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viernes, 17 de abril de 2009

BORGES Y CARTAGO: ¿Y SI HUBIERAN GANADO LA GUERRA LOS PÚNICOS?

La reciente visita a las ruinas de Cartago resultaron una ocasión excepcional para pensar en varios tiempos, incluso en tiempos posibes que no han tenido lugar. Ya sabía que de los yacimientos púnicos apenas había quedado rastro. Las ruinas más notables son las que se corresponden con las termas de Antonino, del siglo II de nuestra era. Mucho tiempo, pues, queda enterrado bajo estas ruinas, desde los míticos episodios de la reina Dido hasta la bulliciosa África del siglo II después de Cristo. Las guerras púnicas fueron la mayor expresión del desprecio que cartagineses y romanos sentían mutuamente. Ambos eran imperios destinados a la aniquilación del enemigo o a su desparición a manos de éste. Los poetas atribuyeron esta animadversión al momento en que Eneas decidió partir de Cartago, abandonando así a Dido, y al suicidio consiguiente de la reina desolada. Pero también pensé en la posibilidad de que hubieran sido los púnicos los vencedores. Esta reflexión me llevó inesperadamente a Borges, que habla a menudo en su obra sobre la épica desde aproximaciones variadas. Quizá, la más asombrosa es la de la Eneida o Anti-Eneida posible que hubiera tenido lugar de haber resultado vencedores los cartagineses en las Guerras Púnicas, y que él plasma en una ficticia tablilla encontrada por los arqueólogos:

“... Es la hora sin sombra. Melkart el Dios rige desde la cumbre del mediodía el mar de Cartago. Aníbal es la espada de Melkart.
Las tres fanegas de anillos de oro de los romanos que perecieron en Apulia, seis veces mil, han arribado al puerto.
Cuando el otoño esté en los racimos habré dictado el verso final.
Alabado sea Baal, Dios de los muchos cielos, alabada sea Tanith, la cara de Baal, que dieron la victoria a Cartago y que me hicieron heredar la vasta lengua púnica, que será la lengua del orbe, y cuyos caracteres son talismánicos.
No he muerto en la batalla como mis hijos, que fueron capitanes en la batalla y que no enterraré, pero a lo largo de las noches he labrado el cantar de las dos guerras y de la exultación.
Nuestro es el mar. ¿Qué saben los romanos del mar?
Tiemblan los mármoles de Roma; han oído el rumor de los elefantes de guerra.
Al fin de quebrantados convenios y de mentirosas palabras, hemos condescendido a la espada.
Tuya es la espada ahora, romano: la tienes clavada en el pecho.
Canté la púrpura de Tiro, que es nuestra madre. Canté los trabajos de quienes descubrieron el alfabeto y surcaron los mares. Canté la pira de la clara reina. Canté los remos y los mástiles y las arduas tormentas...

Berna, 1984.”
(“Fragmentos de una tablilla de barro descifrada por Edmund Bishop en 1867”, en Los conjurados [O.C. III, p. 468])

El relato, que recurre a metáforas guerreras, como la de condescender a la espada, alude, sin nombrarla, a la desafortunada reina Dido (“Canté la pira de la clara reina”) y crea, ante todo, el desasosiego de un mundo creíble cuya existencia dependió tan sólo de la suerte de una guerra. La reflexión sobre la épica y el destino lleva a Borges también a tornar de épico en trágico el poema de la Ilíada. Así lo vemos en estas palabras de su Arte Poética, cuando nos habla de la poca importancia que tienen las intenciones del poeta frente a lo que cuenta:

“Pero quizá (puede que ya lo haya dicho antes, estoy seguro), quizá las intenciones del poeta carezcan de importancia. Lo que hoy importa es que, aunque Homero creyera que contaba esa historia, en realidad contaba algo mucho más noble: la historia de un hombre, un héroe, que ataca una ciudad que sabe que no conquistará nunca, un hombre que sabe que morirá antes de que la ciudad caiga; y la historia aun más conmovedora de los hombres que defienden una ciudad que ya está en llamas. Yo creo que éste es el verdadero tema de la Ilíada.”

