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sábado, 5 de mayo de 2012

El libro más peligroso: nazis y visionarios tras la Germania de Tácito

Fue mi colega (y, sin embargo amigo), el dr. Pedro Conde Parrado, profesor de la Universidad de Valladolid, quien primero me habló sobre este singular capítulo de la historia de la filología: la búsqueda de un manuscrito latino de la Germania de Tácito orquestada nada menos que por Himmler. Durante los tiempos del fascismo mussoliniano, una delegación nazi acudió a una población cercana a Osimo para llevarse un códice medieval. El manuscrito, felizmente, no cayó en manos de los nazis, pero casi termina devorado por las aguas durante la inundación que sufrió Florencia en 1964. Este asunto es parte de lo que nos cuenta Christopher B. Krebs en su obra titulada "El libro más peligroso. La Germania de Tácito, del imperio romano al Tercer Reich". El libro es interesantísimo, pero no creo que satisfaga las expectativas de todos los lectores, y mucho menos de los que vayan buscando una mera historia de nazis. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Se nota a primera vista que Krebs es un buen especialista tanto en Tácito como en la historia textual de su obra titulada Germania, ese librito que marca, en cierto sentido, el nacimiento de la literatura etnográfica en Roma. Como alguien que nunca ha estado probablemente en la Germania, Tácito recurre a fuentes de terceros y a lugares comunes para describir las costumbres germanas que, al cabo del tiempo, pasaron a legitimar ciertas teorías raciales acerca de los rubios guerreros del norte. Krebbs tiene una sólida formación germánica y ahora, por lo que puedo ver en la página web de la Universidad de Harvard, forma parte de la plantilla de su departamento de clásicas. Esta doble cirtunstancia, imagino, le obliga a demostrarnos casi en cada una de las páginas del libro que es un profesor brillante y excepcionalmente documentado, lo que hace que este libro rebose de erudición, a menudo alimentada por la descomunal biblioteca Widener de la misma Harvard. Krebbs hace lo que podemos interpretar como una "historia cultural" de la Germania de Tácito, no una mera historia textual. Con ello quiero decir que Krebs busca mostrarnos no tanto la lectura o la tradición del libro de Tácito como su SIGNIFICADO SIMBÓLICO desde la Antigüedad hasta el siglo XX. La Germania, en este sentido, está muy cerca del mismo tejido que construye las invenciones nacionalistas de los pueblos, o los bucles melancólicos a los que se refiere Jon Juaristi hablando de otros nacionalismos. He disfrutado mucho con el libro, lo confieso, pero no sé si un lector menos dado a erudiciones y más a relatos divulgativos podrá leer la obra de corrido. Las notas que se atesoran al final de la obra son prescindibles para entender el relato, pero a menudo descubren nuevas claves de lectura. Si tuviera que quedarme con algún lugar concreto de este libro me quedaría con el capítulo dedicado al siglo XVIII y, en particular, a Montesquieu (ya conté algo sobre esto hace unos días).
Creo, sinceramente, que si un académico español hubiera escrito un libro semejante, los editores le habrían obligado a quitar notas y a descargarlo de apreciaciones filológicas. La alternativa habría sido publicar la obra en una editorial universitaria, para su difusión entre especialistas. Naturalmente, como se trata de un profesor de Harvard, no se ha contemplado esta posibilidad, pues el profesor de Harvard no puede escribir simplemente un mero libro divulgativo sin más. En realidad, estamos ante un libro de alta, muy altta divulgación donde el "gancho", es decir, la referencia a la búsqueda que el III Reich organizó para dar con el manuscrito más antiguo de la Germania, no constituye más que una pocas páginas finales. Antes está la larga Edad Media, el incipiente humanismo del norte de Europa, el complejo de inferioridad de los eruditos germanos que al final terminará siendo de superioridad, el pensamiento ilustrado, legitimador de las voluntades populares, o las mitologías nacionalistas del siglo XIX. En definitiva, el libro es una fiesta para los amantes de la historia cultural de los estudios clásicos, pero que los lectores menos exigentes no se llamen a engaño. FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 2 de mayo de 2012

Una visión romántica de la literatura latina

Es bueno, pues relativiza lo que hacemos, poder contar de vez en cuando aquello sobre lo que venimos investigando, siempre que la burocracia nos lo permita. La relación entre el movimiento romántico y la herencia cultural de los clásicos grecolatinos siempre es un tema apasionante e inacabable. Precisamente, nos encontramos abordando esta cuestión desde un prisma diferente al acostumbrado. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Se ha discutido, se discute y se seguirá discutiendo aceca de lo clásico y lo romántico, esas dos categoría que una mujer inteligente y viajera, Madame de Staël, dejó establecidas para la posteridad en su libro dedicado a Alemania. Pues bien, es curioso observar cómo el movimiento romántico tiene una importantísima faceta filológica que no sólo permite ver la relación entre ambas cosas, sino, incluso, observar cómo nuestra moderna visión de la literatura clásica grecolatina tiene un inconfundible cuño romántico hoy día casi imperceptible, porque ya nos parece algo natural. Intento, pues, trazar algunos de los rasgos inconfundiblemene románticos, en particular para la literatura latina. He determinado cinco de esos rasgos para poder desarrollar un trabajo titulado "Los manuales de literatura latina en lengua española (1833-1868)". Voy a enumerarlos:


(a) La estética prerromántica del fragmento y del texto (aún) oculto

(b) La nueva forma de contar la literatura latina como un relato, una biografía colectiva, que la vuelve "literatura romana"

(c) La preferencia por lo arcaico, así como por lo popular frente a lo culto

(d) El gusto nacional, especialmente alemán o francés, y el uso decidido de una lengua moderna para hablar del mundo antiguo, frente al latín

(e) El problema de la originalidad de la literatura romana frente a la griega

Muchos nombres propios afloran tras estas ideas, en particular los de Angelo Mai, F. A. Wolf, B. G. Niebuhr, F. Schlegel, F. Schöll o Bernhardy. Todos ellos tienen en común la creación de una nueva forma de ver un patrimonio cultural heredado directamente de la erudición del siglo XVIII. Quizá el aspecto más visible sea el de los textos que vuelven a la vida, los palimpsestos, como los que descubrió el cardenal Angelo Mai, y que tanto inspiraron al poeta Giacomo Leopardi. Italia renacía como nación junto a "sus" clásicos.
En todo caso, Angelo Mai hizo de los palimpsestos un verdadero instrumento de resurección textual (el poeta Leopardi convertiría este milagro filológico en todo un emblema del romanticismo incipiente). Wolf, por su parte, convirtió la literatura romana en una biografía del pueblo romano, idea tan productiva que de ella nacieron los nuevos manuales escolares, tan lejanos ya de las bibliotecas eruditas del siglo XVIII. Niebuhr, por su parte, creó el mito de la Roma arcaica, que hizo posible que poetas como Macauly inventaran antiguas baladas romanas en sus "Lays of ancient Rome". Schelegel, tan ligado a la estética filobarroca, hizo de lo popular la clave del nuevo estudio literario. Schöll, prusiano que escribe en francés, llevó a sus manuales la cuestión del gusto nacional que ya aparecía en la obra "Alemania", de Madame de Staël. Bernhardy, finalmente, uno de los grandes continuadores de las ideas de Wolf, confirió a los manuales de literatura clásica la forma que ya reconocemos hasta hoy día. Esta somera enumeración es fruto de varios años de estudio. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 30 de abril de 2012

"Edades y sueños: una historia no académica de la mitología clásica en las literaturas modernas, de Marcel Schwob a Antonio Tabucchi"


Al cabo del tiempo me he ido volviendo cada vez más escéptico y quizá por ello he observado que las obras más importantes del pensamiento no lo son tanto por el grado de verdad que puedan comportar como por el grado de polémica y duda que acaso nos suscitan. Este aspecto no dogmático del conocimiento me lleva, por supuesto, a sentirme como hombre de mi tiempo y, no por casualidad, mientras escribo estas líneas, todavía me recuerdo paseando con María José por la Vía Po de la ciudad de Turín, esa preciosa calle porticada que abre un eje diagonal en la casi perfecta cuadrícula que conforman sus calles. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
El recuerdo de esta calle no es gratuito y viene motivado por unos carteles conmemorativos que allí podían verse de la mítica editorial EINAUDI donde se recuerda a una buena parte de sus no menos míticos escritores. Entre ellos, encontramos a Cesare Pavese, cuyos “Diálogos con Leucó”, publicados en 1947, me llevé a la ciudad durante los días pasados de la semana santa. En este libro, algunos de los personajes más relevantes de la mitología clásica, como Edipo y Tiresias, Calipso y Odiseo, Eros y Tánatos o Aquiles y Patroclo hablan acerca de asuntos tan inevitables como el destino o el dolor. Pavese se inscribe en una larga lista de escritores-pensadores que se han atrevido a llevar a cabo una lectura personal de los mitos. Pasear por Turín, por el rumor intelectual de sus calles, me llevó a pensar en todo esto, así como en uno de mis maestros académicos, el profesor Giacomo Gianotti, que imparte en la facultad de letras de la universidad de Turín su sabia docencia. Gianotti estudió hace tiempo cómo se había constituido una de las disciplinas fundamentales de la filología clásica, precisamente la historia de la literatura griega y romana. No de manera diferente, también se constituyó el estudio científico de la mitología, tan importante para poder comprender la historia del arte en la antigüedad. Pero ya en el siglo XIX, algunos filólogos y, en especial, F. Nietzsche, salieron al paso de las lecturas académicas en obras como “El origen de la tragedia”. La dicotomía que estableció el filósofo alemán entre un Dionisos irracional y un Apolo racional se ha revelado, con el tiempo, inexacta (así lo vio Giorgio Colli en “Los orígenes de la filosofía”, un libro donde la brevedad va pareja a la propia brillantez de sus reflexiones). Sin embargo, y como decía al principio, el carácter revisable de las ideas expuestas por Nietzsche en nada empaña el interés y el empuje de sus ideas. Tengo la impresión de que a partir de cierto momento ciertos autores se propusieron trazar un relato no académico de la mitología clásica, sobre todo desde la conciencia de que ya existía un relato plenamente académico. La idea de la “vida imaginaria” de Marcel Schwob puede servir para definir una de las características de tales relatos: los mitos son “reales”, en la medida en que esa realidad hunde sus raíces en los viejos textos grecolatinos, pero no así los datos y los planteamientos que constituyen su historia interna. Pavese, Italo Calvino, Borges, o el recientemente fallecido Antonio Tabucchi nos ofrecen hermosos ejemplos de esa mitología audaz. Soy consciente de que mi planteamiento es provisional y revisable, pero creo que de ahí emerge su fuerza. Francisco García Jurado