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sábado, 9 de enero de 2010

LOS MANUALES DE LITERATURA DE LA ÉPOCA ISABELINA


Continuamos con la pequeña serie sobre manuales de Literatura latina en la España de los siglos XVII, XIX y XX. Hoy corresponde hablar del nacimiento de la asignatura de Literatura latina durante la etapa de Isabel II, presidida por el influjo político de los liberales moderados. Tras la muerte de Fernando VII, con la regencia de María Cristina durante la minoría de edad de Isabel II, el mundo de la enseñanza experimenta un cambio notable16. Se va a producir una progresiva legitimación de las disciplinas históricas en la universidad, que da lugar, en nuestro caso, a una nueva asignatura titulada «Literatura y Composición Latina» y al inicio de la época de los manuales oficiales. Esta diferencia entre la materia de «Latín» y la correspondiente a la «Literatura Latina» está explicitada por el propio ideólogo del nuevo sistema educativo, Antonio Gil de Zárate, dentro del libro que marcó las líneas maestras del cambio:

«Hase visto en la sección tercera cómo quedó organizada en los Institutos la enseñanza del latín, y los principios que guiaron en la organización de esta parte principal de los estudios clásicos. Aunque se creyó que aquello era bastante para saber la lengua de los romanos, tal cual hoy se necesita, esto es, no para hablarla y escribirla, cosa desusada en el día y que lo será más en adelante, sino para la cabal inteligencia de los autores más difíciles; todavía se tuvo por insuficiente semejante estudio para aquellos que en sus respectivas carreras necesitan mayores conocimientos, o desean profundizar más en tan interesante materia. Con este objeto, se estableció en todas las facultades de filosofía un curso especial de Literatura latina, asignatura que jamás había existido en nuestras escuelas. Destinado este curso a conocer todos los escritores que han ilustrado la lengua del Lacio, desde el origen de la república romana hasta la edad media, como igualmente a perfeccionarse en su traducción, forma el complemento de una serie de estudios bien graduados desde los rudimentos hasta lo más arduo; resultando de todo una instrucción muy superior a la que en todos tiempos se había podido adquirir entre nosotros, y preferible a la que comprenden los que sólo buscan el arte de chapurrear una jerga bárbara, y sin aplicación alguna en las costumbres literarias de estos tiempos.»

A este respecto, es muy interesante tener en cuenta que el Gobierno establece, además, unas pautas para la nueva asignatura, que se divide en una Parte Histórico-Crítica (Poesía Latina, Elocuencia Latina e Historiadores Latinos), donde cada género se va, a su vez, dividiendo por épocas, y una Parte Práctica que da lugar a diversas antologías de textos. Es importante hacer hincapié en esta preferencia de los legisladores educativos por los géneros literarios sobre los períodos, hecho que se va a ver igualmente reflejado en la enseñanza de la Literatura Española, en particular dentro del propio manual compilado por Gil de Zárate. El peso de la Poética y la Retórica sigue siendo muy notable, si bien se va superando el modelo historiográfico clasicista. De todas maneras, aún no se ha producido el cierre completo de la nueva disciplina, por lo que sigue manteniendo una relación ambigua con la Poética. Consecuencia de este estado de cosas es la disposición del primer manual oficial de Literatura Latina, el de Ángel María Terradillos, que reconoce cómo ha tenido que marginar el criterio cronológico y primar el de los géneros. No obstante admite que «Cualquiera de las dos clasificaciones puede seguirse, y aun las dos hermanarse para estudiar cronológicamente, sin distinción de géneros, la literatura latina y observar filosóficamente la marcha, progresos y vicisitudes de la lengua romana. Trazando, empero, otro rumbo el programa dado por el gobierno para esta asignatura, forzoso nos será marchar por sus huellas, sin dejar por eso de seguir, en cuanto sea posible, el orden cronológico». Puede verse, además, cómo Terradillos asocia la cronología a la «Historia de la Lengua Romana», en una idea afín a la Historiografía Literaria de finales del siglo XVIII, representada por Casto González. La segunda edición de este primer manual oficial de Literatura Latina se produce dos años después, con algunas modificaciones importantes. Terradillos se mueve entre los adicionales esquemas de la Poética y las nuevas trazas de la llamada «historia filosófica », con la impronta específica del pensamiento de Schlegel. Fruto de ello es la visión de Virgilio como poeta culto que no ha logrado su propósito, es decir, el arraigo de las tradiciones heroicas en su patria, al no seguir en su composición un esquema más libre. Frente a esta ordenación por géneros, marcada por el Gobierno, resulta muy curioso el Programma editado por Alfredo Adolfo Camús en 1848 (utilizamos la segunda edición, de 1850). Es un pequeño programa de curso que consta de 20 páginas y todavía está redactado en latín. Al igual que veíamos en Casto González, no encontramos ninguna formulación explícita relativa a la «Historia de la Literatura Latina», sino expresiones esperables como Litterarum Latinarum Studium y Latina Lingua. Camús reconoce que sus inspiradores son dos autores del siglo XVIII: J. G. Walch y J. N. Funck, que también aparecían citados por González Emeritense, lo que nos hace pensar en éste como fuente obligada y no declarada. El tercer autor citado pertenece ya al nuevo siglo: F. Ficker, que escribió uno de los manuales de literatura griega y latina más difundidos y citados en el siglo XIX. Estaba originariamente escrito en alemán, y M. Theil lo tradujo al francés en 1837. Inspirándose Camús sobre todo en Funck, hace una división cronológica de la Latina Lingua en once edades, a la manera de un ser vivo. Debe señalarse, asimismo, la inclusión del «renacimiento» de la Literatura Latina como colofón de su historia:


De restaurata vel ex orco revocata Latinitate. Al final del programa de curso hay un curioso texto que narra el resurgir de la Literatura Latina en los tiempos modernos (respetamos la grafía de la época):

«Iam de Litterarum Latinarum historiâ satis esse debet: hicque nostri laboris finis positus est; namque humanas litteras simul ac Boëthium periise (sic), non est quod dubitetur. Et re quidem vera, quid aliud in eo tristissimo temporis decursu qui ex Caroli M. obitu ad seculum usque XV extenditur, qui aliud, dicam, quàm summam barbariem ac ignorantiam reperimus? Et quid aliter fieri poterat, quandò hominibus inter armorum strepitum vitam ducere coactis, nec otium, nec animi tranquillitatem invenire fas erat? Non mirum igitur esse debet quòd in tam calamitosa aetate omninò Musae siluerint, paucique fuerint viri, qui in seculo aut clausura degentes, infeliciter atque incorrecto sermone litteras excoluissent. Exeunte media aetate, in Italia Dantes Aligerius, Boccaccius ac Petrarcha, floruerunt, qui LL. culturae summa diligentia ac honore dediti, aliam viam humano ingenio indixerunt. Tunc temporis Litterae, ut ita dicam, renascuntur; iis excolendis homines viribus suis impendunt: hicque Litterarum amor ad summum crevit, cum Byzantio à novis barbarorum gentibus capto, Graecisque per Europam effussis, classici latinitatis fontes omnibus patefacti sunt.» (Camús 1850: 19-20).

Con el uso del término renascuntur nos encontramos ante la vieja metáfora los primeros humanistas que se va perfilando ya como el moderno término que dará lugar a la acuñación historiográfica de «Renacimiento » en la segunda mitad del siglo XIX.18 Conviene observar cómo Camús considera la Edad Media un período de interrupción en la Historia de las letras latinas. Frente a ello, Casto González trazaba una sucesión cronológica ininterrumpida hasta el siglo XIV y Wolf hacía algo parecido con las letras tardías desde el VI al XV.19 Tampoco debemos olvidar que Camús, junto con Amador de los Ríos, prepara los cinco tomos de la Colección de autores selectos latinos y castellanos, que pretenden claramente el establecimiento de un «canon humanístico» de la Literatura Española, a partir de la producción del siglo XVI, atendiendo sobre todo a su relación con la Literatura Latina. Esto supone la herencia ilustrada, particularmente de Mayáns, en el pensamiento literario de Camús, y un intento post-ilustrado, inmerso plenamente en el romanticismo, de restauración del buen gusto. Galdós no es ajeno a ello, como declara él mismo en sus recuerdos sobre el profesor, lo que en buena medida condiciona su propio canon literario. El ensayista italiano Salvador Costanzo publica en 1862 un manual no oficial con un sello marcadamente personal. El manual tiene su origen en la Historia universal compuesta por él mismo y publicada en España entre 1853 y 1860, obra a menudo comparada con la Historia universal de Cesare Cantú, que se publicó también en España a partir de 1849. El manual de Costanzo es, en parte, el libro que podría haber escrito Camús; no en vano, ambos eran buenos
amigos. Este libro, más grueso y jugoso que el resto de los manuales de literatura publicados en español durante esos años, no alcanzó el privilegio de ser manual oficial. Entre sus méritos, está el de trazar un relato cronológico, o, ya como cuestión de detalle, el de incluir la paráfrasis que Juan Valera hizo del Pervigilium Veneris y muchos juicios críticos realmente propios de una persona con gusto literario. Como vemos, la Literatura Latina se mueve entre la exposición (oficial) por géneros literarios, propia de la Poética, y la exposición cronológica de la Historia de la Lengua y los diferentes autores, propia de la Bibliografía. El paulatino encuentro de un ámbito de estudio específico dependerá, sobre todo, tanto de la fusión de los estudios propiamente literarios como de los propiamente históricos, y creemos que esto no se alcanza en España, dentro del ámbito de la Historiografía de la Literatura Latina, hasta la publicación en 1864 del excelente manual de Villar y García, catedrático de la Universidad de Zaragoza, luego reeditado con sustanciales adiciones en 1875. Para empezar, Villar y García dará a su libro el elocuente título de Historia de la Literatura Latina, frente a los manuales precedentes, que llevan títulos como Manual Histórico-Crítico de la Literatura Latina (1846), Lecciones de Literatura Latina (1848) o Compendio Histórico-Crítico (Díaz 1857). Villar y García concede primacía a los períodos (considera cinco en total) sobre los géneros al utilizar los primeros como criterio básico de ordenación (García Jurado 2005: 90-91). Asimismo, introduce dentro de los períodos varios epígrafes relativos a la Cultura de cada época, con aspectos propios de la educación, las costumbres y las instituciones. En el manual de Villar hay, además, citas e improntas significativas de uno de los manuales de Literatura Española más importantes de la época, la Historia crítica de la literatura española (1861-1865) de Amador de los Ríos.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

miércoles, 6 de enero de 2010

AVATAR, PERO EL DE TEÓFILO GAUTIER


Siempre queda una rara sensación de soledad cuando observamos que nuestro mundo, sus referencias y recuerdos, queda enterrado literalmente por uno nuevo al que ya no pertenecemos. El éxito imparable de la película Avatar, prodigio técnico para un guión mediocre y predecible, me lo ha vuelto a recordar. TEXTO DE FRANCISCO GARCÍA JURADO

Cuando tenía catorce, tomé de la biblioteca de mi abuelo, Antonio Jurado López, un librito antiguo que había escrito Teófilo Gautier con el peculiar título de “Avatar”. Allí supe que un avatar, palabra no siempre utilizada correctamente en nuestra lengua, provenía de la antigua lengua sánscrita, a través del francés, para referirse a la encarnación de un dios o deidad. No recuerdo ya muy bien los términos en que fue escrita la novela de Gautier, pero sí me parece recordar que estaba escrita en primera persona. Todo es cuestión de comprobarlo, pues el libro está ahora en mi biblioteca. Esta ha sido mi mejor herencia. Para mí, por tanto, “avatar” es el recuerdo de adolescencia, la casa y la culta conversación con mi abuelo, y un cierto aroma dulce que tenían (y siguen teniendo, aunque menos) sus libros. “Avatar” era Gautier, y el gusto por tener una cultura literaria no desconectada de cierto sabor cosmopolita, a la manera de aquellos lectores y viajeros del siglo XIX. Pero esta sensación se vuelve ahora invisible, salvo para mí, ante los millones de personas que relacionarán la palabra con una película multimillonaria. Tuve hace una semana ocasión de asistir a un visionado de la película. No cabe duda de que es un prodigio técnico, pero absolutamente descompensado con un argumento simplista, de un ecologismo tan rancio que lo desacredita (ese ecologismo que fue naciendo al calor de las ideas románticas). Lo que más me gustó de la película fueron las muchas referencias a otras películas, como “Gorilas en la niebla”, “Apocalipsis now”, y un sinfín de títulos bien reconocibles. No quiero decir que la película sea mala, pero esa descompensación entre la técnica y las ideas argumentales es un claro síntoma de nuestro tiempo. En todo caso, pienso en lo poco que vale mi individualidad y mis recuerdos antes los millones de personas que nunca supieron de Gautier ni tampoco sabrán de él. Un libro viejo tiene muy poco que hacer ante las multinacionales. Pero ese es mi mundo y yo moriré orgullosamente en él.

FRANCISCO GARCÍA JURADO
H.L.G.E.

martes, 5 de enero de 2010

¿ERA SABIO AULO GELIO?


GELIO JAMÁS SE HUBIERA SITUADO A SÍ MISMO ENTRE LOS SABIOS, NI TAMPOCO MONTAIGNE, que no en vano es el autor del famoso aforismo "Que sais je?". Texto de Francisco García Jurado

No hace mucho, tuve la incierta suerte de asistir a una explicación algo surrealista: una persona, no malintencionada, me explicaba la "filosofía" de una preparación gastronómica. El cocinero se había vuelto "filósofo", y su producto comestible no era más que una reflexión. Imaginemos, por ejemplo, que Kant hubiera sido cocinero, y que ahora pudiéramos disfrutar de CANAPÉS ANALÍTICOS A PRIORI CON UNA BASE DE PIMIENTO ROJO. En, fin, que cuando la Filosofía deja de ser considerada desde el punto de vista social, otros acuden prestos a tomar sus maneras más superficiales para acreditarse y legitimarse. Sin embargo, en la Antigüedad llamarse "filósofo" no era más que un acto de sincera humildad, ya que, como dice nuestro inigualable lexicógrafo Sebastián de Cobarrubias “El primero que se intituló con este nombre fue Pitágoras, pareciéndole que el nombre de sabio absolutamente era arrogante, presupuesto que ningún hombre sabe tanto que no le falte mucho que saber. Y de allí adelante todos los profesores de la filosofía no se llamaron sofistas, sino filósofos y por donaire dejaron el nombre de sofistas a los que sabían poco y presumían mucho con doctrinas aparentes y falsas”.
El filósofo es un amante del saber, y ser amante es sólo mostrar la tendencia al fin deseado, muy lejos, por tanto, del que llega a saber realmente. Nuestro querido Aulo Gelio ha sido llamado de maneras muy diferentes por nuestros autores del siglo XVI. Él mismo se caracterizó como erudito al poner a su obra el título de Noctes Atticae, pues con ello pretendía, ante todo, representarse ante sus lectores como un estudioso, en la tranquilidad de la noche. La figura del erudito trabajando durante las vigilias supone ya desde los tiempos antiguos la actividad que llamamos “elucubración”. Por su parte, el mismo Pedro Mejía se ve a sí mismo como si fuera un nuevo Aulo Gelio cuando habla de sus “vigilias” al comienzo de la Silva de varia lección y da la impresión de que hasta se identifica con el autor latino:

“Por lo qual yo, preciándome tanto de la lengua que aprendí de mis padres como de la que me mostraron preceptores, quise dar estas vigilias a los que no entienden los libros latinos (…)”

Sin embargo, esta cándida imagen del erudito comienza a ser objeto de rechazo, a tenor de lo que leemos en el propio Montaigne, quien critica de manera genérica a los eruditos que pasan parte de la noche en vela:

“Y ese otro tan pituitoso, legañoso y sucio, al que ves salir de estudiar pasada la medianoche, ¿crees que busca en los libros la forma de llegar a ser más digno, más sabio y más feliz? Ni hablar. En estas morirá, o enseñará a la posteridad la medida de los versos de Plauto y la ortografía correcta de una palabra latina.” (Montaigne, Ensayos I, 39)

Este texto muestra ya el desprecio de Montaigne por la mera erudición, acumulativa e impersonal, frente al moderno ensayo como lugar para la reflexión propia y original. Desde este punto de vista, la caracterización de Gelio como filósofo, historiador o sabio en las alusiones que a él se hacen es un hecho relevante por lo que conlleva de consideración moderna del propio autor latino ante sus nuevos lectores. Asimismo, podemos comparar estas caracterizaciones con la que hace el propio Montaigne, que parece considerar a Gelio de manera implícita como “gramático” cuando habla de la representación que de sí mismo hace ante su público lector:

“Danse a conocer los autores al pueblo por alguna marca particular y externa; yo soy el primero en dar a conocer mi ser total, en mostrarme como Michel de Montaigne, no como gramático, o poeta, o jurisconsulto. Si se queja el mundo de que hablo demasiado de mí, quéjeme yo de que él no piense solo en sí” (Montaigne, Ensayos III, 2)

Michel de Montaigne no querría ser, en todo caso, lo que representa Gelio, de forma que el autor moderno se definiría claramente por la negación del antiguo. Luis Vives, por su parte, incluye a Gelio peyorativamente entre los philologi (quorum appellatio est et maxime propria philologi). De esta forma, la caracterización del autor conlleva a menudo su inclusión dentro de una clase, de un grupo mayor, hecho que no está libre de falacias. Así las cosas, destacan las caracterizaciones que se hacen de Gelio en calidad de “historiador”, “filósofo”, etc. Fray Antonio de Guevara lo llama “filósofo” dentro de una enumeración de otros tantos, y así también lo hace Villalón:

“(…) el filósofo Aulo Gelio escribió de lo poco que comían y mucho menos que dormían en las escuelas de su maestro Suborino; el filósofo Plutarcho escribió de las mujeres que hubo en Grecia sabias y de las que hubo en Roma castas;” (Guevara, Menosprecio de corte y alabanza de aldea)
“Asi como lo hizieron estos que dixe: y Macrobio y laerçio / Democrito / y Aulo Gelio: y otros muchos philosophos.” (Villalón, El Scholástico)

Hay que tener en cuenta, naturalmente, qué se quiere decir cuando se utiliza la palabra “philósopho” (“amante del saber”) en el siglo XVI, que no tiene la especificidad que hoy le conferimos, y que, como hemos dicho más arriba, resulta menos arrogante que el uso del término “sabio”. Sin embargo, Cristóbal de Villalón habla también de Gelio entre los “sabios antiguos”:

“Este estilo y orden tuvieron en sus obras muchos sabios antiguos endereçados en este mesmo fin. Como Ysopo y Catón, Aulo Gelio, Juan Bocacio, Juan Pogio florentín*; y otros muchos que sería largo contar, hasta Aristóteles, Plutarco, Platón.” (Villalón, El Crótalon de Cristóforo Gnofoso)

Sin embargo, GELIO JAMÁS SE HUBIERA SITUADO A SÍ MISMO ENTRE LOS SABIOS, NI TAMPOCO MONTAIGNE, que no en vano es el autor del famoso aforismo "Que sais je?". Llama la atención hoy día el poco cuidado que se tiene con estas cosas, el desprecio a la humildad, que se confunde con la vanidad más ciega.

FRANCISCO GARCÍA JURADO
H.L.G.E.

domingo, 3 de enero de 2010

LAS HISTORIAS LITERARIAS, ENTRE LA ILUSTRACIÓN Y EL LIBERALISMO


Hace ya unos días dediqué unos de estos blogs a las historias literarias durante la Ilustración. Ahora corresponde que veamos qué ocurrió durante los años de cambio, difíciles y complejos, que nos llevan a los nuevos presupuestos liberales. Este es el sucinto relato de los hechos.
Las materias históricas, patrimonio del pensamiento ilustrado, sufren una notable merma desde 1808 hasta 1833, cuando el ideario liberal, en buena medida heredero de esa Ilustración frustrada, vuelva a asumirlas. En lo que a la enseñanza de la Literatura Latina respecta, cabe hacer una neta diferenciación entre la enseñanza tradicional del Latín asumida durante la época de Fernando VII y el planteamiento novedoso de la Historia de la Literatura Latina, que no volverá al panorama educativo hasta el regreso de los liberales al poder. Asimismo, mientras la enseñanza del Latín se desarrolla desde una perspectiva dominada aún por la estética del clasicismo, la nueva asignatura de orientación histórica tendrá ya claramente unos presupuestos románticos, como veremos en el apartado siguiente. Este reparto no implica, naturalmente, una asociación simplista de la enseñanza del Latín con el absolutismo. De hecho, aquel momento nos ofrece algunos excelentes latinistas identificados con el propio movimiento liberal, como José Marchena, que a finales del siglo XVIII había compuesto el Fragmentum Petronii, o Sánchez Barbero, cuya retórica rescata unos años después Alfredo Adolfo Camús, ya en tiempos de Isabel II. Estos latinistas representan, de hecho, con su condición de exiliados, una de las más conocidas discontinuidades históricas, la del exilio. Fuera de España se están publicando historiografía hispana. Además de la conceptualización como tal de una Historia de la Literatura Latina por parte de Wolf en 1787, tenemos a Madame de Staël y el asunto de la relación entre literatura y sociedad. José Carlos Mainer ha encontrado ideas propias de Madame de Stäel en discretos manuales españoles de la primera mitad del XIX, como las Lecciones elementales de Literatura aplicadas
especialmente a la castellana del preceptista de latinidad Luis de Mata y Araujo (1839). En los años 20 del nuevo siglo Friedrich Schlegel dicta unas importantes conferencias que van a fructificar en el libro titulado Geschichte der alten und neuen Literatur (1825), donde en buena medida se marcan las directrices
de lo que se va a llamar la «historia filosófica», es decir, romántica, de la literatura, y donde se colocan al mismo nivel las literaturas clásicas y las modernas. Al igual que ocurrió en los países europeos, el libro tendrá una gran influencia en España, una vez se traduzca al castellano en la fecha clave de 1843, precisamente un año antes de la publicación del manual de Literatura Española de Gil de Zárate y tres años antes del de Literatura Latina de Terradillos. De otro exiliado afincado en Londres, Alcalá Galiano, tenemos un interesante panorama de la Literatura Española de su tiempo, compuesto en 1834, donde puede verse fácilmente el paso a una nueva estética. Este tiempo es interesante, además de por el éxodo liberal, porque son años en los que se están formando los profesores que vendrán a ocupar las cátedras de las nuevas universidades, como las de la Central de Madrid. Si bien se interrumpe el relato historiográfico de la Literatura Latina, no por ello dejan de prepararse los presupuestos humanos e ideológicos de la nueva etapa, el liberalismo moderado del nuevo período isabelino.

FRANCISCO GARCÍA JURADO
H.L.G.E.