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martes, 10 de abril de 2012

La vida imaginaria de Petronio, según Marcel Schwob

Cuando la realidad que nos rodea se convierte en pesadilla, a más de alguno no le importaría poder disfrutar de una vida imaginaria, como las de algunos personajes recreados por el escritor francés Marcel Schwob. Breves, visionarias, y con muchos elementos metaliterarios, estas vidas nos abren a nuevas realidades, nos consuelan del duro oficio de vivir (en la imagen, mosaico romano de Ancona). POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Petronio es un autor por el que Marcel Schwob profesa la mayor admiración. Junto a otros autores latinos, como Lucrecio, a Petronio le dedica una vida imaginaria que luego inspirará a Tabucchi su sueño de Apuleyo. El comienzo de la vida de Petronio tiene un gran colorismo:

“Nació en los días en que saltimbanquis vestidos con trajes verdes hacían pasar a cerditos amaestrados por aros de fuego; cuando porteros barbudos, con túnica cereza, desgranaban legumbres en una bandeja de plata, delante de los mosaicos galantes a la entrada de las quintas.” (“Petronio”, en Vidas imaginarias, traducción de Julio Pérez Millán, Barcelona, Orbis, 1987 cedida por Centro Editor de América Latina, pág. 57)

Petronio, famoso en tiempos de Schwob gracias a su recreación como personaje en la novela Quo vadis? es, además, motivo de inspiración para sus propios relatos, y merece, como era de esperar, una interesante vida imaginaria que pone en cuestión, nada menos, el testimonio de Tácito. Schwob parte de la tradicional identificación del novelista con el Petronio Árbitro (?-65 p. C.) que el historiador latino ha dibujado para la posteridad, si bien la característica más relevante de este relato es que luego se disiente en lo que respecta a su trágica muerte. En la lectura que Schwob hace de Petronio en sus Vidas Imaginarias aparecen recreados detalles de la famosa cena de Trimalción, si bien, en la más pura línea literaria de Schwob, como si pertene­cieran a la propia vida -imaginaria- de Petronio:

“Su infancia transcurrió entre elegancias como ésas. No se ponía dos veces seguidas una lana de Tiro. La pla­tería que caía en el atrio se hacía barrer junto con la basura[1]. Las comidas estaban compuestas por cosas de­li­cadas e inesperadas y los cocineros variaban sin cesar la arquitectura de las vituallas[2]. No había que asombrarse si al abrir un huevo se encontra­ba una pasa de higo[3], ni temer cortar una estatuilla imitación de Praxite­les esculpida en foiegras. El yeso que tapaba las ánforas estaba diligente­mente dorado.[4]” (“Petronio”, en Vidas imaginarias, pág. 57)

Frente a la versión de Tácito, Petronio no muere, sino que escapa con su esclavo Siro:

“Alrededor de los treinta años, Petronio, ávido de esa libertad diversa, comenzó a escribir la historia de esclavos errantes y disipados (...). Se dice que cuando acabó los dieciséis libros de su invención, mandó llamar a Siro para leérselos, y que el esclavo reía y gritaba muy fuerte golpeando sus manos. En ese momento maquinaron el proyecto de llevar a la práctica las aventuras com­puestas por Petronio. Tácito refiere mentiro­samente que Petronio fue árbitro de la elegancia en la corte de Nerón y que Tigelino, celoso, le hizo enviar la orden de muer­te. Petronio no se desvaneció delicadamente en una bañera de mármol, murmurando versitos lascivos. Huyó con Siro y terminó su vida recorriendo los caminos.” (“Petronio”, en Vidas imaginarias, págs. 57-60)

Esta vida imaginaria vuelve a ser, como todas las de su género, breve, y no carece de los elementos visionarios que veíamos para la vida de Séptima y Lucrecio. El autor se recrea en la descripción de las extravagancias contadas por el propio Petronio en su novela. Schwob desmiente la fuente historiográfica de Tácito y concede una larga vida errante al novelista, quien, al contrario de lo que le ocurría a Lucrecio, tiene tiempo para escribir su novela. Frente a lo esperable, donde la literatura es consecuencia de la vida, y donde la novela de Petronio no sería más que el resultado de sus propias experiencias vitales, aquí la novela escrita servirá de modelo, a priori, para la vida, que será, pues, una consecuencia de la propia literatura. En particular, Schwob se ha centrado en varios pasajes de la cena de Trimalción, la parte mejor conservada de la novela, al igual que hizo en el cuento “Las estrigas”, en Corazón doble. FRANCISCO GARCÍA JURADO

[1] Petr. 34, 2-3. En traducción de Manuel C. Díaz y Díaz (Satiricón I, Madrid, CSIC, 1990): “Ahora bien, en la barahúnda sucedió que cayó al suelo una bandeja de asas, y un esclavo la recogió; se dio cuenta Trimalción y mandó que fuese castigado con azotes el esclavo, y que se tirase otra vez la bandeja. Luego apareció el maestresala y barrió con una escoba la plata junto con las otras limpiaduras.”
[2] Cf. Petr. 35.
[3] Petr. 33, 4-8 “Llegaron de seguido dos esclavos y mientras retumbaba la música se pusieron a rebuscar en la paja; sacaron de debajo de ella unos huevos de pavo y los repartieron a los comensales. Volvió Trimalción ante esta mascarada su rostro y nos dijo: «Amigos míos, huevos de pavo mandé poner bajo la gallina. Y, por Hércules, que temo que estén ya incubados. Probemos, sin embargo, a ver si todavía se pueden sorber.» Recibimos cada uno de nosotros una cucharilla que pesaba no menos de media libra, y cascamos los huevos que eran figurados de pasta. Yo tengo que decir que estuve a punto de tirar el que me había tocado, porque me pareció que ya tenía el pollo formado. Un momento después, cuando oí a un veterano comensal: «Algo bueno debe haber aquí», seguí abriendo con la mano la cáscara y encontré un papafigo gordísimo envuelto en yema picada sazonada con pimienta.”
[4] Petr. 34, 6 “Al punto traen dos ánforas de vidrio cuidadosamente selladas, en cuyo cuello habíase puesto un marbete con esta nota: Falerno de Opimio, de cien años.”

domingo, 8 de abril de 2012

De las “Latinae Litterae” a la “Romana litteratura”: un importante salto conceptual

Un proyecto de investigación conlleva a veces que podamos conocer a personas con intereses afines a los nuestros que enriquecen nuestra propia visión de aquello que estudiamos. Este ha sido el caso de dos brillantes profesores que he tenido la suerte de encontrar mientras echaba a andar el proyecto de investigación “Historiografía de la literatura grecolatina en España: de la Ilustración al Liberalismo”. Desde Valencia, Joseph L. Teodoro, buen conocedor del jesuita expulso Mateo Aymerich, y desde Galicia, Xosé Antonio López Silva, cuya tesis doctoral acerca del benedictino Padre Sarmiento y los clásicos promete un interesante y cabal punto de vista sobre el mundo clásico y la Ilustración hispana. Entre otras cosas, este punto de vista conlleva que entendamos una serie de categorías propias de la época, como el concepto de Antigüedades. Este concepto irá transcendiendo del mero acopio de objetos antiguos dentro de un gabinete a una idea más abstracta que apunta ya a nuestra propia formulación de mundo antiguo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGELos conceptos mediante los que definimos nuestros ámbitos de estudio son realidades cambiantes. La moderna filología clásica comenzó a formularse en Alemania y en alemán durante la transición que va de finales del siglo XVIII al XIX. Las “Antiquitates” pasan a ser la “Altertumwissenshaft” de F.A. Wolf, al tiempo que las “Latinae Litterae” se convierten en la “Römische Litteratur”. Los grandes eruditos del siglo XVIII todavía no hablaban de “Literatura Romana”, pues usaban expresiones que hoy día nos pueden resultar equívocas, como “Latina lingua” o “Bibliotheca Latina”. Por ello, resulta curioso que Mateo Aymerich utilizara ya en 1784 la expresión “Vetus Romana litteratura” dentro de su Specimen, dado que esta obra parte de las categorías desarrolladas en la “Bibliotheca Latina” de Fabricius-Ernesti. El gentilicio “Romana” implica un nuevo sentido nacional que contrasta con la universalidad del término “Latina”. El propio autor tiene que justificar en el prefacio de su obra por qué recurre al término “Romano” a la hora de hablar sobre los autores: “Eos autem Romanos litteratos appellat Auctor, de quibus constat, vel Romae, aut in Latio, ac educatos, aut origine Romanos fuisse, (quo ex forum nominibus dignosci potest,) vel qui, quamvis exteri, aut Romae, aut in provincias Romanis Imperio subjectis, honorifica obiere munia, aut familiaritate, amicitia, vel litterario commercio cum Romanis floruerunt)” (Traducción de F. García Jurado: «El autor llama “romanos” a los hombres de letras de los que consta bien que fueron educados en Roma o en el Lacio, o que fueron romanos por su origen (lo que puede dilucidarse a tenor de sus nombres), o bien quienes, aunque foráneos, desempeñaron cargos honorables en Roma o en las provincias sujetas a su poder, o quienes florecieron bien por familiaridad, amistad o contacto literario con los romanos»). El uso de “Romano” para los autores antiguos que han escrito en latín tiene diversas causas, bien geográficas, educativas, políticas o incluso meramente literarias. En todo caso, ya vemos en Aymerich una caracterización nacional de la antigua literatura latina, y en eso comienza a presentar puntos en común con el gran filólogo Wolf, que poco después publicará en Halle su programa de curso titulado “Geschichte der Römischen Litteratur”. Sin embrago, los manuales de literatura españoles, al cabo del tiempo, preferirán la fórmula “Literatura latina” antes que “romana”, seguramente por cierto sentido de una tradición terminológica que proviene fundamentalmente de la poética y la antigua "humanitas". Aymerich fue también en este sentido un autor adelantado a su tiempo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO