Desde la adriática ciudad de Ancona el ferrocarril no llega directamente a Perugia. Hay que hacer un transbordo en Foligno. Antes, ya habremos asistido al milagro del maravilloso paisaje italiano, que rápidamente cambia las vistas marítimas por las de la montaña. Pasamos desde Le Marche a la región de Umbría, y nos perdemos, literalmente, en el corazón de Italia, en la única región que no linda con el mar o con otros países. La ciudad de Asís nos sorprende desde el ferrocarril, poco antes de llegar a nuestro destino. Perugia puede encarnar perfectamente este tipo de ciudades a las que uno quisiera ir, pero que quedan siempre fuera de las principales rutas turísticas, más allá de lugares como Roma o Florencia. Ahora los vuelos baratos nos acercan a tales sueños. La estación de ferrocarril queda lejo
s del centro, pero esto, como sabéis, no es más que un reto para quienes militamos en el movimiento CPC, es decir, "Ciudades para caminar". El camino en cuesta no es aconsejable para viajeros cargados con equipaje, según dice la Guía del Lonely Planet, pero no para dos caminantes con poco peso y muchas ganas de conquistar las ciudades a pie. Tras un paseo agradable, al fin llegamos a algo que nos pareció sorprendente: un grandioso sistema de escaleras mecánicas dispuestas dentro de una antigua construcción semisubterránea, de galerías prestas para ser dibujadas por un moderno Piranesi. Ciertamente, son un alivio para el calor y el sol, además de un descanso. Tras ascender por allí uno llega literalmente al centro de Perugia, y se encuentra con uno de los conjuntos urbanos del Renacimiento más inesperados y notables que jamás haya visto. Los tonos claros de los edificios acentúan más, si cabe, este esplendor que gracias a la historia hemos idealizado, llamándolo "Renacimiento" por antonomasia. En el centro de Perugia, ante la logia de la catedral, volví a tener sensaciones de asombro propias de un antiguo viaje a Florencia, cuando sólo tenía veinte años y en el mundo campaban alegres los dinosaurios. Florencia quedó grabada en mi recuerdo como símbolo de una eterna juventud y de una eterna sed de belleza. A menudo he intentado recuperar aquella sensación de plenitud y desasogiego, a un tiempo, en otras plazas del mundo, incluso en la serena Haarlem, tan alejada del sur de Europa. S
in embargo, ni tan siquiera cuando regresé a Florencia, unos años más tarde, logré recuperar aquellos espontáneos rayos de plenitud y felicidad. Las sensaciones, acaso, no hay que buscarlas, vienen espontáneamente cuando uno menos se lo espera. Por la tarde, el museo arqueológico nos brindó el tesoro de las tumbas etruscas y los restos del pueblo de los umbros, que me trajeron también el recuerdo de mis apuntes de clase de la asignatura de dialectos itálicos. Los rostros felices de las figuras etruscas me sugirieron cuánto les había gustado la vida a aquellas personas desaparecidas hace tanto tiempo. Una sensación es absoluta, atemporal y, en su tímida consistencia, casi eterna. FRANCISCO GARCÍA JURADO
sábado, 23 de julio de 2011
Perugia, o el reencuentro de ciertas sensaciones
jueves, 21 de julio de 2011
Paseo por Katmandú. Ciudades para caminar
Pocas veces se ve tan claro lo que esconden los nombres como cuando llegamos a una ciudad lejana y mítica. Katmandú evoca las gigantescas montañas del centro de Asia, y se nos aparece como una antesala de las grandes escaladas a las cimas del mundo. Pero Katmandú es, ante todo, una ciudad en desarrollo, donde cada día se ve cómo los campos de arroz, fruto de una economía de subsistencia, desaparecen bajo las nuevas construcciones que se agolpan unas junto a otras. A la ciudad le faltan grandes avenidas, si exceptuamos la que se extiende recta frente a los terrenos que ocupa el palacio real. Katmandú se nos apareció como un laberinto de personas, barro y tránsito rodado. Como es habitual, a los turistas se nos recluye en esas cárceles doradas llamdas grandes hoteles. El nuestro era lo que hoy llaman un "resort", muy cercano