lunes, 9 de enero de 2012

La nostalgia de Atenas: Aulo Gelio

Lejos de la intención de su autor, Aulo Gelio, los veinte libros de las Noches áticas no constituyen una obra que se acostumbre a leer por sí misma, es decir, por mero placer y curiosidad. El interés positivista de los modernos estudios filológicos la ha convertido, ante todo, en una fuente de datos diversos. Esta circunstancia, que disemina los contenidos de las Noches áticas en noticias varias, priva a la obra de Gelio de su verdadero sentido, el que emana, precisamente, de la suma de su diversidad. La nostalgia de Atenas, de los días vividos en el ayer, puede ser un buen motivo común que confiera un sentido a la obra (en la imagen, escultura del Partenón de Atenas, conservada en el British Mueum, de F. García Jurado). POR FRANCISCO GARCÍA JURADO



Para empezar, no estamos ante la obra de un mero compilador, que es la lectura que, por descuido, se nos ha dado. Especialistas tan reputados como Franco Cavazza salen al paso de este difundido juicio en su propia edición de Gelio[1]. En Gelio aparecen, muy al contrario, interesantes juicios filosóficos, de crítica literaria, selectos comentarios sobre el lenguaje y, por enumerar sólo uno más de los aspectos posibles de su obra, logradas dramatizaciones en las que algunos de sus queridos maestros, como Tauro y Favorino, han quedado retratados mediante el hábil ejercicio de la trascripción y traducción al latín de su palabra viva. Esta lectura detenida y, sobre todo, en sí misma de las Noches áticas ofrece también la más rica fuente de datos sobre el propio autor, vitalmente implicado en su miscelánea[2]. Además de lo que los biógrafos denominan “historia externa”, a saber, aquellos datos que constituyen los aspectos más objetivos de su vida, como la estancia o estancias en Grecia y su carrera jurídica en Roma, se da la posibilidad, más arriesgada, de reconstruir algunos retazos subjetivos de la propia “historia interna” del autor, como puede ser la de sus motivaciones y sentimientos. Pongamos un ejemplo: en el cuarto capítulo del libro noveno, Gelio nos cuenta que, a su vuelta de Grecia, y nada más arribar al puerto de Brindis, vio que allí había unos volúmenes en venta. Al instante se acercó hasta ellos. Es una ocasión casi única para apreciar su pasión por los libros y su innata curiosidad, más allá de cualquier fatiga. Pongámonos en su piel: tras una larga y, por lo que él mismo nos cuenta (Gel., XIX 1), penosa travesía desde Grecia, un hombre fatigado que desciende de un barco para descansar y pasear por el famoso puerto acude presto y sin pensárselo dos veces a la llamada tentadora de unos libros griegos. Este es Gelio y quizá, de manera imprevista, estemos ante uno de sus más vivos retratos, más allá de los modelos literarios en los que pudo inspirarse[3]. Esta posibilidad de lectura, tan lejana a la que nos tienen acostumbrados, nos brinda la oportunidad de entrever en las Noches áticas la nostalgia que Gelio siente por una época de su vida pasada felizmente en la campiña ática. No le es posible a Gelio -la retórica del siglo II, entre otras cosas, se lo impide- expresar de manera explícita tal nostalgia. FRANCISCO GARCÍA JURADO


[1] El siguiente texto ilustra perfectamente sobre lo que decimos: “(...) inoltre le Notti Attiche paiono essere un’opera di mera compilazione, puro frutto delle fonti de’autore (quante e quali? Il problema è complesso e vi accenneremo), di cui Gellio è semplice trascrittore, quasi confusionario accumulatore di dati e citazioni senza vaglio critico. Ma secondo noi la cosa non è del tutto così” (Aulo Gellio, Le Notti Attiche. Introduzione, testo latino, traduzione e note di Franco Cavazza, Bologna 1985, pp. 13-14). De hecho, desde la formulación que R. Marache hizo acerca del “humanismo geliano” ha surgido una innovadora línea de estudios tendente a configurar los mundos que aparecen en las Noches Áticas. Véase a este respecto la siguiente obra de conjunto: L. Holford-Strevens y A. Vardi (eds.), The worlds of Aulus Gellius, Oxford 2004.
[2] Así lo señala G. Anderson en su ameno y documentado trabajo “Aulus Gellius: A Miscellanist and his World”, Aufstieg und Niedergang der Römischen Welt. Teil II. Principat. Band 34, Berlin-New York 1994, pp. 1836-1837.
[3] Gelio se inspiró para este capítulo en el libro VII de la Historia Natural de Plinio el Viejo. Por nuestra parte, hemos detectado, asimismo, ecos de la conocida carta de Plinio el Joven sobre los fantasmas (Plin., Epist. VII 27.7).

