QUIENES han visitado hace pocos meses la exposición de pintura del siglo XIX en el Museo del Prado quizá hayan echado de menos una obra que, si bien no pertenece a un pintor español, está muy ligada a la vieja colección del extinto Casón del Buen Retiro. Me refiero al cuadro titulado "La siesta", pintado en 1868. Es el cuadro de Alma Tadema al que más unido me siento, por razones, sobre todo, sentimentales. Su inconografía no está muy lejos de las viejas escenas simposíacas que encontramos en más de una cerámica griega. Todo es calma en el cuadro. Lo recuerdo desde la primera vez que acudí al Casón, y fue gracias a él por quien conocí la pintura de Alma Tadema. Un pequeño gran tesoro que volvió a la sombra de los almacenes.
Mucho tiempo después, mi afición al estudio de los manuales de literatura me llevó a un libro de 1928: Eustaquio Echauri, Literatura latina, Barcelona, Ministerio de Instrucción Pública y Bellas artes (Joaquín Horta, imp.), 1928. Es uno de los típicos manuales del período que denominamos "La Edad de Plata de la Cultura Española". Está destinado a los estudiantes de un bachillerato hoy mítico (de hecho, hay otro excelente manual contemporáneo pensado también para la enseñanza de la literatura latina: el de Vicente García de Diego) y está compuesto por uno de los mejores latinistas de la España del momento, Eustaquio Echauri, conocido también por haber compuesto un diccionario de latín que luego, junto con José Manuel Pabón, daría lugar al famoso diccionario Spes. No voy a hablar hoy de las polémicas académicas e ideológicas de Echauri con personajes como Américo Castro o Joaquín Balcells, a lo que me dedicaré otro día. Sólo quiero comentar la emoción que me supuso ver reproducida en su manual la estampa del cuadro de Alma Tadema. Recuérdese, estamos en el momento en que los manuales escolares comienzan a incorporar imágenes como un hecho normal. El desarrollo editorial del siglo XIX permitió el uso de la cromolitografía y el huecograbado. La editorial Montaner y Simón fue la primera que generalizó las ilustraciones. Ya en el siglo XX, editoriales como Labor hicieron de la ilustración un pequeño arte. El manual de Echauri es hijo de su momento, en este sentido. Sí me sorprende, no obstante, el uso particular de algunas imágnes que le dan un aire castizo al libro. Es significativa, a este respecto, la aparición de la diosa Cibeles, la madrileña. Asimismo, creo que el cuadro de Tadema tampoco es ajeno a la conciencia de su pertenencia al Museo del Prado. El título que figura a pie de página es "Escena pompeyana". Veo que en la actual ficha del cuadro publicada por la Enciclopedia del Museo del Prado consta como primer título, seguido entre parénsesis por "La siesta". Precisamente, el título de "Escena pompeyana" es el que da lugar a que la ilustración venga junto a la vida de Plinio el Viejo, cuya conocida muerte durante la erupción del Vesubio ha pasado a formar parte de uno de los capítulos estelares de la propia historia de la litearatura latina, junto a la muerte de Lucrecio, el exilio de Ovidio o la muerte de Virgilio.

Francisco García Jurado
HLGE
