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sábado, 25 de febrero de 2012

El incendio de Roma del año 64 (segunda parte)

Continuamos hoy con nuestro relato sobre el incendio de Roma. Intentaremos plantearnos la incógnita de si fue o no provocado, la acusación contra los cristianos y, finalmente, la construcción de la Domus Aurea. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. GRUPO DE INVESTIGACIÓN UCM "HISTORIOGRAFÍA DE LA LITERATURA GRECOLATINA"







¿FUE PROVOCADO EL INCENDIO?

La pregunta no tiene una respuesta sencilla, como vamos a ver. Tácito declara que hay historiadores que sostienen el origen fortuito del incendio, mientras otros lo atribuyen directamente a Nerón. Naturalmente, a un historiador de ideales tan republicanos como era Tácito le convenía atribuírselo a Nerón, ya que así daba todavía más consistencia al retrato negativo que nos hace del emperador. Sin embargo, es muy probable que el incendio fuera fortuito, dada la calurosa estación del año en que se declaró y la zona tan concurrida donde tuvo lugar. No obstante, aun en el caso de que el mismo Nerón lo hubiera provocado, esta acción no debería atribuirse al mero capricho de un emperador enloquecido, sino a un plan político mucho más complejo. De lo que no cabe duda es de que el incendio, ya fuera casual o intencionado, supuso claramente una gran oportunidad para seguir fomentando la política orientalizante y populista de Nerón.

Si volvemos a la pregunta inicial, es decir, a si el incendio fue o no provocado, hasta puede pensarse incluso en que se dieran las dos posibilidades. Como ya hemos dicho, Tácito nos habla de dos incendios. El primero pudo ser perfectamente casual, y sabemos que el emperador no estaba en Roma cuando comenzó. Ahora bien, el mismo Tácito refiere los rumores que corrían acerca de la imputación del segundo incendio a Nerón. Cabe, por tanto, la posibilidad de que Nerón, si bien no provocó el incendio, aprovechara su carácter fortuito para alimentarlo días más tarde con la ayuda de su consejero y favorito Tigelino.

EL ASPECTO POLÍTICO DEL INCENDIO: ACUSACIÓN CONTRA LOS CRISTIANOS

Además de la conocida la imagen del emperador cantando con su lira, también nos refiere Tácito cómo intentó Nerón asistir a los afectados disponiendo refugio y ayuda para ellos en el Campo de Marte, en los monumentos de Agripa y hasta en los jardines de su propiedad, un gesto generoso que da cuenta indirecta de la magnitud del desastre. Sin embargo, a pesar de sus buenas disposiciones para con la gente afectada, Nerón no consiguió apartar de sí las sospechas de haber provocado el incendio. Era necesario buscar urgentemente un culpable, y para ello nada mejor que recurrir a una de las entonces llamadas“sectas”, la de los cristianos o seguidores de Cristo. Por tanto, el episodio del incendio ha supuesto, de forma indirecta, una ocasión memorable para tener noticias sobre la presencia social de los cristianos en la Roma imperial, gracias a un temprano testimonio de Tácito (Anales 15, 44, 2-3). Algunos historiadores modernos han visto en esta persecución un primer choque entre paganismo y cristianismo, pero esto realmente no tendrá lugar hasta un siglo más tarde. No parece tanto una persecución dirigida contra los cristianos por el hecho de serlo como la urgencia de buscar a alguien a quien poder culpar de lo ocurrido. En todo caso, se llevó a cabo la detención de un gran número de cristianos y, según nos cuenta Tácito, no tanto bajo la acusación de incendiarios como la de su odio hacia el género humano, una imputación no ajena a las propias tradiciones antijudaicas de la sociedad romana. Despedazamientos, crucifixiones y quemas de cristianos se sucedieron en diversos escenarios, entre otros, en los mismos jardines de Nerón, utilizados poco tiempo atrás para acoger a las víctimas del fuego. Sin embargo, Nerón logró el efecto contrario que perseguía, pues este escarnio público movió a más a la compasión que al hambre de justicia, dado que se veía sobre todo como una manifestación de la crueldad imperial.

LA OTRA CARA DEL INCENCIO: LA CONSTRUCCIÓN DE LA DOMUS AUREA

Según cuenta Suetonio, Nerón fue un emperador aficionado a las grandes construcciones. El incendio de Roma le brindó la oportunidad de llevar a cabo su proyecto más ambicioso: reconstruir una nueva ciudad y edificar una descomunal mansión palaciega. La ciudad se volvió a erigir, pero esta vez de manera ordenada, con calles más anchas y espacios abiertos. También se dispusieron fuentes públicas y medios para atajar nuevos incendios. Lo más sobresaliente de esta nueva ciudad fue la Domus Aurea, la inmensa mansión palaciega que se extendía desde el Palatino hasta el Esquilino. Antes del incendio, Nerón había construido en esta zona la que llamó Domus Transitoria, es decir, “Casa de paso”, dado que unía las construcciones imperiales del Palatino con las del monte Esquilino. Sin embargo, cuando quedó destruida por el incendio, su reconstrucción sirvió de pretexto para llevar a cabo numerosas expropiaciones. El nuevo lugar resultante, lleno de riquezas, estaba inspirado en los palacios orientales, con un gran lago artificial, praderas y villas, y era la máxima expresión del llamado neronismo. Séneca dijo de él que resplandecía con el brillo del oro y Suetonio describe su magnificencia sin ahorrar adjetivos. Entre otras cosas, se cuenta que dentro del gigantesco palacio imperial había un mecanismo giratorio en el techo del comedor que permitía una lluvia de perfume y pétalos de rosa sobre los comensales.

Nerón murió el año 68, sólo cuatro años más tarde del incendio, y no tuvo mucho tiempo para disfrutar de su mayor creación arquitectónica. Tras su muerte, el odio a su recuerdo hizo que sus sucesores ordenasen la destrucción de la Domus Aurea. El edificio quedó literalmente sepultado, pero desde hace unos años pueden visitarse de nuevo los restos subterráneos de la Domus Aurea. Vespasiano construyó sobre el lago artificial el Coliseo, Adriano el templo de Venus y Roma, en la parte correspondiente al vestíbulo, y Trajano erigió sus termas sobre el edificio principal. El descubrimiento en el siglo XV de las cúpulas hizo que éstas se reinterpretaran como “grutas”, y que al estilo pictórico encontrado en ellas se lo denominara “grotesco”. Nerón y su mito ya estaban servidos para el futuro. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

jueves, 23 de febrero de 2012

El incencio de Roma del año 64 (primera parte)

Pocas imágenes de la historia de Roma continúan estando hoy tan vivas como la de Nerón cantando con su lira ante el pavoroso incendio que asoló una gran parte de la Ciudad Eterna el verano del año 64. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. Grupo UCM de investigación "Historiografía de la literatura latina"

En el año 64 de nuestra era se declaró un terrible incendio por los barrios más populosos de Roma. Fue tan devastador que duró varios días. No sabemos si fue Nerón quien provocó esta catástrofe. En todo caso, el emperador aprovechó la circunstancia para emprender la reconstrucción de Roma y levantar un palacio colosal: la Domus Aurea o Casa Dorada. Como casi siempre en estas circunstancias, los grandes perdedores fueron las capas populares de Roma. En particular, hubo una “secta” que fue acusada de haber provocado aquel incendio: los cristianos. Las interpretaciones sobre los hechos de este incendio continúan siendo hasta hoy controvertidas.
EL INCENDIO DE ROMA DEL VERANO DEL 64

El incendio de Roma del año 64 descrito por Suetonio en la Vida de Nerón y por Tácito en el libro 15 de los Anales sigue hoy día constituyendo uno de los episodios más conocidos de la agitada historia de la Roma imperial. Gracias, primero, a la obra de los historiadores antiguos y, después, a los modernos relatos históricos, en especial la novela Quo vadis?, escrita por el polaco Sienckiewicz, podemos imaginar al emperador Nerón cantando con su lira un poema sobre la caída de Troya mientras contempla extasiado el pavoroso incendio. Sea verdad o fabulación, Nerón ha pasado a la Historia como uno de los mayores pirómanos jamás conocidos.

De lo que no cabe duda es de que el desastre llegó a asolar una gran parte de Roma, como si se hubiera producido una invasión enemiga. La zona más afectada fue la que luego acabaría correspondiendo a los alrededores del Coliseo. El incendio se declaró una noche de julio, en la parte del Circo que está más cerca de los montes Palatino y Celio. Las llamas se propagaron de manera virulenta, pues esa parte de Roma estaba constituida por un entramado de callejuelas y casas hacinadas. Tácito describe con tonos vivos cómo aquel lugar se convirtió en una trampa mortal para sus habitantes, ante la rapidez con la que se extendía el fuego. En poco tiempo, gracias al viento, alcanzó las proporciones del Circo y se extendió por las zonas llanas para luego subir por las irregulares manzanas. Las capas sociales más desfavorecidas se llevaron la peor parte, ya que sintieron primero el miedo a la muerte y, en caso de sobrevivir, la desolación de haberlo perdido todo. Las calles estaban atascadas por el tumulto de personas, pues mientras unas corrían para salvarse y otras no podían huir tan rápido de una muerte cierta. Como suele ocurrir en las desgracias colectivas, entre tanta desesperación y pavor hubo quien aprovechó para hacer rapiña e incluso seguir quemando otros lugares con la ayuda de teas. Algunos piensan que estos incendiarios seguían órdenes concretas, quizá del mismo emperador.

