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miércoles, 4 de julio de 2012

Boston y el tres de julio (viaje sentimental)

Ya sabéis que el viaje sentimental se nutre de las sensaciones del viajero, de la subjetividad y de la memoria. Si tuviera que recordar ahora Boston lo haría desde el recuerdo de un tres de julio del año 2009, pues, singularmente, llegamos caminando hasta la civilizada ciudad de Henry James y de Edgar Allan Poe. Por Francisco García Jurado HLGETarde de viernes y final de una semana atípica que estuvo marcada, sobre todo, por un largo viaje en avión (vía Londres) y la obligada adaptación a un nuevo mundo de trabajo y vivencias. Habíamos llegado al Cambridge americano para disfrutar de una estancia de investigación en el Real Colegio Complutense, que sirve de puente a los españoles para relacionarnos con la Universidad de Harvard. La primera impresión, desde nuestra nueva casa junto al río Charles, fue de volver al invierno, a causa de la niebla y del mal tiempo. El paisaje de Harvard nos recibió melancólico. Poco a poco, al cabo de los dos primeros días que allí pasamos María José y yo, el sol fue haciéndose hueco entre los venerables edificios universitarios del Harvard Yard. Y al fin era viernes, nuestro primer viernes en aquellas tierras. Al cabo de dos días, ya iba logrando acotar lo que iba a ser durante aquel tiempo mi principal trabajo de investigación, aunque todavía tardaría dos largas y angustiosas semanas antes de dar con el primer resultado de alcance. Sin embargo, recibimos aquella tarde de viernes como si fuera un pequeño regalo para aliviar la tensión de tantos kilómetros recorridos y de un cambio tan radical en nuestras vidas cotidianas. Decidimos salir a pasear por el río Charles en dirección al Instituto Tecnológico de Massachusetts para, desde allí, cruzar el río en dirección al centro de Boston. La tarde brillaba con un sol que, ahora sí, era propio del verano. El paseo fue largo, pero prometedor y emocionante. María José ya lo conocía, pues había llegado hasta allí corriendo unas horas antes. Tras visitar el MIT y colmar una parte de mi curiosidad académica, cruzamos finalmente el río y tuvimos la sensación de aquellos peregrinos que llegan poco a poco, casi como si nunca llegasen, a su añorado destino. Boston estaba repleto de gente, pues esa tarde era la vípera del cuatro de julio. Llegamos paseando hasta un gran parque llamado el "Common", donde se sitúan algunas de las casas más elegantes de la ciudad. Allí estaban los barrios de ladrillo rojo que remontan a las novelas de Henry James y, según él, alguna de las calles más civilizadas de América. Ya era de noche, y vimos cómo en una gran explanada junto al río estaba a punto de comenzar una fiesta. No me gustan mucho las aglomeraciones, y decidimos regresar a lo que entonces era ya nuestra casa, en los Peabody Terrace de Harvard, para descansar y, de vuelta otra vez a Boston, emprender al día siguiente el Freedom Trail, o el paseo por los lugares donde se fraguó la independencia americana. Aquella tarde efímera ya dura para siempre. Francisco García Jurado

lunes, 2 de julio de 2012

Inaurata “bañada en oro": publicidad y literatura latina


Me gustan mucho los fragmentos de la literatura latina, en especial los que vienen de las antiguas comedias. Al quedar privados de sus contextos, muchas veces esos textos mutilados adquieren carácter de máxima moral, pero no olvidemos que fueron escritos para hacer reír. Titinio fue un comediógrafo que vivió probablemente en los tiempos de Plauto, entre los lejanos siglos III y II antes de Cristo. Quizá se hicieron la competencia Plauto y Titinio, e intuyo que el mismo Titinio era tan bueno como Plauto, a tenor de lo que he podido entrever en alguno de sus fragmentos. Esta es la historia de un fragmento que se convirtió para mí en una revelación, o la prueba de la que la Filología es más cotidiana de lo que parece. Por Francisco García Jurado HLGEHay un fragmento de Titinio, profundamente misógino, donde se habla de unas extrañas mujeres: “inauratae atque inlautae mulieris”. El texto plantea un juego de palabras entre el preverbio in-, de carácter intensivo ("mucho") y el prefijo in- privativo ("no"), pues inauratae tiene claramente el valor intensivo de “estar bañado en oro” e inlautae el valor privativo de “estar sin lavar, sin arreglar”. Cabría pensar en una primera traducción de este tipo, un tanto contradictoria: “mujeres bañadas en oro y… sin arreglar” (¿?). Esta buscada contradicción obliga a rehacer la frase reinterpretando el in- de inauratae con sentido privativo, a la manera de un chiste con doble sentido: “mujeres sin oro y sin arreglar”. La crítica al exceso de ornato femenino es muy común en este tipo de comedias, sobre todo cuando estaba tan reciente la Segunda Guerra Púnica. Incluso se legisló para constreñir este ornato, hecho que produjo una de las primeras manifestaciones femeninas de la Antigüedad. Si la "mulier aurata" es una mujer engalanada con oro, la "mulier inaurata" sería una mujer recubierta totalmente de oro, es decir, una mujer “bañada en oro”, como si se tratara de una estatua. La idea, grotesca en la comedia, se convierte, sin embargo, en una preciosa representación publicitaria al cabo de los siglos, precisamente con un perfume de Dior llamado J’adore. Cabe ahora comparar el fragmento latino y el anuncio publicitario a partir de cuestiones como el exceso y defecto: nótese cómo el anuncio resalta la idea de totalidad (recogida también en el primer sentido del término "inaurata") mediante el término "absolu" ("Le féminin absolu" y la imagen de la modelo literalmente bañada en oro. La diferencia entre el texto antiguo y el anuncio moderno está en el carácter misógino y peyorativo del primero frente al carácter meliorativo del anuncio: del exceso misógino se pasa a la plenitud femenina. El tipo de arreglo también es importante: el anuncio parte de una metáfora formulable como “El perfume (si bien "ornatus", es decir, algo pasajero) es oro ("cultus", es decir, algo que no pasa de moda ni se pierde con el tiempo)”. No debe perderse de vista el hermoso collar de oro que adorna el cuello de la modelo, análogo al del cuello del propio frasco que aparece en la imagen, y que también el nombre del perfume, "J’adore", contiene la palabra francesa "or" (“oro”). El texto de Titinio combina igualmente ambos tipos de arreglo, el que perdura (el oro) y el que es efímero (los afeites). Finalmente, podemos hablar del tipo de mujer al que se refieren tanto el texto latino como en anucio: el texto de Titinio no da mayores pistas para averiguar de qué tipo de mujer se trata, pues se nos habla simplemente de "mulier", y no sabemos si ésta es matrona o meretriz. Al tratarse de un texto misógino relativo al exceso ornamental de las matronas, podemos inclinarnos a pensar que se trata más bien de éstas. En el caso del anuncio, la tipología femenina se vuelve más compleja: en nuestro mundo, el mito de la eterna juventud se ha impuesto como canon de belleza. En todo caso, la modelo se presenta como un objeto de deseo, que es lo que en definitiva debe simbolizar, representando así el afán de juventud y belleza.
Una noche, mientras esperaba al autobús frente a este anuncio, tuve la revelación. En efecto, se trata de una mujer “bañada” en oro, como en el texto de Titinio, pero esta vez todo son elogios y admiración para el lujo. Cuánto han cambiado los tiempos. Francisco García Jurado HLGE.