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sábado, 28 de febrero de 2009

CLARÍN, O LA ANTIGÜEDAD SIN FRONTERAS


Hace dos semanas que he comenzado a impartir un curso sobre Ovidio en la Complutense, donde estamos traduciendo y comentando textos bellísimos y fundamentales del libro primero de sus Amores. Expreso a mis alumnos que estas clases deben servir para algo más que para aprobar un examen, que Ovidio es un poeta universal (y este calificativo lo pongo por delante incluso de "latino" o "clásico"), y pretendo que la lectura de sus poemas les enseñe algo útil para la vida, para su propia visión del mundo. No en vano, al plantear a Ovidio de esta manera, me ha venido a la memoria un texto de Clarín donde nos habla de su maestro Alfredo Adolfo Camús como inolvidable profesor de literatura latina. Los clásicos, Plauto en especial, eran para Camús sus contemporáneos, y no ponía fronteras a sus clases de literatura griega y latina. Este texto debe leerse, es cada vez más necesario:


“Para el profesor de literatura clásica de la Central, Plauto es un contemporáneo; las alusiones del poeta, para nosotros oscuras muchas veces, son transparentes para Camús; así no os extrañe que mientras los demás bostezan oyendo a Sosias o a Demeneto, él sonría con malicia y guiñe el ojo a Cañete, v. gr., que se quedará tan serio.
Hay dos clases de eruditos: los que aman la antigüedad en odio a lo moderno, y los que, ansiosos de conocer la belleza donde quiera que esté, se toman el trabajo de estudiar la antigüedad para conocer también sus obras notables. Camús es de estos últimos. En sus cátedras de literatura latina y de literatura griega no hay fronteras; se habla de todas las literaturas; en el examen se pregunta el argumento de El Mercader de Venecia y la intención de Atta Troll de Heine.
No ha habido afectación ni pedantería en la empresa llevada a feliz término por los discípulos del anciano ilustre; para Camús no hay más atrevimiento en resucitar a Plauto que en resucitar a Tirso. En España parece esto muy extraño, y es porque aquí los eruditos casi siempre han sido pedantes y oscurantistas; han amado lo viejo, sin entenderlo, en odio a lo nuevo; y de ahí esa protesta general de las fuerzas vivas del ingenio español contemporáneo. Por desgracia la reacción ha ido demasiado lejos, hemos corrido contra el enemigo verdadero y contra quien no lo era. Con el dómine hemos derrotado a Horacio. ¡Horacio! ¡Un poeta más moderno que muchos de los que hoy pretenden representar el lirismo del siglo! (...)” (Leopoldo Alas «Clarín», “Palique. Plauto en escena”, publicado en La Unión, nº 373, 14 de diciembre de 1879)


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

jueves, 26 de febrero de 2009

SI ME OBLIGARAN A ELEGIR UN POETA: MACHADO Y VIRGILIO


No soy muy dado a la celebración de los centenarios y mucho menos a dedicarme a conmemorar cualquier acontecimiento que tenga un cifra redonda por el mero hecho de hacerlo. Eso se lo dejo a los profesionales de las conmemoraciones culturales, que para eso cobran. Sin embargo, dado que nos hemos hecho eco de Poe, no quisiera olvidar que el domingo pasado se cumplieron los 70 años del fallecimiento de Antonio Machado en Francia. Así pues, he querido traerlo a nuestro espacio de lectores audaces, precisamente, en calidad de admirable lector de Virgilio. Voy a evocar un momento más feliz de la vida de Antonio, los años en que escribió un libro singular sin pretenderlo. Entre 1919 y 1924, Machado estuvo reuniendo notas en un cuaderno que lleva el título de Los complementarios[1]. La recopilación, que se abre significativamente con una cita virgiliana (Ecl. 1,28 candidior postquam tondenti barba cadebat[2]), ofrece luego una emotivo comentario acerca del poeta latino al que siguen cinco versos muy bien escogidos de la Eneida:

“Virgilio. Si me obligaran a elegir un poeta, elegiría a Virgilio. ¿Por sus Églogas? No. ¿Por sus Geórgicas? No. ¿Por su Eneida? No.

1º Porque dio asilo en sus poemas a muchos versos bellos de otros poetas, sin tomarse el trabajo de desfigurarlos.
2º Porque quiso destruir su Eneida ¡tan maravillosa!
3º Por su gran amor a la naturaleza.
4º Por su gran amor a los libros.

Ibant obscuri sola sub nocte per umbram,
perque domos Ditis vacuas, et inania regna;
quale per incertam lunam sub luce maligna
est iter in silvis, ubi caelum condidit umbra
Jupiter, et rebus nox abstulit atra colorem.

