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sábado, 24 de diciembre de 2011

Patético, ¿ridículo?

Es una pena que nuestros alumnos, cuando acaso oigan hablar sobre la Sonata para piano en do menor “Patética” de Beethoven, entiendan que se trata de algo bien distinto de lo que el compositor alemán quiso expresar con su música. “Patético” no es “ridículo”, o no debiera serlo al menos, pero también es verdad que cuando confundimos una cosa con la otra es porque nuestra percepción del sentimiento ha cambiado radicalmente. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Un uso irónico, seguramente, y ya bien alejado de su sentido propio, es decir, de lo que el Diccionario de la Real Academia define como lo “Que es capaz de mover y agitar el ánimo infundiéndole afectos vehementes, y con particularidad dolor, tristeza o melancolía”, está trastocando un hermoso término de origen griego que tiene que ver, precisamente, con el sentimiento, y no necesariamente con la risa. Lo patético y el patetismo no tienen que ver con lo risible o lo ridículo, aunque la línea invisible que discurre entre el drama y la comedia siempre sea sutil. Mario Benedetti dice en La tregua (1960) algo que puede hacernos vislumbrar las razones por las que el término ha sufrido semejante desplazamiento semántico: “Era un gesto patético, sólo eso, un gesto que no llegaba nunca a parecer ridículo, porque en aquel rostro había, además, bondad.” El problema surge cuando la diferencia entre lo patético y lo ridículo se difumina para dar a entender una burda sinonimia entre ambos. Posiblemente, la confusión responde también a nuestro propios cambios en la percepción del arte y de los sentimiento que éste inspira, pues lo que en otro tiempo pudiera parecer estremecedor hoy se nos antoja simplemente ridículo. Nunca olvidaré el miedo que pasé al ver la película “El exorcista”. Cuántas noches de insomnio pasé recordando el rostro de la niña poseída, casi comparable a las pesadillas que me inspiraron las llamadas caras del Bélmez. Aquel miedo infantil fue compañero tan absoluto que jamás puede imaginar que, al cabo de unos cuantos años, otros chavales pertenecientes a generaciones posteriores a mí se reirían al ver a aquella niña girando su cabeza como si fuera un tuerca. Lo espantoso se había convertido en ridículo, y ante esa constatación sentí incluso vergüenza de haber tenido semejantes miedos. Posiblemente ya no entendemos lo que fue realmente lo patético, de igual manera que no sabemos ya comprender la estética de los cementerios del siglo XIX. Otra cosa es pensar en aquello que hoy nos conmueve, pues esto acaso es más ridículo que aquello que conmovió a las personas del pasado. FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 21 de diciembre de 2011

¿Marx o Montaigne? Lectura de Jorge Edwards

Acabo de terminar el libro titulado La muerte de Montaigne, del autor chileno Jorge Edwards. Su lectura, discreta, me ha deparado buenos momentos y algunas reflexiones pertinentes. Procuro no tener el libro conmigo ahora, cuando escribo precisamente sobre él, para que así sea tan sólo su conciencia lo que me inspire estas líneas. Tengo la impresión de haber leído un libro post-utópico. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Fue, por lo que recuerdo, en el diario EL PAÍS donde conocí la existencia y la obra de Jorge Edwards. La primera vez que lo leí, precisamente, fue a propósito de un pequeño ensayo sobre la figura de Séneca que me resultó muy útil para uno de mis estudios. Frente a los autores españoles del regeneracionismo, que seguían convirtiendo a Séneca en esencia de lo español, Edwards, en cambio, lo hacía ciudadano de cualquier lugar del imperio. Lo más sutil de todo es que aquel aserto no aparecía en la prosa de Edwards, era algo que yo mismo, como lector, podía encontrar de manera defectiva al calor de otras lecturas. Este carácter sutil de las cosas, de la elocuencia de lo tácito, me ha vuelto a la memoria tras la lectura del ensayo de Edwards sobre Montaigne, quien, no en vano, era también un gran lector y admirador de Séneca. Una vez más, un artículo en EL PAÍS, hace ya unos cuantos meses, me llamó la atención, pues no es normal, ni mucho menos, que un autor moderno dedique a Montaigne su atención consciente y explícita. Este artículo ahora se justifica perfectamente, pues era parte del estudio para la “novela”, según dice Edwards, que él mismo preparaba sobre el autor que llegó a ser alcalde de Burdeos.
No es fácil escribir algo esencialmente novedoso sobre Montaigne. Entre mis lecturas tenía el ensayito que Peter Burke había dedicado al humanista francés, o la biografía inacabada de Stephan Sweig, absolutamente conmovedora. Yo no llegaba al libro de Edwards, por así decirlo, como “homo novus”, es decir, cual “tabula rasa”. Llevo tiempo leyendo, releyendo, intentando asimilar a Montaigne, incluso soñando con su cuarto de trabajo en el castillo aquitano del que toma su nombre, y que algunas veces reconstruyo simbólicamente en mi vida para protegerme de la intemperie de lo zafio. Yo llegué a este libro ya como lector convencido, que es seguramente como llegan casi todos los lectores de obras ensayísticas. El libro de Edwards, manejable y portátil, me ha servido para recorrer lecturas ya pasadas de los propios ensayos de Montaigne y de su viaje por Francia e Italia. Me ha sorprendido lo mucho que Edwards ha leído de y sobre Montaigne, y sin ofrecerme ideas radicalmente novedosas me ha hecho pasar muy buenos ratos de lectura. Ahora regreso, por cierto, al Álbum Montaigne, que la lujosa colección de La Pléiade publicó hace un tiempo en torno a su época y su obra. Delicioso en grado sumo. Ahora recuerdo conmovido el viaje a Burdeos que hicimos hace unos cuantos meses, cuando estuve ante la gigantesca estatua de Montaigne, de igual forma que hice en París ante la estatua que hay en la Rue des écoles. Por diversas razones, he vuelto a justificarme en mi propio escepticismo ante las grandes ideas, los sistemas de pensamiento, las ideologías, las fes inquebrantables. Edwards establece una dicotomía que me ha resultado interesante: Marx, que crea un pensamiento para el futuro que termina ahogango (y ha ahogado) el presente, frente a Montaigne, que es un pensador de su presente, presente que se vuelve atemporalidad en manos de los lectores modernos. Nunca me convencieron, por ejemplo, mis maestros “progres” de los años setenta y ochenta, aquellos que convirtieron la política en mero dogmatismo, en una burda conjunción de buenos y malos, muy efectista para los jóvenes. Nunca me he creído la religión o esa otra forma de religión que es el comunismo. En cierto momento me sentí afín al anarquismo, quizá por razones sentimentales y familiares, quizá porque para mí el anarquismo es la infancia y mi abuelo. Por supuesto, tampoco creo en los “salvadores de la patria” de la derecha política. Qué solo, qué marginal me siento a veces en este sentido, apenas con la compañía de estos libros escritos por autores con los que suelo dialogar en mis viajes de autobús Me gustaría poder felicitar a Jorge Edwards por este libro que recrea, aún no lo he dicho, el posible amor de Montaigne con Marie de Gournay, ella tan joven y él tan viejo. Ella admiraba sus ensayos, y fue editora póstuma de la obra, una vez reescrita. En todo caso, se trata de un libro escrito más allá de las peligrosas utopías. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 19 de diciembre de 2011

Para una historiografía de la literatura clásica durante la Edad de Plata de la cultura

Haber logrado trazar una historia de los manuales de literatura griega y latina en España puede parecer empresa vana u ociosa. Sin embargo, se parece mucho a la labor de un entomólogo. Poco a poco se van viendo las diferencias habidas entre los documentos, tanto las meramente científicas como las propiamente ideológicas. Alguna vez terminaré el catálogo de manuales, pero por ahora disfruto (y sufro) del proceso que conlleva su elaboración. Como los arqueólogos, suelo aprovechar lo que llamo "las campañas de verano", pues es entonces cuando puedo trabajar sin el agobio del día a día. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE


Las cuatro grandes etapas que en otro lugar[1] hemos establecido para el desarrollo de la Historiografía de la Literatura latina en España pueden enunciarse como sigue: la del llamado pensamiento ilustrado, definido por la «Historia crítica», de carácter culto y erudito; el período romántico, donde se desarrolla la «Historia filosófica», ligada a lo popular y lo nacional; el «Historicismo», donde la fe en la ciencia positiva termina de asentar la idea de una Historia de la Literatura latina propiamente dicha, y, finalmente, la etapa de los tres primeros decenios del siglo XX, definida por la tensión entre el «Positivismo» heredado del siglo anterior y la nueva «Crítica estética». El caso español se resume perfectamente si pensamos en cuatro manuales posibles y correspondientes a cada etapa que, sin embargo, nunca existieron: un gran manual crítico escrito por Gregorio Mayáns en los años setenta del siglo XVIII[2], un manual romántico compuesto por Alfredo Adolfo Camús hacia 1860[3], un manual historicista escrito por Marcelino Menéndez Pelayo entre 1880 y 1900[4] y, finalmente, un manual de carácter estético-idealista compuesto por Pedro Urbano González de la Calle hacia los años veinte del nuevo siglo[5]. Precisamente, en este capítulo vamos a centrarnos en los dos últimos períodos, definidos por la consolidación del paradigma historicista y su relativo agotamiento con el cambio de siglo. De esta forma, a partir del decenio de los años sesenta del siglo XIX, pasada la etapa romántica, ya no supone novedad alguna la explicación de las literaturas nacionales en términos rigurosamente históricos, al contrario de lo que ocurría en los primeros tiempos de Gil de Zárate, durante los años cuarenta y cincuenta del siglo XIX, pues todavía entonces la orientación histórica tenía un claro sesgo liberal y romántico. El paradigma de la Historia de la Literatura se ha consolidado en la enseñanza hasta el punto de que se termina entendiendo como un hecho natural. Síntoma notable de este nuevo estado de cosas es la publicación en 1866 de la Historia de la Literatura latina de Villar y García, donde el material de estudio se organiza claramente por medio de los períodos históricos, frente al esquema de los tres grandes géneros que definía la etapa romántica durante los tres decenios anteriores, a saber: Poesía, Elocuencia e Historia. Asimismo, los propios ecos de la llamada «Polémica de la ciencia española», abanderada por Menéndez Pelayo y Gumersindo de Azcárate, también irán apareciendo discretamente en el tibio panorama de los estudios sobre la Antigüedad. Se iniciaba así un largo y complejo proceso que terminará cristalizando al siglo siguiente con la creación oficial de los estudios de Filología clásica en 1933[6]. No creemos, en este sentido, que sea un hecho casual que en 1878 (y luego en 1879) se publique la versión española de la Historia de la Literatura latina del autor alemán Juan Félix Baehr a cargo de Francisco María Rivero, catedrático de Sánscrito en Madrid desde 1877. Así las cosas, si el positivismo de mitad de los años setenta había supuesto una reacción contra el idealismo[7], el paso al siglo XX conlleva un cierto agotamiento de este mismo Historicismo que se plasma, por ejemplo, en las propuestas alternativas de la Estética de Benedetto Croce, encaminadas a valorar de nuevo la literatura como un hecho fundamentalmente estético antes que como mera historicidad. Los manuales de Literatura clásica reflejan perfectamente el estado de las ideas y sus cambios desde 1868 hasta 1936. Su estudio detenido permite apreciar la variedad de planteamientos y también de diferencias ideológicas, no trazadas hasta el momento y que merece la pena reseñar. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE





[1] F. García Jurado, «Ensayo de una Historiografía de la Literatura latina en España (1778-1936)», Revista de Estudios Latinos, 8, 2008, págs. 179-201.
[2] En particular, su Vida de Publio Virgilio Maron, con la noticia de sus obras traducidas en castellano (Valencia, 1778) constituye un valioso comienzo de lo que podría haber sido (y no fue) nuestra Historiografía de la Literatura latina en España.
[3] A tenor de lo que declara Francisco García Rivero (futuro traductor del manual alemán de Baehr) al comienzo de su tesis doctoral (F. García Rivero y Godoy, Demóstenes y Esquínes. Thésis presentada á la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central, Madrid, 1866), Camús preparaba una obra de este tipo: «Y ha sido tanta su amabilidad, que no ha tenido inconveniente en facilitarnos las cuartillas de sus Lecciones histórico-críticas de literatura clásica, obra en que actualmente trabaja y que lleva ya muy adelantada». Asimismo, hemos descubierto poco antes de escribir este capítulo una nueva obra de Camús redactada todavía en latín, y que en parte responde a este cometido: Litterarum Latinarum Institutiones. Tomus primus, Madrid, 1852.
[4] Nos atrevemos a expresar este deseo a tenor de la calidad de su tesis doctoral dedicada a estudiar la novela entre los latinos, a la que después volveremos. Menéndez Pelayo renunció, sobre todo, a escribir un manual de Historia de la Literatura española que, en opinión de J. C. Mainer, «La invención de la Literatura española», en D. Romero López (coord.), Naciones literarias, Madrid, 2006, 201-230, pág. 222: «hubiera hecho digno trío de honor con la italiana de Francesco De Sanctis y la francesa de Gustave Lanson».
[5] Solamente las notas a su traducción del manual de Literatura latina de Friedrich Leo constituyen un prodigio de buen hacer crítico y filológico. Véase al respecto F. García Jurado, «Cuando el tiempo se detiene. Los avatares de una Historia de la Literatura latina publicada en Colombia: Pedro Urbano González de la Calle», Literatura: teoría, historia, crítica, 11, 2009, Nuevas tendencias en la literatura antigua (en prensa).
[6] F. García Jurado, «El nacimiento de la Filología clásica en España. La Facultad de Filosofía y Letras de Madrid (1932-1936)», Estudios clásicos 134, 2008, 77-104, págs. 80-82 especialmente.
[7] J. L. Abellán, Historia crítica del pensamiento español. Tomo V (1). La crisis contemporánea (1875-1936), Madrid, 1989, pág. 75: «El positivismo es, en realidad, una reacción contra el idealismo, que tiene su fecha clave en 1875».