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sábado, 28 de julio de 2012

Agra y el Taj Majal: la belleza sin contexto

No por haberse reproducido en millones de fotos, ni por haberse convertido en el icono de la India más turística, el Taj Majal deja de ser menos bello. La historia romántica que sustenta esta construcción mogola del siglo XVII queda, no obstante, aislada en el tiempo y rodeada de podredumbre urbana. Por ello, conviene recordar también en qué contexto urbano se sitúa esta maravilla. POR FRANCISCO GARCÍA JURADOEl paso previo por otras ciudades de la India ya nos había vacunado para enfrentarnos a un nuevo lugar contaminado, sucio y agresivo. Agra, antigua capital mogola y, junto a Delhi y Jaipur, parte del llamado “triángulo dorado”, no nos decepcionó a este respecto. Se trata de una ciudad de crecimiento desmesurado, regularmente fea y adornada en ciertas glorietas con pequeñas estatuas conmemorativas y policromadas que le confieren un toque infantil. Agra, una vez más, era un ciudad, intransitable para los amantes del paseo urbano, como somos María José y yo. Nuestra primera toma de contacto con aquel medio estuvo motivada por la necesidad que dos de nuestras compañeras de viaje tenían de hacerse una fotografía para el visado de Nepal, a donde iríamos un par de días más tarde. Al bajar del autobús, acudió la acostumbrada multitud de vendedores, pedigüeños y curiosos. Somos dinero, somos cosas, somos raros. Así es como generalmente se nos ve. Al final llegamos al hotel y allí tuvimos una agradable sorpresa, pues desde la ventana pudimos ver, convertido en realidad, ese milagroso prodigio de belleza que es el Taj Majal. Aquella hermosa tumba del siglo XVII, dedicada a una esposa, contrasta, en la distancia, con el contexto de una ciudad anodina y contaminada. Al salir de la burbuja del hotel comienzan, naturalmente, las ofertas de los taxistas, que son capaces de acompañarte durante largos trechos manteniendo un tenaz pulso. Un vez más, olor a gasolina no refinada, casas y tiendas amontonadas, y calles sin luz cuando anochece. A pesar de todo ello, logramos llegar hasta las inmediaciones del monumento y vislumbrar en la oscuridad alguna de sus cúpulas. Tuve una sensación semejante a cuando vimos al anochecer la Ciudad Prohibida de Pekín. El monumento, sencillamente, vive asediado por una ciudad de desarrollo insostenible. Tan sólo un lado del Taj da al río, pero este lugar es ahora inaccesible por el miedo a un atentado terrorista. Cuando intentamos rodear el gran conjunto monumental por la parte urbana nos internamos en un laberinto de callejuelas sucias y malolientes. Al día siguiente, tras severos controles de acceso, disfrutamos del edificio como cualquier turista. El recinto está inmaculado, y el visitante, generalmente, llega hasta allí en pequeños autobuses. Todo está pensado para no tener apenas contacto con la sucia realidad que lo rodea, pero esa sucia realidad también lo define, en su radical contraste. Por la tarde, al fin dimos un paseo por una suerte de avenida que terminaba en el mismo lugar a donde acudimos por la mañana. Vimos elefantes y vacas, y hasta nos sentimos bien a pesar de las constantes ofertas de taxistas y vendedores. Es bueno pasear por los lugares, obtener una dimensión humana de ellos, a pesar de que a veces esto supone un esfuerzo considerable. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 26 de julio de 2012

Una tarde en el Museo Histórico de Estocolmo: reflexiones sobre la Historia

Hace unos días visitamos el Historiska Museet, en la bellísima ciudad de Estocolmo. Aprovechamos la circunstancia de que los viernes por la tarde es gratuito. Además de todo lo que esperaba ver en él (la sección de los vikingos, o la sala de antiguas joyas de oro, en especial) hubo algo que me sorprendió gratamente, acaso por inusitado: una sección dedicada a reflexionar sobre la Historia como tal. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Mi curiosidad se alió a la capacidad que todavía conservo de sorprenderme ante lo bueno. Estando en las salas dedicadas a los vikingos, observo que hay una puerta que da acceso a otro lugar. No pude resistir la tentación. Accedí a una suerte de amplio e iluminado pasillo donde podían encontrarse unas pequeñas salas dedicadas, ni más ni menos, que a reflexionar sobre la Historia y sus enseñanzas. Accedí a la primera de ellas. Me encontré entonces rodeado de grandes expositores donde tan sólo podía verse un único objeto en cada uno de ellos. Un cráneo, un antiguo casco guerrero, eran dos de las piezas que creo recordar. Al acercarme a la parte trasera de los expositores observo que las letras de molde (en sueco e inglés) nos relatan las diferentes interpretaciones que ha ido recibiendo cada pieza por parte del estudio histórico. El antiguo casco, por ejemplo, servía para mostrarnos cómo se había ido construyendo el "imaginario vikingo" a partir del siglo XIX. Realmente, aquella salita, en su discreción e ingenio, podría haber servido de irónico homenaje a historiadores como Ranke, tan partidarios de contar la historia "tal como fue", pues aquellos objetos cambiaban como por arte de magia a medida que iban recibiendo nuevas miradas. En otra salita pude ver una reflexión bien distinta, esta vez acerca de los grupos humanos y las familias. Qué es una familia, o qué consideramos una "familia normal" eran las inquietantes preguntas que se nos formulaban a través del tiempo, a la vez que sugerentes imágenes y objetos cotidianos nos iban dando cuenta de posibles formas de convivencia humana. Ya fuera de este ámbito, nos sorprendió mucho también la exposición temporal que en ese momento se ofrecía al público, basada en una suerte de cronología de la Histoira de Suecia. Como si de una cinta métrica se tratara, fuimos recorriendo años y siglos por una línea del tiempo que nos llevó desde las épocas más antiguas hasta casi el futuro, que ya dejaba el suelo y se perdía por una pared. María José me comentó que había algo desconcertante en esta exposición, como era el hecho de que no fuéramos capaces de distinguir en muchas ocasiones una pieza del museo de uno de los muchos objetos que allí había para experimentar y tocar. La museografía ha roto el mito del museo santuario, aunque la sala de las joyas de oro que puede encontrarse en un mangífico sótano  acorazado tiene todo el aspecto de santuario. Aquella tarde el museo estaba repleto de niños, muchos de los cuales participaban de las actividades infantiles dentro de un precioso y amplio patio central. Algunos tiraban con arco, como los propios vikingos. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 23 de julio de 2012

Varanasi, al final del camino (viaje sentimental)

Cuando llegamos a la ciudad sagrada de Varanasi, la antigua Benarés, sentí una suerte de miedo propio de la infancia. Necesitaba que la realidad terminara recolocando las imágenes oníricas, casi visionarias, de los cadáveres junto al río Ganges. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Es ese mismo miedo que sienten los niños cuando vislumbran un cementerio al anochecer, ante el misterio inexplicable del fin de nuestras vidas. Así llegué a Varanasi, cansado ya de un largo viaje por el norte de la India, desde la parte occidental. Ahora nos aproximábamos al río sagrado y, en patircular, al lugar de las cremaciones en uno de estos lugares que se derraman sobre el río, los "Ghats", con sus interminables escalinatas. Quizá fue uno de los momentos más duros e imborrables de nuestro viaje a la India. Varanasi, sin embargo, es una ciudad llena de personas vivas, algunas muy jóvenes, que recitaban la venerable lengua sánscrita en pequeñas escuelas que encontramos casualmente mientras recorríamos las tortuosas y olorosas calles. Poco a poco se iba poniendo el sol, pero la oscuridad provenía más bien de las techumbres que pendían sobre nosotros a medida que nos acercábamos a un lugar singularmente oscuro, donde los intocables venden troncos de madera para las incineraciones. Alguien nos advirtió de que había que apagar las cámaras de fotos y los vídeos y, de repente, un grupo de hombres nos adelantó portando un cadáver envuelto en ropajes de color naranja del que casi pudimos sentir su textura, al pasar tan cerca. Ahí estaba ya el primer aviso de la muerte. Al fin vimos el Ganges, como contraste a tanta angostura, pero estábamos en el "Ghat" de las incineraciones. Era, por tanto, un "Ghat" renegrido por el humo que emanaba de los troncos y los cadáveres, bañados poco antes en el río sagrado. Un ruido seco condujo nuestras miradas hasta un hombre que acababa de romper el cráneo a un cadáver junto al río. De esta forma, según se cuenta, su alma queda liberada. Un poco más allá otro cadáver ardía desprendiendo cenizas y calor, y ya podían entreverse sus huesos descarnados. Ardían los cadáveres casi de continuo, y algunos familiares lloraban, mientras otras personas miraban desafiantes a los turistas e incluso les exigían dinero por alterar su intimidad mortuoria. El Ganges tiene un indefinido color parecido al café con leche, y da la sensación de ser un agua espesa. Al fín tenía sensaciones táctiles y ponía en mi retina imágenes reales que sustituían al ensueño temeroso de la muerte ante el río. Ahora la sensación de calor y de agobio vencía al miedo infantil, tan arcano e irreal. Al día siguiente, al amanecer, recorrimos en barca los otros "Ghats" de Varanasi, muchos de ellos rosados y coloridos. Reinaba la calma sobre el agua, y los vivos se bañaban aparentemente dichosos. Francisco García Jurado