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sábado, 18 de agosto de 2012

Samarcanda, o la ciudad a través del espejo

Hay lugares que rememoran otros lugares más cercanos y que no pueden dejar de hacernos recordar momentos de nuestra infancia. Eso es lo que me sucedió cuando hace unos pocos días paseábamos al atardecer por la mítica Samarcanda. POR MARÍA JOSÉ BARRIOS CASTRO
De cada lugar que visitamos Paco y yo siempre buscamos en ellos algo en lo que podamos encontrar un motivo de afinidad o un sentimiento de que aquello que vemos no nos es completamente ajeno. De este modo, cada recorrido siempre tiene como meta hallar un lugar que nos haga recordar y nos sitúe; esta búsqueda puede ser una iglesia, un centro de investigación, una sociedad geográfica o un museo, por citar tan sólo algunos ejemplos. Así pues, tras las visitas acordadas con el guía, por la tarde decidimos dar una vuelta por Samarcanda y recorrer el barrio judío en busca de la sinagoga. Salimos del hotel paseando por el agradable boulevard de la Universidad hasta llegar a la hermosa plaza del Registán, y allí, con el mapa en la mano, por la calle peatonal Tashkent buscábamos una salida a la calle Abu Laiz Samarqandiy. Sin embargo, mi sorpresa fue cuando nos dimos cuenta de que para acceder a esta calle había que cruzar una puerta. Era como atravesar un decorado para acceder a otro mundo completamente diferente; la ciudad de Samarcanda, la real, está escondida detrás de unos paneles de color crema que dan al turista la impresión de hallarse en un cuento de las mil y una noches. Mas cuando atraviesas esos paneles, la realidad que se ofrece, con niños semidesnudos jugando al fútbol en una plaza, casas viejas pintadas de cal, calles mal empedradas, y ancianos musulmanes sentados junto a la mezquita, te devuelven, como si recibieras un tortazo, a un mundo del que eres totalmente consciente.
La razón de ocultar esta realidad no la conozco, quizá sea porque el gobierno no quiere que el turismo vea una Samarcanda que no correspondería con sus expectativas, o tal vez porque hay un interés político de propaganda. El hecho es que cuando nos acercamos a la puerta de acceso a este otro mundo me llegaron recuerdos muy dispares. Lo primero que recordé fue un sueño que tuve cuando era pequeña y visité por primera vez las ruinas de Itálica en mi ciudad natal. En esa visita, una de las cosas que debió de impresionarme más, de hecho motivó el sueño, fueron las huellas de dos pies grabadas en la piedra. En el sueño, al pisar las huellas atravesaba una Itálica en ruinas para encontrarme una Itálica del s.I a.C. Y como en Alicia a través del espejo nada era lo que parecía. Evidentemente, tampoco pude evitar comentarle a Paco la sensación de sentirme como Alicia al pasar de un decorado al otro. Y es que Samarcanda es una mezcla de ciudades invisibles, como aquellas de las que nos habla Italo Calvino en su libro del mismo título. Samarcanda es Sofronia, la ciudad compuesta de dos medias ciudades, una tiene la gran montaña rusa de ríspidas gibas, el carrusel con el haz estrellado de sus cadenas, la rueda con sus jaulas giratorias, la otra media es de piedra y mármol y cemento, pero Samarcanda es también Melania, la ciudad teatro, donde el diálogo se repite una y otra vez, cambian los actores pero el decorado es el mismo. Quizá no estemos ante una Samarcanda real y otra inventada, quizá las dos sean reales o quizá ambas falsas, pues como dice el propio Calvino, la mentira no está en las palabras sino en las cosas. Por MARÍA JOSÉ BARRIOS CASTRO

El corazón de la "ruta de la seda". Realidades y ensueños

Apenas han pasado unas horas desde nuestra llegada de Uzbekistán, tras un viaje de unos catorce días y un penoso vuelo de once horas desde Taskent cuyo único aliciente ha sido volver a ver los Alpes desde el cielo. Un fabuloso grupo de 16 personas ha hecho posible que estos días transcurrieran con agrado, a pesar de las altas temperaturas que hemos padecido y unas cuantas diarreas (ni Alejandro Magno se libró de ellas en sus incursiones por Asia). El viaje, anécdotas al margen, ha oscilado entre las duras ciudades rediseñadas por el realismo socialista de antaño y las fabulaciones de la “ruta de la seda” que los turistas pretenden revivir. Es un viaje que escapa un tanto a nuestras expectativas, pero no por ello deja de ser, si cabe, más interesante. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

A pesar de que hoy día todos podríamos pensar que el término “ruta de la seda” existió desde tiempos inmemoriales, no fue hasta 1877 cuando el barón Ferdinand Freiherr von Richthofen lo acuñó para referirse a un espacio que ya por aquel entonces comenzaba a figurar en el imaginario de los europeos como un conjunto de lugares míticos. Desde Xiam hasta Venecia había comenzado ya la invención de un Oriente de caravanas, convertidos los antiguos relatos de Marco Polo o de Ruiz González de Clavijo en verdaderas guías de viaje para aventureros modernos.

Nuestro viaje por Uzbekistán, ciudades míticas al margen, como Jiva, Bujara o Samarcanda, ha tenido también profundas dosis de ciudades marcadas por el realismo socialista de la antigua Unión Soviética. La capital de Uzbekistán, Taskent, sin ir más lejos, tiene un metro que es una réplica en pequeño del de Moscú. Otras ciudades remotas, como Nukus, reciben hoy algo de turismo gracias al desastre ecológico del Mar de Aral y al Museo Savitsky, auténtico oasis de arte vanguardista salvado milagrosamente en los duros tiempos de la Unión Soviética. Estos lugares dan la sensación de ser reales, quizá demasiado, hasta el propio Mar de Aral, que con su inmensa cuenca seca nos deja sin aliento. El núcleo del viaje, es decir, la ruta que va de Jiva a Samarcanda, tiene mucho de lo que el profesor Edward Said llamó “Orientalismo”, es decir, de reinvención de un oriente construido a la medida de nuestros sueños. En este caso, ya desde los últimos tiempos de la URSS y, sobre todo, durante los más recientes años de la independencia uzbeca, se ha llevado a cabo un esfuerzo notable por ofrecer a los turistas lo que quieren ver. Esto se ha conseguido en grados diversos. Mientras el recinto de la muralla interior de Jiva se ha convertido, de hecho, en un pequeño parque temático, Bujara tiene un tibio aspecto de ciudad de veraneo (en especial su plaza principal), y en Samarcanda se han ocultado tras muros y escaparates los barrios “de verdad”, como ocurre con el entrañable barrio judío. Las autoridades uzbecas han intentado, pues, ofrecer la oferta turística que busca el todavía incipiente turismo que llega de la Europa Occidental. Esta presencia, a su vez, causa el asombro de los lugareños, no acostumbrados a ver otros “europeos” que los rusos o similares. Se plantea, por tanto, un curioso cruce de imaginarios entre visitantes y visitados donde la realidad y los ensueños se confunden admirablemente. FRANCISCO GARCÍA JURADO