viernes, 6 de enero de 2012

Vida y cultura: comprender a Montaigne

No dejo de recordar, al poner título a este blog, la mítica revista "Cultura y vida", ligada a Néstor Luján y a su ilustrado "saber vivir". Ahora que los tiempos son malos, que nuestro nivel de vida se va a ver sensiblemente rebajado, sigo afirmando que, al menos para mí, el mayor lujo del que puedo disfrutar en mi vida es del de la cultura, en especial de la menos cara desde el punto de vista pecuniario. Leer a Montaigne es un placer indescriptible y mucho menos oneroso que algunos espectáculos insulsos. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Sí, resulta una gran pasión para mí poder leer a Montaigne. Recuerdo que en los lejanos años de 1992, cuando mi futuro era más que incierto en casi todos los sentidos, un buen amigo mío me dijo que iba a comprar la edición de Montaigne preparada por la prestigiosa colección francesa de La Pléiade. El precio, entonces y ahora, resultaba un tanto escandaloso, y mi economía, podéis creerme, no estaba como para adquirir muchos libros de la colección referida. Sin embargo, pensé que la vida sería mucho más generosa que lo que las tristes circunstancias de aquel momento me sugerían a corto pazo. Así que decidí pedir a mi amigo que encargara otro ejemplar para mí. Los libros sobreviven a las circunstancias, nos sobreviven incluso a nosotros mismos, y ahora, mutatis mutandis, estamos en una situación colectiva bastante semejante a lo que vivimos en 1992. Por esto he vuelto a mi querido Montaigne, porque los libros, al menos los ya comprados, pueden seguir leyéndose ya sin mayores gastos. Si esos libros no son de usar y tirar, como ocurre con las obras completas de Montaigne, estaremos ante lo que los econonistas llaman una gran inversión. He tenido ocasión, desde aquel entonces, de comprar más libros sobre Montaigne a lo largo de estos años. Unos han sido nuevos y otros los he adquirido en ofertas, como la preciosa edición de Los ensayos ilustrada por Dalí, y de la que ya tuve ocasión de hablar hace tiempo en otro blog. Una vez, en París, tuve la ocasión hasta de "arrodillarme" ante la estatua del gran humanista, tan cercana al Colegio de Francia, y ante la risa espontánea de unos japoneses que pasaban por allí. También me viene a la memoria la edición bilingüe que el CSIC publicó del Viaje a Italia. Me la compré con el dinero que me dieron en un desguace por mi viejo SEAT 127, que tantas penurias sufrió conmigo. Fue una forma de recordar aquel coche blanco, lleno de recuerdos, hasta hoy día, y de hacerlo pervivir más allá de su mera existencia como automóvil. Por cierto, que en aquel entonces no entendía la insistencia de Montaigne en sus dolencias, precisamente las que habían motivado su viaje. Montaigne padecía de piedra de riñón, y recorría balnearios para curarse probando diferentes aguas. Tan importante era ver Venecia (podemos ver un delicioso grabado del siglo XIX en la ilustración) como dar cuenta de una feliz deposición donde había podido expulsar algún que otro cálculo. Sólo cuando a mí me tocó sufrir ese mal, y tras padecer los dolores que, supongo, padeció el propio Montaigne, tuve una inteligencia cabal de aquel diario de viaje. Mi dolencia se había vuelto parte de una experiencia de mayor calado, no sólo sensible, sino también intelectual. Me puse en la piel de un viajero del siglo XVI que habló en Roma, durante una procesión, de la libertad de conciencia, que revisó libros de Virgilio y de Plutarco en la Biblioteca Vaticana y que, finalmente, intentó buscar alivio en "lugares donde se calma el dolor". POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 5 de enero de 2012

