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viernes, 24 de junio de 2011

Arturo Capdevila, Adolfo Bioy Casares y “Agelio”. Ensayo de lectura vital

Arturo Capdevila escribió un poema titulado “Aulo Gelio” que pasó a las antologías de la literatura argentina. Es el retrato de un erudito alejado de la vida, feliz entre sus conocimientos vanos. Estos días, junto a Diego Kenis, hemos indagado en la relación que Bioy Casares establece con Gelio. Hoy vamos a desvelar por qué Capdevila fue tan importante para este conocimiento. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Sí, “Gelio” se llamaba “Gellius” en latín. Sin embargo, en una estrofa del poema de Capdevila se nos ofrece un sutil juego con el nombre de Gelio, que aparece ahora denominado como “Agelio”. No es una errata del poeta, sino de un antiguo copista que confundió la inicial del praenomen “Aulo” con el propio nombre del autor, de forma que de “A. Gelio” pasó a interpretar “Agelio”:

Hoy todavía tu lector, Agelio,
en lánguida actitud te evoca y te halla.
Mientras boga tu barca a Grecia o Roma,
festín recuerdas y festín preparas.

Sorprende, cómo no, que Capdevila conozca este pormenor filológico de la tradición textual geliana. Las historias discretas de silenciosos copistas y filólogos que tanto nos apasionan a los estudiosos, pero que tampoco tienen que ver con las vidas heroicas. Compruebo sin esfuerzo que la fuente de esta noticia la extrajo Capdevila del propio comienzo de la introducción a Aulo Gelio escrita por Francisco Navarro y Calvo en su libro de Hernando, es decir, de la misma traducción de Gelio que utilizaron Cortázar y Bioy Casares, y que éste último consulta cuando, como yo mismo, se asombra de la peculiaridad del nombre “Agelio” al escuchar en boca de una amiga los hermosos versos. Esto es lo que nos cuenta Bioy:

Yo los repetí, y de pronto recapacité: Agelio, ¿por qué Agelio? ¿es posible que yo haya leído tantas veces este poema, haya recitado tantas veces estos versos, y que nunca me haya preguntado “por qué Agelio”? ¿O me lo pregunté, pero no tuve el coraje de revelar mi ignorancia? Ahora que lo tengo, pregunto. Mi amiga me propone una explicación que yo mentalmente había desechado: “A por Aulo”. “Yo no me atrevería a introducir en un verso a Acapdevila”, le contesto.
En casa recorro libros de consulta y por último apelo a mi ejemplar de las Noches áticas (este orden de investigación parece digno de los mejores profesores y estudiantes). En la primera línea de las “Noticias biográficas” del libro (Noches áticas, traducción de Francisco Navarro y Calvo. Madrid: Biblioteca Clásica, 1921) leo: “Aulo Gelio (o Agelio como algunos le llaman, por encontrarse consignado así su nombre en algunos manuscritos, sin duda por ignorancia de copistas que reunieron la inicial del nombre con el apellido de familia). (Bioy Casares, Descanso de caminantes, pp. 51-52)

Como vemos, ahora las piezas encajan al fin, pues en un solo texto quedan explícitamente unidos el traductor de las Noches Áticas, Francisco Navarro, el poeta Capdevila y, como lector de ambos, Bioy. Gelio, junto con Montaigne, hicieron posible el nacimiento de Bioy como ensayista, como cronista de pequeñas cosas, a menudo personales, que esconden, ante todo, la clave autobiográfica de la escritura. Hace unos días, paseando por Burdeos (en la imagen), recordé con gratitud todas estas cosas. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 20 de junio de 2011

Adolfo Bioy Casares y Aulo Gelio: borrar el tiempo

¿Adolfo Bioy Casares y un desconocido autor latino llamado Aulo Gelio? ¿Qué tienen que ver uno con el otro? Esto es lo que cualquier lector decente daría en pensar, quedando de esta forma tranquilo ante un mundo en orden donde cada cosa, cada autor, está en su sitio. Gelio con los antiguos romanos y Bioy con nosotros. Sin embargo, las posibilidades se abren inesperadamente cuando llegamos a saber de la verdadera pasión que Bioy sentía por un raro autor latino del siglo II de nuestra era. A Diego Kenis, admirable lector de Bioy, dedico esta bitácora que habrá de extenderse algún día más. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO




Un hallazgo casual me llevó a descubrir un dato muy revelador para mi futuro como lector: entre las novedades que se exponían en la librería de la Facultad donde trabajo había un libro que no sé bien si definir como de Bioy Casares o sobre él. Se trataba de un volumen recopilatorio de reflexiones que me brindó un dato absolutamente inesperado. ¡Bioy Casares reconocía abiertamente su afecto por las Noches áticas escritas por Aulo Gelio! Este era el texto en cuestion:

“Pocos objetos materiales han de estar tan entrañablemente vinculados a nuestra vida como algunos libros. Los queremos por sus enseñanzas, porque nos dieron placer, porque estimularon nuestra inteligencia, o nuestra imaginación, o nuestras ganas de vivir. Como en la relación con seres humanos, el sentimiento se extiende también al aspecto físico. Mi afecto por las Noches Áticas de Aulo Gelio, dos tomitos de la vieja Biblioteca Clásica, abarca el formato y la encuadernación en pasta española.” (“A propósito de El libro de Bolsillo de Alianza Editorial y sus primeros mil volúmenes”, en D. Martino, ABC de Adolfo Bioy Casares, Alcalá de Henares, Ediciones de la Universidad, 1991, p. 179)

Quienes escriben la Historia saben perfectamente que algunos datos, antes o después, pueden convertirse en grandes acontecimientos debido a su trascendencia para el porvenir. Yo supe de inmediato que esta información iba a resultar fundamental para mi peculiar historia, aún no trazada, de la lectura moderna de Gelio, el autor de una obra miscelánea que podía leerse en el orden que uno quisiera, al igual que ocurría con Rayula de Julio Cortázar. Había conocido a este autor latino, precisamente, leyendo Rayuela, ya que uno de sus capítulos prescindibles es una transcripción de un texto de Gelio vertido al castellano. Volvía a ser sorprendente, como en Cortázar, que un autor latino no muy conocido fuera ocasión de cita tan elogiosa por parte de uno de los grandes cultivadores del relato fantástico moderno. El testimonio ofrecía datos preciosos, en especial el de la traducción al castellano de las Noches en la benemérita editorial Hernando, pues se trataba de la misma versión que había utilizado y citado Cortázar en Rayuela. Ya durante mis lecturas de Cortázar había descubierto que la traducción de Hernando no estaba en venta ni se encontraba en la biblioteca de la universidad, por lo que había que acudir como último recurso a la madrileña Biblioteca Nacional para poder consultarla. Debía volver a revisar esos dos pequeños libros que, según Bioy, habían estimulado sus ganas de vivir. Pero la historia no termina aquí. Queda por resolver cuál es el autor argentino que dio a conocer a Bioy y a Cortázar la existencia de Gelio. FRANCISCO GARCÍA JURADO