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viernes, 18 de septiembre de 2009

SOLACES BIBLIOGRÁFICOS EN SEPTIEMBRE


Diversas razones, unas irremediables, otras pasajeras, están haciendo que este mes de septiembre no tenga la luz de otros momentos de la vida, ya no digo de otros momentos del año como tal. Espero la vuelta de las clases, este curso entre la Complutense y la Autónoma de Madrid, y me siento cada año un poco más escéptico, ante una universidad cada vez más "pedagógica", que en cierto sentido quiere decir más "infantil". Son circunstancias, es cierto, que hacen que el ánimo no esté en todo su apogeo, pero, como digo, son circunstancias, por lo que hay que pensar en todo aquello que escapa al tiempo y lo transciende. En este sentido, cuando el tiempo es gris, me gusta sentir la emoción de un "nuevo" libro antiguo, libro que sé que ha vivido desde hace más tiempo que yo y que sin duda seguirá existiendo por generaciones. Los estudios sobre la Historiografía de la literatura grecolatina durante la Edad de Plata de la cultura española me han llevado a un libro publicado por Menéndez Pelayo en 1902. Me refiero al primer y único tomo que publicó en vida sobre la Bibliografía Hispano-Latina, publicado en Madrid por la Biblioteca de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. Para la mayor parte de los que estudian asuntos relativos a la Tradición Clásica, la obra de Menéndez Pelayo adquiere las dimensiones gigantescas de la llamada "Edición Nacional", llevada a cabo ya entre los años cuarenta y cincuenta del siglo XX por la editorial Aldus y el Consejor Superior de Investigaciones Científicas. Pero merece de verdad la pena navegar y disfrutar de los viejos libros que Menéndez Pelayo publicó en vida, en sus diferentes formatos. En particular, este tomo es una delicia ya desde que se abre, pues nos espera un frontispicio que reproduce la portada de la edición del Asno de Oro publicada en Medina del Campo en 1543. Aquí es donde el observador comienza a darse cuenta de que este libro no está sólo concebido para los especialistas en literatura, sino también para los bibliófilos, y que unos y otros no deberían estar tan escindidos en sus intereses. El historiador de la literatura que no se siente interesado por el libro antiguo se pierde buena parte de la intrahistoria de sus estudios, y el bibliófilo que sólo se dedica a la cinegética o a la tauromaquia se le escapa la propia historia de sus letras. El libro de Menéndez Pelayo nos regala, además, con una definición precisa de lo que es la Tradición Clásica tal y como se concibió desde finales del siglo XIX: "la historia de cada uno de los clásicos en España". La Tradición Clásica es también "Historia literaria", no lo olvidemos, de una literatura, la grecolatina, en otras, las modernas. De entre toda la erudición que se despliega en este tomo quiero destacar dos textos preciosos, debidos al gran maestro de la literatura griega y latina que fue Alfredo Adolfo Camús. En un caso, se trata del sabroso texto de la traducción de un fragmento del poeta Afranio, al que dedicaré otro día mi atención. En el otro, estamos ante un precioso testimonio de bibliófilo que ha rescatado de la desidia un manuscrito dieciochesco que contiene una traducción de Cicerón. Me permito reproducir aquí la ficha de Menéndez Pelayo y el comienzo del texto de Camús:

"Los que como Vd. somos aficionados a librajos y papeles viejos, solemos experimentar de vez en cuando algo de esa alegría y emoción inefables que sintieron nuestros esforzados navegantes al descubrir por vez primera las playas del Nuevo Mundo. ¿No es verdad, amigo mío, que cuando por acaso, en medio de un montón de inepcias condenadas al nacer a rodar por baratillos, a ser pasto de ratones o a envolver cominos, tropezamos con una ALDO MANUCIO, un GRYPHIO, un PLANTINO apud Moretum, un CAXTON, un FROBEN, un ESTEBAN (Roberto o Enrique), o con alguno de esos incomparables y codiciados ELZEVIRIOS, nobilísima familia, que nace en Leyden con Buenaventura y Abraham y termina en Amsterdam con Daniel, el último pero también el más correcto, delicado y artista de tan gloriosos progenitores, gozamos de una felicidad suprema, que comparada con esas grandes pasiones destinadas a satisfacer algunas raras veces y por breve momento el corazón humano, excede de todo un cielo a los goces del amor, de la ambición y de la avaricia? -Cierto es que para el verdadero bibliófilo (que no se confunde nunca con el falso, el pseudo-bibliófilo, el coleccionador que sólo busca y colecciona por el gusto de atesorar, que en medio de su espléndida biblioteca se parece al eunuco entre las odaliscas de un harén: el mercachifle literario que adquiere para revender y lucrar; el tonto, pues de todo hay, que tiene libros por aparecer discreto); para el bibliófilo auténtico, para el amateur pur-sang, como dicen los franceses, el hallazgo de un libro raro o de un manuscrito curioso es superior a cuantos juguetes y brillantes señuelos se han inventado para entretener y atraer y fascinar las miradas de esa caterva de niños grandes que se agita y afana en este pícaro mundo, el que, dicho sea de paso, sería una trastienda del infierno, si no hubiera libros. (...)"

