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sábado, 3 de julio de 2010

MI VIDA, ENTRE JULIO CORTÁZAR Y AULO GELIO


Hace ya unos años, un joven paseaba por Alcobendas (Madrid) llevando en su mano una edición de Rayuela, de Julio Cortázar. Había comprado aquel libro por indicación de un amigo, y quedó fascinado ante el intrépido mecanismo que le permitía saltar de un capítulo a otro con relativa libertad. Rayuela era un juego literario, y hubo algo que le dejó especialmente confuso: una larga cita de un autor latino dentro de los llamados "capítulos prescindibles". El autor latino era Aulo Gelio, autor de las Noches áticas. El hecho de que ambos libros, Rayuela y las Noches áticas, pudieran leerse en libertad, que una y otra obra fueran collage y miscelánea, respectivamente, planteó una seria pregunta a aquel joven: ¿esta cita de Gelio en Cortázar responde al mero azar o hay una razón oculta para explicarla? La pregunta ha pervivido durante años, y un profesor de latín de la Universidad Complutense, acaso una sombra de aquel joven, tuvo la suerte de responderla. Este el inicio del trabajo que acaba de publicarse en Argentina, en la revista Argos (32, 2008-2009, pp. 45-63), de la Asociación argentina de estudios clásicos, con el título "La peculiar fortuna de Aulo Gelio en la moderna literatura argentina". POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE




Para Holford-Strevens, por su pasión y saber acerca de Aulo Gelio




Estamos acostumbrados a estudiar la fortuna de los autores clásicos hasta el siglo XVIII, donde parece que terminó para siempre una forma de relación con el mundo antiguo, precisamente la que explicamos dentro de los cauces de la tradición clásica. Sin embargo, cuando nos adentramos en los dos siglos posteriores, el XIX y el XX (no hablaremos del XXI, del que apenas tenemos aún conciencia), parece que las condiciones del estudio de esta tradición se vuelven más complejas, pues los clásicos dejan de ser parte de una convención compartida para convertirse en consciente elección frente a nuevas tradiciones, la popular y la moderna[1]. En el caso particular de Aulo Gelio, discreto escritor latino del siglo II de nuestra era y autor de la obra miscelánea titulada las Noches áticas, está claro que su fortuna tuvo su cénit en el siglo XVI y que ésta fue decreciendo a lo largo del XVII, sobre todo a medida que las misceláneas también caían en desuso ante nuevas formas de escritura más propias de la modernidad, como el ensayo[2]. Sin embargo, Aulo Gelio sigue vivo en la literatura moderna gracias, sobre todo, a su relectura en calidad de conjunto de relatos y de informaciones varias sobre asuntos variados. Es notable, por ejemplo, el caso del autor siciliano Andrea Camilleri, quien recrea, en homenaje a Vázquez Montalbán, un personaje llamado Montalbano, comisario y héroe cotidiano, con un espacio literario ubicado en una particular Sicilia. Sorprendentemente, Camilleri tiene un relato titulado “Lo que contó Aulo Gelio” dentro de su libro Un mes con Montalbano. Un conocido capítulo de las Noches áticas, precisamente el dedicado al episodio singular de Androcles y el león (Gel., 5,14), ha sido releído en clave detectivesca por Camilleri, que utiliza esta historia para explicar uno de los casos policíacos que narra. Sólo referiré el momento en que se nos habla explícitamente acerca de Gelio:

“Aquella noche se le caían los ojos de sueño y pensaba apagar la luz y echar un buen sueñecito, pero le llamó la atención un artículo largo dedicado a Aulo Gelio, con ocasión de la publicación de una selección de fragmentos de sus Noches áticas. El autor, después de haber dicho que Aulo Gelio, que vivió en el s. II después de Cristo, compuso su dilatada obra para entretenerse durante las largas noches invernales en su propiedad del Ática, concluía dando su opinión: Aulo Gelio era un escritor elegante de cosas absolutamente fútiles. Sólo cabría recordarlo por una historieta que contó, la de Androcles y el león.” [3]

El juicio sobre Gelio que aquí expone un crítico anónimo no resulta algo nuevo. El poeta Arturo Capdevila vio en Gelio el prototipo de la erudición vana, por lo que nuestro autor latino ha pasado a formar parte de esa nómina de eruditos inútiles que puebla la literatura. Precisamente, el poeta argentino Arturo Capdevila inaugura la peculiar historia de la presencia viva de un viejo libro en un siglo, el XX, y un lugar, el cono sur americano, donde, en principio, sería menos esperable encontrar un diálogo con Gelio, si lo comparamos con otras épocas y lugares, como, por ejemplo, las misceláneas renacentistas en Europa. Vamos a llevar a cabo este peculiar recorrido de la lectura de Aulo Gelio por la literatura argentina del siglo XX a partir de cuatro puntos de vista diferentes: la recreación de la figura del autor como tal autor, la cita de sus textos, el comentario que merece su obra y, finalmente, las posibilidades de relectura que ofrece para la modernidad. Para ello, utilizaremos, respectivamente, los testimonios de Arturo Capdevila, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges.



