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jueves, 28 de junio de 2012

Catálogo de manuales de literatura griega y latina en España (1784-1935)

Se trata de un trabajo silencioso y constante donde subyace todo un pequeño mundo que nos ilustra acerca del aprendizaje de la literatura griega y latina en España, desde finales del siglo XVIII hasta los tiempos de la II República. En esto consiste nuestro trabajo dentro del Catálogo de manuales de literatura griega y latina en España (1784-1935), donde hemos recopilado todos los manuales, programas de curso e, incluso, algunos apuntes de clase, como los que tomó Pérez Galdós de su maestro Alfredo Adolfo Camús. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
De nuevo, tras el final de las clases, regresamos un verano más a las labores propias de catalogación y estudio de los diferentes documentos que se van organizando por estricto orden cronológico en función de diferentes etapas históricas y educativas. El catálogo comienza, singularmente, con la obra de un jesuita exiliado, Mateo Aymerich, que publicó en la ciudad de Ferrara su catálogo de autores latinos perdidos. Mi compañero y buen amigo Josep Teodoro ha estudiado esta obra y sigue ahondando en el complejo pensamiento de Aymerich, un hombre que no se dejó llevar, según él mismo declara, por el ocio improductivo que le ofrecía Italia, a pesar de lo tentadora que ésta resultaba. Por mi parte, he tenido la suerte de estudiar lo que podría considerarse como "el otro lado" de esta historiografía, es decir, el lado no de los expulsos, sino de los que trabajaron al servicio directo de Carlos III y Carlos IV, de manera que he encontrado lo que podemos considerar como el primer manual de literatura latina y griega publicado realmente en España. Se trata de la Compendiaria via in Latium y su correspondiente Compendiaria via in Graeciam, compuestas por un dominico, Fray Vicente Navas. Éste publicó sus obras bajo el pseudónimo de Casto González Emeritense, por evitar la preceptiva revisión que debían hacer los miembros de su orden. Ahora, en julio, aparecerá en la revista Estudios Clásicos un largo estudio relativo a este autor y a la Compendiaria via in Latium. Vicente Navas tuvo una vida viajera, entre Guatemala, Madrid y Roma, y fue un hombre al que la Historia terminó pasando por encima. El catálogo luego avanza en el tiempo para a estudiar las obras que se compusieron con el cambio de siglo, donde asistimos, una vez más, al desastre histórico de las guerras. No será ya hasta los años cuarenta del siglo XIX cuando volvamos a encontrar nuevos manuales, ahora los correspondientes a la etapa liberal moderada, con autores míticos como Alfredo Adolfo Camús. De Camús, igualmente, hemos publicado en la revista Myrtia un estudio relativo a una obra latina que el profesor publicó en 1852 para intentar restaurar el buen gusto de la latinidad entre los nuevos estudiantes y como reacción a las corrientes neocatólicas imperantes durante esta época. Todo en vano, una vez más. Y sigue nuestro catálogo hasta la Ley Moyano, donde la enseñanza del latín separa sus contenidos entre lo meramente gramatical y lo literario. Comienza a estudiarse literatura griega y latina sin necesidad de aprender griego y latín. Es la época de autores como Pérez Galdós, Clarín o Menéndez Pelayo, y también es la etapa, ya en los años 70, de algunos manuales escolares de tendencia liberal, como el de José Canalejas y Méndez, no en vano discípulo de Camús. Sobre Canalejas y su manual también publiqué hace unos años un artículo en la Revista de historiografía, y hablé, entre otras cosas, de cómo comentaba al poeta epicúreo Lucrecio mediante las nuevas ideas evolucionistas de Darwin. El siglo XX nos lleva a la aparición de nuevas corrientes historiográficas y a una verdadera renovación de la enseñanza de las humanidades clásicas, que culmina con el propio nacimiento de los estudios de Filología clásica en España, precisamente el año de 1932 (también sobre esto publiqué un intenso artículo en la revista Estudios clásicos). Es la época de Pedro Urbano González de la Calle, que combina a la perfección el nuevo pensamiento filológico alemán de un Friedrich Leo o el idealismo literario de un Victor Ussani con su propia herencia krausista, en particular la heredada de su padre, González Serrano, que había sido discípulo de Nicolás Salmerón. Pedro Urbano también marchó al exilio, como el jesuita Aymerich, en una suerte de bucle diabólico que la Historia de España traza de vez en cuando. El catálogo de manuales se ha convertido, por tanto, en una pequeña historia de los estudios clásicos en España. El largo tiempo que requiere la elaboración de una obra semejante se va compensando con lo que llamamos "investigación asociada", y que consiste en publicaciones parciales de aspectos relativos a este catálogo, como los trabajos ya mencionados o el que también hemos publicado en la Revista de estudios latinos acerca de los manuales románticos de literatura latina. En realidad, no sé si quiero terminar el catálogo. Resulta un trabajo bien motivado, claro en sus objetivos, que permite organizar cantidades de información realmente difíciles de asimilar fuera de un proyecto de esta envergadura. Esta entrada quiere, simplemente, divulgar un poco entre mis lectores esa actividad callada, pero necesaria, que generalmente constituye la propia investigación. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 25 de junio de 2012

Cuando el latín se vuelve noticia

Suelo "temblar", como hoy, cuando el latín, mi querido latín, se vuelve noticia en los medios de prensa. Es el momento preciso en el que todos los topicazos salen de sus cofres, los de unos y los de otros. Como siempre, tengo la suerte de sentir una lúcida desgracia, la de saberme en tierra de nadie (que en latín se dice nullius terra) y verdaderamente digo esto con la sensación triste de que ya no voy a poder cambiar, de que estoy condenado a amar el latín en silencio. Hoy os voy a contar algo de esta pequeña historia. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Esta mañana estábamos Cristina Martín Puente y yo en mi despacho poniendo las notas finales de una asignatura que hemos impartido en común. De repente, han llamado por teléfono. Era una simpática periodista de La Sexta, que preguntaba por uno de mis compañeros. En realidad, llamaban para hablar con un profesor de latín, y al deducir que yo también lo era me han informado acerca de una de las noticias del día, como es la intención del gobierno de que el latín vuelva a ser obligatorio (no tengo muy claros los términos de esta noticia, salvo por lo que luego he podido ver en internet). Querían, simplemente, venir a la facultad para hacerme una entrevista acerca de la utilidad del latín. Ya he tenido ocasión de rechazar más de una vez este tipo de entrevistas, más que nada porque yo no me siento ni bien ni seguro ante una cámara, y porque sé que pueden volver del revés mis palabras cuando luego hagan el corta y pega. Además, no sé decir esas frases hechas y contundentes que "hay que decir cuando se está ante los medios de comunicación", porque me pongo nervioso y no termino de creérmelas, o termino diciendo lo que en realidad no pienso. Se nos ocurrió, entretanto, reenviar a la periodista a un profesor que nos parecía más versado que nosotros en estos asuntos mediáticos, y ahí ha quedado la cosa. En particular, mis razones para amar el latín son afectivas, vitales, biográficas, como quizá sabéis quienes me leéis de vez en cuando. Tienen que ver con pequeñas vivencias, con el encuentro de sus palabras tanto en textos antiguos como en otros modernos, como los que recientemente he estudiado relativos a Los complementarios de Antonio Machado. Las manidas razones sobre el latín y el razonamiento, por ejemplo, si no se explican bien, incluso, si no se perciben cuando se aprende latín, resultan superficiales, y poco pueden hacer frente al ejército de tópicos que ligan el latín al pensamiento reaccionario, o a nuestro pasado más oscuro, o, simplemente los recuerdos casi carcelarios o castrenses de alumnos que suspendieron, sin más, y ahora son adversarios viscerales. Manuel Azaña, sin ir más lejos, cuenta en El jardín los frailes que más lágrimas hicieron derramar estos sobre el texto de César que sangre hizo derramar el propio César en las Galias. Estas perlas las sé porque me dedico a estudiar desde hace años la historia cultural de la enseñanza del latín en España, que no es la misma, por ejemplo, que esa misma historia en el Reino Unido o en Italia. Hablando de Italia, recuerdo todavía a mi compañero de habitación en Bolonia, estudiante de Ciencias de la Comunicación en el Departamento de Artes, Música y Espectáculos que por aquel entonces dirigía Umberto Eco. Lo recuerdo porque a veces nos decíamos frases en latín, y porque cierta vez me habló, a propósito de los mosquitos, acerca de una de las obras menores atribuidas a Virgilio, el Culex. Este era el nivel de un estudiante italiano de humanidades en los años noventa, ¡qué maravilla! Estas cosas, naturalmente, no podría haberlas contado en la supuesta entrevista de La Sexta, cuyo reportaje final, por lo que he podido ver, se ha quedado en las superficialidades manidas
(http://www.lasextanoticias.com/videos/ver/el_latin_vuelve_a_ser_obligatorio/615133).
Veo, asimismo, que en otros lugares donde se recoge la noticia el asunto se vuelve pasto de los odios más acérrimos (por cierto, "acérrimo" es superlativo latino del adjetivo acer). Aquellos que creen que el latín supone un paso atrás no saben, por supuesto, que nuestro Renacimiento hispano dio, precisamente, dos pasos adelante gracias a las Introductiones Latinae de Antonio de Nebrija, y que aquello cambió el curso de la literatura española y preparó nuestro siglo de oro. Pero lo que estoy diciendo, sin el contexto adecuado, apenas sirve, pues los españoles somos desconocedores profundos y devotos de nuestra historia cultural. No creo, sinceramente, que se arregle nada con esa supuesta obligatoriedad en la enseñanza, si es que llega a hacerse efectiva, y pasará como caen las hojas otoñales en cuanto haya un cambio de gobierno. Lo que seguirá aferrado a nuestra sociedad es el desprecio generalizado por la cultura (la de Occidente y buena parte de América no puede entenderse sin la herencia de los textos clásicos) o por la historia de la ciencia (que hasta el siglo XVIII se escribió en latín). Pero estas cosas, ya digo, constituyen argumentos que si no se ven desde dentro apenas sirven. Todo esto os lo cuento hoy desde la decepción y el desencanto. FRANCISCO GARCÍA JURADO