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viernes, 12 de junio de 2009

EL PROFESOR DE LATÍN EN LA LITERATURA ESPAÑOLA IV (FINAL)


Llegamos al final de esta pequeña serie sobre el profesor de latín en la literaura española. Debo decir que el texto que he ido presentando estos días pertenece a una pequeña ponencia que presenté en el III CONGRESO DE LA SOCIEDAD DE ESTUDIOS LATINOS (Lugo-Santiago de Compostela. Del 28 al 30 de septiembre de 2000), donde presentamos precisamente una mesa redonda sobre la figura del profesor de latín en lugares como la literatura o el cine.


e) El siglo XX se abre con el grave cuestionamiento de algunos noventaiochistas, que esbozan una suerte de dialéctica entre latín y modernidad, de terribles consecuencias posteriores, sobre todo cuando tales cuestionamientos se lean descontextualizados. Miguel de Unamuno recoge la tradición literaria de Quevedo, y convierte al licenciado Cabra, ahora con un nuevo nombre de catedrático real, en representación de la tristeza:

“Tenía don Santos no poco del antiguo dómine y pasaba por severo. Aún conservo dejos del efecto que producía oír a aquel hombre ya anciano, alto, grueso y corpulento, de labio colgante y largo levitón, emitir con voz pausada rotundos proverbios y dicharachos latinos. Entre los cuales conservo, porque lo prodigaba, el de: verba repetita generant fastidium (...)
La mocedad es alegre, y, sin embargo, mi recuerdo de aquella aula, de aquel alto anciano vestido de negro, de aquel cartel y aquellos verbos irregulares, es un recuerdo triste". (Miguel de Unamuno, Obras Completas VIII. Autobiografía y recuerdos personales, Madrid, Escelicer, 1966, pp.131-133)

Muy interesante resulta la descripción que hace Unamuno cuando nos dice que “tenía don Santos no poco del antiguo dómine”, con una nota de severidad, al tiempo que “anciano, alto, grueso y corpulento,” imagen que, como ya hemos ido viendo, desde la literatura del siglo XVIII ya constituye un tipo literario. La manera de referirse al profesor mediante un artículo indefinido subraya cierta lejanía.

f) Luego llega la época de las grandes confrontaciones políticas. Ramón Pérez de Ayala o Rafael Alberti nos ofrecen infelices retratos de los profesores de latín jesuitas. El retrato que nos ofrece Ramón Pérez de Ayala en su novela A.M.D.G. es especialmente negativo:

"El padre Mur perseguía la oportunidad de satisfacer su venganza en Bertuco, el cual en cierta ocasión, había repelido coléricamente las asiduidades cariciosas y pegajosas del jesuita.
(...) Entre las muchas artimañas y máculas ladinas con que Mur cazaba a los enredadores, una de ellas consistía en volverles la espalda, con lo cual ellos, juzgándose libres por el momento, verificaban sin disimulo su travesura; mas, siendo luenga la nariz de Mur, y descansando las gafas en lo más avanzado del apéndice nasal, bastábale subir, como al desgaire, la mano hasta el rostro, poniéndola detrás de los vidrios para tener un espejo en donde se retrataba todo lo que detrás de él acontecía. (...) Mur, en aquel punto, hacía espejo de sus gafas; pero no supo interpretar los movimientos del niño en derecho sentido, sino que dio por averiguado que le hacía burla y muecas de odio con todo desembarazo y desvergüenza. (...)
-¡Lame la tierra! -rugió Mur, con voz estrangulada de ira y torpe fruición.
El paso continuo de centenares de pies había desgastado el ladrillo, formando un polvo terroso y sucio. De otra parte, las fauces de Bertuco estaban resecas. Así que por las tres veces que puso la lengua sobre el suelo convirtiósele en un objeto extraño y asqueroso, como petrificado, que le ocasionaba fuertes torturas y le impedía hablar.
-¡No puedo más...! -articuló con esfuerzo.
Mur le puso el tosco zapato sobre la nuca. El niño, en una convulsión, quedóse rígido, yacente, bañado el rostro en sangre." (Ramón Pérez de Ayala, A.M.D.G. La vida en los colegios de jesuitas (1910), Edición de Andrés Amorós, Madrid, Cátedra, 1995 quinta edición, pp.335-338)

