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jueves, 1 de noviembre de 2012

Agustín García Calvo, sueño y realidad

Soñé que estudiaría filología clásica en la Complutense y que Agustín García Calvo abriría aquel nuevo periplo vital desvelándome los misterios de la poesía latina. Leí su libro sobre Virgilio, en la mítica colección "Los poetas", durante un verano de transición, entre el miedo y la esperanza de mi futuro incierto. Entonces fue cuando soñé sus clases. Agustín García Calvo resumía en su persona la esencia de mis aspiraciones y ensueños. Sin embargo, jamás estudié en la Complutense ni tampoco recibí sus enseñanzas. Pero la suerte cruzó nuestros destinos al cabo de los años en el despacho 321 del departamento de Filología Latina. Hoy ha fallecido y también muere algo en mí. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Necesitamos construir quimeras, sí, quimeras, sobre las que fundar nuestras aspiraciones. Mi mito de juventud no fue un futbolista, ni un actor, sino un poeta y catedrático de filología latina. Fue Agustín García Calvo. Mi abuelo anarquista lo admiraba y solía escucharlo cuando hablaba en el Ateneo de Madrid, o cuando iba a los locales de la CNT. Fuimos mi abuelo y yo a su presentación del libro "Heráclito, razón común", en el Ateneo, y me sentí muy orgulloso cuando al final Agustín nos hizo un ademán de despedida. Por aquel entonces Amancio Prada ponía música a alguno de sus más sentidos poemas, como "Libre te quiero", que a mis dieciocho años me pareció un antes y un después para la lírica amorosa. También me maravillé con su versión de "Edipo Rey" de Sófocles, que interpretó de manera admirable José Luis Gómez. Agustín García Calvo era mi profesor de latín soñado, y hasta recopilé los artículos que el diario EL PÁIS (hoy ya irreconocible) publicaba sobre él y de él. Cómo voy a olvidar las crónicas de las fiestas trágicas que celebraba en la Universidad de Verano de Santander, donde Agustín disertaba sobre las contradicciones del amor, o cómo voy a olvidarme de su artículo "¡Viva Sócrates!", que escribió para replicar a su antiguo discípulo Savater. Tampoco quiero dejar de evocar otro artículo, "Como moscas", donde una supuesta alumna suya contaba cómo se había pasado el verano leyendo a los historiadores clásicos, editados en los Oxford Classical Texts, y donde tan sólo había encontrado muertes por doquier. Me recuerdo leyendo este artículo en la Dehesa de la Villa, tan cerca ya de la Ciudad Universitaria, donde soñaba que Agustín García Calvo me desvelaría los arcanos de Virgilio. Pero todo esto no pasó, y en verdad ahora me alegro. Mi recuerdo, pues, se confunde ya con un viejo anhelo que seguramente, de haberse realizado, hubiera resultado decepcionante. Prefiero ahora haber soñado a Agustín García Calvo. Los años me llevaron ya como ayudante de facultad a la Complutense, y vine a caer en el antedespacho de la cátedra de Agustín. Al principio apenas sabía qué decirle, y él apenas se daba cuenta de mi existencia. Creo que fue una mañana gloriosa, al cabo ya de unos tres años desde mi ingreso en la facultad de filología, cuando Agustín entró al despacho y dijo unas palabras para mí mágicas: "Hola, Paco". Al fin, al nombrarme, me había otorgado la existencia, como si de un demiurgo platónico se tratase. En definitiva, aquí no voy a contar por decoro y profundo respeto a un maestro consumado sus pequeñas miserias humanas. Me refiero a cosas como sus disgustos matutinos con Isabel, que llamaba temprano al despacho para saber si Agustín había llegado. Él se sentía controlado por este ejercicio inocente y rutinario de su compañera. Tampoco quiero pensar en su casi inexistente relación con el resto del departamento de filología latina, o recordar su desinterés absoluto por lo que podía tener que ver con la vida universitaria y administrativa. Cuando ya le cumplía su plazo de profesor emérito, dado que aún no había concluido su ingente tratado sobre prosodia y métrica, quiso pedir al departamento que se le permitiera seguir (ab)usando de sus medios materiales. Me preguntó a mí, sí, a mí, si debía bajar o no a hacer este ruego o demanda a la reunión del consejo de departamento que se iba a celebrar. Yo le contesté que no (me re)bajaría. Él, con el beneplácito del director del departamento, pudo formular su petición al comienzo del consejo, para no tener así que asistir al resto de la reunión (que no deja de ser nuestra obligación) y esperar hasta el punto final, el de ruegos y preguntas. Él bajó al consejo y formuló su petición en estos términos: que eligiéramos entre NUESTRA COMODIDAD (quedaba un despacho libre) o LA CIENCIA (su tratado de métrica y prosodia). Y tras esto terminó diciendo: "Y ahora les dejo a Vds. con sus cosas". No sé si no se le concedió este privilegio de quedarse más tiempo por lo que dijo o si realmente lo dijo para que no se le concediera. Esto, como veis, no es una historia de héroes ni de víctimas. Tuve la suerte de convivir en ese despacho 321 de la Complutense con Agustín durante unos cuantos años. Sufrí los millones de llamadas telefónicas preguntando por él, sufrí sus visitas de acólitos y de personas inclasificables, como el pintor que había conocido Agustín durante su estancia parisina, y que venía a vender cuadros y dibujos. Conmigo siempre, siempre, fue amable y hasta cariñoso, y más de una vez aprendí de sus observaciones y enseñanzas esporádicamente. Quizá lo peor de García Calvo era el mito de García Calvo, que le perseguía como un fantasma. Ahora recuerdo que la última llamada telefónica que recibí en el despacho 321 fue la del actor José Luis Gómez. Acababan de dar a Agustín el premio nacional de teatro. La última vez que vi a García Calvo fue en la Plaza de España. Era de noche e iba cabizbajo, con el pelo recogido en una coleta, y no me atreví a sacarlo de su ensimismamiento. Me pareció pequeño, insignificante, en comparación al gigante que creía ver cuando impartía alguna de sus inclasificables conferencias. Agustín fue perdiendo poco a poco su estrella, que duró más o menos hasta los años noventa del siglo XX. En EL PAÍS escribió un artículo contra las feministas que le valió el ostracismo del diario progre. Tampoco sé si lo expulsaron del diario por haber escrito este artículo "incorrecto" o si lo escribió para que lo expulsaran. En sus años dorados, cuando Leguina presidía la comunidad de Madrid, compuso un anti-himno con música de Pablo Sorozábal. Ya no vive Agustín, pero sigo viéndolo desde mis irreales sueños recitando los versos más hermosos de Virgilio y trato de olvidar tristes realidades. Descanse en paz, maestro. FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 31 de octubre de 2012

Darwin y Lucrecio en una historia liberal de la literatura. El caso de Canalejas


Se ha publicado ya en español un libro que me interesa, y mucho: "El giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno" (Barcelona, Crítica, 2012), de Stephen Greenblatt. Al igual que otro libro reciente sobre el manuscrito de la Germania de Tácito, "El libro más peligroso. Del Imperio romano al III Reich", de Christopher B. Krebs, se intenta trazar una "historia cultural" del significado que ambos textos tuvieron en el desarrollo de la Historia de Europa. Estamos, ciertamente, ante un nuevo paradigma de historias: las culturales. Quería hacer en este blog mi pequeña aportación al significado de las ideas de Darwin en el discreto mundo de la historiografía de la literatura latina en España, precisamente con uno de sus documentos más interesantes, el manual de José Canalejas y Méndez. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Sabido es que fue un 12 de febrero de 1809 cuando nació Charles Darwin para cambiar el curso de la ciencia. La oportunidad de publicar una entrada sobre Charles Darwin en un blog literario como éste tiene que ver, naturalmente, con la propia historiografía literaria. El Museo de Ciencias Naturales de Madrid tiene una tienda que es mucho más que eso. Me sorprendió ya hace tiempo que, entre pequeños recuerdos y dinosaurios de goma, la tienda fuera, en realidad, una librería especializada en facsímiles de gran calidad y viejos libros de ciencia. Allí estaba la traducción al español de algunas obras de Alexander von Humboldt o libros de algunos de nuestros mejores científicos hispanos, entre estudios botánicos y monografías sobre el universo. De alguna memorable visita hecha a esta gran librería jamás olvidaré el haber encontrado allí la recopilación titulada ·El grabado en la ciencia hispánica· que hizo José Mª López Piñero. La representación de un megaterio, precisamente la ilustración que abre la entrada de este blog, se ha terminado convirtiendo en digno emblema de esta pequeña gran historia científica.
No nos llevemos a engaño. La ciencia hispánica es una gran desconocida, y aún mucho más los nombres que la han hecho. Pero España no ha sido sólo un país de toreros y artistas. El gran problema para entender esta pequeña gran historia está en el mito del héroe romántico aplicado a la propia Historia de la Ciencia: como no hemos tenido nombres descollantes (a excepción de Cajal), a falta de “grandes héroes”, entendemos, pues, que no ha habido ciencia. Desconocer que la ciencia tiene un contexto y que precisa de una comunidad de científicos, no sólo de un “héroe”, es uno de los errores más comunes a la hora de historiarla. Algo parecido, en otra escala, ocurre cuando hacemos historia de, por ejemplo, los estudios filológicos en España. Por supuesto, ahí están los grandes “héroes” llamados Menéndez Pelayo y Menéndez Pidal, pero quedan como nombres aislados en un desierto de ignorancia. Ahora que llevo un tiempo tratando de hacer una “Historia de las Historias de la Literatura en España” es cuando puedo entender con mayor propiedad estos errores de concepción. Los manuales escolares tienen una clara vinculación con el horizonte en el que se divulgan las nuevas ideas científicas, como bien llevan estudiando hace años los componentes del grupo MANES (con sede en la UNED). El grupo MANES lleva descubriendo hace ya tiempo de qué manera estos humildes libros escolares han sido, en definitiva, los grandes divulgadores de las ideas científicas en sus respectivas comunidades. Me pareció, a este respecto, muy interesante, el estudio y exposición que la profesora Margarita Hernández Laille organizó en 2006 acerca de la propagación de las ideas de Darwin en España durante el siglo XIX a través de los manuales de Historia Natural. Como tuve ocasión de leer en un nota de prensa publicada también entonces: «Antes de que El Origen de las Especies (1859) se tradujera al español ya los libros de texto recogían la teoría de la evolución de Charles Darwin, un científico que, tanto en el idioma de Shakespeare como en el de Cervantes, encontró partidarios y detractores. El primer libro de texto que incluía la revolucionaria teoría biológica salió de la imprenta granadina de Francisco Ventura y Sabatel en 1867: el manual se titulaba Libro de Historia Natural y su autor fue Rafael García Álvarez.». Es más, Aunque parezca sorprendente, el eco de Darwin ya había llegado durante aquellos años hasta los propios manuales de Literatura Latina. Uno de los manuales más interesantes publicados en España es el del conocido político José Canalejas y Méndez, que fue alumno de Alfredo Adolfo Camús. Es un manual publicado precisamente cuando se crea la Institución Libre de Enseñanza y tiene un claro sesgo liberal (publiqué en la Revista de Historiografia un estudio concreto sobre este libro). Cabe señalar que el propio Canalejas habla ya de las nuevas teorías de Darwin al tratar acerca del poema científico de Lucrecio:

«No faltan tampoco en el poema de Rerum natura ciertos presentimientos respecto de problemas planteados por la ciencia contemporánea, como por ejemplo, el de los séres ante-diluvianos y la famosa teoría Darwiniana de la selección natural, admirablemente planteados por Lucrecio.
Ofreciendo el cuadro de la Humanidad primitiva, sirve Lucrecio á las tendencias de su escuela, mostrándonos como el hombre nacido del seno de la tierra por una especie de generación espontánea, se ejercita poco á poco en el uso de sus facultades, y de progreso en progreso concluye por abandonar su primitiva incultura, gozando de los encantos de la civilización.» (Canalejas y Méndez, J., Apuntes para un Curso de Literatura Latina. Tomo I, Madrid, 1874, pp. 167-168)

En lo que a Lucrecio respecta, este párrafo nos muestra un notable ejemplo de relectura y actualización de un autor antiguo al calor de las nuevas teorías científicas y sociales, de inspiración darwinista (“selección natural”), en el primer caso, y positivista (“progreso”) en el segundo. Marx alabó a Lucrecio como buen difusor de las teorías materialistas de Epicuro, y nuestro abate Marchena, viejo ilustrado y precedente del ideario liberal, pasó por haber hecho una encendida traducción de su poema épico-científico, o al menos eso es lo que creyó Menénez Pelayo. No por ser menos conocidas estas pequeñas historias dejan de existir. Francisco García Jurado HLGE