Habitar los textos, o el humanismo de Aulo Gelio

Hoy vamos a dedicar nuestra entrada a la posibilidad de releer los textos antiguos desde nuevas claves interpretativas que nos permitan, incluso, habitarlos. Esto es lo que ha ocurrido singularmente con las Noches Áticas de Aulo Gelio. Esta obra ha pasado de ser una mera cantera de datos a tener un argumento vital, de carácter humanístico. Creo que Gelio se hubiera alegrado al saber que, finalmente, lectores muy lejanos a él en el tiempo han logrado encontrar un sentido a la variedad de sus textos. Las Noches Áticas se convierten de esta forma en un lugar imaginario donde habitar, que no deja de ser una forma esencial de humanismo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Dedicado al profesor Ángel López, lector de Aulo Gelio
Hace unos años, junto a la Universidad Humboldt de Berlín, me acerqué a la estatua de Heinrich Heyne, el autor de las Noches Florentinas (en la fotografía). En aquel momento pude intuir igualmente esta sensación de habitar espacios literarios donde el tiempo se tiñe de la emoción de un lugar. Las noches se vuelven áticas o florentinas, es decir, se impregnan de un lugar y el tiempo especial de nuestras lecturas es capaz de trasladarnos a tales espacio imaginarios.
Desde que el latinista René Marache propuso en los años ´60 del pasado siglo XX la relectura de las Noctes Atticae en clave del llamado “humanismo geliano”, se ha puesto en evidencia la pluralidad de lecturas posibles que ofrece la erudición en Gelio. La interpretación de Marache, basada en la primacía de la moral y la doctrina de la limitación, fue contestada al menos parcialmente por Holford-Strevens, atendiendo a las incoherencias encontradas en las propias Noches Áticas entre la teoría y la práctica. Se ha seguido revisando la cuestión, y destaca en particular el trabajo de Beall (2004), que revisa la propuesta de Marache no tanto como la única posibilidad de lectura de las Noches Átcias, sino como una de las posibles en un contexto de intereses variados. Beall ha puesto de manifiesto la complejidad de valores que tiene la erudición dentro de la visión del mundo que ofrece Gelio: el saber sirve, entre otras cosas, para la propia felicidad, dentro de la consideración del ser humano como un fin en sí mismo (Beall 2004: 221). En todo caso, la formulación del “humanismo geliano” por parte de Marache y la nueva orientación de tales estudios sobre las Noches Átcias van arrojando desde hace unos años una nueva visión tanto de la persona de Gelio como de su obra, valorada en su conjunto y no como una mera compilación de datos. Esta nueva consideración de Gelio, propia de una filología menos positivista, nos invita a llevar a cabo interesantes indagaciones en torno a un autor que sigue mereciendo la discreta atención de estudiosos y escritores modernos. FRANCISCO GARCÍA JURADO

viernes, 30 de diciembre de 2011

Vidas cruzadas: Pedro Estala y Fray Vicente Navas

Hace unos días tuve la oportunidad de visitar en el Museo de Cádiz una interesante exposición titulada “El viaje andaluz de José I. Paz en Guerra”. Entre las personas que acompañaron al rey francés en su periplo por Andalucía, a finales del primer decenio del siglo XIX, estaba Pedro Estala, helenista y persona destacada de la Ilustración española de finales del siglo XVIII. En ese contexto también se inscribió la figura de Fray Vicente Navas, que moriría en Comayagua el mismo año en que José I llevaba a cabo su viaje. ¿Qué relación existe entre Pedro Estala y Fray Vicente Navas? Hay un dato concreto en cuya trascendencia llevo pensando durante estos días. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
La historia de los grandes sucesos suele venir acompañada de sombras personales, y a menudo pequeñas rencillas que se esconden tras decisiones aparentemente razonadas. Mientras estudio y profundizo en el significado que la obra de un ilustrado menor, Fray Vicente Navas, pudo tener en la España absolutista de Carlos IV, temeroso de los vientos revolucionarios que corrían por Francia desde 1789, tuve noticia, gracias a un libro de María Elena Arenas Cruz, de una censura negativa que Navas redactó contra la propuesta de un diario enciclopédico. Pedro Estala e Ignacio García Malo, ambos bibliotecarios, querían convertir la entonces incipiente historia literaria en un conocimiento práctico y moderno, ligado a los proyectos enciclopedistas provenientes de Francia. Todo esto ocurría en 1792, al tiempo que el propio Pedro Estala intentaba hacerse con un lugar propio en la Biblioteca de los Reales Estudios de San Isidro, gracias a la ayuda de su bibliotecario primero, Manuel de Miguel, y en detrimento del bibliotecario segundo, Cándido María Trigueros. Bajo el pseudónimo de Casto González Emeritense, Fray Vicente Navas publica igualmente ese mismo año de 1792 su Compendiaria Via in Graeciam y su Compendiaria Via in Latium, obras redactadas en latín que intentan transferir a España una materia que había nacido en las tierras septentrionales: la historia literaria de los autores griegos y romanos. Sus presupuestos, por lo que hemos podido deducir del texto que abre ambas obras, respondía perfectamente a los ideales absolutistas y a un uso concreto de la Antigüedad, el gusto neoclásico, que ponía en Horacio y Cicerón su ideal más excelso. Dos formas de concebir la historia literaria se enfrentaban, pues, en las figuras de Estala y de Vicente Navas: los modernos frente a los antiguos, y la novedosa enciclopedia frente a las antiguas configuraciones del saber heredadas de la filología de los siglos XVI a XVII. Navas aduce en su censura “que no espera desempeñen lo que ofrecen, y que aun quando fueran capaces de ello, convendría poner algunas limitaciones al plan de operaciones que han propuesto. 1ª ceñir la licencia que piden para recibir leer y extractar los impresos extrangeros a cierto genero de escritos, por el perjuicio que ve la universalidad podra resultar al Estado y a la Religion: y 2ª que en la noticia o extracto que den de las obras que vayan saliendo a luz asi fuera como dentro del reino no se metan a Censores.” Cabe adivinar en estas líneas el recelo de la tardía ilustración española siente ante la novedad de las ideas venidas de fuera, expresadas por uno de los exponentes más conservadores de ese pensamiento. El paso del tiempo sugiere que algo de esto pudo haber. Fray Vicente Navas, dominico, tuvo que regresar en 1793 hacia América para asumir las responsabilidad del obispado de Comayagua. Estala, que consiguió colmar sus ambiciones profesionales en los Reales Estudios de San Isidro, fue derivando hacia posiciones cada vez más liberales, cercano a personas como José Marchena. Así pues, se me ocurrió pensar, mientras recorría la exposición de Cádiz, cómo cada uno de estos pesonajes, Navas y Estala, vino a representar derroteros bien distintos de la historia de España: mientras uno recorría con José I una Andalucía que terminaría convirtiéndose en el imaginario de los románticos, el otro fallecía en la lejana Comayagua, en una América que ya hervía con las ideas de la independencia. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 26 de diciembre de 2011

