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martes, 15 de marzo de 2011

FASCINADOS POR EL DICCIONARIO DE MARÍA MOLINER

A los que tenemos temperamento de ensayista, amantes de las metas precisas y cortas, las hazañas propias de los lexicógrafos nos dejan admirados y perplejos. Es, sencillamente, imposible que una persona sola pueda escribir un diccionario, pero esa imposibilidad se vuelve real cuando hablamos de personajes como María Moliner o Samuel Johnson. Hace años, cuando impartía una asignatura "mítica", "La etimología latina, de Varrón a Borges", daba en hablar sobre la relación de la literatura con los diccionarios. La literatura no sólo alimenta esas obras alfabéticas o ideológicas, también se inspira en ellas y las recrea. Imagino que algunos de mis antiguos alumnos, como Elena Prado, que seguro que lee estas líneas, tendrá ahora un recuerdo grato de unas remotas tardes de marzo, a las cinco de la tarde, que era la hora de aquellas clases en que lexicógrafos y escritores bailaban al mismo son. Ejemplos de grandes autores que hablan sobre diccionarios o lexicógrafos hay muchos. Hoy quiero recordar éste de Gabriel García Márquez, que nos habla sobre María Moliner:

La mujer que escribió un diccionario

GABRIEL GARCIA MARQUEZ

EL PAÍS - Opinión - 10-02-1981

Hace tres semanas, de paso por Madrid, quise visitar a María Moliner. Encontrarla no fue tan fácil como yo suponía: algunas personas que debían saberlo ignoraban quién era, y no faltó quien la confundiera con una célebre estrella de cine. Por fin logré un contacto con su hijo menor, que es ingeniero industrial en Barcelona, y él me hizo saber que no era posible visitar a su madre por sus quebrantos de salud. Pensé que era una crisis momentánea y que tal vez pudiera verla en un viaje futuro a Madrid. Pero la semana pasada, cuando ya me encontraba en Bogotá, me llamaron por teléfono para darme la mala noticia de que María Moliner había muerto. Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años.María Moliner -para decirlo del modo más corto- hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Se llama Diccionario de uso del español, tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, que pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y -a mi juicio- más de dos veces mejor. María Moliner lo escribió en las horas que le dejaba libre su empleo de bibliotecaria, y el que ella consideraba su verdadero oficio: remendar calcetines. Uno de sus hijos, a quien le preguntaron hace poco cuántos hermanos tenía, contestó: «Dos varones, una hembra y el diccionario». Hay que saber cómo fue escrita la obra para entender cuánta verdad implica esa respuesta.

María Moliner nació en Paniza, un pueblo de Aragón, en 1900. O, como ella decía con mucha propiedad: « En el año cero". De modo que al morir había cumplido los ochenta años. Estudió Filosofía y Letras en Zaragoza y obtuvo, mediante concurso, su ingreso al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios de España. Se casó con don Fernando Ramón y Ferrando, un prestigioso profesor universitario que enseñaba en Salamanca una ciencia rara: base física de la mente humana. María Moliner crió a sus hijos como toda una madre española, con mano firme y dándoles de comer demasiado, aun en los duros años de la guerra civil, en que no habla mucho que comer. El mayor se hizo médico investigador, el segundo se hizo arquitecto y la hija se hizo maestra. Sólo cuando el menor empezó la carrera de ingeniero industrial, María Moliner sintió que le sobraba demasiado tiempo después de sus cinco horas de bibliotecaria, y decidió ocuparlo escribiendo un diccionario. La idea le vino del Learner's Dictionary, con el cual aprendió el inglés. Es un diccionario de uso; es decir, que no sólo dice lo que significan las palabras, sino que indica también cómo se usan, y se incluyen otras con las que pueden reemplazarse. «Es un diccionario para escritores», dijo María Moliner una vez, hablan do del suyo, y lo dijo con mucha razón. En el diccionario de la Real Academia de la Lengua, en cambio, las palabras son admitidas cuando ya están a punto de morir, gastadas por el uso, y sus definiciones rígidas parecen colgadas de un clavo. Fue contra ese criterio de embalsamadores que María Moliner se sentó a escribir su diccionario en 1951. Calculó que lo terminaría en dos años, y cuando llevaba diez todavía andaba por la mitad. «Siempre le faltaban dos años para terminar», me dijo su hijo menor. Al principio le dedicaba dos o tres horas diarias, pero a medida que los hijos se casaban y se iban de la casa le quedaba más tiempo disponible, hasta que llegó a trabajar diez horas al día, además de las cinco de la biblioteca. En 1967 -presionada sobre todo por la Editorial Gredos, que la esperaba desde hacía cinco años- dio el diccionario por terminado. Pero siguió haciendo fichas, y en el momento de morir tenía varios metros de palabras nuevas que esperaba ver incluidas en las futuras ediciones. En realidad, lo que esa mujer de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la vida.

Su hijo Pedro me ha contado cómo trabajaba. Dice que un día se levantó a las cinco de la mañana, dividió una cuartilla en cuatro partes iguales y se puso a escribir fichas de palabras sin más preparativos. Sus únicas herramientas de trabajo eran dos atriles y una máquina de escribir portátil, que sobrevivió a la escritura del diccionario. Primero trabajó en la mesita de centro de la sala. Después, cuando se sintió naufragar entre libros y notas, se sirvió de un tablero apoyado sobre el respaldar de dos sillas. Su marido fingía una impavidez de sabio, pero a veces medía a escondidas las gavillas de fichas con una cinta métrica, y les mandaba noticias a sus hijos. En una ocasión les contó que el diccionario iba ya por la última letra, pero tres meses después les contó, con las ilusiones perdidas, que había vuelto a la primera. Era natural, porque María Moliner tenía un método infinito: pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida. «Sobre todo las que encuentro en los periódicos», dijo en una entrevista. «Porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento por necesidad». Sólo hizo una excepción: las mal llamadas malas palabras, que son muchas y tal vez las más usadas en la España de todos los tiempos. Es el defecto mayor de su diccionario, y María Moliner vivió bastante para comprenderlo, pero no lo suficiente para corregirlo.

Pasó sus últimos años en un apartamento del norte de Madrid, con una terraza grande, donde tenía muchos tiestos de flores, que regaba con tanto amor como si fueran palabras cautivas. Le complacían las noticias de que su diccionario había vendido más de 10.000 copias, en dos ediciones, que cumplía el propósito que ella se había impuesto y que algunos académicos de la lengua lo consultaban en público sin ruborizarse. A veces le llegaba un periodista desperdigado. A uno que Ie preguntó por qué no contestaba las numerosas cartas que recibía le contestó con más frescura que la de sus flores: «Porque soy muy perezosa». En 1972 fue la primera mujer cuya candidatura se presentó en la Academia de la Lengua, pero los muy señores académicos no se atrevieron a romper su venerable tradición machista. Sólo se atrevieron hace dos años, y aceptaron entonces la primera mujer, pero no fue María Moliner. Ella se alegró cuando lo supo, porque le aterrorizaba la idea de pronunciar el discurso de admisión. «¿Qué podía decir yo », dijo entonces, «si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?».

