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sábado, 24 de abril de 2010

UNA CITA DE SÉNECA COMO MOTIVO LITERARIO EN AZORÍN


No sé si para otros lectores el primer contacto con los textos del cordobés Lucio Anneo Séneca (ca. 4 a.C.-65 p.C.) habrá sido, como fue para mí, la lectura salteada y asistemática de un ejemplar titulado "El libro de oro". Concretamente, el que utilicé era una minúscula versión publicada en la colección "Pandora" de la madrileña editorial Mon. Se trata de un pequeño libro de bolsillo publicado allá por los años 50 que probablemente procedía de ediciones más dignas publicadas anteriormente. En definitiva, esta visión fragmentaria de Séneca lo convierte en una suerte de cantera de citas... y evocaciones inesperadas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Después, tras el laconismo de sus citas de valor universal, es cuando vamos descubriendo o, más bien, recomponiendo al hombre y su obra, y aprendemos que nuestro filósofo es una de las figuras más controvertidas en lo que a la relación entre su vida y su obra respecta. Diálogos, Consolaciones, Tratados morales, Epístolas, Tragedias, y la Apocolocintosis del divino Claudio van llenando ávidas horas de lectura, y ahora somos nosotros los que vamos extrayendo nuestra propia selección de citas. De Séneca, en verdad, nos fascina toda su obra, el tratamiento literario que da a sus tratados filosóficos, el tono de sus cartas, que son el claro antecedente de los ensayos de Montaigne, o la fuerza de sus tragedias. Hemos seleccionado un curioso texto de Azorín donde Séneca no aparece como personaje, sino tan sólo su tratado De Clementia, en especial una elocuente cita extraída del mismo. José Martínez Ruiz "Azorín" (1873-1967) escribe en Francia su obra Españoles en París (1936-1938) , en una época dolorosa tanto para España como para él mismo. Hemos extraído de Españoles en París el cuento titulado "Un loco en la Sorbona", donde aparece la figura del Padre Prudencio García, hombre apasionado por la lengua latina que tiene la oportunidad de acudir a la Sorbona para escuchar las clases magistrales de sus doctos catedráticos:

"Estaba el aula atestada de estudiantes y de ancianos. Tenían los alumnos en las manos una edición de Plauto. Al surgir el profesor, allá abajo, por una puertecita, sonó una salva de aplausos. El maestro era un hombre con el pelo blanco y vestía pulcramente. A pesar de las canas, su agilidad y soltura eran vivas. Comenzó su lección sobre Plauto, y Prudencio iba sintiendo honda delectación. El maestro escribía en la pizarra vocablos y frases en latín, y Prudencio, antes de que el profesor hablara, ya iba diciendo para sí lo que el maestro decía luego.
La tarde del día memorable -memorable en los anales de la Sorbona-, Prudencio salió de su casa a la misma hora. Tenía aún tiempo de curiosear en los libros que hay a la entrada del puente de San Miguel. Después, por el bulevar del mismo nombre, subiría hasta la Sorbona. El libro en que leyó aquella tarde era un volumen de Séneca. En el tratado De clementia, Séneca dice que debemos ser humanos. Basta con ser hombres para que el filósofo sienta amor por alguien. Pero en el castigo hay que poner cuidado para no igualar al malo con el bueno. Paridad tal sería causa de caos horrendo y de corrupción. Tengamos, pues, en materia de clemencia, mucha serenidad para no originar el mal queriendo proceder con blandura. Modum tenere debemus. Sí, debemos tener modo en materia tan delicada. Y repitiendo esto de modum tenere debemus va caminando hacia la Sorbona Prudencio. La doctrina de Séneca le parece excelente. Modum tenere debemus. Entra en la cátedra el buen clérigo y se sienta. La lección va a comenzar dentro de un instante. A su lado hay una anciana que le sonríe y se aparta un poco para que él pueda estar con más comodidad. El maestro, de pelo blanco y movimientos ágiles, acaba de aparecer. Se sienta, se hace el silencio, y el profesor dice:
-Señores, antes de comenzar la lección, he de hablar a ustedes de un incidente curioso.
Hay una pausa. El maestro se lleva la mano al bolsillo interior de la americana y saca un cuadernito. Prudencio, que tenía la vista fija en el profesor, se pone intensamente pálido. Está sentado Prudencio en lo alto de la gradería, casi en el rincón.
-En la tarde anterior -continúa el maestro-, al hacer la limpieza, ha sido encontrado en la cátedra este cuadernito.
Prudencio está a punto de desvanecerse. La anciana que tiene al lado lo mira con atención y le pregunta si le pasa algo.
-Este cuadernito -prosigue el maestro- contiene unas imitaciones de Tibulo. Yo ruego a ustedes que me digan a quién pertenece el cuaderno y que se acerque a recogerlo.
Nueva pausa. Nadie se mueve. Y el profesor continúa:
-Veo que nadie dice nada. Y es cosa rara. Esto me parece un verdadero enigma. ¿Quién puede escribir el latín con tanta pureza y elegancia? ¿Y por qué tener empacho en declararse autor de estas bellísimas imitaciones? El que ha escrito esto bien podría darnos lecciones de humanidades a todos nosotros. Y ustedes mismos van a juzgar de la verdad de lo que digo.
El maestro, en medio de la expectación general, da lectura a una de las poesías latinas del cuadernito. Al acabar, resuena en el aula una inmensa ovación. Y cuando el rumor de los aplausos se ha extinguido, se oye allá arriba, en lo alto de la gradería, un sordo ruido. Prudencio ha caído desvanecido sobre el tablado. Se produce una gran confusión. El desvanecimiento dura poco. Al volver en sí, Prudencio, sin darse cuenta aún de dónde está, ni de lo que dice, grita desaforado:
-¡Modum tenere debemus! ¡Modum tenere debemus!
Y los estudiantes vocean que se trata de un loco.
-Un fou!
-Un fou!
-Un fou!
El maestro ha subido hasta donde se halla Prudencio y reclama silencio.
-Señores, un poco de silencio. Tal vez tenemos entre las manos la clave del enigma.
Y dirigiéndose con dulzura, paternalmente, a Prudencio, comienza a decir:
-Vamos a ver, señor. Usted..."

La cita latina "modum tenere debemus" se convierte en el leit-motif de la historia, que contiene un pulcro resumen del contenido del tratado De Clementia y una minuciosa recreación del ambiente universitario de París a comienzos de siglo. De esta forma, y en contraste con el ambiente cosmopolita de la ciudad, el nombre del personaje, Prudencio García, que evoca posiblemente al poeta hispano Prudencio (finales del siglo IV), nos trae a la memoria el propio carácter de Séneca como autor hispanorromano. Cosmopolitismo y casticismo sutilmente combinados, a patir de una cita de Séneca, en un inolvidable cuento de Azorín. Y París como nueva localicación de un autor tan romano e hispano a la vez. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

miércoles, 21 de abril de 2010

LA MEJOR OBRA DE LOS MAESTROS. EL CASO DE ALFREDO ADOLFO CAMUS


Quienes profesan sus enseñanzas día a día en clase encuentran cierta transcendencia de ese saber en la voz de sus alumnos. Casi nunca sabremos cuál ha sido el fruto de nuestros esfuerzos. pero queda la sospecha grata de que, a pesar de todo, algo de nuestra palabra quedará en quienes ahora se sientan ante nosotros para después continuar haciendo posible la vida. El caso de Alfredo Adolfo Camús, el gran profesor de literatura grecolatina de la Universidad de Madrid durante buena parte del siglo XIX es probablemente un caso ejemplar. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
La asignatura impartida por Camús, la Literatura griega y latina, se dividía en dos cursos, uno primero dedicado a la Literatura latina, al que acudían tanto los pocos estudiantes que cursaban la carrera de Filosofía y Letras como los numerosos de Derecho. El curso de Literatura griega, ya en segundo, sólo contaba con la presencia de los estudiantes de letras. Leopoldo Alas Clarín asistió a los dos cursos, mientras que Pérez Galdós sólo al primero. Precisamente, a Camús se refiere en términos muy elogiosos este último al comienzo de la novela Fortunata y Jacinta:

«Las noticias más remotas que tengo de la persona que lleva este nombre (sc. Juan Santa Cruz) me las ha dado Jacinto María Villalonga, y alcanzan al tiempo en que este amigo mío y el otro y el de más allá, Zalamero, Joaquinito Pez, Alejandro Miquis iban a las aulas de la Universidad. No cursaban todos el mismo año, y aunque se reunían en la cátedra de Camús, separábanse en la de Derecho Romano (...)» (Pérez Galdós 1983, pp. 97-98)

Camús, además, impartió unas interesantes conferencias sobre el Renacimiento en el Ateneo de Madrid. En ellas, creemos, puede adivinarse la impronta del historiador Michelet a la hora de concebir el Renacimiento como el período precursor de la Ilustración. Los testimonios escritos de aquellas clases son escasos, pero aún es posible leer al menos un par de cuadernos de apuntes. Uno de ellos corresponde a José Canalejas, que fue alumno de Camús y de quien conservamos los curiosos e interesantes apuntes de clase tomados por él mismo, si bien son más conocidos los de Pérez Galdós que hoy se conservan en su casa-museo de Las Palmas. Se trata del cuaderno de apuntes de Literatura Latina correspondientes al curso 1862-1863. Al tratarse de notas tomadas en clase, la opinión acerca de su importancia específica depende mucho del estudioso que las considere, dado el tono sintético que presenta este tipo de manuscritos. Los apuntes de Canalejas, por su parte, se conservan en la Biblioteca de Filología de la Universidad Complutense, y se tomaron durante el curso 1869-1870, según consta en el reverso de la portada. Los apuntes manuscritos llegan hasta Virgilio, completándose a partir de la página 285 con un extracto de la Literatura Latina del francés Alexis Pierron. El manual de Pierron fue uno de los más populares y divulgados, si bien no se tradujo del francés hasta comienzos del siglo XX, a diferencia de lo que ocurrió con su manual de literatura griega. Es curioso, como ya he apuntado en otro lugar, que puedan encontrarse huellas de la lectura de este manual francés nada menos que en el cuento “Vario”, de Clarín. Aunque el tono general de estos apuntes es muy lacónico, cabe entresacar, entre líneas, un poco de la chispa de las explicaciones de Camús. Son destacables las páginas dedicadas al comediógrafo Plauto, donde puede entresacarse el siguiente párrafo:

«Se ha tachado de libre en la frase a Plauto; y es porque no ofreciendo en el texto el arca (?) santa de la familia, ni la casta doncella que vive bajo la mirada de su madre, guardando estas hermosas flores y no sacándolas del santuario de la familia, no figuran por otra parte en sus obras más que esclavos o esos seres que no son hombres y que repugnan a la santidad de la mujer y que reciben en latín el nombre neutro de scortum, no tiene nada de extraño que Plauto, como Cervantes, Tirso, Lope y otros clásicos, emplee frases de un tinte verde y de un color subido.» (Apuntes tomadas por Canalejas y Méndez 1869-1870, p. 55)

Las clases de Camús suscitaban una gran expectación debido a los comentarios jocosos, a menudo un tanto subidos de tono, que el profesor utilizaba para presentar la literatura latina como una disciplina viva. Se conservan varias anécdotas al respecto de las aglomeraciones de público que se producían a la entrada de su cátedra. No menos interesantes fueron, además, sus conferencias en el Ateneo de Madrid, donde, entre otras cosas, defendió la memoria de Lucrecia Borgia. Así se cuenta en una de las necrológicas que hemos encontrado en la prensa de la época:

«La Universidad de Madrid ha perdido uno de sus profesores más simpáticos é ilustres: el Excmo. Sr. Alfredo Adolfo Camús, catedrático de la facultad de Filosofía y Letras, orador, escritor y maestro de literatura griega y latina por espacio de cuarenta años. Pocos profesores han tenido la suerte de captarse, como el Sr. Camús, el respeto y á la vez el cariño de sus discípulos, y como éstos han sido innumerables en su largo profesorado, la muerte del Sr. Camús, ocurrida en su casa de Leganés, tiene algo de duelo familiar y popular. Era su explicación amena é interesante, y tenía el don de agradar á su juvenil auditorio y aficionarle á sus lecciones. Y no sólo ejercía en el aula esa agradable influencia: en la cátedra del Ateneo dio célebres conferencias, en las que se agolpaban los oyentes, siendo uno de los temas que desarrolló con más lucimiento en varias conferencias la defensa de la célebre Lucrecia Borgia, tan calumniada en la novela y el teatro, como cortésmente protegida por el Sr. Camús en sus benévolas lecciones que no consiguieron rehabilitarla por completo. Pocos años hace que le vimos salir á la escena en el teatro Español. No como autor, sino como director de escena, á la conclusión de una comedia clásica latina, que ejecutaron en este idioma los estudiantes de la Universidad, dirigidos por el entusiasta profesor, espectáculo notable y desconocido en Madrid á la actual generación.» (La ilustración española y americana 7, 1889, p. 106).

Cabe hacer aún hoy en Madrid un paseo vital por el mundo de Alfredo Adolfo Camús que va desde la Universidad Central y continúa luego, a lo largo de la Calle del Pez, hasta el emplazamiento donde estuvo todavía a comienzos del siglo XX la Academia de la Lengua, en la que jamás pudo ingresar Camús. El paseo continúa hasta la Calle Montera, donde tuvo el Ateneo Científico y Literario su antigua sede. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

lunes, 19 de abril de 2010

VOLCANES ANTIGUOS Y MODERNOS


Ya sé que la actualidad no está para bromas. Un volcán islandés está bloqueando (al menos, eso nos cuentan) el tránsito aéreo de medio mundo. Sin embargo, en estos tiempos de cenizas, por qué no recordar el volcán más famoso de la Antigüedad. Me refiero al Vesubio y a la magnífica descripción que de él hace Plinio el Joven en la carta 6,16. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Plinio el Joven escribe, por un ruego de su amigo Tácito, el famoso historiador romano, acerca de la muerte de su tío, el naturalista Plinio el Viejo. Todo ocurrió en el año 79 de nuestra era, cuando el Vesubio entró en imponente erupción. Con cierto tono épico, se nos narra la valentía de este hombre que murió al día siguiente de haber intentado salvar a quienes quedaron sin escapatoria entre el volcán y el mar embravecido. De la carta, voy a recordar precisamente la descripción del volcán:

"Surgía una nube (no era posible saber a quienes la observaban en la lejanía desde qué monte, luego se supo que se trataba del Vesubio) cuya similud y forma no hubiera podido representarla mejor que un pino. En efecto, elevada hacia arriba como si de un larguísimo tronco se tratara, se hendía luego en varias ramas, pues, en mi opinión, una vez lanzada por un soplo vigoroso, después se difuminaba a lo ancho, al debilitarse por falta de este impulso o incluso vencida por su propio peso, blanca a veces, a veces negra y manchada a causa de la tierra y ceniza que había levantado."

El otro día recogimos un par de pequeñas piedras volcánicas del Vesubio. Cuando subimos María José y yo el volcán estaba cubierto de nubes y no se podía ver apenas más allá de unos metros. Es verdad que el tiempo nos privó de unas vistas espectaculares, pero al menos estuvimos allí, como hicieran los viajeros del Grand Tour. FRANCISCO GARCÍA JURADO