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viernes, 2 de diciembre de 2011

Marcel Proust en Alcobendas

Algunas personas famosas me ponen muy nervioso. Que cierta actriz española viviera en una localidad madrileña llamada Alcobendas ha conferido a la localidad algún poder evocador, desde su localismo y realidad inmediata, en contraste con la gran ciudad que representa al cine norteamericano. En todo caso, llevo años pensando en escribir una novela de cierto sesgo autobiográfico titulada "Proust en Alcobendas", donde cuento la peripecia de un joven estudiante que recrea en aquel lugar nada menos que París y la Normandía, gracias a los textos del irrepetible Marcel Proust. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
El contraste entre la cotidianeidad y lo sublime es, en definitiva, lo que conferiría a "Proust en Alcobendas" su razón de ser. De esta forma, deberíamos partir de algunos hermosos textos de Proust, como el siguiente:

“¡Vidri, vidri-ero, cristales rotos, el vidriero, el vidri-ero!”, división gregoriana que, sin embargo, me recordó la liturgia menos de lo que me la recordaba el trapero, reproduciendo sin saberlo una de esas bruscas interrupciones de la sonoridad en medio de una plegaria tan frecuentes en el ritual de la Iglesia: Praeceptis salutaribus moniti et divina institutione formati, audemus dicere, dijo el sacerdote terminando bruscamente en el dicere. Sin irreverencia, así como el pueblo piadoso de la Edad Media, en el recinto mismo de la iglesia, representaba las farsas y los pasos, en este dicere hace pensar el trapero cuando, después de retornear la palabras, emite la última sílaba con una brusquedad digna de la acentuación reglamentada por el gran papa del siglo VII: “Se compran trapos, chatarra –todo esto salmodiado con lentitud, así como las dos sílabas siguientes, mientras que la última acaba más bruscamente que dicere -, pieles de co-nejo.” “Valencia, la bella Valencia, la fresca naranja”, hasta los modestos puerros (“¡ a los buenos puerros!”) desfilaban para mí como un eco de las olas en que Albertina, libre, hubiera podido perderse, y adquirían así la dulzura de un Suave mari magno. (Proust, La prisionera, pp. 135-136)

Desde esta evocación, esta incursion de lo cotidiano en el mundo sentimental y tortuoso de la novela, yo me atrevo a evocar mis propias emociones:

Así llegaba con la mañana el sonido repetido, aún a lo lejos, de la bocina del camión de gas butano, repleto de bombonas naranjas que recordaban una perfumada primavera en Córdoba. Las mañanas que podía permanecer en casa, habiéndome levantado al romper el alba, esa bocina me encontraba ya estudiando, entre acordes de Bach o Händel que endulzaban un tanto la aridez de ciertos textos académicos, y entonces dejaba simplemente de oír y me ponía a escuchar como quien respira el mar aquel sonido que algunos considerarían extemporáneo y molesto. Aquella bocina tenía una rara belleza en la distancia, en su monótona forma de avisar a mi madre y a sus vecinas de la llegada cotidiana del suministro de gas. Quería creer yo, en mi nostalgia inacabable del océano, de los inmensos espacios, que era un barco de vapor que surcaba las aguas, uno de esos barcos que con William Turner irrumpieron en las aguas procelosas de la pintura inglesa. Y así es como, al cabo de los años, una piadosa mañana de sol, evoqué en la Tate Gallery, ante los mares de Turner, aquellas mañanas de adolescencia y estudio en una Alcobendas soñada.

Desde la analogía sentitiva que Proust establece entre la famosa magdalena, al comienzo de su obra, y la misma sensación recogida luego ante otro estímulo, si es posible evocar una sensación de la infancia de Combray en la Venecia de Fortuny, yo me atrevo a proponer que el universo de las sensaciones es independiente del lugar donde nos encontremos.
Francisco García Jurado