(Arte Poética, pp. 62-63)
FRANCISCO GARCÍA JURADO
H.L.G.E.

martes, 14 de abril de 2009

MEMORIA Y VIAJE. TÚNEZ Y EL MUSEO DEL BARDO


Tras haber pasado unos días en Túnez, ahora nos preguntamos Maria José y yo cuáles son los momentos relevantes que quedarán para siempre en nuestra memoria. Todo viaje es una expectativa, y la realidad después frustra o confirma aquello que esperábamos ver y sentir. Túnez ha sido una mezcla confusa de ambos sentimientos. Mi idea del viaje venía condicionada por la emoción de ver el Museo del Bardo, entre otras muchas cosas. Pero éramos muchos en aquel lugar, demasidas personas tratando de cruzar los mismos pasillos, de recorrer las mismas salas, y apenas pudimos ver nada en condiciones adecuadas. Ese es el momento en que hay que decidir si nos dejamos llevar por la sensación de fiasco o procuramos remontar aquel impedimento físico para continuar soñando con aquello que imaginamos en un lugar lejano. María José tuvo mucho que ver en que lo negativo del momento dejara de pesar. Al fin y al cabo estábamos allí, y conocíamos la relevancia del lugar, lo extraordinario del momento. A pesar de las aglomeraciones, ahí estaba el mosaico de Virgilio y las Musas, Clío y Melpómene, y el poeta entre ellas, con un papiro en sus manos donde aparece escrito el verso octavo del libro primero de la Eneida: MVSA, MIHI CAVSAS MEMORA, QVO NVMINE LAESO. El poeta pide a la musa que le haga saber las causas de la desgracia de Eneas y los troyanos, y quiere conocer qué divinidad está ofendida y provoca tantos males. Este verso evoca mis años de estudiante de latín, la emoción de comprar mi primera Eneida, en versión original, importada de Oxford. El poeta aparece representado como persona(posiblemente se trata del propietario de la casa de Hadrumeto donde apareció el mosaico), se cita un texto latino acorde con las imágenes, y dos géneros, la historia y la tragedia, se personifican en las figuras de Clío y Melpómene. No deja de ser una antigua representación gráfica de una forma de historia literaria. Tales cosas son parte de un memoria mezclada con la emoción. Y esa memoria se convirtió en un antídoto o talismán contra la aglomeración y el desánimo. Esto es lo que nos vuelve únicos y libres y nos permite ser nosotros mismos allá donde estemos.


Francisco Garcia Jurado

H.L.G.E.

domingo, 12 de abril de 2009

EXEO, O POR QUÉ NOS GUSTA SER TAN IGNORANTES


Hace unos días, enseñaba a mis alumnos de textos sobre Ovidio el significado tan dispar que habían llegado a tener ÉXITUS y EXÍTIUM (nótese que estoy poniendo una tilde impropia en cada palabra latina, más que nada para que no se presten mis lectores a desafortunados deslices prosódicos cuando las lean en voz alta). Las dos provienen del verbo ÉXEO, “salir” y, en sentido figurado, “terminar”, pero mientras la primera llega a designar lo que entendemos como “éxito” o “triunfo”, la segunda se refiere a la “destrucción”, o la “ruina”, el final absolutamente catastrófico. Moraleja: que se puede terminar bien o terminar mal, y ambas palabras lo reflejan con absoluta pulcritud. Hace unos días me ha sorprendido la publicidad, televisiva y escrita, de un modelo de coche que se apoda “EXEO”. Naturalmente, quienes han querido dar al automóvil en cuestión esa pátina culta no han sabido acentuarlo adecuadamente, ya que dicen "EXÉO" como dirían "ROSÁE" en lugar del adecuado RÓSAE. Qué más da, me dirán los publicistas creadores de la promoción, “si lo que queremos es vender y, además, ganamos más que tú”. Razón no les falta, pero al menos conmigo han perdido un posible comprador, pues si voy a la tienda a comprar un “EXÉO” me sentiré igual de ridículo que cuando iba al médico con la tarjeta de SANÍTAS, en lugar de con la de SÁNITAS. El latín era así, una lengua de acentuación muy mecánica, de manera que el acento recaía siempre en la penúltima sílaba si esta tenía cantidad larga, y cuando ésta era breve ese acento se retrotraía a la sílaba antepenúltima. Son cosas que condicionan después la prosodia castellana, y el saber nunca ocupa lugar. Además, el anuncio del automóvil lleva como sonido de fondo un conocido poema del poeta neogriego Cavafis, poema poco divulgado quizá entre los que jamás leen poesía (para qué), pero archisabido por los profesores de literatura y sus anejos. El remate, no obstante, fue cuando el otro día encuentro en la contraportada de El País Semanal el anuncio de marras con la siguiente nota “culta”: “Exeo (del latín exire) “ir más allá””. No, no, y no. ÉXEO significa “salir”, es un verbo “ABLATIVO”, es decir, que implica alejamiento desde un sitio y no dirección a un lugar. Los publicistas, en realidad, saben lo que hace, porque no querían que ÉXEO significase “salir”, sino “ir más allá”, y eso, en latín, es PLUS ULTRA, pero a lo mejor llamar así al coche puede darle no sé que tintes retrógrados.
La ignorancia parece divertida, pero también es verdad que nos termina matando poco a poco. No creo que este ÉXEO sea un EXITUS, sino un EXITIUM.
Francisco García Jurado
H.L.G.E.