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sábado, 20 de diciembre de 2008

LA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS EN LA SEGUNDA REPÚBLICA: LAS LENGUAS CLÁSICAS


Mi amigo el profesor José Torres preguntaba el otro día acerca de quiénes habían enseñado lenguas clásicas en esta mítica facultad de Filosofía y Letras de los tiempos de García Morente. A esta cuestión me llevo dedicando con pasión y entrega ya hace más de un año, y sobre ella hablaré en más de una ocasión en estos cuadernos de bitácora. Dar una simple lista de nombres no es respuesta suficiente, si no se aborda con valentía lo que hay detrás de ellos. Como en casi cualquier departamento de universidad, o cualquier familia incluso, se dan cita tres generaciones de profesores en las dependencias del nuevo edificio: los que pertenecen, para entendernos, a la generación de Menéndez Pelayo (1856-1912), como Mario Daza (1860-1943) (Catedrático en Madrid desde 1898) o José Alemany (1866-1934) (Catedrático en Madrid desde 1899); los que pertenecen a la generación de Ortega y Gasset (1883-1955), como Pedro Urbano González (1879-1966) (Catedrático en Madrid desde 1932); finalmente, los más jóvenes, o la generación de Jorge Guillén (1893-1984), donde hay que situar a profesores como Agustín Millares (1893-1980) (Catedrático en Madrid desde 1926), Bernardo Alemany (1896-1972) (Catedrático en Madrid desde 1927) o Juliana Izquierdo Moya (1888-1966) (ayudante de facultad). Esto es una muestra pequeña, pero significativa, de las personas dedicadas a los estudios clásicos durante este periodo. Hay diversidad y diferencias notables entre ellos, que en buena manera explican muchos aspectos de la historia intelectual española. Gracias al estudio detenido de sus biografía llegamos a comprender mejor ciertas relaciones con el mundo cultural de la época, así como con el mundo científico, en particular el Centro de Estudios Históricos. Debo recordar que la Filología Clásica en España existe oficialmente desde el año 1932, y que es fruto de un complejo proceso que arranca en los años 80 del siglo XIX, al calor de la llamada Polémica de la ciencia española. En esta ocasión sólo quiero llamar la atención sobre un libro singular que representa muy bien lo mejor de aquellos estudiosos. Se trata del el libro titulado Ratnavali o El collar de perlas por CriHarsa; comedia traducida directamente del sánscrito y prácritos por Pedro Urbano González de la Calle; precede una introducción al estudio de la dramática india antigua por Mario Daza de Campos (Madrid, Victoriano Suárez, 1934). Pedro Urbano González de la Calle, que había venido desde la Salamanca de Unamuno, aprende sánscrito con Mario Daza, el decano de los profesores. Gracias a ese aprendizaje nace una colaboración ejemplar que se plasma en este libro único y hermoso. Ahora el libro puede verse en una de las vitrinas de la exposicion, como podéis ver en las fotografías que ilustra este texto. A la derecha del libro hay una gramática latina, la de Millares Carlo y Agustín Gómez Iglesias, libro también ejemplar del que hablaré en otro momento con más calma. También queda pendiente hablar de otra cuestión interesante y delicada: la relación (tangencial) entre los renovados estudios clásicos y la II República española. La historia de vuelve apasionante, y mis estudios con ella.


Francisco García Jurado

H.L.G.E.



jueves, 18 de diciembre de 2008

LA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS DE MADRID EN LA SEGUNDA REPÚBLICA


















Una mañana de sol invernal y una exposición realmente memorable que va a tener lugar en el Centro Cultural Conde Duque desde el 18 de diciembre de 2008 hasta el 15 de febrero de 2009. La Historia de un país está compuesta de pequeñas-grandes historias que nos hacen comprender mejor las circunstancias generales de un momento dado. La creación de la nueva Facultad de Filosofía y Letras supuso, ante todo, el afán de llevar a cabo la renovación académica, siempre tan difícil, y de hacer, en la medida de lo posible, realidad un hermoso sueño. Que esta facultad fuera, al menos durante unos tres años, quizá la mejor de Europa, fue una feliz y efímera realidad. Hoy, día dieciocho de diciembre, ha asistido un numeroso público a la inauguración de esta exposición que culmina un largo proyecto emprendido hace ya unos dos años por los profesores Santiago López-Ríos y Juan Antonio González Cárceles. Entre los asistentes es realmente emotiva la presencia de antiguos alumnos, jóvenes hoy día de más noventa años que aún son capaces de revivir aquel momento áureo de su vida. De entre estas personas hoy destaco a María Teresa Bermejo, cuya fotografía incluyo aquí, testigo excepcional.


La evocación del ambiente de los años treinta es uno de los logros de esta exposición, donde el buen gusto destaca en muchísimos detalles. Uno de ellos es el uso de los característicos carteles que aún hoy día pueden verse sobre las puertas de los despachos. Pequeños elementos decorativos, cotidianos o invisibles para los que habitan la facultad, pero que vistos en la exposición se convierten en una seña de identidad. Qué decir de la vidriera art-decó, reproducida a menor tamaño en la exposición, que ya puede admirarse, de nuevo esplenendorosa, en el hall del edificio. Como la facultad de Morente fue viajera, no podía faltar la evocación del crucero por el Mediterráneo, misión cultural y de Estado, que supuso para quienes lo hicieron una de las experiencias más inolvidables de su vida. La exposición termina con una gran maqueta de la Ciudad Universitaria tras la Guerra Civil y su reconstrucción durante la posguerra. Discontinuidad y continuidad, esa clave histórica que define lo español a lo largo de tantos siglos.


Ha sido un día admirable, que luego ha continuado ya en casa con la lectura del precioso catálogo y del CD que lo acompaña. Volveré a visitar la exposición una cuantas veces, pues no quiero perder detalles que hoy, debido a la gran cantidad de público, no me ha sido posible ver con calma. Espero que quienes se acerquen a la exposición vean más allá de una mera circunstancia histórica o de un hecho concreto. Con la facultad de Filosofía y Letras se levantaba un monumento a la cultura de Occidente, la antigua y la moderna, y su relación con Oriente. Hoy he sentido el orgullo de ser profesor y de haber podido aportar mi pequeño granito de arena a este inmenso proyecto.



Francisco García Jurado


H.L.G.E.

Visita a la exposición del Museo del Prado "Entre dioses y hombres"

Aquí os mando un enlace al blog de mi página donde comento la visita con mis alumnos a la magnífica exposición dedicada a las esculturas grecolatinas del museo Albertinum de Dresde. Espero que os guste.
http://odisea.webnode.com/blog/

miércoles, 17 de diciembre de 2008

LITERATURA BURGUESA MODERNA Y HUMANISMO CLÁSICO


Como prometí hace unos días, voy a seguir indagando en alguna de las circunstancias de la novela Rosa Krüger, de Sánchez Mazas. Es una obra a la que dediqué cierta atención hace unos años dentro del marco de lo que denomino la relación entre la literatura burguesa moderna y el humanismo clásico. La literatura burguesa moderna, encuadrable desde el punto de vista histórico entre Goethe, que marca su inicio, y Thomas Mann, que supondría su final, se mueve entre dos grandes sucesos externos: la Revolución Francesa y la II Guerra Mundial. Es un largo período de la cultura europea, donde se crea una literatura específica, propia de una clase social emergente, que todavía entiende la cultura europea como una categoría legítima para poder entender el resto de realidades. Esta situación terminará tras la II Guerra Mundial, debido al auge de los poscolonialismos. En todo caso, hoy quería centrarme en la especial relación que encontré entre la novela se Sánchez Mazas, buen exponente de este tipo de literatura, y Goethe, como precursor.




En 1936, Rafael Sánchez Mazas (1894-1966), padre de Rafael Sánchez Ferlosio, comienza la redacción de su novela Rosa Krüger "estando refugiado en la embajada de Chile en Madrid, para distraerse y distraer a sus compañeros de cautiverio, que esperaban todas la noches con impaciencia la hora en que venía a leerles los capítulos que iba escribiendo como una novela por entregas", en palabras de Liliana Ferlosio. La novela quedó inacabada y sin publicar, a pesar de su extraordinaria calidad literaria. En 1984, la editorial madrileña Trieste la publicó finalmente, gracias, entre otros, a Andrés Trapiello, buen conocedor de las especiales circunstancias de la novela[1]. En 1996, una editorial catalana, Ediciones del Bronce, vuelve a publicarla[2]. Rafael Sánchez Mazas, ha sido considerado en alguna ocasión como "un aristócrata de la literatura"[3], pues aún en sus años de mayor gloria jamás mostró interés alguno por publicar la que puede ser sin lugar a dudas su mejor novela. Se trata de una novela alegórica en la que el protagonista, Teodoro, realiza un largo viaje por Europa en busca de una mujer a la que ha visto tan sólo unos momentos en una estación de ferrocarril. A su vez, como si de una sucesión de grados de iniciación se tratara, tiene relación con otras tres mujeres: Coloma, su hermana, o "la invitación trágica y embriagadora a un pecado infame"; Ángela, su esposa, o "el pecado latente bajo las apariencias de virtud", y Persephone (sic), quien "bajo la invitación malsana al pecado (...), acababa por ser la renuncia al pecado y el arrepentimiento" (R.K., p.234). La obra, una elegía dedicada al heroísmo del hombre de bien, es muy rica en fabulaciones, por lo general tomadas de Homero, y está imbuida de un profundo catalanismo del Val d'Arán. Dentro de una concepción tradicionalista que luego desarrollará, asimismo, en su novela La vida nueva de Pedrito de Andía, la mitología clásica es considerada como substrato de la religión cristiana (R.K., pp.86-87; 89-90) y el estilo narrativo se nutre de diversas fuentes literarias que van desde Homero, Dante, Petrarca, hasta autores como Goethe y Proust. Singularmente, se deja sentir la influencia de la "novela de aprendizaje", en este caso simbolizada en Aquiles y Quirón (R.K., p.303). No obstante, en el crisol de improntas estéticas y literarias que se dan cita en la novela de Sánchez Mazas, especialmente el modernismo y la novela erótica de comienzos del siglo XX[4], hay una obra precedente no señalada aún por la crítica que nos parece fundamental, ya que, en buena medida, puede estar configurando la propia estructura de la novela. Se trata de Hermann y Dorotea[5] de J. W. Goethe, peculiar muestra de lo que el autor alemán quiso que llegara a ser un nuevo género en el que el ciudadano burgués fuera una transposición del antiguo héroe épico. Se trata de una pequeña obra que tuvo gran celebridad también en España[6]. El libro se divide en nueve cantos, cada uno dedicado a una musa, y su estilo trata de imitar el hexámetro de la épica homérica. El poema pretende dar un sentido a la historia y a la vida humana tras las consecuencias devastadoras de la Revolución Francesa de 1789 mediante la interpretación trascendente de los ecos clásicos, entendidos éstos como una clave para poder comprender los acontecimientos futuros. A ello se suma, además, un “idilio burgués” de marcado carácter pastoril que permite establecer una singular asociación entre la tradición clásica y el amor universal[7]. Dado este planteamiento, tenemos un esquema argumental muy sencillo: Hermann, el joven protagonista, se enamora de una bella joven que huye entre los desgraciados ciudadanos que se han visto obligados a dejar sus casas a causa de la invasión francesa. Nuestro protagonista logra el consentimiento de sus padres para ir a buscar a esta joven, llamada Dorotea, que terminará siendo su esposa.
Junto a las diferencias evidentes entre la "épica popular" de Goethe y la "novela alegórica" de Rafael Sánchez Mazas, hay una serie de paralelos estructurales y temáticos que nos han hecho pensar en la impronta precursora que la obra del autor alemán pudo tener en esta novela inédita hasta muchos años después de que fuera escrita. Al tiempo, el carácter ideológico que a todas luces presenta el uso del humanismo clásico como garante de un orden en crisis en cada una de las obras, escritas en dos circunstancias históricas extremas (la Revolución Francesa en una, y la Guerra Civil española en otra), da lugar a una fructífera reflexión acerca de la función que la presencia de las literaturas clásicas tiene en las postrimerías de la novela burguesa moderna. Sánchez Mazas, al margen de sus ideas falangistas, puede ser un buen ejemplo de este género que todavía es capaz de manifestar las categorías de su propia cultura en calidad de categorías universales, y del que Thomas Mann será, probablemente, el broche de oro. Es sorprendente observar cómo H.D. de Goethe mantiene una serie de notables rasgos en común con la obra de Sánchez Mazas, lo que podría invitarnos a ver en ella no sólo una de las posibles fuentes de R.K., sino, probablemente, una auténtica obra precursora[8].



[1] La edición, muy cuidada, aún puede encontarse en librerías de viejo. Hay en la anteportada una foto de Rafael Sánchez Mazas leyendo Rosa Krüger en la embajada de Chile en el año 1937. Precisamente, durante los días en que comenzamos a preparar este trabajo, volvieron a salir a la luz los tres cuadernos de memorias de Manuel Azaña que le fueron robados en 1937. Andrés Trapiello nos recordaba en un emotivo artículo titulado "El juguete averiado" (EL PAÍS 23-I-1997) cómo Azaña intentó recuperar sus diarios robados a cambio de entregar a Rafael Sánchez Mazas, que había caído preso cuando intentaba huir de España.
[2] Rafael Sánchez Mazas, Rosa Krüger, Barcelona, Cuadernos del Bronce, 1996. Ésta será la edición por la que citaremos. A partir de ahora, nos referiremos a la novela como R.K.


[3] El escritor catalán Joan Perucho nos refiere así las circunstancias de la publicación póstuma de esta novela: "Menosprecia la publicación de sus libros (sc. Sánchez Mazas), hasta el punto de que su mejor novela -Rosa Krüger- estuvo abandonada en un cajón de su mesa de trabajo hasta que Andrés Trapiello la descubrió 50 años después de haberla escrito. Entonces, es verdad, intervinimos Pere Gimferrer, Carlos Pujol y yo" (Joan Perucho, Los jardines de la melancolía. Memorias, Valencia, Pre-Textos, 1993, pp.159-160).
[4] A este respecto, resulta imprescindible el estudio de Luis Gómez Canseco, “El hombre inocente. Arquetipos y estructura míticas en dos novelas de Rafael Sánchez Mazas”, Exemplaria 1, 1997, pp. 111-136.
[5] Citaremos por la siguiente edición española: J.W.Goethe, Hermann y Dorotea. Reineke el zorro. Introducción de José Miguel Mínguez Sender. Traducción de Rafael Ballester, Barcelona, Bruguera, 19842 (a partir de ahora citaremos como H.D.). Es, asimismo, destacable, la traducción de Alfredo Gallant.
[6] La popularidad de esta obrita en España puede apreciarse en las varias ediciones que tuvo desde finales del siglo XIX a la primera mitad del siglo XX. Es significativo que cuando Manuel García Morente enumera en su conocido discurso sobre “Goethe y el mundo hispánico” (Revista de Occidente, nº CVI, Abril de 1932, p. 134) las traducciones de las principales obras de Goethe al castellano y al catalán coloque en segundo lugar, tras el Werther, la obra de Hermann y Dorotea, por delante de Fausto y las Elegías Romanas.
[7] Cf. Francisco García Jurado, “Homero y Virgilio desde la literatura burguesa moderna: entre «Hermann y Dorotea», de J. W. Goethe, y «La montaña mágica», de Th. Mann”, Cuadernos del Sur. Letras 31, 2001, pp. 37-55.
[8] Al hablar de “obra precursora” nos referimos a una interesante concepción borgiana de la literatura que consiste en observar cómo ciertas obras cumplen la función de realzar los textos anteriores, como podemos ver en su ensayo titulado “Kafka y sus precursores”, que comenta de la siguiente manera Tania Franco Carvahal (Literatura Comparada, Buenos Aires, Corregidor, 1996, p.92): “Como se ve, para Borges, es el texto de Kafka el que realza al texto anterior y le da sentido. Él lo revaloriza al convertirlo en uno de sus precursores. De ese modo, si hay deuda, es del texto anterior con aquel que provoca su redescubrimiento y no, como quería Harold Bloom, de éste para con aquellos que supuesta o realmente influyeron sobre él”.

domingo, 14 de diciembre de 2008

SÁNCHEZ MAZAS, EL MALVADO


Hace ya un tiempo envié una carta al diario El País que no fue publicada (en honor a la verdad, también debo reconocer que es mayor el número de cartas enviadas que me han publicado que el número de las rechazadas). Tenia que ver con esa visión excesivamente política de nuestro canon literario, un fenómeno nada nuevo, por cierto. Dado que el otro día emitieron por televisión la versión cinematográfica de la novela Soldados de Salamina, volví a recordar el absoluto desprecio que se hace a la obra de un autor allí tratado. Si bien no tenemos por qué comulgar con las ideas de ese autor, ello no debería ser óbice para valorar otros aspectos de su obra, como alguna de las ficciones que escribe, a caballo del modernismo y la herencia de los clásicos antiguos y modernos. En fin, paso, sin más, a reproducir el contenido de aquella reseña:


Veo en El País del martes 19 de noviembre de 2002 que la novela de Javier Cercas, Soldados de Salamina, sigue dando de qué hablar, ahora en Alemania, país donde la mala conciencia colectiva aún es un fantasma que se deja ver de vez en cuando. Sobre mi mesa aún está la reciente novela de Javier Cercas, Soldados de Salamina, que me ha proporcionado unas más que gratas horas de lectura. Junto a la novela, el interesante artículo que el propio Javier Cercas publicara en El País Semanal del 6 de enero de 2002 ("El país de Salamina") y el penetrante análisis que Mario Vargas Llosa le dedicara en El País del 3 de septiembre de 2001 (“El sueño de los héroes”), fecha que hoy nos resulta absolutamente lejana por tantas cosas. Tiene razón Vargas Llosa cuando advierte las raras veces que tenemos ocasión de estar ante un prodigio de la narrativa, e imagino que su texto admirativo sobre la novela de Cercas podría resumir el sentimiento de muchísimos lectores de Soldados de Salamina. Pero hay también en mi mesa otra novela, Rosa Krüger, en su primera edición de 1984, a pesar de que fuera escrita entre 1936 y 1937. Frente a la “historia real” de Cercas, Rosa Krüger nos presenta una alegoría de Europa y un crisol de distintos registros narrativos que van desde la novela erótica de Insúa hasta, a mi entender, los versos de Goethe en su Herman y Dorotea, como he intentado demostrar en un trabajo publicado en las últimas actas del congreso de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada, celebrado en León en octubre del año 2000. A ello pueden añadirse los relatos homéricos convertidos en “relatos fantásticos” que preconizan aspectos de la narrativa de Álvaro Cunqueiro o Joan Perucho, unos años después. En Rosa Krüger se nos dice que “la vida no es una novela”, singular contrapunto de la novela de Cercas, que nos presenta la vida precisamente convertida en relato. Volviendo a Soldados de Salamina, tengo la impresión de que hay algo que ha dejado conscientemente en segundo plano Javier Cercas, como es la calidad de Sánchez Mazas como escritor, al margen de ideologías. Esto me recuerda a un artículo que 1994 publicara Antonio Muñoz Molina también en EL PAÍS del 4 de mayo, como es común en sus escritos se trataba de una lúcida reflexión titulada “Eliot, el malvado”, acerca del “escarnio póstumo” que por aquel entonces se estaba haciendo de T.S. Eliot en un estudio biográfico donde quedaba relegada cualquier consideración relativa a la incuestionable calidad literaria o crítica de este autor. Por lo que veo, no es muy diferente el trato que Sánchez Mazas está recibiendo gracias o por culpa de una novela excepcional como la de Cercas. Por cierto, por si no lo dije antes, Rosa Krüger, también excepcional en muchos aspectos, la escribió Rafael Sánchez Mazas. ¿Hasta cuándo seguirá perdiendo la literatura ante la política?