a una de las pagodas más importantes del país, pero bastante alejado del centro. Las instalaciones del hotel brindaban, entre otras mil cosas, un bello parque para el tranquilo paseo de sus residentes. Esto supone todo un lujo, pues la ciudad es bastante incómoda para poder moverse a pie por ella. Como es esperable, al turista se lo traslada en autobús desde el hotel hasta los lugares de obligada visita, de manera que se pierde (o se ahorra, todo es opinable) la ciudad real, en buena medida reflejo del presente nepalí. Por todo ello, como al tercer día de nuestra estancia en Katmandú disponíamos de bastante tiempo libre, María José y yo decidimos, como casi siempre que podemos, patear la ciudad, como nuestra personal excursión turística. El asunto no era fácil del todo, ya que como Katmandú no dispone de grandes avenidas que nos sirvan de referencia, nuestro trayecto desde el hotel al centro iba a ser bastante sinuoso,
guiado tan sólo por un plano bastante malo. Me acordé de Teseo y Ariadna en el laberindo, sólo que aquí no disponíamos de suficiente hilo como para recuperar nuestro rastro en caso de necesidad. Al fin logramos encontrar dentro del mapa una ruta lo suficientemente inteligible como para emprender la larga marcha. Nada más salir del recinto del hotel tuvimos que sortear el barro, los miles de vehículos que tocaban el claxon a lo loco, y así fuimos venciendo las primeras dificultades. Muchas gente se agolpaba en lugares imprecisos de las calles a la espera de un autobús o, más bien, de una suerte de sucio contenedor donde un hombre iba gritanto el destino del vehículo. La verdad que el mapa nos sirvió bastante, pero en cierto momento no fuimos capaces de reconocer una de las calles que nos llevaría hacia el palacio real y, ya desde allí, al centro urbano, repleto de bellos edificios de madera. Quedamos un tanto desorientados hasta que nos atrevimos a preguntar en una tienda (no recuerdo de qué), donde una nepalí guapísima nos señaló a un hombre (¿su marido, su hermano?) para que nos informara. Por fin encontramos la
recta avenida del palacio, único lugar donde tuvimos la sensación de estar en una ciudad moderna, donde caminamos sin ser interrumpidos por el barro o los coches. La llegada hasta el centro estuvo acompañada por las sempiternas motocicletas y vehículos de todo tipo. Sin embargo, al llegar a una de las plazas más céntricas de Katmandú vi que a María José la retenían a mis espaldas. Unos agentes le exigían el "peaje" de entrada que se cobra a los turistas para acceder a los recintos históricos. Nosotros ya habíamos estado allí hacía dos días con el resto de nuestro grupo, y no nos percatamos de que los turistas teníamos que pagar. Es como si a los visitantes de Madrid se les exigiera dinero por acceder a la Puerta del Sol. Habíamos llegado al centro de la ciudad, tras un paseo algo duro, si bien no tanto como el que supone recorrer Agra o Jaipur. Aquí, al menos, no se persigue al turista, apenas se le molesta. Es verdad que muchas personas te
miran extrañadas de que estés en lugares de la ciudad donde no se supone que estés. A menudo tenía la impresión de que nos habíamos colado en la vida cotidiana, donde afloraban las tiendecitas y negocios que definen el día a día de este lugar, lejos de las disneylandias de los lugares supuestamente históricos. El regreso al hotel fue sencillo gracias a la excelente orientación de María José. Yo me hubiera perdido, como siempre. Por la tarde, aún había más gente agolpada en ciertos lugares de las calles para subirse a uno de aquellos horribles autobuses, a fin de que los devolviera al lugar donde vivían. Llegamos sucios por la polución y el calor, pero nuestro objetivo se había cumplido: habíamos paseado por Katmandú. La realidad de lo vivido se acabó confundiendo con lo mítico del nombre. Francisco García Jurado
martes, 19 de julio de 2011
Hacia la Estación de Finlandia (San Petersburgo). Nuevo viaje sentimental
Para Jesús Ángel Espinós, que habita doblemente Petersburgo.
