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viernes, 20 de junio de 2008

ALMA TADEMA EN UN MANUAL ESCOLAR DEL SIGLO XX




















QUIENES han visitado hace pocos meses la exposición de pintura del siglo XIX en el Museo del Prado quizá hayan echado de menos una obra que, si bien no pertenece a un pintor español, está muy ligada a la vieja colección del extinto Casón del Buen Retiro. Me refiero al cuadro titulado "La siesta", pintado en 1868. Es el cuadro de Alma Tadema al que más unido me siento, por razones, sobre todo, sentimentales. Su inconografía no está muy lejos de las viejas escenas simposíacas que encontramos en más de una cerámica griega. Todo es calma en el cuadro. Lo recuerdo desde la primera vez que acudí al Casón, y fue gracias a él por quien conocí la pintura de Alma Tadema. Un pequeño gran tesoro que volvió a la sombra de los almacenes.

Mucho tiempo después, mi afición al estudio de los manuales de literatura me llevó a un libro de 1928: Eustaquio Echauri, Literatura latina, Barcelona, Ministerio de Instrucción Pública y Bellas artes (Joaquín Horta, imp.), 1928. Es uno de los típicos manuales del período que denominamos "La Edad de Plata de la Cultura Española". Está destinado a los estudiantes de un bachillerato hoy mítico (de hecho, hay otro excelente manual contemporáneo pensado también para la enseñanza de la literatura latina: el de Vicente García de Diego) y está compuesto por uno de los mejores latinistas de la España del momento, Eustaquio Echauri, conocido también por haber compuesto un diccionario de latín que luego, junto con José Manuel Pabón, daría lugar al famoso diccionario Spes. No voy a hablar hoy de las polémicas académicas e ideológicas de Echauri con personajes como Américo Castro o Joaquín Balcells, a lo que me dedicaré otro día. Sólo quiero comentar la emoción que me supuso ver reproducida en su manual la estampa del cuadro de Alma Tadema. Recuérdese, estamos en el momento en que los manuales escolares comienzan a incorporar imágenes como un hecho normal. El desarrollo editorial del siglo XIX permitió el uso de la cromolitografía y el huecograbado. La editorial Montaner y Simón fue la primera que generalizó las ilustraciones. Ya en el siglo XX, editoriales como Labor hicieron de la ilustración un pequeño arte. El manual de Echauri es hijo de su momento, en este sentido. Sí me sorprende, no obstante, el uso particular de algunas imágnes que le dan un aire castizo al libro. Es significativa, a este respecto, la aparición de la diosa Cibeles, la madrileña. Asimismo, creo que el cuadro de Tadema tampoco es ajeno a la conciencia de su pertenencia al Museo del Prado. El título que figura a pie de página es "Escena pompeyana". Veo que en la actual ficha del cuadro publicada por la Enciclopedia del Museo del Prado consta como primer título, seguido entre parénsesis por "La siesta". Precisamente, el título de "Escena pompeyana" es el que da lugar a que la ilustración venga junto a la vida de Plinio el Viejo, cuya conocida muerte durante la erupción del Vesubio ha pasado a formar parte de uno de los capítulos estelares de la propia historia de la litearatura latina, junto a la muerte de Lucrecio, el exilio de Ovidio o la muerte de Virgilio.