Estamos ante un profesor jesuita, dotado de “luenga nariz” (Quevedo) y colérico, a quien el autor se refiere bien como "el padre Mur" o simplemente "Mur". Está claro, al igual que veíamos en el retrato que hacía Unamuno de su profesor, que las convenciones del retrato del licenciado Cabra siguen realmente vivas, mezclándose ahora con lo meramente autobiográfico.
Rafael Alberti, por su parte, nos ofrece en su Arboleda perdida el brevísimo retrato de un profesor de latín también jesuita, esta vez un peruano, cuyo rostro enrojecido, en opinión del poeta, le confería aspecto de idolillo. Muy singular es la referencia al mote, esta vez especialmente irreverente por la alusión al nombre de una conocida prostituta sevillana. Hay en el recuerdo general del colegio algunas notas especialmente negativas en lo que se refiere a la pedagogía de los jesuitas, a los que Alberti denomina “mis fríos y crueles profesores”, algo muy parecido a lo que hace Ramón Pérez de Ayala. De hecho, los recuerdos autobiográficos de la etapa escolar de Alberti, especialmente los que podemos encontrar en su libro Sobre los Ángeles, y en la recopilación de poemas agrupada bajo el título de Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, guardan muchas similitudes con la novela A.M.D.G., que ya hemos tenido ocasión de comentar, y con El retrato del artista adolescente de Joyce, que Dámaso Alonso traduce y publica en 1926. En este sentido, tenemos un precioso poema extraído de Yo era un tonto (...), el titulado “Noticiario de un colegial melancólico”, donde podemos encontrar este precioso recuerdo de su aprendizaje del latín:

“NOMINATIVO: la nieve
GENITIVO: de la nieve
DATIVO: a o para la nieve
ACUSATIVO: a la nieve
VOCATIVO ¡oh la nieve!
ABLATIVO con la nieve
de la nieve
en la nieve
por la nieve
sin la nieve
sobre la nieve
tras la nieve
La luna tras la nieve
Y estos pronombres personales extraviados por el río
Y esta conjugación tristísima perdida entre los árboles

BUSTER KEATON”

(Rafael Alberti, Sobre los ángeles. Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos. Edición de C.Brian Morris, Madrid, Cátedra, 1996, p.180)

La aparición final del adjetivo “tristísima”, así como el frío que evoca la palabra “nieve”, tantas veces repetida, vuelve a darnos idea del infeliz recuerdo que tiene Alberti de sus recuerdos escolares. Por otra parte, la alusión al actor Buster Keaton, a quien el poeta intenta poner como máscara de sus propios recuerdos, ofrece una curiosa nota contemporánea a la composición del poema. Los ecos del aprendizaje memorístico de la declinación (Alberti utiliza equivocadamente el término “conjugación”) sirven para conferir una estructura singular al poema.
Desde el otro lado político, autores de inspiración falangista, como Rafael Sánchez Mazas, convierten a sus profesores en nobles Virgilios que conducen a los modernos Dantes al inicio de su vida nueva. Así lo vemos en La vida nueva de Pedrito de Andía, donde nos encontramos ante un profesor religioso que desea, debido al cariño que profesa a su alumno, encargarle un trabajo para que no olvide el latín que ya no volverá a estudiar el curso siguiente; podemos encontrar este mismo motivo del estudio en vacaciones en el capítulo segundo de la novela Bajo las ruedas, de Hermann Hesse que, no en vano, también es una "novela de formación", aunque, en este caso, las consecuencias serán devastadoras para el estudiante.
"Aquellas clases particulares de latín que me daba el padre Cornejo iban a complicarme la vida. ¿Cómo le quitaba yo la ilusión, que le había entrado -y que le sigue-, de que yo no dejara el latín, aunque no me tocase ya de asignatura? También me fastidiaron los premios: la Matrícula de Literatura y el accésit de dísticos latinos, en el Certamen de las Bodas de Oro del Padre Mendoza. El Padre Cornejo, por el cariño grande que me tiene, me dio para las vacaciones el trabajo especial sobre «Pigmeos y Gigantes». A mí, eso me preocupaba mucho aquellos días.” (Rafael Sánchez Mazas. La vida nueva de Pedrito de Andía, Barcelona, Planeta, 1995, pp.14-15)

El estudio de una materia escolar a destiempo desconcierta al muchacho, aunque esta vez no se ve obligado más que por una relación afectiva con su profesor, ya que no va a volver a cursar la materia.
El recuerdo del latín se escinde, en definitiva, entre las memorias lejanas de los exiliados y los nuevos planes de estudio nacional-católicos, como el famoso plan Sáinz Rodríguez, en el que, paradójicamente, se formaron autores de muy distinto signo político. Veamos la curiosa impronta que el latín ha dejado en un autor como Juan García Hortelano, que fue niño de la guerra y posterior cultivador de la novela social, aunque luego supo evolucionar y adentrarse en nuevos caminos literarios llenos de imaginación e ironía. Con tono desenfadado nos habla así de su paso por los Escolapios en una singular entrevista que le hiciera Rosa María Pereda, repleta de recuerdos singulares, como el del macabro relato que uno de los curas hacía de la muerte del impío Voltaire. Al final, hay un entrañable recuerdo para un profesor de latín:

“«Entre las excepciones está el que «yo, hasta entonces, no había pasado de la primera decli­nación latina, y tuve un excelente maestro que me permi­tió y me permite ahora leer en latín, cosa que le agra­dezco mucho a aquel viejo que, por otra parte, nos daba los datos, las fechas, etcétera, absolutamente equivoca­dos... (...).
A mí lo que verdaderamente me asombra es que saliéramos de aquello sabiendo leer, sabiendo latín y bueno, no excesivamente deformados" (Rosa María Pereda, El gran momento de Juan García Hor­telano, Madrid, Anjana Ediciones, 1984, pp.30-32)

De esta viva pincelada de un profesor de latín, excepcional, por lo que parece, dentro del contexto general del colegio de los Escolapios, pasamos a un curioso texto que aparece en su “flaubertiana” novela titulada Gramática Parda, donde, al pasar lista a unos peculiares niños, termina por aflorar, aunque sin nombrarlo, uno de los versos más conocidos de Virgilio:

"-Orbem Terrarum...
-Servidor y presente -respondió Orbem Terrarum.
-Spe Tantum Relicta...
-Servidora y presente -respondió Spe Tantum Relicta.
-Bonus Eventus...
-Servidor y presente -respondió Bonus Eventus.
-Arma Virumque...
-Cano -respondió Arma Virumque (...)" (Juan García Hortelano, Gramática Parda, Barcelona, RBA Editores, 1994, p.33)

g) Vienen luego los tiempos de mayor esplendor histórico de la Filología Clásica en España, que termina bifurcándose entre las materias filológicas y lingüísticas. Antonio Prieto nos ofrece en una preciosa novela lírica titulada La plaza de la memoria, un retrato de un profesor religioso del colegio de La Salle que es descrito como “formidable profesor”. Hasta aquí, estamos ante el retrato esperable, de acuerdo con los que ya hemos visto hasta ahora. No obstante, al proseguir con la lectura de la novela, observamos que el retrato terminará invirtiendo su perspectiva, ya que del alumno que recuerda y juzga a un profesor pasaremos a un profesor que habla de sus alumnos, y aún más todavía, pues veremos cómo en un singular juego con el tiempo este profesor ficticio evocará a profesores reales que todavía son alumnos en el tiempo ficticio de la novela. Esto ocurre al recordar la Universidad de Madrid, con sus conocidas rivalidades entre catedráticos. En cierto momento de esa evocación, el protagonista, convertido en un personaje más joven de lo que corresponde a la edad real del autor, habla de sus compañeros de Facultad, todos ellos actuales profesores: Vicente Cristóbal, Antonio Alvar, el helenista Antonio Guzmán, y Felisa del Barrio, evocada líricamente tan sólo por su nombre de pila:

"Con la Odisea recitándome el comienzo de la vida, la virtud del engaño para sortear a Circe y Calipso, me había olvidado que estaba en la biblioteca, aunque no de los ojos de Paula. Por detrás me despertó la voz de Vicente Cristóbal, un espléndido compañero que ya apuntaba como sabio discípulo de Ruiz de Elvira, el catedrático de Murcia llegado a la Complutense. Raramente, aquella mañana no había podido ir a clase.
-¿Has cogido apuntes? -me preguntó.
-No, no fui a clase hoy.
Lamenté aquella mi negación porque Vicente era un excelente compañero, como lo era Antón Alvar, que luego profesaría en la Universidad de Alcalá de Henares, o lo era Antonio Guzmán, dedicado en sus afanes al griego, o una chica vivaz, Felisa, en cuyos ojos yo leía el palpitar de los elegíacos latinos y aceptaba que el hexámetro dactílico hubiera sido inventado por una mujer, sin importarme si fue la sacerdotisa pitia Fenómoe o Fanótea, la mujer de Ícaro." (Antonio Prieto, La plaza de la memoria, Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1995 p.106)