Sin embargo, aquel lugar un tanto inhóspito, gris y cargado de Historia, como el propio acorazado Aurora, alba de la revolución, me trajo el recuerdo de un emotivo libro de Edmund Wilson, precisamente el titulado “Hacia la estación de Finlandia”. Allí traza su autor la peculiar epopeya historiográfica de aquellos que soñaron la Historia para, quizá, convertirla en pesadilla, desde autores como Vico y Michelet hasta el mismo Lenin. Este libro era para mí completamente desconocido, y supuso una maravillosa laguna de saber. Últimamente he descubierto que las cosas que no conocemos son estímulos para seguir aprendiendo, señales de que seguimos vivos. Me fue dada la existencia de este libro en la salita de una casa sevillana, una noche. Fue María José Barrios quien me lo mostró con entusiasmo al leerme un párrafo delicioso de Michelet. El historiador francés recreaba, con plena conciencia de hacerlo, el mito renacentista de la imprenta, y convertía a su inventor en santo. Desde entonces, la estación de Filandia ha constituido para mí un doble mito, el del libro de Wilson y el del lugar al que su relato tiende, tan lejano en el espacio y, sobre todo, en el tiempo. Aquel día fue de intenso caminar por Petersburgo. Cruzamos el río Neva, tras recorrer los bellos canales de una ciudad que tanto me recuerda a Ámsterdam, pues ya conocéis nuestra pasión por recorrer las ciudades a pie. La ciudad nos pareció un paraíso tras haber padecido la lluvia y el humano frío moscovita. A Petersburgo fuimos, entre otras muchas cosas, para sentir los lugares donde había habitado el poeta Ossip Mandelstam, cuya evocación
ovidiana yo estudiaba por aquel entonces. También nos estremecimos recordando las historias trágicas tanto de él como de los poetas de su generación, cuyas vidas sucumbieron bajo la suela comunista. Los recuerdos de la llegada al nuestra particular meta, tras no poco esfuerzo, son literalmente grises. Recuerdo que la estación de Finlandia es un frío edificio de estilo soviético donde aparece la estatua de Lenin, quizá uno de los pocos lugares donde todavía se justifica su presencia en una Rusia que intenta recrear con vehemencia la época de los zares. Materialmente nos sirvió para acceder a un servicio público y apenas es posible entender en su estado actual por qué la incipiente Historia del siglo XX dio allí semejante giro. La Historia termina convirtiéndose en relato, los muertos acaban siendo frías cifras, los pequeños anhelos de la gente normal se desvanecen ante las líneas maestras de los grandes acontecimientos, como nosotros nos habíamos desvanecido unos días antes frente a los imponentes edificios soviéticos. Por ello, una vez superé el mito de llegar hasta aquel lugar, ya sólo me quedó el libro de Edmund Wilson, unido al recuerdo de una cálida noche sevillana en una salita también llena de recuerdos, pero esta vez de recuerdos personales, del tamaño de nuestros sueños. FRANCISCO GARCÍA JURADO
Sin embargo, aquel lugar un tanto inhóspito, gris y cargado de Historia, como el propio acorazado Aurora, alba de la revolución, me trajo el recuerdo de un emotivo libro de Edmund Wilson, precisamente el titulado “Hacia la estación de Finlandia”. Allí traza su autor la peculiar epopeya historiográfica de aquellos que soñaron la Historia para, quizá, convertirla en pesadilla, desde autores como Vico y Michelet hasta el mismo Lenin. Este libro era para mí completamente desconocido, y supuso una maravillosa laguna de saber. Últimamente he descubierto que las cosas que no conocemos son estímulos para seguir aprendiendo, señales de que seguimos vivos. Me fue dada la existencia de este libro en la salita de una casa sevillana, una noche. Fue María José Barrios quien me lo mostró con entusiasmo al leerme un párrafo delicioso de Michelet. El historiador francés recreaba, con plena conciencia de hacerlo, el mito renacentista de la imprenta, y convertía a su inventor en santo. Desde entonces, la estación de Filandia ha constituido para mí un doble mito, el del libro de Wilson y el del lugar al que su relato tiende, tan lejano en el espacio y, sobre todo, en el tiempo. Aquel día fue de intenso caminar por Petersburgo. Cruzamos el río Neva, tras recorrer los bellos canales de una ciudad que tanto me recuerda a Ámsterdam, pues ya conocéis nuestra pasión por recorrer las ciudades a pie. La ciudad nos pareció un paraíso tras haber padecido la lluvia y el humano frío moscovita. A Petersburgo fuimos, entre otras muchas cosas, para sentir los lugares donde había habitado el poeta Ossip Mandelstam, cuya evocación
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