Francisco García Jurado


HLGE

miércoles, 18 de junio de 2008

MANUALES ROMÁNTICOS



Pues sí, aunque no muchas personas verían "romanticismo" alguno en un manual de literatura griega o latina, existe también una estética y un filosofía romántica en ellos. Se trata de los libros pubicados tras la muerte de Fernando VII. Los años 30 del siglo XIX y, sobre todo, los años 40, son años de cambio más o menos profundos en la historia del sistema educativo español. Nacen las primeras universidades modernas y se difunden las materias históricas. La literatura también se vuelve historia y, aún más, historia de los pueblos. Por esa razón, aparecen las historias de las literaturas nacionales, como biografía de tales pueblos. Goethe, F.A. Wolf, Madame de Stäel o los hermanos Schlegel contribuyen a ese cambio de punto de vista en Europa. Tales ideas calan en el pensamiento literario español. Ahí tenemos a Amador de los Ríos, a Gil de Zárate, o a Alcalá Galiano para confirmarlo. Todos ellos son autores de interesantes manuales "románticos" de literatura española, que retoman esa "invenión" del ser español para verla en sus monumentos literarios: el poema de Mío Cid, el teatro del llamado Siglo de Oro, y ¡Cervantes!
La enseñanza de la literatura grecolatina también se vio poblada de profesores románticos. Voy a enumerar unos cuantos nombres básicos: Alfredo Adolfo Camús, Braulio Foz, Salvador Costanzo. Hay otros nombres menos significativos que, no obstante, también contribuyeron a este nuevo estado de cosas: Ángel María Terradillos, profesor en la flamante Universidad Central, escribe un escueto manual de Literatura Latina, en 1846, fecha de su primera edición, que luego vuelve a publicar en 1848 con importantes modificaciones. En su simplicidad, el manual refleja ya las ideas fundamentales de lo que se entiende como la "historia filosófica" (frente a la "historia crítica" del siglo anterior). Se trata de la historia entendida como el proceso por el que un pueblo nace, crece y entra en la decadencia. Las ideas de Friedrich Schlegel pueden encontrarse en este manual, sobre todo cuando habla de Virgilio como poeta épico culto que no refleja bien las tradiciones populares de su pueblo, frente a Homero.
Camús, como sabéis quienes me conocéis, es asunto al margen. Es el profesor romantico por excelencia, si bien sus gustos iban más por el clasicismo francés. Sin embargo, su amigo Salvador Costanzo, venido de Italia, le dio a conocer la obra de Manzoni, en particular la titulada Los novios. Camús representa, además, el ideario decimonónico del Renacimiento, al calor de las ideas de Michelet. Es el romantismo progresista que ve en los siglos XV y XVI los comienzos de la modernidad, frente a quienes toman la Edad Media como paradigma.
Costanzo escribió un manual de literatura latina que jamás fue aprobado para su uso en clase. Es, quizá por ello, tan bueno. Un manual donde incluso aparecen el Pervigilium Veneris traducido por Don Juan Valera.
Por cierto, quiero compartir con mis inexistentes lectores la foto de Alfredo Adolfo Camús. Me la ha proporcinado Teresa Barbado Salmerón, descendiente del gran político y profesor español. Estaba la foto en una orla de clase de un curso muy tardío. Es la foto que abre este texto.

En fin, vuelvo a la idea del pequeño mundo. Tambén el romanticismo se refleja en estos lugares tan discretos. Ya lo vio Javier Espino en su tesis doctoral con la estética barroca y la gramática latina.

Francisco García Jurado
HLGE

lunes, 16 de junio de 2008

LA HISTORIA DE ESPAÑA EN SUS MANUALES DE LITERATURA (LATINA): EXILIOS


Los que me conocen saben que llevo años ensayando esto que me gusta llamar "microhistoria". Desde que tuve la suerte de ver a través de unos manuscritos del siglo XVIII un poco de la vida cotidiana de los miembros de la Academia Latina Matritense, tuve esa impresión de estar observando el pasado a través de una mirilla. Cuando llegué a los manuales de litertura latina me fui dando cuenta de que su estudio conjunto, desde las postrimerías del siglo XVIII hasta los años treinta del siglo XX, reflejaba como un microcosmos muchos aspectos de la propia historia de España. Es lo que ahora voy a ilustraros con dos manuales que, si bien se escapan a las etapas aludidas, son sin quererlo hijos de ellas. Me refiero a dos libros publicados en el exilio.

En el año 1950 aparecieron publicadas dos historias de la literatura latina a cargo de dos profesores que tuvieron que partir de España con la guerra civil española: Agustín Millares Carlo y Pedro Urbano González de la Calle.

