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viernes, 9 de noviembre de 2012

Las sentencias latinas de Publilio Siro

Thornton Wilder recreó en su novela Las idus de marzo al mimógrafo Décimo Laberio con un nombre ficticio, Pactino. Cuenta Wilder cómo César tuvo que degradar a éste de su condición de caballero a causa de los duros ataques que aquél profería contra su persona. A esta circunstancia alude Aulo Gelio cuando nos habla del rival teatral de Laberio, Publilio Siro. De Publilio, al margen de un fragmento en el Satiricón de Petronio, sólo se han conservado las colecciones de sentencias. Esto ha convertido al mimógrafo en un involuntario autor moralista, algo que nos recuerda, asimismo, a Séneca. Estas sentencias pasaron a los cánones escolares de la Antigüedad e hicieron las delicias de humanistas como Erasmo (en la imagen), que las publicó en 1514. Pocos saben que Francisco Navarro y Calvo añadió a su traducción decimonónica de las Noches áticas (1893) la traducción de las sentencias de Siro. Las sentencias están en el tomo segundo, a manera de apéndice, y al no aparecer reflejadas en la portada del libro han quedado durante años desconocidas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO


Hermosas sentencias escogidas de los mimos de Publilio Siro (17, 14)


Publilio Siro frecuentó el género de los mimos, y fue tenido en tal consideración que se le consideraba casi igual a su rival Décimo Laberio. Sin embargo, fue tan ofensiva la maledicencia y arrogancia de Laberio contra César que éste declaraba públicamente que los mimos de Publilio eran más aceptables y honestos que los de Laberio.

Es costumbre citar frecuentes y hermosas sentencias de Publilio, muy apropiadas para el uso de la conversación común, de entre las que, por Hércules, me apetece copiar aquí las siguientes, cada una contenida en un solo verso:


Mala es la determinación que no puede cambiarse.

Recibe beneficio quien da a una persona digna.

Has de soportar y no desaprobar lo que no puede evitarse

A quien se le permite más de lo justo, quiere más de lo conveniente.

Un compañero conversador en el camino hace las veces de un vehículo.

La frugalidad es como la miseria, pero de buena reputación .

El llanto del heredero es risa bajo su máscara.

La paciencia, dañada, con mucha frecuencia se convierte en furor.

Sin razón culpa a Neptuno quien por segunda vez naufraga.

Considera al amigo como si fácilmente pudiera convertirse en enemigo.

Cuando se soporta una antigua injuria se propicia una nueva.

Jamás se supera un peligro sin riesgo.

La verdad se pierde con la disputa desmedida.

Parte de beneficio hay en saber negar con gracia lo que se nos pide.

(Aulo Gelio, Noches áticas. Trad. de Francisco García Jurado, Madrid, Alianza Editorial, 2007)

martes, 6 de noviembre de 2012

Agustín García Calvo y su maestro Antonio Tovar


Ya no se conserva el “vítor” pintado en la fachada de la Catedral de Salamanca, frente al Colegio de Anaya, en conmemoración de la investidura como Doctor honoris causa, allá por 1954, del dictador que fuera durante cuarenta años jefe del Estado español, Francisco Franco. En aquel vítor podía leerse un ambiguo "Miles Hispanus Gloriosus", cuyo sentido literal, “soldado hispano glorioso”, bien podía trastocarse irónicamente, merced al recuerdo de la comedia titulada Miles gloriosus (El soldado fanfarrón) de Plauto, en “soldado fanfarrón”. De aquel mundo quizá ya no quedan apenas más que unos cuantos recuerdos, de entre los cuales traemos aquí uno muy significativo. (en la fotografía, los chapiteles del claustro del Colegio Fonseca, en Salamanca) POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Estamos ante dos grandes maestros, uno discípulo del otro, además de ser ambos profesores de latín y de representar muchas más cosas. Al tiempo, uno y otro encarnan dos posturas vitales y políticas bien distintas ante la vida. Se trata de la necrología que Agustín García Calvo escribió en recuerdo de Antonio Tovar Llorente (1911-1985), fallecido un lejano día de diciembre de 1985. Apareció en el diario El País, y nosotros la recogimos para nuestro libro sobre el profesor de latín en la literatura española:

“La noticia de la última paz de este hombre me ha alcanzado aquí, retirado unos días de la Corte, entre las nieblas del Duero, y así no me ha dejado asistir a sus honras fúnebres, que no es ciertamente lo que más siento, y me ha tomado seguramente bastante por sorpresa, sin haber tenido tiempo de hacerme, como dicen, a la idea: sólo un par de días antes se me había dicho que había motivos para esperárselo, a lo cual sin duda la pereza o lo que sea no me había dejado prestar bastante oído; y además tenía aquí, de junio todavía, la que ahora habrá de ser la última carta que de él me llegue, donde en su flexible y clara letra de siempre me confesaba haber «pasado una tarde maravillosa» leyendo los prolegómenos de un libro que había yo sacado por entonces.
¿Consuela algo el haber dado algún placer a los que se han ido? No lo sé. Y, además, eso de consolarse, ¿no es también negocio de los sobrevivientes? ¿Quién consolará a los otros, a los que han pasado es pleonas, como decían los antiguos, a la mayoría, a donde se dice que Tovar ha pasado ahora?
Ni sé tampoco si esto de pronunciar epitafios de los caídos o de escribir en su memoria puede ser otra cosa que bulla y comercio de los que siguen vivos, o que se lo creen, y manera de integrar en la rutina consabida la herida de lo que no hay Dios que lo entienda. Pero, por si acaso hay en esa costumbre de los hombres algo más que bombo y tejemanejes culturales, por si acaso puede servirle de algo a él o a quien sea, porque no se sabe...
Quiero conmemorar la manera en que se trabó mi amistad con él: se me antoja que en aquel breve trance se revelan alguna de las mejores gracias de su figura, y querría hacer por que siguieran vivas.
Había yo caído a mis 17, terminándose ya la guerra mundial, a estudiar en Salamanca, y andaba él por los patios y las aulas del palacio de Anaya de joven catedrático, de poco más de 30, con su alta traza un poco bamboleante, con su cara, si bien afeitada, profundamente sombreada de su barba prieta, con su lazo de lunares bajo la nuez.
No recuerdo si me había dado ya antes de lo que cuento clase de Latín; pero seguro que la cosa no se habría precipitado de no ser por otra circunstancia: es a saber, que el Régimen no había instituido todavía profesores especiales para las enseñanzas de formación del espíritu nacional o educación política, o como se llamara la cosa por entonces; y así, se encargaban de ello nuestro decano, tan agudo maldiciente de personajes de la historia, Ramos Loscertales, y don Antonio, que con el derrumbamiento de los ideales germánicos debía de estar pasando también sus guerras interiores, sin que se le notara, sin embargo, en el semblante, si algo adusto, sereno siempre, prometiendo en su seriedad sentido y masa humana, y no negado de cuando en cuando a una risa estrepitosa y un tanto caballuna.
El caso es que en alguna de aquellas clases de política se dedicó don Antonio a declararnos que, al fin, cuál fuera el partido que uno tomara o las ideas, de izquierda o de derecha, a las que uno se afiliase y por las que luchara, era cuestión de segundo orden: que lo que importaba era tomar partido, fuera el que fuera, y no quedarse vagando por las zonas medias de la indiferencia política y el me-da-lo-mismo, lo que al fin no revelaba más que mera conformidad con la miseria propia (trataba él de dar actualidad y nueva vida al tópico antiguo, que Cicerón, por ejemplo, discute con sus amigos, de que al sabio no le es dado en la contienda civil quedarse sin tomar partido), y que, por tanto, ya que él tenía que estar allí presentándonos unas ideas y una actitud determinada, nos invitaba a que nos opusiéramos a lo que se nos dijera, a que tomásemos por lo menos partido en contra, y no que lo recibiéramos con una docilidad que quizá no fuese más que indiferencia y aburrimiento.