Tenemos, pues, un singular juego de oposiciones entre el presente y el pasado, que nos ofrece un profesor ficticio, religioso y de enseñanza media, frente a estos profesores aún alumnos que son reales y, ante todo, una proyección de futuro.
Y llegamos, finalmente, a las nuevas reformas, con las que, una vez más, vuelve a surgir la cuestión de la razón de ser de las humanidades. Antonio Muñoz Molina resume toda una tradición acerca del retrato del profesor de latín en un artículo periodístico aparecido en 1995. En este artículo hemos encontrado un amargo retrato que nos recuerda a aquel que hemos visto en Quevedo, Unamuno y Pérez de Ayala:

"En los siniestros colegios de curas de mi adolescencia el latín era una cosa penitenciaria y clerical que todos odiábamos, una aridez y una monotonía de declinaciones que rondaban siempre con el castigo y nunca con la alegría de descubrir y aprender. A los trece años, en un aula grande y sombría en la que siempre era invierno, nos daba clase de latín un hombre ciego y colérico que pasaba lista recorriendo con sus dedos blandos unas hojas amarillas en braille y que tenía sobornados en secreto a unos cuantos alumnos para que espiaran a los otros y le contaran luego lo que él no podía ver. Había medido en pasos exactos las dimensiones del aula, la anchura de la tarima, la longitud de las filas de pupitres y la distancia entre ellas, y cuando algún interno malvado quería vengarse de una mala calificación lo único que hacía era cambiar de sitio unos centímetros su banca; entonces el profesor al pasearse entre ellas leyendo nuestros nombres en braille, chocaba con un obstáculo imprevisto, y el duro canto de madera se le clavaba justamente en las ingles. Se quedaba callado, apretando los labios, no decía nada, pero se le dilataban las aletas de la nariz, y los ejercicios de gramática latina se volvían más incomprensibles y crueles.
Con el paso del tiempo, de lo que uno se arrepiente sobre todo es de las cosas que no hizo cuando tuvo ocasión. Yo me arrepiento ahora de no haber aprendido latín, de no poder sumergirme como en un continente de maravillas y prodigios en los hexámetros de la Eneida, en los epigramas amorosos de Catulo, en la prosa de Tácito (...)" (Antonio Muñoz Molina, "Palabras en latín", publicado en EL PAÍS, 11-1-95)

Estamos, posiblemente, ante el último gran retrato, por el momento, de un profesor de latín. Hay, por lo demás, algunos indicios que nos hacen pensar que el autor es consciente de que forma parte de una tradición acerca de este tipo de retrato. Se trata de un terrible profesor, no sabemos si del todo real, de colegio religioso, presentado como "un hombre ciego y colérico". Este personaje terrible es singular por lo que guarda de las trazas del tradicional “dómine” que, como hemos visto, ha dominado gran parte de los retratos de nuestra literatura.
Ya que comenzamos con Valle-Inclán nuestro breve relato, quisiéramos terminar leyendo un breve pasaje de inspiración modernista en el que encontramos a un joven estudiante de latín llorando sobre su Nebrija, pues ha de estudiar precisamente en Nochebuena. El arcaísmo de ese latín de penumbras y la belleza de la montaña gallega se aúnan para conformar una pequeña obra de arte:

"Era en la montaña gallega. Yo estudiaba entonces gramática latina con el señor Arcipreste de Céltigos, y vivía castigado en la rectoral. Aún me veo en el hueco de una ventana, lloroso y suspirante. Mis lágrimas caían silenciosas sobre la gramática de Nebrija, abierta encima del alféizar. Era el día de Nochebuena, y el Arcipreste habíame condenado a no cenar hasta que supiese aquella terrible conjugación: «Fero, fers, ferre, tuli, latum.»" (Valle Inclán, Jardín Umbrío. Historias de santos, de almas en pena, de duendes y ladrones, Madrid, Espasa-Calpe, 1986 sexta edición, pp.146-149)

En definitiva, tan complejo y rico resulta nuestro retrato que tan sólo podemos recoger siquiera algunos aspectos esenciales. No obstante su complejidad, tenemos un retrato muy polarizado que difícilmente adopta las medias tintas de la indiferencia, y no hemos sabido encontrar mejor resumen que el de ese verso de Catulo que nos dice: odi et amo.


BIBLIOGRAFÍA SUCINTA.