En fin, esto es un solaz bibliográfico, como diría el propio Menéndez Pelayo, y siento el orgullo de poder disfrutar de este solaz al margen de las circunstancias.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

"AUCTORITAS" EN UN ARTÍCULO DE RAFAEL DOMINGO

Ya no soy tan aficionado a leer la prensa como lo era en otros tiempos y creo sinceramente que esto no es culpa mía, sino de la propia prensa, que cada vez me aporta menos cosas de interés. No era así hace años, cuando recortaba incesantemente artículos, sobre todo de opinión, escritos por personas que tenían realmente algo que decir. Uno de mis alumnos de la Complutense, de aquellos que cursaron una mítica asignatura titulada "La Etimología: de Platón a Borges", tras oírme hablar acerca de cómo algunas palabras pueden cambiar nuestra visión del mundo, vino a mí con un recorte de prensa exquisito que había recogido del diario El País. Se trataba de un artículo del Dr. Rafael Domingo Osle, catedrático de Derecho Romano de la Universidad de Navarra, que había escrito brillantemente acerca del concepto romano de Auctoritas. Estos días se está hablando mucho sobre el concepto en cuestión, sobre todo en lo relativo a "devolver" esa autoridad, al menos en su vertiente legal o pública, a los maestros y profesores. En todo caso, no creo posible que pueda haber un profesor sin autoridad, es decir, sin la autoridad moral que ha de ejercer sobre sus alumnos y discípulos. Eso es lo que yo mismo creo haber ejercido durante los dieciséis años que llevo impartiendo clases e intentando hacer un poco mejores al menos a quienes me escuchan. Sé que algunos de mis lectores han sido alumnos míos, y esto para mí es un gran orgullo. Os dejo, más bien, os regalo, el magnífico artículo sobre la Auctoritas que escribió el Dr. Domingo Osle. Cuando lo leáis, comprenderéis mejor por qué ya no leo con tanta atención los diarios de ahora, sino que recorro las hemerotecas virtuales en busca de aquellos textos que me ayudaron a ser hoy día quien soy:

TRIBUNA: RAFAEL DOMINGO
'Auctoritas'
RAFAEL DOMINGO 07/01/1999

Una noche de finales de octubre de 1927, acompañado de varios amigos, entre los que se encontraba por supuesto Cipriano Rivas Cherif, acudió al teatro Fontalba de Madrid ese hombre "pegado a una barba" de palabra mágica y prodigiosa originalidad, que fuera Ramón María de Valle-Inclán, con el fin de asistir al estreno de la comedia El hijo del diablo, del poeta catalán de segunda fila Joaquín Montaner. Antes de que finalizara el segundo acto, el ínclito don Ramón comenzó a vociferar de forma tan desmesurada que hubo de interrumpirse el estreno. No tardó el público en reconocer en esos gritos de "¡Muy mal, muy mal!" la voz de don Ramón, lo que aumentó el revuelo. Los agentes de vigilancia se acercaron a la butaca que ocupaba el ilustre literato para llevárselo a comisaría (un escándalo parecido había provocado en el estreno de Gata de Angora, de Benavente y en esa misma comisaría acabó), y se presentaron diciendo: -Somos la autoridad, a lo que don Ramón replicó: "Aquí, en el teatro, yo soy la única autoridad, pues soy crítico". Naturalmente, los agentes de la "potestad" se llevaron al portador de la autoridad, pues la fuerza se impone momentáneamente a la razón, pero la crítica literaria no tardó en ensalzar la actuación de don Ramón, que con sus gritos logró sepultar la obra de Montaner. He querido comenzar estas reflexiones refiriendo esta anécdota, por lo demás conocida, de Valle-Inclán porque me parece que refleja con bastante exactitud la vieja contraposición romana entre auctoritas y potestas, de la que quizá nuestro literato tuvo conocimiento en su época de estudiante de Derecho en la centenaria Universidad de Santiago de Compostela, y que desgraciadamente hoy ha caído en desuso, por considerar la autoridad, como los agentes que detuvieron a don Ramón, una especie de poder, en vez de una instancia de naturaleza del todo distinta.

La crisis del Estado moderno, basado en los principios de soberanía y territorialidad, el callejón sin salida al que nos ha conducido el positivismo jurídico o la excesiva politización de la vida social no son, en mi opinión, sino consecuencias derivadas de la pérdida actual de la contraposición romana entre autoridad y potestad. Tan genuinamente romana era la auctoritas que ya el historiador Dion Casio advirtió que no tenía equivalente en griego, y prefirió transcribirla a esta lengua clásica sin traducir. Algo similar a lo que dicen los alemanes que sucede con su adjetivo "gemütlich" (¿entrañable?), o los portugueses con su sustantivo "saudade" (¿añoranza?), pero en un plano no afectivo, sino racional. Y por supuesto con muy distinto calado.

Encontramos la contraposición autoridad-potestad en la esencia misma de la constitución republicana, donde la potestad de los magistrados, que no era sino una concreción de la majestad popular, era limitada por la autoridad senatorial, como ha quedado inmortalizada en la conocida expresión SPQR (Senatus Populusque Romanus), que invade todavía hoy las calles de la Urbe. Revestidos de autoridad estaban también los juristas, que con su saber prudencial asesoraban a los magistrados, jueces y particulares; y los augures, que, mediante la observación de ciertos signos celestes, interpretaban la voluntad de los dioses en orden a la realización por parte del magistrado de determinados actos de especial relevancia pública; y los jueces, cuya opinión de autoridad se imponía a cualquier otra; e incluso a los oradores. Un rétor de nuestra tierra como fue Quintiliano se refiere en sus Instituciones, por ejemplo, a la autoridad que destellaba el cuerpo humano, en concreto la frente, del orador Tracalo.

El binomio autoridad-potestad lo volvemos a encontrar en la bipartición del proceso romano clásico, con sus fases de jurisdicción y judicación, en la institución tutelar, e incluso en la propia mancipación, en la que el mancipio dans responde por auctoritas frente al accipiente cuando éste es vencido por el verdadero propietario. Este reparto de funciones entre la auctoritas de los juristas, jueces, augures y senadores y la potestas de los magistrados, o del pater familias en el ámbito doméstico, sirvió para establecer un sabio equilibrio compatible con un principio que para los romanos era piedra angular: que el poder era por naturaleza indivisible, por lo que debía ejercerse solidariamente. Esta nota de indivisibilidad era complementada con su esencial delegabilidad. A su vez la delegabilidad, junto con su carácter territorial, marcaban con nitidez la diferencia entre la potestas y la auctoritas, de suyo indelegable y no-territorial. Con el inicio del Principado, este orden fundado en el binomio autoridad-potestad fue sustancialmente alterado. En efecto, la decisión de Augusto de gobernar las instituciones republicanas con su personal autoridad (auctoritas Principis) fue el primer eslabón de la cadena que acabaría, un siglo después, identificando la autoridad y la potestad en la persona del Emperador.

Para explicar esta contraposición entre autoridad -que con tino Álvaro d"Ors define como saber socialmente reconocido- y potestad, o poder socialmente reconocido, este maestro de juristas acudió en cierta ocasión al simbolismo de la mano (manus, en latín, significa poder): el puño cerrado evidencia la fuerza, el poder, y es símbolo de la revolución. El puño abierto mostrando la palma es el símbolo del poder ya reconocido, es decir, de la potestad; es, por eso, el que utilizó Hitler en la época nacionalsocialista. Un dedo levantado simboliza el saber; el niño que sabe dar respuesta a la pregunta que ha formulado el maestro de escuela levanta un dedo -absolutamente inofensivo-, porque carece de poder. Dos dedos levantados -el índice y el corazón- simbolizan el saber reconocido, es decir, la autoridad. Así, en las miniaturas medievales, es frecuente representar a las personas que hablan -que están ejerciendo, por tanto, su autoridad- con estos dos dedos levantados.

El problema surge cuando el que tiene dos dedos levantados quiere levantar los tres restantes, es decir, cuando la autoridad pretende llegar a ser potestad (gobierno platónico de los sabios) o, lo que es peor, cuando el gobernante que tiene la palma de la mano extendida, como tiene los cinco dedos levantados, piensa que está revestido, no sólo de potestas, sino también de auctoritas. Si al atento lector le viene a la mente la idea de que la grave situación de la Justicia en España, Tribunal Constitucional inclusive, puede deberse a que el poder político ha conseguido "capturar" la autoridad de los jueces, cuya personal valía e independencia no cabe cuestionar, está pensando lo mismo que el que escribe estas líneas.

En mi opinión, en este momento crucial de la Historia europea, una sociedad avanzada necesita más que nunca instancias de autoridad, en el sentido romano del término, que, alejadas de todo poder, limiten esta tendencia omnicomprensiva de la potestad, que, aunque constitucionalmente dividida, se halla realmente concentrada. ¡Todo un reto para el siglo venidero!


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Francisco García Jurado
H.L.G.E.