Tras seis días interminables de devastación sin tregua se había logrado habilitar cerca de las Esquilias una zona abierta para servir de cortafuegos. Es entonces cuando, según Tácito, volvió a declararse un segundo incendio, ya en zonas más abiertas de la ciudad. El foco de este nuevo incendio estaba en el barrio Emiliano, en una finca de Ofonio Tigelino. Tigelino era un siniestro personaje y la mano derecha de Nerón, que incluso participaba en las orgías privadas de éste. El nuevo incendio, si bien no provocó tantas víctimas como el primero, arrasó numerosos templos y lugares de recreo, de manera que contribuyó aún más a la sensación de ruina colectiva. La magnitud del desastre, ahora más monumental que propiamente humano, hizo concebir la sospecha de que Nerón pretendía fundar una nueva ciudad sobre las ruinas de Roma. Ciertamente había motivos reales para creerlo, pues de las catorce regiones en que se dividía la urbe sólo cuatro habían quedado completamente ajenas al desastre. Quizá ahora el capricho de Nerón había llegado muy lejos.

LA FIGURA DE NERÓN

Resulta innegable que, independientemente de la participación real del emperador en los sucesos, este gran incendio de Roma no puede narrarse al margen de su persona. De hecho, al día siguiente de haberse declarado el primer incendio Nerón volvió de su villa de recreo, en Anzio, cuando las llamas tocaban ya sus propiedades palaciegas, que tampoco se libraron del fuego. Aquí es donde, según nos cuenta Tácito, corrió la voz de que Nerón no había tenido mejor ocurrencia que subirse a un escenario dispuesto en su propia casa para cantar la destrucción de Troya, como si la mítica y lejana historia contada por los grandes poetas tuviera ahora un excelente marco para su memorable recuerdo. No hay constancia cierta de que el emperador cometiera semejante excentricidad. Más bien, parece que tiene mucho de leyenda, sobre todo cuando vemos que las otras dos fuentes antiguas relevantes sobre el incendio sitúan a Nerón en lugares distintos al referido por Tácito. Suetonio nos cuenta que hizo este canto desde la llamada torre de Mecenas, sobre el monte Esquilino, y Dión Casio, por su parte, dice que fue en la zona alta de palacio. Sin entrar en la veracidad de este hecho, el emperador ya había dado muestras suficientes de su carácter estrafalario para que la leyenda de su canto ante las llamas fuera, cuando menos, creíble. Gracias a la historia, a la novela y al cine, podemos imaginar cómo al tiempo que decenas de personas morían o huían ante la desolación más absoluta, el emperador convertía la desgracia común en improvisado escenario para una de sus acostumbradas locuras. Pero el emperador no se había comportado siempre de esta manera tan esperpéntica.

Conviene recordar que Nerón había sido aclamado imperator a los diecisiete años, en el 54. Cuando se declara el incendio lleva, por tanto, diez años a la cabeza del imperio. El primer lustro había resultado un ejemplo de respeto a las tradiciones políticas romanas, gracias a la excelente educación recibida de sus maestros Séneca y Afranio Burro. Fue una época tan benigna que se la denominó el quinquennium aureum (“el quinquenio dorado”), si bien no era oro todo lo que relucía, pues ya durante este período había comenzado el emperador a derivar hacia un nuevo modelo despótico. El punto de partida lo marcó el asesinato de su propia madre, Agripina. De esta forma, Nerón se fue alejando paulatinamente del modelo inicial, basado en las viejas costumbres romanas, para convertirse en un monarca absoluto al estilo oriental, dentro de una política fuertemente marcada por el personalismo. Para ello, Nerón contaba con la simpatía de la plebe y se había ido rodeando de nuevos consejeros, como Tigelino, debilitando así la autoridad de sus viejos y honorables maestros.

De esta forma, cuando llegamos al año 64, fecha del incendio de Roma, parece que este proceso de cambio ha culminado: la vieja nobleza se siente marginada y maltratada frente al auge de personas provenientes de otras clases, como el orden ecuestre. Nerón ha logrado hacerse con un apoyo social variado y suficiente para su nuevo proyecto político, el neronismo. En estas circunstancias, si bien el incendio pudo ser una mera casualidad, acabó convirtiéndose, al mismo tiempo, en todo un síntoma de este nuevo estado de cosas. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

domingo, 19 de febrero de 2012

Paradojas en la historia de la enseñanza

Ahora que la asignatura de Educación para la ciudadanía vuelve a los titulares de prensa, con toda la carga ideológica que esto conlleva (la sempiterna historia de buenos y de malos, o la versión descafeinada de las dos España de Machado), me viene a la memoria una pequeña historia que he tenido ocasión de estudiar en mi investigación sobre la enseñanza de la literatura latina en la España del siglo XIX. ¿Os imagináis que el manual de Educación para la ciudadanía más vendido en España hubiera sido escrito por un sacerdote de ideología conservadora que, para colmo, no creyera en la legitimidad de la asignatura? Pues esto ocurrió en la España del siglo XIX con la enseñanza de la literatura latina. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Las disciplinas de carácter histórico entraron en el panorama educativo español tras la muerte de Fernando VII. Pensad que, gracias a la Historia o al cambio de un estado de cosas, el tercer estado, llamado quizá impropiamente burguesía, había logrado el protagonismo político al que venía aspirando. Es normal que las personas poderosas que se identificaban con el antiguo régimen no quisieran saber nada de la Historia, y mucho menos de su enseñanza, que marcaba ya un sesgo decididamente liberal a la educación. Por ello, no es tan inocente cuando vemos cómo durante el decenio de los años 40 del siglo XIX políticos como Gil de Zárate legitiman las enseñanzas históricas. La literatura latina, o la española, herederas de las historias literarias del siglo XVIII, más el componente romántico de convertirse en literaturas nacionales, entraron en la escena educativa como alternativa a los intemporales estudios de poética y retórica. Así pues, profesores liberales que se identificaban plenamente con el nuevo estado de cosas de la etapa isabelina tuvieron a bien crear manuales y programas de curso que ayudasen a la realización de los nuevos principios de la flamante enseñanza pública. Alfredo Adolfo Camús fue uno de los más importantes compiladores de manuales y programas. Lo más curioso de todo esto es que el presbítero Jacinto Díaz y Sicart (1809-1885), nacido en Vallfogona de Riucorb (Segarra) y personaje de un ideología marcadamente reaccionaria con respecto al nuevo estado de cosas, fue el autor de mayor éxito editorial a la hora de publicar manuales de literatura latina en España. Estudió gramática latina y retórica en la localidad de Igualada. Después, a partir de 1822, cursó filosofía y derecho en Cervera, donde logra el titulo de bachiller en leyes (1829), así como doctor en cánones tres años más tarde. En Cervera fue profesor desde 1832 a 1835. Entre 1835 y 1839 vivió en Italia como preceptor de dos nietos de su antiguo protector, Llàtzer de Dou. Después pasó a desempeñar la cátedra de retórica en el seminario de Vic. En 1847 pasó a ocupar la cátedra de literatura latina en la Universidad de Barcelona. Precisamente en esta ciudad fue nombrado miembro de la Academia de Buenas Letras en 1852. Se trasladó después a la Universidad de Sevilla, pero logra regresar a Barcelona en 1867, al conseguir la cátedra de historia de la literatura griega y latina. En 1879 sucedió al helenista Bergnes de las Casas como decano de la facultad de letras y tuvo entre sus alumnos a Marcelino Menéndez Pelayo. Se jubiló en 1885, y pasó la última etapa de su vida en el Monasterio de Montserrat como postulante. Pues este es el autor que más manuales de literatura latina publicó en la España liberal. Su primer manual apareció en 1848, y siguió publicándose, con modificaciones que en nada afectaban ni a la estructura ni a su planteamiento, hasta 1879. Este autor siempre creyó que la enseñanza de los tiempos de Fernando VII había sido mejor que la de los nuevos tiempos liberales. Recuerdo a los pacientes lectores que hayan llegado hasta aquí leyéndome que el rey absolutista había mandado promulgar un ley de educación, conocida como el Plan Calomarde, que estaba dirigido a los súbditos del reino. La nueva educación liberal ya no hablaba de súbditos, sino de ciudadanos, pero éstos, en opinión de Jacinto Díaz, eran ahora mucho más ignorantes (la consagración de los "asnos eruditos" de los que nos habla Forner en el siglo XVIII) y la literatura latina, que poco a poco fue alejándose del conocimiento de la lengua latina, no era más que una materia para parleros de diario. En fin, qué pocas cosas importantes cambian en nuestro comportamiento social y humano. FRANCISCO GARCÍA JURADO