F. García Jurado, “El profesor de latín en la literatura española moderna: desde Galdós a Muñóz Molina”, Sociedad de Estudios Latinos. Boletín informativo 11 (diciembre de 1998) 54-62


F. García Jurado y Javier Espino Martín, El profesor de la literatura española, Madrid, Liceus, 2009 (edición electrónica dentro del portal Liceus: http://www.liceus.com/cgi-bin/aco/publi.asp?opcion=1)

jueves, 11 de junio de 2009

EL PROFESOR DE LATÍN EN LA LITERATURA ESPAÑOLA III


Y llegamos hoy al siglo donde todo cambia, pues las humanidades se ven sacudidas por lo nuevos vientos políticos y novedosos paradigmas, como el de la historia de la literatura griega y latina. Es el siglo donde nace el mito del anticlericalismo, y esto también va a afectar a la imagen de los profesores de latín, a pesar de los ejemplos notables de profesores románticos y liberales.


d) El siglo XIX se debate entre esta triste herencia y los afanes de renovación, tiñendo ahora todo ello de nuevos matices políticos, bien liberales, bien conservadores. De esta forma, el anticlericalismo liberal, que dará lugar en la literatura de la época al desarrollo de la figura literaria del cura, vendrá a añadir otro nuevo matiz negativo, si cabe, a nuestro retrato del profesor de latín cuando éste sea religioso, opuesto ahora al catedrático laico. Así lo vemos en las deliciosas e interesantes memorias que sobre sus maestros y su educación dejó escritas el doctor Federico Rubio y Gallí, quien nos describe a su preceptor de latín como un “dómine laico, casado y liberal”.

"En primeros de octubre abrió su aula don Santiago Castellanos, dómine de latín muy contra el uso de lo que cualquiera pueda figurarse.
Fama de latino la tenía, y muy grande. ¡Con decir que se le reconocía desde el siglo anterior, a pesar de ser laico, casado y liberal, está dicho todo!" (Federico Rubio y Galí, Mis maestros y mi educación. Prólogo de Pedro Laín Entralgo, Madrid, Tebas, 1977, pp.182-183)

Se trata, irónicamente, de un “dómine”, pero de un dómine “liberal”, adjetivo este último que nos ofrece una nueva dimensión histórica, pues si bien hemos visto aplicar el término de dómine a laicos, como el dómine Lucas, el término “liberal” nos acerca a un aspecto ya propio del siglo XIX, que es cuando podemos encontrar los orígenes del pensamiento anticlerical tal y como hoy lo entendemos. Es, precisamente, en este momento, cuando el latín comienza a considerarse como “cosa de curas” en sentido global (ya no se trata de una disputa entre órdenes, como los jesuitas o escolapios), y por ello resulta en cierto sentido una antítesis que este dómine, además de no ser cura y estar casado, sea liberal. Este tópico del profesor de latín considerado tradicionalmente como conservador en política y afín al clero pervivirá hasta nuestros días. El profesor es anciano, está medio ciego, y es todo él una reliquia del siglo anterior, frente al romántico profesor que podemos ver en Armando Palacio Valdés, dentro de su obra titulada La novela de un novelista. Escenas de infancia y adolescencia:

“Nuestro profesor infundía regocijo en el alma así que abría la boca, y lo mismo cuando la tenía cerrada. Era hombre ya entrado en años, de baja estatura, y gastaba, a la usanza de los tiempos juveniles, unas patillas negras que partían de la base de la nariz y llegaban hasta las orejas (...)
Mi catedrático tenía la cabeza clásica y el corazón romántico. Por su profesión y por su estudio de la antigüedad pagana admiraba a los héroes griegos y romanos, y estimaba a sus poetas, en especial a Tibulo y Virgilio (...)
Nos leía con entusiasmo la descripción que Virgilio hace de Venus en la Eneida y el Carmen Saeculare, de Horacio; pero sólo le he visto llorar con el Poema a María, de Zorrilla (...)" (Armando Palacio Valdés, La novela de un novelista. Escenas de infancia y adolescencia, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1949 cuarta edición, pp.213-215)


Muy interesante es el calificativo de "romántico", lo que resulta muy propio de los amantes de las letras clásicas de aquella época, escindidos entre su amor por el clasicismo y su pasión por las letras modernas.

martes, 9 de junio de 2009

EL PROFESOR DE LATÍN EN LA LITERATURA ESPAÑOLA II


Seguimos hoy con nuestro recorrido por la figura del profesor de latín en la literatura española. Hoy llegamos al siglo XVIII, dominado por dómines y jesuitas (hasta su expulsión en 1767). Un siglo triste, pero de gran rendimiento literario, como vamos a ver en el cervantino dómine don Supino del Padre Isla o el figurón llamado dómine Lucas de José de Cañizares. Por cierto, Goya ilustró de maravilla este último personaje en uno de sus grabados, el titulado "Los Chinchillas", del que aquí ofrecemos un dibujo preparatorio.