Textos imaginarios, según Marcel Schwob

Nos refiere Aulo Gelio que, según un antiguo gramático, hay una diferencia clara entre "decir mentira" y "mentir". La diferencia está en la intención del que habla. Podemos mentir sin querer, o mentir a sabiendas. Los Mimos que compone el escritor francés Marcel Schwob a finales del siglo XIX pretenden completar los propios Mimos del poeta Herodas. Sus textos acababan de aparecer bajo las arenas del desierto. Frente a los mimos reales, los de Schwob jugaron con la ambigüedad del que miente un poco, pero no del todo. Hoy escribe FRANCISCO GARCÍA JURADO, HLGE.
Marcel Schwob recreó a un poeta admirador de Teócrito, Herodas ("Herondas" para él), poco después de que se hubieran descubierto y editado sus Mimos: “El poeta Herondas, que vivía en la isla de Cos bajo el buen rey Ptolomeo, envió hacia mí una delicada sombra infernal a la que había amado en este mundo. Y mi habitación se llenó de mirra, y un ligero soplo heló mi pecho. Entonces mi corazón se pareció al corazón de los muertos: porque olvidé mi vida presente. La amorosa sombra sacó de entre los pliegues de su túnica un queso de Sicilia, una frágil cesta de higos, una pequeña ánfora de vino oscuro y una cigarra de oro. Inmediatamente tuve el deseo de escribir mimos y sentí un cosquilleo en la nariz de las cocinas de Agrigento y el perfume acre de los puestos de pescado en Siracusa. Por las blancas calles de la ciudad pasaron cocineros arremangados, y muchachas flautistas de sabrosos pechos, y alcahuetas de pronunciados pómulos, y traficantes de esclavos de mejillas hinchadas por el dinero. Por las praderas azuladas por la sombra se deslizaron pastores, silbando y llevando brillantes cañas de cera, y queseras coronadas con flores rojas. Pero la amorosa sombra no escuchó mis versos. Volvió la cabeza en la noche y sacudió de entre los pliegues de su túnica un espejo de oro, una trenza de asfódelos, adormideras maduras, y me dio uno de los juncos que crecen en las orillas del Leteo. Inmediatamente sentí el deseo de la sabiduría y del conocimiento de las cosas terrenales. Entonces vi en el espejo la temblorosa imagen transparente de las flautas y las copas y los altos sombreros y los frescos rostros de labios sinuosos, y se me apareció el sentido oscuro de los objetos. Luego me incliné sobre las adormideras, y mordí los asfódelos, y mi corazón se lavó de olvido, y mi alma cogió a la sombra de la mano para descender al Ténaro. La sombra lenta y delicada me fue conduciendo por la hierba negra de los infiernos, donde nuestros pies se teñían de las flores del azafrán. Y allí añoré las islas en el purpúreo mar, las arenosas playas sicilianas rayadas de cabelleras marinas y la luz blanca de sol. Y la amorosa sombra comprendió mi deseo. Tocó mis ojos con su mano tenebrosa y vi subir a Dafnis y a Cloe, hacia los campos de Lesbos. Y experimenté su dolor de probar en la noche terrestre la amargura de su segunda vida. Y la Buena Diosa dio la rama de laurel a Dafnis, y a Cloe el favor del mimbreral verde. Inmediatamente conocí la calma de las plantas y la dicha de los tallos inmóviles. Entonces envié al poeta Herondas unos mimos nuevos perfumados con el perfume de las mujeres de Cos y con el perfume de las pálidas flores del infierno y con el perfume de las hierbas suaves y salvajes de la tierra. Así lo quiso aquella delicada sombra infernal.” (Mimos, traducción de Elena del Amo, Madrid, Siruela, 1997, págs. 103-104) Los mimos que aparecen a continuación son composiciones ficticias cuya verosimilitud viene avalada por los subtítulos griegos. En este caso, se han señalado afinidades con Pierre Louÿs, que había urdido libros apócrifos de tema griego como Poesías de Meleagro y Las canciones de Bilitis, publicadas el mismo año que los Mimos. En total, se trata de veinte mimos, con títulos como “El cocinero”, “La falsa vendedora”, “La golondrina de madera”, etc. Junto a los mimos más cercanos a su modelo griego, Schwob no puede evitar desarrollar sus habituales ejercicios de sincretismo de fuentes y de conferir a algunas de las piezas un sesgo dramático: “Mimo XIII LAS TRES CARRERAS Las higueras han dejado caer sus higos y los olivos sus aceitunas, porque algo extraño ha ocurrido en la isla de Escira. Una muchacha huía, perseguida por un muchacho. Se había levantado el bajo de la túnica y se veía el borde de sus pantalones de gasa. Mientras corría dejó caer un espejito de plata. El muchacho recogió el espejo y se miró en él. Contempló sus ojos llenos de sabiduría, amó el juicio de éstos, cesó su persecución y se sentó en la arena. Y la muchacha comenzó de nuevo a huir, perseguida por un hombre en la fuerza de la edad. Había levantado el bajo de su túnica y sus muslos eran semejantes a la carne de un fruto. En su carrera, una manzana de oro rodó de su regazo. Y el que la perseguía cogió la manzana de oro, la escondió bajo la túnica, la adoró, cesó su persecución y se sentó en la arena. Y la muchacha siguió huyendo, pero sus pasos eran menos rápidos. Porque era perseguida por un vacilante anciano. Se había bajado la túnica, y sus tobillos estaban envueltos en un tejido de muchos colores. Pero mientras corría, ocurrió ese algo extraño, porque uno después de otro se desprendieron sus senos, y cayeron al suelo como nísperos maduros. El anciano olió los dos, y la muchacha, antes de lanzarse al río que atraviesa la isla de Escira, lanzó dos gritos de horror y de pesar.” (Mimos págs. 116-117) El mimo combina de manera genial y sutil el mito de Atalanta e Hipomenes con el mito de las tres edades del hombre, frecuentado en la pintura por autores tan esenciales como Velázquez o, ya más cercano en el tiempo a Schwob, el romántico Gaspar Friedrich. Con la imagen de su obra hemos abierto precisamente este blog. Francisco García Jurado