Agustín Millares Carlo (1893-1980), tras haber desempeñado su primera cátedra por oposición en Granada, fue nombrado catedrático numerario de “Paleografía y Diplomática Española” en la Universidad de Madrid el año de 1926. No obstante, siempre estuvo muy involucrado en la enseñanza de la Lengua Latina de la Facultad. Es autor de una inmensa obra en el campo de la Paleografía, si bien como latinista tradujo las Cuestiones académicas de Cicerón para la editorial Calpe (1919). Se trata de un trabajo discreto entre sus grandes monografías, pero es muy representativo de ese momento cultural y editorial, dado que la “Colección Universal”, donde se inscribe el opúsculo, es obra intelectual del propio Ortega y Gasset, que designó a su amigo y colega García Morente para que asumiera la dirección. Fue uno de los profesores separados de su cátedra tras la guerra civil. Marchó al exilio, concretamente a Argentina y México, donde vivió no sin dificultades. Es, a este respecto, muy ilustrativo el trabajo que Antonio Henríquez Jiménez tituló "Unos recuerdos de don Agustín Millares" (Boletín Millares Carlo 19, 2000, 57-64). En él nos cuentan cosas como estas: "Como este profesor de latín, hay otros que también eran ya catedráticos en las universidades españolas y para quienes la situación ya no es lo mismo que en su patria. Tienen que trabajar mucho y en distintos sitios."

Por su parte, Pedro Urbano González de la Calle (1879-1966), hijo del pensador krausista Urbano González Serrano, se había formado en Madrid, pero desde 1904 hasta 1926 fue catedrático en Salamanca. En 1926 se traslada a Madrid, tras lograr una excedencia para dar clases como auxiliar temporal de la cátedra de Lengua y Literatura Latina que había dejado vacante Cejador. Sin embargo, esta excedencia supuso en su anhelo por ser catedrático en Madrid toda una cortapisa, pues lo dejó excluido en el concurso por traslado de esta misma cátedra, a pesar de ser la que él mismo impartía en ese momento. Fue la cátedra que obtuvo Alemany Selfa otro catedrático mucho más joven e "hijo del decano". No obstante, continuó como auxiliar en Madrid hasta lograr el nombramiento de catedrático de Lengua y Literatura Latinas cinco años más tarde, en 1932, ya en tiempos de la II República. Luego de esto, pasó a ser profesor de Lengua y Literatura Sánscrita en Valencia y, finalmente, en la Universidad de Barcelona, donde explicó Poesía Latina e Historia de la Filología hasta 1939, fecha de su exilio. Al igual que otros veintiséis profesores de la Facultad, como Millares Carlo, fue separado del servicio en 1939. Tuvo una activa participación en la Sección de Estudios Clásicos del Centro de Estudios Históricos, como puede verse en la primera etapa de la revista Emerita. Fue, además, un excelente lingüista, y sus estudios sobre estilística reflejan la importancia que la Lingüística Latina había adquirido en los primeros decenios del siglo XX en España. Su vida de exiliado transcurrió en Bogotá, donde continuó manteniendo un ritmo de investigación excepcional en el afamado Instituto Rufino J. Cuervo, para continuar después en México.

Precisamente, en 1950 aparecen las dos obras de las que quiero hablar. Una de ellas es la aún hoy conocida Historia de la Literatura Latina de Millares, publicada por el Fondo de Cultura Económica. Está dedicada, significativamente, a Pedro Urbano. La otra es la traducción de la Literatura Romana de Federico Leo a cargo de Pedro Urbano. Fue un proyecto ya anunciado por la revista Emerita en 1935, pero obviamente abortado.Pasados los años, el Instituto Caro y Cuervo de Bogotá se encargó de retomar esta traducción. Sin embargo, por lo que puedo ver al leer el manual, se nota que la primera redacción pertenece a aquellos años treinta y a aquella patria perdida. Curiosamente, Pedro Urbano nos cuenta en este libro que le ha llegado la Literatura Latina de su colega Millares. Merece la pena reproducirla:

ADICIÓN FINAL

Cuando estaba en la Imprenta el original de esta Bibliografía, llegó a mis manos -por generosa donación con inmerecida dedicatoria - la muy interesante obra titulada Historia de la literatura latina (Breviarios del Fondo de Cultura Econónmica, México - Buenos Aires, Nº 33) de la que es autor mi docto amigo y antiguo compañero D. AGUSTÍN MILLARES CARLO. (...)

Al ver ahora juntos ambos libros, precisamente en Madrid, siento una justificada emoción.

Ambos libros representan un el recuerdo de dos grandes filólogos españoles lejos de su patria. Ya había ocurrido, a finales del siglo XVIII, con jesuitas como Juan Andrés, o en los primeros decenios del siglo XIX con algunos liberales exiliados.

Este es quizá el último episodio, casi epílogo de esa historia de la historia de la literatura latina que pretendo contar con un poco de tiempo y de suerte.

francisco garcía jurado
hlge