c) El llamado Siglo de las Luces, tan peculiar en el caso español, nos ofrece un triple frente entre maestrillos, jesuitas e ilustrados, y difunde la figura grotesca del dómine pedante, herencia carnavalesca tanto del licenciado Cabra quevedesco como del propio drama barroco. Precisamente, en una de las más famosas comedias posbarrocas, de herencia calderoniana, la titulada El dómine Lucas, de Diego de Cañizares, nos encontramos con un dómine que encarna al hidalgo y al figurón. Aunque llamado dómine, no se trata de un maestro, sino de un mal estudiante de gramática. Las tres características que pueden hacer que denominemos a una persona como “dómine”, a saber, que sea maestro, que sepa gramática latina y que sea clérigo, no son siempre necesarias, de forma que tan sólo una de ellas puede bastar (a veces, incluso, ninguna). Don Lucas es definido como un mal estudiante de Salamanca, cuyo propósito es ser abogado, pero que no ha llegado ni a completar la Gramática. De origen noble, pues pertenece al linaje hidalgo de los Chinchillas, se le califica como “necio” y “vano”. Su rudeza puede verse tanto en su conducta extravagante (por ejemplo, regalarle dos gallinas a su amada Melchora), como en su mal conocimiento de “las letras”. Es singular la impronta iconográfica que de este sujeto ha dejado Francisco de Goya en un conocido grabado, precisamente el que lleva el número 50 de la serie de los Caprichos, titulado “Los Chinchillas”, nombre alusivo tanto a Don Pedro de Chinchilla como a su sobrino Don Lucas. En él, podemos ver cómo alguien alimenta con un cucharón a ambos personajes, incapaces de hacer nada por sí mismos, ya que están atados a sus blasones y sus cabezas se encuentran cerradas por sendos candados. En el siguiente fragmento se produce un ingenioso diálogo entre Cartapacio, el criado del dómine Lucas, y el propio Lucas. Cartapacio se dirige a su amo en un estilo culto, que llega a su punto culminante cuando el criado le responde a su amo en latín:

“Cartapacio. Allí vuelven los dos hombres.
Lucas. ¿Los de la pasada gresca?
Cartapacio. Ellos mismos.
Lucas. Pues querido,
aquí de tus habilencias.
¿No soy tu Dómine?
Cartapacio Ad natum.
Lucas. ¿No eres mi fámulo?
Cartapacio. Etiam.
Lucas. ¿Te toca mi honor?
Cartapacio. Ad intra.
Lucas. ¿Te tañe mi enojo?
Cartapacio. Ad extra.
Lucas. Pues dame esa daga.
Cartapacio. Ad quid?
Lucas. Ad quid? A lograr que mueran
los que mi amor despachurran.”

(Diego de Cañizaes, El dómine Lucas, en Jerry L. Jonson (ed.), Teatro español del siglo XVIII. Antología, Barcelona, Bruguera, 1972, p. 181)

La compleja y caleidoscópica novela titulada Fray Gerundio de Campazas, del Padre Isla, nos ofrece al carnavalesco dómine Zancas-Largas. Su retrato está perfectamente enclavado en la tradición literaria, pues presenta rasgos comunes no sólo con Quevedo (hombre largo, barba, ojos hundidos, gran nariz, paño pardo, que resulta una evolución de la sotana de Cabra), sino también con Espinel (barba, pedantería y citas latinas de gramáticos). Hay otro rasgo en apariencia insignificante que debe ser destacado, como es su condición de “furioso tabaquista”:

“Era éste un hombre alto, derecho, seco cejijunto y populoso; de ojos hundidos, nariz adunca y prolongada, barba negra, voz sonora, grave, pausada y ponderativa; furioso tabaquista, y perpetuamente aforrado en un tabardo talar de paño pardo, con uno entre becoquín y casquete de cuero rayado, que en su primitiva fundación, había sido negro, pero ya era del mismo color que el tabardo. Su conversación era taraceada de latín y romance, citando a cada paso dichos, sentencias, hemistiquios y versos enteros de poetas, oradores, historiadores y gramáticos latinos antiguos y modernos, para apoyar cualquier friolera.” (Francisco José de Isla, Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas alias Zotes. Edición de Enrique Rodríguez Cepeda, Madrid, Cátedra, 1995, p. 283)