domingo, 13 de marzo de 2011

LAS EDICIONES "RETROSPECTIVAS" DE TUCÍDIDES EN LA ESPAÑA DEL XIX

Presento en este blog el comienzo de mi ponencia titulada "Tucídides y Diego Gracián en las ediciones retrospectivas de 1882 y 1889"(puede leerse en http://eprints.ucm.es/11219/), impartida en un congreso celebrado en la Universidad de Toulousse en 2008. En este caso, la oportunidad del recuerdo de mi ponencia viene dado para recordar el concepto de "edición retrospectiva", muy propio del siglo XVIII (debo la idea al profesor Juárez Medina) y muy útil para entender una particular huella que deja la propia Historia en la portada de los libros. El interés por una edición antigua requiere de una elaboración mental que sólo la historiografía hace posible. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
El profesor de literatura griega y latina más importante que tuvo España en el siglo XIX, Alfredo Adolfo Camús, de innegable origen francés, recomienda y comenta en el primer tomo de su Compendio de Historia Universal la siguiente traducción del historiador Tucídides : “LA GUERRA del Peloponeso por Thucydides (traduc. Franc. de l’Evêque [sic].) 4 tomos en 8º.- Ninguno de sus traductores han logrado trasladar á sus respectivos idiomas la enérgica diccion del original ; la francesa indicada es la mas estimada”. No se trata de una recomendación aislada dentro del contexto de los demás historiadores griegos citados en el mismo compendio (Diorodoro Sículo, Herodoto, Jenofonte, Arriano, Polibio), para quienes se ofrece también su correspondiente traducción francesa. La recomendación de Tucídides, en particular, propone una versión publicada en Francia a finales del siglo XVIII, la de Pierre-Charles Levesque . Esta edición volverá a ser editada al siglo siguiente, en 1846, dentro de la conocida colección Charpentier . Esta colección será el modelo, como veremos más adelante, de la Biblioteca Clásica, en la que también se reeditará una importante traducción humanística de Tucídides al castellano. Es notable que en este contexto educativo hispano de los años subsiguientes a la muerte de Fernando VII se haga una recomendación tan precisa - si bien motivada por un juicio negativo sobre los traductores de Tucídides en general - de un libro francés publicado a finales del siglo XVIII. Vemos que, descartada la posibilidad de que haya algún lector español que pueda acceder al texto directamente en griego, se recomienda una moderna traducción francesa, al carecer de una adecuada versión castellana. Estos datos reflejan un estado de cosas más amplio. El precario mundo de los estudios helénicos en España durante el siglo XIX mira decididamente a Francia hasta bien entrado el decenio de los años ochenta. Además de la historiografía gala del siglo XVIII, hay autores modernos de referencia, como Alexis Pierron (su manual de literatura griega se traduce al castellano en 1861) y, en caso de que se trate de un autor alemán, como el muy reputado Ficker, su lectura se hace a partir de la traducción francesa .
No obstante lo dicho, encontramos también una corriente cultural y bibliográfica que mira al propio pasado español, en especial al de las traducciones castellanas de autores griegos y latinos. Esta corriente, que tuvo en el siglo XVIII su mayor exponente en la figura de Gregorio Mayáns, encuentra en la España de la segunda mitad del siglo XIX avales intelectuales sólidos en personas como Gumersindo Laverde y Marcelino Menéndez Pelayo. Si bien otros autores de la Antigüedad han gozado de buenas traducciones, España no ha sido hasta bien entrado el siglo XX muy afortunada en lo que a Tucídides se refiere. Sin embargo, la difusión de Tucídides en el mundo hispano desde finales del siglo XIX hasta los años cincuenta del siglo XX se debió al rescate de una vieja traducción humanista, la de Diego Gracián, especialmente gracias a los empeños de Marcelino Menéndez Pelayo. El fenómeno no es, ni mucho menos, baladí, pues responde a unas claves culturales concretas sobre las que vamos a hablar precisamente en este trabajo.
Así las cosas, nuestro propósito es el estudio de las razones intelectuales por las que a finales del siglo XIX, concretamente en 1889, se vuelve a editar una vieja traducción de Tucídides dentro de la más importante colección hispana de traductores de clásicos jamás iniciada hasta entonces : la Biblioteca Clásica de Luis Navarro, que intenta tomar el testigo de las reediciones hechas por Antonio de Sancha en el siglo XVIII, pero que adopta en la práctica el modelo de la colección Charpentier. No dejaremos de lado otra circunstancia interesante, como es el hecho de que siete años antes un afamado militar y bibliófilo, el Marqués de San Román, hubiera editado también la misma traducción de Gracián en su así llamada Biblioteca Militar Económica.
Nuestro método consiste, pues, en una aproximación a Tucídides desde la propia historiografía moderna de la literatura grecolatina, concretamente desde el punto de vista de los criterios posilustrados que motivan las reediciones de clásicos de la Antigüedad traducidos por autores españoles de siglos anteriores. Este hecho, en apariencia circunstancial, se convertirá en un importante argumento para comprender el complejo fenómeno de la edición retrospectiva, bien estudiado por Juárez Medina a partir de las ideas sobre la “lectura burguesa” de José Antonio Maravall . Se trata de un tipo de lectura que pretende contextualizar la obra en el momento en que fue escrita para convertirla en testimonio histórico de una tradición cultural, susceptible de servir de ejemplo para el presente. El propósito de este tipo de lectura, que conlleva, asimismo, la reedición, es doble : el puramente cultural, o histórico puro, y el fin práctico, es decir, el de la utilidad que ese documento histórico pueda seguir aportando. Este segundo ámbito será muy pertinente para el caso de Tucídides, pues coincide con el del carácter pragmático de la materia de que trata (aspectos militares y políticos).
Es preciso que antes de entrar en la cuestión concreta de las reediciones que vamos a estudiar atendamos a sus orígenes históricos en el siglo XVI y a su forzada canonización como la traducción castellana de Tucídides a lo largo de varios siglos. Será de esta manera como podremos valorar por qué, a pesar de sus errores, termina siendo la traducción por excelencia de Tucídides hasta bien entrado el siglo XX, debido a su peso específico como valor cultural dentro de la moderna construcción de una historia de la traducción hispana de los clásicos, inserta en el contexto de la llamada “Polémica de la ciencia española”. FRANCISCO GARCÍA JURADO