sábado, 24 de diciembre de 2011

Patético, ¿ridículo?

Es una pena que nuestros alumnos, cuando acaso oigan hablar sobre la Sonata para piano en do menor “Patética” de Beethoven, entiendan que se trata de algo bien distinto de lo que el compositor alemán quiso expresar con su música. “Patético” no es “ridículo”, o no debiera serlo al menos, pero también es verdad que cuando confundimos una cosa con la otra es porque nuestra percepción del sentimiento ha cambiado radicalmente. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Un uso irónico, seguramente, y ya bien alejado de su sentido propio, es decir, de lo que el Diccionario de la Real Academia define como lo “Que es capaz de mover y agitar el ánimo infundiéndole afectos vehementes, y con particularidad dolor, tristeza o melancolía”, está trastocando un hermoso término de origen griego que tiene que ver, precisamente, con el sentimiento, y no necesariamente con la risa. Lo patético y el patetismo no tienen que ver con lo risible o lo ridículo, aunque la línea invisible que discurre entre el drama y la comedia siempre sea sutil. Mario Benedetti dice en La tregua (1960) algo que puede hacernos vislumbrar las razones por las que el término ha sufrido semejante desplazamiento semántico: “Era un gesto patético, sólo eso, un gesto que no llegaba nunca a parecer ridículo, porque en aquel rostro había, además, bondad.” El problema surge cuando la diferencia entre lo patético y lo ridículo se difumina para dar a entender una burda sinonimia entre ambos. Posiblemente, la confusión responde también a nuestro propios cambios en la percepción del arte y de los sentimiento que éste inspira, pues lo que en otro tiempo pudiera parecer estremecedor hoy se nos antoja simplemente ridículo. Nunca olvidaré el miedo que pasé al ver la película “El exorcista”. Cuántas noches de insomnio pasé recordando el rostro de la niña poseída, casi comparable a las pesadillas que me inspiraron las llamadas caras del Bélmez. Aquel miedo infantil fue compañero tan absoluto que jamás puede imaginar que, al cabo de unos cuantos años, otros chavales pertenecientes a generaciones posteriores a mí se reirían al ver a aquella niña girando su cabeza como si fuera un tuerca. Lo espantoso se había convertido en ridículo, y ante esa constatación sentí incluso vergüenza de haber tenido semejantes miedos. Posiblemente ya no entendemos lo que fue realmente lo patético, de igual manera que no sabemos ya comprender la estética de los cementerios del siglo XIX. Otra cosa es pensar en aquello que hoy nos conmueve, pues esto acaso es más ridículo que aquello que conmovió a las personas del pasado. FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 21 de diciembre de 2011