Aunque está claro que el modelo de partida es el de Quevedo, Isla introduce dos nuevos aspectos que no habían sido mencionados en el Buscón, como son las referencias a la voz y a la pedantería del dómine. De hecho, la pedantería, que podemos encontrar en sus continuas citas de textos latinos y, de manera explícita, en la calificación del dómine como “pedantísimo”, es lo que más va a caracterizar al maestro. Hay que tener en cuenta que la figura ridícula del pedante alcanza gran difusión a partir del siglo XVIII, no ajena a las influencias francesas en la cultura española de la Ilustración. Recordemos la divertida obra que con el título de La derrota de los pedantes escribiera Leandro Fernández de Moratín para ridiculizar a estos personajillos. Así lo vemos cuando se burla del poco conocimiento de latín que tiene uno de ellos: “¡Oh pobreza! Pauperiem pati, que dixo el Anónimo: esto es, pauperiem, la pobreza pati, sea para ti, que yo no la quiero. Tan odiosa es la pobreza, que aun de los varones más doctos es abominada! (Leandro Fernández de Moratín, La derrota de los pedantes, Madrid, Librería de los bibliófilos españoles, 1922, p.26).
Francisco García Jurado
H.L.G.E.

domingo, 7 de junio de 2009

EL PROFESOR DE LATÍN EN LA LITERATURA ESPAÑOLA

Tras mucho tiempo de paciente trabajo, y luego de esperas, al final nos hemos dedicido Javier Espino y yo mismo a publicar en forma de libro electrónico nuestra obra titulada "El profesor de latín en la literatura española". Es un libro que, honestamente, creo que deberían leer al menos todos los profesores de latín que en este país aún quedan y, por supuesto, toda persona interesada por las relaciones entre educación, historia cultural y literatura. Todavía hoy pervive en nuestro imaginario colectivo una imagen peculiar de los profesores de latín, llamados en otros tiempos dómines o gramáticos. Nuestro libro pasea por testimonio diversos y ricos, desde el humanista Luis Vives hasta el cercano Antonio Muñoz Molina. Me es muy difícil poder entresacar de entre tantos testimonios analizados algunos retratos, pero es mi intención en este blog y los de la semana entrante ofrecer ya como primicia un pequeño aperitivo de lo que va a ser el libro (se publicará como libro electrónico en el Portal Liceus). Dejo, por tanto, hoy, algunos datos esenciales, ilustrados con textos que no dejan indiferentes:

No deja de ser singular que fuera la biblioteca del catedrático de latín Jesús Muruais la que diera a conocer a Valle-Inclán, allá por 1893, los autores franceses decadentistas que iban a configurar en buena medida su personalidad literaria. Esta circunstancia de que un autor como Valle pudiera conocer la moderna literatura europea gracias a un profesor de latín no dejará de sorprender a algunos, dado que hay toda una suerte de tópicos fuertemente arraigados que han venido configurando la tradicional imagen de la figura del profesor de latín, al ligarle irracionalmente al pasado y enfrentarle a toda forma de modernidad. Parejo a los tópicos, es innegable que el profesor de latín ha sido una figura fundamental en nuestra historia educativa, dado que durante siglos el latín ha constituido prácticamente la única materia que se cursaba en el periodo que hoy conocemos como enseñanza secundaria. Este carácter tan central del maestro de latinidad ha dado lugar a que podamos encontrar en las letras españolas un copioso número de testimonios literarios, bien reales o ficticios, que tienen como asunto el retrato tanto físico como de carácter de tales preceptores. Tras tres años de estudio y selección de textos, hemos conseguido reunir una pequeña antología que nos permite configurar el retrato de este docente a lo largo de cinco siglos de literatura española, concretamente desde Luis Vives hasta nuestros recientes Antonio Muñoz Molina y Juan Manuel de Prada. En esta mesa redonda vamos a referir algunos rasgos significativos que puedan dar una idea básica de cómo se ha configurado el retrato literario del profesor de latín desde el humanismo hasta el presente. Cada época analizada, como veremos, nos reporta una visión complementaria del profesor, de lo que nos dan idea, a su vez, las diferentes denominaciones que ha ido teniendo, tales como la de gramático, pedante, dómine y profesor:

a) El Humanismo nos ofrece un retrato que raya con lo utópico, como es la figura del gramático erasmista, verdadero contrapunto del “bárbaro” que tanto nos recuerda a algunos pasajes de la carnavalesca obra de Rabelais, Gargantúa y Pantagruel. De entre los posibles ejemplos que nos ofrecen los autores hispanos, vamos a entresacar uno tomado de Los Diálogos, de Luis Vives. Aunque en esta obra pueden encontrarse diferentes maestros reales e imaginarios, es, a nuestro juicio, Philópono, el más representativo de todos. Filópono, cuyo nombre quiere decir “amigo del trabajo”, encarna un tipo de gramático honrado y sabio que recibe los más encendidos elogios en el diálogo III: diligentissimus et vir probissimus Philoponus, nec eruditionis aspernandae. En el diálogo siguiente hay, no obstante, una mínima descripción física que no deja de ser un pequeño contrapunto a tanto idealismo, pues se nos dice que Philoponus est ludimagister ille senex, procerus, lusciosus, es decir, un hombre anciano, alto y corto de vista. A esta caracterización cabe añadir otra en el diálogo XXI, donde unos muchachos que se disponen a jugar alegremente a las cartas aconsejan dejar toda la gravedad para Philopono tetrico, es decir, para el maestro “tétrico” u “oscuro”, opuesto, por tanto, a la felicidad y el desenfado. Estas características, aunque no sean más que meras pinceladas insignificantes, parecen entrar en contradicción con el retrato idealizado de gramático humanista. Probablemente no sean más que meros reflejos de la imagen popular del maestro, puestas en boca de personas del pueblo y de niños.

b) El Barroco nos trae, básicamente, la imagen picaresca del maestro de latín, reflejo del antihumanismo triunfante. Vicente Espinel y Francisco de Quevedo nos ofrecen retratos muy representativos al respecto. El primero de ellos retrata en su Vida del escudero Marcos de Obregón un carnavalesco “bárbaro pedante” dotado de barbas largas y sotana:

“(...) y en el entretenimiento se halle presente el maestro, alentándole y mostrándole el modo con que se ha de haber el pasatiempo, no haciendo lo que yo vi hacer a un pedante, maestro de un gran caballero, niño de muy gallardo entendimiento, hijo de un gran príncipe que, habiendo concertado con otros sus iguales en edad y calidad un juego de gallos, día de Carnestolendas, salió también el bárbaro pedante con su capisayo o armas de guadamecí sobre la sotana, con más barbas que Esculapio, diciendo a los niños: "Destrorsum heus sinistrorsum", y desenvainando su alfanje de oro de cedazo, descolorido todo el rostro, iba con tanta furia contra el gallo como si fuera contra Morato Arraez diciendo a grandes voces:"Non te peto, piscem peto, cur me fugis, galle? De la cual pedantería él quedó muy ufano y contento, y los que lo oyeron llenos de risa y burla. Yo me llegué, y le dije: "Mire, señor Licenciado, que por tener poca memoria los gallos, se les olvida el latín". Él respondió muy de presto: "Nunquam didicerunt, nisi roncantes excitare". Éste, con mil impertinentes bachillerías llenas de ignorancias gramaticales, dejó al caballero estragado su buen natural. (...)” (Vicente Espinel, Vida del escudero Marcos de Obregón. Edición, prólogo y notas de Mª Soledad Carrasco Urgoiti, Madrid, Castalia, 1980, pp. 153-155)

Muy significativa es la denominación que se le da de “pedante maestro”, que tendrá una gran fortuna, sobre todo en la literatura del siglo XVIII. Asimismo, el aspecto carnavalesco del juego de gallos nos lleva directamente a la tradición popular. Julio Caro Baroja ha estudiado en su libro sobre el carnaval este singular juego de gallos que se practicaba en el ámbito estudiantil y que puede rastrearse en testimonios muy posteriores (por ejemplo en las memorias de infancia de Santiago Ramón y Cajal). Pero va a ser, sin duda, El Buscón, de Francisco de Quevedo, la obra que configure el más negro prototipo de preceptor de latín, además de avaro. El hiperbólico retrato físico del licenciado Cabra hunde sus raíces en la literatura clásica (Plauto, Séneca) y humanista (Erasmo), aunque también, creemos, debe de haber claros rasgos populares (recordemos lo que decíamos a propósito de Vives). Cabra es largo de talle y de piernas, ojos hundidos, gran nariz, barbas descoloridas, y sotana raída:

“Él era un clérigo cervatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, pelo bermejo (no hay más que decir para quien sabe el refrán), los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros, que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida, que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad, los brazos secos, las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo, parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas. Su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro. La habla ética; la barba grande, que nunca se la cortaba por no gastar, y él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese; cortábale los cabellos un muchacho de nosotros.” (Francisco de Quevedo, La vida del Buscón llamado Don Pablos. Edición de Domingo Ynduráin. Texto fijado por Fernando Lázaro Carreter, Madrid, Cátedra, 1996, pp. 115-117)

En la próxima entrega, seguiremos con el llamado Siglo de las Luces y nos iremos adentrando en la confusa moderniad.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.