Eneida = Canto VI”

(Antonio Machado, Los Complementarios, edición crítica por Domingo Ynduráin, Madrid, Taurus, 1971, p.34 de la transcripción y 14R del cuaderno de Machado)

El texto citado presupone la conciencia por parte de Machado de una arraigada tradición crítica cuyo desarrollo final ha tenido lugar en el siglo XIX. Para empezar, no se decanta por ninguno de los géneros poéticos (épica, poesía pastoril y poesía didáctica) que cultiva Virgilio en sus tres conocidas obras, sino por el poeta en sí, considerado en su unidad por encima de tales géneros. Ante una apreciación como esta no podemos menos que acordarnos de la concepción estética de Benedetto Croce cuando reacciona con su idealismo contra el positivismo de la historiografía literaria[3]. Los cuatro breves comentarios que siguen enumerados contemplan cuatro facetas fundamentales del poeta. La primera ("1º Porque dio asilo en sus poemas a muchos versos bellos de otros poetas, sin tomarse el trabajo de desfigurarlos") concierne a la cuestión, tan propia de la estética romántica, de la originalidad del poeta. Machado invierte por completo el juicio negativo de Virgilio como plagiario para elogiar, precisamente, esta faceta con la bella metáfora de dar asilo a versos ajenos. En segundo lugar, la nota biográfica ("2º Porque quiso destruir su Eneida ¡tan maravillosa!") concierne al viejo problema, ya recogido por los testimonios de las Vitae Vergilianae, de la intención que tuvo el poeta de quemar su poema épico, donde, más allá del hecho en sí, se nos escapan la motivación que empujó al poeta[4]. El tercer apunte ("3º Por su gran amor a la naturaleza"), responde a un asunto crucial de la estética decadente, precisamente cuando rompió con la idea de que el arte fuera una imitación de la naturaleza[5], y merced al cual Huysmans consideró a Virgilio como un poeta doblemente negativo, ya que era paradigma del clasicismo y cantor de las cosas del campo. La cuarta apreciación ("4º Por su gran amor a los libros") nos coloca ante un poeta que es también lector y amante de los libros, al igual que lo es de la naturaleza, sin fisuras entre uno y otro aspecto. Finalmente, los cinco versos que coronan el apunte (Aen. 6, 268-272)[6], suponen el resultado de una lectura personal en la que se ha hecho un loable ejercicio de selección. Resulta curioso que la famosa hipálage del primer verso (Ibant obscuri sola sub nocte), donde el adjetivo obscuri correspondería por sentido lógico al sustantivo nocte, fuera también motivo de admiración para Jorge Luis Borges, que evoca constantemente al poeta latino al final de su vida, como recuerdo indeleble de su adolescencia en Ginebra, que es cuando leyó en la escuela sus versos[7].
Es admirable este pequeño texto por la complejidad que subyace en su aparente simplicidad.
Francisco García Jurado
H.L.G.E.

[1] "Según consta en la primera página del manuscrito fue escrito el cuaderno entre los años 1919-1924 en Madrid y Baeza, lo que no impide que llegue hasta el año 25 y que escribiera en otros lugares." (Domingo Ynduráin, Introducción a Antonio Machado, Los complementarios. Transcripción, Madrid, Taurus, 1971, p.11).
[2] En traducción de Vicente Cristóbal: "cuando, afeitándome, ya más canosa caía mi barba". La cita de Machado al comienzo del cuaderno puede hacer alusión a su propia edad en ese momento.
[3] Elena Arenas Cruz hace un clarificador recorrido por esta delicada cuestión de los géneros en su trabajo "La teoría de los géneros y la historia literaria", en Mª del Carmen Bobes et alii, La historia de la literatura y la crítica, Salamanca, Ediciones Colegio de España, 1999, pp. 159-188.
[4] En este punto, nos parece de obligada lectura el trabajo de José Luis Vidal titulado "Por qué Virgilio quería quemar la Eneida..., si es que quería", publicado en HVMANITAS in honorem Antonio Fontán (Madrid, Gredos, 1992, pp. 479-484). En este trabajo se repasa la cuestión desde los testimonios positivos procedentes de las Vitae hasta la interpretación puramente hermenéutica del novelista Herman Broch en su obra titulada La muerte de Virgilio.
[5] Para este asunto, puede consultarse el documentado trabajo de Hans Robert Hauss titulado "El arte como anti-naturaleza. A propósito del cambio de orientación estética después de 1789", en Darío Villanueva (comp.), Avances en Teoría de la Literatura, Santiago de Compostela, Universidade 1994, pp. 117-148.
[6] En traducción rítmica de Agustín García Calvo, tales versos suenan como sigue:

"Iban oscuros
por bajo la sola noche por entre
sombra y la yerma mansión de Plutón
y el reino vacío,
tal como en luna incierta
bajo la luz hechizada
se entra al bosque,
a la hora que hundió en las sombras el cielo
Júpiter y el color
robó a las cosas la noche."

[7] Carlos García Gual, "Borges y los clásicos de Grecia y Roma", Cuadernos hispanoamericanos 505-507, 1992, p. 341

lunes, 23 de febrero de 2009

EL TESORO ARQUEOLÓGICO DE LA HISPANIC SOCIETY OF AMERICA


El pasado viernes 13 de febrero mi compañera Paloma y yo acudimos al Museo Arqueológico Regional de Alcalá de Henares con nuestros alumnos para visitar la exposición titulada “El tesoro arqueológico de la Hispanic Society of America”. El grupo tuvo que dividirse por las dificultades de movimiento de una de nuestras alumnas. Así que mientras Paloma acompañaba a esta alumna en el taxi, el resto (18 alumnos), nos dirigimos a esta ciudad, Patrimonio de la Humanidad, en el tren de cercanías. Aunque el viaje es largo desde Leganés (una hora y media, incluyendo trasbordos) el camino se vio amenizado por cierto individuo que en el vagón bailaba y golpeaba con buen ritmo su bastón, todo ello previo pago de ciertas monedas.
Desde la estación de tren de Alcalá hasta el Museo Arqueológico hay un paseo muy agradable a través de la calles Libreros y Mayor, por las que se puede ver y visitar entre otras cosas el Instituto Cervantes junto a una preciosa iglesia jesuita, o la casa de Cervantes. Al final de estas calles, y dejando la catedral a nuestra izquierda, nos dirigimos a la plaza de las Bernardas, donde se encuentra el Museo Arqueológico Regional, antiguo convento de los Dominicos de la Madre de Dios y cuya construcción data de los siglos XVII y XVIII.
Con motivo del centenario de la creación en 1908 del Museo de la Hispanic Society, situado a orillas del río Hudson en Nueva York, ha llegado a España por vez primera una parte del legado de la Hispanic Society, creada en 1904 por el coleccionista y amante de España Archer M. Huntington. Decía Susan Sontag con gran acierto en su novela El amante del volcán a propósito de los viajeros ingleses, franceses y alemanes que llegaban a Italia, como es el caso de Sir William Hamilton (el Cavaliere) o Goethe que “Viajar es comprar. Viajar es saquear. Nadie que vino aquí se marchó sin ningún tipo de colección”. Y algo parecido sucedió en el caso de España. Viajeros como Huntington, Bonsor o el bibliófilo y novelista francés Charles Nodier, que llegó a nuestro país en busca de libros antiguos, también se llevaron “recuerdos” de estas tierras a sus países de origen.
El amor de Huntington por España, un joven de familia culta y acomodada, le llegó a través de la lectura de otro gran viajero británico, George Borrow, famoso por su libro La Biblia en España, traducido al español por Manuel Azaña. Así que Huntington vino a nuestro país y lo recorrió hasta llegar a Andalucía, donde entró en contacto con otros estudiosos y arqueólogos, entre ellos el anglo-francés Bonsor, descubridor de la necrópolis de Carmona. A partir de este momento la amistad entre ambos resultará muy fructífiera. Intercambiarán dibujos y estudios y Bonsor podrá publicar numerosas obras a través de la Hispanic Society creada por Huntington. Pues bien, la muestra, pequeña pero enjundiosa, comienza por una introducción al personaje, al coleccionista, a su biblioteca y a los amigos que encontró en España: Sorolla, Galdós o José Gestoso, entre otros. A continuación encontramos expuestas numerosas piezas en bronce, enmarcadas dentro del contexto del edificio sede del Museo de la Hispanic Society en Nueva York, y podemos disfrutar de numerosas fotos de este edificio neoclásico y de su ubicación en la gran ciudad tomadas desde Google Earth.
La tercera parte de la muestra está dedicada a piezas concretas de la colección a las que hay que añadir objetos pertenecientes a colecciones particulares, como la de la condesa de Lebrija, o piezas del Museo Arqueológico de Sevilla. Para terminar la muestra, ésta se cierra con una descripción y mapas de los diferentes yacimientos en los que colaboró nuestro protagonista, y nos ilustra por medio de ejemplos concretos de cómo han sido halladas diferentes ánforas y vasijas, de cómo han sido desenterradas y de su posición estrática. En fin, toda una muestra de lo que ha supuesto el estudio de la arqueología en España en el siglo XIX. Quienes no están iniciados en cuestiones historiográficas piensan que una exposición dedicada, precisamente, a un coleccionista, por egregio que este sea, es algo banal. Muy al contrario, como bien sabemos los que trabajamos en el grupo de Historiografía de la literatura grecolatina en España, tales circunstancias se terminan convirtiendo en argumentos.
Al día siguiente, aprovechando la visita de mi familia procedente de Sevilla, Paco y yo decidimos que sería una buena idea llevarlos a Alcalá, visitar la exposición y el museo y recorrer esta preciosa ciudad universitaria. También pude disfrutar con mis sobrinos del crotar de las cigüeñas en la preciosa plaza de las Bernardas. Al atardecer y para terminar este día tan intenso, nos acercamos a la Casa de Hippolytus a visitar este antiguo colegio de jóvenes.


Maria Jose Barrios
H.L.G.E.