[1] García Jurado, F. “¿Por qué nació la juntura “Tradición Clásica”? Razones historiográficas para un concepto moderno”, CFC (Lat.) 2007, 27/1, pp. 161-192
[2] Así lo hemos estudiado en nuestra ponencia titulada “La antología inminente. Aulo Gelio y la literatura española del siglo XVI”, presentada al XX Coloquio Internacional de Filología Griega (Universidad Nacional de Educación a Distancia, Madrid, 5 de marzo de 2009).
[3] Andrea Camillero, Un mes con Montalbano, Barcelona, 1999, pp. 199-207.




FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 29 de junio de 2010

IGUALES A LOS DIOSES MEJOR QUE A LOS BRUTOS


Durante este curso que termina he tenido la ocasión de ver varias veces el magnífico ejemplar que los entendidos llaman "el Salustio de Ibarra". La Biblioteca Marqués de Valcecilla y el Palacio Real (en la ilustración) fueron los escenarios ideales, y mis alumnos tuvieron la suerte de ser testigos privilegiados de esa contemplación. Es sin duda un gran libro, representante de una política absolutista, que llegó a las manos de los más poderosos de Europa, compuesto por personas que quisieron parecerse más a los dioses que a los brutos. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

"La conjuracion de Catilina y la Guerra de Iugurta por Cayo Salustio Crispo" fue publicada en Madrid a cargo del mitico Joachin Ibarra, Impresor de Camara del Rei Nuestro Señor, en el año de 1772. La traducción del texto latino debe ser atribuida al Infante D. Gabriel Antonio de Borbón, si bien fue revisada por Francisco Pérez Bayer. Esta obra fue considerado con toda razón como el mejor libro impreso en la España del siglo XVIII. Se trata de la traducción de las dos obras que se han conservado completas del historiador latino Salustio, La conjuración de Catilina y Guerra de Yugurta, y responde a lo que podemos considerar como una obra compuesta en equipo con un consciente fin político y propagandístico. El libro, de hecho, representa las nuevas ideas sobre la enseñanza auspiciadas por Gregorio Mayáns tras la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles en 1767. De esta forma, el infante aparece como beneficiario ejemplar de los nuevos principios educativos, en particular los relativos a la enseñanza del latín, que el propio Mayáns había plasmado en obras tales como su Idea de la gramática de la lengua latina (1767). Así las cosas, este Salustio responde a la cuidadosa creación de un personaje, el de un infante humanista que encarna lo mejor de la educación y la Ilustración carolina. Ya en el prólogo, sin firma alguna, don Gabriel escribe en primera persona acerca de sus intenciones de reforma del buen gusto literario en España para luego referirse, también de manera implícita, a su preceptor, el polígrafo Francisco Pérez Bayer, que escribió para él un tratado sobre las letras fenicias, incluido a manera de apéndice dentro de la misma obra. El deslinde entre el personaje del infante y el de la persona de carne y hueso es cuestión compleja, pues al menos tres personas han intervenido directamente en esta empresa editorial: además del propio infante don Gabriel como traductor, está su preceptor, Pérez Bayer, en calidad de supervisor del texto y autor del estudio ya referido, y el impresor Joaquín Ibarra, artífice de la magnífica edición que es gloria de la imprenta española. Tampoco es baladí la labor de los diseñadores y grabadores de las estampas que convirtieron este libro en una verdadera obra de arte difundida entre las personas más notables de Europa y hasta de América, pues llegó a las mismas manos de Benjamin Franklin. Cada página de esta obra es un pequeño prodigio tipográfico, pues presenta el texto castellano en cursiva y, debajo de él, el texto latino a dos columnas y en letra redonda. El tercer elemento lo constituyen las notas eruditas, igualmente importantes para comprobar la excepcional erudición manejada. Que la obra tipográfica más importante y bella de aquel siglo esté dedicada a un historiador latino no es un hecho casual. Precisamente, la restauración del buen gusto literario se hace con un doble punto de referencia: los clásicos grecolatinos y los mejores autores españoles del siglo XVI, que también son traductores de los primeros, como es el caso de Fray Luis de León, traductor de Horacio y Virgilio. De esta forma, el infante traduce a Salustio a la manera de aquellos autores españoles del Siglo de Oro, con el empeño decidido de pasar a la posteridad gracias a una gran obra, y atiende a las propias enseñanzas del historiador latino, en especial cuando éste nos habla de los afanes humanos al comienzo de su biografía sobre Catilina, que reproducimos aquí como colofón en la propia versión del infante:
“Justa cosa es que los hombres, que desean aventajarse a los demas vivientes, procuren con el mayor empeño no pasar la vida en silencio como las bestias, a quienes naturaleza criò inclinadas a la tierra y siervas de su vientre. Nuestro vigor y facultades consisten todas en el animo y el cuerpo: de este usamos mas para el servicio, de aquel nos valemos para el mando: en lo uno somos iguales a los Dioses, en lo otro a los brutos.”
FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE