Share It

sábado, 10 de julio de 2010

PETERSBURGO A CONTRALUZ

Seguimos contando circunstancias de viajes a partir de algunas fotografias especialmente recordadas. Hace unos días, en la exposición sobre Turner que ahora se puede ver en el Prado, me vino a la memoria la fotografía que ilustra este blog. El contraste entre la luz y las sombras, entre las líneas horizontales y las que se elevan al cielo da forma a una determinada sensación, como es la creo que se plasma en esta imagen. Petersburgo, tras la dureza de Moscú, fue un gran regalo para los viajeros y estuvo a la altura de nuestras expectativas. Nos devolvió la serenidad. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.
Fue en Moscú donde encontré, no sin ironía, una nueva categoría hotelera: "hotel con desencanto". Hace unos años no estaban tan extendidas las páginas web de reserva hotelera que permiten saber la opinión de los usuarios. Lo que creímos que sería un hotel aceptable vino a ser casi una cárcel, a las afueras de Moscú, y bastante peligroso en sus alrededores. A ello se añadieron varios días de lluvia y una ciudad bastante dura de recorrer. Algo tan sencillo como intercambiar una sonrisa, la sonrisa que podemos intercambiarnos entre personas desconocidas por cortesía, allí es sinónimo de desconfianza o debilidad y, naturalmente, no es correspondida. Menos mal que poco a poco logramos encontrar pequeños encantos, como la casa de Leon Tolstoi o la ruta de Bulgákov, que nos llevó al Estanque del Patriarca, y casi pude olvidarme de que estábamos en Moscú. Cuando al fin salimos de la ciudad, una noche, en el compartimento de un tren, el "Flecha roja", este hecho supuso para mí una liberación. A pesar de que el recibimiento de nuestro conductor por la mañana no fue precisamente bueno, San Petersburgo mostró ya de principio su lado amable. Aquello era otra ciudad, y allí pudimos pasear más tranquilamente, a pesar de que el tránsito rodado llegaba a ser a menudo insufrible. Llegar, por ejemplo, a la mítica Estación de Finlandia, supuso cruzar por un lugar no muy seguro, y pensé que, con este tráfico, hoy día a Lenin le hubiera sido imposible llegar hasta la ciudad desde su puno de llegada. Los canales de la ciudad, por cierto, me devolvieron sentimentalmente a Ámsterdam y a mis paseos de estudiante Erasmus, y tuve el placer de recordar una ciudad dentro de otra. Pero lo que más me gustó fue la luz de Petersburgo, gracias a la cual pude captar algunas imágenes espectaculares como la que se ve al comenzo. En Petersburgo, además, tomé una decisión transcendental para mi futura vida profesional y la de otra personas cercanas a mí. Allí comenzó a forjarse el proyecto de historiografía de la literatura grecolatina, precisamente una mañana paseando por las salas del Hermitage. Allí dejé enterrado un problema que había llevado desde Madrid. Creo que, vista ahora de manera retrospectiva, esta fotografía refleja alegría combinada con la serenidad del ánimo. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 8 de julio de 2010

DE L'ALLEMAGNE


No en vano estos días he recordado más de una vez a una inteligente mujer que vivió entre los siglos XVIII y XIX: Madame de Staël. Esta impar mujer tuvo la ocurrencia de escribir un libro sobre Alemania en un momento en que Francia, bajo el imperio napoleónico, vivía grandes tensiones con el país vecino. Elogio a contracorriente y peligroso, es verdad, pero por ello elogio más sincero. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

Corría el año de 1810 cuando Madame de Staël publicó su libro sobre Alemania, que no tardó en convertirse en un libro perseguido. En él, por cierto, se reconoce de manera novedosa algo que hoy nos parece tan natural: que el gusto estético no es universal, y que depende de las naciones. Alemanes y franceses constituirían, pues, diferentes formas de entender el arte. Staël, gran viajera y conocedora de las tierras teutonas, quedó admirada ante el incipiente romanticismo, ante aquellos filósofos profundos, aquellas ciudades de cultura, como Dresde. Era, no en vano, la época en que se asientan las bases del humanismo moderno, de la renovación de la filología clásica, o de la nueva universidad, la que se vuelve científica al calor de los tilos de una bella avenida berlinesa. Es posible que hoy mis lectores reconozcan la circunstancia que motiva este inesperado texto. Dentro de unos años, si alguien llega a estas líneas, habrá olvidado la anécdota inmediata, pero no por ello dejarán de tener senido las palabras de afecto que aquí se expresan. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE