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sábado, 21 de julio de 2012

Víctor Kemplerer decidió seguir viviendo

No soy consciente de haber vivido tiempos tan malos como los actuales. Este verano no es como los otros, y tiene mucho de preludio de tormentas terribles. El sueño de Europa ha vuelto a revelarse como un gran fiasco y las diferencias entre el sur y el norte se hacen bien palpables. La vida se ha vuelto tan gris que apenas la reconocemos. Sin embargo, me resisto a dejar de sentir ilusión por lo que hago, sobre todo a dejar de pensar y de leer. Pienso en cuántas personas han pasado durante su vida por pruebas terribles, como el profesor Víctor Kemplerer, que de su mundo perfecto en la Universidad de Dresde pasó a sumergirse en el infierno del nazismo. A pesar de todo, decidió no sólo vivir, sino seguir pensando y escribiendo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Sí, fue hace ya unos años cuando pude leer sus cuadernos, titulados La lengua del III Reich. Kemplerer era un profesor de literatura francesa en la idílica Universidad de Dresde y experto en Montesquieu. Su pecado no era otro que el de ser judío. Una vez más, estamos ante el castigo que nos cae desde arriba por el mero hecho de ser parte de un grupo determinado. Kemplerer fue viendo cómo al principio se le prohibía dar clase. Entonces se quedó en la biblioteca. Luego también se le negó el acceso a la biblioteca, y permaneció en su casa leyendo sus propios libros. Pero los nazis le prohibieron también leer algo que no fueran libros judíos. Después, ni eso le dejaron. Gracias a estar casado con una mujer alemana de pura cepa no le deportaron, pero esto supuso que ella sufriera a diario constantes humillaciones por estar casada con un judío. Kemplerer terminó despojado de su pequeño mundo, de su trabajo, de sus libros, de su dignidad. No sé si lo que ahora voy a relatar lo cuenta él como tal en sus diarios o soy yo mismo quien lo inventa, tras años de evocar la escena. Imagino a Kemplerer una noche sentado, tras una agotadora jornada de trabajo vejatorio, con la estrella de David cosida en su ropa, pensando si no sería mejor morir. Casi puedo verlo con una luz marchita de una bombilla antigua, en un mundo donde ya nada parecía que fuera a ser lo mismo que él antes había conocido. Su decisión fue vivir, y no sólo eso, sino intentar escribir con medios harto precarios una obra sobre el lenguaje que utilizaban los nazis. Esta obra supuso un gran riesgo no sólo para él, a quien se le prohibía escribir, sino para quienes se aventuraron a esconder los manuscritos hasta el final de la guerra. Entre otras cosas estudió el término "héroe" y "heroico", tan del gusto de la propaganda nazi, pero sólo en su accepción del héroe que se presenta ante las masas, como los jóvenes atletas rubios durante los juegos olímpicos. Kemplerer sabe bien que los verdaderos héroes son desconocidos, al igual que las verdaderas epopeyas son las que nadie ve. Su mujer fue una heroína en este sentido profundo de la palabra. ¿Merece la pena luchar en estas condiciones? Por supuesto que sí, y gracias a esta lucha hoy podemos disfrutar de estos cuadernos magníficos. Stephan Zweig y su esposa tomaron, sin embargo, un camino bien distinto al de Kemplerer y terminaron con su vida. No sabían lo cerca que estaban del fin de aquella pesadilla. Qué bella novela hubiera podido escribir Zweig precisamente al final de la Segunda Guerra Mundial.  El verdadero fracaso es no poder sobrevivir al fracaso. FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 18 de julio de 2012

El dolor vital de Leopardi

Hace un año, María José y yo recorrimos algunas de las ciudades más bonitas de la región de Le Marche, en Italia. Tomamos como punto de partida la portuaria ciudad de Ancona, a la que llegamos con un calor sofocante. Al cabo de unos días, paseando por la noche, logré reconciliarme con ella. No podía menos que acompañarme en este viaje de una lectura del poeta Leopardi, cuyo pueblo natal, Recanati, estaba ahora tan cerca. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
No digo nada nuevo si afirmo que cualquier viaje es, inevitablemente, una incursión por nosotros mismos. Pienso ahora en cuántas horas de reflexión y recuerdos hay en los largos paseos por las ciudades, cuántas sensaciones olvidadas afloran allá donde menos esperamos. El recuerdo de mi padre me ha venido varias veces durante nuestro reciente viaje a Estocolmo, un lugar donde él jamás estuvo. Me gusta además, como bien sabéis, acompañar de buenas lecturas estos viajes. La estancia en Ancona tenía que conllevar al poeta Leopardi, de quien me llevé el libro que Antonio Colinas le dedicó hace ya muchos años en la colección "Los poetas", publicado por la editorial Júcar. Estos libros sobre poesía, de amarillo intenso, jalonaron mis primeras incursiones serias en el mundo de los grandes poetas. Pues bien, me recuerdo ahora en especial leyendo la triste biografía del poeta mientras esperábamos un tren en la estación de Osimo (en la fografía), bajo el calor apacible de una tarde italiana. Recuerdo, entre otras cosas, cómo mi imagen idealizada de aquel niño que llegaría a ser un gran poeta quedó confundida con las sensaciones de una vida abocada a la frustación. Pienso en lo que merece la pena y lo que no lo merece, y no sé si una gloria como poeta justifica, ciertamente, una vida de frustración. También es verdad que Leopardi, encerrado en aquella casa solariega de Recanati, donde imaginó el infinito, con su joroba deformante y la sombra implacable de un padre castrador podría no haber sido nada más que eso, un noble desgraciado y desconocido para la posteridad. Lo que se quebró en mí fue que había imaginado a Leopardi, no sé muy bien por qué, como un joven dichoso entre sus libros y la posibilidad de sus lecturas infinitas. Es ahí, en esa asociación entre felicidad y aprendizaje, donde caben otras posibilidades más complejas, como la frustración, los complejos y los miedos. Y es ahí donde probablemente yo también encuentro algunas de las propias claves de mi vida, precisamente en cómo he utilizado mis lecturas y mis libros para escapar de tantos sinsabores a lo largo de los años. Mientras refexionaba sobre estas cosas, ya en el tren, el revisor nos dijo que habíamos tomado un servicio rápido. Nos habíamos equivocado de tren, pues pensamos que el nuestro era ese, pero nuestro tren llegaba precisamente un minuto más tarde. Hubo que pagar un recargo, y ya estas cosas me alejaron de mis reflexiones. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 16 de julio de 2012

El diario del viaje a Italia de Montaigne


Casi tengo decidido convertir estas pequeñas entregas de Lectores Audaces en una suerte de solaz literario, intentando con ello crear un espacio de tregua, en medio de tantos y tan graves problemas. También escribo con la esperanza de que un día, al leer estas mismas líneas, las circunstancias hayan cambiado a mejor. Hoy vamos a tratar sobre una obra por la que siento verdadera debilidad: el Diario del viaje a Italia de Michel de Montaigne. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

En 1994 yo tenía un viejo automóvil. Se trataba de un SEAT 127 de tercera mano cuyo primer dueño lo había comprado en los años setenta. El pobre hubiera seguido dando servicio si yo, indolente, le hubiera cambiado el aceite a tiempo. Pero una mañana gélida lo intenté poner en marcha y el motor terminó gripado. Ya no me quedaba otra sino llevarlo al desguace. Allí, recuerdo, me dieron una cantidad testimonia por lo que ya no era más que una vieja chatarra, repleta de recuerdos. Como no quería que el pobre automóvil quedara sumido en el olvido más absoluto decidí comprarme un libro con aquel importe. Elegí, precisamente, el Diario del viaje a Italia, edición bilingüe de José Miguel Marinas y Carlos Thiebaut (Madrid, Debate/CSIC, 1994). El libro, que aún conservo en perfecto estado, me sigue reportando horas gratísimas de relectura. Llama la atención, lo primero de todo, las lenguas en que está escrito. Bien sabemos que unos humanistas escribían en latín y que otros alternaban esta lengua con una moderna, y sabemos asimismo que este hecho pone a veces al estudioso de las letras latinas del humanismo en la molesta paradoja de tener que considerar de forma diferente a los latinos los escritos que aparecen en la lengua vernácula, al tiempo que los especialistas en lenguas modernas han relegado en más de una ocasión la obra latina de un humanista por la simple razón de no ser ya capaces de entender la lengua de Virgilio. Si Montaigne no escribió en la lengua del Lacio fue, ciertamente, porque ese no era su deseo, pues había aprendido latín antes que la propia lengua francesa. De esta forma, el diario del viaje a Italia está repartido en cuatro libros, el primero redactado en francés por el secretario de Montaigne, el segundo escrito ya de la propia mano de nuestro autor, para pasar, en el tercer libro, a la lengua italiana y volver, finalmente, en el cuarto, de nuevo al francés. Como tal diario de viaje que es, se trata de un libro importante para ilustrar acerca de lo que era un viaje en el siglo XVI, pues aunque las circunstancias materiales puedan ser las mismas, la interpretación de éstas difiere según el momento histórico.

No es, ciertamente, la misma idea de viaje la que podemos ver en la Peregrinatio Egeriae que la que vamos a encontrar en Montaigne, ni ésta será tampoco la misma si la comparamos con la de un viajero romántico como Stendhal. Montaigne emprende un largo viaje que dudará más de un año, tomando como punto de referencia los balnearios que salen a su paso, en la esperanza de encontrar alivio para sus cólicos, de los que, por cierto, nos va a ir dando cumplida cuenta en su diario. Hace más de diez años, cuando llevé a cabo mi primera lectura, tales referencias, que a menudo nos hacen pensar en un Montaigne de carne y hueso, me parecieron un tanto superfluas. Cuando al estrenar mi cuarentena tuve que sufrir un cólico nefrítico, mientras me practicaban las dolorosas y tediosas litotricias, pensaba a menudo en Montaigne y en sus cólicos. Él viajaba por Italia para buscar alivio, yo, sencillamente, miraba al techo de un hospital y contenía la respiración. (CONTINUARÁ)