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miércoles, 2 de julio de 2008

BAUDELAIRE Y ÉMILE EGGER EN MONTPARNASSE

La primavera de 2007 acudimos María José y yo a París porque era necesario, entre otras cosas, visitar el Museo Gustave Moreau, a fin de completar el catálogo de retratos imaginarios de poetas griegos hechos por este pintor. En otra ocasión hablaremos de ello. Hoy, quiero relatar la experiencia de la fama y la vanidad que, cómo no, también podemos ver en los propios cementerios.


El caso es que tenía ganas de visitar la tumba de Baudelaire en Montparnasse, el célebre cementerio parisino que atesora tantas tumbas de celebridades (otro día, también, hablaremos del equivalente madrileño). Sé que muchos turistas acuden a este cementerio en busca de sus escritores y artistas famosos. Lo cierto es que costó algo encontrar la célebre tumba, bastante discreta y escondida en lo que se llama la División Quinta. He de reconocer que si no es por María José no habría dado con ella, habida cuenta de mi despiste crónico.

Curiosamente, al principio, creí que la tumba sería más notoria, algo así como la que podéis ver ahora junto al texto. Pues bien, me acerqué primero a esta tumba, cuya fotografía contempláis y podéis ampliar, y comprobé que se trataba, nada menos, que de la tumba de Émile Egger, el célebre clasisista francés e historiador de la literatura clásica. Estas son algunas de sus obras:

Essai sur l'histoire de la critique chez les Grecs (1849)
Notions élémentaires de grammaire compare (1852)
Apollonius Dyscole, essai sur l'histoire des théories grammaticales dans l'Antiquité (1854)
Mémoires de littérature ancienne (1862)
Mémoires d'histoire ancienne et de philologie (1863)
Les Papyrus grecs du Musée du Louvre et de la Bibliothèque Impériale (1865)
Études sur les traits publics chez les Grecs et les Romains (1866)
L'Hellénisme en France (1869)
La Littérature grecque (1890).

Naturalente, hoy día casi nadie conoce a esta otrora gloria de la cultura y la ciencia de Francia. Sólo quienes tenemos como pequeños héroes a estos insignes filólogos somos capaces de comprender lo que pudieron ser y significar para su tiempo.


En comparación con la tumba de Baudelaire, enterrado junto a otros familiares, la tumba de Egger es con diferencia mucho más notoria. Además, el nombre de Baudelaire ni tan siquiera aparece al comienzo de la lápida. Si no fuera por las coronas y las flores que aún se depositan sobre el lugar en el que reposan los restos del autor de Las Flores del Mal no sabríamos, ciertamente, que esa es la tumba del gran poeta maldito.


Me gusta pensar, fabular más bien, que el filólogo Egger llevará años mirando de reojo, y no muy bueno, por cierto, el continuo trasiego de visitantes hacia la tumba vecina, la de un poeta "moderno" y poco digno, mientras que a él le ignoran, o le ven como uno de tantos personajes desconocidos de los siglos pasados.


Como bien supo ver Clarín en su cuento "Vario", dedicado a ese poeta famoso en la época de Agusto del que apenas se han conservado un par de versos, sería muy asombroso para algunas personas saber cuán olvidadas estarán al cabo de los años, en contraste con la efímera fama de la que han disfrutado acaso en vida.



Francisco García Jurado

HLGE

lunes, 30 de junio de 2008

LIBROS QUE ESTIMULAN NUESTRAS GANAS DE VIVIR


Algunas veces establecemos relaciones insospechadas con autores que jamás podremos conocer. Mi querido Aulo Gelio, habiendo vivido dieciocho siglos antes que yo, me viene acompañando desde hace tanto tiempo que la historia de su lectura se ha convertido ya en una suerte de relato autobiográfico. No sé muy bien si somos nosotros los que elegimos a ciertos autores o son ellos los que nos eligen a nosotros para que sigamos siendo su voz, para que los reinterpretemos en el contexto de nuevos lectores. Lejos de lo que suelen contar otros clasisistas, mi Aulo Gelio dialoga abiertamente con Julio Cortázar, con Bioy, Borges, o Marcel Schwob. En el fondo, he conseguido hacer de la necesidad virtud. Estas relaciones, ya lo sabéis, no son bien vistas por nuestros puristas, por los guardianes de la ortodoxia, y a veces es mejor callarlas.
Sin embargo, el día en que se me ofreció la oportunidad de hacer una antología de Aulo Gelio tuve dos certidumbres: la primera, que aquel ofrecimiento no era casual, y la segunda, que debía quemar los barcos y hacer una introducción bien diferente de lo que se esperaba para "un clásico". Así que me armé de valor y me puse manos a la obra. Gracias a algunas aventajadas lectoras del libro, de su original en ciernes, tuve la confianza suficiente de seguir escribiendo en esa línea. Así que mi Gelio comienza con una aguda reflexión de Ortega acerca del ensayo moderno. Por supuesto, mi Gelio iría emparejado también a Montaigne, cuya edición ilustrada por Dalí venden ahora en oferta por una cantidad ridícula.
Con Gelio he vivido y viajado. He buscado sus ediciones de Teubner en librerías de Berlín (al final aparecieron en Amsterdam), encontré en Málaga una preciosa edición posrenacentista de 1609, y he ido construyendo una feliz biblioteca geliana, llena de recuerdos. Ahí están los dos tomos bilingües, latín e italiano, de la BUR, que se publicó en Italia en 1992. Qué años, y qué mes en Bolonia, lleno de incertidumbre.
La portada del libro de Alianza presenta el perfil de un hombre, sacado de un grabado antiguo, del que emergen plataformas petrolíferas. El día que pude ver por primera vez el libro era el día mundial del Alzheimer, y supe que aquella portada tampoco era casual.
Me ha hecho muy feliz, finalmente, ver la portada de este libro, acaso mío, en el suplemento literario de ABC del sábado 28 de julio de 2008. Luis Alberto de Cuenca ha hecho una reseña que me ha emocionado hasta la médula. Le he dado las gracias. Es lo menos que podía hacer.
Mi vídeo de Gelio resume muchas cosas aquí contadas
francisco garcía jurado
hlge