Debieron de quedarme dando vueltas las palabras, hasta que me atreví a escribirle una carta en que con torpes letrujas le decía, si bien recuerdo, que bueno, que, ya que se nos invitaba a estar en contra, no me interesaba a mí oponerme a las ideas azules y oficiales con otras de oposición y rojas, sino enfrentarme a aquello mismo que nos decía él sobre la necesidad de tomar partido, proponiéndole que, aparte de la línea que las actitudes políticas trazaban de izquierdas o de derechas, incluidas las odiosas zonas de indiferencia, había también la posibilidad de salirse fuera de las líneas (creo que hasta le pintaba un esquema de la cosa) y ponerse a hacer frente a la línea toda desde fuera; en fin, una misiva lo bastante impertinente como para poner a prueba el temple y el humor de quien la recibiera.
Pues bien, recuerdo ahora, y qué vivamente, cómo una mañana me llamó aparte entre las clases y estuvo paseándose conmigo largo rato en torno a las pilastras del patio aquel de Anaya, respondiendo seriamente a los términos de mi carta y haciéndome hablar más y más sobre el asunto, como si mis patochadas de adolescente le interesaran tanto como los discursos de los sabios.
Así se fraguó aquella amistad, que había luego de seguirse en los años siguientes amasando (y mucho de nuestras historias posteriores se me ha borrado piadosamente, pero sin enturbiar el recuerdo de su figura de aquellos años), con las tardes en la biblioteca de Clásicas, que había Tovar abierto en aquella sala larga, sus muros llenos de libros a la mano, los de los viejos fondos en ringlera con las últimas novedades, sus grandes mesas y sus dos pupitres con sillones frailunos (qué sobra de emulación filial y falta de respeto el ocupar el de don Antonio las tardes que él no estaba) y sus dos balcones abiertos a la calle de Palominos y, acá abajo, al jardín de la facultad de Ciencias, donde el profesor Galán alineaba para experimentos genéticos sus infinitos tiestos de guisantes; y aquellas otras tardes de paseo los dos solos cuesta de Tentenecio abajo hasta las orillas del Tormes, saltando de la poesía contemporánea a los Principios de Trubetzkoy; o las sesiones en la Facultad misma, como aquella en que nos dijo que había que decidirse, rindiéndose a la necesidad de especializarse, por hacerse o filólogos o lingüistas, él, que nunca se decidió por hacerse una de las dos cosas; pero así eran las contradicciones en que estaba la mejor gracia de su magisterio; o las largas visitas en su casa (me temo que algunas demasiado largas, dada mi mucha adhesión y mi escasa atención a los modales), en que alternaba alguna amonestación sobre la importancia del escrúpulo filológico en la puntuación y acentuación del griego (harta paciencia para la barbarie de mis primeros tratos con las letras de los antiguos) con otros ratos en que para algunos familiares se ponía él a tocar algunas piezas al piano con gusto y tacto seguro, y otros en que, llevándome a su despacho, soportaba pacientemente, a propósito de la Vida de Sócrates que acababa él de publicar, mis invectivas y groseras bromas contra la figura del sátiro pensante, que sólo eran, por mero afán de llevar la contra, preludios del más hondo enamoramiento.
Tenían entonces los libros de su biblioteca, que tantas veces me prestara en aquellos años, un ex libris en sello de tinta con la máxima estoica que dice Oút'ólbos oúte phóbos, que se había hecho bastante popular entre los hispanos como «ni dicha ni miedo».
Ni dicha ni miedo. Ojalá que esas palabras, maestro, te hayan acompañado hasta tu fin, y más allá.” (Agustín García Calvo, “En memoria de Tovar”, El país, 24 de diciembre de 1985)

El texto que acabamos de leer se define por la serenidad ante la vida y la muerte. Contiene, además, el recuerdo del primer encuentro entre docente y alumno, como contrapunto a ese último y definitivo adiós que significa la muerte. Naturalmente, no estamos ante un mero retrato literario, pues nos encontramos ante un profesor real, universitario y laico, de quien García Calvo señala algunos aspectos físicos (la barba prieta, el lazo de lunares) y de su carácter (seriedad combinada con la risa), destacando, sobre todo, su juventud en el momento en que se le retrata. El entonces “don Antonio” será llamado, al cabo del tiempo, “Tovar”, y más aún, “maestro”. Las impresiones del paso por aquella Salamanca de los años 40 son honestamente gratas y positivas. Hay algunos aspectos reseñables en lo que se refiere a lo estrictamente académico. Por un lado, la referencia a esas clases de formación del espíritu nacional que tiene que impartir el profesor de latín y entonces falangista Antonio Tovar, y que hacen apuntar a García Calvo su rechazo ácrata al sistema político como tal. Hay, por lo demás, una serie de referencias puramente científicas que nos recuerdan cómo un puñado de profesores universitarios fueron capaces durante la posguerra de traer los nuevos métodos de investigación entonces en boga por Europa, como es el estructuralismo de la Escuela de Praga, al que alude García Calvo. También podemos ver una preciosa alusión a un hecho que con el tiempo iba a escindir en buena medida los estudios filológicos, como era su repartición en filología y lingüística. Esta circunstancia la hemos tenido que vivir (y a veces hasta sufrir) los que después hemos pasado por las facultades de letras(1). Finalmente, cabe destacar el profundo respeto intelectual que el profesor muestra ante aquellas “patochadas de adolescente”, tal y como el mismo autor define sus reflexiones. No es en esta ocasión demasiado pertinente la cita de un autor latino, salvo la pasajera que encontramos de Cicerón. Tovar y García Calvo han salido de los estrictos límites de la filología latina, y es por ello, quizá, por lo que la figura de Sócrates tiene un peso más específico en esta semblanza. Ello apuntaría, asimismo, a esa afición común que uno y otro han mostrado por los clásicos griegos. FRANCISCO GARCÍA JURADO

[1]  A este respecto, puede ilustrarnos muy bien acerca de lo que decimos el trabajo de Tovar titulado “Apuntes sobre la Filología Clásica desde España”, en Tovar 1941, pp. 127-140.

domingo, 4 de noviembre de 2012

"Difícilmente podré morir del todo": un poeta ruso llamado Horacio

Marina Tsvietáieva (1892-1941), autora de la generación de Anna Ajmátova y de Ossip Mandelstam, es una de esas mentes privilegiadas y trágicas que vieron cómo su mundo de poesía sublime, de Atenas pertersburguesas, desaparecía bajo el yugo soviético. No se les permitió ser como eran, sublimes, distintos, y no pudieron ni supieron sucumbir poco a poco a la vida gris que se les imponía.
POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.
Hace tiempo podíamos leer en un diario un titular sobre Marina Tsvietáieva que nos devolvió a un recuerdo intenso del verano que María José y yo visitamos Moscú. El titular era contundente, hermoso: "Difícilmente podré morir del todo", y es una frase de Marina tomada de una de las últimas cartas que escribió durante su exilio parisino, cuando vivía en la calle y en la extrema pobreza: "Mi vida es terrible. Es mi no-vida... Difícilmente podré morir del todo". Esta frase desoladora es, ante todo, un anhelo que va más allá de la vida, un grito que se impone sobre las circunstancias que constriñen nuestro ser carnal. La frase, sin quererlo, es un eco del poeta Horacio, de su oda trigésima del libro tercero de Odas, la que comienza con un verso inmortal: EXEGI MONUMENTUM AERE PERENIUS ("levanté un monumento más duradero que el bronce"), y que en su verso sexto nos dice NON OMNIS MORIAR, es decir, "no moriré del todo". Que hayamos reconocido a Horacio en este título es un hecho que va más allá, mucho más lejos, de la pedantería o el mero culturalismo. La sombra del poeta romano se confirma ya dentro del artículo, cuando Tsvietáieva anota a sus diecisiete años: "No hay nada real por lo que valga la pena luchar, por lo que valga la pena morir. ¡La utilidad! ¡Qué ordinariez. Lo útil con lo agradable...". Esa frase incompleta del final de la cita es parte de un famoso verso del Arte Poética horaciano, OMNE TULIT PUNCTUM QUI MISCUIT UTILE DULCI (v. 343), es decir, que "ganó todos los votos el que fue capaz de unir lo útil con lo dulce". Marina Tsvietáieva ha aprendido seguramente (no tengo que comprobarlo estudiando su biografía) la preceptiva clásica: tiempos de juventud y de proyectos. Pero el otro eco horaciano es seguramente mucho más vital e íntimo que el de una mera lectura académica, es con toda seguridad un verso que acompañó a Marina a lo largo de toda su dura vida, un verso que anduvo en su cabeza incluso cuando vio morir a su hija de inanición. Voy a contar ahora por qué este verso nos ha recordado nuestro viaje a Moscú, porque aquí está la clave de todo.
Cuando llegamos al aeropuerto de Moscú vivimos una pequeña pesadilla de espera en una interminable cola. Incluso tuvimos que organizar a los desconocidos que estaban junto a nosotros para cerrar filas e impedir que se nos colaran los que iban llegando después con la intención de pasar por el control de pasaportes antes que nosotros. Una vez que tras un tiempo indefinido y denso pudimos acceder a la salida del aeropuerto nos esperaba una joven rusa para acompañarnos al hotel. Nosotros aún salíamos con la adrenalina a flor de piel, tras tantas tensiones (incluso María José había sido retenida durante un rato porque no coincidia una cifra de su visado con la del pasaporte). La muchacha, guía turística, se sentó en el asiento delantero de un mercedes negro y nosotros dos fuimos detrás, mientras el conductor, un joven ruso, hacía de las suyas al volante. Comenzamos a hablar y ella, muy en su oficio, centró la conversación en contarnos cosas sobre Moscú que en realidad ya sabíamos. Después de haber rechazado cortésmente todas las rutas turísticas que nos ofreció (recorridos nocturnos en bus y cenas típicas) quise que habláramos de algo más personal, algo que al menos rompiera un poco el hielo de aquella situación. Le contamos que éramos profesores de lenguas clásicas, y ella, entonces, nos dijo que lo único que sabía de literatura latina era el poema de Pushkin titulado, precisamente, EXEGI MONUMENTUM. y cuyas dos primeras estrofas (en versión de Eduardo Alonso Luengo) son las siguientes:

Me erigí un monumento que no labró la mano,
la ruta que a él conduce no cubrirá la hierba,
y alza muy por encima del pilar de Alejandro
su indómita cabeza.

No moriré del todo - mi alma en la sacra lira
sobrevivirá al polvo y no se pudrirá,
y célebre he de ser mientras aliente un vate
en este mundo sublunar.

Cuando esta muchacha nos habló de Pushkin y de Horacio pude recordar, entonces, en la inmensa lejanía, dónde estaban nuestros queridos libros de Horacio, en la biblioteca española que ahora era una realidad remota, pero que aún permanecía unida a nosotros sentimentalmente por todos los recuerdos personales que suscitan nuestros libros del poeta latino. Fue entonces cuando sentí que Horacio también era un poeta ruso, un poeta que, como Ovidio, había sido cantado y evocado por el gran poeta que funda la poesía rusa, Alexander Pushkin, y que aquello era ya bastante para que comenzara a sentirme ubicado en aquella nueva realidad que se nos abría ahora en la inmensa ciudad de Moscú. Al igual que Mandelstam se sintió Ovidio en los últimos días de su vida, Marina Tsvietáieva evocó un verso de Pushkin-Horacio aprendido durante los tiempos escolares. Cuando un poema pasa a formar parte de nuestro propio ser comienza a ser una compleja y profunda forma de cultura. Todo esto me vino a la cabeza cuando leímos ayer, durante una luminosa mañana de sábado, el periódico del día anterior. En ese momento, María José y yo sentimos uno de esos "claros del bosque" que se abren (afortunadamente) a menudo en nuestra vida cotidiana, y una evocación, una evoación como ésta, compartida por ambos, nos hizo inmensamente felices.
Francisco García Jurado

H.L.G.E.