a quien nadie cuestiona el Principado en las sales y agudezas jocosas: el segundo Lucano, a quien Stacio, y Marcial (votos sin duda de gran valor) dan preferencia sobre Virgilio. Del mismo sentir es el discreto y erudito Historiador Francés Benjamín Priolo. Otros algunos se contentaron con hacerle igual. Y aunque no puede negarse que la común opinión le deja inferior, creo que la preocupación favorable por el Poeta Mantuano, y la envidia de las demás Naciones a la nuestra, contribuyó más que la razón a establecer la inferioridad del Poeta Español. Lisonjeó con exceso Virgilio a los Romanos, en tiempo que estos reinaban no sólo en los hombres, mas aún en las opiniones de los hombres: interesábanse en la gloria de un Poeta que [420] había trabajado y mentido tanto por la gloria de ellos. Por eso procuraron remontar tanto su fama, que no alcanzase a ella el vuelo de otra pluma. El favor de Augusto la ayudó mucho. Son los Príncipes Astros que ilustran a los sujetos hacia donde inclinan sus rayos; y cuyo benigno aspecto influye aún en la fortuna de la fama. En Augusto concurrieron mil grandes cualidades para hacer en él más eficaz este influjo. Su poder era inmenso, su discreción acreditada, y su felicidad como contagiosa, que se pegaba a todos los que arrimaba el corazón. Al contrario miraban los Romanos a Lucano; esto es, con indiferencia cuando le consideraban Extranjero, y con aversión cuando le contemplaban émulo de Virgilio. [421]
{(a) Confieso que sería insigne temeridad sostener por mi capricho sólo, la igualdad, mucho más la preferencia de Lucano a Virgilio. Mas entretanto que hallo votos de la más alta clase, y desnudos de toda parcialidad a favor de nuestro Español, no es justo abandonar su partido. He alegado por él a Estacio, el cual dos veces le da la preferencia de los versos que compuso, solemnizando después de muerto Lucano, el día de su nacimiento. La primera, cuando dijo: Baetim Mantua Provocare noli; la segunda, cuando después de concederle ventajas sobre Ennio, Lucrecio, Valerio Flaco, y Ovidio, añadió: Quin Majus loquor, ipsa te Latinis Aeneis venerabitur conantem. Contémplese de cuánto peso es Estacio en materia de Poesía, a quien Lipsio llamó grande y supremo Poeta: Sublimis, & celsus, magnus, & summus Poeta: De quien Julio César Scaligero, el Idólatra de Virgilio, dijo que era el Príncipe de todos los Poetas Latinos y Griegos, exceptuando únicamente al Mantuano: At profecto heroicorun Poetarum (si Phaenicem illum nostrum eximas) tum Latinorum, tum etiam Graecorum facile Princeps: Nam & meliores versus facit, quam Homeris.
2. Añadiremos ahora al voto de Estacio el de otro Poeta, no menos, y acaso podré decir más plausible entre los modernos, que fue Estacio entre los antiguos. Hablo del gran Cornelio, aquel que subió al más alto punto de perfección el Teatro Francés. Tengo el testimonio del Marqués de S. Aubin (trait. De l’Opin. Tom. I, lib. I, cap. 5.) de que este grande hombre daba preferencia a Lucano sobre Virgilio.
3. Finalmente no quiero omitir lo que Gaspar Bartio (que sobre insigne Crítico, fue también Poeta) dice de Lucano; porque ya que [421] no en todos, en muchos primores de la Poesía le concede asimismo ventajas sobre Virgilio: Lucanus Poeta magni ingenii, neque vulgaris doctrinae, vero prorsus heroyci, jam inde ex eo tempore quo floruit, maxima semper fuit autoritate; praecipue apud Philosophos, propter grave, nervosum, & acutum, vibransque, & penetrabile scientiarum pondus, quibus universa ejus oratio mirifice floruit, adeo ut in genere parem nunquam ullm habuerit. (Apud Pope-Blount).
4. Confesaréle a Lucano un defecto, de que ya otros le han acusado, que es la prolijidad y amplificación algo tediosa en varias partes del Poema, nacida de que no era dueño del ímpetu que le arrebataba para reprimirle oportunamente. ¿Pero no hay también en Virgilio defectos? Pienso que más esenciales; porque desfiguran a su Héroe, degradándole de tal. Este punto hemos tocado en el Discurso, alegando algunas pruebas que ahora confirmaremos con otras. El erudito Carlos Perrault le notó haber pintado un llorón a Eneas. Es así que frecuentemente y sin mucho motivo le hace derramar copiosas lágrimas. Otro Crítico satisfizo esta acusación, diciendo que Virgilio en las fingidas lágrimas de Eneas tuvo la ingeniosa mira de lisonjear las verdaderas de Augusto, de quien refiere que era de corazón tierno y muy ocasionado al llanto. Mas replico, que si ese fuese su designio, pintaría a Eneas clemente, y fácil en condonar la vida a sus enemigos cuando les veía rendidos, como lo hizo comúnmente Augusto. Bien lejos de eso, jamás le permite dar cuartel en la campaña, aunque varias veces el enemigo postrado imploró su clemencia. Más desdice de lo heróico esta dureza, que aquella ternura.
5. Pero lo que sobre todo no puede perdonársele a Virgilio, es haber representado en algunas ocasiones a su Eneas con ánimo apocado. Lo de tristi turbatus pectora bello es nada, con aquel hielo del corazón, ó frío desaliento que mostró al empezar la tempestad que se pinta en el primer libro:
Extemplo Aeneae solvuntur frigore membra:Ingemit, &c.
6. ¡Oh qué diferente papel hace César en Lucano, constituido en el mismo trance! A los primeros furores del Mar le notifica el Barquero Amiclas, que respecto de la horrenda tempestad que se previene, no hay otro remedio para salvar la vida que retroceder sin dilación al Puerto de donde acababan de salir. ¿Qué responde César? [422]
Sperne minas, inquit, pelagi, ventoque furentiTrade sinum: Italiam, si caelo auctore, recusas,Me pete, &c.
Cierto que por grande que se contemple el corazón de Julio César, nunca puede considerarse mayor que cual se representa en la suprema energía de esta valentísimas voces. No pienso que excederá quien diga que el espíritu Poético de Lucano igualó al valor heroico de César.
7. Los que notando en Lucano la falta de ficción quieren excluirle por este capítulo de la clase de los Poetas, inútilmente se embarazan en una cuestión de nombre. El más apasionado de Lucano se empeñará poco en su defensa sobre este artículo, como en el resto le concedan todos los primores que pide la versificación heróica. ¿Pero es cierto como pretenden estos Censores, que la ficción es de esencia de la Poesía? Es sin duda este el dictamen más válido. Dudo si el más verdadero. Julio César Scaligero, nada indulgente por una parte con Lucano, le reconoce sin embargo de la falta de ficción, por Poeta: Nugantur, dice, more suo Grammatico, cum objiciunt illum Historiam composnisse. Principio fac Historiam meram: oportet eum a Livio differre: differt autem versu: hoc vero Poetae est. (I. 2. Poetic. c. 2.)


Francisco García Jurado H.L.G.E.