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viernes, 2 de abril de 2010

JUAN ANDRÉS EN NÁPOLES


Los viajes pueden aliarse con lecturas caprichosas, aquellas que la propia casualidad nos depara mientras recorremos librerías y curioseamos ociosos. Precisamente, el otro día, en la tienda del museo de Capodimonte, di con una curiosa edición de las cartas que Juan Andrés escribió sobre su paso por Nápoles. El recuerdo de un jesuita expulsado y del rey que decretó tal expulsión de reunieron en un lugar y una lectura. Por Francisco García Jurado. HLGE
Tras la visita a la imponente colección de pintura que alberga el museo y palacio de Capodimonte, sobre una de las colinas de Nápoles, pudimos encontrar un pequeño y precioso libro que llevaba el título de "Gl'incanti di Partenope". El autor era Juan Andrés, pero este jesuita, conocido por su magna obra sobre el progreso de toda la literatura, jamás escribió un libro con título semejante. Luego se observa que no es más que la traducción al italiano de una parte de sus Cartas familiares, que describen su periplo por Italia, y que se trata concretamente de las cartas que dan cuenta de su corto periplo por nápoles, apenas tres días más que nosotros. El libro cuenta con una introducción a cargo de la misma persona que ha traducido el texto del español al italiano, Vincenzo Trombetta, y en él se hace un resumen del contenido. La lectura de estas cartas nos da a conocer uno de los textos fundamentales de los viajes realizados por Italia durante el siglo XVIII. No se trata, en este caso, de un viaje de formación propio del Grand Tour, sino, más bien, de una peregrinación intelectual. Lo primero de todo, me sorpenden los elogios que este jesuita expulso, como todos los de su orden, dedica al rey Carlos III con motivo de la indeleble huella que ha dejado en Nápoles. La descripción de la calle Toledo es absolutamente actual, pues creo que en poco ha variado la vitalidad napolitana. Asimismo, el otro día intenté imaginar en Herculano cómo descendió nuestro jesuita por la galerías subterráneas, cuando aún no había sido excavado a cielo abierto, provisto de una antorcha. Me ha gustado mucho acompañarme de la lectura de Juan Andrés a la hora de visitar muchos de los lugares de Nápoles, en particular, la iglesia del Gesú Nuovo (en la fotografía), iglesia jesuita magnifica ya desde su fachada. Alguien diría que no estoy viendo Nápoles con mis ojos, pero yo declaro que lo estoy viendo con más de dos. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

martes, 30 de marzo de 2010

LA LUZ DEL GRAND TOUR

Solemos decir que el arte imita a la naturaleza -ARTIS NATURA MAGISTRA-, pero es tentador ver ciertos paisajes desde la perspectiva del arte. Un ocaso de Gaspar Friedrich o de Claudio Lorena y un cielo "velazqueño" son ya formas de ver que nuestra sensibilidad ha heredado. La luz dorada de los cuadros de Canaletto pasó a formar parte de la estética del Grand Tour, cuyos grabados y pinturas recrean un mundo acogedor que en realidad no lo era tanto. La luz dorada de ese Grand Tour, en el siglo XVIII, probablemente no es más que una forma de ensoñar los viajes una vez han pasado ya a nuestro recuerdo. Son una forma de sublimar las imposiciones de nuestra pobre condición física. Sin embargo, esta tarde, en la terraza que hay frente a la Cartuja de San Martino, que es un espléndido mirador de Nápoles, he sentido esa luz idílica. Por Francisco García Jurado. HLGE.
Las cosas reales suelen diferir de los ideales. Imagino que el encanto de los grabados de aquellos viajes por la Antigüedad en el siglo XVIII apenas dan cuenta de las dificultades que conllevaba un viaje semejante. El factor humano y el físico van creando las condiciones de nuestros itinerarios, y los nombres míticos se van desaciendo en un sinfín de vivencias a menudo desagradables. Nápoles deja de ser la ciudad de Vico para convertirse en un lugar atestado de motos y de humo. El tiempo acompaña, pero a pesar de que apenas hemos comenzado la primavera, el sol me ha enrojecido la cara, anunciando ya lo que será el infernal verano. Hoy en la sulfatara, mientras me dolían los pies y mis pómulos ardían, he pensado en el cansancio y el desánimo que el primero lleva emparejado, y en qué fácil es perder los ideales que nos llevan a los viajes cuando las condiciones físicas nos atenazan. Gracias a un descanso, luego ya en Nápoles, me ha sido posible ver las cosas de otra manera, pues he logrado tomar del natural una vista deliciosa, al caer la tarde y cuando el sol no es ya más que una luz tenue. La cámara fotográfica no logra captar la luz en toda su plenitud, ni tan siquiera la belleza del palacio de Capodimonte, a lo lejos, pero al menos quedará como testimonio feliz de un día agridulce. Francisco García Jurado. HLGE.