¿Marx o Montaigne? Lectura de Jorge Edwards

Acabo de terminar el libro titulado La muerte de Montaigne, del autor chileno Jorge Edwards. Su lectura, discreta, me ha deparado buenos momentos y algunas reflexiones pertinentes. Procuro no tener el libro conmigo ahora, cuando escribo precisamente sobre él, para que así sea tan sólo su conciencia lo que me inspire estas líneas. Tengo la impresión de haber leído un libro post-utópico. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Fue, por lo que recuerdo, en el diario EL PAÍS donde conocí la existencia y la obra de Jorge Edwards. La primera vez que lo leí, precisamente, fue a propósito de un pequeño ensayo sobre la figura de Séneca que me resultó muy útil para uno de mis estudios. Frente a los autores españoles del regeneracionismo, que seguían convirtiendo a Séneca en esencia de lo español, Edwards, en cambio, lo hacía ciudadano de cualquier lugar del imperio. Lo más sutil de todo es que aquel aserto no aparecía en la prosa de Edwards, era algo que yo mismo, como lector, podía encontrar de manera defectiva al calor de otras lecturas. Este carácter sutil de las cosas, de la elocuencia de lo tácito, me ha vuelto a la memoria tras la lectura del ensayo de Edwards sobre Montaigne, quien, no en vano, era también un gran lector y admirador de Séneca. Una vez más, un artículo en EL PAÍS, hace ya unos cuantos meses, me llamó la atención, pues no es normal, ni mucho menos, que un autor moderno dedique a Montaigne su atención consciente y explícita. Este artículo ahora se justifica perfectamente, pues era parte del estudio para la “novela”, según dice Edwards, que él mismo preparaba sobre el autor que llegó a ser alcalde de Burdeos.
No es fácil escribir algo esencialmente novedoso sobre Montaigne. Entre mis lecturas tenía el ensayito que Peter Burke había dedicado al humanista francés, o la biografía inacabada de Stephan Sweig, absolutamente conmovedora. Yo no llegaba al libro de Edwards, por así decirlo, como “homo novus”, es decir, cual “tabula rasa”. Llevo tiempo leyendo, releyendo, intentando asimilar a Montaigne, incluso soñando con su cuarto de trabajo en el castillo aquitano del que toma su nombre, y que algunas veces reconstruyo simbólicamente en mi vida para protegerme de la intemperie de lo zafio. Yo llegué a este libro ya como lector convencido, que es seguramente como llegan casi todos los lectores de obras ensayísticas. El libro de Edwards, manejable y portátil, me ha servido para recorrer lecturas ya pasadas de los propios ensayos de Montaigne y de su viaje por Francia e Italia. Me ha sorprendido lo mucho que Edwards ha leído de y sobre Montaigne, y sin ofrecerme ideas radicalmente novedosas me ha hecho pasar muy buenos ratos de lectura. Ahora regreso, por cierto, al Álbum Montaigne, que la lujosa colección de La Pléiade publicó hace un tiempo en torno a su época y su obra. Delicioso en grado sumo. Ahora recuerdo conmovido el viaje a Burdeos que hicimos hace unos cuantos meses, cuando estuve ante la gigantesca estatua de Montaigne, de igual forma que hice en París ante la estatua que hay en la Rue des écoles. Por diversas razones, he vuelto a justificarme en mi propio escepticismo ante las grandes ideas, los sistemas de pensamiento, las ideologías, las fes inquebrantables. Edwards establece una dicotomía que me ha resultado interesante: Marx, que crea un pensamiento para el futuro que termina ahogango (y ha ahogado) el presente, frente a Montaigne, que es un pensador de su presente, presente que se vuelve atemporalidad en manos de los lectores modernos. Nunca me convencieron, por ejemplo, mis maestros “progres” de los años setenta y ochenta, aquellos que convirtieron la política en mero dogmatismo, en una burda conjunción de buenos y malos, muy efectista para los jóvenes. Nunca me he creído la religión o esa otra forma de religión que es el comunismo. En cierto momento me sentí afín al anarquismo, quizá por razones sentimentales y familiares, quizá porque para mí el anarquismo es la infancia y mi abuelo. Por supuesto, tampoco creo en los “salvadores de la patria” de la derecha política. Qué solo, qué marginal me siento a veces en este sentido, apenas con la compañía de estos libros escritos por autores con los que suelo dialogar en mis viajes de autobús Me gustaría poder felicitar a Jorge Edwards por este libro que recrea, aún no lo he dicho, el posible amor de Montaigne con Marie de Gournay, ella tan joven y él tan viejo. Ella admiraba sus ensayos, y fue editora póstuma de la obra, una vez reescrita. En todo caso, se trata de un libro escrito más allá de las peligrosas utopías. FRANCISCO GARCÍA JURADO